Hay esa ciudad detenida en el tiempo donde siempre imaginé deambulando a mi padre. Es la ciudad vieja de la posada donde fui a encontrarlo el año de 1996, luego de cuarenta años de no verlo. Esa ciudad transcurre en mi cabeza como en una vieja película de blanco y negro, borrosa y con rayones.

padre

Es la ciudad del antiguo Frontón México, de los tranvías desaparecidos salvo por el vestigio de sus rieles que doblan en cualquier esquina para ser tragados después por el pavimento, rumbo a ninguna parte; la ciudad que encarnan para mí las calles de Edison y Emparan, Morelos, Bucareli, Ayuntamiento, Abraham González, calles de edificios bajos y zaguanes oscuros, de mansiones vueltas vecindades y palacios travestidos en oficinas de gobierno. Uno de estos palacios alberga a la Secretaría de Gobernación, vieja sede de la política mexicana, tan parecida a su entorno de opulencias degradadas, este aleph de cantinas y fondas, consultorios de médicos venéreos, abogados naufragantes, antros de rumba, expendios de periódicos, hoteles, funerarias, comercios con mostradores a la calle, coches que atestan las esquinas y amagan a peatones que atestan aceras pródigas de charcos, cáscaras y colillas de cigarrillos con filtro, eterna novedad de esta ciudad bullente, que se sobrevive a sí misma en su pujante decrepitud.

Esta es, desde mi adolescencia, la ciudad que se ha tragado a mi padre, la que lo ha fijado en su magma como a un insecto entre los cristales de un museo de historia natural donde puedo mirarlo cuando quiero. Durante los años de su ausencia mi padre comparte con estas calles el linaje de una ciudad afantasmada que tiene su edad. En esa parte de la ciudad detenida en el tiempo, ha vivido mucho tiempo él, detenido en mi memoria.

El viernes 24 de noviembre de 1996 mi padre, que se ha ido de mi casa en 1958, salta de la ciudad donde vive y se hace presente en la mía. Llego a la revista nexos a las doce de ese viernes y me dice Martha Elba Gallegos, mirándome fijamente:
—Te llamó Héctor Aguilar Marrufo.

Es el nombre completo de mi padre. Martha sabe bien lo que me dice, por eso lo dice así.
—¿Qué dijo?
—Que estaba en la oficina de unos abogados. Que se estaba quedando en una posada donde no tiene teléfono. Que él volvía a llamar.

Llamó a las tres de la tarde.
—Héctor Aguilar Marrufo —dijo Martha por el auricular.

Apreté el botón y tomé la llamada.
Dije:
—¿Cómo estás?
Eran las primeras palabras que podía dirigirle en décadas.
Me dijo:
—No te había llamado porque me caí.
—Sólo que sea por eso —dije para mí.
—Estuve inválido y me he estado reponiendo.

Habla, lo sabré después, de un accidente que sufrió hace once años, mientras mudaba los muebles de su oficina desbaratada por el terremoto de 1985.

Tiene una voz tenue, irreal. Le digo que iré a verlo el lunes, cuando vuelva de la Feria del Libro de Guadalajara. Me pide que lo vea esa misma noche. Me da su dirección, la dirección que he buscado cuarenta años. Vive en una posada de la calle de Ramón Alcázar número 24, interior 104, atrás del Frontón México.

Pienso, redundantemente, que lo he imaginado siempre en esos rumbos de la ciudad, en la ciudad de atrás del Frontón México, con sus calles luídas, mortecinas de hoteles de cuarta, bares turbios, edificios malolientes, tintorerías y borrachines.

A las ocho de la noche llego a su encuentro. Me estaciono frente a la Posada Alcázar bajo la luz del único arbotante que sirve de la calle. Doy su nombre a la mujer que hace las veces de conserje de la posada, la cual asiente, se levanta y se pierde en un patio oscuro sin decir palabra. Espero de pie, caminando de un lado a otro, como en una mala película de los cincuenta. Oigo voces por el patio y veo la luz de una lámpara ciega bailando en la oscuridad como una luciérnaga. La mujer que hace las veces de conserje viene adelante.

Atrás viene renqueando un hombre con la lámpara encendida moviéndose al vaivén de sus pasos. No reconozco nada en él. Pienso que es el chofer o el ayudante de mi padre que va a guiarme hasta él. Pero es mi padre: un hombre enjuto, encogido, con el pelo pintado de negro. Camina encorvado en escuadra, la cabeza alzada como la de una tortuga mirando hacia mí con dos felices ojillos de loco, el rostro lleno de pecas, las cejas comidas por el tiempo, las piernas abiertas, ancianas, titubeantes de sus años.

No sé quién es, no sé cómo llegó hasta aquí este personaje decrépito, irreconocible, tan distinto del hombre corpulento y risueño, en tantos sentidos radiante que yo recuerdo, este hombre desconocido que es, sin embargo, idéntico a la ciudad perdida y consumida donde lo he puesto a vivir todos estos años, la ciudad fantasmal donde lo tiene atrapado, en venganza por su ausencia, mi memoria.

Aquí está frente a mí, lo he encontrado después de todos estos años, pero no es él, ni soy yo, somos nuestros fantasmas luchando por tocarse a través de la niebla, para volver a nacer y empezar la otra vida que enmiende la nuestra.

Héctor Aguilar Camín.
Escritor y periodista. Su más reciente libro es Pasado pendiente y otras historias conversadas.