Luis Carlos Ugalde, quien fue consejero presidente del IFE en 2003-2007, publicó a fines de 2008 el libro Así lo viví: Testimonio de la elección presidencial de 2006, la más competida en la historia moderna de México (Editorial Grijalbo, 454 pp.). En él narra en forma de testimonio su experiencia durante la elección presidencial de 2006 y reflexiona sobre las causas y consecuencias de la crisis política que México vivió ese año. El libro ha vendido 20 mil ejemplares y en estos días empezó a circular la Edición de Bolsillo con el sello best-seller. Con permiso del autor, publicamos extractos del epílogo que fue escrito para esta nueva edición.

“Poco a poco terminarán de confesar el fraude electoral que cometieron en [mi] contra políticos y empresarios en 2006”, dijo Andrés Manuel López Obrador a La Jornada en marzo de 2010. Según el ex candidato presidencial, la “mafia en el poder” quiere destruirlo políticamente para imponer en la presidencia a su nuevo candidato, Enrique Peña Nieto, gobernador del Estado de México (2005-2011). Confiado, dijo: “El tiempo y la realidad van a terminar por darnos la razón”.*

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Pero el tiempo y la realidad le han restado fuerza a la acusación de fraude que hizo en 2006. Han pasado cuatro años y todavía no existe una sola evidencia, una sola, de una manipulación orquestada para alterar los resultados electorales. Ni uno solo de los 520 mil funcionarios de casilla que contaron los votos, ni de los miles de trabajadores del Instituto Federal Electoral —ahora bajo una nueva dirección— ha “revelado” anomalías o acusado presiones para manipular los votos. Nadie ha subido a YouTube video alguno que muestre signos del “cochinero” que denunció AMLO en ese año, como tampoco he visto ni leído en Twitter, FaceBook, Flickr, MySpace, Hi5 o alguno de los millones de sitios de internet, foto, revelación o “indicio” del presunto fraude para destruirlo.

El tiempo avanza, pero el discurso de López Obrador se congeló en el pasado. Sus muletillas son las mismas de siempre: el fraude, la mafia que le “robó” la presidencia, el complot de los poderosos. Con ellas sale del paso, llena de aire sus argumentos vacíos y justifica su “presidencia legítima”. Y persistentemente goza de impunidad para mentir, fantasear y acusar, sin pagar las consecuencias de sus difamaciones.

Las reacciones: Del silencio al anticristo

En México existe una escasa tradición literaria de biografías o memorias políticas. Quienes desempeñan cargos públicos se marchan a casa con un stock de experiencias para su memoria personal. Cambiar esa costumbre despierta reacciones, algunas positivas y otras negativas. Cuando, en octubre de 2008, apareció la primera edición del libro Así lo viví, no sólo hubo juicios sobre la veracidad de su contenido, sino también sobre la decisión de su autor, antes un funcionario público, de publicar la historia personal que vivió en 2006.

Las diversas reacciones que observé reflejan, en parte, las actitudes culturales y psicológicas que hay frente a la política y el poder en México. Por un lado, están quienes consideran importante que se publique un testimonio sobre un pasaje tan importante de la historia moderna de México. Aplauden que se diga lo que ocurre al interior de esa caja negra que es la vida política y que se rompa con la tradición del silencio. Por otro lado, están quienes reaccionan con temor, recriminación o incluso agresión y dogma.

La reacción de temor puede sintetizarse en una pregunta que escuché una y otra vez: “¿Para qué te peleas?”, la cual contenía cierta dosis de preocupación por mi bienestar personal. “¿Para qué te peleas?” intentaba transmitirme un consejo de pragmatismo: que dejara atrás los dolores de cabeza que me había dado el IFE y emprendiera una nueva vida profesional, más placentera y serena.

En 2009, por ejemplo, me encontré a uno de los protagonistas de la controvertida elección presidencial de 1988, que en aquel año era un alto funcionario del gobierno federal a cargo de la materia electoral. Mi amigo tuvo comentarios generosos hacia mi libro. Entonces le pregunté si jamás pasó por su mente la idea de publicar su versión de los hechos de aquella elección. (Siempre me ha asegurado que, contrario a la vox pópuli, no hubo fraude en 1988.) Con cierto desgano y conformismo, me platicó que en aquellos años Carlos Salinas de Gortari, ya como presidente de México, le había pedido no suscitar controversia y dejar que se apaciguara la polémica de la elección. Él era entonces funcionario de gobierno y estaba obligado a atender la petición presidencial. Le pregunté entonces por qué no lo había hecho años después, una vez que salió del gobierno. Hizo una expresión con los hombros y una mueca que me hicieron recordar la lógica del “¿Para qué te peleas?”.

La reacción de recriminación: “No se vale que platiques lo que viste o supiste”. Muchos me recriminaban, por ejemplo, que narrara mis conversaciones con el presidente Calderón o que exhibiera las contradicciones entre las posturas públicas y privadas de muchos políticos mexicanos. Una persona muy cercana, que incluso aparece en varios pasajes del libro, me dijo que no lo compraría porque estaba en desacuerdo con que hubiera exhibido al presidente Calderón. “No se vale que hables mal de él ni que hagas públicas tus conversaciones privadas”.

Quienes me recriminaban por ser “indiscreto” pensaban que no era ético hacer públicos encuentros y conversaciones privadas. La recriminación evocaba un código de silencio que yo jamás había firmado ni asumido: “Si participas de la fiesta, no se vale platicar qué ocurre adentro”. Les repetía que durante mi encargo como titular del IFE guardé absoluta confidencialidad y discreción sobre mis conversaciones y encuentros con actores políticos. A distancia, y con la libertad que me da mi calidad de ciudadano y académico, pienso que es mi obligación dar cuenta de los hechos, públicos y privados, que ayudan a explicar la crisis política de 2006.

La reacción de dogma y agresión: “No te creo nada ni leeré tu libro: hiciste fraude y nada me hará cambiar mi punto de vista”. Los dogmas son apuestas de fe, creencias con tintes religiosos, cuya veracidad se basa en la pasión, no en el cotejo de los dichos con los hechos. López Obrador ha construido su liderazgo social con base en dogmas y acusaciones sin ton ni son y ha alimentado a una generación de idólatras que se caracterizan por la falta de sensatez y de congruencia y, en ocasiones, por su agresividad al expresar sus opiniones políticas.

El 30 de noviembre de 2008 acudí a la presentación de mi libro en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Se trata de la feria más importante del mundo hispano, y uno supondría que es un espacio para la reflexión, el intercambio de ideas y la tolerancia intelectual. En mi caso, no fue así. Después de que Pedro Huerta, director de la editorial Random House Mondadori, y Alfonso Hernández, catedrático del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), habían hecho sus comentarios, se abrió un espacio para preguntas y respuestas a un auditorio conformado por aproximadamente 300 personas. Después de algunas intervenciones pidió la palabra una mujer “güera” con chamarra de piel café. Se veía molesta y agitada. Aun antes de decir algo, giraba de pie sobre sí misma mientras en sus manos sostenía un cartel con mi foto y una leyenda que decía: “Se busca por delincuente electoral”. Ya conocía ese cartelón, que había rondado por calles y plazas de la ciudad de México durante el conflicto postelectoral de 2006.

La mujer güera espetó: “¡Te digo a ti, Luis Carlos Ugalde, que eres el artífice del fraude cibernético; tú eres el responsable de la descomposición social del país!”. Luego tomó aire y gritó agresivamente: “¡Lárgate de este país porque no eres mexicano!”.

La señora no había preguntado nada, sólo había lanzado una consigna: “Es usted un delincuente electoral, no le creo nada ni leeré su libro”. Esperé a que concluyera y di mi punto de vista. Pero, mientras yo hablaba, ella seguía de pie girando como trompo, y mostrando mi foto de “delincuente electoral”.

“Usted trae una predisposición y no está dispuesta a escuchar”, le dije a la güera. “Yo la escuché, ahora quiero que usted me escuche, porque éste es uno de los grandes problemas que tiene este país, que se denuesta pero no se escucha”. Mi petición fue en vano. Ella había ido a acusarme, no a intercambiar puntos de vista. Incluso me había desnaturalizado y corrido de México. Quería desahogarse, no debatir. Iba a una feria del libro a todo menos a leer libros. Acudía a la presentación de una obra que no le interesaba leer y a cuyo autor detestaba. Vaya, ni siquiera le interesaba escuchar lo que el autor podía comentarle de viva voz.

Yo expuse mis razones, aunque ella no me escuchara. Dije, por ejemplo, que si los votos contenidos en las actas con errores de llenado se eliminaban en el cómputo de 2006, la ventaja de Felipe Calderón se ampliaba —los errores ayudaron más a AMLO que al candidato del Partido Acción Nacional—. Como siempre sucedía, frente a la evidencia la reacción era dogmática e incluso agresiva. La señora “güera” se paró y gritó: “López Obrador es el presidente legítimo”, mientras dejaba el salón con paso atrabancado, veloz, y que denotaba enojo y cerrazón.

La sesión continuó. Una mujer se levantó y avaló la limpieza de la elección. “Han sido las más ordenadas en 25 años”. Se le vino encima un alud de improperios: “¡Palera, vendida!”, seguidos de “¡Fuera, fuera, fuera!” y el coro: “¡Es un honor estar con Obrador!”.

Cuando finalizó la presentación, empezó realmente la parte que ilustra más significativamente la reacción dogmática y agresiva. Los manifestantes se subían a las sillas y me gritaban “¡Traidor a la democracia!”, mientras yo platicaba con algunos de los asistentes, todavía en el estrado. “¡Mentiroso, vendido!”, seguían gritando desde la parte trasera del auditorio.

Insatisfechos por el efecto de sus arengas, alguien gritó “¡Vendepatrias!”. Recordé entonces a Antonio López de Santa Anna, ese controvertido personaje de la historia de México del siglo XIX, que fue presidente varias ocasiones, mitad salvador, mitad traidor en la historia mexicana. También recordé a todos los economistas mexicanos que eran llamados “vendepatrias” en los ochenta y noventa cada vez que proponían adelgazar el tamaño del sector público. Un joven entallado en una playera negra con la imagen de una calavera blanca gritó con coraje: “¡No eres mexicano!”.

Los manifestantes apenas sumaban una docena de señoras y jóvenes, pero sus voces eran tan estridentes que parecían cientos. A mí ya no me sorprendían esos gritos —los había oído a la puerta de mi casa, de mi oficina, en el plantón de Reforma y afuera del Tribunal Electoral el 5 de septiembre de 2006, cuando estuve a punto de ser linchado por cientos de manifestantes—. Pero los organizadores se pusieron nerviosos y me sacaron por una puerta trasera del auditorio.

A punto estábamos de salir, cuando escuché una expresión que nunca olvidaré. Ya no recuerdo si me dio risa, tristeza, miedo, o si sentí una profunda impotencia. Una mujer, de pie sobre su silla, al ver que iba de salida, gritó desesperada: “¡Anticristo!”. En mis oídos retumbó esa expresión: ¡Anticristo, anticristo, anticristo! Luego, la misma persona remató: “El presidente legítimo es Andrés Manuel López Obrador”.

Finalmente, otra reacción que me llamó la atención fue el silencio. No sé si resultado de una aceptación tácita del contenido del libro, de evadir la controversia o de mero desinterés. Pero, contrario a lo que esperaba, me sorprendió el silencio de muchos que aparecen en sus páginas. En el índice onomástico hay 403 nombres, algunos en múltiples ocasiones. Por su número de menciones, los protagonistas centrales son López Obrador (91 menciones) y Felipe Calderón (88); en un segundo nivel, Vicente Fox (43), Roberto Madrazo (30) y Horacio Duarte (23), este último representante del Partido de la Revolución Democrática ante el IFE en 2006. Pero en la obra hay otros personajes menos citados pero muy controvertidos: Manlio Fabio Beltrones (14), Leonel Cota (14), Elba Esther Gordillo (14), Manuel Camacho Solís (12) y Arturo Núñez (2).

Nunca escuché comentario alguno de ellos.

Luis Carlos Ugalde. Catedrático del ITAM. Fue consejero presidente del IFE en 2003-2007.
Ficha
* La Jornada, 11 de marzo de 2010.