Querría yo que esto fuera una diatriba, pero tampoco es para tanto. Podría ser una queja, pero no está el mundo para quejas. Así que intentaré algo más humilde: divagar con ustedes para ver si consigo compañía en el disgusto. ¿Quién no odia las contraseñas?

desafío

Ya lo sé, hay asuntos mucho más serios. Problemas tiene el país, tiene la Tierra, tienen también el cielo y hasta el mar cuando no cabe en sí mismo. Menos la divina providencia, a la que algunos llamamos azar y otros destino, todo el mundo tiene un acertijo al que buscarle remedio cada mañana. Por eso es que maldigo a las contraseñas. Porque olvidarlas es una contradicción menor que impide concentrarse en lo esencial. Hay que tropezar con ellas todo el tiempo. Así que incluso cuando el rompecabezas del día parece sencillo, entorpecen la vida cotidiana obligándonos a recordarlas.
—Es que ya somos una contraseña —me dice, para aplacar mis quejas, el ingeniero que enmienda los enredos de mi computadora.
—Ojalá. Yo no tendría problema, lo que sucede es que hemos de ser un archivo de contraseñas. Y un archivo polifacético —le digo empeñada en recordar el ábrete sésamo que permite reiniciar la PC. Creo que es el mismo de la tarjeta de crédito, pero con dos letras más y un signo gramatical. ¿Una interrogación? No. Eso fue antes. Ahora es otro, porque un día me equivoqué tres veces y el alma sobreprotectora que cabe en el programa de una PC pensó que yo era un asaltante del que debía protegerme. Así que tuve que cambiarlo al día siguiente de aquella confusión. Quedó parecido, pero con otro signo. ¿Cuál signo? En el iPad es una comilla, pero creo que ése no lo permitió la compu y puse un acento. Y hay tres letras. ¿Cuáles habré puesto? Las tres letras no son Ang, ni Mas, ni Guz. ¿Habré puesto Din, de Dinesen, ahora que el cambio vino a coincidir con el día en que me obsesionó uno de sus aforismos? Lo mejor de mi naturaleza se revela en el juego, y el juego es sagrado, escribió.

No puse Din, ese día fue todo pensar en un juego sagrado. Tampoco usé Aus de Austen? Ni Ray de Rayuela, ni Ste de Stendhal, ni Bor de Borges, ni Bal de Balzac, Ni Lop de Lope, ni Que de Quevedo, Ni Sor de la Juana Inés, ni me pongo así de sofisticada cuando busco letras para las contraseñas. Normalmente uso cosas como Ven de Venecia o Coz de Cozumel. Obsesiones menos aristocráticas que las literarias.

La contraseña de mi compu, por indicación del ingeniero que es muy precavido, lleva letras, en altas y bajas, números y signos. Es muy larga. Pero la del cajero automático sólo tiene cuatro números y, de todos modos, la olvido. Siempre cambia cuando cambian la tarjeta, ni se diga si la marco tres veces equivocadamente. Sin remedio cuando se pierde. Digo “se pierde”, porque uno jamás pierde una tarjeta, ellas se pierden. O nos pierden. Por eso hay que empeñarse en recordar la contraseña. Pero ¿cómo marcarla bien si me empeño siempre en que siga siendo la primera que me aprendí? 9036. La edad a la que quise llegar y ésa que me gustó mucho tener. No se me olvida, pero hace años que no sirve para nada. Y que ya no quiero vivir tanto como noventa años. Me da miedo acabar preguntándoles a mis hijos cómo se llaman.

La fecha en que nacieron mis hijos no la he puesto nunca porque sería una contraseña muy obvia, aunque no tanto como mi registro federal de causantes. Ése no hay que ponerlo ni en caso de amnesia. Además, aunque no lo creamos, llegará el día en que no lo recordemos. Una vez que la busqué complicada, puse la edad que tenía mi perro cuando murió, más la que tenía el perro de mi abuelo, más una de mi hermana y otra de mi suegra. 8973. Al de mi suegra lo atropelló un coche en Cuba, cuando ella era niña. Por eso apenas tenía tres años. Combinación tan rara duró media hora. Hoy uso la que me manda el banco porque ya prefiero que alguien decida por mí. El arte real siempre debe suponer cierta brujería, dijo la baronesa Blixen. La decisión de otros siempre parece brujería. Y no hay arte en crear contraseñas. Menos cuando son tantas. Más ahora que crece la lista: hay que tener una para el Kindle, que no puede ser la misma de Amazon, ni la del Apple Store. Y todas tienen que poseer un nombre de usuario, pero no el nombre verdadero, sino uno de sólo cuatro letras y tres números, o uno que lleve el correo electrónico. ¡Dioses con el correo electrónico! Y que no se nos ocurra tener más de un buzón. Porque acaba uno jaloneándose el código del Gmail con el de Hotmail. El de Prodigy está programado en mi máquina fija, pero ay de mí si emprendo un viaje y se me olvida llevarlo apuntado. Dios ha hecho el mundo redondo para que nunca podamos ver demasiado lejos, concluye Karen Dinesen. ¿Cuál es el código de Prodigy? Creo que AlPacino72. Pero podría ser: Intentehasta2099.

El ingeniero Bilbao los tiene apuntados todos, pero como también él es olvidadizo descansa en Violeta, que es la sonrisa que carga el apunte. A la que llamamos poco antes de caer en el colmo de la desesperación. Ya si no la encontramos, siempre hay un paso más: que él se rompa la cabeza una hora para descifrar la contraseña perdida, robándosela a la memoria de la PC.
—¿Se pueden descubrir los códigos?
—Claro que se puede. Por eso hay que hacerlos difíciles.
—Si de todos modos se puede, pongamos 1234A. Ése no se me va a olvidar.
—Ése lo adivinan de golpe —avisa Bilbao.

Una amiga que se precia de eficiente, me dice que ella siempre usa el mismo.

Imposible, digo yo. Ninguno puede ser igual. Miden distinto, exigen distinto y cuando uno se empeña en el mismo poniéndole matices es aún peor. Digamos: Mafalda13. Muy bien.
Nueve caracteres. Pero hay los que piden diez. ¿Mafaldas13?, y los que sólo aceptan cuatro. Mafa. O puede ser 8080, que cumplió Quino el año pasado. O cinco. Así Mafa1, o mafa3, falda13 o 2013ma? Imposible: se renuncia a Mafalda. Algo más corto. ¿Maíz? No porque a veces no acepta acentos. Pues maíz sin acento. No, porque a veces sí pide acento y cómo se va uno a acordar de cuándo sí y cuándo no. Muy bien. Todos distintos y todos a una libreta. Al iPhone de ningún modo, porque se los roban mucho. Al iPad menos porque va al aeropuerto y en los aeropuertos hasta uno se pierde. ¿En un archivo de la compu? Puede pasarme como al cronopio que no podía entrar a la casa porque no tenía la llave y no tenía la llave porque no podía entrar a la casa. Mejor en un cuaderno de hace años que tengo para escribir frases sueltas que pueden servir de principio para una historia.

Todos los dolores pueden ser sufragados si los ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellos
, dice la baronesa. Y de qué modo acompaña con esta certidumbre.
Todo se resuelve contándolo.

¿Qué hubiera puesto Homero? Diomu. Cuatro de Diomedes y una de Ulises. O Testórida, como se llamaba su adivina. ¿Y el número? Adivinar. ¿Qué pondría Einsten? Debió haber puesto 1879 porque la fecha de su nacimiento fue crucial. ¡¿Y Mozart?! No hubiera sabido la fecha de su muerte, pero está para escribirse llorando. O la fiesta de su aparición en el mundo: 1756. Ése puede ser un buen código, pero ya lo dije. ¿Qué hubiera puesto López Velarde? Segundo nombre y segundo apellido, que se usa bastante: Modesto Berumen.
¿Y Quevedo? Ése estaba lleno de contraseñas. Quizás la hubiera descrito como un Mar obediente, a fuerza de vaivenes. Y hubiera sabido que no son grandes males. Quizás podría haber coincidido con mi cafetalera predilecta: La cura para todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar, dijo ella.

Mar obediente, a fuerza de vaivenes: vuelvo a oír a Quevedo. Las contraseñas.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.