El día en que Emilia Nájera abandonó la luz y se adentró en la sombra, yo estaba en el Hipódromo de Las Américas con Cecilia Montes. Nunca fui un apostador profesional pero, como todos, he buscado el dinero milagroso desprendido del azar. Al principio apostaba como los novatos, al segundo o al tercer lugar.

Cuando aprendí un poco le puse dinero sólo al ganador, muy pocas veces jugué una quiniela o una trifecta, en especial si se trataba de un caballo poco favorecido por el público. En esa apuesta se gana mucho o se pierde todo. Estaba apostando por Noche de Pigalle cuando recordé la máxima que dice que el Yo es un caballo de carreras en un ascensor. En cierto sentido era el apotegma de mi vida.

Bondage

Faltaban diez minutos para cerrar las apuestas de la octava carrera. Los especialistas sentenciaron que habían pasado los mejores tiempos de Baby Jane, una yegua fogosa con altas probabilidades de éxito en el terreno seco de una pista rápida. En lo alto se extendía una tarde de sol a rajatabla en la ciudad de México. Aunque los momios no la favorecían, desestimé el consejo de los eruditos y fui con todo a su favor. Contreras en el sillín lo garantizaba, un jockey que nunca aceptó una negativa del caballo que montaba, blandía el fuete de los maltratos sin compasión y le arrancaba al animal hasta el último suspiro. Baby Jane salió cuarto y se mantuvo en esa posición la mayor parte de la carrera, pero en el tramo decisivo de la milla Baby Jane rodeó a sus adversarios y atravesó la meta derrotando a Amor Brujo por una nariz en un final de fotografía. Entonces sonó mi celular. La primera invasión fue en el árbol biliar. El colédoco cerró el tránsito provocando ictericia. La ocupación adelantó sus fuerzas al hígado, destruido en su mayor parte. Nadie vive sin ese laboratorio en funciones y sin la tubería despejada.

—Todo maligno —me dijo Espitia—. Nada que hacer.

Apreté la tecla end.

—¿Se puso mal tu amiga?

—Mal —repetí la palabra buscando en el programa de la tarde al favorito de la siguiente carrera.

—¿Nos vamos?

—Nos quedamos. Sexy Legs a primer lugar —le dije mientras contaba los billetes de la apuesta.

En la cola de la taquilla recordé la última vez que vimos a Emilia Nájera dentro del aro de la vida. Estábamos en una de esas reuniones donde los amigos de generación enseñan fotografías y videos de hombres y mujeres delgados, en plena juventud, pedazos de tiempo irrecuperables en los que nadie se reconoce. Nos disputamos el ascenso al falso pedestal de los cincuenta años observando con el abanico de la vanidad nuestro pasado. La verdad es que en esas imágenes antiguas parecemos perdidos, infelices, bastante cretinos por cierto. Llevábamos un estandarte de pretensiones altaneras a ninguna parte. Espitia ante la videocámara veinte años atrás: “Los triunfadores pierden lo que los vencidos ganan”. Una pena aquel extraño overol para protegerse del fango de los fracasos. Cuento esto para decir con otras palabras que esa noche hubo tragos y música de nuestros tiempos, que bailamos y entonamos algún himno (desde luego los Rolling Stones, As Tears Go By), un jirón de los días de gloria, si se le puede llamar gloria a los sueños en que dejamos arder la juventud. Ayudados por el alcohol evadimos a la vida ineludible y al amanecer nos despedimos sin saber que Emilia había llegado a la cima de su vida.

La potencia resistente de Sexy Legs apenas alcanzó para el cuarto lugar en la novena largada de la tarde. Rompí los boletos como corresponde al rito perdedor de las carreras de caballos. Habíamos tomado sol en las gradas y bebido tequila con cerveza en el bar del hipódromo. Me sorprendió la exactitud del mundo, esa alegoría matemática acerca de la pérdida como el principio de una espiral de pérdidas. Esa tarde empecé a vivir bajo las leyes de ese caracol.

—¿Te excitan los caballos? —me preguntó Cecilia al borde del quinto tequila.

—Cero.

—¿Las yeguas? —insistió.

—Tampoco.

—¿Qué te excita?

—Vamos a tu casa y te digo.

—Empieza ahora.

Empecé lo que había iniciado semanas atrás. Durante la penosa enfermedad de Emilia Nájera hice cosas extrañas. No la menor de mis extravagancias en esos días ardientes fue la de enredar mis cuerdas en una mujer quince años menor que yo, Cecilia Montes, una instaladora que se ganó a pulso alguna reputación en las aspiraciones del arte alternativo. Emilia se moría en una cama de enfermedad terminal mientras yo me olvidaba de la tragedia en un cuerpo joven y me perdía entre los deseos en llamas de los apostadores. Si hago un esfuerzo y entro al túnel de la memoria, sólo se me ocurre una frase inestable: todos algún día hemos querido caminar sobre el agua.

Conocí a Cecilia en un bar siguiendo una cadena de coincidencias. Una amiga de los amigos de un amigo. La encontré a la salida del baño y le hablé de un performance que ella había montado años atrás. Fingí interés. Las cosas que hace uno para llevarse a una mujer a la cama. Le recordé su obra mayor: desnudos de mujeres, frutas tropicales partidas por la mitad simulando órganos genitales femeninos, alguna queja más bien incomprensible contra los políticos del momento. La parte artística consistía en que la crítica social estaba escrita con su propia sangre en los muros. Metía la aguja en el brazo, llenaba una jeringa y luego escribía sobre las paredes mientras la rodeaba un cuadro plástico formado por cuerpos en gran confusión. Durante la temporada se sometió a un tratamiento de vitamina K pues gastó mucha sangre en sus mensajes contra el gobierno. A mí los instaladores me parecían un grupo de cretinos subidos en una plataforma. No sé por qué, pero así me los imaginaba, todos montados en una plataforma.

Nos sentamos aparte y hablamos. Contarle desdichas a los desconocidos alivia más que el diálogo con los íntimos, el relato anónimo magnetiza a través de grandes revelaciones sin rostro. Los borrachos lo saben, por eso se confiesan en las barras de las cantinas mientras se demuestran a sí mismos que la verdad es una mentira.

Departamento en un octavo piso. Elevador. Intercambio de cortesías con una vecina. Decoración minimalista. Todo en blanco, un detalle de color significaba un escándalo.

—¿Te gusta el bondage?

—¿Amarrar, amordazar?

—Y maltratar un poco. Hasta donde el otro lo permita.

—¿Y si se te pasa la mano?

—Mala tarde.

—¿No hay un menú menos fuerte? Tengo alto el colesterol.

—Odio las dietas.

Cada quien se engaña como puede. El bondage se inventó casi al mismo tiempo que el fuego, una versión del sadomasoquismo que busca el placer a través del dolor y la destrucción del cuerpo. El primer bondage de la historia se lo imputó Nerón a los súbditos. Cuando el emperador había agotado las combinaciones finitas del placer, su juego favorito consistía en salir de una jaula cubierto por la piel de un animal salvaje. La fiera simulada atacaba los genitales de hombres y mujeres atados a estacas. Cansado, dueño absoluto de la flor seca del deseo cumplido, Nerón le pedía a Diróforo, su esclavo liberto, que le arrimara una golpiza y le hiciera el amor. Petronio, por cierto, le organizaba las francachelas al emperador. Si le creemos a Suetonio, Heliogábalo tuvo el sueño de ser mujer, incluso pidió la intervención de sus médicos para transformarse. El sueño imposible de Heliogábalo terminó en un arte dramático. Se encerraba en un burdel tocado con una peluca para actuar el papel de una mujer infiel a quien descubre y castiga su marido con el placer del dolor. Nadie es original, no existen los pioneros, antes de Cristo ya se torturaban unos a otros en sectas criminales. Con el tiempo vinieron el cuero, las cadenas y las botas negras, la emoción arrasadora del militar, la fría decisión del verdugo armado de instrumentos de tortura como las argollas, el látigo, las esposas de metal, el garrote, el hierro candente.

Cecilia Montes puso música. Era un grupo de éxito y culto entre los jóvenes de entonces llamado Radiohead, rock duro, rotundo en metales y tensiones eléctricas. Desde luego, Cecilia no vivía en el planeta de mi edad. Habitaba en un astro joven insurrecto contra el dominio del pasado y cualquiera de sus representaciones.

Odiaba a los padres, a la historia, al ayer, incluso la memoria le parecía un desperdicio de energía ante la promesa del porvenir. Mientras asimilaba la discordia musical, pensé que cuando su madre le cambiaba los pañales yo escuchaba a Band of Gypsys, la legendaria banda de Jimi Hendrix y Buddy Miles.

Frente al ventanal del octavo piso algunas luces se evadían de la oscuridad del bosque de Chapultepec, un parque moribundo al que a los habitantes de la ciudad de México les gustaba llamar bosque. La mañana de ese día estuve con Emilia. La enfermedad le arrancó siete kilos y la despojó de la fuerza para caminar sin ayuda. Una enfermera le inyectaba cada seis horas un similar de morfina para abrir el cerco del dolor. Cada palabra parecía culminante en su lentitud; despeñaba la mirada en el abismo, como si ya no hubiera nada más que ver en este mundo. En su última incursión al hospital, le atravesaron el hígado con un alambre para improvisar un conducto por donde drenaran hacia el exterior los líquidos hepáticos; debajo del esternón salía una manguera cuyo depósito era una bolsa abrochada con cintas a la pierna. No pude recordar el libro donde leí que si algún mago ofreciera hacer realidad un deseo, uno tendría que pedir una botella llena de voces que resonaran en algún lugar querido de la vida. Abrí la botella:

—Medio siglo es suficiente y a la vez nada, pero te aseguro que si pasaras la frontera de los cien años pensarías lo mismo. Sí existe una cuarta dimensión, la del dolor —me dijo Emilia mientras le pedía a la enfermera una nueva dosis intravenosa del brebaje de analgésicos que le recetaron los médicos antes de mandarla a su casa a esperar la muerte—. Durante el día se puede ganar la batalla contra el dolor, pero la guerra contra la angustia se pierde en la noche. En la oscuridad estás dispuesto a darlo todo, incluso la vida, para evitar el miedo.

En algún momento de esos días sin remedio, Emilia me dijo que una mañana, durante unos segundos, se vio desaparecer frente al espejo, borrada por la esencia transparente de sus males. No se equivocaba, la enfermedad perfecciona el mecanismo mediante el cual lo invisible eclipsa lo visible. Tenía razón, el miedo nos hace morir dos veces, como decían los estoicos (y Quevedo), y la peor de esas dos muertes es la del miedo, cuando vivimos por anticipado, con todo el lujo cruel de la imaginación, la muerte verdadera. Tiempo atrás podía oír todas las estridencias eléctricas del rock sin que me afectaran. Al contrario: un decibel más era un grano de azúcar. Ahora el enjambre metálico me fustigaba como si fuera un abuelo de noventa años. Bajé el volumen. Frente a mí estaba Cecilia desnuda, en la mano traía dos mascadas rojas y una especie de bozal con una bola de plástico en el centro. Cuando la abracé me dijo:

—Muérdeme.

La mordí suave en el hombro.

—Más fuerte.

Le dejé marcados los dientes.

—Amárrame y tápame la boca. Si quieres puedes pegarme.

Había en su voz una textura ríspida. La até con las manos arriba de la cabeza y le coloqué la tira de cuero alrededor de la nuca y el mentón, acomodé la esfera en la boca. Un momento de oscuridad, el umbral de la duda. Me perdí en su cuerpo y entré en ella, luego la puse boca abajo. Cecilia tenía cicatrices en la espalda. Recuerdo que la desaté, le quité el cuero de la boca e hicimos un amor simple y ancestral. Cuando me iba me dijo:

—No importa si no te gusta el bondage. Por cierto, no te espantes por las marcas. Hace tiempo, en una instalación estalló un reflector y los vidrios me hirieron la espalda.

No le creí.

Todas las mañanas visitaba a Emilia. En algunas ocasiones la acompañamos en su habitación tres amigos de la antigüedad, Espitia, Norma Treis y yo, pero ella estaba sola en el mundo. En esa hora supe que el dolor es intransmisible. Para entonces se había convertido en una sombra, un interior absoluto. En tres meses pasaron por ella veinte años. Más que a sí misma, se dedicaba a la enfermedad. Sabía de memoria los nombres y los horarios de todas y cada una de las muchas medicinas que tomaba, reconocía con exactitud el origen de una punzada, la sorpresa de un mareo, la aparición de un nuevo síntoma. El exceso de medicamentos controlaba el dolor, pero la aturdía. Ocurrió varias veces: después de dormir por la tarde aseguraba con la necedad que sólo tienen los enfermos que había amanecido en un nuevo día. Intentamos traerla al mundo terrible de los vivos. Le hablamos del tsunami de Sumatra, del terrorismo en Irak, de los escándalos de corrupción que envolvían a la vida pública mexicana, pero Emilia se internaba en el túnel final.

—Lo más difícil es imaginarse la oscuridad, la nada. Pasar el umbral debe ser más fácil. Espero contarles —bromeaba Emilia hablando del último momento de su vida y el primero de su muerte—. Qué envidia de quienes creen en Dios y en el alma —nos dijo con la mirada en el vacío, desconectada del lenguaje—. Me tocan los antibióticos. Me preocupan Mario y Lorenza. Además, existe el amor, claro, y su enemiga la vida.

Citaba una línea de Jean Anouilh que le gustaba repetir con ironía cuando ocurrían cataclismos del alma. Todas las veces que Emilia pronunciaba el nombre de su marido y de su hija se perdía en las tinieblas. Días atrás dejó de comer, se levantaba de la cama sólo para sentarse en un sillón y la alimentaban por vía intravenosa. Su patrimonio era el mundo lejano de la sedación. Nadie sabe bien a bien qué es la conciencia, pero Emilia se deslizaba entre los pliegues de la realidad dueña todavía de las armas de la lógica. Encerrada en sí misma, se enfrentaba a los maltratos de la vida diaria, a las agujas en la vena, a la cadena de la sonda y al ataque de las inyecciones en los brazos. Un hachazo le mutiló las escaleras, las ventanas, los espejos, emblemas de lo imposible. Traigo aquí el minuto difícil en que Emilia nos mandó un mensaje del más allá:

—Cuando no pueda ir al baño, me dejan en paz. No quiero sufrir horas extra.

Bondage

Pensé en Cecilia. Usaba calzones y brasier negros de encajes, le parecían una representación perfecta de sus deseos. Cuando se los quitaba yo me sentía aliviado, no me gustan los calados. El método de nuestra intimidad se desdoblaba en dos actos incompatibles. En el primero fingíamos una sesión sadomasoquista, con las mascadas rojas, el cuero en la boca, el acto simulado del dominio y la sumisión; más tarde, abríamos una puerta retrógrada cogiendo en la posición del misionero. A Cecilia le gustaba hablar. Eso me encendía más que los artefactos que traía a la cama. Involucramos al hipódromo en nuestra rutina. Las carreras de caballos funcionaban como un poderoso filtro erótico. Ovidio sabía de esto, por eso recomendaba no perderse nunca una tarde en las carreras. Si lo piensan bien no suena tan absurdo; en ese lugar hay competencia, riesgo, fuerza animal, emoción, desahogo y dinero. Si alguien me demuestra que el sexo no contiene estos ingredientes, yo me retiro para siempre de los hipódromos. Por algo las corridas hechizaban a Proust, a Zola, a Faulkner. El pesado de Heming-way les decía a los jóvenes escritores que aprendieran a escribir leyendo los boletines de las carreras.

Después del amor, Cecilia se abandonaba a sí misma y preguntaba cosas, tenía manía por las preguntas, desde las más absurdas hasta las que no tienen respuesta. ¿Venirse es parecido al momento de la muerte? ¿Cuándo se inventó la cama? ¿Los gatos ven en colores? ¿Qué ven los vivos antes de morir? A sus preguntas yo oponía un silencio sostenido en la duda acerca de la escuela de embrollo donde pasó su infancia. Una tarde empezamos una conversación desordenada y confusa sobre el dolor y el placer. Le conté de Nerón y de Heliogábalo. Los romanos sirven mucho para ilustrar las penumbras de la intimidad, las mayores bajezas son romanas; los griegos, en cambio, son útiles para ejemplificar la altura del espíritu, la voluntad del conocimiento. Traje mi bolsa romana y saqué algunos trebejos.

—El perro mundo siempre fue así —le dije mientras fumábamos desnudos en la cama—. Una multitud de prostitutas se reunía en los burdeles cercanos al Circo Máximo de Roma para abordar a los hombres que salían excitados por el espectáculo de los gladiadores, la sangre, las mutilaciones infligidas por las fieras en la arena. Todo ocurría bajo el hechizo del ritual. Los romanos eran especialistas en formas de tortura ceremonial, cada ejecución se acompañaba siempre del flagelo. No conozco sadismo mayor que el de Calígula cuando decía: “Azótenlo para que sepa que está muriendo”. El emperador era un demente epiléptico, pero sabía lo que le gustaba no sólo a su círculo íntimo sino a toda Roma.

—¿Cómo sabes eso? —preguntaba Cecilia desconcertada mientras intercambiábamos caricias.

—Soy maestro de historia —arrojé al aire la fanfarronada mientras le besaba los pechos.

Muchas veces la intimidad nos vuelve cretinos. Seguí los pasos de mi falsa erudición:

—El primer performance, la primera gran instalación de arte alternativo se la debemos a Vitelio, un apasionado de la crueldad. Le gustaban los horrores del circo y presenciar los interrogatorios con tortura. Era un gastrónomo notable e inventó un plato, El Escudo de Minerva. Consistía en hígados de peces loro, sesos de faisanes, lenguas de flamenco y entrañas de lampreas. Después de comer tenían largas sesiones de bondage que actuaban ante un público selecto.

Cecilia no sabía quiénes eran Nerón, Heliogábalo, Calígula, Vitelio.

La puerta de la agonía se abrió para Emilia el día en que la policía vino a buscarme a la casa. Me preguntaron si conocía a Cecilia Montes. Como no abría la puerta, la vecina entró con una copia de las llaves. La encontró inconsciente en la cama. Estaba desnuda y golpeada con saña, atada con mascadas rojas y con una tira de cuero en la boca.

Llamó a la policía. La hospitalizaron de emergencia. Ingresó en terapia media del Hospital Ángeles. Los agentes encontraron en el clóset esposas, agujas, ligas, cadenas, velas, botas de tacón alto y disfraces de cuero. La vecina buscó mi nombre en la agenda de Cecilia, en su primera declaración yo aparezco como su novio. Estaba metido en un problema grande. La noche anterior la vecina me vio entrar a su departamento. Soborné a los policías y los convencí con sofismas estúpidos de que se trataba de una venganza en la que yo resultaba el más afectado. Me indigné y utilicé la palabra repugnante. Les compré cinco mil pesos de tiempo para mis asuntos.

—Nosotros no hemos venido, pero vendrán otros. Mire: la culpa es de las mujeres, nos obligan a la locura. Si yo fuera usted, desaparecía —me dijo mientras tomaba el dinero no el más generoso sino el más corrupto de los dos policías.

Tomé un taxi rumbo a la casa de Emilia Nájera.

Alrededor de la cama estábamos su esposo y su hija, Norma Treis, Espitia y yo. La enfermedad transformó el cuerpo de Emilia Nájera en un campo arrasado: veinte kilos menos, las cuencas de los ojos oscuras, el tono muscular perdido; no había muerto, pero ya no estaba en el reino de este mundo. La ley prohíbe que los enfermos decidan el momento de su muerte. Un médico amigo recomendó una sedación fuerte para evitar el dolor, tan alta como fuera necesaria para anular la angustia y los ahogos de la agonía. Le suministró una dosis de ansiolíticos capaz de dormir a un caballo. (Lo ven, de nuevo los caballos.) Si entendí bien faltaban veinticuatro horas para que Emilia caminara sobre el agua. Empezaron los adioses. Mario deambulaba como un fantasma remiso, de una habitación a otra, cargando sobre la espalda veinticinco años de vida en común con Emilia. Nos pidió que pasáramos al cuarto de uno en uno. Cada quien llevaba la ofrenda inútil de las despedidas. Cuando llegó mi turno, acaricié la piel delgada y amarilla de su cara, los pómulos salientes, el pelo encanecido. Le tomé la mano y le dije una frase estúpida de la que aún me siento avergonzado:

—Tenemos que dejarte ir.

Al fondo sonaba el Concierto de Brandemburgo número 2 de Bach. Si se trataba de perderse en la catástrofe, yo hubiera puesto As Tears Go By, pero lo eligió su hija. Bajamos las escaleras y nos sentamos a esperar. Espitia y yo no soportamos la antesala de la muerte y salimos a caminar a la calle. Le conté todo lo de Cecilia Montes.

—¿La golpeaste?

—Creo que no.

—¿La golpeaste o no?

—No.

Otro taxi rumbo al hospital. Nunca aprendí a manejar. Cuando era joven, conducir un automóvil me parecía cosa de estúpidos, así me convertí en un inútil que siempre depende de los otros. Recorrí los mismos pasillos por los que tres meses atrás caminamos extraviados en busca de un error médico que nos devolviera a Emilia Nájera. No encontramos sino los discursos científicos definitivos. Subí al quinto piso en el elevador, por un mecanismo absurdo de la memoria involuntaria recordé el aforismo del caballo de carreras en el ascensor. Cuando entré al cuarto una enfermera salía con una bandeja de metal y gasas de curación. Me acerqué a la cama. La habían maltratado hasta la ignominia. Me tomó de la mano y me preguntó:

—¿Dónde te habías metido?

Le hice una caricia en la frente y fui directo al punto:

—¿A quién recibiste cuando me fui de tu casa?

—A nadie —me respondió segura de su memoria y de su vida.

Desde luego no asistí al funeral de Emilia. Me detuvieron esa misma noche acusado de asalto con violencia, allanamiento y estupro. El tribunal de los medios de comunicación es una plaga sin control, el caso se publicó en la prensa amarilla y en los televisivos de nota roja. Inventaron una historia infame de ritos satánicos y magia negra. Mentiras. Los abogados me dicen que una declaración de culpabilidad fundaría un atenuante esencial para mi defensa. n

(Núm. 333, septiembre de 2005)