Suena sabia su voz, pase lo que pase. Leo en el libro de Autos y loas:

¿Quién mis términos busca? —pregunta el coro.
Quien tus misterios penetrar procura —responde el entendimiento.
¿Quién eres que atrevida me conjuras?
La memoria que siempre fue en tu ayuda.

La memoria. Se me había olvidado, pero hubo un tiempo en el que las personas a mi alrededor encontraban consuelo en el exhorto de una jaculatoria. Se decía a la menor provocación: “Ave María purísima”, “Sin pecado concebida”.

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En ese pretil crecí. A mí mamá le oí siempre una que ahora me parece simpática: “Jesús manso y humilde de corazón”. Y ella misma completaba: “Haced mi corazón semejante al vuestro”. Era tal el fervor de su voz, que resultaba difícil empujarse o reír cuando rezábamos alrededor de su cama. ¿Jesús manso? No sé en cuál evangelio. ¿Todo el rosario? A tanto no se hubiera atrevido. “Un misterio”, decía. Y ahí estábamos los cinco hijos contestando el padre nuestro y las diez aves marías que se remataban con varias jaculatorias.

Sin duda, en mi familia, cuando llegaron los desconcertados años setenta las cosas se habían vuelto tan arduas que eso del “Sagrado Corazón de Jesús”, “En vos confío”, dejó de servir para algo.

De chicos pedíamos cosas. Algunas fáciles como que no lloviera, a San Isidro Labrador, como que sí lloviera, a la Virgen del Carmen. Otras que creíamos más serias. Varias que hasta la fecha seguimos esperando. Aunque ya el alto cielo haya quedado tan lejos de nuestro interés en pedirle algo. Por desgracia, a mí el Dios de aquellos años hace mucho dejó de servirme siquiera para hacerme las bellas ilusiones. No estoy del todo sola en eso, pero tampoco muy acompañada. En el mundo somos una minoría de locos los empeñados en desconfiar de la precaria existencia de un gran interventor divino, un poder celestial más grande que el azar. La deidad católica que se parece a la judía y a la de otras religiones monoteístas es el personaje menos confiable y más exitoso de cuantos haya inventado la literatura. A mí, justo ése dejó de hacerme caso en mayo de 1971. De repente se puso a mirar para otro lado. Muy a tiempo dejó claro, para mi familia, que no contábamos con su apoyo para ningún milagro. Y nosotros le dimos un ni modo y arrancamos a hacernos una vida sin su permiso y sus cuidados.

Mal no nos ha ido creyendo en tal cosa como la precaria, pero tangible, ley humana. Que no siempre se cumple, que cuando se cumple estamos exhaustos de buscarla, que de ningún modo consigue todo lo que debería, cierto. Por eso tampoco me parece tan encomiable como para recuperar el espíritu proselitista del que alguna vez me precié.

Hace mucho que perdí el interés en convencer a alguien de que no crea lo que yo no creo. Por eso me cuesta hablar de política, mucho más si de lo que se trata es de lidiar con asuntos como el de la ciega fe en San Andrés. Algunos de mis muy queridos creen en él y en sus milagros. Creen en la humildad de su corazón, aunque yo no sé si un corazón humilde se para frente a miles de personas a intercambiar fervor, fe y emociones. Sin embargo, si hace las veces de la Virgen del Consuelo, ¿qué le vamos a hacer? A cada quien su santo. Y que lo venere, siempre y cuando no haga cruzadas en su nombre, ni se emocione de más. Porque las emociones conducen a unos pleitos de los que hemos prometido alejarnos los amigos.

Yo, tratándose de creencias, creo en las virtudes curativas del sol, en el poder apaciguador de la luna. Si emprendo alguna peregrinación será a las cataratas de Iguazú. Si me planto a oír un discurso será el del mar. Y si a un santo venero será poeta y lo único que habré de pedirle es lo que ya me da. Frases como prodigios. Calificaciones gratuitas y enrevesadas.

“Arca de la Alianza”, “Torre de Marfil”, “Lucero de la mañana”. Así llamó un poeta despistado a la virgen mujer en la que un espíritu, considerado santo, engendró un hijo que al mismo tiempo era él y era su padre. Rara historia, sin duda. La de La guerra de las galaxias copió algo de eso. De ahí que alcanzara varios episodios. Y hay tantos que la creen, que cómo no se han de creer cosas más sencillas aunque no menos arduas, como que el PRI y el PAN se pusieron de acuerdo hace seis años para gobernar un sexenio uno y un sexenio otro. ¿Por qué no? Si hemos de creer que el padre le pidió al hijo que se dejara matar para redimir al género humano de un crimen que cometió contra él, que era ellos. ¿Cómo no vamos a creer nimiedades como el acuerdo entre dos malos de entraña tan negra?

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Ahora que si es cosa de creer a lo loco, mejor asirse a la certeza de que hubo un rey que tenía un quiosco de malaquita, una tienda hecha del día y un rebaño de elefantes. Porque Rubén Darío no era santo, pero, para imaginar, como ninguno.

Difícil andar el mundo sin religión de ningún tipo. Sin asideros en el más allá. Creo que menos del tres por ciento de los habitantes del mundo somos los que no podemos creer en Dios, los desarrapados, los que vivimos con el alma puesta por entero en el hilo burlón de la vida.

Me asusta la cantidad de mexicanos dispuestos a creer en asuntos tan fantásticos como las rosas que pintaron la tilma de Juan Diego, y negándose a creer que treinta años de litigios y búsqueda de leyes no condujeron sino a otro fraude. Yo tiendo a cambiar de tema, diría que me dan flojera, pero la verdad es que lastima su desprecio y, al menos en la ciudad de México, es imposible negarse al griterío. Y uno tendría que entender: si tantos creen en el Espíritu Santo fuente de luz, por qué no habían de creer que el PAN y el PRI pactaron dejar a uno ganarse la presidencia a cambio de cederla al sexenio siguiente. Ni qué discutir. Uno querría ponerse a rezar algo así como lo que recomendaba el catecismo decir con mucha fe: “Virgen del Pilar o de Montserrat, de Ocotlán, de Guadalupe (o de cualquier advocación aprobada): Rogad por nosotros”.

Pero yo, ni dudarlo, por puro escarmiento ya no estoy para jaculatorias. Mejor oír a Sor Juana:
¿Quién mi quietud perturba? —pregunta el coro.
Quien busca en ti los triunfos que sepultas —responde la memoria.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.