El androide y las quimeras

Ignacio Padilla, El androide y las quimeras, Páginas de Espuma, Madrid, 2008, 114 pp.

Llevo muchos años cultivando la certeza de que suena injusto, y aun pecaminoso para lectores de nula fe, incluir a Ignacio Padilla en ese amasijo de intereses y bandazos literarios que fue y ha llegado a ser el Crack. Es tan elegante, tan imaginativo, tan diestro a la hora de concebir y sortear los obstáculos que él mismo va sembrando en el camino, tan apegado y a la vez tan rebelde a la tradición que, una vez puestos a sumar, resulta el único entre sus iguales. Hay escritores que mandan el estilo por delante en virtud de que se sienten incapaces de entregar un argumento sano y salvo, y hay otros que cuentan por contar ya que han asistido a unos cuantos talleres de redacción. Ignacio Padilla no pertenece a ninguno de estos grupos dominantes. Toma la pluma como ambidiestro.

Los relatos de El androide y las quimeras casi parecen nostálgicos por su tributo a la buena escritura e intemporales por su apego al oficio de narrar. Tienden, por principio o sin él, a la introspección. No les importa que parezcan marginales; quizá por eso nunca dejan de fruncir el ceño ante las interrogantes que plantea la vida. Ya que se deben a libros escritos, e incluso a libros que posiblemente habrían sido escritos, exigen una pequeña dosis de incredulidad y gestos repetidos de sorpresa.

He dicho que los relatos de El androide y las quimeras parecen marginales. Lo son, aunque no por la prontitud con que se inclinan ante lo mórbido y lo extravagante sino porque transcurren en ese palmo de la existencia humana en el que los actos y los pensamientos pugnan por revestirse de una corteza sobrenatural. Reconocemos un fuerte olor a más allá en la confesión transida de placer del mago que protagoniza “Viaje al centro de una chistera”, y volvemos a reconocerlo con creces en “Galatea en Brighton”, una mascarada espiritista que se sumerge en los abismos de la identidad. Un resplandor espectral baña “Las tres Alicias”, suerte de especulación borgeana con la que Ignacio Padilla extiende sus brazos hacia Lewis Carroll, y una intensa luz de misterio desciende sobre el espectáculo inenarrable que creemos vislumbrar en “Of Mice and Girls” o sobre el artilugio mecánico de “Las entrañas del Turco”, que sorbe el seso y el espíritu de los grandes maestros de ajedrez.

Androides y quimeras: autómatas y monstruos fabulosos o meros engaños. La fórmula se antojaría reservada para seres concebidos por nuestra imaginación y empecinados en jugarle malas pasadas. En realidad, esos androides y quimeras no son más que hombres y mujeres puestos a llevar a cabo la pesada tarea de dotar al mundo de una consistencia irreal. Pueden tomar la forma de un fabricante de muñecas parlantes o de una niña que descubre y mima a decenas de fósiles milenarios como si fueran osos de peluche, o pueden asumir los malos modos del regente de un burdel en Pigalle o la llama promiscua de una Circe americana.

No importa qué personalidad adquieran. Son de carne y hueso y sin embargo se las arreglan para confundirnos y hacernos creer que vienen de un lugar carente de volumen y sustancia. Se muestran ante nosotros como si no hubiera otros lugares más trascendentes que el crepúsculo y el ensueño.

Desde sus primeros libros, Ignacio Padilla ha mantenido una relación fructíferamente inusual con la tradición literaria. Una y otra vez dirige su atención a ella con el propósito doble de interrogarla y obtener el máximo provecho. Podría sonar a exageración pero se cuenta entre los raros escritores mexicanos nacidos después de 1960 que, encima de todo, saben leer y transformar ese momento en tensión creativa. A la vista de El androide y las quimeras este Ignacio Padilla, el mismo que también procura el ensayo, el mismo que nada a la vez en las aguas de la anacronía y la actualidad, ha tomado partido por la tradición inglesa. Ya desde Chaucer, pasando por Dickens y Chesterton hasta McEwan y Banville, sabemos que, si miramos bien, la gente común y corriente resulta muy extraña. Que sus relatos se vuelvan con tanto respeto hacia el pasado es resultado de la confianza en la inagotable riqueza de la literatura y la vida.

Roberto Pliego. Escritor y editor. Su libro más reciente es 101 preguntas para ser culto.