Marek Bienczyk,
Tworki (El manicomio),
Acantilado,
Barcelona, 2010, 224 pp.

Verdad de Perogrullo: las consecuencias lamentables de la Segunda Guerra Mundial no se limitaron al exterminio judío. Para los polacos, por ejemplo, el tormento se expresa al cuadrado pues resistieron los excesos de la administración nazi, en un primer momento, para sostener después la pesada losa del burocratismo soviético, a través del respectivo Comité Central del Partido Comunista.

En esta historia fracturada del siglo XX polaco destacan la invasión que detonó la guerra, los días del gueto, la quemazón de Varsovia, los hechos de Katyn y, finalmente, la larga y perniciosa influencia soviética. Costó trabajo a los escritores polacos que no tomaron la opción del exilio dar forma a una voz nacional, a una expresión literaria que resumiera la historia reciente y diera cuenta de un espíritu polaco independiente.

Como parte de esta restauración de la literatura polaca, Marek Bienczyk (Polonia, 1956) publicó Tworki (El manicomio) en 1999, que más de diez años después se traduce a la lengua española. Bienczyk es un novelista cerebral, notable por sus ensayos y catedrático de literatura en Varsovia. Su visión de la novelística es la de una práctica de quirófano. En la novela figuran luces contrastantes y el destello intermitente de un cirujano perito en el instrumental del oficio. Tworki es una novela formalmente crítica, de lectura provocadora, que utiliza la intertextualidad como arma de uso.

Jurek es poeta y pide trabajo como contable en un centro de recuperación psiquiátrica administrado por los nazis. Fuera de este centro se avecina el fin de la guerra. En el pabellón asignado para prestar sus servicios, Jurek conoce a Sonia, cuyas virtudes explica: “Qué fenómeno tan raro entre la gente es la persona. Una persona que tenga alma. Y el alma es cabeza y corazón”. Jurek se enamora de manera vertiginosa. Estamos ante la novela excepcional ubicada sobre el tiempo de la guerra, en donde lo que menos importa es el hecho histórico. Al igual que en las novelas del romanticismo más gótico, el drama individual se sobrepone ante cualquier evento del mundo exterior.

El confinamiento del pabellón potencia el desarrollo de la conciencia individual. La pasión de Jurek por Sonia detona su emotividad, abriendo un camino hacia la iluminación personal. Los internos de Tworki se denominan a sí mismos como grandes personajes de la historia: Goethe, Rubens, Durero. Esta elección, si fue apenas una parodia convencional de los “grandes hombres” puestos en el manicomio, crea la ilusión de estar leyendo una novela con indicios de alegoría, y desenfoca el drama íntimo de Jurek. Por tanto, a ignorar esta coincidencia.

Al igual que en La montaña mágica de Mann, el distanciamiento del tiempo histórico es un estímulo para ordenar un microcosmos poblado por seres cuyo alejamiento de la cordura engrosa las dudas de Jurek con respecto a la cuestionable realidad de la experiencia colectiva. Pero, a la vez, confirma su fe inmutable en la poesía. Como el protagonista de Viviré con su nombre, morirá con el mío, de Semprún, Jurek afronta la tragedia carente de valentía e indigesto de palabras.

Bienczyk tiene un interés particular en evocar los modos de la sociedad polaca anterior al desastre, y de cada uno de sus retratos de estas prácticas mínimas —tomar el té, salir a caminar por la tarde, dejar un recado ante una ausencia— nace la nostalgia y el ánimo de rememorar los códigos comunes perdidos debido a la reglamentación maniática de los regímenes despóticos. Este juego social, en las páginas de la novela, carece de intriga y sospecha. No hay culto a la personalidad ni murmullos que pudieran ser entendidos como sátiras a los hombres que forjaron la nación comunista. La vida, entonces, entendida como placer cotidiano, listo para paladearse.

El aliento poético de Jurek contagia las páginas de la novela. Y aunque su amor se resuelve en el abandono —tanto de Sonia como de sus amistades—, el desprendimiento es gradual, dando tiempo suficiente a la resignación. Su galaxia pierde estrellas en la noche negra del nazismo. Bienczyk elabora una narrativa que es, además de relato, artefacto exegético, mecanismo a descifrar. Su filiación es clásica y sus referentes rusos: el Chéjov de El pabellón número seis y Dostoyevsky en sus Memorias de la casa muerta. Ecuación de Tworki: encierro es igual a epifanía: pena interior como blindaje ante la circunstancia.

El epílogo del volumen consigna que los hechos fueron verdaderos. El dato carece de importancia dada la pericia de Bienczyk, que pone en labios de Jurek una línea que parece resumir su tentativa literaria y ontológica: “Qué extraño es ser hombre. Qué complicada, qué descomunal tarea: la humanidad”.

Luis Bugarini. Crítico literario.