Presentamos un extracto de la conversación que Jon Lee Anderson, el gran icono del periodismo narrativo y de investigación, sostuvo con periodistas mexicanos durante el primer seminario internacional “El estado del periodismo y los  medios”, organizado por el CIDE. Bajo la luz del caso Snowden, Anderson aborda aquí la situación del periodismo convencional ante el surgimiento de una especie de periodismo ciudadano, muchas veces de cruzada, que se ampara en las nuevas tecnologías. Acompañamos estas páginas con la conferencia impartida por la especialista en medios Natalie Fenton, quien cuestiona desde las ciencias sociales la relación entre la producción de noticias y las nuevas tecnologías

Guillermo Osorno: Quisiera que abordaras la polémica desatada por el periodista Gleen Greenwald sobre su papel en el caso Snowden y la conversación acerca del periodismo como activismo.

Jon Lee Anderson: La polémica está dada. En la madrugada leí un intercambio entre el ex editor del New York Times y Greenwald. Es una conversación epistolar con cierto decoro, en donde cada uno expone sus diferencias.

En el caso de Bill Keller, ex editor del New York Times, sobresale su recelo y cautela, y quizás inquietud ante el fenómeno que ostenta Greenwald: el periodismo activista de estos individuos, que operan fuera del marco tradicional de un medio. En el caso de Greenwald defiende a Assange, basando su potestad en documentación filtrada, por no decir robada, de personeros al gobierno.

Su discurso tiene que ver con los medios mainstream y su participación —si no es que su complicidad— con un régimen en el que el individuo ha sido enajenado de forma crónica y permanente. Yo llevo mucho tiempo en los medios, y creo que aunque he operado dentro del periodismo mainstream convencional, he dedicado mi carrera a dar voz no solamente a los enajenados o a los marginados, también a la gente rebelde.

Me siento, un poco como Keller, con recelo ante la aparición de individuos que por tener documentos adquieren poder y aprovechan una coyuntura para abrir un espacio, motivados por una cruzada moral, ética o incluso ideológica.

Esto me incomoda porque los principales activistas de este nuevo fenómeno se encuentran refugiados; uno en la embajada de un gobierno que ha sido controvertido en el respeto al derecho de libertad de expresión: Ecuador, y el otro viviendo en el santuario de Putin, en Rusia, país que se ha caracterizado en los últimos años no solamente por reprimir a la prensa, sino por matar a periodistas.

En resumen, parte del intercambio entre Keller y Greenwald se basa en la afirmación que repiten los que están a favor de este periodismo de cruzada: no importa dónde está Snowden, hay que creerle que no ha entregado nada ni a Putin ni a China, otro país con carencias democráticas.

A mí no me consta que Snowden  es quien dice ser. En mi juicio es un tipo que fue espía, no es periodista. Un espía que cambió de bando y se apropió  de documentación que no le pertenece.

Asunto aparte es si la Agencia de Seguridad Nacional abusa de su poder digital, algo que también podemos decir de Google o Facebook, que penetran en nuestras vidas de una forma aparentemente benigna y voluntaria, pero con consecuencias que todavía no podemos medir. Aquí está el tema de nuestro tiempo: como sociedad hace falta una puesta al día de nuestras libertades y de nuestra relación con los Estados que nos gobiernan.

Siempre ha habido periodismo basado en las filtraciones de documentos. Yo nunca me he sentido cómodo con ellas porque en general tienen un interés detrás. De ahí deriva un ejercicio periodístico cortesano. A los periodistas que lo practican, a los cuales yo llamo cortesanos del rey, les dan las infidencias del palacio para lograr que ciertos murmullos lleguen al pueblo.

A principios de los años sesenta, en Estados Unidos, apareció una figura que hoy aún existe en la prensa: el whistleblower —silbatero—, que en español podría traducirse como soplón, pero sería inexacto.

Se les dio ese nombre porque se supone que era gente patriota dentro del sistema, harta de los abusos. El whistleblower más famoso es aquel que sopló y divulgó a los periodistas Woodward y Bernstein las maldades de los colaboradores del presidente Nixon, lo cual nos llevó al Watergate. Había un sinfín de empleados, del Pentágono, por ejemplo, que filtraban a columnistas escogidos abusos de inventario, de presupuesto o de utilización de fondos, pero siempre mantenían la reserva de su jefe o de su agencia. Se interesaban por la fiscalización de la administración pública, cosa que le viene bien a todas las sociedades.

En el caso de Greenwald es un poco distinto pues nosotros, los ciudadanos, tenemos que decidir si creer al director de la NSA o al de la CIA o a Hillary Clinton, cuando aseguran que lo que está entregando Snowden afecta la seguridad no sólo de Estados Unidos, sino de otros países, en un mundo donde hay terrorismo activo que busca cualquier agujero para atacar.

En medio del debate, tiendo a creer que hace falta la imparcialidad. Reconozco, sin embargo, que debe discutirse lo que hemos entendido como imparcialidad tradicional, que a veces sólo convenía al medio o al medio y a su vínculo político. Aún no estoy seguro de si debemos desvestirnos de una vez por todas y decir exactamente cuáles son nuestras opiniones, como pretende Greenwald. Si descartamos la imparcialidad, ¿qué tenemos? Una alza de amarillismo y cruzadistas. 

¿En dónde van a operar los que se declaran “guardianes de la libertad”, como Greenwald, Snowden y Assange en esta situación, ante una Corporación Murdoch? ¿Acaso van en contra de los abusos de la Corporación Murdoch que, en aras de sus intereses comerciales también espiaban a mucha gente, desde celebridades hasta políticos y fueron amonestados por eso? ¿Acaso necesitamos a tres hombres que dicen ser “los guardianes” para fiscalizar al gobierno de Estados Unidos?

Esto es un tema que no tiene solución todavía. Yo tengo la mente abierta y me siento indeciso, pero tengo mucho recelo con los que dicen tener la razón, así como me siento con figuras religiosas que aseguran estar más cerca de Dios que los demás.

La narración es la madre del periodismo

Javier Solórzano: A través de las nuevas tecnologías, aparece información que en muchas ocasiones se considera de primera mano, desde el Twitter o desde el Facebook. ¿Se tendrá que seguir especializando tanto quien ejerce el periodismo o detrás de un iPhone hay ya un periodista?

Jon Lee Anderson: Tener un iPhone te da la posibilidad de hablar con cualquiera. Pero existe un gran riesgo en esta convivencia, estamos ante una Torre de Babel, estamos bajando el tono de las discusiones de una forma despampanante y con una gran velocidad. No veo muy claro el camino que vamos a seguir, pero tengo ciertas reservas hacia estas nuevas experiencias. Perdemos calidad, perdemos la posibilidad de distinguir entre lo importante y lo frívolo, entre lo que es un troll y un comentario válido, con buenas intenciones.

Ante estos fenómenos la prensa escrita está condenada a desaparecer porque el trance que imponen estos aparatos a los seres humanos es tan obvio, que cuando uno entra en cualquier súper en Nueva York, nueve de 10 personas están mirando a la pantalla, o sea, es el cliché de nuestros días.

Esta caja mágica va a ir arrasando e incorporando a los que no tienen acceso a ella por ahora. Así como lo hizo la televisión en sus días, pero ahora en versión portátil. Los diarios escritos difícilmente podrán competir con este fenómeno en un mundo de aquí a 20 o 30 años, inclusive menos.

Pero tener un iPhone no te hace periodista. Por ejemplo, cuando cubrí la revolución en Libia me encontré con la generación que yo llamo de la Plaza Tahrir, aunque bien podrían llamarse generación iPhone. Son chicos de 24 años que por equis razones se encontraban, a principios de 2011, en El Cairo.

Fueron testigos directos de la caída del sistema político de Mubarak, se enfrentaron a una revolución o una aparente revolución. Y lo cubrieron virtualmente, así como cualquiera tiene el impulso de sacar una foto porque tiene un teléfono en la mano, aunque nunca más la vuelva a ver.

Estos jóvenes se encontraron ahí, en la Plaza Tahrir, y durante 17 días vivieron lo que para ellos era una revolución, comparable con la revolución bolchevique o cualquier otra, pero sin mucha sangre. De pronto se convirtieron en fuentes de primera mano; el primer borrador de la historia porque los grandes grupos mediáticos estaban en los techos de los hoteles y era difícil moverse.

Cuando yo llegué a Libia en el ambiente había algo parecido a una fiesta-revolución. De pronto comenzó el tiroteo. Un grupo de estos chicos y yo fuimos al frente de lo que era ya una guerra. Varios de ellos murieron porque no supieron cómo operar. A través de los años he seguido en contacto con algunos otros. Los que se han quedado en el ambiente periodístico consiguieron corresponsalías con medios y han aprendido árabe. Son una nueva generación de periodistas. 

Los que fueron al frente, desde el principio, tuvieron mi respeto. Una cosa es tener un iPhone y quedarte en tu casa comentando lo que sea y otra es cargar ese iPhone e ir al frente. Tú no puedes ser periodista con un iPhone, pero un iPhone te puede ayudar a ser periodista. Y estamos ahí básicamente y sin definición todavía porque, claro, tienes que aprender ética.

La narración es la madre del periodismo

Guillermo Osorno: Frente a estos desafíos de los que hemos hablado, es decir, frente a los activistas, frente al periodismo cívico, frente al iPhone y las nuevas tecnologías, ¿qué es lo que tiene que ofrecer el periodismo convencional como se hace en el New Yorker?

Jon Lee Anderson: Yo diría que todavía tiene que ofrecer las posibilidades narrativas. Una cosa es el periodismo del boletín informativo que resume, plasma y entrega la noticia al público sin necesidad de mayor arte, hecho por un tuitero, un bloguero, un redactor en un diario, un radioperiodista o alguien en la televisión. 

No quiere decir que todo lo del New Yorker sea arte ni mucho menos. El periodismo narrativo, sin embargo, es como la Madre Patria de la comunicación. Para mí hay un vínculo directo entre el periodismo narrativo y las tradiciones orales de las tribus donde los viejos chamanes durante tres días y tres noches contaban —o cuentan algunos todavía— la historia oral, los mitos de creación a los jóvenes. Es como contar un cuento.

Digo que es la Madre Patria de la comunicación en el sentido de que una historia bien contada tiene una función: establecer una pauta, captar una realidad supuesta en el mejor de los casos con imparcialidad o una intención al menos honesta. Recoger, plasmar y compartir una historia verdadera sobre nuestra realidad con los demás. En su esencia no es más que querer explicar el mundo a los demás; quizá una partecita, una parcela de esa cosa compleja que es el universo.

Tal vez no estamos intentando ser los chamanes y explicarlo todo, pero queremos contar los aspectos de la vida o el mundo que nos interesa a cada uno y que nos parece importante compartir.

A veces una buena crónica larga, con rigor, en la que sentimos que el autor o la autora es honesta al menos, nos puede cambiar la vida. Todos tenemos historias que hemos leído de jóvenes o que nos contaron nuestros padres que nos cambiaron la vida.

Creo que un tuit te puede guiar, te pueder dar el enlace para que leas o veas algo. Twitter es como la señal de humo en la montaña o el tambor en la antigüedad; en sí no ofrece nada trascendental de momento, al menos que empiece una generación de poetas fijos en los 140 caracteres de esta red social, que es probable.

Esto no debe ser propio de Estados Unidos o del New Yorker, cada sociedad lo necesita, y a medida de que nos vamos globalizando es importante tenerlo para evitar la homogenización cultural, la monocultura. En América Latina, sobre todo, hay una tendencia de un grupo de la nueva generación de periodistas que en la última década ha intentado fomentar nuevos medios, en donde exploran nuevas narrativas.

Todavía los círculos quizá están un poco limitados, pero a lo mejor siempre lo fueron. Pero por eso mismo digo que esa gran narrativa es importante, porque aunque el New Yorker sólo lo lee un millón y no sé cuántos lectores más, de ahí salen historias que luego las ven muchos millones, a través de películas, telenovelas o teatro y otras formas de expresión más popular. Entonces, si lo dejamos de hacer nos convertimos cada uno en un boletín informativo, cada uno en un robot interesado nada más en nuestro espacio. n