Sus maletas salieron las primeras, en el control de aduanas —que es una aberración mediante la cual se molesta a los viajeros normales, revisándolos como si pudieran ser delincuentes— le tocó el botón verde. Al salir encontró un buen taxi, con un chofer atento. Subió ahí sus dos maletas y su optimista humanidad. Chispeaba. Anduvieron como diez minutos por una ciudad en calma, era sábado. Cuando se acercaron al Viaducto, empezó a caer un aguacero que en segundos se volvió granizada y en minutos una tormenta feroz que estremeció a la ciudad. Al ver venir la tromba, muy a tiempo, el taxista consiguió escapar del Viaducto que según supimos, al día siguiente, se inundó hasta que los autos flotaron como veleros antes de encallar en los montes de granizo que bloqueaban las salidas. Para mi amigo, sus maletas, el taxista y el taxi, dentro de la tempestad todo estaba en calma. Se movían a buen ritmo, por una calle sin hoyos, sin topes y sin demasiados charcos. Era sólo cosa de pasar por debajo del Puente de la Morena y tomar avenida Revolución para salir hacia San Jerónimo, en donde la lluvia se vería menos trágica porque siempre da más tranquilidad andar por nuestras calles conocidas. Dieron la vuelta, pasaron por el puente y cuando nada más faltaba librar un tramo de agua, se abrió bajo el auto el agujero de una coladera sin tapa. Y ni para atrás ni para adelante. Y ni para llamar a nadie porque todo estaba desierto, y ni cómo usar el teléfono celular porque el de mi amigo no tenía pila y el del taxista no tenía crédito.

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Total: fin de fiesta. El agua empezó a subir por las salpicaderas, a llegar a las puertas, a amenazar con seguir hasta las ventanas. Pensaron en bajarse para no morir ahogados, pero ¿para ir a dónde? ¿Y en qué? Justo entonces, como enviada del cielo, apareció una camioneta con los vidrios oscuros, larga y alta, por lo mismo de apariencia sospechosa, por cuya ventana se asomó la cara de un joven preguntando si podía ayudar en algo. El taxista dijo que avisando a su base y mi amigo respondió que acercándolo al primer puesto de taxis. Sin reparos el muchacho bajó de su camioneta, metió al agua los pies y la mitad de las piernas, sacó las maletas de mi amigo, lo ayudó a ponerlas en su cajuela y le abrió la puerta. Luego, como si todo fuera lógico, le preguntó a qué dirección lo llevaba. “A la primera parada de un transporte público”, ratifico mi amigo. “De ningún modo, lo quiero llevar a su casa”. “Pero es que vivo lejísimo”, dijo. “No importa”, contestó el muchacho, “estamos para ayudarnos”. Y a ese son le hizo decir que vivía hasta el sur profundo y que bajo la tormenta harían una hora en llegar. Al mismo tiempo le contó que él rentaba en la colonia Obregón, justo al otro lado, pero que de todos modos lo llevaría con gusto. Y a así fue. Anduvieron más de una hora con el agua estrellando el parabrisas. Mi amigo se enteró de que el muchacho era mecánico y volvía del trabajo en su camioneta que, ya vista de cerca, era todo menos último modelo. Cuando llegaron a la puerta de su casa mi amigo estaba de tal modo agradecido que quiso pagarle el precio de diez taxis. “No me ofenda usted, ya le dije que estamos para ayudarnos”. Luego bajó las maletas, le dio la mano y se fue deseándole que durmiera bien.

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La lluvia había mermado, pero no la oscuridad. Sin embargo, al repensar las cosas mi amigo entró a su casa iluminado. Al día siguiente nos contó su historia como quien muestra un trofeo. Igual que ahora yo la traigo aquí, a propósito de la confianza, esta virtud que nos urge como ninguna.

El mes pasado, cuando aún no caí sobre nosotros el aguacero en que hemos vivido durante julio, Soledad Loaeza, que acostumbra asomar su mirada más allá de nuestras narices, describió a la desconfianza como “ese inmenso mastodonte suspicaz y receloso, que se ha instalado en el centro de la vía y obstruye la visibilidad hacia adelante.
Podemos ver hacia atrás y tal vez a un lado, pero nuestra perspectiva de futuro está bloqueada por ese animal colmilludo que nos mira con desdén y nos dice: “No les creas. Te habla la voz de la experiencia”.

Triste y acertada descripción del humor que permea nuestro ánimo. Un mastodonte que no nos deja ver. Hace mucho tiempo que, en la vida pública, todo lo que hacemos y decidimos está regido por la desconfianza, este monstruo que, siguiendo la metáfora de Soledad, en los últimos tiempos se ha reproducido de tal modo que ya no nos deja mirar bien ni hacia atrás. ¿Cuánta gente sigue creyendo que a Luis Donaldo Colosio no lo mató el ruin y escurridizo Aburto? Más de la mitad de nuestro mundo. Confeso y sentenciado sigue libre en la duda de tantos. Porque la desconfianza es nuestro reino. En los comentarios al Puerto libre del mes pasado, una lectora quiso dejar constancia de su desilusión frente a lo que entonces no consideré mi atrevida defensa del IFE. No dije nunca que yo quisiera que a mi país lo gobernara algún genio del mal, no dije que no me interesaran la justicia y la paz. Dije que confiaba, como confío, en una institución que es de todos y una elección que haríamos entre todos. Pero, por desgracia, parece ser que en un país regido por la desconfianza, no pensar como el otro es sinónimo de corrupción y de mentira. Así que de repente, yo, diciendo la inocente verdad en que creo, ya no fui la yo en quien creía mi lectora. Me dio tristeza leerla, quién sabe cuántos de quienes me mueven a buscar alegría en la literatura me han perdido la confianza porque pienso lo que pienso. Con la pena, me digo, yo creo que el IFE es confiable y no me lo debo callar aunque disguste a algunos de mis más queridos amigos. Está difícil sesgar una elección de manera tan barroca. Los votantes, muchos hubo como yo, según los resultados, pusimos cruces en donde se nos dio la gana y votamos, en la misma elección, por varios partidos. En un desorden tal, que nadie ganó bien a bien. De modo que si no estuviera entre nosotros el mastodonte de la desconfianza el resultado de la elección daría un menú aceptable. Muchos de nosotros votamos por alguien que ganó y por alguien que perdió. Ni modo. Así le hicimos. Yo creo que por eso desconcertamos a los encuestadores. Pero en defensa de ellos sí que no voy a hablar ahora porque no quiero ganarme otra desconfianza. Lo que sí quiero es ambicionar la confianza, antes que en nada en los demás, en quien sea, en el joven que nos ofrece ayuda aunque baje de una camioneta con apariencia sospechosa, en el hombre que la necesita y al que hemos de ayudar sin imaginarnos que del taxi puede brotar un asaltante bien armado. Y después, incluso venciendo nuestro hábito, la voz de la experiencia y el innato disgusto con quienes hacen política, intentar la confianza en las instituciones. En esto que no sólo pertenece a quienes gobiernan, sino a todos nosotros.

Empecemos por practicar pequeños actos de fe, intentemos el recuento de lo que sí nos da confianza. A mí, sin duda, la Cruz Roja. Voy a empezar la enumeración de mis confianzas pensando en el muchacho que se encaramó a la punta de la espantosa Estela de Luz, para rescatar al ocioso que se había subido diciendo que no bajaría hasta que no se hiciera presente Peña Nieto. Como quien dice, pensaba quedarse ahí a vivir o morirse de frío a medianoche, o resbalarse cuando empezara a llover, si no hubiera habido un voluntario que subiera por él cuando ya no podía bajar. Y hay tantos mexicanos así. Pueden ustedes pensar que soy una cursi y que si continúo semejante enumeración no voy a encontrar sino miel para las heridas, pero quiero empeñarme en buscar el futuro tras el monstruo, les recomiendo que hagan lo mismo porque hemos de seguir la vida entre nosotros y lo último que nos conviene es perder la confianza en que todo esto tiene remedio si nos perdemos la desconfianza, nos abrimos la puerta y nos vamos juntos a desafiar el aguacero.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.