¡Brotaste, al fin! Igual que un tumor maligno. Ávido de análisis. Urgido de cuidados. Propenso a la extracción quirúrgica a veces inconveniente. Querías que tu palabra fuera cáncer. Estabas al tanto: si corrías con suerte, crecerían a manera de células dañinas y desordenadas sin ninguna función aparente, con el único propósito de cimbrar la vida. Buscabas la metástasis para enfermarlo todo de palabra contagiosa. Imprimir marcas indelebles, cicatrices queloides, abultadas y obscenas que giran en los pensamientos ajenos sin detenerse. ¿Recuerdas aquella ambición? Ansiabas inflamar el alma y menoscabar el inservible sentido común. Generar cuerpos textuales diseminadores de afecciones como los de Bataille, Highsmith, Nietzsche o Cioran. Sabías bien que cualquiera que entra en contacto con el cáncer-palabra es perturbado por completo. No habría antídoto. Nunca lo hay. No existe tratamiento porque guarda en sí mismo la densidad de su concepción primigenia: el aliento virulento de sus padres.

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Pretendías ser uno de ellos, pero no eras más que otro escritor inofensivo intentando sobresalir del marisma de críticos literarios. Te gustaba llamar la atención desde la columna que te sirvió de trinchera por años. Granjeaste odio con sentencias invectivas. Tus críticas agudas enojaron hasta el más pusilánime de los novelistas, y no te importó; también sabías que era la única forma de atraer la atención, sólo así se enterarían de tu existencia. Algunos ofendidos respondieron justo como esperabas: con inquina, resentimiento y dolor. No fue suficiente. Lo hacías porque de alguna manera tenías que sobrevivir. Lo hacías por la indiferencia con la cual se acumulaban más libros que reseñar sin que nadie tomara en cuenta los tuyos. Tus manuscritos quedaban apilados en las oficinas de las editoriales. Nunca había un sí ni un no, nadie respondió tus llamadas para darte santo y seña sobre algún resultado. Querías una oportunidad como cualquier otro: la oportunidad de diseminar el mal del pensamiento propio, no obstante, algo no funcionaba y no tenías claro qué era.

Tu vida dio el giro que esperabas. Al menos así lo recuerdas durante esta ceremonia en la que te homenajean por haber ganado el “Concurso Iberoamericano de Novela Ascencio Arechavaleta”. Están aquí todos los que alguna vez ganaron ese premio. Frente a ti, el gran Marco Antonio Riquelme, de quien siempre envidiaste su pluma, enciende un habano grueso y oscuro. Lo conociste hace más de un año en una entrevista. Justo ahora te llegan las imágenes de aquella charla. Es inevitable recordarla por la forma burlona con que él te mira. Yo estoy a su lado pero finjo no descubrirte. Los demás escritores viejos que le rodean le siguen el juego, hablan de ti, te miran de reojo. Es el panorama regular de la cofradía: los viejos galardonados ríen mientras los que ganaron en años recientes guardan silencio avergonzados. A estas alturas casi todos los asistentes conocen el secreto.

Tu historia de escritor premiado inició después de leer un libro de Riquelme, lo envidiabas porque era un diseminador de cánceres irreversibles e incurables. Sentiste codicia mientras lo leías porque deseabas poseer sus palabras, que fueran tuyas pero no, las tuyas eran endebles, realizadas con precisión aséptica y sin nada que decir. Párrafos de palabrería hueca y carente del aliento febril que incendia a un lector. Lenguaje traidor e inocuo, esterilizado, inofensivo, sin valor o cualquier posibilidad de afección. Por el contrario, las palabras de Riquelme se aferraban inamovibles en tu cabeza. Intentabas concentrarte en otra cosa y no podías, volvían sus personajes, las situaciones irredentas, su estudio sobre el dolor humano. Riquelme te hablaba en sueños, ¿puedes creerlo? Lo veías alejarse a contracorriente en un nado sincronizado con los salmones al mismo tiempo que tú eras jalado por el curso natural del río crecido. En sus textos Riquelme se burlaba de la razón y la lógica, y ése era el segundo motivo por el cual le envidiabas. Muy pronto conocerías el tercero, aunque entonces ni siquiera lo sospecharas.

Una noche despertaste de súbito, con el rostro salpicado de escarcha sudorosa, maldiciendo a los somníferos cada vez menos eficaces. Fue cuando tuviste la gran idea. Habías leído en “La palabra trunca”, un relato de Riquelme, la manera tan fácil en que el personaje se ganaba la vida escribiendo cuentos en una infinitud de concursos literarios. En aquel periodo estabas sin dinero, casado con una mujer —quien por cierto en este momento está parada a tu lado sonriendo orgullosa—, que bautizaste como la feminista holgazana. Ella te pedía cuentas por el gasto y la colegiatura de los niños mientras que, a fuerza de sentirse otro artista incomprendido, pintaba cuadros que nadie quería. Esquivaba cualquier conversación sobre la posibilidad de realizar otra labor que ingresara más dinero en casa. Habías empezado a odiarla. Tarde o temprano se odia el fardo que duerme al lado. La tolerabas porque te daba cierto aire interesante estar casado con una militante, a pesar de saber que la gran feminista estaba demasiado desesperada por agradar a los hombres. Tú eras el pilar de la manutención y el centro de sus críticas. Tuviste que abandonar los sueños de gran literatura para hacer trabajos de edición y corrección de estilo, hasta que decidiste especializarte en aporrear egos de escritores encumbrados que, dicho sea de paso, bien se lo merecían.

Empezaste a participar en concursos de cuentos como aquel personaje de Riquelme. Optabas por los certámenes de España porque en éstos los premios son en euros. Siempre los escogiste por el monto. No te importaba si se trataban de pueblos cursis con galardones sin ningún prestigio literario. Lo hacías por dinero. Con los meses se abultó tu cuenta de ahorros. Ganaste concursos de dos, tres, cinco mil euros, cantidades pequeñas que te ayudaron a pagar las deudas con el banco y continuar con tu vida.

Nos conocimos en enero, jamás lo olvidaré porque te quejabas de que en invierno se agravaba tu asma crónico. Fumábamos en el pequeño balcón de un edificio en el centro de la ciudad. Podías llegar tarde a casa si querías, desde que el dinero fluyó de manera regular, tu mujer ya no te recibía con una retahíla de reproches, e incluso le compraste unas botas Prada que festejó como el retrasado mental que recibe una bolsa con caramelos de colores. Los regalos costosos amainaron las discusiones y los reclamos.

La noche en que nos conocimos regresaste a tu casa a las cuatro de la madrugada. Bebimos y fumamos demasiado en el pequeño balcón de aquel edificio. La fiesta era adentro pero en el momento en que nos descubrimos entre el gentío supimos lo que sucedería más tarde. Quisiste ser libre nuevamente, sin la artista exigente respirándote en la espalda, sin tener que escuchar sus interpretaciones tergiversadas de las feministas verdaderas. También renegaste del par de mocosos que generaban más gastos que dos malditos gordos en una repostería. Nunca pensé que no quisieras a tus hijos, o a la tonta de tu mujer, es sólo que, cuando un hombre se topa con las de mi tipo, acaricia la idea de ser libre nuevamente aunque no tenga idea ni para qué.

Mi español trastabillaba por un fuerte acento de Europa del Este. Tenía pocos meses viviendo aquí. Enloqueciste con mi melena oscura y lacia que movía constantemente como si corriera o montara a caballo. Es un pequeño truco que aprendí de las películas francesas. Me imaginaste montada sobre ti, zarandeando tus hombros al mismo tiempo que mi cabello oscilaba de un lado a otro. Tampoco tuviste que imaginarme mucho, horas después estábamos en la cama de un motel repitiendo la escena que habías concebido en tu cabeza. Me desnudé frente a ti sin preámbulos y te quedaste con la boca abierta. En pocos segundos reaccionaste y me ceñiste a tu cuerpo. Te excitaste de tan sólo sentir mis nalgas pegadas a tu miembro. No sé si eres una puta o una diosa, murmuraste en mi oído antes de penetrarme. No me impresionó el comentario, no eras el primer escritor con quien cogía, todos creen que pueden impresionarme con sus frases forzadas. Para mí sólo eres un pito parlante, respondí en mi idioma natal. Generalmente eso les excita porque lo susurro en tono quejumbroso y no tienen idea de lo que significa la frase.

Encendí un cigarro y platicamos largo rato; me contaste tu fantasía sobre los autores que producían metástasis intelectual, estaba de acuerdo con tu planteamiento hasta cierto punto —ya había escuchado algo similar en otro lado— pero no concordé en que la metástasis fuera intelectual, sino que iba más allá. Se trataba más bien de una grieta en el espacio-tiempo que abría una revelación inédita por la cual el lector jamás volvería a ser el mismo. ¿Derrida?, preguntaste. A veces, respondí. Mencionaste algunos de tus autores fetiche que considerabas virulentos, y yo invoqué a un poeta. Te murmuré al oído: El terror para los corazones, tanto pavor espeso, para que nadie diga que desconoce el miedo. Y ráfaga al pulmón o la soga al cuello, para que nadie diga que aún está viviendo. Te impresionó la prosa. Me confesaste no conocerlo y luego me pediste el nombre del autor mientras buscabas una pluma para anotarlo. Te mentí al responder que no lo recordaba. No quería compartirlo.
Quédate toda la noche, suplicaste. Antes de que te acurrucaras en mi pecho me levanté de un salto. No puedo quedarme, te dije poniéndome la ropa apresuradamente, salgo a España a primera hora con mi marido. Así supiste que yo era casada. Te conté que mi esposo viajaría para ser jurado en el “Concurso Iberoamericano de Novela Ascencio Arechavaleta”, ese premio instituido a principios del siglo XX y dotado con doscientos mil euros al cual jamás te habías atrevido a optar. Ardías por preguntarme quién era mi hombre. Lograste reprimir el impulso.

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Terminé de vestirme, extraje mis calzones y los arrojé en tu cara, para que no me olvides, te dije. Me jalaste nuevamente sobre la cama y te prensaste de mi coño con la fuerza de un bull terrier de pelea. Estabas enojado porque no me quedé a dormir y fui la primera en confesar que había un matrimonio de por medio. Te veías molesto porque cada vez que intentabas contarme algo de tus hijos te rogaba que no me aburrieras con historias de niños que caminan o hablan antes que los hijos de otros. Debo irme, repetí entre jadeos. En unos minutos volví a montarte como la imagen celestial que habías creado en tu cabeza. Olvidaste a tus hijos y a la feminista histérica de botas Prada. Yo era lo único que llenaba tu mundo en ese instante, mi cabello, el poema en mi mal castellano, mis pezones pequeños, mi coño rasurado como el de una bañista brasileña. ¿Volveré a verte?, preguntaste mientras me observabas vestirme nuevamente. Reí y te lancé un beso al aire. Permaneciste indignado en la cama del motel por una hora más. Fumaste media cajetilla saboreando cada parte de mi cuerpo. Morías de celos tan sólo de preguntarte quién era el famoso marido que sería jurado en ese premio.

El recuerdo que tenías de mí, el personaje de aquel cuento de Riquelme y tu ambición, te dieron el empujón que necesitabas. Decidiste escribir una novela para concursar en el siguiente certamen Ascencio Arechavaleta. Te convenciste que lo harías por mí, por llamar mi atención, por demostrarme que podías ser tan buen escritor como el esposo que imaginaste que yo tenía. Pero estabas mintiendo, en realidad lo hacías por el dinero, pero la fútil historia de amor que edificaste en tu cabeza te dio la idea para una tonta novela.

Desde aquella noche no volvimos a coincidir. No te di mi teléfono o un correo electrónico, ni siquiera te dije mi nombre. Preguntaste a los amigos que asistieron a aquella fiesta, pero nadie te dio un dato cierto. Unos inventaron que era una alumna polaca de intercambio, otros te dijeron que era una holandesa que buscaba trabajo de traductora. Como te dije, llevaba poco tiempo viviendo en México, asistía sola a las fiestas y no cruzaba información vital con nadie. Quién iba a decir que después de aquella noche te enviarían a entrevistar a mi marido para una revista literaria. Te contactaron porque el huidizo Marco Antonio Riquelme publicó una nueva novela y daría sólo cinco entrevistas. Todavía rememoro las cosas que manifestaste sobre él en la penumbra medianamente iluminada por las inhalaciones que dábamos al tabaco: Un novelista de gran factura narrativa, lenguaje sencillo pero ideas complejas, escenas cotidianas pero insólitas, conmovedor y duro, inspirador y canalla, un escritor en verdad apasionante. Todo un hacedor de libros cancerígenos, contagiosos, imposibles de extirparlos de la mente, metástasis irreversible. Si él te hubiera escuchado se orina de risa. Tú odiabas hacer entrevistas pero aceptaste por la oportunidad de conocerlo, también porque eso te pondría en otro peldaño junto a los demás críticos.
Riquelme no da entrevistas, odia hablar de sus libros y sólo accede a dar cinco cuando publica uno nuevo. No acepta televisión y radio, sólo habla con colegas, como él les llama a uno que otro periodista que respeta.

Cualquier trabajo viene con alguna mierda: en el trabajo de escritor es ésta, fue lo primero que espetó malhumorado mientras cruzaban el umbral de la biblioteca. Te presentaste con cierto nerviosismo, extrajiste la grabadora de un saco de lana café y la pusiste sobre la mesita en medio de ambos. ¿Ansioso por comenzar?, te preguntó al notar el temblor de tus manos. Sé que odias las entrevistas y no quiero hacerte sufrir por mucho tiempo, argumentaste. Le agradó tu torpeza y la forma llana en que lo tuteaste, él odia que le digan maestro y le hablen de usted. Te dio una palmada en la espalda. Pasan de las doce del día, hasta un niñato como tú ya puede empezar a beber. Riquelme gritó hacia el umbral de la puerta, ¿qué hace uno en esta casa para que le sirvan un whisky? Entonces entré meneando mi cabello lacio y negro cómo lo había aprendido en las películas francesas, cargando la charola con una botella de Glenfiddich y dos vasos old fashion con hielo. Tan sólo de verme sentiste una erección bajo tus pantalones. Yo ni siquiera volteé hacia ti. Dije un desabrido buenas tardes, coloqué la botella y los vasos sobre la mesa de centro, me agaché para besar a Riquelme cerca de la comisura de la boca. Gritar, eso es lo que tienes que hacer, ya lo sabes, gruñón, le susurré a Riquelme. Antes de que saliera de la biblioteca alcanzaste a ver las manos de Riquelme, pero no prestaste atención al pequeño muñón que era su dedo meñique porque me seguiste con la mirada como si mi silueta fuera una aparición de ultratumba. Tartamudeaste durante toda la entrevista y sentiste que habías quedado como un cretino.

Después de ese fatal encuentro te dedicaste de lleno a tu novela. Me marcabas insistentemente por teléfono en espera de que yo contestara, pero sólo hay un teléfono en toda la casa y está en el despacho de Riquelme. Él sabe que a veces tengo sexo con otros hombres, no hace mayor alharaca siempre y cuando le cuente, es un viejo libertino, lo que no tolera es que me llamen a casa. Colgaste cada vez que escuchabas su voz ronca y cavernosa desde el otro lado del auricular. Bueno… bueno… farfullaba en su tono gruñón e inconfundible. Tú colgabas temiendo que pudiera sospechar de quién se trataba; más tarde te calmabas por considerarlo un pensamiento infundado.

Pasaron los meses. Continuaste ganando certámenes en pueblos repugnantes. Algún alcalde despistado y analfabeta te entregó un cheque después de que hubieras leído una perorata banal e inútil. Sin embargo, no cejaste en la novela. La escribiste como creías que debía escribirse, cumpliendo todos y cada uno de sus cánones, embelleciéndome a mí más de la cuenta, alargando nuestra única noche a varios y constantes encuentros, desfigurando los hechos para enarbolar tu nobleza como héroe romántico. En tu novela Riquelme apareció como te hubiera gustado que fuera: un escritor viejo, acabado, que encumbró al éxito gracias a las relaciones públicas y su habilidad para lamer las suelas indicadas desde su juventud. Sabías que no era cierto pero era tu pequeña venganza porque él me tenía y tú no. También armaste toda una épica sobre aquella noche e hiciste énfasis en la falta de sexo y orgasmos en el matrimonio de Marguerite, así me llamaste, con el narrador viejo y ególatra. Eso fue de lo más estúpido. Lo que sobraba en nuestra casa eran las buenas cogidas. Al viejo se le para todavía y si alguna noche tiene algún contratiempo, tenemos toda una lista de planes para completarnos. Si te contara morirías de celos y de rabia. Es un viejo perverso y de lengua larga como ese cantante de rock que se pintaba la cara. No duda de su hombría, así que deja que le haga todo lo que se me ocurre. Sabe que no tengo límites por lo que a veces me trata como se le da la gana, y a mí me gusta que lo haga. El mejor sexo que he tenido lo he tenido con ese viejo, estamos corrompidos, le gusta que coja con otros para que después le cuente cómo les hice perder la cabeza, en ese momento se excita y terminamos fornicando sobre la mesa, la misma en la que pusiste la grabadora el día que hiciste el ridículo entrevistándolo. Cogemos en cualquier rincón de la casa, Riquelme no es de los que espera llegar a la cama, no le gustan, le parece el lugar apropiado para que una familia católica de clase media tenga a su prole.

No obstante, fantaseaste todo eso en tu novela. Yo, la pobre jovencita que vivía subyugada por el intelecto de un autor megalómano, y tú, el noble escritor en ciernes, romántico y gentil, que me abrió las puertas al verdadero amor y la pasión. Tuviste el mal gusto de titularla Las grietas de la penumbra incierta. Trabajaste esa novela como ningún otro de tus textos, la puliste, afinaste, te aseguraste que no tuviera una sola errata o equívoco de sentido. Pese a todo tu esfuerzo al escribirla no pensaste en mí en realidad, ni en el vaivén de mi cabellera negra mientras te montaba, en el amor-odio que sentías por Riquelme, o en el cáncer-palabra de los escritores que admirabas, ni en la imagen que te perseguía del viejo cogiéndome sobre la mesita de centro mientras yo me retorcía en cuatro patas. Montabas en cólera sólo de imaginarnos, te enojabas tanto que te desquitabas con tus hijos que buscaban tu atención desesperadamente, luego te sentías culpable y llorabas a oscuras por ser un mal padre. Pero no te engañes, no llorabas por eso, llorabas por mí, porque sabes que no fuiste más que otro cuento entre yo y Riquelme, una entrada cualquiera antes del plato fuerte. Sin embargo no escribiste sobre nada de eso en tu novela, nuestra historia, la de todos, tú, yo, Riquelme y el cáncer-palabra, quedó execrada en retazos que ocultaste en el fondo del cajón de tu escritorio. La novela real estaba en ese desecho que tecleaste cuando no tratabas de impresionar a nadie y escribías para ti y tu rabia; cuando dejabas aflorar la envidia, el odio, la humillación, la pasión, los celos que tanto te enfurecían. Jamás pusiste en Las grietas de la penumbra incierta que tan sólo de evocarme debías correr al baño a masturbarte. Que mordías una toalla para que tus hijos y tu mujer no te escucharan gemir de placer y dolor. ¿Sentías dolor cuando pensabas en mí? Ahora estoy segura de ello. Cimbré tu vida como también lo hizo el cáncer-palabra de Riquelme, Fante o Wojaczek, que por cierto es el autor de aquel poema que tanto te impresionó en nuestra noche en el motel: yo soy tu cáncer.

Ahora estás aquí, en espera del reconocimiento que otorgan a los ganadores del Ascencio Arechavaleta. Me miras en medio de la ceremonia, tratas de ser amable con una sonrisa discreta, yo correspondo el saludo sin soltar la mano de Riquelme. Dicen tu nombre y atraviesas la sala para recoger el reconocimiento. Identificas a varios escritores que te han turbado con su cáncer-palabra: Ernesto Gil, el más crudo y despiadado narrador de novela negra, Adriana Lepe, la novelista misántropo que golpea con su bastón a cualquiera que se atreva a acercársele, Ricardo Alderete, el físico matemático que después de publicar un libro de cuentos cándidos resplandeció con una novela sin antecedentes en la literatura hispana. Aceptas el aplauso sin poder alejar la tortura de tus pensamientos. Tu piel se vuelve de gallina y los poros erizan los vellos tan sólo de evocar la tijera industrial con la cual te cortaron un pedazo del dedo meñique. Es entonces, y sólo entonces, que vuelve a tu mente aquel día de la entrevista y el pequeño muñón en la mano de Riquelme que ignoraste por seguirme con la mirada hasta que salí de la biblioteca. Observas a tu alrededor, casi todos los asistentes tienen por meñique un pedazo obsceno de carne. Reconoces algunas de las voces en la sala. Son las mismas que escuchaste el día en que creíste que recogerías el premio Arechavaleta y terminaste torturado en una mazmorra de la Edad Media. Demasiado condescendiente, decía uno. Aséptico, sin fuerza, sin virulencia, decía otro. Cuando escribe tiene un palo metido en el culo, murmuró un tercero. Distingues aquellas voces en medio de la ceremonia sin saber a quiénes corresponden.
Todos te abrazan, te dan la bienvenida mientras exhiben sus dedos trozados. Yo me acerco para felicitarte, tu esposa se molesta por la forma en que nos miramos, pero la ignoras. Caminas hasta Riquelme y le interpelas sin tapujos, ¿desde cuándo tu mutilación? El viejo posa la mano en tu hombro y te dice entre risotadas Caricia incólume para un corazón endeble, primera novela, ¿puedes creerlo? Entiendes la ironía y tomas un habano del bolsillo de su camisa sin siquiera pedírselo. Él te lo enciende mientras caminan como grandes camaradas en busca de un mesero, qué hace uno en este maldito lugar para que le sirvan un whisky, fanfarronea Riquelme.
Los veo conversar, me da gusto, hasta siento orgullo de ti. Le explicas toda tu teoría sobre el cáncer-palabra; lo haces sin adularlo, le confiesas la metástasis intelectual que te han provocado algunas de sus novelas. Él te agradece el comentario porque sabe que no es falso, ni lleva la intención oculta de agradarle. Lo dices en serio. Él concuerda con tu teoría y te hace una lista interminable de los autores que le infectaron con la voluntad del pensamiento propio, con su cáncer-palabra. No lo dices en voz alta pero piensas que estás listo para escribir la novela de los retazos que quedaron ocultos en el fondo del cajón de tu escritorio. Volteas. Me buscas con la mirada. Sonríes, por primera vez, de manera afable y sin tratar de impresionarme; yo te devuelvo la sonrisa con cierta nostalgia de aquella noche. Vuelves el rostro y continúas caminando con Riquelme, te sueltas más y hasta manoteas enfáticamente al diseminar tus ideas. Sabes que por fin brotaste. Eres ateo, pero igualmente agradeces a Dios que todavía existan cofradías que utilicen medidas extremas.

Norma Lazo. Escritora. Su más reciente libro es El dilema de Houdini.