No hemos logrado aún que los odios colectivos sean sólo material de los libros de historia, aunque cada vez que su cara
violenta aparece, hacemos como que nos sorprende.

antes

El discurso del odio, las expresiones para justificar agresiones, violaciones a los derechos humanos o incluso racionalizar el asesinato siguen presentes en el discurso de actores que de cuando en cuando irrumpen violentamente en el espacio público —tal como lo hizo Anders Breivik, responsable de la masacre de Utoya—, lo mismo que en la retórica de personajes públicos que dicen representar a los humillados y a los ofendidos. En palabras de Arnoldo Kraus, los fanáticos comparten ideario: negar la humanidad de los otros y construir cada vez más “argumentos para cargar sus plumas y sus armas contra quienes no comulgan con su ceguera”.

Representaciones negativas asociadas con los judíos que se creían superadas —por poner un ejemplo— continúan vivas, gangrenando el lenguaje, convirtiendo la palabra en instrumento de la violencia. Un texto aparecido hace ya algunos años en el diario español El País evidenciaba a través de una mala broma cómo esas representaciones son adoptadas de manera silenciosa por muchos en un proceso de normalización del desprecio por los otros en razón de su identidad étnica: dos hombres charlan en un bar y uno de ellos comenta que todo lo malo que pasa en el mundo es culpa “de los ciclistas y de los judíos”; el otro sólo pregunta “¿y por qué de los ciclistas?”

La denuncia y el repudio no siempre logran arrinconar lo suficiente el discurso de odio, pero tampoco es posible hacer frente al problema sin un debate público al respecto. Redes internacionales contra el nacionalismo, el racismo y el fascismo coinciden en que guardar silencio sobre episodios de violencia racista, negar o trivializar el problema de la intolerancia implica tolerar peligrosas tendencias sociales.

Tratados internacionales como la Convención Americana sobre Derechos Humanos y el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos consideran las expresiones de odio totalmente al margen de la protección de la ley. El propio Comité de Derechos Humanos de la ONU ha emitido dictámenes adversos contra ciudadanos que defendían sus ultrajes públicos a las personas de ascendencia judía como ejercicios de libertad.

Malcolm Ross, un docente de New Brunswick, Canadá, fue removido en 1991 de su trabajo en el aula tras publicar varios textos y e instar públicamente al desprecio de las personas de fe y ascendencia judía. Aun cuando sus comentarios habían sido hechos fuera de las horas de trabajo, el Comité avaló su desplazamiento a un puesto no docente, en virtud de que al ocupar una posición de crédito y confianza, ejercía una influencia considerable sobre otros; sobre la base de esa confianza su remoción de una posición de enseñanza podía considerarse una restricción necesaria.

Otro académico, Robert Faurisson, profesor de literatura de la Universidad de Lyon, fue sancionado en 1991 luego de expresar en una entrevista que las cámaras de gas utilizadas para exterminar a los judíos en los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial eran un mito. Faurisson apeló y argumentó que la decisión —amparada en la Ley Gayssot que combate el antisemitismo y la xenofobia en Francia— menoscababa su libertad de expresión. La sentencia, sin embargo, fue ratificada en virtud de que la negación del Holocausto, además de una violación a los derechos y reputación de los demás, es un importante vehículo del antisemitismo.

El antisemitismo de ahora, como advierte Jean Meyer, no tiene “la cara parda del nazismo de derecha sino que se presenta más bien como de izquierda anticolonialista, de lucha de liberación de los pueblos”, aunque se trate el mismo discurso antiigualitario hermanado con la xenofobia. Nuestro país no es en lo absoluto ajeno a ese fenómeno.

En 2005, por ejemplo, se inició un debate que intentaba impulsar una reforma radical al régimen de pensiones del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), al cual el sindicato se oponía. Santiago Levy, entonces director de la institución, se volvió blanco de arengas que pretendían darle dimensión social y trazas de revolución nacional al movimiento. En los accesos del edificio del IMSS, sobre Paseo de la Reforma, aparecieron pintas adornadas con una cruz gamada en las que se leía “Sí sacamos al judío” o “Levy, cerdo judío”, mientras en las calles se gritaban consignas como “Si Hitler viviera, Levy no existiera”.

Un poco más tarde, en 2007, León Krauze, conductor de la segunda emisión de Hoy por Hoy en W Radio recibió un correo electrónico de una persona que se congratulaba de la entonces reciente muerte de su abuelo con la frase: “Un impuro menos en el mundo”.

Cerca de la Navidad de 2008, con el apoyo y firma de 500 mexicanos, fue publicado en el diario La Jornada un desplegado que llamaba la atención sobre un texto de Alfredo Jalife en el que el autor preguntaba si los entonces recientes ataques terroristas dirigidos contra civiles en la estación central, un hospital y dos hoteles de lujo en Bombay habían sido obra de “la banca israelí-anglosajona”.

Sin ambigüedades, los firmantes señalaban lo que calificaron como generalizaciones insidiosas de Jalife contra personas cuyo “pecado” es su origen o su identidad judía, trazando un paralelo entre sus artículos y los libelos usados en el siglo XIX que acusaban al pueblo judío de planear el control del mundo a través de todo tipo de acciones criminales. Sin embargo, hay quien prefirió ver en la protesta un intento de “un grupo de la comunidad judía” por perpetrar un acto inhibitorio de la libertad de expresión del colaborador del principal diario de izquierda mexicano.

El racismo y el odio tienen sus formas y figuras para contagiarse, pero su principal vía de transmisión es la palabra. Los discursos populistas van construyendo y poniéndole rostro a un enemigo común al cual culpar, y usar las emociones más primarias de las personas en la definición de ese enemigo reporta generalmente buenos resultados. Ante la falta de un horizonte de largo plazo, es más sencillo buscar a un culpable, a un responsable de esa situación; en Europa son los migrantes africanos que vienen a quitarle el trabajo a los domésticos; en nuestro país la comunidad judía es acusada de usar sus espacios de influencia en la economía, la política y los medios para manipular la auténtica voluntad de los electores que hoy y hace seis años decidieron bajo engaño. Todo esto, postulando una contradicción entre ser mexicano y ser judío.

El huevo de la serpiente se alimenta lentamente de ese lenguaje travestido que queriendo decir judío usa falsas sinonimias como israelí, igual que en su momento se usó “solución final” para no llamarle por su nombre al exterminio. El nuevo antisemitismo se nutre ante todo del odio al otro y está hallando receptividad entre muchos jóvenes a los que se presenta con un ropaje de análisis geopolítico y prospectiva económica. Por eso resulta pertinente la pregunta que a mediados de julio hacía un columnista de la prensa mexicana: “¿Qué van a hacer con todos los odios que están desatando? Porque cuando anden ‘rescatando’ a la democracia mexicana, los odios seguirán aquí”.

Hay una urgencia enorme que el filósofo Fernando Savater advertía al prologar un libro de Tahar Ben Jelloun sobre las identidades culturales y la necesidad de atajar este discurso que apela a lo irracional: decirle a los jóvenes, antes de que sea demasiado tarde, que “lo que nos hace humanos es el trato humano” y que “vivir civilizadamente es convivir con los diferentes”. Deberíamos, antes que sea demasiado tarde.

Juan Carlos Romero Puga. Periodista. Actualmente trabaja en temas de libertad de expresión y agresiones
a periodistas en México.