Calavera

Como si no anduviéramos cargándolos de aquí para allá todos los meses, en noviembre avivamos la manía de celebrar a los muertos. Urgidos de una fiesta les ponemos altares, flores, velas, dulces.

Hubo un tiempo, en que creí que la vida era todo eso que me faltaba caminar, cuando mis hijos eran niños y yo consideraba crucial educarlos en las tradiciones, en que al principio de este mes yo arreglaba una ofrenda en el patio y le ponía las fotos de mi padre y mis abuelos detenidas sobre papel morado y entre flores naranjas, calaveras de azúcar y panes amasados con azahar. Ya no lo hago. No porque me parezca más absurda ahora, que antes, la creencia de que los muertos pasan a comer el meollo de lo que les dejamos para alimentar su vida de fantasmas. Nunca me pensé que tal cosa tuviera otro sentido que no fuera el placer mismo de imaginar que nos visitarían los difuntos, pero algo había en el aire alrededor de mi alma que alentaba ese noble placer. Ya no. Será porque mis muertos se han ido haciendo tantos que ya no caben en el cielo, ya no regresan. Mejor dicho, no se van. Aquí andan todo el año, dando su guerra diaria, haciéndome reír con la aleatoria reminiscencia de sus guiños. Aquí yo, negándome a llorarlos. Aquí está la memoria acompañando: mi abuela despertándose a hacer ejercicio. Acostada en su cama, abundante y rolliza de la frente a los tobillos, palmeaba su barriga con suavidad, sesenta veces de un lado y sesenta del otro. Luego, exhausta de tan extenuante actividad nos preguntaba qué queríamos desayunar. Y era bonita como la luna llena. Con sus ojos azul agua y su nariz respingada. Con sus ochenta y cuatro kilos sobre sus sesenta y cuatro años. Al rato, entraba mi abuelo con su piyama de rayas y le acercaba la cajita de madera en que ponían las monedas que iban entrando a su ahorro durante la semana. Mi abuelo que tenía las piernas largas de un saltador de garrocha y la espalda erguida de un dentista en perpetua batalla con la postura de su quehacer. Mientras bebíamos el café con leche recitaba una historia idéntica, que siempre nos dio un miedo idéntico. “Tilín tilín, soy la muerte y toco en la ventana”, decía para empezar el largo recorrido de algo remoto que de sólo nombrar nos espantaba. Venía del llano, había bajado un cerro, andaba en el jardín, subía por la escalera, entraba al comedor y la oímos acercarse a nuestras sillas, siempre pensando que daría la vuelta, que pasaría de largo, que el pan de anís, como era bueno, iba a echarla a correr. Pero nada: “Tilín tilín ¡soy la muerte y vengo por ustedes!”, terminaba el abuelo vivo de risa haciéndonos pegar un brinco que no por esperado era menos trémulo.

Andan aquí los muertos, ni para qué ir al panteón a buscarlos. Antes, en los viajes siempre había un rato para los cementerios. Una mañana, hace como treinta años, en Cozumel, bajo el sol azul del Caribe, quise ir a ver las tumbas en que duermen los antepasados de mi mejor amigo. Le pedí a don Nassim Joaquín que me llevara. Dijo que sí y me encaminó con su andar de joven. Habrá tenido poco menos de setenta años. Las facciones de un venado, la curiosidad y la sonrisa de un adolescente. En una bocacalle abierta al horizonte detuvo el auto y se bajó. “Es allá”, dijo señalando una reja erguida contra el cielo a cien metros de distancia. “Me va usted a perdonar, aquí la dejo. Yo no me acerco más. Antes venía seguido, ahora no quiero”. Condescendí entendiendo, pero sin comprender. Con la cabeza intuí que a cierta edad la gente ya no encuentra poesía en la muerte. Treinta años después sé que eso es cierto. Ya no voy a pensar ni a evocar a la Rotonda en que descansan los huesos de las personas —antes sólo los hombres— ilustres. Quizás debería volver en busca de unas mariposas junto al redicho mausoleo de Amado Nervo, pero no vuelvo: invoco. A la vida de antes y a los muertos de ahora. Para compartirlos con mis vivos que, entre otros, son quienes esto leen.

Me quedo sola un rato y pasan a cantar. Como lo hace Maicha algunas tardes. “Mira que te llevo dentro de mi corazón, por la salucita de la mare mía te lo juro yo”. Entre sus herencias me dejó la fiel pasión por conversar. Se llamaba María Luisa. Cuando yo tenía cinco años, ella tenía diez. A nuestro abuelo, que entre sus mil destrezas hacía los moldes de yeso sobre los que luego construía puentes de oro, el fin de semana le gustaba moldear otras cosas. Hizo nuestras manos. Tengo la de Maicha bajo la mía. Y tengo el exacto recuerdo de la mañana en que él nos las tomó. Cinco años. Una eternidad que con el tiempo fue acortándose hasta que por ahí de los treinta nos volvimos de la misma edad. Cuando nos reencontramos ella vivía en España. No dormimos en toda la noche, hablando y hablando hasta que amaneció. Luego ella se quedó perdida en la nubes de nuestra remembranza y yo bajé a una sesión de fotos en la que salí veinte años más vieja que en las del día anterior.

Si de fotos hablo tengo una en la que estamos sentadas en el jardín de mis abuelos y ella me está abrazando. Siempre fue mucho más fuerte que yo. Tenía el pelo muy negro, el mío era pálido. Las dos vivimos una infancia feliz y una adolescencia consternada. Ella se enamoró varias veces, reunía en sí misma todo el no va más de los amores contrariados. El mayor, quizás el único importante, fue el que tuvo por un hombre moreno con el que no podía casarse. Como remedio se casó con un tipo malo al que se lo notaba que lo era. No supo ni quererla, ni tratarla. Y de las varias desgracias que le pasaron, ésa fue la única que nos tardamos en saber, porque la avergonzaba que Hiniesta (a quien nuestro abuelo llamó Y ni está) se portara tan mal con ella. Maicha nunca tomó demasiado en serio la sentencia que dice que “quien canta sus penas espanta”. Ella casi siempre cantó las suyas, pero no espantó a nadie porque tenía las ventanas del ánimo abiertas de tal modo a escuchar las pesadumbres ajenas, que cualquiera que se acercaba tejía una trenza con las de ella hasta que ya no se sabía cuáles eran de quién, y una suerte de cobijo caía sobre todas volviéndolas un asunto común y por lo mismo menor.

Cuesta contarla. Tenía, en la condición inocente de su índole, voluntad y talento para creer en fantasías y gozar con los juguetes que se le iban poniendo en el camino. Era como los niños, atesoraba cosas, pero sólo como un remedo de su verdadera emoción: atesorarlos cada día. Con mucho cuidado iba guardando los suyos y a veces los ajenos, sin olvidarlos jamás. Recordaba asuntos que medio mundo olvida. Cosas como de qué color era el vestido que usó en su fiesta de nueve años, en dónde habían comprado la tela y quién se lo había cosido. Todo esto no porque su cumpleaños nueve hubiera sido muy distinto de los otros, sino porque con la misma precisión recordaba todos los demás. Tenía consigo las frases de cada quien: “hay que cerrar los ojos y abrir las manos” decía que alguien dijo. Recordaba el tiempo en que floreaba un árbol específico, la conversación que había tenido un martes tres de febrero con un hombre de signo Leo y la que cada una de entre cualquiera de sus amigas había tenido con cualquiera de sus novios. No se sabe si discriminaba memorias, pero aún me sorprende la perfección de sus recuerdos. Ojalá y nos los hubiera podido heredar, a mí y a sus hermanas que hace dos días nos lamentábamos de ir olvidando tantas cosas. No las de ella, no la luz de sus palabras, no sus desvelos, no su compañía, no su largo dolor amortiguado siempre por el gusto que le daba estar viva.

Tuvo cáncer durante mucho tiempo. Un cáncer de tal modo feroz que, cuando se lo encontraron, los médicos dijeron que viviría tres meses. Los estiró a doce años. “Es que yo todavía no me quiero ir de la fiesta”, me dijo una tarde. Larga tarde en que nos abrazamos hasta tarde. n

 

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.