Conforme avanzaba en la lectura de Joseph Anton, la nueva novela de Salman Rushdie, sonreía cada vez con mejor humor. Cuando me descubrí casi en las carcajadas, me escandalicé: pero si estoy leyendo el relato autobiográfico de un escritor condenado a muerte, que se pasó un poco menos de 10 años escondido, durmiendo en una cama diferente cada día de la semana, huyendo en coches blindados, protegido por una escolta de policías con entrenamiento especial antiterrorista. Por si eso fuera poco, Joseph Anton trata, sobre todo, del problema moral que implica la intolerancia religiosa llevada al límite, de las palabras “blasfemia” y “herejía” aplicadas a una novela; su tema es la Inquisición a finales del siglo XX. ¿Quién podría reírse de eso? Sólo Salman Rushdie, que lo vivió en carne propia y ahora se sienta con buen humor a contarnos sus aventuras, pero no en primera persona, lo cual imprimiría un lastre trágico a la narración, sino atribuidas a un personaje ficticio (proveniente de un universo literario más cercano al de Joseph Conrad y Anton Chéjov que al del propio Rushdie) que por momentos parece un bufón de papel: Joseph Anton. Rushdie ha declarado que en este periodo su mundo había sido destruido por completo y se sentía viviendo “un poco ofuscado” sin nada más que el día por venir, ya que su cordura era sometida a una intensa presión. Ese ambiente onírico, de irrealidad, de catástrofes imposibles que se suceden una tras otra, ronda el libro. ¿Quién podría reírse del infierno? Sólo alguien que
volvió de ahí, tan campante.

En esta nueva novela de 600 páginas se cuenta la historia, bastante bien documentada por la prensa internacional de los años noventa, de la fatwa lanzada por el ayatolá iraní Ruholla Jomeini, que consideraba la novela Los versos satánicos ofensiva contra el islam, el profeta Mahoma y el Corán, y condenaba por ello a muerte a su autor: Salman Rushdie. ¿Qué hizo Salman Rushdie el día que una reportera de la BBC, cuyo nombre lamenta haber olvidado, le comunicó por teléfono que había sido sentenciado a muerte, y qué hizo el escritor cada uno de los días que siguieron, durante 10 años? Era la mañana soleada de un martes 14 de febrero, día de San Valentín, de 1989, recuerda Joseph Anton, y su matrimonio de un año con la novelista norteamericana Marianne Wiggins había caído en el tedio…

¿En verdad la de Los versos satánicos es una historia tan denigratoria del islam? Tal vez no. Siendo objetivos, no es ofensiva; al contrario: actualiza las enseñanzas sagradas del Corán y humaniza aún más al hombre que sirvió de intermediario de Dios, el profeta Mahoma; ridiculiza, eso sí, a un dirigente déspota en el exilio, muy parecido, por cierto, al ayatolá Jomeini, pero lo ridiculiza tanto como a los políticos británicos de la época. La historia de Los versos satánicos es mucho más crítica con la insana desintegración ética y moral de los habitantes de (y de los aspirantes a integrarse a) una ciudad imperial como Londres, y su indiferencia ante los inmigrantes que ya la pueblan mayoritariamente.

Por otro lado, ¿y si lo fuera? Si verdaderamente denigrara la creencia de millones de fieles de una religión, ¿sería eso razón suficiente para condenar a muerte a un hombre? O, si lo ponemos al revés: ¿cuál es la superioridad moral que otorga el mundo occidental a un novelista como Salman Rushdie para ofender sin consecuencias a un pueblo basado ancestralmente en la tolerancia cero, que corta la mano, por ejemplo, a los ladrones?

Los versos satánicos —dice Rushdie— es un texto comprometidamente laico que trata en parte de temas de fe. Para el fundamentalismo religioso, especialmente en la actualidad el fundamentalismo islámico, el adjetivo ‘laico’ es la más sucia de las palabras sucias”.

Siempre habrá argucias para condenar de manera un tanto convincente a las voces incómodas y hacer oídos sordos ante ellas o, en todo caso, disminuirlas, ya sea en contextos en apariencia laicos o abiertamente religiosos. La presencia del molesto demonio es algo que no podremos, por fortuna, jamás quitarnos de encima, y aunque no se manifieste con cuernos y patas peludas de cabra, como la transfiguración que adopta el anglófilo Saladin Chamcha, el hombre invisible de las mil voces, uno de los personajes de la novela, estará presente en la mentira total o la verdad parcial, que son lo mismo, o en el silencio o la omisión de las verdades inconvenientes.

El único pecado mortal de un hombre de letras, en cualquier caso, es quedarse callado, contagiarse de esa enfermedad terrible a la que el periodista Ryszard Kapuscinski llamó “la indiferencia”. Es absurdo creer en la objetividad de la información, decía Kapuscinski, “cuando el único informe posible es personal y provisional”. Robert Capa, el fotógrafo de guerra, afirmaba que era necesario tomar partido, porque de otra manera “no se soporta lo que ocurre en el campo de batalla”. Salman Rushdie también tiene algo que decir con respecto al demonio particular que hay detrás de la voz objetiva: “El proceso creativo es un poco como los procesos de una sociedad libre. Muchas actitudes, muchas opiniones del mundo empujan al artista y entran en conflicto con él, y de esas fricciones nace la chispa, la obra de arte. Esta multiplicidad es frecuentemente para el artista muy difícil de soportar, ya no se diga de explicar. Denis Diderot, el gran novelista-filósofo de la ilustración francesa, habla de su conflicto interior entre el racionalismo ateo y materialista y una profunda necesidad de intensidad espiritual y moral. ‘Me enfurece —dice—, verme enredado en una filosofía diabólica que mi mente se ve obligada a aceptar pero mi corazón repudia’. Un escritor aún mayor, Fiodor Dostoievski, se desesperaba también por la coexistencia en su corazón de una fe absoluta y una absoluta falta de fe. Y antes que él, William Blake dijo con aprobación que Milton, aquel genio piadoso, está, como poeta, naturalmente de parte del diablo. Dentro de todo artista —dentro, quizá, de toda imaginación humana— hay, para parafrasear a Blake, un matrimonio entre el Cielo y el Infierno”.

Tal vez por eso se ríe Joseph Anton, porque la tragicomedia que protagoniza sucede en ese magma irreal que rodea a la verdad, en el que, luchando contra el demonio, se vuelve él mismo el demonio.

Juan Manuel Gómez. Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas.