Traje la foto de un niño que nos miraba intrigado, como si quisiera hurgar en nosotros en busca de un secreto parecido al que nosotros buscábamos en el río. Fuimos a la Amazonia peruana. En un barquito que visto desde fuera parecía de cristal.

Perdido en la mitad de aquella nada y aquel todo, el niño tenía cerca dos perros flacos y en las manos una Coca Cola. Difícil mejorar esa estampa que apareció en mi cámara junto a las de los amigos pescando una piraña y la mía rascándole la panza a un caimán diminuto, cuyas mandíbulas apretadas parecían una sonrisa. Toqué su piel fría llena de texturas, húmeda y brillante. ¿Cómo pueden hacer bolsas con la piel de estas bellezas? Con razón son tan caras. Y tan feas como hechicera es el alma de quienes envuelve. Porque juro que aquel caimán tenía alma de ángel. Y que algo de candor y lujuria hubo en cargarlo. Un contagio de ese mundo que no entenderemos nunca, por más que intentemos tocarlo, hundirnos en él, abrigarnos en su silencio de gigante. La selva reflejada en el agua. Y nosotros atisbando las mañanas como promesas y la tarde de espejos en pos de una serpiente que nunca apareció y de una luna que salió del agua y fue subiendo mientras los treinta y dos viajeros nos quedábamos mudos, atentos a un rincón de la Amazonia yéndose a dormir.

Todo pierdo

Un rato oímos a los pájaros enterrándose entre los árboles mientras los changos acallaban sus palabras sin letras, las serpientes enroscaron su largo arrastrarse entre los pastos, las ranas y los grillos iban afinando los instrumentos de la orquesta con que interpretan el fondo de la noche. Un sonido sin estruendo, pero acompasado como si lo dirigiera alguien desde su pódium invisible. La selva y ese río son una letanía de misterios. Y uno va viendo hasta embriagarse con la certeza de que nadie predomina en ese mundo.

Todos somos iguales: las serpientes, los pájaros carpinteros, los delfines rosados, las cigüeñas, los murciélagos y los caimanes. Los turistas, los guías, la gente que en los pequeños pueblos se asoma al borde de sus casas sobre el río y mira el paso del día y la noche sin leer las noticias ni saber que en Egipto hay una guerra y en México un desmadre. Todos iguales. Nadie sabe y a nadie le importa quién es escritor y quién gobierna. Quién camina y quién vuela. Quién es médico, quién comerciante, quién llegó desde Hong Kong o cuántos desde Bélgica y Australia. Changos, manatís, pájaros azules o remeros montados en cayucos, todos estamos en el mismo pasmo frente a la misma inconsciente belleza que nos rodea. Incluso los guías, acostumbrados a mirar el estupor de los visitantes, van también sorprendidos. “¡I-nau-di-to!, ¡ma-ra-vi-llo-so!, ¡es-pec-ta-cu-lar!”, dice George, un joven de la zona que estudió etnobotánica en Iquitos, miembro de una familia con trece hijos. Aprendió a leer y terminó la primaria en una casa de bejuco construida para escuela entre las veinte casas de su comunidad. Lo dice en apariencia como parte del juego con que acompaña a las visitas, pero no se finge semejante ademán, la verdad es que también a él todo le resulta ¡In-cre-í-ble! ¡Ma-ra-vi-llo-so! ¡In-com-pa-ra-ble! No se iría de ahí nunca y así lo dice, por más que nosotros estemos pensando que sería un éxito en la televisión.

Y eso antes de verlo, la última noche a bordo, tocando el bongó mientras a una viajera que andaba en vilo le dio por cantar con la pura embriaguez que había en el aire tibio.

Cuatro días estuvieron sin asir la red los tres adictos al curso y los discursos que cuentan lo que pasa en el mundo al que tuvimos que volver. Porque no hay selva ni río que abrigue para siempre a unos viajeros.

Había en nuestra expedición un hombre que fingía ser cascarrabias para contradecir a su esposa, una eufórica de mi calibre que con cada utopía entremetida en la selva saltaba al frente de la lancha con los ojos dispuestos a que se abriera el cielo. “A mí tanto verde me da claustrofobia”, dijo él cuando entramos a un canal muy angosto en busca de la esquiva anaconda. “Aquí no hay ruido, no hay polución, no hay tránsito insufrible, no hay cáncer, no hay neurosis. A cambio, claro, hay que vivir en medio de la nada”. Reímos. “No le tomes en serio”, le dijo la mujer al mexicano que navegaba junto a ellos. “Claro que lo tomo en serio. Tiene toda la razón. Este no es lugar para quedarse”, contestó la flor de asfalto que no podía estar más de acuerdo. Entonces los dos se pusieron a discurrir que la selva está bien para mirarla un tiempo, pero sin dejarse ganar. ¿Vivir ahí? Impensable, acordaron. Hay que venir un rato y luego despertar.

En el castellano de mi infancia había quienes usaban el verbo recordar como sinónimo de despertar. Aquí cabría usarlo así. Al volver de aquel viaje insólito, ya en el avión, después de tanto sueño, hubo que ir volviendo a la otra realidad. Porque ninguna nostalgia mueve lo que un deseo. Y el futuro está en desear.

De eso se trató nuestro regreso al mundo de todos los días. A la otra fiesta.

De cinco expedicionarios, como si algo le hubieran arrancado al entusiasmo, porque hubo que perder en el sur al chileno vehemente que convocó aquella quimera, a México volvimos cuatro. Nos subimos al avión, exhaustos. Incluso antes de despegar, yo empecé una siesta con aires de eternidad que duró quince minutos. Cuando las azafatas se acercaron a discernir qué queríamos beber, yo me dije sin más: “ya recordó la niña” y me quise poner a gritar para que viniera en mi auxilio la madre naturaleza. O mi madre. Sin duda, mi hermana.

Dos días antes de salir, mi hermana, que parece Martín pescador, se había tirado de pique sobre la acera de un jardín y se había roto la pierna izquierda. Partida en tres para dejarla haciendo juego con la derecha, que se rompió el año pasado en circunstancias que es mejor silenciar. ¿Cómo estaría?, me pregunté. Un segundo después perdí los anteojos.

De ahí para adelante, las siete horas que dura el vuelo desde Lima, fui perdiendo de todo. Cuando encontré los anteojos, perdí el libro, cuando encontré el libro, perdí el iPad, mientras buscaba el iPad se escondió el pastillero en un hueco del asiento y me cansé de no dar con él ni con nada. Menos aún conmigo. 

—Ya perdió algo nuevo la señora que había encontrado los anteojos —le dijo una azafata a la otra.
—Sí, el pastillero, ya se lo encontré, estaba bajo el asiento.
—No, algo nuevo, lo del pastillero fue hace una hora.

Se miraron y yo las vi mirarse, no sabían si matarme o compadecerme. Estaban a tres pasos y a una eternidad de mi cabeza.

—Todo pierdes, Ángeles. Ya no pierdas cosas —dijo desde la otra fila un bien querido tripulante.

Hay quien sale de un mundo y sin respiro puede cambiarse a otro. Y yo, ni cómo defenderme. Porque aún traía la cabeza envuelta en el río y en la desembocadura de un viaje, la entrada a otros.

Ahora que he vuelto de todos, cargando por fin conmigo, y los deseos, mientras esto recordaba oí acercase una música. En la puerta misma de mi casa, en Tacubaya, se instaló una marimba a tocar Cruz de olvido. Detuve aquí las manos y busqué unas monedas. Las encontré enseguida. Hay gente buena. Gente tocando una marimba a media calle y un vecino que se asoma cantando, como a un río. Porque uno todo pierde, menos lo que bien encuentra. n

 

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.