Doradas horas

Han de saber ustedes que yo gusto de perder el tiempo. De ahí que lo deje ir entre conversaciones, dichas y quebrantos, como si me sobrara. ¿Será porque hubo años en que viví de prisa que, ahora, aunque me queden menos estaciones, las despilfarro más? Tuve muchos lustros de andar carrereada. Me río de mí cuando recuerdo cómo me apretaban las horas entonces. A dónde vas tan corriendo, decían mis zapatos, si todo ha de llegar.

Por principio a mí no me gusta la segunda intención de tal pregunta, en cambio aún me divierte correr. Aunque sólo sea para desperdiciar con más soltura. Así que vuelo a comprarle un regalo a Lilia. Decido, pago y pido que lo envuelvan, mientras me sostengo en puntas, con actitud de urgencia. Después bajo las escaleras eléctricas, cruzo a mil por la zona de cremas y perfumes, llego a la puerta, la atravieso en vilo y suena la sirena intermitente que avisa de los robos. Doy la vuelta. No espero a que me llame la solemne mujer vigía, entrenada para desconfiar de las confianzudas. “Han debido dejarle la pinza de seguridad”, explico. Ella, tan amable como recelosa, me pide la nota. Le digo que la dejé arriba, con mis amigas de ventas, para que ellas sacaran la factura. Porque ando corriendo.

Ella levanta los hombros con cara de ¿a mí qué? Usa un aparato con el que se comunica a la zona de abrigos para dama y la pobre Mónica baja en suspenso, nota en mano. La vigilante la mira y sí. Sí es la nota, pero ¿en dónde está la etiqueta con el precio? Se la quitaron porque es regalo y yo no quise traérmela. No se necesita para cambiarla, pero sí para confirmar el código. Y otra vez a correr. Ahora baja la niña de envolturas que por mi dicha no ha tirado la etiqueta. Se destraba el entuerto y vuelvo a la rapidez. No para ahorrarme tiempo, sino para recuperar un poco del que necesito para seguir perdiéndolo. Más adoradas cuanto más nos hieren/ van rodando las horas/ van rodando las horas/ porque quieren, escribió Renato Leduc a quien siempre recuerdo a propósito de lo que sea. Ni se diga del tiempo y el mejor modo de bien gastarlo.

Hubo muchos años en los que importaba contar con el reloj para mil cosas más que no perder el avión. Entonces yo iba rodando por las horas. Les ganaba. Amanecía con despertador. Cosa que ya no haré jamás, me lo he jurado sobre las tablas de la ley del pasmo. Pero esos días yo andaba en la universidad de siete a una y en la subdirección de la Revista Siete de tres a diez. Aún así me alcanzaba el tiempo para enamorarme a lo idiota y con frecuencia, ir a Bellas Artes los domingos y a la Filarmónica de la UNAM los viernes. En los entretiempos militaba en la Unión de Periodistas Democráticos y escribía en el periódico de las tardes. Iba a Puebla. En algún momento tuve la beca del Centro Mexicano de Escritores y encontré espacio hasta para cantar, a media calle, el Dúo de los paraguas con Carlos Montemayor, uno de los becarios, que luego se convirtió al marquismo narcisismo. Aun entre esas penas siempre siguió cantando. Los demás eran el intrépido Luis González de Alba, el niño sabio José Joaquín Blanco y el poeta Francisco Serrano.

Ni uno, de entre los cinco becarios de ese año, escribió el libro prometido. Eso sí, con el tiempo, todos escribimos algún otro. Pero bajo semejantes maestros, el año de oírlos nos quedamos mudos. ¿Quién podía escribir para leerle a Juan Rulfo? ¿Con qué valor? Si ya todo estaba dicho. Mejor ir con él por la merienda cuando terminaba el coloquio y eran las siete. Apenas. Bendita pérdida de tiempo la de aquel año. Aunque de noche tuviera que rodar por el horario de la luna inventando la tarea. Horas doradas. Pero no más que las de hoy. Sólo tenemos el presente, aunque a veces nos dé miedo mirarlo.

En 1974 vino el trabajo de tres a diez, y la cómplice autoridad de Gustavo Sainz, mi maestro de literatura, el que descubrió que yo inventaba las entrevistas y las crónicas que él pedía en su clase. ¿Y por qué no te cambias a estudiar letras?, me preguntó sin tener la menor idea de la orfandad reciente en que yo anduve. Se lo conté, porque yo todo contaba. No como ahora, que sólo cuento casi todo. Ni se diga lo que recuerdo, que cada vez es más y en más desorden. El otro día, hablando de los sentimientos encontrados que pueden provocar los agentes del orden, también llamados policías, recordé una mañana de hace como treinta y dos años.

Doradas horas

Los viernes a las ocho, en el Canal Once, grabábamos una revista con noticias y comentarios que se llamaba Así fue la semana. Yo salía rumbo las instalaciones del Politécnico Nacional, por ahí de las siete. Vivíamos en la ahora célebre y entonces decadente colonia Condesa. Nuestro edificio no tenía ni elevador, ni lugares para estacionarse. Así que dejábamos el coche en un inmueble medio abandonado que había construido Gustavo Alatriste, para ponerle abajo un cine y arriba unas oficinas. El cine ahí estaba, pero las oficinas aún no tenían uso y en cambio había un estacionamiento de varios pisos. Ahí tenía yo que pedirle el coche al señor que dormitaba friolento dentro de una cabina, y esperar a que él tomara el montacargas, subiera por el Volkswagen y bajara con él. Mientras, había que hacer antesala en esa especie de sótano gris que era el nivel de la calle a las siete de la mañana. Y ahí estaba yo un viernes, cuando de la nada salió una mujer enorme, gorda e intimidante que se fue sobre mí gritando: “te voy a matar, cabrona, porque hoy todas las putitas de San Juan se vinieron para acá”. Me golpeó la cara, me tomó de la melena y me hizo girar dos veces hasta que caí como un renacuajo en charco. Todo en veinte segundos. ¿Y la autoridad? Ninguna por ninguna parte. ¿Y el señor con el Volkswagen? Menos. Se acababa de ir.

Vivíamos en una callecita corta llamada Cadereyta que iba de Tamaulipas a Nuevo León. Corrí. Vestida para la tele, recién planchada y con unas cuartillas en la mano llegué hasta la patrulla estacionada tres calles adelante, sobre la avenida en la que entonces sólo había una taberna y no treinta. Les conté a los guardianes lo que pasaba, describí a la mujer, dije lo que me había hecho, su aspecto de loca y la suerte de desesperación en que se le veía. Ellos me miraron compadecidos pero sin moverse del asiento seguro, dentro de su patrulla. “Uy, sí, dijeron. Esa vieja está peligrosísima, nosotros la habíamos subido aquí atrás pero apenas la bajamos porque nos estaba pegando. Pateaba y traía una gritadera que mejor la dejamos ir”.

No me acuerdo ni qué les dije. Todavía estoy adivinando lo que debí decirles. Sé que corrí sobre mis pasos. El encargado del estacionamiento había bajado mi coche y estaba dentro con expresión de ¿y ahora qué hacemos? Abrió la puerta del copiloto y yo entré volada. La mujer se quedó al fondo del sótano en busca de un palo. Eso me dijo el hombre que tampoco pensaba volver sino hasta que viniera alguien a llevársela porque, dirían los policías, él, y mi cabeza, estaba peligrosísima. Pero alguien ¿quién? Si la policía andaba huyendo. Tendrían que ser los de algún manicomio, pensé. Salubridad siempre sabe más que seguridad. Los llamaría al llegar al programa. Era tardísimo. Y yo tenía que leer un comentario sobre el derecho de las mujeres a la reproducción elegida. Asunto del que tres décadas más tarde seguimos hablando, sin que 31 de los 31 estados del país, nos hayan oído. Así que a correr. n

 

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.