Gabardina o abrigo de lana, sombrero enfundado hasta las orejas, guantes de piel, espejuelos, mostacho postizo y fistol con un enorme brillante de vidrio para adornar el infaltable gazné eran los elementos que componían el atuendo de Carlos Balmori, un supuesto millonario que a finales de la década del veinte del siglo pasado alardeaba de poseer una enorme fortuna y muchas ganas de favorecer, con cheques cuantiosos, a toda persona que le causara buena impresión. Un vozarrón y precisos acentos cosméticos en el rostro completaban el aspecto masculino del magnate ficticio. Halagados por la atención que recibían de parte suya, sus pretendidos beneficiarios se sometían a exigencias absurdas y soportaban injurias y malos modales.

púrpuras

Las balmoreadas (término que se formaba con la contracción del apellido Balmori y palabras como tantear, marear o chasquear, relacionadas con el verbo engañar) fueron fiestas privadas que se llevaron a cabo por las noches, en alguna vivienda modesta de la capital del país o sus alrededores. Su propósito era ofrecer un esparcimiento de efectos moralizantes mediante la exhibición de las ambiciones y flaquezas de las personas dispuestas a ponerse a los pies de don Carlos a cambio de recibir jugosos cheques, empleos lucrativos o recomendaciones que les ayudaran a solucionar sus problemas. Al cabo de unas horas, los fabulosos ofrecimientos se evaporaban en un tris, y se descubría que todo era una escenificación fraguada por un grupo de amigos reunidos en torno a Concepción Jurado, una mujer de más de sesenta años de edad, cuya personificación del millonario español Carlos Balmori, propietario de minas, pozos petroleros, fábricas, predios urbanos, una colección inigualable de esmeraldas o lo que se ofreciera, convenció por igual a hombres y mujeres mareados por la posibilidad de obtener dinero fácil.

El periodista Antonio Delhumeau, uno de los principales animadores de las balmoreadas y su mejor cronista, asegura que a lo largo de cinco años las balmoreadas involucraron a más de tres mil personas que acudieron por invitación a alguna de las reuniones celebradas entre 1926 y 1931, en ocasiones hasta tres veces por semana. Al recuperarse de la sorpresa que provocaba el descubrir que Carlos Balmori no era un adinerado inmigrante ibérico sino una afable anciana, capaz de emular el porte y comportamiento masculinos de un magnate español imaginario, la mayor parte de las víctimas se convertían en cómplices y organizadores de la siguiente balmoreada. Colaboraban haciendo invitaciones y ofreciendo información personal detallada que le permitiera a Carlos Balmori/Conchita Jurado conocer a fondo las aspiraciones de sus próximas víctimas y seducirlas con ofrecimientos que correspondieran a sus deseos.

El detective Valente Quintana, el caricaturista Ernesto García Cabral, el pintor Roberto Montenegro y el torero Roberto Gaona, fueron algunas de las personalidades que creyeron haber hallado en Balmori la oportunidad de su vida. También hubo personas comunes entre los balmoreados, como aquel vendedor de bienes raíces de las Lomas de Chapultepec que aceptó abandonar su empleo para trabajar en la venta de lotes en la colonia del Valle —uno de los fraccionamientos que extendieron el límite sur de la ciudad, donde supuestamente se ubicaba la mansión de ensueño en que habitaba el español— en busca de la oportunidad que habría de ofrecerle una ganancia diez veces mayor dentro del redituable negocio de la especulación inmobiliaria.

Para medir la ambición de las personas Balmori solía hacer demandas absurdas a las que los balmoreados generalmente accedían con tal de no caer de su gracia. El vendedor inmobiliario había resistido las súplicas de su novia de cortarse la barba, pero aceptó hacerlo en el acto ante la insistencia de Balmori. El caricaturista Ernesto García Cabral, por su parte, accedió a bailar tango en público.

Fue una proeza engañar a observadores agudos de la naturaleza y gestualidad humanas como el dibujante Ernesto García Cabral o el detective Valente Quintana, renombrado por haber descubierto el acceso secreto al convento de Santa Mónica, en Puebla, durante la persecución religiosa, y por ser jefe de la policía capitalina a lo largo de varios años. A instancias de Francisco Portes Gil, director de la Beneficencia Pública y hermano del presidente de la República, se planeó una balmoreada para Emilio Portes Gil que, sin embargo, no llegó a concretarse a causa de la deteriorada salud de Concepción Jurado.

Con su dosis de riesgo, las balmoreadas debieron ser emocionantes en distinto grado. A mí me hubiera gustado presenciar sobre todo las chasqueadas a la pléyade de señoras y señoritas, de diversa edad y estado civil, solteras, viudas y hasta una que otra señora casada que, movidas por la ilusión de salir de pobres y llevar una vida suntuosa, aceptaron propuestas matrimoniales del español de aspecto estrafalario; algunas bodas se efectuaron de inmediato con documentos y jueces falsos. Aunque hubo muestras de lealtad amorosa, Balmori provocó la ruptura de promesas y de compromisos matrimoniales. Alguna chica creyó que efectivamente llegaría a vivir en la elegante residencia del Parque Lira, en Tacubaya, según se lo prometió el millonario derrochador. Casi ninguna de las prometidas de Balmori puso reparos a la edad indefinible de aquel hispano, que lo mismo podía ser un cuarentón envejecido que un octogenario de aspecto juvenil. Jamás se quitaba el sombrero bajo el cual era fácil imaginar una cabeza calva, quizás cubierta por un bisoñé, pero no las trenzas encanecidas de Conchita.

Por más que Concepción Jurado fuera dueña de su personaje y dominara sus puestas en escena, no faltó quien lograra marear al propio Carlos Balmori. Con ayuda de un actor profesional, Valente Quintana fingió un asesinato sangriento que sacó de sus casillas a Jurado. Y hubo una coqueta jovencita, llamada María Antonieta, quien asistió a una balmoreada luciendo un vestido corto a la flapper, colorete en las mejillas, labios carmín y un llamativo sombrerito rojo. Desinhibida, María Antonieta convivió con otras invitadas, se sentó en las piernas de varias y respondió al flirteo del impertinente español. Para sorpresa de Balmori, en el momento preciso, la audaz joven se desprendió de su atuendo femenino para revelar que María Antonieta era un muchacho imberbe que se había prestado para balmorear a Balmori.

Nacida en un barrio popular de la ciudad de México en el año de 1864, Conchita Jurado desplegó sus habilidades histriónicas desde joven. Con la complicidad de su hermana Angelina se hizo pasar como un novio decidido a propasar los límites de la decencia y engañó a su propia familia; y llevó a su padre y a su tía al límite de la exasperación. En otra ocasión, Conchita y Angelina se hicieron pasar por un matrimonio y engañaron al párroco de la iglesia de San Miguel, quien bautizó a un muñeco de cera bien arropado al que presentaron como su hijo. Una de los mimetizaciones favoritas de Conchita era disfrazarse de limosnero y obtener algunas monedas de sus amigas de la escuela, quienes nunca reconocieron a su compañera de clase en el pordiosero que tocaba a la puerta de sus casas. Se cuenta que Conchita pasó por la Escuela Normal y es posible que no terminara los estudios, pero poseía la inteligencia y la cultura suficientes para ostentarse como un hombre de mundo e improvisar sobre las diversas ramas de actividades de los balmoreados, a partir de la información que sus cómplices le proporcionaban.

Se desconoce si el personaje fue creación exclusiva de la propia Conchita, quien pudo inspirarse en alguno de los españoles dedicados al comercio que tenían gran visibilidad en la ciudad de México porfiriana o si el personaje se perfiló con la participación de los balmoreadores, un conjunto heterodoxo de hombres, veinte o treinta años más jóvenes que Concepción, fascinados con su capacidad actoral y voluntad para llevar a cabo las bromas que le proponían. Figuraban en este círculo el periodista y regidor del ayuntamiento de Mixcoac, Antonio Delhumeau, quien decía ser el apoderado legal de Balmori, Carlos Noriega Hope, director por varios lustros del influyente semanario El Universal Ilustrado y autor de guiones cinematográficos, el médico Luis Cervantes quien se presentaba como el secretario del magnate y cargaba con una colección de chequeras de bancos de distintas ciudades del mundo de las que el millonario impostor echaba mano con prodigalidad. Rafael Heliodoro Valle, poeta y bibliógrafo hondureño —quien participó de las sociabilidades eróticas homosexuales que Salvador Novo describió en La estatua de sal, las memorias de sus aventuras sexuales de juventud—, tuvo a su cargo el obituario de Conchita Jurado, fallecida en 1931, y recordó las “noches púrpuras” en las que “los que participaban del secreto se rendían ante la magia de la mentira, porque la realidad era inferior a los sueños” pergeñados por Balmori/Jurado.

En la década del veinte, cuando las inversiones estadunidenses fueron ganándole terreno al capital europeo, el personaje del español Carlos Balmori tenía algo de la nostalgia por los tiempos idos que las populares Coplas de Don Simón, de origen decimonónico, celebran con el estribillo final: “Qué tiempos, señor Don Simón”, invocadas una y otra vez en la época posrevolucionaria como una crítica a los efectos de la modernización manifiesta en el relajamiento de las costumbres en los estilos de vestir de hombres y mujeres.
Las balmoreadas contenían una crítica al rápido enriquecimiento de las elites políticas y económicas de la posrevolución. Eran tiempos de cambio socioeconómico, recuperación demográfica, alfabetización, crecimiento urbano y modernización; de aliento a la industrialización y a la inversión pública y privada; fue cuando se fundaron instituciones cruciales como el Banco de México. Sin embargo, los años de auge del balmoreo, de 1926 a 1931, fueron de desaceleración económica —caída de precios de las importaciones, declive de ingresos del gobierno y aumento de gastos militares para la guerra cristera y culminaron con el crack de 1929 que tantas ilusiones quebró—. A su manera, las puestas en escena de Balmori mitigaron el desencanto que golpeó al país en esos años.

Tras el fallecimiento de Concepción Jurado, en 1931, Carlos Balmori se convirtió una celebridad mediática. A las noticias de su muerte siguieron historietas, obras de teatro de revista y libros enteros dedicados a contar su impostura. En el Panteón de Dolores sus amigos le construyeron un sepulcro cubierto de piezas de talavera pintadas que narraban las hazañas del millonario impostor. La vistosidad del pequeño mausoleo abonó la celebridad del personaje y las revistas estadunidenses Time y Life dieron cuenta de sus proezas en reportajes publicados a mediados de los cuarenta y principios de los sesenta, respectivamente.

Los múltiples recuentos de la leyenda urbana de Carlos Balmori destacan la crítica moral que las balmoreadas hacían a la codicia, la cobardía y miseria espiritual que afloró en la sociedad posrevolucionaria, pero casi siempre eluden mencionar el ambiente de tolerancia a la diversidad sexual que se respiraba en esas fiestas. En alguna ocasión, Balmori entonó una versión iconoclasta de las Coplas de Don Simón que, con su ambigüedad característica, celebraba al tiempo que fustigaba y hacía visibles a aquellos hombres

Que hoy los vemos con su cuello abierto
Para lucir su horroroso esternón
Sus peinados con rayas y onditas…
¡Cuánto joto, señor don Simón!

Una de las alusiones directas a la diversidad sexual de las balmoreadas aparece en la versión que el actor Enrique Alonso Cachirulo reconstruyó a partir de recuerdos familiares. Según este recuento, la madre de una jovencita chasqueada llegó a aceptar, por un momento, que Carlos Balmori fuera una lesbiana interesada en su hija, siempre y cuando mantuviera sus promesas económicas.

Las balmoreadas pueden verse, entonces, no sólo como actos de crítica social al enriquecimiento de las elites posrevolucionarias sino como un episodio silenciado de la historia de la diversidad sexual en México. La caracterización transgenérica que Concepción Jurado hizo de Carlos Balmori en la última parte de los fabulosos años veinte mexicanos es, también, una muestra de que masculinidad ha sido y es una construcción social y una identidad performática y no una esencia o naturaleza inflexible de las personas.
¡Ay tiempos aquellos de noches púrpuras con don Carlos Balmori!

Gabriela Cano.
Profesora-investigadora de El Colegio de México y autora de Se llamaba Elena Arizmendi y antologadora de Amalia de Castillo Ledón. Mujer de letras, mujer de poder.