Es abril y hace un mes que estallaron las jacarandas.

Con el aire cruzando sobre su tenue azul, hará calor y estará en todo lo alto lo que a muchos nos parece la mejor época del año. La ciudad pierde el pardo que suele acompañarnos a lo largo de meses aciagos para el horizonte. Hasta el ruido de espanto con que cruzan los aviones, sobre las casas del barrio, se atenúa. Porque uno puede salir a caminar la calzada que riegan las primeras flores dormidas en el suelo.

jacarandas

Hay épocas que nos llevan a la infancia. Y meses en que la juventud, o su memoria, toman todos los días y nos alzan en vilo. Abril me lleva sin remilgo a cuando aún estaban vivos mis primeros muertos y su presencia —como la eternidad— era un cobijo imposible de apreciar. Del todo inverosímil que no existiera. Como ahora a tantos les parece inverosímil que alguien se atreva a desafiar la certeza de que Bernal Díaz del Castillo fue un soldado sencillo, pero genial, que puso ante nosotros una emoción imposible de imaginar sin su ayuda. La ciudad milagrosa que vieron por primera vez quienes luego vendrían a ser, también, para reivindicación de una pitonisa llamada Malinche, la mitad de nuestros antepasados. Que si Bernal fue Cortés. Yo qué sé. Para el caso de la paternidad, da igual.

En mi abril de hace cuatro décadas, el puente que parecía infranqueable era el que conducía a la libertad. Bajo las jacarandas: adivinar, desvelarse. Bajo las jacarandas: la urgencia de correr a donde el mundo fuera promisorio de muchos modos, no sólo de uno. Porque la promesa de casarse —bien, mal o regular— estaba, sin duda, en la bitácora de lo que podría ser la vida. Lo demás no. Ser periodista, no. Ser escritora, no. Ser cantante, menos. Tampoco parecía probable ser azafata, profesión que hoy me asusta, pero entonces quería yo a toda costa subirme a los aviones, ir a otros lugares haciendo algo que no parecía trabajo. Ahora sé que si alguien trajina en la faz del aire, son ellas. En cambio en esos años conocer Italia y Sevilla, a cambio de servir la cena y el desayuno no me parecía arduo. Pero, azafata, impensable. Ahí nada podía yo intentar con el humillante uno cincuenta y ocho que medía. Además, hacer eso quedaba en otra parte. Lejos. Bajo otras flores moradas. La juventud en cambio estaba en la esquina de enfrente, en el profesor de italiano que dijo ser mi novio porque no podía decir que ya era novio del otro profesor. Él me llevó de la mano al teatro y sin que tocara nada más —con sólo ser distinto y saber de Roma en las tardes—, sentí entre las piernas el corazón que para allá se baja a palpitar cuando el sexo despunta dándonos la sorpresa. Como las jacarandas.

El profesor tenía un nombre espantoso que supongo inventó para ser más interesante. Tenía la piel oscura. Las facciones toscas y cinco centavos en su futuro económico. Por fortuna no fue por eso que lo perdí, sino porque apareció en escena mi tía Julia y me desalmó diciéndome que el muchacho no se acostaba con mujeres.

Entonces casi todos los hombres jóvenes tras besar a sus novias visitaban la calle Noventa. Un lugar remoto, en las afueras de la ciudad y sin duda en otro mundo, al terminar el trazo de los ángeles en el centro de la heroica Puebla. Y aquello que sabíamos a medias las niñas bobas, doña Julia Guzmán aseguraba que él no lo hacía. “Eso está bien”, dije yo casi presumida de haber hallado un tipo así. “Se acuesta con hombres”, informó ella con la picardía jugando en sus labios, perspicaz, como era.

Iba a Puebla de vez en cuando cargada con el tesoro de todo lo que yo ignoraba. Había escrito una novela que tituló Divorciadas, lo que sin duda no le consiguió lectores. Nadie le había hecho gran caso. Creo que el desaire sí le afligió, pero no lo decía. Yo la quise tanto como me deslumbraba, pero luego he sabido que no muchos más lo consiguieron.
Así son las jacarandas, le hablan a cada quien distinto. Mi extravagante tía abuela, escritora de telenovelas, traductora de obras de teatro, amiga de la irreverencia y, en el fondo, solitaria, me dejó muda. Entonces no se decía gay, ni homosexual. Se decían sustantivos, como insultos, que ella nunca nombró. Era sólo que el muchacho se acostaba con hombres y que yo, hasta esa tarde, a los diecisiete, viéndolo actuar en el pequeño teatro al que llevé a mi tía para saber si por fin alguien lo aprobaba, supe que esas siestas podrían ser tan ambicionadas como las que casi todo mi mundo imaginaba para después de una boda con muñecos de pastel hombre-mujer. Ahora me da risa contarlo: en ese mes de jacarandas, hace mil años, la experta voz de Julia Guzmán me quitó la primera virginidad. Había hombres que dormían con hombres y ni yo ni el pañuelo de mi mundo lo notamos. Sentí más alivio que congoja. Luego la tía y mi tranquilo asombro se fueron a caminar bajo las jacarandas del parque de San Francisco. Mi pretendido tenía novio, con razón era renuente y dispar. Nada como las penas de la juventud vistas de lejos. Todas, menos la que al poco tiempo se abrió como un agujero sin remiendo. Pero de ese penar ya he contado de más. Ahora estoy a mucho más tiempo de haberme vuelto huérfana del que falta para que mis hijos sean huérfanos. Aunque viviera noventa años, no alcanzaría a juntar tantos meses como los que han pasado desde entonces. Así que he de volver a lo de hoy. A las drásticas, efímeras jacarandas.

Pensando en una primavera más cercana, pero también antigua ella y joven yo, recuerdo el desafío de Antonio Hass, un hombre cuya erudición volvió de Harvard a Sinaloa, sin más deseo de compartirse que el de ir platicando bajo el eterno clima de abril de un pequeño rancho.

—La juventud… —empezó Toño—. Perderla tiene su gracia. Decía Buñuel: por fin matas al perro del deseo. ¿Cómo dice el poema de Darío tras lo de “Juventud divino tesoro que te vas para no volver cuando quiero llorar no puedo y a veces lloro sin querer”. A que no lo sabes?
—Claro que no lo sé —dije—. Mi libro de la prepa terminó ahí el ejemplo.
—Así hacen en la escuela, podan lo extraordinario. Que la juventud es un tesoro, gran lugar común. La gracia viene después: Plural ha sido la celeste historia de mi corazón —dijo.

¡Santo cielo!, hasta las jacarandas envidiaron tal juego. Y todos a callar: Antonio, el paisaje, sin duda yo. Debió ser plural y complicada la historia celeste de los amores de Antonio Hass. Tampoco de ella hablaba aquel eterno soltero guapo, tan cerca de la literatura y el piano. Tan lejos del matrimonio y de nombrar a esto que por fortuna ya se puede nombrar bajo las jacarandas. Hay hombres que despiertan junto a hombres y mujeres que sueñan con mujeres, en la misma cama. Para su dicha y la de quienes los queremos, viven en paz. Aunque su matrimonio, como dijo el burro ministro del Interior en España, no garantice la perviviencia de la especie. Como si la especie estuviera de presumirse. Bien dice Daniela, mientras cepilla a un caballo: “la especie humana está sobrevaluada”.

Muchas veces tiene razón. No cuando uno visita la Rotonda de los Hombres (ahora personas) Ilustres, para ver las jacarandas que ahí florean alrededor de una llama y las tumbas de personajes cuya existencia alivia recordar: Juan Ramón Jiménez, Rosario Castellanos, Agustín Lara, Amado Nervo.
—Besarse entre sus tumbas —dice la amiga con que voy— fue para mí una ceremonia que siempre evoco cuando me urge un amuleto.
—¿Besabas novios en la Rotonda? —le pregunto.
—¿Cómo se te ocurre? Besar ahí equivale a un sacramento. Sólo a un novio besé en la Rotonda. Eso sí, muchas veces.

La oigo y se lo creo. Recuerda que fue por estos climas, que cuando se le olvida, casi nunca, vienen las jacarandas y le recuerdan la fronda de aquel bautizo. Es cursi, mi amiga, ni modo. Tiene mi edad y sigue padeciendo calenturas en abril. Hay quien conserva el privilegio del deseo, como un perro que a todo sobrevive. Dichosa ella. Y las plurales jacarandas.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.