Pasa el tiempo con tanta vehemencia sobre nuestro mundo que de pronto parece como si nos lo arrebatara. Que digan si no es así, los seis viajeros a los que cobijó una lluvia de gotas iluminadas sobre el mar de Cozumel. Volvieron hace no mucho, bautizados con esa luz y seguros de que no hay en el mundo mejor lugar para vivir que este nuestro país. Una semana dentro de aquel ensalmo, rehusándose a todo lo que no sea aquel brillo, y cualquier espanto desaparece. Hasta que el lunes, “al café de la mañana vuelve la guerra…” y hay que ponerse a oírla.

Anda en vilo nuestro paso porque la tierra se siente más dispareja que nunca. De un día para otro el desorden cambia de rumbo y cada nueva noticia embiste a la anterior aun cuando cada rara dicha enmienda un agujero que dejó el día de ayer.

La vida pública, eso que está en el aire y que cada día entra con más intensidad por la ventana, bajo la puerta y desde el cielo, unas veces agobia más que otras. Patria de septiembre, se llama esto que vemos y nos aprieta, no siempre esto que repiten quienes la miran para contárnosla: en los noticieros, en los periódicos, en los estudios de quienes buscan entenderla con cifras, en la pura información de un boletín que avisa cuántos murieron dónde. No necesariamente quiénes, ni por qué. Un preso que ojalá y no hubiera nacido, veinte muertos para velarlos en una sola noche. Patria: el lugar en que vivimos, al que tememos, que nos fascina. Patria en septiembre, esta promesa que no acaba de cumplirse. Habría que ser López Velarde para decir esta emoción sin mancharla: El amor amoroso de las parejas pares. ¿Y uno qué hace? Divaga y pregunta: ¿No era la patria el sabor de las cosas que comimos en la infancia? Sencillo aquel hallazgo de Luis Cardoza y Aragón. Y tan exacto. Cuesta vivir sin ver, como hacíamos entonces. Trato a veces de no tocar lo que hay afuera, de oír la música más sabia, y leer la poesía que mejor suena: Luciente honor del cielo/ en campos de zafiro pace estrellas. Góngora dixit. Góngora el bueno, no el ex ministro.

Acabo así, de pronto, en un oboe del siglo XVIII y una rima del XVI, para sobreponerme a las balaceras que recuenta el día. Encuentro a Garcilaso de la Vega: Yo no nací sino para quereros/ mi alma os ha cortado a su medida/ por hábito del alma misma os quiero.

Nos perdonarán las horas

Vean ustedes: mi querida comadre Ofelia se casó, tras veinticinco años de espera, con el amor de su vida. La conocí porque su salón de belleza, pequeño y casual, abierto seis días de la semana, once horas diarias, queda en la colonia Cuauhtémoc. Y ahí vivía una yo que aún vive en mí, aunque ya no se note siempre. Mi madre lo descubrió un día en que paseaba a mi sobrina Daniela rumbo al zoológico, en busca de la mamá de Bambi. No había entonces más rifles ante nuestros ojos que aquellos que mataron a la pobre cierva que Daniela encontró en Chapultepec, de vuelta en la vida.

El pequeño postigo del salón se abrió para responderle a la señora Guzmán que sí, que ahí la señorita Ofe cortaba el pelo. A ella volvió unos días después. Cuarenta pesos cobraba mi comadre, en 1976. Yo creo que eso no sería cuatro pesos de ahora, aunque hayamos quitado los tres ceros. Creo que el precio de hoy equivale al de entonces. Al poco tiempo llegué a ese hueco del mundo. Y nos hicimos amigas. Hace treinta y siete años. Desaprendí a peinarme y toda la flojera que daban mis mechas, quedó en sus manos.

A tan grato romance vino a ponerle trabas el señor Don Villa, cuando hace casi un año se la llevó a vivir a Michoacán. Entonces, podríamos decir que: El agua clara con lascivo juego/ nadando dividieron y cortaron.

El casamiento fue en una iglesia con modales de neoclásico actualizado. Yo no pude ir, pero luego vi las fotos, lo que me hizo reconocer el altar, justo tras el señor cura al que entrevistaron cuando acabó la matanza en la plaza de Los Reyes.

Mi comadre que se mudó a la paz de aquellos lares cálidos, que me había contado el resplandor de las matas con flores que hay en su patio, de cómo, por fin, puede levantarse a las ocho de la mañana, al aire siempre cálido, luego de un largo rato de oír despiertos a los pájaros, vive nada menos que en el centro de ese huracán incomprensible. Ella que se fue hasta allá para descansar, para alejarse de esta guerra de mugre que es la ciudad de México, de este trabajo que le tenía los brazos exhaustos, vive a dos pasos de aquel desastre. Y no piensa volver, porque según me dice, las balas no le quedan muy cerca. “Haga de cuenta que yo vivo en Tacubaya y esto pasa en Río de la Plata”, me dice tan campante. Sin tráfico hago cuatro minutos de mi casa a lo que fue su salón en Río de la Plata. Así es que ella vive a cuatro minutos de la plaza. Pero asegura que no está tan cerca. Dichosa sea su mirada sin miedo, bañada, como otra en el Caribe, por la inocente certidumbre de que la belleza, el verde y cálido monte cercano a su casa, es un ensalmo. ¿Qué me queréis caballero?/ Casada soy/ marido tengo. Casada soy/ por mi ventura.

No sé a dónde me dirijo yo con este cuento, pero dice una bienquerida politóloga que ella ha aprendido a leer en este andar a tientas. No voy a ningún lado. Voy haciendo el recuento.

La empresa Tecno Idea, que hace  el auto llamado Mastretta MXT, corrió unos riesgos de dar pánico hace como dos meses. ¿Y saben ustedes qué pasó? Está a salvo. Porque hay quien  quiere que este país camine hacia otra parte que no sea el caos. Benditos quienes  esto creen. Canción yo he dicho más que me mandaron/ y menos que pensé/ no me pregunten más, que lo diré. Otra vez Garcilaso haciendo rimas.

En Puebla, el mes pasado, se promulgaron dos leyes de apariencia sencilla, una castiga el maltrato a los animales, la otra prohíbe el uso de pendones para pedir el voto y hacer propaganda política. ¿Cómo no ir a encontrar estas rimas cultas, exageradas, gongorismos: Repetido latir, si no vecino,/ distinto oyó de can siempre despierto/ y en pastoral albergue, mal cubierto/ piedad halló, si no halló camino.

Gabi estudia para maestra en Zitácuaro, al salir de la universidad encontró a Diego, su hijo, fuera de la escuela. Los habían sacado porque oyeron tiros. ¿Qué hizo Gabi? Tomó al niño de la mano y se fueron a su casa como si nada. Tan tranquilos. Pensando en que si el padre de Diego volvía de Estado Unidos, a la mejor, para bien de él, quién sabe si para mal de ellos, lo recibirían. Dice ella que por su casa, hasta para abrir un negocio de hilos hay que pagarles a los criminales, hasta las que venden tortillas tiene que dar cuota. Por todos lados están. Pero no hay tiros, se consuela. Hay de todo, pero no hay tiros.

Antítesis es el recurso estilístico que consiste en contraponer dos sintagmas, frases o versos, que expresan significados opuestos. Góngora era el rey de estos juegos. Le hubiera gustado Gabi que es una contradicción en sí misma.

Tantas cosas suceden que conmueven.

Sara y Andrés tuvieron a bien casarse, en Tlayacapan. Se veían dichosos de tal modo, que hasta quien dijo que jurarse amor eterno es tentar al destino, aceptó como un acierto el desafío. Y hubo mesas largas con bancas a los lados, botellas con flores puestas como al pasar y banderas de papel picado moviéndose bajo el ruido de la música tecno, a la que no le entiendo, pero bajo la que conversamos hasta la medianoche, mientras los jóvenes brincaban su juventud sobre nuestras palabras. Youth is wasted on young, nos había dicho una joven linda y lista, esa misma mañana riéndose de la cita y de sí misma.

Eso lo escribió Bernard Shaw que no sé cómo es que vino a aparecer en mitad del siglo de oro y del país que a veces se ve en llamas y a veces es pradera. Árbol testigo, como éste que ahora miro. Ya me contagié mal del genio bueno. Góngora es un antojo a cualquier hora. Aun si peleaba con Quevedo a quien tanto queremos. Góngora y Don Francisco son dos sintagmas que uno asocia y quiere sabiendo que se odiaban.

Mal te perdonarán a ti las horas/ las horas que limando van los días/ los días que royendo están los años.

Pasa el tiempo y levanta nuestro arrojo. No hay que temer al ahora  aunque dé miedo. Es mucho lo que pasa que no es malo. En todas partes, como antítesis, hay gente buena. Bien nos  perdonarán las horas. Este septiembre y los que vengan. n

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

Ilustración de Gonzalo Tassier.