Habrá sopa y hambre, tenacidad y ruegos, asteroides y bien pensantes. Inconformes con su destino y enamorados de la nada y de todos. Hemos, sin duda, de leer poesía, y de confiar en la memoria de las cosas. Iremos al cine, beberemos la dicha y el afán de los otros, haremos nuestra la pena de tantos y esperará la Tierra hasta el 2117 para ver de nuevo el tránsito de Venus sobre el disco aparente del Sol.

Si bien nos va, las elecciones, para dar con quién presidirá la República durante un sexenio, han de repetirse cada seis años, hasta que este regalo apenas desenvuelto se quede entre nosotros y aprendamos a aceptarlo como la caja de sorpresas en la que a veces encontraremos contento y a veces disgusto, pero cuyo designio hemos de aprender a aceptar sin remilgos como hacen quienes saben cuánto vale el tesoro que es la democracia vivida con sencillez, disciplina y naturalidad. No es juguete lo que hemos conseguido, sin embargo, muchas veces lo tratamos como tal y hasta se nos antoja el gusto de jalonearlo para ver cuánto resiste.

gane

A nadie le gusta aceptar que gane su contrincante, pero justo en la aceptación sencilla de tal disgusto está la esencia del tesoro.

En abril del año 2000, cuando medio país desconfiaba del otro medio y abundaban quienes tenían reticencia por el IFE que entonces presidía el admirable José Woldenberg, escribí:
“Es mi certidumbre y la de otros muchos, que el Instituto Federal Electoral trabaja seriamente para que las elecciones en nuestro país sean creíbles. Por eso, yo que acostumbro desconfiar de tantas cosas, triviales o cruciales, que con tan admirable fe creen tantos otros, creo en el IFE. Y voy a creer en los resultados electorales que el IFE dé como ciertos.

”Porque suficientes candados, marcas indelebles, padrones impresos con fotografía, y gente de buena de fe hemos puesto en él, como para desconfiar de su veredicto y su honradez.

”Gane quien gane, los perdedores podríamos ser todos si no somos todos capaces de creer que ganó quien el IFE nos diga que ha ganado.

”Sea la voluntad mayoritaria poner sus pasiones, deseos y confianzas en quien sea. Y le guste o no le guste a cada quien lo que sea, lo único de verdad importante, tras las elecciones, será la fuerza con que todos podamos creer en que ganó quien el IFE diga que ha ganado, haya sido o no haya sido nuestro candidato predilecto”.

No es elegante citarse, pero lo hago porque no doy ahora sino con las mismas certezas. No era Fox mi candidato, pero fue quien ganó. Y para nuestro bien, el país lo creyó y no hubo tras las elecciones ni caos, ni vértigo, ni furias. Algo de éxtasis y cursilería, sin duda que tuvimos. Claro, ganó el que supuestamente no iba a ganar, el que estaba previsto que perdiera las elecciones porque un mal superior se las robaría, así que, ¡gran sorpresa!, no hubo fraude. ¡Qué decepción para los agoreros del abismo!, el IFE no hizo trampa, el gobierno federal reconoció el resultado que no favorecía a su partido y casi todo el mundo quedó encantado. Muchos pensamos entonces en que la credibilidad del IFE sería, desde ese momento, como la altura de los volcanes, una certeza irrevocable. Y lo creímos no sólo porque para todos resultó clara la honradez de su presidente y sus consejeros, sino porque la institución completa, con todo y los miles de ciudadanos que por sorteo y voluntad cuidan las elecciones, quedaron a salvo de la duda. Desde mi punto de vista, tal logro se respetaría para siempre, pero por desgracia no duró mucho el gusto. Al poco rato no faltó quien saliera con que lo hecho en México no está bien hecho. Y otra vez a poner en duda todo. Al IFE de ahora no le va tan bien como al de 2001. Sin embargo, la gran mayoría de quienes han trabajado como voluntarios, como observadores, como representantes de partido y como votantes de buena fe, en los procesos que ha organizado el IFE y revisado el TRIFE, siguen confiando en él. Yo con ellos. Gane quien gane, he de creer en lo que digan los resultados que certifique el IFE. Aunque no me gusten. Y que me digan ilusa otros ilusos. Pero que quiera la buena índole de cada mexicano confiar en que gane quien gane no será de mentiras, ni de trampas que estará hecho nuestro esfuerzo.

Quienes tenemos pasión por el futuro, sabemos que llega rápido y que se confunde con el presente. Apenas lo adivinamos y ya empieza a irse. No hago las cuentas de Einsten: hace 12 años del 2000. Y hace 44 del 68. No podemos creer que el mundo sea igual al de antes. O que es posible repetir el pasado. Díaz Ordaz es irrepetible. Como tampoco pueden repetirse los estudiantes de aquellos años ni es necesario inventarles a los de hoy un valor del tamaño del de aquéllos. Por fortuna, quienes ahora tienen a bien o a mal protestar en las calles, a lo más que se arriesgan es a una insolación. O a un puesto público. ¿Y Echeverría? Por favor. ¿De dónde iba a salir alguien igual y cuánto tiempo lo aguantaría un país como el que hoy tenemos?

No es que en todo andemos mejor. Al final de los años setenta, yo salía de trabajar a las diez de la noche y caminaba por la calle de Bucareli comiéndome un Gansito sin correr más riesgo que el de engordar como lo hacía. Pero se consideraba que la ciudad de México era peligrosa, aunque la criminalidad de entonces era un juego comparada con la de hoy. Sin embargo, en muchas otras actitudes, pensares, situaciones, la vida es mejor ahora y no puedo figurarme que se quiera o se pueda volver a lo de antes. La ética es distinta, los silencios, más breves o más claros, no están hechos para acallar. Si acaso, nos calla, a veces, la boruca. Y se juega con lo que era impensable. Y no se teme al gobierno ni a los famosos poderes fácticos. Al menos en los diarios nacionales que se publican en la ciudad de México, en los noticiarios, la internet y la radio cada quien canta la música que se le da la gana. No me imagino que en el noticiario del Canal 2 que dirigía Emilio Azcárraga Milmo, hubiera sido posible una colección de opinadores tan disímiles como los de ahora. ¿Monsiváis y Elena Poniatowska, en el Canal 2 de entonces? Impensable. Y no lo digo, ¡cuidado!, con el propósito de defender a la malévola empresa, sino para describirla. ¿Tiempos iguales para cada candidato pagados por el Estado? Qué extravagancia hubiera sido aquélla.

Yo no sé contarlo con números, yo cuento con los ojos. No veo ningún escritor en una cárcel con los muros de agua, ni un pintor, ni un músico, ni un místico metidos a la cárcel por pensar diferente. Yo veo un país más grande y menos inocente, veo que a mis hijos les parece lógico que haya comisiones de derechos humanos y consejos culturales y becas para investigadores. Veo que la ciudad de México lleva 18 años gobernada por los representantes de un partido distinto al de quienes tienen la presidencia de la República y que a nadie lo angustia que el PRD tenga aquí una mayoría soviética como la que antes tenía el PRI que sí nos angustiaba. Porque lo mismo se repetía en todo el país. Ahora gana quien gana y así es. Para este momento no sé quién habrá ganado la presidencia de la República pero como no haya caído un asteroide, el gobierno del Distrito Federal lo habrá ganado el PRD y no hemos de poner ni sombra de duda sobre esa elección. Aquí conviven los distintos poderes, a ratos hasta con elegancia. Mayoría es mayoría. Y quienes no la tienen la padecen, pero sin sujeción ni mucho menos miedo. Un director de escuela era más temido en los años cincuenta de lo que es ahora el presidente de la República. Al regente de la ciudad lo nombraban en Los Pinos y a los gobernadores de los estados en Los Pinos y a los diputados federales en Los Pinos y al achichincle del achichincle del piojo municipal en Los Pinos. Restaurar los modos de otros tiempos me parece impensable. ¿La lógica de otros tiempos? Por fortuna eso ni el PRI, ni el PAN, ni San López Obrador. Todo el que está en sus cabales sabe que tal cosa es imposible aunque hubiera quien la intentara. Y no veo que haya quién. Por fortuna el pasado no era mejor y ni a quien se le ocurra. El arzobispo don Octaviano Márquez y Toriz extendiendo su mano envejecida, para que los niños besáramos la piedra roja de su anillo, ya se murió hace siglos y con él las maneras políticas del gobernador de aquellos años se hicieron polvo hace tiempo. Los jóvenes no imaginan la época en que los condones se vendían con misterio y se compraban con culpa, la virginidad era un bien, la homosexualidad un delito, y el fraude electoral un acto patriótico del que todo mundo sabía y nadie hablaba. No vayamos más lejos: Bartlett y su sistema caído suena a rancio. Incomible sería en estos días.

Cuando entré a mi primer trabajo me advirtieron en el periódico que yo podía escribir en contra de quien se me viniera en gana, menos del presidente, el ejército y la Virgen de Guadalupe. Cambian los tiempos. Ahora es valiente quien se atreve a no hablar siempre mal de quien gobierna. A escribir que el presidente no es un asesino. Es valiente quien reconoce algún valor en el ejército. Y, eso sí, sigue siendo valiente quien dice que la Virgen de Guadalupe es una fantasía popular y no una verdad insondable. Pero de esos valientes hay pocos. Porque hay audacias raras y difíciles. No estar con la mayoría es una de ellas.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.