El periodista británico que ha dedicado su vida a investigar los peores cataclismos
de todos los tiempos, ofrece un recuento sobrecogedor de los días más negros vividos
por el hombre

 

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Terremotos, erupciones, inundaciones, incendios, tormentas, tsunamis, plagas, hambrunas, guerras, accidentes. La humanidad lo ha padecido todo. Pero ¿cuál ha sido la peor catástrofe de todos los tiempos? Como siempre, depende. Si se busca aquella que destruyó a la porción más grande de la raza humana, ésa probablemente fue una erupción volcánica hace 74 mil años.

Sucedió en lo que hoy es el lago Toba, una zona hermosa y popular en la isla indonesa de Sumatra.

72 mil años antes de Cristo, más o menos un millón de nuestros antepasados caminaban la Tierra cuando una de las mayores erupciones volcánicas jamás registradas —se ha estimado que fue 28 veces más potente que cualquiera de los tiempos modernos— escupió ceniza durante 10 días. Como vimos en la reciente erupción de Islandia, el evento inicial no siempre es lo que causa más daño, sino el efecto de las cenizas que emite el volcán durante las semanas, meses y quizá años posteriores. En el caso de Toba, la ceniza bloqueó a tal grado los rayos del Sol que la Tierra padeció durante seis años un invierno volcánico con temperaturas que se precipitaron hasta los menos 15 grados centígrados.

La lluvia ácida acabó con la vegetación, los animales desaparecieron, y nuestros ancestros, congelados, murieron por hordas. De acuerdo con teorías recientes, la población de la Tierra se encogió de un millón a tan sólo 10 mil habitantes. Hoy en día, en ciertas zonas de India, aún se pueden detectar cenizas de aquella erupción que forman montañas de seis metros.

El desastre natural que causó el mayor número de muertes seguramente fue la gran epidemia de influenza de 1918, que acabó con la vida de 100 millones de personas en todo el mundo —seis veces el número de bajas civiles de la Primera Guerra Mundial—. Sus orígenes están rodeados de misterio. Aunque apodada “la influenza española” porque el primer caso se reportó en ese país en 1918, existen sospechas de que quizá comenzó a reclamar víctimas un poco antes en varias de las naciones involucradas en la Gran Guerra; la noticia bien pudo ser suprimida para no darle ánimos al enemigo. España, neutral en aquel conflicto, no censuró la información.
Cualquiera que sea la verdad, lo cierto es que, en España, ocho millones de personas cayeron enfermas, incluyendo al rey Alfonso XIII; muchas se recuperaron. Para la primavera del 18, el virus había infectado a mil soldados estadunidenses, que esperaban ser despachados al frente occidental en un campamento de Kansas. Durante 12 días, en mayo de ese año, la gran flota inglesa no pudo zarpar porque había 10 mil marinos enfermos.

Conforme avanzaba el año, la gripe se tornó cada vez más virulenta y, algo inusual en esta enfermedad, empezó a matar a los que se encontraban en la flor de la vida, en lugar de ancianos y niños. Muchos literalmente caían fulminados en las calles. En Río de Janeiro un estudiante de medicina contó que un hombre lo había detenido para preguntarle dónde estaba la parada del tranvía cuando, de pronto, cayó muerto. En Bombay 700 personas perecieron en un solo día.

Se probaron todo tipo de remedios. Mucha gente usaba máscaras. En Nueva York podías ser multado, o incluso arrestado, por estornudar en la calle, mientras que en Prescott, Arizona, las autoridades prohibieron el saludo de mano. En Nottingham, Inglaterra, rociaron las calles con desinfectante, pero nada parecía dar resultado y, mientras la tasa de muertos aumentaba, muchos doctores temían estar presenciando el fin de la raza humana.

Para fines de 1918 lo peor había pasado, pero en India ya habían muerto 17 millones de personas —la peor cuota en todo el mundo—, mientras que Indonesia tuvo 800 mil víctimas y México 300 mil.

Otra enfermedad que hizo creer a la gente que el fin del mundo estaba cerca fue la peste negra, que emergió en Asia en 1334 y mató una de cada tres personas en ese continente y en Europa durante 17 años. Un cura irlandés, moribundo, escribió un recuento de la pandemia “para que, en caso de que sobreviva algún hombre, de que algún miembro de la raza de Adán escape de la pestilencia, ésta no sea olvidada”. Un cronista italiano creyó que estaba consignando “el exterminio de la raza humana”.
Se cree que la peste negra fue una terrible mezcla de peste bubónica y sus aún más mortales primos: la plaga de neumonía y la de septicemia, aunque algunos expertos creen que en realidad se trató de una infección viral diferente. Aunque nadie lo supo entonces, la peste era transmitida por la pulga de la rata negra, que viajaba de polizón en los barcos, llevando consigo su cargamento mortal a lo largo y ancho de las rutas de comercio marítimo.

Bocaccio, el gran escritor italiano, recuerda que, cuando la epidemia atacó Florencia, el terror se diseminó de tal forma que “el hermano abandonaba a su hermano, y el tío a su nieto, y la hermana a su hermano, y también la esposa al esposo”. Incluso los padres se negaban a cuidar de sus hijos enfermos.

Puede que Florencia haya perdido más de la mitad de su población, Londres un tercio, París y Aviñón un cuarto. Los curas escapaban, abandonando sus congregaciones. Muchos de los muertos eran simplemente arrojados a las fosas comunes. En Basilea, la gente construyó un edificio de madera en una isla en el Rin. Metió a la fuerza a todos los judíos y le prendió fuego. Hubo masacres parecidas en muchas otras ciudades.

Aunque un vendaval de enfermedad no es bueno para nadie, la peste negra hizo que los salarios de muchos trabajadores —que de pronto se volvieron un bien escaso— se dispararan por las nubes, y muchos de ellos tomaron las casas de sus grandes señores —muertos por la enfermedad— disfrutando por primera vez en su vida de las comodidades de dormir en una cama y comer con cuchara de plata.

Cuando la enfermedad ataca una población que no está inmunizada frente a ella, los efectos pueden ser particularmente devastadores. Los conquistadores españoles que llegaron al Nuevo Mundo en el siglo XVI aterrorizaron a los indígenas con sus artefactos que escupían fuego, pero en realidad traían consigo un arma mucho más mortífera: la viruela. En 1507 esta enfermedad se convirtió en una epidemia mortal entre los indígenas de La Española y, en 1519, un segundo brote mató a un terció de sus habitantes antes de extenderse y devastar Puerto Rico, Jamaica y Cuba.

Eso sucedió por el tiempo en que Cortés desembarcó cerca de Veracruz con una fuerza de 550 hombres. El 8 de noviembre Cortés llegó a la legendaria capital del imperio azteca, Tenochti-tlán. El emperador Moctezuma lo recibió con la mayor cortesía pero, como cuenta la historia, la sospecha mutua creció rápidamente, desembocando en la serie de conflictos que causaron la muerte del emperador.

Los españoles se las arreglaron para huir de la ciudad. Dos semanas después de su marcha, los aztecas empezaron a caer enfermos de viruela, que es una de las enfermedades más fáciles de transmitir en una ciudad populosa. La llamaron “el gran brote” y la gente estaba aterrorizada ante las “agónicas úlceras” que los cubrían “de la cabeza a los pies”. Se esparció como fuego en el bosque, y aquellos que no perecieron a causa de la enfermedad morían de hambre ya que la comida empezó a escasear.

Fue imposible enterrar a todos los muertos y, algunas veces, cuando moría una familia entera, simplemente derribaban la casa sobre ella. Cortés regresó con un ejército mucho más grande, y finalmente acabó con la férrea resistencia azteca. Cuando entraron a la ciudad no podían caminar por las calles, ya que a cada paso se tropezaban con los cadáveres. La viruela pudo haber matado al menos a la mitad de la población, y a las afueras cualquier pueblo parecía haber corrido con la misma suerte. Al sur, los incas también fueron devastados; el virus reclamó la vida de su poderoso rey Huayna Capac, y segó a la población de siete a un millón. Nuevas enfermedades como las paperas y el sarampión también hicieron lo suyo.

Desde luego, las enfermedades reclaman víctimas a lo largo de meses y años, mientras que cataclismos como las inundaciones pueden matar a decenas de miles en unas pocas horas, aunque, como en el caso de la erupción de Toba, realizan su labor más letal gracias a las enfermedades y las hambrunas que desata el evento principal. Es el caso de las dos inundaciones más crudas de los tiempos modernos. Las dos tuvieron lugar en China. Una involucró al Río Amarillo —conocido como “la desgracia china” porque sus bancos revientan a menudo— en 1887, y la otra al Río Amarillo y al Yangtsé en 1931. Es difícil encontrar datos precisos, pero se estima que 2.5 millones de personas murieron en 1887, mientras que en 1931 la cifra rebasó los tres millones. Esto las convertiría en el peor cataclismo de todos los tiempos.
Este año hemos presenciado el poder mortal de un terremoto: 230 mil muertos en Haití. Sin embargo, el peor terremoto jamás registrado tuvo lugar en China, en enero de 1556, el cual mató a 830 mil personas. Golpeó un área densamente poblada de la provincia de Shaanxi, y muchas de las víctimas fueron gente que vivía en cuevas que habían escarbado en la tierra. En otros pueblos la gente fue tragada por las enormes grietas que se abrieron en el suelo.

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Por lo general, quien se ve atrapado en un terremoto se enfrenta al dilema de permanecer en su casa —que bien puede quedar afectada y corre el riesgo de desplomarse en una réplica— o de salir a la calle. Un estudiante llamado Qin Keda, que sobrevivió al terremoto de Shaanxi, consignó que la gente debía permanecer en sus casas “simplemente agachada y esperando. Incluso si el nido se colapsa, algunos huevos pueden quedar intactos”.

Lo terremotos que nacen bajo el mar se conocen como tsunamis. Pueden generar enormes olas de hasta 160 kilómetros de largo que se vuelven mortales una vez que alcanzan la costa. El peor de la historia es el de 2004. El terremoto que lo desató a 150 kilómetros de la costa de Sumatra fue el segundo más poderoso jamás registrado; las olas que levantó llegaron hasta México, Chile y el Ártico.

La gran mayoría de víctimas se contaron en Sumatra, 94 mil, pero la muerte llegó incluso hasta Somalia (176). Ocho se ahogaron en Sudáfrica. Uno de los cruceros más famosos de la isla, La reina del mar, repleto de turistas, fue barrido por una ola gigante. Se estima que dos mil pasajeros murieron a bordo.

También están las historias extraordinarias de los sobrevivientes, como la de la pequeña que fue arrancada de las playas de Tailandia por una ola, y que luego fue encontrada prácticamente intacta; o la del joven de 21 años que fue rescatado por un barco carguero después de pasar 15 días a la deriva en el Océano Índico. Aún así, cerca de 230 mil personas murieron.

Otra variedad mortal de desastre natural son las tormentas: tifones, huracanes, ciclones. El ciclón más terrible de todos, por mucho, fue el que se formó en la bahía de Bengala el 12 de noviembre de 1970, y que arrasó lo que en ese entonces era el este de Pakistán. Los vientos de 185 kilómetros por hora levantaron una gigantesca ola de 13 metros sobre un país cuyas tres cuartas partes se encuentran a menos de tres metros sobre el nivel del mar.

Azotó en la noche, sorprendiendo a la mayoría de la gente en cama. Por la mañana, los sobrevivientes fueron saludados por una escena de devastación total. El paisaje había sido obliterado, y todo lo que la ola había dejado estaba cubierto de lodo, mientras que los cadáveres colgaban de los árboles y se amontonaban en las playas. Muchas de las víctimas perecieron en las islas cercanas de la costa. En Bhola, la isla más grande, 200 mil se ahogaron.

En conjunto, el ciclón arrasó un millón de vidas, pero también tuvo consecuencias políticas de largo alcance. El resentimiento se extendió a causa de lo que se interpretó como una reacción tardía en el lejano gobierno pakistaní. Empezó con una serie de protestas rabiosas, pero en marzo de 1971 una guerra civil total estaba a punto de estallar, una guerra que podía costarle la vida al menos a otro millón y medio de personas, y que terminó con la transformación de Pakistán del este en lo que hoy es la república independiente de Bangladesh.

El ciclón también inspiró el primer concierto de rock benéfico de la historia. Organizado por el músico hindú Ravi Shankar y el ex Beatle George Harrison, el Concierto por Bangladesh, en Nueva York, contó con artistas de la talla de Bob Dylan, Ringo Starr y Eric Clapton, y recaudó cerca de 250 mil dólares.

Por desgracia, los desastres naturales siempre han sido rebasados por las debacles creadas por el hombre. Se considera que el reinado de hierro de Mao en China cobró la vida de 70 millones de chinos. Muchos fueron asesinados de forma deliberada, otros murieron bajo las atroces condiciones del encarcelamiento, pero la gran mayoría pereció bajo las hambrunas conjuradas por una serie de políticas doctrinarias.

Todo empezó con la colectivización forzada de la agricultura. Muchos campesinos odiaban tanto la idea que prefirieron masacrar su ganado antes de que las nuevas granjas colectivas se lo apropiaran. Las cosechas se desplomaron y la falta de alimento se hizo patente. Luego, en 1958, Mao lanzó su “gran salto al futuro”, diseñado para que China alcanzara a los países industrializados.

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Cada región fue obligada a edificar un almacén gigante para recolectar comida. La mayor parte estaban tan pobremente construidos que no tardaron en colapsarse. Millones de campesinos fueron obligados a levantar hornos en sus patios traseros para fundir bicicletas, camas, ollas, sartenes e incluso sus herramientas de campo para incrementar la producción de acero. Gran parte ese acero era inservible, y el resultado de ambas políticas impidió que los campesinos pudieran trabajar la tierra.
La producción alimenticia se desplomó nuevamente, y otros planes deschavetados, como el que obligaba matar a todas las aves para que no se robaran el grano, volvía incontenible la situación, mientras proliferaban plagas de todo tipo ya que no había pájaros que las combatieran. En 1955 se produjeron 170 millones de toneladas de grano. Para 1960 el índice cayó a 143 millones. Desgraciadamente, nadie se atrevía a explicarle a Mao lo grave de la situación. De hecho, su gobierno presumía números maquillados, mientras que el grano de los campesinos era requisado por los miembros del partido para que no faltara comida en las ciudades. Para cuando se puso un alto a esa locura, quizá ya habían muerto 40 millones de chinos.

A lo largo de los siglos el peor desastre producido por el ser humano ha sido la guerra, que ha matado a decenas de millones. La más desastrosa de todas fue la Segunda Guerra Mundial, que causó la muerte de unos 47 millones de civiles, el doble de los soldados que murieron durante el conflicto. Muchos se toparon con el tipo de muerte que los civiles se han encontrado a lo largo de los tiempos, los llamados “daños colaterales”: asesinatos, represalias, enfermedad, hambre; pero la Segunda Guerra Mundial también ofreció una innovación mortal: los bombardeos.

El día que Hitler invadió Polonia, 40 bombarderos alemanes mataron a 100 civiles. Un estudiante polaco describió cómo, en cuestión de segundos, un hermoso pueblo se convirtió en una inmensa “bola de fuego”. Gente en llamas corría por los bosques mientras las ametralladoras de los aviones las masacraba.

Esto fue suficientemente terrible, pero no era nada en comparación con lo que seguía. El 7 de septiembre de 1940 el ejército alemán reunió la fuerza más grande jamás dirigida contra un mismo objetivo: mil aviones galopaban hacia Londres. Convirtieron el centro de la ciudad en un furioso infierno, y más de 400 personas murieron.
Los enemigos de Alemania aprenderían la lección, y le infligirían pérdidas aún más devastadoras. En julio de 1943 la RAF británica desató una tormenta de fuego en Hamburgo que incendió 20 kilómetros cuadrados del centro de la ciudad y mató a 42 mil personas. En 1945 un número similar cayó en Dresden. Más notorias fueron las bombas atómicas arrojadas sobre Japón. La de Nagasaki mató a casi 75 mil personas, mientras que la de Hiroshima reclamó 140 mil víctimas, incluyendo a aquellas que murieron a causa de las quemaduras y la radiación en años posteriores. Utilizando armas “convencionales” el asalto aéreo sobre Tokio, de 1945, mató al mismo número de personas que la bomba de Hiroshima gracias al método de desencadenar fuegos en edificios de madera densamente poblados.

Las guerras civiles pueden ser igual de mortales. Durante la primera mitad del siglo VIII el emperador chino Xuanzong se enamoró perdidamente de la hermosa Yang Guifei, que se había casado a los 16 años con uno de sus hijos. Xuanzong obligó a su hijo a divorciarse y convirtió a la niña en su concubina favorita. Un poema chino describe el encaprichamiento:

El emperador negó el mundo por un
[instante
Derrochó el tiempo en el gozó sin fin
Ella era su amante primaveral, y su
[tirana de medianoche

Mientras Xuanzong perdía el interés en los asuntos de Estado, los ministros rivales luchaban por el poder, y Yang utilizaba su posición privilegiada para acercar al trono a sus parientes, así como a su general predilecto, An Lushan. En 755 el general se levantó en armas proclamándose emperador. Xuanzong tuvo que huir, pero la guardia imperial demandó la ejecución de Yang, acusándola de ser la culpable de la rebelión.

Temiendo un motín, el emperador cedió y Yang fue colgada. Descorazonado, Xuanzong abdicó. Dos de sus hijos se sumaron a la lucha por el poder, y China se vio inmersa en el caos durante seis años. Eventualmente, las fuerzas imperiales restablecieron el orden, pero no antes de que 36 millones de personas perdieran la vida.
¿Y qué decir de los accidentes? Las casas de madera que ardieron en Tokio ya habían sido el escenario de lo que probablemente fue el peor incendio de la historia en tiempos de paz. Sucedió en 1657. Todo comenzó cuando un monje decidió quemar el “kimono de la mala suerte”. La prenda se ganó esa reputación porque tres jóvenes que lo habían comprado murieron antes de poder usarlo.

Pero el kimono apenas iba a demostrar qué tanta mala suerte podía traer. Cuando el monje trató de deshacerse de la prenda, un fuerte viento espoleó las llamas hasta dejarlas fuera de control. Así comenzó “el fuego de las mangas largas”. Tokio —entonces llamado Edo— estaba seco como la yesca después de una larga sequía, y el fuego se extendió sin piedad por las angostas calles sin que las brigadas antifuego pudieran hacer nada al respecto. El fuego bramó durante días, destruyendo 61 puentes, 300 templos, 500 palacios y nueve mil comercios: quizá el 70 por ciento de la ciudad. Además de matar a 100 mil personas.

Pero si pensamos en la peor explosión accidental, una vez más los efectos fueron peores que el hecho en sí. El accidente nuclear de Chernobyl de 1986 mató, inicialmente, a sólo dos personas, pero produjo 40 veces más material radioactivo que las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

En las primeras dos semanas posteriores a la explosión 31 personas murieron, sobre todo bomberos y gente involucrada en la limpieza de la planta. Al principio no hubo una evacuación sistemática de los lugareños, y para cuando empezó muchos ya habían sido afectados por la radiación.

La nube tóxica se extendió por gran parte de Europa. Bielorrusia fue el país más afectado, ya que recibió el 70 por ciento de la lluvia radioactiva. En abril de 2006 la Organización Mundial de la Salud predijo otras nueve mil muertes a causa del cáncer en las regiones más afectadas, pero hay quien considera que la cifra es absurdamente baja. Un miembro del Partido Verde alemán encargó un reporte en el que se proyectaron 60 mil muertes adicionales.

El simple hecho de tener que transportarnos de un sitio a otro puede ser peligroso y ha dado lugar a terribles desastres. El peor naufragio en tiempos de paz sucedió justo antes de la Navidad de 1987 e involucró al ferry filipino Dona Paz. La nave chocó contra un viejo carguero en una ruta marítima, estalló en llamas y se hundió. Sabemos que sólo 24 sobrevivieron. Lo que es más difícil de calcular es el número de muertos porque nadie sabe cuántos pasajeros había abordo. La nave iba a reventar: una cama era ocupada por cuatro, la gente dormía en los pasillos. Se estima que las muertes pudieron alcanzar las cuatro mil 375.

Paradójicamente, el peor accidente de aviación ocurrió en tierra. En marzo de 1977 el aeropuerto de Canarias tuvo que cerrar debido a una amenaza terrorista, así que los aviones fueron desviados hacia Los Rodeos, Tenerife. El tránsito aéreo se congestionó rápidamente y, para complicar la situación, la pista estaba cubierta de niebla. En tierra había dos 747, uno de Pan Am y otro de KLM. En medio de la confusión reinante el capitán de KLM creyó que le habían dado permiso para despegar.

El piloto de Pan Am estaba maniobrando en la pista cuando de pronto vio las luces del KLM aparecer tras la niebla. Giró el avión hacia la izquierda para salir del camino, mientras el capitán Van Zaten, de KLM, intentó un despegue prematuro para poder “brincar” al otro boeing. Logró elevar la nariz del avión, pero el tren de aterrizaje arrancó de cuajo la sección de primera clase de Pan Am, y el resto del avión comenzó a despedazarse.

La aeronave de KLM patinó 270 metros dejando despojos a su paso, y un furioso fuego envolvió el fuselaje. De los 396 pasajeros del vuelo de Pan Am, 61 escaparon, pero los 248 de KLM perecieron: 583 personas perdieron la vida en el peor desastre en la historia de la aviación.

El peor accidente propiamente aéreo sucedió ocho años después. Un 747 de Japan Airlines volaba de Tokio a Osaka con 15 tripulantes y 509 pasajeros. El aparato había subido 24 mil pies cuando el controlador de tráfico aéreo de Tokio recibió un mensaje del avión preguntando si podía volver.

El capitán dijo que sus controles no respondían, y el radar del aeropuerto mostraba que su ruta era errática. De hecho, 12 minutos tras su despegue el aparato había sido sacudido por una explosión que había dañado su cola y las líneas de control neumático, dejando al piloto virtualmente indefenso.

La tripulación logró mantener el desvencijado avión en el aire por más de media hora, una hazaña que muchos consideran increíble, pero finalmente se estrelló en una cadena montañosa unos 115 kilómetros al noroeste de Tokio y explotó en llamas. El accidente fue detectado por un helicóptero del ejército japonés, pero se estaba haciendo de noche, lo que imposibilitó llevar a cabo cualquier tipo de rescate.

No fue sino hasta las nueve de la mañana del día siguiente que los bomberos alcanzaron el fuselaje humeante, mientras que los paracaidistas descendían por cuerda desde los helicópteros. Encontraron cuatro sobrevivientes —dos mujeres y dos niñas, de 12 y ocho años— y 520 muertos.

Probablemente, el peor accidente terrestre tuvo lugar el 11 de julio de 1978 en un campamento cerca del pequeño resort español de San Carlos de la Rápita, Tarragona. Casi todos los 780 turistas estaban almorzando, tomando el sol o preparándose para dormir la siesta cuando el chofer de un camión contenedor, cargado con 25 toneladas de propano, perdió el control en una curva cerca del campamento.

El vehículo se volteó, atravesó el muro del camping y se estrelló contra las tiendas. El propano explotó, desatando ríos de fuego por todo el lugar. Las flamas se elevaban cientos de metros en el aire y provocaban otras explosiones al lamer los tanques de gas de las hornillas y los coches. Más de 100 personas murieron de inmediato y otras 150 sufrieron heridas graves.

Las caravanas y las tiendas se vaporizaron. La explosión demolió la zona de regaderas y la discoteca, además de una docena de casas aledañas, matando a todos sus habitantes. No se encontró rastro alguno del chofer; el London Times calificó el accidente como “la peor catástrofe vehicular desde la invención de la rueda”.
Ambulancias y coches privados transportaron a los heridos hasta Tarragona, Valencia y Barcelona. Durante un tiempo los restos del tanque reposaron en el campamento “como una gigantesca lata que alguien hubiese abierto en canal después de reventar sus costados”.

Eventualmente, los muertos sumaron 217. El juez que llevó la investigación declaró que el vehículo pudo haber estado sobrecargado o defectuoso, pero también que el campamento estaba sobrepoblado. Seis personas de la compañía transportista fueron llevados a juicio. Cuatro fueron absueltos y dos obtuvieron libertad provisional.

John Withington. Periodista y escritor. Autor de Historia mundial de los desastres.
Traducción de César Blanco