Parece que la estoy viendo. Detenida en la cumbre del Teide, un volcán de piedra naranja y ocre, suspendido entre las nubes, desde el que se presiente, abajo, la orilla del mar en la isla de Santa Cruz de Tenerife. Pilar Navarro nos llevó ahí por un camino alrevesado que en cada curva tiene un matorral de flores amarillas, mientras conversábamos como siempre bajo la luz de su inteligencia: lo mismo de música, que de política, de pérdidas, que de futuro, de los hijos que del jamás y, con toda la contundencia de cada hora, sobre todas las cosas: del presente. Porque ha sido su milagrosa concentración en cada segundo lo que ha puesto a Piluca, mujer de ojos intensos y cabeza iluminada, a sobrevivir tras la pérdida más grande que pueda cargar alguien.

pan

Cada cual resuelve sus abismos como va pudiendo, y ella se dejó acompañar por los demás, pero sin una queja. Siguió adelante como si el legado de su hijo fuera el de Sabines: Si sobrevives, si persistes, canta, sueña, emborráchate. Es el tiempo del frío: ama, apresúrate. El viento de las horas barre las calles, los caminos. Los árboles esperan: tú no esperes, éste es el tiempo de vivir, el único.

Testimonio del fuego, Pilar Navarro acepta con sencillez la condición extraordinaria de su vida. Decir que es admirable, resulta un decir fácil, pero no doy con mejor modo de nombrar la reverencia que provoca. Verán ustedes, es de una calidez poco frecuente. Abraza, como para siempre, cada tarde que uno la encuentra. Nunca está lejos, aunque viva en Madrid. Hace más de quince años que la voy a buscar antes que a nadie. Y siempre que llego aparece al instante. Siempre, algo nuevo me enseña. Desde cómo encontrar el jabugo más fino, hasta la paz que puede haber bajo el techo de su casa, pasando por la naturalidad con que se quita un collar y me lo regala porque sí, porque le digo que es bonito. Pilar es de tal modo generosa que puso a sus amigos en mis manos y me los ha prestado para siempre. Por eso he podido llamarlos ahora que estuvo por cuarta vez litigando para cruzar un río.

Cuando viene a México no juega a ser turista, llega a vivir el día que toca, en la casa que la cobije. Incluso si la turista quiero ser yo que acabo llevándola a ver la exposición sobre el emperador Moctezuma, para que ambas salgamos sorprendidas como venados en mitad de la noche, a tomarnos fotos junto a la Coyolxauhqui, piedra que tuvo cien hijos, adorada y temida hace no tanto tiempo, como parece. Quizá unas veinte generaciones de nacidos en este suelo. ¿Qué tanto será eso, comparado con los doce millones de años que guarda bajo su cresta la Iztaccíhuatl?

Pilar suele venir cerca de los cumpleaños, para acompañarlos con la lumbre de su voz ronca. Casi siempre se queda en casa de los García Barcha, porque así aprovecha para conversar largo con Mercedes y ver a su a marido andar la casa con sus pies cavilantes y pequeños, con su cabeza excepcional diciendo cosas al aire, como quien las escribe. “Pan de muertos. ¿Por qué le llaman pan de muertos? Hagan pan de vivos”, nos dijo el noviembre pasado.

Hace dos años, Piluca vino al cumpleaños de nuestra amiga que este noviembre cumple, dice ella, la mayoría de edad. Mercedes, otra mujer cuya contundencia valiente es necesaria como el agua de todas las mañanas. Mercedes moviendo el mundo como si fuera un sencillo globo terráqueo, sabiéndolo todo de todos, atando los hilos del teléfono a cada uno de los lugares en donde tiene amores. Mercedes, otra que desconoce las quejas frente a los sin remedio, que cuenta el infortunio con el pasmo bendito de una diosa susceptible, pero impávida. Como la audacia misma, que tiene en todo el cuerpo. Mercedes, a quien cualquiera acude si de lidiar lo incomprensible se trata.

Dos fuerzas de la naturaleza, son amigas entre sí, y son mis amigas. Mayor responsabilidad sólo cargar a solas la otra piedra que también es diosa, ésa que tiene serpientes en lugar de trenzas: la indescifrable Cuatlicue puesta en el Museo de Antropología, para que nos quede claro lo difícil que es entender este país. Éste en el que Mercedes acunó a su genio y creció a sus hijos. En el que ha vivido media vida, al que entiende y valora como suyo.

pan2

Ser fiel a estas mujeres es uno de esos privilegios que se pueden reconocer desde el principio. Cosa nada más de acogerse al abrigo de sus palabras y su índole bravía. Cosa de agradecer al designio de quién sabe qué astros, porque no se nos dan los dioses ni los diablos. Cosa de sentir que todo esto es un regalo de ésos que otorgan los enigmas de otro sabio: el vago azar o las precisas leyes, que rigen este mundo, los llamó Borges.

Para que Pilar viniera este año, es que la andábamos buscando sin poder encontrarla. Ahora sabemos que se le atravesó un contratiempo. De ésos que ella acostumbra sortear como si fueran las olas tibias de una playa en el Pacífico, entre las que pasamos una mañana entera contándonos la infancia. Ahí supe de sus hermanas y sus papás, de Tenerife y el colegio, de las cosas que dejó y la dejaron. Ahí le expliqué la trama entre mis padres y las nubes en que vivían. Ahí supe de los esquís y el árbol, del arbitrio feroz que hubo en la nieve. De su pena y sus fuerzas.

En las tardes nos poníamos a flotar en la terraza por la que atravesaban unos pelícanos ensimismados, a la altura de nuestras narices. Y estábamos en silencio ratos largos, como volando, con nuestros picos largos y cerrados, con los ojos abiertos en busca de unos peces brillantes, como la memoria. Estábamos en la casa de Leonor Ortiz. Lo digo, la pienso, y estoy segura de que vivo entre leonas muy bravas. Pero ella es otro canto que les contaré luego. Una como mi hermana que el mes pasado cursó por un choque y cinco cirugías, como si fuera en góndola por Venecia.

Digo bien, vivo entre leonas. Por eso, a pesar de cuánto me dizque urgía dar una explicación gramatical que justifique mi enfado cada vez que alguien —siempre con más frecuencia en la radio y la tele— usa mal la condición auxiliar del verbo haber, tuve a mejor irme al camino angosto y arduo que sube hasta la cumbre de un volcán sobre cuyo cráter se puede andar entre piedras talladas por el tiempo, piedras tramadas con metales preciosos. Piedras como la índole de Pilar Navarro. Piedras indemnes como Mercedes, Leonor y Verónica. Piedras que iluminan. Digo bien: vivo entre leonas. Entre leonas haciendo pan de vivos.

Ángeles Mastretta
. Escritora. Su más reciente libro es La emoción de las cosas.