Meandros

Aquí vamos de nuevo, estimados amigos de nexos, con la novedad que los científicos ya tenemos nuestra propia División del Norte, lista para anexar Columbus. A estas alturas, a nadie sorprendería que tuviéramos éxito. Frente a mí, en mi cubículo de la UNAM, tengo una vieja fotografía de mi general Villa que mucho aprecio. Poco a poco, en futuros comunicados, les platicaremos quiénes somos los científicos villistas y cómo le pensamos hacer para tomar por asalto la ciencia mexicana.

La ciencia como tal no existe. Lo que hay son científicos. Acaso el más importante, el fabuloso doctor Einstein, publicó en 1926 un breve y casi desconocido texto sobre la causa de los meandros. Es el único trabajo en ciencias de la Tierra que ha producido don Alberto, por eso me puse a indagar sobre este artículo y las causas de por qué cayó en tan profundo olvido. He aquí lo que he podido averiguar.

Los meandros

Un río tiende a serpentear, es su naturaleza; pero pocos científicos se han preguntado por qué. Un meandro es una curva pronunciada en la trayectoria de un río. Tarde o temprano, cualquiera se topa con algún meandro. En mi caso, se trata de un meandro muy especial ya que se encuentra a escasos kilómetros del epicentro del sismo más gigantesco que jamás se haya registrado.

Eso fue el 22 de mayo de 1960, a las tres y cuarto de la tarde. Yo era director del Instituto de Geofísica de Santiago y acabábamos de sufrir un fuerte sismo el día anterior, que causó destrucción en la ciudad de Concepción, a unos 300 kilómetros al sur de Santiago. Llegué a la zona afectada e íbamos con un colega americano caminando junto a la barda del aeropuerto de Concepción cuando ocurrió un temblor mucho más grande que el de la víspera. El megasismo fue de magnitud 9.5 en la escala de Richter, y sacudió el globo entero en sus cimientos. Causó un maremoto gigante que inundó los puertos del Pacífico hasta Hawai y Japón. En Chile hubo más de tres mil víctimas.

Ocho años más tarde regresé a la región epicentral para estudiar los cambios geológicos que había ocasionado ese sismo. El azar me condujo a la reserva que habitan los indios mapuches.

Mi estudio se centró en el lago Budi, una extraña laguna costera que desaguaba en el Océano Pacífico a través del breve tramo de un río. La corriente cambiaba de dirección con las mareas dos veces al día. ¿Cuál era el origen de ese lago? Mis mediciones indicaban que el nivel de la costa había bajado en dos metros a causa del temblor. Me di cuenta de que el lago había sido originalmente un meandro del río Imperial, que desembocaba en el mar tres kilómetros más al norte. Debió de haberse separado del río a causa de algún gran sismo prehistórico, anterior al de 1960. Así lo reporté en la revista internacional Nature antes de regresar a México.

Pero no pude encontrar ninguna explicación convincente del origen y causa de los meandros, hasta que me topé con un viejo trabajo de Einstein escrito en alemán.

El artículo pasó desapercibido porque Einstein decidió publicarlo en la revista de divulgación Wissenschaften 1 y no en las revistas de física donde acostumbraba publicar. ¿Por qué? Probablemente, porque se trataba de una especialidad que Einstein no dominaba. Era cuestión de ética profesional. Sin embargo, no era un diletante. De buenas a primeras, el trabajo planteaba un problema de fondo: ¿por qué los ríos siguen un curso sinuoso en vez de bajar por la máxima pendiente, que es la ruta más directa al mar? Nunca se ha sabido de un río que remontara la corriente contra la gravedad, pero ¿acaso no era eso, precisamente, lo que hacía el meandro? ¿Qué es lo que desvía el agua del camino indicado por la gravedad?

El enfoque que utiliza Einstein es típico de su forma de pensar. Propone un experimento imaginario: una taza de té con azúcar. Cuando se revuelve, el azúcar se disuelve pero las hojitas de té se juntan en el fondo, justo en el centro de la taza. ¿Por qué? Einstein explica: debido a la fricción del líquido con la taza, se origina una circulación vertical distinta a la que impulsa la cucharita, de tal modo que el té baja por las paredes y sube por el centro de la taza. Eso se debe a que la superficie libre del líquido no experimenta ningún roce y, en cambio, hay una fuerza centrífuga dirigida del centro hacia los bordes. Por eso las hojitas se juntan en el centro. En el manuscrito, Einstein dibujó la idea.

Pero hay mucho más. En el caso de un río, las partículas de agua se trasladan río abajo describiendo una espiral, erosionando la orilla por donde el agua baja. El agua se desvía de la ruta de máxima pendiente a causa del Efecto Coriolis, que se debe a la rotación de la Tierra. En la hoja cuatro del manuscrito hallé una frase profunda, de enorme alcance. La traduzco así: “… la distribución de velocidades tiende a una distribución estacionaria a través de un proceso muy gradual. Es por eso que unas causas persistentes, aunque relativamente menores, logran influenciar considerablemente la distribución de velocidades en la sección”. Aquí el genial científico reconoce que las ciencias de la Tierra difieren de la física clásica por los tiempos tan largos que cubren los procesos geológicos. La palabra alemana que corresponde a “persistentes” fue intercalada entre líneas. No se trata de una idea a posteriori sino de una aclaración del autor.

Apenas ahora, 40 años después de mi encuentro con el lago Budi, tuve la oportunidad de aplicar las enseñanzas que pude extraer del trabajo en esa región remota y solitaria. Hay ideas que se tardan años y hasta siglos en madurar e imponerse, pero una palabra del más humilde de los trabajos de Einstein es capaz de desencadenar una revolución científica. Esa es la diferencia. En un futuro trabajo veremos lo que las ciencias de la Tierra deben a los textos geniales de Galileo, de Newton, de Robert Hooke y de otros grandes hombres y mujeres de la ciencia.


1 Einstein, A., “Die Ursache der Maeanderbildung der Flusslaeufe und das sogenannte Baersche Gesetz”, Naturwissenschaften, 14, fascículo II, 1926.

Cinna Lomnitz. Sismólogo. Investigador emérito del Instituto de Geofísica de la UNAM. Autor de Los temblores.