Sección: Narrativas

Puede decirse que fue feliz y favorecedor el modo en que la canalla literaria mexicana -en la prensa y revistas y suplementos- recibió (porque ella, también) el Premio Nobel de Literatura 1982 para Gabriel García Márquez, y sólo en casos excepcionales esta felicidad global llegó a exhibir diferencias de grado cuando unos pocos autores intentaron un repaso crítico de utilidad. En general: declaraciones exageradas y enfilamientos para tributar caravanas nobelenciales, frotamiento de manos y levantamiento de corazones por las posibilidades políticas del premio, obvios pronunciamientos solidarios de amistad y orgullosos encueres de intimidad compartida (“llegamos sus amigos y estaba en pantuflas”, etc.); defensa contra rencorosos posibles y probables, ataques al viento y apologías envalentonadas (“atrévanse a decir algo”), dicha compartida a como diera lugar y efusiones como formas de sentir o exigir cercanía. De modo que todo parecía resumirlo el graffiti: “Felicidades. Te amamos” y la convicción o sensación de que el éxito, a estas alturas del tecleo, sólo se pega por contagio.

Si según Carlos Pellicer las dos pasiones que distinguen al mexicano son el amor por la muerte y el amor por las flores, las dos que distinguen al escritor mexicano son el amor por los chismes y el amor por los premios.

Atrás de muchas de las alegrías que despertó el Nobel para García Márquez puede colocarse la intuición de que el escritor mexicano es besa-premios en sí mismo; besa porque no descarta nunca la posibilidad de que lo besen a él y, como se ha hecho evidente tantas veces, cuando le dan un premio cree que todos están en la obligación de comentárselo y besárselo. No todo es así, por supuesto, y se dieron recepciones más inteligentes y cumplidoras para la noticia; en el citadero que sigue, los dos puntos que más destacan a favor del premio otorgado a García Márquez son el literario (estrictamente, se quiere), y el político; pero, como se tratará de ver, también esto último puede ponerse enteramente a discusión, no en la medida de la calidad de García Márquez sino de la calidad o importancia real que pueda tener, va con la cabeza en frío luego de los brindis, ese festín editorial y noticioso llamado Premio Nobel.

EMPIEZA EL CITADERO

Al día siguiente de la noticia, unomásuno publicó varias declaraciones de escritores que podrían irse resumiendo o escanciando así:

Tito Monterroso: “El premio me proporciona una alegría profunda por dos razones. La primera, porque es evidente que lo merecía desde hace muchos años. Probablemente desde 1967 cuando apareció Cien años de soledad, para no hablar de toda su obra posterior. Segundo, porque García Márquez ha estado vinculado siempre a las luchas del pueblo de Guatemala, en estos días más profundas que nunca. En buena medida este premio viene a ser una gran ayuda a la lucha del pueblo guatemalteco por su liberación”.

Renato Leduc: “Es uno de los premios más justos que se le han otorgado a un escritor; en principio porque este escritor es latinoamericano y, segundo, porque es un gran narrador”.

Margo Glantz: “Es más importante el premio cuando se le ha otorgado a una persona con posición tercermundista”.

Emilio Carballido “Tengo un entusiasmo inmenso y un placer prácticamente personal. García Márquez es el más brillante, alegre y vital de todos los latinoamericanos, sea Premio Nobel de Literatura o no”.

Salvador Elizondo: “Tal vez su obra podía haber esperado un poco para recibir el Nobel, puesto que él es bastante joven todavía… Es un premio muy merecido. Su obra está a la altura del Nobel si juzgamos el consenso de los autores que lo han recibido. Y, en este caso, la importancia se enfatiza por tratarse de un escritor de América Latina.”

Eduardo Lizalde (Primera Intervención): “Aunque el premio es bienvenido, no era mi candidato. Lo hubiera merecido más Octavio Paz o Jorge Luis Borges. Aunque la fama de García Márquez y su calidad de escritor justifican la distinción”.

Arturo Azuela (Primera intervención): ” El premio es merecido definitivamente porque corresponde a una línea clara y muy bien definida de la literatura latinoamericana. García Márquez representa la culminación de esa trayectoria. Combina los elementos telúricos con preocupaciones en torno a nuestra identidad”.

José Luis Martínez: “El Premio es un acierto. La satisfacción no es sólo para Colombia, sino también para México, segunda patria del escritor, a quien también se le ha otorgado el Águila Azteca. La riqueza imaginativa y el encanto de Cien años de soledad son únicos y su lectura ha sido una fiesta para millones de personas”.

Álvaro Mutis (gran cerrón): “Imagino el diálogo que en ese paraíso, en donde viven los personajes de la novela de todos los tiempos, deben haber,entablado el coronel, que llegó allá sin recibir su carta, Aureliano Buendía, Úrsula, Amaranta, Remedios y Eréndira, que deben estar todos tanto o más contentos que los amigos de Gabo”.

SEGUNDA ENTREGA DE PUBLICANTES

El siguiente plato fuerte llegó por vías de Sábado. (Oct. 23, 82.)

Carlos Fuentes: “El Premio Nobel pasó por alto en su momento a Kafka, Proust y Joyce. Hubiera sido un escándalo que pasara por alto al novelista que en el siglo XX ha hecho por la lengua castellana lo que Cervantes en el siglo XVI. Es uno de los premios literarios más merecidos que ha dado el comité Nobel y a mí me llena de orgullo y de alegría como latinoamericano, como mexicano y como muy viejo amigo de Gabriel García Márquez”.

Luis Cardoza y Aragón: “Me ha llenado de una alegría muy profunda (…) por que ha sido otorgado, muy merecidamente, a un escritor que para muchos -yo entre ellos- considero el más importante de nuestro idioma. García Márquez es un gran novelista, con una obra cargada de imaginación, de una fantasía singular y personalísima, pero también de ideas generosas”.

Ángel Rama (“Un premio para, todos nosotros”): “En un ensayo que escribí en 1975 sobre el primer cuento publicado por Gabriel Garcí­a Márquez en sus años de estudiante colombiano, yo decía: ‘Es previsible que en el Gabriel García Márquez que reciba en Estocolmo el Premio Novel se reencontrará nuevamente al muchacho barranquillero de 1950′… En el podio de la Academia no sólo recibirá el premio ese muchacho barranquillero de los cincuenta, ya algo más gordo y canoso, sino todo el pueblo latinoamericano, ese también joven turbulento que ha llegado a su mayoría de edad artística e intelectual y busca su igual mayoría política”.

Álvaro Mutis (segunda vuelta): “Tengo que hacer un esfuerzo para dejar de lado treintaidós años de maravillosa amistad sin una sombra, para poder referirme a una obra que no puedo leer sin un cierto temblor de asombro y pánico”.

Arturo Azuela (segunda vuelta): “Quizá muchos pacatos verán con desdén este triunfo; quizá muchos falsos vanguardistas no entenderán la importancia, presente y futura, del Premio Nobel para García Márquez”.

Jaime Sabines: “En todas sus novelas -pero sobre todo en cien años de soledad- García Márquez es un poeta. Sí, (…) porque las diferencias entre poesía y prosa dejan de existir cuando ésta alcanza su más alto nivel. Por eso afirmo que Dostoievski es un gran poeta trágico”.

Carlos Monsiváis: “Se me ocurre una encuesta: ‘¿Le gustaría a usted ocupar el lugar de García Márquez?’, y no la inicio, porque sé que todos mentirían, responderían afirmativa o negativamente. García Márquez es único, es un narrador incomparable, tiene todo el éxito concebible y, además, la gente lo quiere por lo que escribe”.

EL PREMIO NOVEL AL PROCESO

El lunes 25 de octubre la revista Proceso sacó la siguiente tela para cortar. En efecto, Proceso (“110 semanas en Proceso. García Márquez: su oficio, su arte, su mundo”) recibió el premio como si se lo hubieran dado a ella. (Una semana antes, cuando se supo que García Márquez sería condecorado con el Águila Azteca, Proceso abrió un recuadro donde se presentaba a García Márquez como colaborador de Proceso, antes que nada, y luego, en segundo término, como autor de Cien años de soledad: o sea que lo primero es lo primero). Proceso publicó una “síntesis” de las colaboraciones de García Márquez en ella y dejó caer varios recuadros: Rulfo opinando sobre el Premio. “Me parece que por primera vez la Academia Sueca obra con sensatez y no hace política (…) Creo que no intervino Arthur Lundkvist, el encargado de revisar la literatura hispanoamericana para la Academia. Ya se sabía que este año correspondería a un hispanoamericano”. (Una semana después, en la misma revista, Marco Antonio Campos dio el posible motivo de la misteriosa observación rulfiana sobre el sueco Lundkvist que “declaró alguna vez que para que Rulfo lo convenciera necesitaba haber escrito seis u ocho libros más”). Otro recuadro del para entonces solicitadísimo Álvaro Mutis hablaba por “lo que sé de Gabriel”, y otro más incluía declaraciones de Cortázar (“Mi sentimiento es de gran alegría. Primero, porque es un reconocimiento a la obra de Gabo. Segundo porque considero que es un premio también para América Latina. Tiene un gran significado en este momento para multiplicar el interés de nuestros problemas y nuestros procesos”); mientras tanto, Fuentes insistía en su comparación con Cervantes que, por cierto, el informante de Newsweek le enmendó hasta hacerla más escandalosa: ” ‘Márquez ha hecho por la lengua española más de lo que hizo Cervantes’ dice el autor mexicano Carlos Fuentes. ‘Ha resucitado tanto nuestro lenguaje como nuestros mitos’ “(Newsweek, Nov. 1, 1982). Este número de Proceso incluye, por último, dos semblanzas del tipo de “nos recibió en pantuflas, etc.” debidas a Eric Nepomuceno y a Jesús Ceberio, Páginas atrás, se incluía la colaboración semanal de García Márquez, esta (otra) vez sobre Hemingway.

Una semana después Proceso volvió a su asunto incluyendo memorias de Germán Vargas, un intento de aproximación crítica de Raúl Mora, una calavera de David Huerta y un texto de Eligio García Márquez, su hemano. Además, folklore: la cámara de diputados -se informaba en otro recuadro- había decidido mandar una felicitación a García Márquez.

CONATO CON SINGER Y EL OLOR DEL GUAYABAZO

En el Semanario Cultural de Novedades del 31 de octubre de 82, Eduardo Lizalde finalmente si eligió a García Márquez como su candidato, contra lo que dijo (si es que así dijo) a unomásuno. Luego de hacer un repaso de cómo se leía a García Márquez en el México de los sesenta, Lizalde emprendía una polémica fantasmal contra otro Nobel, I.B. Singer, que declaró al NYT: “Si ellos (Tolstoi, Dostoievski, Flaubert) vivieran hoy Márquez sería una pobre elección, pero ellos no viven ya”. “Uno se pregunta”, replicó Lizalde, “si el señor Singer puede leer realmente algo de literatura en lengua española, para estar en condiciones de juzgar a los escritores de Latinoamérica y, también, si él mismo no hubiera sido una pobre elección en el caso de haber competido por el premio con Tolstoi y Dostoievski, aun sin la participación de Flaubert”. Luego aclaraba que “pueden tenerse con García Márquez diferencias de opinión política: para nosotros, cuando menos, no es éste el momento de discutirlas”.

Por último, en La Cultura en México, Suplemento de Siempre! de la primera semana de noviembre (No. 1066), Antonio Saborit y Rafael Pérez Gay apuntaron indistintamente: “antes que la llegada de premios y reconocimientos, el éxito de García Márquez como escritor es un tema difícil de evitar. Más aún, en el camino que eligió para llegar a la cumbre se encuentra la clave de su conservación y gozo, así como la posibilidad de reiterarlo en términos literarios”. “A veces, un escritor premiado es también un escritor en forma, y no los corredores políticos de la geografía de los nóbeles pasando de lado por la obra. Sucede así con García Márquez, aunque la inevitable posdata del Premio Nobel estalle en las entrevistas y las primeras planas y el olor al guayabazo y los flashazos y el gesto y los hechos que vivieron para su anécdota inmediata y en videotape”.

Esta es la tela bastante bien extendida. La tijera podría entrar aprovechando esto último y volviendo a la denuncia de Azuela contra los “pacatos” para decir que tal vez aquí, en este redactor, hay uno de ésos de los que él dice; también sería bueno que Azuela dijera, junto con los otros que emplearon su tono, por qué tiene “una importancia presente y futura este Premio Nobel para García Márquez”. Mientras tanto, vienen las objeciones de un “falso vanguardista” que pasa a su lote de insidias.

GABO, DÍGANOS ALGO

Las objeciones que se le han planteado al Nobel han sido siempre periféricas y nunca han ido al centro o a la raíz. Se le objeta su sesgo político o tontamente, su falta de ojo literario (éjele se les fue Joyce; éjele se les fue Proust); pero basta un télex como varita mágica para que se esfumen las ineptitudes de la Academia y las cosas se olviden o se recuerden lateralmente: todo, otra vez, a la periferia. El hecho es que en caliente, aparte de los motivos de cercanía con “Gabo”, parecían ser definitivas las razones literarias y políticas para alegrarse con el Premio Nobel para García Márquez; más en frío, no es que las razones empiecen a desmoronarse y las reacciones a parecer injustificadas, sino que todo lleva otra vez al cuestionamiento mismo del Premio y de la alharaca anual que despierta, y esto por fuerza también tendría que sacudir en sus bases a las razones y reacciones.

En realidad, el único argumento válido para aceptar un Premio Nobel de Literatura (lo mismo que cualquier premio literario) sigue siendo el único que tenía el Nobel en un principio: el argumento del dinero: el que dan los suecos (jineteándolo en las minas de Sudáfrica, se dice) y el que pueden acarrear las ventas de los libros (aunque las ventas no garanticen nada, es decir, no garanticen lo otro que también quieren los escritores: “inmortalidad”, y aunque la inmortalidad no les sirva de nada a los inmortales ya que se murieron). Los otros argumentos, incluso cuando van inspirados en la nobleza, son espejismos; o en todo caso sería necesario tener la cabeza mucho más fría para volverlos realidad o darles la utilidad que pretenden llevar a causas no sólo dignas sino urgentes. Así, la hermosa idea de que el premio “de Gabo” es para Latinoamérica o el Tercer Mundo o Todos Nosotros resulta ilusoria porque, en el sentido idiota pero estricto de urgencia, la lana no alcanza para todos; y en el sentido fundamental o más importante -es decir, en el sentido de que García Márquez utilizará cual debe el podio para ventilar y llamar la atención sobre los problemas latinoamericanos de modo que Nuestra América (sic demagógico) gane una tribuna internacional-, se trata de una idea que, por efusividad o emoción, equivoca la táctica, porque en este caso el uso político apropiado del podio consistiría, precisamente, en no usarlo; es decir, rechazar el premio (sartreárselo) a nombre de los problemas en Centroamérica, el intervencionismo norteamericano, las dictaduras militares, el hambre, el analfabetismo y todas las desgracias que deban enumerarse.

Si se trata, como dice -y bien resume la primera emotividad general- Angel Rama, de que “en el podio de la Academia no sólo recibirá el premio ese muchacho barranquillero de los cincuenta, ya algo más gordo y canoso, sino todo el pueblo latinoamericano ese también joven turbulento que ha llegado a su mayoría de edad artística e intelectual y busca su igual mayoría política”, en realidad el siguiente paso serio de ese joven rumbo a “su igual mayoría política” consistiría en rechazar el premio; es decir, dejar en claro que un cáncer no es paliable con el mejoral de un podio y hacer evidentísima la dignidad política de “todo un continente” como dice la Academia.

El otro argumento “de peso” es el literario, pero en frío resulta tan liviano como los lauros que los académicos suecos llevan en sus sienes. Es un hecho que el Nobel es famosísimo; la pregunta es cuáles son los motivos válidos para respetarlo más allá de las agencias informativas; mejor, de qué capacidad literaria -se ha dicho tantas veces que se acaba olvidando siempre- gozan estos respetables señores suecos para decirle al mundo cuál es la literatura que debe leerse y quién la representa mejor cada año; o, en este caso, por qué tendrían que venir a dar el visto bueno a “la mayoría de edad artística e intelectual” latinoamericana que se dignaron reconocer en la obra de García Márquez. La pregunta, por supuesto, no va dirigida a los académicos suecos sino a todos los que “van con el Nobel”. ¿Por qué “mayorí­a de edad artística ? ¿Por qué una obra como la de García Márquez merece un Nobel? ¿Por qué hablar de “poderosa imaginación” y “gran creación mítica” y etcétera como para dar razones de este lado que justifiquen y defiendan la elección de los académicos suecos?

En realidad el Nobel debería ser un premio al que sólo una mayor cantidad de dinero animara a alguien a recibirlo, luego de que los académicos le rogaran a los autores que hicieran, por favor, el dudoso honor de aceptar esta presea “semi-deseada y semi-respetada” como debió seguir siendo desde que un maltrecho Hemingway la adjetivó así­, en 1954 y, con una flojera infinita de recibir el premio, no viajó a Estocolmo, se gastó la lana en los toros y le regaló la medalla a Ezra Pound como una corcholata vistosa.

El respeto y celebridad que tiene el Nobel es tan absurdo que basta imaginar la risa loca que acarrearía el hecho de que la Academia Española, en vez de su similar Sueca y por algún azar millonario y cierta fundación sacada de las Vidas Ilustres, decidiera quién es el escritor “idealista” digno de recibir este año un premio superlativo de literatura. En términos estrictos de eficacia, salud, grandeza, etc., a la literatura le da lo mismo que alguien gane un Nobel a que otro gane los 100 metros planos en las Olimpiadas: es un tema de conversación, un excelente trivia a lo más, un cuento deportivo.

Ay sí­: son misteriosos los designios de la Academia; ay sí­: nadie sabe cómo deciden soltar el humo del Nobel habemus; ay sí­: son nórdicos y como tales fríos y calculadores. En los hechos se trata de una Academia de la que ni siquiera puede salir algo más que lugares comunes y bobadas a la hora de explicar, críticamente, ya no por qué dieron el premio sino por qué les parece excepcional la obra de tal autor ese año. Semi-explican, semi-justifican, semi-hacen literatura ellos mismos; de ahí­ que no haya mejor lectura del Nobel que la lectura del Nobel muerto: para un vivo el Nobel tiene algo que estorba y mancha, algo que roba sabor, que se adjudica cosas que fueron del autor y de sus lectores -de la literatura, en fin- y que desde este momento pasan a ser del Nobel; y la literatura tiene que hacer un doble esfuerzo para sacudirse los semis que le encima la nobelización. De modo que por lo menos debían caerse con un poco más de dinero ya que se dedican a nobelizar a la literatura.

Por lo mismo, resulta cada vez más incómodo ver cómo la inteligencia de Borges se tropieza y se demora respetando el premio siempre que los reporteros le meten el pie. Si el Nobel la tocara, la obra de Borges quedaría hecha con “semi-mitologí­as del arrabal” y “semi-juegos con el tiempo y el infinito”. O por poner dos ejemplos recientes: Saul Bellow también quiso que subiera al podio a recibir el premio el muchacho que jugaba beisbol en los barrios de Chicago; al bajarse del podio regresó a las prensas con The Dean’s December que ya es la deslucida obra de un Nobel y no de Saul Bellow. Elías Canetti parecía ser cada vez mejor y tener mayores atractivos mientras menos conocido era (es decir, mientras Chema Pérez Gay nos lo daba de a poquitos); la anécdota de la lengua que salvó de niño, contada por Canetti, tenía un sabor especial; contada por el Nobel Canetti, es una exageración, una pose, una semi-mamada. Por eso los académicos que le quitaron el bat a Bellow y el charm a Canetti debí­an pensionarlos por lo menos, hasta que el baño de la muerte los purifique (Una excepción notable es Bashevis Singer, que entre otras tácticas para quitarse unción lo menos que puede hacer es declarar cosas como las que irritaron a Lizalde).

La respetable canalla literaria mexicana nos debe aún en fin, la explicación de por qué habrí­a que respetar cosas como el Nobel, es decir, esa costumbre de reducir la literatura a un premio mundial, la crí­tica a un telegrama y a unas bobaliconas declaraciones de principios, las obras a una lista de fechas en un hand-book, y todo a una inmortalidad moribunda y tan dudosa como la que pueden conferir, año tras año, la organización nórdica de la asepsia literaria y la semipedantería universal.