El joven pálido se acomodó cuidadosamente en la silla y movió la cabeza a un lado, reclinándola en la pared, para que el tapiz fresco le aliviara la sien y la mejilla.

—Ay, mi amor —dijo—. Ay, ay, ay, ay mi amor. Ay.

La muchacha de ojos claros, sentada en el sofá, erguida y tranquila, le sonrió vivamente.

—¿Ya no te sientes tan bien como ayer? —dijo ella.

—Qué va, estoy muy bien —dijo él—. Estoy flotando. ¿Sabes a qué hora me levanté? A las cuatro de la tarde, en punto. Traté de levantarme, pero cada vez que quitaba la cabeza de la almohada, se me iba rodando abajo de la cama. La cabeza que traigo puesta no es la mía. Creo que ésta era de Walt Whitman. Ay, mi amor. Ay, ay, mi amor.

—¿Tú crees que con un trago te sentirías mejor? —dijo ella.

—¿Un poco de lo que me noqueó anoche? —dijo él—. No, gracias. Por favor ya nunca vuelvas a mencionarme eso.

Estoy muerto. Estoy muerto, completamente muerto. Mira mi mano; tan quieta como un colibrí. ¿Y me vi muy mal anoche?

—Ay, no inventes —dijo ella—, todo el mundo se puso hasta atrás. Tú estuviste muy bien.

—Claro —dijo él—. Seguro se me salió lo galán. Todos deben estar enojados conmigo.

—Por favor, claro que no —dijo ella—. Todos se divirtieron con lo que hacías. Claro que Jim Pierson se enojó un poco a la hora de la cena. Pero la gente lo regresó a su silla y lo calmaron. En las otras mesas ni se dieron cuenta. Nadie se dio cuenta.

—¿Me iba a pegar? —dijo él—. Ay, Dios mío. ¿Qué hice?

—Nada, no hiciste nada —dijo ella—. Estuviste perfectamente bien. Pero ya sabes cómo se pone Jim a veces, cuando se le ocurre que alguien se está metiendo con Elinor.

—¿Me le lancé a Elinor? —dijo él—. ¿Eso hice?

—Claro que no —dijo ella—. Sólo estuviste haciéndole chistes, eso fue todo. Le pareciste simpatiquísimo. Ella estaba muy divertida. Sólo una vez se desconcertó un poco: cuando le echaste por la espalda el caldo de almejas.

—No, no me digas —dijo él—. Caldo de almejas por la espalda. Cada vértebra como concha. Ay, Dios mío. ¿Qué voy a hacer?

—No te preocupes, ella no te va a decir nada —dijo ella—. Nomás mándale unas flores, o algo así. Por eso no te preocupes. No es nada.

—No, si no me preocupo —dijo él—, ni tengo nada de qué apurarme. Estoy muy bien. Ay, mi amor, ay. ¿Y qué otro numerito hice en la cena?

—Ninguno. Estuviste muy bien —dijo ella—. No te pongas así por eso. Todo el mundo estaba fascinado contigo. El maître d’hôtel se apuró un poco porque no parabas de cantar, pero en realidad no le importó. Sólo dijo que tenía miedo de que con tanto ruido le volvieran a cerrar el lugar. Pero ni a él le importó. Bueno, estuviste cantando como una hora. Pero después de todo, no fue tanto ruido.

—Entonces me puse a cantar —dijo él—. Un hitazo de seguro. Me puse a cantar.

—¿Ya no te acuerdas? —dijo ella—. Estuviste cantando una tras otra. Todo el mundo te estaba oyendo. Les encantó. Lo único fue que insistías en cantar una canción sobre no sé qué fusileros o qué cosa, y todo el mundo empezó a callarte, pero tú empezabas de nuevo. Estuviste maravilloso. Hubo un rato en que todos tratamos que dejaras de cantar, y que comieras algo, pero no querías saber nada de eso. En serio que estuviste divertido.

—¿Qué, no probé la cena? —dijo él.

—No, nada —dijo ella—. Cada vez que venía el mesero a ofrecerte algo, te lo echabas en la bolsa: porque le decías que él era tu hermano perdido, que una gitana lo había cambiado por otro en la cuna, y que todo lo tuyo era de él. El mesero estaba doblado de la  risa.

—Seguro —dijo él—. Seguro que estuve cómico. Seguro que fui el Payasito de la Sociedad. ¿Y luego qué pasó, después de mi éxito arrollador con el mesero?

—Pues nada, no mucho —dijo ella—. Te entró una especie de tirria contra un viejo canoso que estaba sentado al otro lado del salón, porque no te gustó su corbata de moño y querías decírselo. Pero te sacamos antes de que el otro se enojara.

—Ah, ya nos salimos —dijo él—. ¿Y pude caminar?

—¡Caminar! Claro que caminaste —dijo ella—. Estabas muy bien. Bueno, la banqueta tenía una capa de hielo y te resbalaste. Un sentón. Pero por favor, eso puede pasarle a cualquiera.

—Sí, claro —dijo él—. A la señora Hoover o cualquiera. Así que me caí en la banqueta. Por eso me duele el… Sí. Ya entendí. ¿Y luego qué? Digo, si te importa.

—¡Eso sí no, Peter! —dijo ella—. No puedes quedarte sentado ahí y decir que no te acuerdas de lo que pasó después de eso. Creo que sólo te viste un poco mal en la mesa; pero en todo lo demás estuviste perfectamente bien, yo sabía que te estabas sintiendo muy bien. Pero desde que te caíste te pusiste muy en serio, yo no sabía que tú fueras así, ¿No te acuerdas de cuando me dijiste que yo nunca antes había visto tu verdadero yo? No puedo permitirte, nomás no puedo, que no te acuerdes de ese hermoso paseo en el taxi. De eso sí te acuerdas, ¿verdad? Por favor, si no te acuerdas, soy capaz de matarme.

Parker

—Ah, sí —dijo él—. El paseo en el taxi. Ah, sí, de eso sí. Fue un paseo muy largo, ¿no?

—Vueltas y vueltas y vueltas por el parque —dijo ella—. Los árboles se veían tan hermosos a la luz de la luna. Y dijiste que nunca antes te habías dado cuenta de que de veras tenías corazón…

—Sí —dijo él—. Yo dije eso. Yo fui.

—Dijiste unas cosas tan pero tan bonitas —dijo ella—. Y yo nunca me había dado cuenta de todo lo que tú sentías por mí y no me había atrevido a mostrarte lo que yo siento por ti. Pero lo de anoche, Peter; creo que la vuelta en el taxi es lo más importante que nos ha pasado en nuestras vidas.

—Sí —dijo él—. Creo que sí.

—Y vamos a ser tan felices —dijo ella—. Quisiera contárselo a todo el mundo. Pero no sé; creo que sería más dulce si lo guardamos como un secreto entre nosotros.

—Yo creo que sí —dijo él.

—¿No es muy hermoso? —dijo ella.

—Sí —dijo él—. Fabuloso.

—¡Encantador! —dijo ella.

—Oye —dijo él—, ¿no te importaría que me tomara un trago? O sea, médicamente, ya sabes. Estoy muerto, ayúdame por favor. Creo que me va a dar un colapso.

—Sí, un trago te va a caer bien —dijo ella—. Pobrecito, qué pena que te sientas tan mal. Voy a hacerte un jaibol.

—Yo, la verdad —dijo él—, todavía no me explico cómo me sigues dirigiendo la palabra después del ridículo que hice anoche. Yo creo que mi única salida es meterme a un monasterio en el Tíbet.

—¡Estás loco! —dijo ella—. No te voy a dejar ir ahora. Ya deja de pensar en eso. Estuviste perfectamente bien.

De un salto ella se paró del sofá, lo besó con rapidez en la frente y salió corriendo de la  habitación.

El joven pálido la vio alejarse, movió la cabeza lentamente y luego la dejó caer sobre sus húmedas manos temblorosas.

—Ay, mi amor —dijo—. Ay, ay, ay, Dios mío. n

Traducción de Antonio Saborit

(Núm. 77, mayo de 1984)

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