El 9 de agosto (1847) en medio de la agitación y de los toques de alarma de la ciudad, mi familia dejó mi casa de México, y en carros con muebles dispuso su traslación al rumbo de San Cosme. Mi señora muy enferma, con tres niños, uno de ellos recién nacido y el resto de la familia achacosa y llena de cuitas, buscaba en vano una casa en qué guarecerse y no encontraba arrimo.

Inesperadamente de una casa de rica a apariencia salió un criado a ofrecer habitación a los viajeros, diciéndoles que se arreglarían después sobre precio y condiciones del arrendamiento.

La familia accedió y ocupó un departamento cómodo y decente de aquel limpio edificio.

Cuando yo tuve lugar de ver a mi familia, supe que vivíamos en los bajos de esa casa, propiedad del Sr. D. Lucas Alamán.

El hospedaje me fue altamente desagradable por mis hondas prevenciones políticas por el Sr. Alamán, contra quien había dictado todo género de dicterios y a quien me pintaba mi fantasía como un Rodin, tenebroso, sanguinario y espanto del mismísimo Satanás.

Aquella casa era como una casa encantada: reinaba constantemente en ella un silencio profundo.

Criados respetuosos, con sus chalecos negros; criadas ancianas de armador, delantal y chiquiadores; toques en la capilla para misa y rosario; a mediodía el ruido de la cadena del zaguán, mientras duraba la comida. Antes de las diez de la noche todo dormía.

La pieza que yo ocupaba comúnmente en los bajos, daba al jardín que estaba esmeradamente cultivado, con sus calles de arena, crecido arbolado y fuentes primorosas.

El Sr. Alamán, a la caída de la tarde, pasaba por el frente de mi cuarto, con su sombrero de paja de grandes alas, su grueso bastón y su levita de lienzo.

Era el Sr. Alamán de cuerpo regular, cabeza hermosa completamente cana, despejada frente, roma nariz, boca recogida, y como de labios forrados, con dentadura blanquísima, fina, cutis fino, y rojo el color de las mejillas. Al pasar por mi cuarto me decía:
—Sr. D. Guillermo ¿damos una vuelta por el jardín?…

Yo contestaba brusco y de mala manera, porque como he dicho, tenía fuertes prevenciones contra aquel señor.

Pasaron días y más días, y siempre se repetía la invitación, que era perpetuamente rechazada.

La señora mi madre, mortificada por mi conducta, en una de las invitaciones me puso mi sombrero en la mano y dijo al Sr. Alamán:
—Allá va, señor.

Esa tarde hablamos de cosas indiferentes y de algunos oradores españoles. Al siguiente día nos empeñamos en discusiones literarias; a los quince días buscaba yo al Sr. Alamán, por el encanto de sus narraciones de viaje, su versación profunda en las literaturas latina y española, sus tesoros de la historia anecdótica de Francia y la España. Por supuesto que no había en estas conversaciones la más leve alusión a la política.

Creía entonces, como creo ahora al Sr. Alamán, un fanático cerrado en política, que creyó inmatura la Independencia, y como una insurrección de criminales el grito de Dolores, y estaba persuadido de que eran una serie de delirios sacrílegos y peligrosos los principios que proclamó como dogmas la revolución francesa.

Y estas creencias eran tan obstinadas en el Sr. Alamán, que aunque él, el primero, denuncia en su historia abusos y censura prácticas funestas, encarece el sistema colonial, cerrando los ojos a la verdad y condenando como charla impía la propaganda de la libertad.

En lo interior de la familia del Sr. Alamán, todo era virtud, regularidad, decencia y orden.

Se levantaba con la luz, y se lavaba y componía. Escribía en la sala que da a la calzada de la Tlaxpana, con unos cuantos libros a la mano. Su escritorio elevado le hacía escribir de pie, y su manuscrito lo asentaba en un libro como de caja, sin una mancha, ni una borrada, ni una entrerrenglonadura, ni ceniza en las hojas, porque no fumaba. Al escribir guardaba suma compostura y casi no se le veía la cara, porque la visera de la cachucha que usaba le hacía sombra.

A las doce del día en punto se servía la comida a la que asistía toda la familia, haciendo los honores la señora Dña. Narcisa su esposa, matrona adorable, de trato finísimo y de bondad angélica. Un sacerdote a quien llamaban tata padre, creo que hermano del Sr. Rodríguez Puebla, bendecía la mesa, y al concluir la comida rezaba el Pan nuestro besando el pan, y pidiendo la mano los criados a los amos.

Se dormía la siesta y se dejaba campo para el chocolate y el rezo del rosario a la oración.

Yo merecí a esa familia la honra de que me admitiese en su seno, recibí distinciones del Sr. Alamán que me hacen grata su memoria, y ante todo, empeña mi gratitud el afecto con que siempre me trató y respetó mis opiniones, no obstante la acritud y suficiencia tonta con que a veces combatí las suyas.

Guillermo Prieto
(1818-1897). Escritor, poeta y político. Entre sus libros: Memorias de mis tiempos, La musa callejera, Lecciones elementales de economía política.