Hay de hambres a hambres. La mía fue tonta y revocable. Pero es de ésta que supe por eso de ésta cuento.

Como mis horarios eran impredecibles y aquel sería un fin de semana largo, el día anterior compré un boleto para las cuatro y otro para las seis. Llegué a tiempo al de las cuatro y subí a buscarme un lugar en las filas de en medio. Cada quien sus manías.

Dejé mi bolsa, con el dinero dentro, encargada con quien sería mi vecina de viaje, y corrí a devolver el boleto de las seis.

Es al pensar en la continuación de esta memoria que me digo y les cuento: yo nunca me permito un hambre que pueda saciar. Sé que en nuestro país sólo decir esto causa vergüenza. Más aún si hubo días en los que uno tuvo hambre por puro ser idiota. Mientras había, y hay, quienes no comen porque no tienen qué, había y hay quienes hacen dietas tontas con las que se lastiman y atarantan. Así que empiezo este desvarío con una irrevocable sensación de culpa.

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Eran los tremendos setenta. Como es ahora el dos mil trece y hay quien sigue en lo mismo. Entonces, donde yo tenía la cabeza, como ahora hay quienes aún la tienen, había que ser flaca y de preferencia medir uno setenta. Ninguna, de las dos cosas, fue lo mío. Y tratar de vivir sintiéndose inadecuada era para mí una novedad, porque yo había crecido, apacible, en un cuerpo de niña delgada sin esfuerzo y sin que se adivinara bien que nunca tendría la altura de mi madre. No acabo de entender por qué en mi familia materna se le daba tanta importancia a la altura. “Ninguno de mis yernos está de aparador”, decía mi abuelo que medía más de uno ochenta, que fue guapo hasta la mañana de su muerte e implacable para juzgar a los demás. Era incrédulo como las montañas, pero estaba seguro de que sus hijas eran tres bellezas casadas con hombres de aspecto regular. El menoscabo de mi padre era ser chaparrito. Y, peor aún, heredar su estatura. Yo apenas alcancé el uno cincuenta y ocho. Fatal, porque estaban de moda los Beatles y esa moda quería que todas fuéramos como las novias de los Beatles. Altas. O como Jackie Kennedy. Delgadas. Tanto que hasta la pobre María Callas se tragó una lombriz y adelgazó treinta kilos. Quizás fue de ahí que se puso tan triste. Porque andar queriendo ser plana por delante y plana por detrás era y es un disparate en mujeres con proclividad a los pechos grandes y las caderas anchas. Dos virtudes que se apreciaban sobre cualquiera en la época en que las mujeres tenían que reproducirse pasando por todas la dificultades de una medicina sin antibióticos. Las flacas no sobrevivían. Y la gordura era hermosura. En las novelas del siglo diecinueve la descripción de una mujer fea siempre empezaba con que se le veían los huesos. Twiggy, en la voz de Jane Austen, hubiera sido un esperpento. Pero todo eso cambió de una vez y no sé si hasta siempre. De ahí que ya en los sesenta las viejas fotos de mujeres en paños menores, pródigas y piernudas, se vieran como antigüedades provocando una mezcla de ternura y espanto.

Debió ser 1964 cuando a mi cuerpo le brotaron prominencias con las que me parecía imposible convivir. No se hablaba, como apenas hace muy poco, de la peligrosa anorexia. En cambio la gordura era sinónimo de horror y contra eso ya no había lucha posible. No era tan socorrida la actual obsesión con el ejercicio, las verduras y las proteínas, pero que debía uno vivir en el empeño de no engordar ya estaba ahí, como una condena. Ni se diga a mediados de los setenta. Así que una servidora, me encanta el modismo que ha caído en desuso, se pasaba la vida enflacando y engordando según el devenir de sus emociones. Hay quien adelgaza con las tristezas y quien las acompaña comiendo en pos del refrán. Yo era de estas últimas. Todo episodio desafortunado terminaba en tres meses de panes, azúcar y porquerías tras los cuales había que caer en privaciones de espanto. En esas épocas de insensatez, padecí, sin grandes resultados, todo tipo de hambres y de dietas. Sin duda la de mil calorías, ni qué decir la de cero carbohidratos, pero hasta una que llevaba las cosas al extremo de prohibir las cremas para la cara. Había la dieta de la luna y la de plátanos con leche, la de una cucharada con mantequilla de cacahuate en la mañana, un helado de vainilla al mediodía, y una taza de agua tibia en las noches. Había la de sólo lechugas, la de piña, la de apio y piña, la de apio, perejil, nopales y piña, la de aire. Tonterías. Duelos y quebrantos que sólo llevaban a cometer nuevas estupideces.

Diciendo esto vuelvo a la tarde en que bajé del autobús de las cuatro para cambiar el boleto de las seis por el dinero que había costado. Llevaba dos semanas en la dieta más negra de cuantas se me ocurrieron. Había perdido seis kilos en doce días. Según yo, corrí a la ventanilla de cambios, pero adivinar por qué aún no llegaba cuando el autobús arrancó sin mí. La terminal del ADO estaba a una calle del entonces cochambroso Monumento a la Revolución. Era una sala grande que recuerdo pequeña, porque siempre había multitudes cruzándola, con un piso de granito que alguna vez habrá sido blanco pero que siempre estaba tan gris, con el ir y venir de cien mil pasos diarios, que daba miedo mirarlo. Aún así, cuando vi desaparecer el autobús que se fue con mi equipaje dentro, dejándome en el despoblado de un fin de semana sin más destino que el de seguir en el hambre de una dieta imbécil, me senté en ese suelo a llorar como si hubiera perdido una patria. Comiendo tan poco había conseguido desordenar tanto mi ánimo que ya no sentía hambre. Nada más una desolación propia de la orfandad. Y lloraba como sólo se llora en esta ciudad, sin que a nadie le importara en lo más mínimo. Por fortuna, pienso ahora, porque si alguna alma caritativa hubiera reparado en mí, me habría yo visto en el predicamento de explicar lo tres veces tonta que estaba siendo. Mal enamorada, distraída y hambrienta. Dos equívocos completos y una pésima elección. Que no me quisiera el hombre que creí el de mis sueños: mala fortuna. Que me hubiera dejado el autobús: pésima fortuna. Pero que anduviera medio muerta de hambre pudiendo comer como se debe, sí era para molerme a palos. Así que no dejé de llorar, sino hasta que, poco a poco, dio conmigo la cordura. Aquí te quedas, le dije al mal juicio. Y me levanté.

Entonces la ciudad no era para mí el hogar que es ahora, pero me alcé como si lo fuera. En la bolsa del pantalón llevaba un peso, y entrando a la terminal había un puesto de dulces. Allá, como primera cura, compré un mazapán de harina, azúcar glas y cacahuate. Me lo comí en dos mordidas. Creo que recuperé tres kilos por bocado. Así eran esas dietas, una vez rotas no había manera de zurcirlas. Luego me hice del único boleto que encontré. Saldría hasta las diez de la noche, porque mientras lloraba mi carencia perdí toda oportunidad de viajar antes. Caminé sin un centavo y al rato volví a sentirme en las tripas de un náufrago. Toda la carretera me duró el hueco de insensatez en el ombligo. Cuando llegué a Puebla sonaban las doce en el reloj de catedral. Confié bien: mi vecina de asiento había puesto mi bolsa a buen cuidado. No todo era desastre. En la esquina de la Tres Oriente encontré un comal en el que hacían molotes de tinga. Compré uno y mientras lo comía, prometí no volver a tener hambre de aquel modo. Ni para verme como otros me querían, ni para que me quisiera quien no iba a quererme. La tontería no viene en gotero sino en caudales. Cosa de permitirla un tiempo y cuesta desandarla. Pero lo pude hacer. Y heme aquí, deshilando esta memoria por si alguien quiere oírla. Nunca falta quien se mire en la voz ajena y encuentre en ella su propio equívoco. Si no hubiera perdido el autobús quizás habría perdido la razón. No se llamaba anorexia, pero igual se habría parecido. Bien le dice Borges al hambre: Madre antigua y eterna de la incestuosa guerra. Borrado sea tu nombre de la faz de la tierra.

Quizás de todas las hambres, la intencionada es la más hija de una guerra incestuosa. La de uno mismo contra uno mismo. Borrado sea su nombre de la faz de la tierra.

Ángeles Mastretta. Escritora. Su más reciente libro es La emoción de las cosas.