preguntas

Como si me hiciera falta darme cuenta de cuán crucial es para mi vida el don del habla, hace unos días, quién sabe por causa de cuál mal hablar, me quedé muda. Y sin decir palabra tuve que tejer las horas de una semana como quien anda a tientas, balbuceando con los dedos sobre las letras del iPad, o apretados al círculo de un lápiz en pos de una caligrafía que mal se entiende. Qué largo puede volverse el tiempo cada vez que nos urge una frase y hay que irla poniendo despacio frente a los ojos de otros, hay que sugerirla con señas o no decirla porque para cuando uno acaba de escribir, la conversación de los otros ya cambió de continente. Sin voz, yo soy otra gente. Sin duda menos feliz. En algunos casos más certera. Durante los nueve días en que no hablé, no perdí ninguno de los muchos objetos que extravío a lo largo de una jornada. Supe siempre en dónde había dejado los lentes, el monedero, el celular, el libro, todo eso que voy perdiendo al paso en que vivo y hablo, para encontrarlo al rato o nunca según el desorden de mis distracciones. Quedó clarísimo que hablar y concentrarme son acciones reñidas. Carísima lección, aprendida del silencio obligado. Varias más fui teniendo y un hallazgo entre otros, porque anduve arreglando los archivos: aunque no lo parezca, los cajones del mutismo pueden estar llenos de palabras. Encontré en ellos una lista de preguntas y respuestas que dieron una conversación silenciosa. Aquí les dejo algo de ella, como prueba de que no todo fue abismo en la afonía.

Dijo el teclado:

1. ¿Cree usted en la vida después de la muerte?
Respondí yo: Creo que la vida después de la muerte está en manos de quienes nos recuerden. La memoria que otros tengan de mí será la única vida que pueda tener lo que fue, como parte de mi cuerpo, eso que otros llaman alma y yo quiero llamar índole.

2. ¿Qué olor lo devuelve a la infancia?
El de las papelerías.

3. ¿Cuál es su autor favorito?
Imposible decidirlo. Pero me atrevo a decir que sor Juana y Lope en el Siglo de Oro. Jane Austen, Balzac, Dickens, Flaubert, Tolstoi y Stendhal, en el siglo diecinueve. Pongo a Jane Austen en el diecinueve porque ella es la fundadora de la novela del diecinueve a pesar de haber escrito en los setenta del dieciocho. Aún ahora, a principios del veintiuno, sigue siendo una marca radical en algunos escritores. Yo, sin duda.

4. ¿Cuál es el último libro que no fue capaz de terminar?
No lo recuerdo. Porque no leo por deber. Hay demasiados libros como para quedarse con alguno si no nos gusta muchísimo. ¿O te refieres al último que no he terminado de escribir? De ésos tengo uno diario.

5. ¿Cuál es la mejor película que ha visto?
No sé si las mejores, pero las que vuelvo a ver sin ningún remordimiento, cuantas veces lo deseo, son El Padrino, Out of Africa, Amadeus, Casablanca y La edad de la inocencia.

6. ¿Qué hora prefiere para el amor?
La que me prefiera a mí.

7. ¿Qué invento casero la sigue deslumbrando?
Los botones que encienden la luz. Y los teléfonos.

8. ¿Cuál es su sueño recurrente?
Me gusta soñar que vuelo. Ojalá y ese sueño fuera de todos los días. Tengo otro sueño que no es muy recurrente, pero es el único que me angustia, el que vuelve de modo parecido. Sueño que estoy muy alto, subida en un cerro, en un templete, en una columna, en la punta de una escalera y que quiero bajarme y es muy difícil. Estoy sola.

9. ¿Cuál es el objeto que más tiempo lleva en su mesa de noche?
Mi cabeza. Está ahí para despertarme cuando algo le preocupa.

10. ¿Qué obra de la arquitectura la emociona?
La plaza de San Marcos en Venecia y Tulum en Quintana Roo.

11. ¿Qué música busca por instinto?
Mozart y Schubert. O José Alfredo, Manzanero y Agustín Lara.

12. ¿Qué personaje lo haría cambiar de acera?
Borges, pero para abrazarlo si anduviera por la acera de enfrente.

13. ¿Cuál ha sido la peor imprudencia de su vida?
No me caben en una respuesta. Tal vez debería escribir un libro. Así como quiero hacer uno sobre las pérdidas debería hacer uno sobre las imprudencias.

14. ¿En dónde le gustaría estar sentada?
Frente al mar, en Cozumel.

15. ¿Cómo supo que había llegado el hombre de su vida?
No supe cómo. Sé, sí, que llegó. Un hombre no llega. Se queda. Si es que es el hombre de una vida.

16. ¿Cuál fue el primer pensamiento de este día?
Ya se me hizo tarde.

17. ¿Cuál fue su último motivo de celebración?
Terminé un libro. Por desgracia, no es algo que me pase una vez al año.

18. ¿Qué le acompleja?
Mi desorden mental y la lentitud con que escribo. Antes me acomplejaba medir uno cincuenta y ocho. Ahora mido tres centímetros menos que eso, pero ya no me importa. Es más fácil caber en los aviones. Lo que sí me apena es la facilidad con que me caigo sin motivo aparente.

19. ¿En qué amuleto sigue creyendo?
En la pluma fuente que heredé de mi padre. En la hoja de un árbol que crece junto a una tumba, en una estrella de mar y en la pasión de mis hijos cuando hablan de cine.

20. ¿Qué obra de arte sustraería de un museo para tenerla en su casa?
Ninguna. ¿Cuál querría tener? La planchadora de Picasso y la Mujer en la ventana de Dalí.

21. ¿Cuál es el único ritual imprescindible en su vida?
El jugo de naranja y el té con pan de las mañanas.

22. ¿En dónde queda el paraíso?
En la sonrisa de los otros. Y en la propia.

23. ¿Cree en algo que jamás ha visto?
En los anillos de Saturno y en las hadas. En la teoría de la relatividad, en que el universo es infinito y el tiempo no existe.

24. ¿De qué se sigue arrepintiendo?
De no haberle dicho a mi padre que era un hombre extraordinario. A mí madre sí se lo dije, pero veinte años después.

25. ¿En qué lugar le gustaría que lo sorprendiera el fin del mundo?
En ninguno.

26. ¿A quién le gustaría conocer?
A mis nietos. Los hijos de Mateo y Catalina.

27. ¿Cuál es el insulto que más le ha dolido en su vida?
Hoy no me acuerdo. Y todos los días me sucede lo mismo.

28. ¿Cuál es el ingrediente imprescindible en su comida?
La sal, el pan, el maíz y el aceite de oliva.

29. ¿Cómo le gustaría morir?
En paz.

30. ¿Qué miedo de la infancia conserva?
Ya no le temo a la autoridad. Ése fue el único miedo de mi infancia que me interesó perder. Aún temo que no me quieran aquellos a quienes quiero.

31. ¿Cuál es el motivo de su último desvelo?
La luna llena y la décima repetición del juego de futbol en que México ganó la medalla de oro en las Olimpiadas. Mi cónyuge lo ha visto diez veces. Pero se ve que le faltan mil más.

32. ¿Cuál fue el último objeto inservible que compró?
Unos zapatos que me quedaron chicos.

33. ¿En qué invertiría los restos de su cuenta de ahorros?
En seguir viviendo como vivo.

34. ¿Cuál es el aparato que quiere que inventen?
Los inventores siempre van antes que yo.

35. ¿Cuál es el aparato que no ha aprendido a manejar?
El control de mi televisión.

36. ¿Qué tema elude recurrentemente?
Me cuesta eludir temas porque me encanta desmenuzarlos.

37. ¿Qué ventajas tendría ser del sexo opuesto?
Debe ser una maravilla hacer pipí en cualquier escampado. Trivialidades aparte, no me gustaría ser hombre. Debe ser cansadísimo.

38. ¿Qué se ha robado?
Una cucharita de café, con la que me enchino las pestañas, del hotel Waldorf en Nueva York.

39. ¿Un verbo para conjugar en el futuro?
Vivir. Y platicar.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.