I

Valerie siempre estaba alegre y si no lo estaba, de todas formas se reía o sonreía. Pasara lo que pasara, trabajara cuanto trabajara, disfrutaba de los días. Valga la tautología, me alegro mucho de haberla conocido.

—Soy un animal alegre —decía—. Tengo suerte.

Era ágil y corría muy rápido: siempre me ganaba en distancias cortas o largas, aunque yo era el más rápido de mis amigos.

También le gustaba mirarme de reojo y emitir algo extraño, para observar mi reacción:

—He decidido abjurar del sexo. ¡Me da asco!

O:

—En dos meses me voy a vivir a Australia, si prometes ir a verme para fin de año. Ya tengo mis papeles migratorios arreglados.

O:

—Estoy pensando lanzarme como candidata a los Comunes, dado que soy de lo más común.

Estas salidas no representaban gracejos intelectuales, pues Valerie era una muchacha de lo más normal.

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Era normalmente bonita, de estatura media, sin rasgos singulares. Hay miles y miles de aves como ella en Inglaterra —de Gales y Escocia no sé nada—: lindas sin más, torpes y a la vez graciosas, de bellas piernas largas, de clase baja o media baja, con acentos medio cómicos y cabello castaño y braguitas de colores.

Un sábado tocó a mi puerta. Yo no esperaba a nadie, así que finqué una cierta esperanza en el visitante sorpresa.

Ahí estaba Valerie, con su cara alargadita, sus orejas y sus pechos y sus manos totalmente comunes y corrientes, su modesta blusa amarilla clara, su corta falda verde. De inmediato percibí que venía disfrazada de mujer mona y decente.

—Buenas tardes, ¿la señora de la casa?

—Yo soy ella.

Se me quedó mirando sin pestañear sus pestañas falsas.

—¿Puedo interesarla en una batería fantástica y muy económica de implementos de cocina?

—Puede intentarlo —respondí, secándome las manos en el mandil que me había obsequiado mi carnicero, el hombre más feo de Londres y tal vez del mundo.

—Pero perdería mi tiempo, ¿verdad?

—Yo creo que sí —le contesté, con menos ironía de la que me pueda imputar el lector.

—Me lo imaginé. ¿Sería tan amable de ofrecerme un vaso de agua? Trabajar en sábado y en verano es una tarea amarga.

—Le puedo ofrecer ron y coca, que es lo que estoy bebiendo —le dije con una sonrisa simpática que me salió como de barman de Acapulco.

—Qué buena idea —dijo entrando y mirando mis pocos muebles.

A los dos nos sorprendió la inmediata consonancia, aunque después diríamos que no nos había sorprendido en absoluto porque habíamos “hecho clic instantáneo”.

Le mezclé su cuba libre y me rellené la mía y puse “A Whiter Shade of Pale” o algún éxito semejante en el tocadiscos.

Los dos fumábamos unos cigarrillos, Woodbines, que resulta que significan “madreselva de Europa” en español. Eran sabrosos y baratos y pequeños, y quienes los fumábamos nos resultábamos simpáticos.

Brindamos, encantados de nosotros mismos. Ser joven en sábado, si le gustas a alguien, tiene muchas ventajas.

—Quítate los zapatos, debes estar cansadísima.

—Tú también quítate los tuyos  —me sugirió, a sabiendas de que estaba descalzo—. Oye, qué gran invento este trago. ¿Tus labios son igual de ricos que esta poción?

—No lo sé.

—Veamos.

Dos horas después surcábamos la cuarta cuba y el tercer coito y ya compartíamos la certidumbre de ser las dos personas más agradables de la ciudad. Estrechábamos los vínculos y nos adentrábamos el uno en el otro y nos pasábamos los dedos por la cara con terneza y curiosidad.

Mientras nos dábamos un baño de burbujas azuladas, Valerie me dijo:

—Debes de pensar que soy la mujer más fácil del planeta.

—O que se ha subestimado el poder mágico del rum-and-coke.

—Y sin embargo sólo me he acostado contigo y con Matt, mi marido. A los veinte años, debo de ser una mujer difícil o indeseada, ¿no crees?

Alguna sombra debió atravesar mi rostro, porque me aseguró:

—Sí, soy casada, pero no te preocupes: Matt nunca se meterá entre tú y yo. Tú serás ese gran amigo con el que me acuesto y no hablo de amor y Matt no tiene por qué saberlo.

—¿No hablaremos de amor?

—No, claro que no, porque seremos, ya somos, amigos. Tú tendrás tu vida, yo tendré mi vida y los dos compartiremos una vida secreta y ocasional donde no se hablará ni de amor ni de dinero ni de enfermedades o trabajo. Seremos como personajes de un libro. ¿Me doy a entender?

—Sí. Creo que sí.

—¿Te gusta la idea?

—Supongo que sí, pues suena maravillosa.

—Claro que te encanta. Sólo me vas a ver a veces y siempre estaremos felices de vernos. ¿Estás casado o algún equivalente?

—No.

—¿Tienes una mujer preferida?

—Ahora no.

—¡No me mientas! Tú y yo siempre nos diremos la verdad.

—No te estoy mintiendo.

I know, I know, I know you.

Nos besamos.

—Sabía esta mañana, al salir con mi maldito maletín de muestras, que hoy iba a ser un día singular. ¿Lo sabías tú?

—Cuando tocaste el timbre, sentí algo raro.

—Ah, ¿ya ves?

—Pero es porque es un timbre espantoso y te apoyaste en él como si fuera una alarma nuclear.

 —¡Era un llamado de auxilio! Pero no te preocupes, nunca volveré a tocarlo así. Siempre seré suave y alegre, como tú.

El agua se había enfriado. Nos secamos el uno al otro y, como es sólo natural, aprovechamos para prodigarnos algunas fricciones extra, más íntimas.

—Hay que aprovechar que somos jóvenes, ¿no te parece?

Yo le contestaba inhalándola y lamiéndola.

Siempre he amado mucho a las mujeres cuando se cubren de nuevo con sus prendas. En cuanto comenzó a vestirse, le señalé:

—En esta relación, tú vas a poner las reglas, me parece.

—Por lo menos al principio, sí. Soy la señora casada, tú el potro sin responsabilidades.

—¿Cuáles son esas reglas?

—Sólo conocemos nuestro nombre de pila. Tú sabes que mi marido se llama Matt y que lo amo y es la persona más importante en mi vida. Yo tengo teléfono y domicilio, pero no los conocerás. Tú no tienes teléfono ni esposa, por lo tanto yo vendré a buscarte a veces. Si estás ocupado o ausente, no hay problema. Somos amigos.

—Muy amigos.

—Hay mucha confianza entre nosotros, sí.

—Suena bien, Valerie. Perdona la pregunta, pero ¿vendrás poco, no tan poco o mucho?

—Mucho, no.

—Tienes todo clarísimo en esa cabeza rapidísima.

—Sí, como si lo hubiera sabido antes de tocar el timbre.

—Algo así.

—Me has cambiado la vida, laddie. Salgo de aquí muy contenta, quiero que lo sepas.

—Yo también.

—¿Tú también sales?

—Sí, por qué no. Te acompaño a la estación.

—No, no. Quédate aquí en tu castillito y déjate crecer el pelo por si tengo que escalar a ver a mi Rapunzelo por la ventana.

—Una pregunta, Val.

—Por favor no me digas Val.

—Una pregunta, Valerie. ¿Matt tiene el pelo largo?

Se quedó callada. No había contemplado este aspecto de sus hombres, al menos no conscientemente.

—Sí, y más lacio que tú. También es más alto y más fuerte y más guapo que tú. Y lo amo.

—Bueno saberlo.

—Pero no es para nada como tú.

—Sólo yo soy como yo.

—Exactamente: sólo tú eres como tú. Y tengo el placer y el privilegio de que seas mi amigo.

La estreché contra mí. Cuando la solté y le abrí la puerta, ya no había forma de retenerla otro poco. Se sentía la succión del pasillo, de la calle, de la ciudad toda.

—Eres el pirata del ron y yo soy la ingenua inglesita entusiasmada. Nos veremos pronto. Piensa en mí.

Cerré la puerta y me senté en el suelo. Esto debía ser lo que siempre había buscado en las mujeres.

Mi intención en la vida era escribir libros y ella, que seguramente nunca había leído una buena (o mala) novela, quería que fuésemos como personajes imaginarios el uno para el otro: personajes, como ella, con olor, con sabor, con voz, con una piel inolvidable, con ojos grisáceos, como ciertos guijarros de río. Con unas ganas de vivir que ni siquiera intentaré adjetivar.

Si hubiera salido temprano al mercado a comprar mi lenguado de Dover y mis chiles chipriotas grandes y brillantes y mis endivias, como era mi intención, no hubiera conocido a Valerie, no hubiera podido asombrarme con la emoción de tener a una mujer bonita e inesperada y desnuda y contenta recortándome los pelillos de la nariz con sus tijeritas. Pero me había quedado en la cama leyendo una novela, qué importa cuál. (Creo que era Pnin.) De ahora en adelante —estaba claro— iba a soñar a ratos con que de pronto se aparecería Valerie, delgada y alegre como si tuviera catorce años, detrás de esa puerta color crema por dentro y azul por fuera.

II

Caminábamos y corríamos en la inmensidad colinosa de Hampstead Heath o en el cementerio de Highgate a la vera de don Charlie Marx, o yo la convencía de perdernos en la aparatosa acumulación del British Museum. Mirábamos las piedras de los asirios, de los griegos, de los mayas, y nos estremecían por igual: no se necesita ser culto para admirar la grandeza, y Valerie era muy sensible.

Si el encuentro era nocturno, oíamos mis pocos discos o visitábamos los aburridos pubs de mi barrio, con rostros y maneras de matrimonio, como los parroquianos, lo cual nos divertía mucho. El fornicio, huelga decirlo, era de rigor at least once y charlábamos el resto del tiempo, aunque ya no puedo concebir de qué, porque no teníamos un solo interés en común y las trepidantes emociones del adulterio, por otra parte, ni nos apasionaban ni nos distraían.

Sin embargo, éramos felices esas veces que podíamos vernos, por más que ella nunca durmió en mi cama más de una hora, a lo sumo. Éramos nuestra otra vida —nunca le conté a nadie de Valerie— y la disfrutábamos con entera naturalidad. Creo que eso es lo que importaba: entre nosotros, que no teníamos un ápice en común, todo era natural, hasta enojarnos a veces y desenojarnos sin más. Aunque nunca he apreciado a las mujeres ignorantes, el desacato femenino siempre me ha entusiasmado, y Valerie lo tenía de sobra. Me emocionaba y sin duda impresionaba oírla hablar de su rebeldía ante sus padres, las trifulcas a golpes con las condiscípulas dominantes, los enfrentamientos con las autoridades en las escuelas, los robos organizados en banditas de púberes en Woolworths, Army & Navy, Selfridges. (Matt y ella eran compinches desde chicos, desde antes del pelambre púbico y lo demás.)

Yo nunca tuve cómplices en el miedo y el desprecio por el orden establecido.

My sweet friend”, me decía Valerie, que por lo demás no estaba interesada en mi background exótico. Las relaciones entre las clases inglesas en aquellos años podían separar a la gente más, mucho más, que incluso los orígenes nacionales o las religiones. Yo no era más incomprensible a sus ojos que sus gobernantes, más bien todo lo contrario. También me nombraba Mi Pluma, “My Feather”, y Mi Trofeo, “The Feather in my Hat”, La Pluma en mi Sombrero. Yo sólo la llamaba Valerie.

Valerie miraba mis libros. Nunca los tocaba, menos aún los ojeaba.

—¿Estos libros están llenos de personajes románticos?

—Románticos, picarescos, dramáticos, idiotas, trágicos, cómicos y rusos.

No le interesó mi muestra de ingenio.

—¿Qué tipo de personaje eres tú?

—Un chavo buena vibra.

—En serio. No payasees.

—No lo sé. Soy muy joven para saberlo.

—Y yo, que soy aún más joven, ¿qué tipo de personaje soy?

—Tampoco lo sé.

Answer me, you bastard! —me presionó con un poco de cosquillas en los omoplatos.

—Desde mi punto de vista, tal vez tienes los atributos positivos de la picaresca.

—¿Y qué es lo picaresco?

—Mmh… Tom Jones.

Por esa época se había estrenado un buen Tom Jones de Tony Richardson con Albert Finney en el estelar. Toda Inglaterra había visto y aclamado esa película que celebraba la amoralidad y la sexualidad y la mismísima veleidad, como si casi toda Inglaterra no fuera más bien el azogue del espejo del pícaro personaje de Fielding. En todo caso, a Valerie, que había visto el film, le gustó el símil.

La mayor parte de la gente no tiene otra idea de sí misma que los epítetos y etiquetas que les asestan los familiares, los maestros, los psicólogos, los sacerdotes, los envidiosos, los cabrones, los pendejos.

Alguna noche fuimos a oír rock en un local asfixiante en Belsize Park: The Nice, The Faces, The What y otros. Mientras caminábamos al underground, Valerie me confió estos sentimientos:

—¿Sí me entiendes que cuando te doy todo mi cuerpo te lo doy con la confianza de la amistad? Hay cosas que creo que no le puedo dar a Matt porque pienso que son formas de poder que tal vez no sabrá manejar. A muchos hombres les gusta abusar de las mujeres.

—A algunas mujeres también —le dije, pensando en humillaciones inferidas por esta, aquella y esa otra.

Valerie me creyó —me lo dijo con la mirada— y siguió diciéndome lo que quería que supiera:

—Yo contigo no me preocupo de estas cosas. Te tengo más confianza que a mis dos más grandes amigas… ¿Tú no tienes miedo de que pueda apoderarme de ti?

Le dije que no, porque realmente creía que no. (No era tan sólo que su encanto era tan encantador que me gustara decirle que sí una y otra vez.)

Por otra parte, Valerie ya no se divertía tanto como siempre con su mate, su compañero. Matt incluso a veces le pegaba y ella acababa llorando no tanto de dolor como de rabia. Y eso que él le pegaba duro cuando quería someterla.

Una tarde llegó a mi casa con un moretón de los feos junto al ojo izquierdo. Me asusté y me enfurecí y le exigí:

—Denúncialo a la policía.

—No, esto es entre nosotros.

—Él es más fuerte, no es justo.

—Por eso, si alguien debe hacerle daño, tengo que ser yo. No los malditos polis.

Sólo esa vez me entrometí en su vida. Normalmente me limitaba a preguntar:

—¿Cómo van las cosas?

Y ella decía que no muy bien, o que bastante bien, según.

Una noche que mi amiga apenas si mostraba alegría, decidí comentarle algo a lo que le había dado muchas vueltas:

—Deberías dejar de verme y arreglar tus problemas sin mi interferencia. Quieras o no, yo te meto ruido.

—No —contestó tajantemente—. Lo que pasa con él no tiene nada que ver contigo. Nuestros pleitos tienen que ver con él y el alcohol y sus amigotes y el demonio que es su hermano menor. Desde luego que no pienso dejar de verte. Eres el ron con especias en mi coca.

Por aquella época Nina Simone cantaba “I want a little sugar in my boh-oh-oh-owl” con voz hambrienta y sensual. Lo del ron sonaba parecido.

Había entre Valerie y yo una simpatía mutua de esas que llaman instintivas, no un amor. No digo, por cierto, que los amores sean más satisfactorios o siquiera más apasionados que las simpatías.

Pero Valerie venía cada vez menos. Yo empecé a no salir de casa para no estar ausente si ella venía de visita. Luego me enfadó mi autosecuestro y volví a salir, solo o con amistades; amigas atractivas incluidas. No convidé a mi cama a nadie, sin embargo.

III

Un domingo en la mañana, el timbre suena fuerte y eso me convence de que Valerie está, muerta de risa, en el pasillo.

Abro la puerta de un jalón y exclamo, a pesar del mandamiento:

—¡Val!

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Pero no es ella la que ha tocado, sino un hombre increíblemente apuesto, con los rasgos fin-de-raza de ciertos aristócratas y la fuerza bruta de un proletario. De inmediato sé que es Matt. Y de inmediato él sabe que Valerie no ha estado aquí en bastante tiempo.

—Tú eres el amiguito de Val —me dice Matt.

—Yo la llamaba Valerie —aclaro por una mínima cortesía que tal vez sólo yo entiendo.

Hay otro tipo con él, más vulgar de aspecto y de expresión ostensiblemente cabrona. Se nota que es el hermano menor, al que le tocaron los genes de segunda y tercera clase que evitaron al primogénito agraciado.

—Y no sabes nada de ella —me dice Matt.

—Ojalá supiera algo.

—¿Me lo dirías?

—Los rasgos generales, sí.

El hermano se ha metido las manos en los bolsillos del pantalón, no sé si para tranquilizarme o para amedrentarme. Aunque me da miedo, también no me lo da. Que se joda con su odio por mí, por Valerie y sin duda por su hermano.
Matt y yo nos miramos.

—Te voy a decir algo. Te podría haber matado. Te podría haber hecho papilla la cara —me dice.

—Lo sé —le digo.

—Pero Valerie nunca me lo hubiera perdonado, y ya es mucho lo que no me puede perdonar. Mira, si llegas a verla, dile que lo siento mucho, mucho, mucho, y que quisiera que me perdonara.

—Si la veo, se lo digo, desde luego. Pero no creo que vuelva a verla nunca.

—¿Sabes algo?

—Absolutamente nada. Por eso lo digo.

—Por un momento te estabas cagando de miedo, ¿a poco no, maldito marica? —me pregunta el hermano.

Matt lo coge con fuerza del hombro y lo aleja de mí. Mi amigo —si así lo puedo llamar— se me queda mirando por dos instantes, con el dolor velándole los ojos y dándole una golpiza por dentro. Sabe que tal vez ya jodió su vida y que él tampoco —él sobre todo— jamás volverá a ver a Valerie.

Si yo la extraño tanto, ¿cuánto no la va a extrañar él? n

 

Héctor Manjarrez. Escritor y académico de la UAM-Xochimilco. Entre otros títulos, ha publicado: Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos, Yo te conozco y No todos los hombres son románticos.

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