Hace casi tres décadas la historiadora francesa Michelle Perrot se planteó —en una de las obras fundadoras del proyecto intelectual y político de colocar a las mujeres en el centro de las narraciones históricas (L’histoire des femmes ¿est-elle posible?, 1984)— la pregunta: “¿Es posible hacer una historia de las mujeres?”. La interrogante tuvo respuesta en trabajos de historiadoras de distintos países y una recopilación parcial de esas aportaciones se reunió en la Historia de las mujeres en Occidente, obra en varios volúmenes preparada por Perrot y Georges Duby. La invitación que recibí de Mary Nash para colaborar en la sección dedicada especialmente a España e Hispanoamérica fue un momento definitorio en mi carrera profesional. Sólo dos textos sobre México fueron incluidos, uno sobre la Nueva España, de Mónica Quijada y Jesús Bustamante, y el mío.

Hacía tiempo que venía reflexionando sobre si era posible hacer la historia de las mujeres y la política en México. En ese ensayo abordé el tema de las candidaturas a cargos de elección popular de Hermila Galindo, activista del constitucionalismo, Elvia Carillo Puerto, organizadora de ligas femeniles en el Yucatán posrevolucionario, y Refugio García, dirigente del Frente Único Pro-Derechos de la Mujer, quienes ejercieron un liderazgo político en el México posrevolucionario. Ninguna de las tres candidatas tuvo éxito en sus propósitos ni alcanzó mayor influencia política. Sin embargo, su liderazgo me resultaba muy significativo porque lo ejercieron en una época en la que muchas personas consideraban al sexo femenino como intelectualmente incapaz de comprender los temas políticos, además de que las mujeres carecían del derecho constitucional de participar en las elecciones.

En ese trabajo también abordé un episodio entonces casi desconocido de la historia del sufragio femenino: la fallida iniciativa de reforma constitucional que habría establecido el voto de las mujeres a finales del gobierno de Lázaro Cárdenas —y no casi 15 años después, en 1953, cuando finalmente se aceptó—. El episodio —también tratado por Esperanza Tuñón (1993) y Jocelyn Olcott (2005)— se incorporó al canon feminista de la historia de México, aunque permanece al margen de la historia de la democracia en nuestro país.

La presidencia de Lázaro Cárdenas ha merecido un cúmulo de estudios que enfatizan las reformas petrolera y agraria, el movimiento obrero, entre otros temas, pero aún las revisiones más recientes del periodo omiten o, si acaso, le dedican sólo algunos párrafos al tema del sufragio femenino y de las organizaciones femeniles. Para muchos es una cuestión irrelevante porque las mujeres prácticamente no tenían influencia en las decisiones políticas del país en esa época. No se trata, desde luego, de exagerar el protagonismo de las mujeres o de inventar personajes que no existieron, sino de profundizar en los procesos que construyeron la política como un espacio masculino que, por definición, excluía o desalentaba la participación femenina.

Cuando escribí sobre las candidatas del periodo revolucionario pensaba que el tema de la historia de la participación política de las mujeres despertaría un amplio interés en las generaciones protagonistas de la transición democrática. Sin embargo, no sucedió así: Hermila Galindo, Elvia Carrillo Puerto, Refugio García y muchas otras mujeres políticas activas en el siglo XX son, en el mejor de los casos, nombres más o menos conocidos en pequeños círculos pero no se han convertido en personajes reconocidos de la narrativa política nacional. No se ha profundizado en el significado de la actuación política de las tres candidatas del periodo posrevolucionario ni de muchas otras políticas destacadas, como Amalia de Castillo Ledón, la mujer más poderosa en el México de los años de la Guerra Fría. Tampoco se ha reflexionado sobre el significado de la incorporación de las mujeres al electorado.

Consecuencia del menosprecio por la historia de la participación política de las mujeres es que se ha hecho muy poco por rastrear y conservar los documentos que son la materia prima indispensable para construir relatos alternativos que devuelvan su protagonismo a las mujeres. La mayor parte de manuscritos, impresos y fotografías que registran el punto de vista de las mujeres políticas está irremediablemente perdido.

La pregunta enunciada por Michelle Perrot tenía una respuesta tajantemente negativa cuando yo estudiaba la carrera de historia. Salvo la excepción de sor Juana, las mujeres sencillamente no figuraban en los libros ni mucho menos se les mencionaba en los programas de cursos. Desde entonces, la historia de las mujeres ha ganado legitimidad tanto en los medios académicos como en la divulgación histórica, pero todavía le falta sustancia, especialmente en lo tocante a la relación de las mujeres con la política y el poder. Y es que a pesar de que en América Latina ya hay varias presidentas y la participación de las mujeres se incrementa día con día en nuestro país, el asunto de las mujeres poderosas sigue causando reacciones poco favorables que van del azoro al rechazo. Todavía carecemos de relatos que superen la invisibilidad de las mujeres en la política, que profundicen en su complejidad y que rebatan los persistentes mecanismos de poder que hacen del ámbito político un espacio masculino, reacio a la incorporación de las mujeres.

Gabriela Cano. Profesora-investigadora de El Colegio de México. Es autora de Se llamaba Elena Arizmendi y coautora de Género, poder y política en el México posrevolucionario.