Escribió Rosario Castellanos: “El que se va se lleva su memoria,/ Su modo de ser río, de ser aire,/ De ser adiós y nunca”.

asombro

Está claro que, entonces, ella no pudo o no quiso imaginar de qué modo iban a quedarse, entre nosotros, su memoria, su río, su aire, su hasta siempre.

Los premios son tesoros que a las mujeres nos cuesta recibir. Lo sé como sé la voz con que respondió Cristina cuando llamé para felicitarla. Lo sé como sé su sencillez, su algarabía, su andar de un lado para otro de esta ciudad tan incansable como sólo ella, que la recorre, con el aliento en vilo, cien veces por semana.

Mejor elegida no pudo estar la primera mujer que trenzaría su nombre al de Rosario Castellanos, recibiendo un premio, que así se llama en honor a esa pionera, a esa poeta extraordinaria, a esa dueña de una voz iluminada por la tristeza y la ironía, por una lucidez que lastima y una pasión que impone a su poesía la verdad y la inteligencia como una ley inapelable.

Igual que quien da a beber agua, a muchas de nosotras nos enseñaron el valor para enfrentar las tristezas, las pérdidas, la condición sin reparo de algunas desventuras. Y hubo quien aprendió mejor que nadie. Sin duda Rosario Castellanos. Sin duda Cristina, niña que supo de carencias y que las cobijó para volverse fuerte, audaz, trabajadora. Alegre.

“Considera, alma mía, esta textura/ Áspera al tacto, a la que llaman vida./ Repara en tantos hilos tan sabiamente unidos/ […] Y odia después, si puedes”, escribió Rosario Castellanos.

Buena cara al mal tiempo sí que aprendimos de mujeres con la fuerza de Rosario Castellanos, pero no nos enseñaron con la misma consistencia a recibir la buenaventura como algo más que merecido. Como algo que celebrar sin matices, sin dudas y sin culpa. Por eso importa mucho empezar a recibir el bien con orgullo y felicidad, como hizo Cristina, mujer de índole bravía y pies apresurados.

Viva como pocos en esta ciudad a cuyo imperio de locura se pliega sin reparo, desde que la recuerdo, Cristina trabaja más que nadie. Y, para nuestra fortuna, buena parte de su trabajo se ha dedicado a bendecir, con su mirada y sus palabras al país en que vivimos, al arte que aquí se hace.

No conocí a Rosario Castellanos, pero he sido, como tantas, su lectora voraz y su amiga encerrada en el enigma de la amistad que se teje leyendo, como quien escucha. Creo que le hubiera gustado vivir para dar este premio.

Resulta una alegría saber que su nombre y su estirpe se han puesto en un reconocimiento que enfatiza el valor de quien trabaja en mirar, tejer, ir haciendo y rehaciendo lo mejor que tenemos.

Crear este premio es darle a Rosario un premio que no tuvo. Dar el primer reconocimiento a Cristina, ha sido un acierto al pie de la letra.

Estoy segura, porque sé de la belleza y la intensidad con que Rosario contaba el mundo, y admiro la convicción con que escribe Cristina, de que ellas tienen mucho en común. Quizás a ella le tocó sonreír menos, pero supo apiadarse tanto como ha sabido hacer la voz de Cristina. Y decirlo con la misma insistencia, como una declaración de fe, como un viaje al corazón de la noche. Ella supo mirar a los otros y padecer con ellos, Cristina has sabido compadecer y contar la injusticia. Muchas veces, descubrírnosla.

La ha puesto en la mano de su conversación con gente a la que oímos como por primera vez, se acerca a los otros con la naturalidad de quien, por distinta que sea su índole, no encuentra extraños a los desventurados, pero tampoco envidia a los bien elegidos, ni teme a los poderosos, ni transige, ni lastima, ni se niega a buscar la luz de cada día, según venga la cuesta y el acantilado.

Cristina sabe que de repente camina por el borde de un abismo y lo hace casi feliz, rescatando la pena y el valor de otros, oyéndolos con la ceremonia generosa de quien sabe escuchar para luego ir explicando con los puros ojos o las nuevas preguntas —si es en la tele—, con el modo en que entreteje los párrafos —si es que escribe—, de qué se trata cada persona que, en sus palabras, tras su mirada, se vuelve un personaje.

“El mundo era la forma perpetua del asombro”, escribió Rosario Castellanos. No sabía entonces de Cristina, pero contó cómo es que mira.

“Y el silencio, una simple condición de las cosas”, dijo. No sabía de sus oídos, pero adivinó la paciencia curiosa con que escuchan.

Lo mismo quienes vivimos en esta ciudad, que quienes la miran de lejos, igual quienes la aman o le temen, todos sabemos que es arduo caminarla, ni se diga con la terquedad y el valor que Cristina ha puesto y pone en ir hasta el más mínimo de sus recovecos.

A la largo de sus años como periodista, Cristina ha entrevistado a los personajes más extravagantes, preguntándoles, con la tenacidad de una bordadora, hasta el último detalle de su quehacer para acercárnoslo de tal modo que nada quede en ellos que no sea también nuestro.

Las entrevistas son la fe de Cristina. Y lo mismo conversa con cantineros, con albañiles, con madres de cinco hijos y mujeres de cinco padres, con taxistas, cantantes de barrio, poderosos de todas las esquinas, santeras, policías, ladrones, músicos, boxeadores, científicas, brujas, hadas, cuenteros, médicos, feministas, marchantas, mujeres que trabajan en la calle y santas que viven en casas sin ventana. Díganle un quehacer a Cristina, y en Aquí nos tocó vivir, su ya entrañable programa de televisión, ella ha encontrado diez de cada uno.

No se olvida lo esencial, lo que alguien deja en nuestro ánimo como una impronta.

Conocí a Cristina una mañana, muy temprano. A las ocho, que para mí ahora es la madrugada y para ella, desde siempre, es mediodía. Todos los viernes hacíamos una reflexión para un noticiario semanal. Íbamos hasta el casco de Santo Tomás, para decir nuestra verdad en tres minutos y tardar en grabarla una hora y media. El tiempo que ahora se va tan rápido, se hacía largo esas mañanas.

Cristina llegaba siempre corriendo y siempre se iba corriendo.
—¿A dónde va Cristina con tanta prisa? —me preguntó alguien una vez.
—A hacer algo útil —le dije.

Porque Cristina siempre estaba y está haciendo algo útil. Siempre es el otro, lo otro, los otros. Siempre su vocación de asir el mundo con un ávido intento de descifrarlo.

Sabe, porque lo atestigua del diario, que entre más mira, más le falta contar. Así que no conforme con ir de un reportaje a otro, ha escrito libros de ficción, ensayos y entrevistas. Ha escrito incluso lo más difícil de escribir: cuentos para niños. Y nada la detiene, ni un minuto se le va como arena entre las manos. Por eso le agradezco a la fortuna que haya querido entrevistarme algunas veces. Porque sentadas frente a las cámaras del Canal Once, o en el rincón de un café o en mi casa, la detuve, y hemos hablado con soltura y tiempo, de libros, pasiones y desafíos como sólo se habla con ella, como sólo ella sabe provocar que uno le hable.

Cualquiera que haya pasado por sus preguntas y su agudeza estará de acuerdo conmigo. Y somos miles.

Cristina se presenta a las conversaciones con la memoria precisa de todo lo que sabe, y el esmero en saber lo que no sabe. A los escritores se les acerca con su libro en orden, lleno de papelitos de colores en la orilla de las páginas. Y uno la ve llegar con todo el agradecimiento del mundo. Porque en nadie ha visto su afán. Ella no parece saber lo extraordinario que resulta su cuidado, pero el examen de conciencia al que uno queda sometido bajo su rigor, hace que ahí mismo descubra cosas que no conocía de sí misma.
Adivinar por qué escriben, por qué pintan, por qué tejen, por qué sueñan los otros. Cristina lo sabe. Porque se lo hemos dicho.

La primera vez que vi a Cristina iba corriendo. Desde entonces y hasta ahora, Cristina va corriendo. Para que no se le escape ni un instante del mundo, para llegar a su casa, a su libreta, a su máquina y ponerse a crear el regalo que ha de darnos mañana.

A veces la vida es más generosa de lo que imaginamos, me alegró mucho saber que Cristina había ganado el premio Rosario Castellanos. Cautiva su vocación y el gozo con que la cumple. Me cautivó la serenidad feliz con que acudió a recibir nuestro agradecimiento y el de tantos.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.