Arduo 1994. Para el país, y quienes lo vivimos como nuestra casa, fue el año más horrible que yo puedo recordar. Un año tan eterno que duró dos. Porque el 1995 no fue sino la prolongación de lo mismo.

Siempre que lo nombro, un temblor seco me toma el ánimo y no quiero repensarlo.

Lo voy evocando en trozos. Porque estaba roto y porque da miedo. A veces quería uno taparse los ojos. Ahora, que sin remedio hemos de ver hacia atrás, vuelvo a sentir el deseo de olvidarlo. Porque desespera saber que no pudimos hacer nada y que hubo quienes sí hubieran podido. A mí no me toca hacer historia contrafactual, ni sé cuál es el método. Sin embargo, sé que mucho de lo que sufrió nuestro país pudo evitarse. Porque al pensar el 1994, el hubiera sí existe. Aunque no haya estado en nosotros conjugarlo. Siempre que pienso en Colosio, en su figura caminando, hundida entre la multitud, sin ver por dónde lo llevaban, en su cabeza herida frente a nuestra mirada, me toman al mismo tiempo la misericordia y la culpa. No sé por qué la culpa. Como si algo hubiéramos hecho mal todos para que esto pasara.

GT-Puerto1-wY no voy a seguir por ahí, porque es llegar a ningún lado. Silencio y dudas hubo en el aire y sigue habiéndolos. Griterío, sin razón y sin remedio. Ni para recontarlos. Hay quien ya está haciéndolo ahora mismo, en otro escritorio, con más certidumbre y mejor memoria. Yo recuerdo en trozos, porque lo que recuerdo está quebrado. Todo en atisbos menos el mundo que crecía en mis hijos. Tenían doce y diez años. Querían, como tantos otros, andar en bicicleta, hacer sus propios cuentos, tramar el horizonte. No fue fácil evitarles el duelo. Pero también ellos recuerdan en atisbos. No aprendieron de ese año ni rencor, ni recelo. Tampoco perdieron su modo de vivir, ni su esperanza. Como sí les pasó a tantos mexicanos, a muchos niños cuyos padres ni miraban la política, ni sabían de macroeconomía, pero en la crisis de ese año y el siguiente perdieron sus ahorros, sus casas, su presente preñado de certezas que dejaron de serlo.

Por fortuna no está en nuestros hijos heredar el recuento de penas y agravios que cada quien revive o adormece según el ritmo de su propia sangre, que cada uno de los jóvenes que fuimos resuelve o guarda según va pudiendo.

Cada quien cree de lo que hemos visto lo que quiere y de lo que ignoramos lo que prefiere. Entonces fue difícil coincidir hasta con los que opinaban y creían cosas parecidas a las que nuestro corazón suele creer. Es lógico: ni los pesares, ni las ausencias, ni la fantasía, ni el miedo, ni la furia ni el pasmo laten igual en todo el mundo. Sí las carencias, sí la devastación. Se va a necesitar media revista nexos para revisar el descontrol de ese año, pero aún después de leerla, lo mismo que nos ha pasado tantas veces, hemos de seguir preguntándonos. ¿Cómo sucedió que el país con el que soñó nuestra generación, un país que para este momento podría ya haber disminuido la pobreza y la desigualdad que aún nos rigen, no fue lo que pudo ser?

GT-Puerto2-wLa pregunta no es inútil, ni evitable, pero lo que sigue es seguir. ¿Quién entre nuestros antepasados quedó libre de padecer la historia? Mi padre vivió la segunda guerra mundial y su padre la primera. Mi madre vio de cerca la revolución cristera y mi abuela la revolución mexicana. Las nombro con minúscula porque no voy a encomiar ninguna guerra. A todas hubo que sobrevivir. Y en todas ha sido necesaria la esperanza. Igual que ahora. Recordemos 1994 para no revivirlo. Para resarcirnos. Los mayores tendremos que volver a imaginar un futuro digno de la pasión que una vez pusimos en la búsqueda de un país menos lleno de injusticia, estupidez y locura. Digo las viejas palabras para volver a oírlas. Porque en aras de las ciencias sociales o del discurso, hemos convertido en falta de equidad, la injusticia. En impuestos las contribuciones, en redistribución del ingreso lo que debería ser nuestro deber. Hemos encontrado sinónimos más dóciles para palabras como soberbia y egoísmo. Dos atributos que encima le rinden culto a la estupidez.

No queríamos dejarles a nuestros hijos un país en las mismas. Por fortuna, son muchos a los que no veo con el reproche en la boca, ni con el desencanto como amenaza de vida. Creo que algo intuyen de lo que muchos de nosotros no sabíamos a su edad: que no se cambia el mundo en medio día. Asirse a la vida en vez de al desencanto será su deber y es el nuestro. Otra vez, se hará necesario empujar el horizonte.

 

Ángeles Mastretta

Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

8 comentarios en “Asirse a la vida

  1. Arduos, aciagos… Años para no recordar que entran tristemente en la historia de los pueblos por culpa de la vesania de unos pocos. Son esos años, en los que una ve derumbarse todo aquello que creía bien cimentado.

    En esas estamos ahora en España.

    Un gran abrazo, querida Ángeles.

  2. Esos acontecimientos no debieron haber ocurrido y si, si tuvimos mucho que ver, nosotros creamos ese monstruo. Saludos.

  3. Ángeles, nos conocimos ya hace algunos ayeres, pero el gusto por leerte, permanece…Asirse a la vida, no hay más…gracias por esta lectura…saludos.

  4. Escritora favorita, siempre me atrapan sus comentarios, me parece muy interesante y emotivo esta lectura,, vienen a mi recuerdos de ese día…… cosas que he vivido en mi tiempo de vida…… gracias

  5. un puñado altero la historia, lo que lamento es también ahora un puñado nos tiene asolados a todos.