Mi padre falleció la tarde del último domingo de junio de 2008. Recibí el día lunes dentro de una funeraria ubicada en Doctor Lucio. Pasé ocho horas en vela, por momentos sentada en un sillón flácido y por momentos de pie. Ha sido la madrugada más larga de mi vida, fue difícil gastarla en compañía de familiares a los que no había visto más de tres ocasiones. A mi madre le pedí que no fuera para evitarle un mal rato, ni antes ni después del divorcio se llevó bien con ellos. Así que la única persona en ese lugar, a la que sentía más cercana, estaba muerta. Los demás se entretuvieron hablando de lo gentil que había sido Alejandro Millares —su hermano, su tío, mi padre—, de sus últimos minutos de vida y de las aficiones que compartieron con él. Todos, excepto yo, de vez en cuando se asomaban al ataúd para rezar o llorar un poco.

Mi funeral en su honor

A las seis de la mañana del lunes me despedí, bajo el acuerdo de volver a las once para escuchar la misa y esperar la cremación. Elegí esa hora porque quería regresar en Metro a mi casa. No estaba de ánimo para meterme a un taxi y viajar acompañada del silencio o de la conversación de una sola persona. Quería ruido y tumulto. Entré a la estación Hospital General. Estaba en la línea 3, tenía que llegar a la 9 (Centro Médico) y, más tarde, cambiar a la 2 (Chabacano). Viajé en sentido contrario al río de gente que a esas horas circulaba por ahí. Yo me dirigía hacia el sur.

El inicio de ese viaje en Metro fue, también, el inicio del funeral que yo le ofrecía a mi padre. Las ocho horas anteriores pertenecieron a otros. Era el momento de quedarme a solas con él. De pie, recargada en una de las puertas del vagón, comencé a recordar.

Mi primer pensamiento fue sobre un comentario que uno de los sobrinos hizo la noche anterior. Dijo que a mi padre le gustaba ir los sábados a bailar danzón a la Alameda del Sur. Ese dato me ayudó a comprender por qué, durante varios años, me citó los sábados por la tarde en un Restaurant California que está muy cerca de ahí. Confieso que yo me sentía incómoda cuando lo veía llegar, pensaba que no hacía falta que atravesara un gran tramo de la ciudad cuando yo podía ir a un punto medio para los dos. Nunca se lo dije. A partir de ese momento abandoné mi añeja culpa y tuve la certeza de que para él era un sitio adecuado.

No sé si en este orden, pero también recordé la dulcería que está en una de las salidas del Metro Revolución. De niña siempre fue mi punto de referencia para saber que mi madre y yo estábamos a punto de subir a un taxi, que nos llevaría al lugar donde trabajaba mi padre: calle Abedules, frente a la chiclera Adams. Su oficina estaba en el tercer piso de una fábrica de ropa deportiva. Él se hacía cargo de la contabilidad. Tengo presente el olor dulce que llegaba desde las calderas de la Adams.

Otro momento apareció mientras yo seguía viajando en el Metro: el festejo de mi cumpleaños en el desaparecido restaurante Helen’s de Perisur. No sé por qué él decidió que ése era el mejor lugar para que yo comiera una rebanada de pastel, después de las rigurosas Mañanitas cantadas por los meseros. Prefería eso, en lugar de ir a las fiestas que organizaba mi madre en la casa. Creo que así fue desde mis cinco hasta mis diez años de edad.

No dejé fuera la imagen del padre orgulloso que me recibía al final de cada uno de los conciertos a los que me acompañó. Durante doce años estuve en una orquesta infantil y juvenil. No fueron pocas las veces que él me felicitó o que me tomó fotos posando con mi violín en la mano derecha y con el arco en la izquierda. Sólo una vez me entregó flores, fue en el teatro Julio Jiménez Rueda.

Mi funeral en honor a mi padre terminó en el Metro General Anaya, duró media hora, o tal vez un poco más. Había recorrido once estaciones y me faltaban cuarenta y cinco minutos de viaje en microbús. Dejé los recuerdos en paz, sólo tenía ganas de dormir mientras llegaba a mi casa. Aún tenía que volver por sus cenizas.

Kathya Millares. Editora.