Uno

El descubrimiento ocurre en una pensión de la ciudad de Búfalo, durante la Exposición Panamericana de 1901. Su origen es la indiscreción de una camarera: “Ese anciano que usted ha saludado en el corredor, es músico, un maestro de canto muy conocido. Dice que ha compuesto una pieza muy popular entre los mexicanos. Se llama Jaime Nunó”. El capitán de ingenieros que escucha la revelación mira al anciano de aire melancólico que almuerza en una mesa contigua, y siente un estremecimiento.

“Soy mexicano. Lo conozco a usted como autor del Himno nuestro”, se presenta.

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Nunó sonríe conmovido y le extiende una mano temblorosa. Antes de que termine el almuerzo, el capitán se habrá enterado de que Nunó acaba de cumplir setenta y siete años de edad, y sobrevive al filo de la miseria, impartiendo clases de canto y solfeo desde el amanecer hasta las diez de la noche. Se habrá enterado, también, de que el ganador del concurso convocado en 1853 por el presidente Santa Anna, “para presentar un himno heroico que sería adaptado como nacional”, no cobró jamás los quinientos pesos del premio: “Cuando cayó el gobierno del general, temí una persecución y abandoné el país. Sin embargo, una de las grandes satisfacciones de mi vida consiste en que México exprese en la música que he compuesto sus más ardientes sentimientos de patriotismo”, dice Nunó, según la conversación reproducida por El Universal más tarde.

La comisión de militares porfirianos que asiste a la Exposición se apresura a enviar el reporte. La noticia es dada a conocer el 15 de julio de 1901 en la Escuela Nacional Preparatoria, durante el acto de constitución de la Sociedad Positivista “Gabino Barreda”. El maestro Lázaro Villarreal, presidente de la mesa directiva, anuncia que el primer acto de la sociedad consistirá en promover una suscripción nacional “en favor de Nunó, anciano y achacoso, y a quien México debe la recompensa de haber creado su grito de combate”.

Al día siguiente, El Universal, dirigido entonces por el periodista veracruzano Luis del Toro, convierte el descubrimiento en su nota principal: “Nunó, el autor de nuestro Himno amado que nos arranca lágrimas en el extranjero y en las ocasiones solemnes de la vida patria, que alienta el valor de nuestros soldados en el combate, que pone una nota de intensa alegría y esperanza en nuestros festivales de paz y progreso… está anciano, pobre, y aunque vive con decoro y nada reclama, merece un premio digno de la magnificencia y de la cultura de nuestra patria”.

Las buenas conciencias del porfiriato —obligadas, según el censo de 1900, a convivir con cerca de doscientos cincuenta mil pobres en la ciudad de México—, no soportan la idea de que una gloria nacional permanezca en el olvido, y hundida en la pobreza. La historia del hallazgo recorre los salones, las plazas, los cafés, los bares; se convierte en plato del día entre los “gomosos” que a toda hora chismorrean en el boulevard. En el Zócalo, la Alameda, los portales, las esquinas más concurridas, es leído en voz alta el artículo del diario:

Que Nunó no trabaje más, que el manto de la patria mexicana cubra su ancianidad de abundancia, gratitud y cariño [...] Todos, sin excepción de clases ni de partidos, debemos contribuir a la noble y patriótica obra de la subscripción nacional en favor de D. Jaime Nunó; no es al español, no es al artista, a quien ofrecemos nuestro donativo: es al autor de nuestro canto de guerra, al sintetizador de nuestra nacionalidad y nuestro patriotismo.


Dos

Jaime Nunó había recibido el beso del diablo en marzo de 1853, cuando Santa Anna volvía de su destierro en Turbaco para asumir por onceava ocasión la presidencia de la República. El músico catalán, ex director de la Banda del Regimiento de la Reina, radicaba en Cuba desde 1851, con la encomienda de organizar las primeras bandas militares en la isla. Cuando Santa Anna, de paso a Veracruz, recaló con su séquito en La Habana, estableció con Nunó algo parecido a una amistad. En vías de proclamarse Alteza Serenísima, sintió que el joven director de orquesta —músico de cabecera de Isabel II—, podría proporcionar aires de fasto a su nueva presidencia imperial. Antes de embarcarse, le ofreció un ventajoso contrato como director de Bandas Militares.

Nunó arribó a la ciudad de México para recibir un nombramiento como capitán de infantería, con goce de fuero y uso de uniforme. Por indicaciones del ministro de Fomento, las Bandas y Músicas de los cuerpos militares se pusieron bajo sus órdenes, “para dar principio a la instrucción”. Azuzadas por los redactores de El Siglo Diez y Nueve, las glorias musicales desplazadas por el catalán (entre ellas, el maestro Inocencio Pellegrini) se inconformaron con la decisión y retaron al recién llegado a sostener un duelo musical, a fin de que mostrara sus aptitudes. Nunó declinó el desafío: se limitó a aplicar para la plaza vacante de director del Conservatorio Nacional (resultó ganador, pero no ejerció el cargo) y atendió la convocatoria lanzada en noviembre de 1853 por el gobierno de Santa Anna, a través de la cual se ofrecía un par de premios (uno para pieza poética; otro para composición musical) a los artistas cuyas obras fueran seleccionadas para dar origen a “un Canto verdaderamente patriótico, que, adoptado por el Supremo Gobierno, sea constantemente el Himno Nacional”.

Entre los jurados del concurso se hallaba Antonio Gómez, uno de los maestros desplazados. Nunó temió que los caracteres su letra fueran reconocidos por Gómez, y solicitó al guitarrista catalán Narciso Bassols que transcribiera la partitura de su puño y letra. Firmó la composición con las iniciales “J. N.”. El 12 de agosto de 1854 el Diario Oficial dio a conocer a los ganadores. El himno compuesto por Francisco González Bocanegra y Jaime Nunó fue estrenado durante las fiestas patrias en el Teatro de Santa Anna: las crónicas de la época afirman que la gala fue espectacular: terminó con la gente llorando de pie, y el recinto a punto de venirse abajo —sacudido por el estruendo de los vítores, de los gritos, de los aplausos. Santa Anna resplandecía en el palco de honor.

Y, sin embargo, aquel fue tal vez el último gran acto de su gobierno. El Plan de Ayutla, que no le perdonaba la venta de La Mesilla, vomitaba fuego a lo largo del país. El estreno del himno cerraba un periodo de veintiún años en la vida de México.

En tanto cobraba el premio, Nunó recibió la orden de imprimir por su cuenta la partitura. Debía entregar un ejemplar a cada una de las bandas militares a su cargo. Gastó seiscientos noventa pesos en la empresa. Luego, las cosas se precipitaron. Santana fue cercado, debilitado, se quedó solo. Renunció al cargo en agosto de 1855 e intentó salir de incógnito rumbo a La Habana. Sus colaboradores cayeron en desgracia y se fueron esfumando lentamente. Nunó, considerado un protegido del dictador, se encerró en el número 4 de la calle de Zuleta (la actual Bolívar), a la espera de que pasara el torbellino.

Pero el torbellino no pasó. Una tarde de octubre de 1856, con un equipaje más exiguo que el del sentimental Sterne, se escurrió hasta la casa de diligencias y compró un boleto para Veracruz. Sólo había logrado recuperar una mínima parte del dinero gastado en la impresión del himno. Tenía treinta y dos años. Al salir por la puerta trasera, dejaba atrás un canto que, durante las cuatro décadas siguientes, iba a acompañar el clima anímico, los instantes culminantes, cada una de las grandes horas de la patria.


Tres

El 12 de septiembre de 1901 el silbato del tren de Laredo retumba en la estación de Colonia. Son las 6:40 de la mañana. A pesar de lo inoportuno de la hora, el andén se encuentra henchido de concurrencia. “En todos los rostros se pintaba el júbilo, todos los corazones rebozaban de entusiasmo… A todos se les antojaba que los relojes caminaban con desesperante lentitud y mutuamente consultaban sus horarios con la esperanza de que alguno llevara varios minutos de retraso… De todas partes de la ciudad afluían patriotas, y el andén era insuficiente para contener el enorme concurso. Gentes de todas las clases sociales estaban allí; ancianos, jóvenes, niños y muchas señoras y señoritas que también iban a contribuir a la solemne apoteosis de Jaime Nunó”, escribe un reportero de El Universal.

El músico ha sido llamado como invitado de honor a la celebración de las fiestas patrias. Aunque en 1864 regresó a México para presentar una temporada de conciertos durante el fugaz imperio de Maximiliano, nadie quiere recordar ahora esa visita. La versión oficial es que Jaime Nunó vuelve al país “después de cuarenta y siete años de ausencia”. Aparecen delegaciones de estudiantes, profesores del Conservatorio, miembros de la Sociedad Positivista “Gabino Barreda”, así como los regidores Jesús Galindo y Villa, Ignacio Solares y Agustín Alfredo Núñez. En un rincón del andén, varios músicos que habían tomado parte en la primera audición del himno, como el señor Martínez Zurita, se dejaban acariciar por la mano de la nostalgia.

Recrea el redactor de El Universal:

Por fin el anhelado huésped apareció y un ¡viva Nunó! indescriptible, inmenso, brotó de todos los labios. El entusiasmo era febril y la ovación grandiosa. Jamás habíamos asistido a un espectáculo semejante. Todo un pueblo aclamaba al autor de su Himno.

El señor Nunó, hondamente conmovido, con su venerable cabeza descubierta y vestido correctamente de negro, no hallaba palabras con qué dar gracias por tan entusiasta y cordial recibimiento.

Los representantes de la prensa se lanzaron al pullman y estrecharon con efusión entre sus brazos al inmortal Nunó, entre los vítores y ovaciones del inmenso concurso. Una señorita se abrió paso entre la multitud y ofreció al visitante un exquisito ramillete de gardenias enlazadas con grandes bandas tricolores.

El regidor Galindo y Villa le da la bienvenida a nombre del Ayuntamiento. Con los ojos llenos de lágrimas, Nunó desciende al andén. “A su paso —crónica el reportero— fue objeto de infinitas ovaciones, hasta que la policía logró hacerle sitio para que pudiera llegar a la lujosa carretela abierta que se tenía preparada para acompañarlo a su habitación”. El músico sube con paso titubeante al landó que lo espera y, de pie en éste, puede ser contemplado por la multitud: en uno de esos momentos que, clásicamente, preceden a la traición y al olvido, la gente llora emocionada, desborda su entusiasmo, “mil veces y mil hace tronar los ¡vivas! y los aplausos”.

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El entusiasmo embarga también a los redactores de prensa. Escribe uno de ellos:

El señor Nunó, profundamente conmovido, y con su nívea cabeza descubierta y besada por los primeros rayos del esplendoroso sol de la mañana, dijo:

—Estoy dormido, para mí es un sueño todo lo que pasa y mi emoción no me deja hablar. Pero estad seguros que mi gratitud y mi amor serán siempre para México y para los mexicanos.

El regidor Agustín Alfredo Núñez se sienta a su lado en la carretela. Los siguen en otra Galindo y Villa e Ignacio Solares. Nunó es depositado en una habitación del hotel Sanz. En unos días, su presencia desatará un escándalo que volverá a poner a los mexicanos en grito de guerra. En tanto eso sucede, el huésped pasa el día y parte de la tarde retraído en su habitación, excusándose de recibir. El Teatro de Santa Anna acaba de ser demolido para hacer que la calle 5 de Mayo corra entre el Zócalo y la Alameda. Repudiado por los liberales, quienes lo acusaron de servir como burócrata a todos los gobiernos, “desde Santa Anna hasta Miramón”, Francisco González Bocanegra descansa desde hace cuarenta años en una fosa del Panteón de San Fernando. Cuando los reporteros de El Universal Ignacio Dublán y Pedro Escalante Prima se presentan en el hotel para llevarlo a la redacción del diario, Nunó se encuentra con una ciudad desconocida. ¿Habrá pasado por Zuleta número 4, el domicilio donde cuatro décadas atrás compuso las notas del himno? En las oficinas de El Universal, el director Luis del Toro le agradece la delicada distinción de su visita:

Nuestro deseo más sincero es que Nunó nunca vuelva a salir de ella [de la patria] y que aquí encuentre el bienestar y la tranquilidad de que es acreedor por habernos dado uno de los himnos más grandiosos y entusiastas que se conocen en el mundo.

En aquel instante de exaltación patriótica es imposible prever la tormenta que se avecina. Le tocaría precisamente a Del Toro, a través de la pluma feroz del escritor modernista Ciro B. Ceballos, desatar la rabiosa campaña que nuevamente llevó a Nunó a huir del país por la puerta trasera.

Cuatro

Nunó cree estar dormido más o menos durante una semana. Visita a don Porfirio y doña Carmelita en el Castillo de Chapultepec. Es declarado huésped distinguido durante una ceremonia solemne celebrada en el Ayuntamiento. La Sociedad Positivista “Gabino Barreda” lo agasaja en grande en la Escuela Nacional Preparatoria. El Circo Orrín le dedica una velada. Se le anuncia como atractivo principal durante la noche del Grito (bajo su batuta una banda militar hará restallar las notas del himno), aunque al final una lluvia intensa cancela el espectáculo. El 17 de septiembre, ante la presencia de Porfirio Díaz, dirige a seiscientos niños que, en el patio del Palacio Nacional, entonan el himno. En el café de Chapultepec, a donde llega a desayunar acompañado por el periodista Manuel Larrañaga Portugal, es ovacionado de pie. El periódico El País organiza en su favor una colecta nacional. En el hotel Sanz, la aparición del guitarrista Narciso Bassols, el amigo que cuatro décadas atrás le había ayudado a burlar la envidia del jurado, le hace temblar de emoción: juntos vuelven a recorrer los lugares dorados de la juventud.

En el Teatro Principal, su presencia causa sensación. A una de las hermanas Morión —las empresarias teatrales más célebres del porfiriato—, se le ocurre hacerle señas al director de orquesta para que, en homenaje al músico catalán, se interprete el himno. Nunó rehusa con energía: “Sólo debe tocarse en los actos cívicos de carácter oficial”. El Universal califica el gesto como una lección de estatura moral: “El Himno no debe interpretarse para dar gusto a tiples y coristas”. Y para que no queden dudas sobre la fisonomía interior del aclamado héroe de la patria, el director Luis del Toro decide publicar una entrevista que Nunó había ofrecido, el día de su llegada, a uno de sus redactores. He aquí un extracto de los párrafos que desataron la tormenta:

Yo nací en Cataluña. Soy, por consiguiente, acérrimo partidario de las ideas liberales. Jamás he pertenecido al bando conservador, pues si es verdad que yo en la época del señor D. Antonio López de Santa Anna escribí el Himno Nacional, no fue como su partidario, sino por conquistarme el premio de 500 pesos que se ofreció en el certamen abierto.

Nunca estuve ligado por principios al general Santa Anna. Hice el Himno, obtuve el premio, y éste no me fue pagado. Al subir al poder el señor general Díaz, me encontraba yo en una situación precaria y angustiosa. Entonces escribí una carta al señor general pidiéndole un empleo de profesor de música. El señor Díaz no me contestó, creyendo tal vez que era mocho porque había compuesto mi Himno en la época del general Santa Anna. Impórtame pues, hacer estas aclaraciones, para que ni por un momento se crea que yo estuve afiliado en alguna ocasión al odioso partido retrógrado, a ese partido siniestro que tantos días de luto y dolor dio a este país para mí tan querido.

[...] Nuestro compañero de redacción preguntó entonces al Sr. Nunó qué impresión le había causado la colecta modestísima que para él hacía un periódico clerical:

—Yo no necesito de la subscripción —dijo con altivez el señor Nunó—. En Búfalo gano seis mil pesos oro al año como profesor de canto y de solfeo. Para mis necesidades tengo de sobra con 500 pesos oro, mensuales, y por lo mismo la subscripción a que se refiere la acepto como una demostración de cariño hacia mi persona, pero no como una limosna que me humillaría y que no aceptaría nunca.

La entrevista había sido atestiguada por Victoriano Agüeros, director del periódico católico El Tiempo, quien, según el redactor, se había visto reducido “a una angustiosa situación” debido a las declaraciones del músico catalán —y a otras vertidas por el guitarrista Bassols, quien también había despotricado en contra de los conservadores.

¿Nunó había escrito el himno no por amor a México, sino por cobrar los quinientos pesos del premio? ¿El general Porfirio Díaz había despreciado las cartas angustiosas que alguna vez le había escrito el ídolo nacional? ¿El catalán vivía en realidad holgadamente y no necesitaba de la colecta organizada por El País? Aún más: ¿tachaba de “odiosos”, “retrógrados” y “siniestros” a los diarios católicos que habían solicitado a don Porfirio que lo invitara a participar en las fiestas septembrinas?

Los catalanes comprenden que están pisando terreno minado. Bassols se apresura a enviar un desmentido a la redacción de El Universal; el director de El Tiempo declara que los comentarios que el reportero atribuye a ambos artistas no pudieron colocarlo en “situación angustiosa”, por la sencilla razón de que él tampoco es conservador.

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Esa tarde, Del Toro se encierra en sus oficinas con el escritor Ciro B. Ceballos, y le pide que ponga “como lazo de cochino” a quienes intentan demoler la credibilidad del diario.

A consecuencia de su malignidad, de su actitud pendenciera, de sus comentarios impregnados siempre de abundantes dosis de lejía, Ceballos era conocido en los círculos periodísticos y literarios como El hijo del diablo. Su currículum incluía estancias frecuentes en las cárceles porfirianas. Había sido fundador de la Revista Moderna, y era autor de un par de libros que escandalizaban al mundo de don Porfirio con sus imágenes irreverentes y altamente transgresoras (Claroscuros, 1896; Croquis y sepias, 1898). Sus relatos contenían un universo decadente, sombrío, alucinante, que corría paralelo al del pintor Julio Ruelas. Era un convencido de que la prosperidad porfiriana tenía, en realidad, una tarántula dañina adherida entre las piernas. Escribió:

[Narciso Bassols] con la grotesca rabia de un cabestro embolado, ladra:
 

Se me ha dicho que tú has dicho
un dicho que he dicho yo,
yo nunca he dicho tal dicho,
mas si yo lo hubiera dicho
estaría muy bien dicho
por haberlo dicho yo…

[...] No desmentiremos al belitre que con tan poca dignidad personal hace humorismo de plebeyo, pero sí protestamos enérgicamente contra el comentario cobarde, cínico, petulante, descarado, rufianesco, del periódico subvencionado por la clerigalla, en el que el detestable literato Victoriano Agüeros, con todo el desplante de un embaucador de imbéciles, asegura que su amigo Bassols no pudo ni podía ponerlo en situación tan angustiosa, simple y sencillamente porque no es conservador…!

En efecto, Agüeros, que entre la marranería clerical ostenta la escarapela amarilla del catolicismo comercial, no es creyente, ni es ateo, ni es traidor, ni es patriota, no es cobarde ni es valiente… es simplemente un ministril que baila la danza del vientre, aplaudido por las viejas bobaliconas que osculan el anillo del paleolítico [arzobispo] Alarcón. El epiceno paladín del oscurantismo ha mentido como mienten los lacayos cuando oyen tintinear una moneda!

Cinco

El 20 de septiembre, en una velada que supera en emotividad a la del estreno del himno en 1854, Nunó se ciñe en el Teatro Arbeu una corona de laurel labrada en oro, producto de la colecta realizada por El País. El director de ese diario, Trinidad Sánchez Santos, pronuncia un discurso vibrante que ocasiona una salva de dianas y aplausos. El músico, sin embargo, luce un poco intranquilo. Antes de acudir al teatro ha enviado una carta al periódico El Tiempo, en la que asegura que El Universal ha puesto en su boca falsas aseveraciones.

Cuando Del Toro lee el nuevo desmentido, considera que Nunó le ha vuelto la espalda a los servicios que el periódico que dirige le ha prestado durante meses. Ciro B. Ceballos recrea, en una página de sus Memorias, la conversación ocurrida entre ambos esa tarde, poco antes del cierre de edición:

Cuando Luis del Toro se dio cuenta de la conducta bellaca de Jaime Nunó, paseándose en su despacho repetía furioso:

—Este viejo canalla no me echa a mí su baba de ochenta años.
—Los verdaderos culpables son los clericales.
—No importa, escríbeme un artículo contra él.
—¿Cómo vamos a atacarlo, si lo hemos traído, si todavía en la edición de ayer lo hemos elogiado elevándolo hasta las nubes? No podemos ser inconsecuentes con nosotros mismos.
—Entonces, ¿cuál debe ser nuestra actitud?
—No ocuparnos de él, por ahora, esperando con paciencia una oportunidad para reventarlo como una vejiga.
—Eso, no.
—Además, las simpatías populares se encuentran en este momento de su parte. Para el fetiquismo político, solamente es el autor del Himno Nacional. Acometerlo resultaría impolítico, porque quitaríamos simpatías al periódico, bastante combatido por sus enemigos.
—Si tú no escribes el artículo, lo escribo yo.
—Si te empeñas, lo escribiré.

E incontinenti nos pusimos en línea de combate frente al esperpento aquel, pues, siendo como lo éramos, libelistas de pelea, no le teníamos miedo a nadie.

La redacción de El Universal constaba, como casi todas las de su tiempo, de una mesa grande y sucia, repleta de tinteros, cuartillas y quemaduras de cigarro, en la que los redactores, “con el destorcido Habana-México humeando al lado”, se entregaban al ejercicio nervioso de su profesión. Imagino a Ceballos garrapateando en ese sitio bajo una luz macilenta, de espaldas al muro donde cuelgan, en ganchetes de alambre, viejas colecciones de periódicos amarillentos. Su texto levanta revuelo al día siguiente:

Se dice que D. Jaime Nunó —un viejo glorioso porque compuso el Himno Nacional, o mejor dicho, porque no se lo pagaron— va a Puebla para que lo coronen por segunda vez.

Es preciso que los reporters poblanos se prevengan. D. Jaime tiene ochenta y tres años [tenía, en realidad, setenta y siete], los cuales no le han bastado para aprender a respetar la verdad, o le sirven admirablemente para olvidar lo que dice.

A México llegó muy liberal, pero en cuanto los conservadores como D. Trinidad y D. Victoriano le mandaron hacer una corona, dijo que era falso testimonio todo aquello de: yo no necesito la susbscripción clerical, yo nací en Cataluña, yo soy librepensador, yo gano en Búfalo seis mil pesos oro y otras fanfarronadas por el estilo. Y es que Nunó dice para su capote: primero mihi, como el león de la fábula de Fedro…

El artículo cierra con una revelación cargada de ponzoña: durante la entrevista con El Universal, Narciso Bassols había despertado el enojo de su amigo, al confesar que su himno era rematadamente malo: “Pero, viejo, si tu himno es una polka. Si me lo tocan, lo bailo…”.

Cuando la edición llega a las oficinas de El Tiempo, ubicadas en el número 4 de la Cerca de Santo Domingo, Victoriano Agüeros arde en santa indignación. Califica el artículo como una obra de perfidia y malevolencia cuyo fin es enrarecer el ambiente, e indisponer al presidente de la República para robarle, al autor del himno, los destellos de gloria que iluminan su ocaso:

Dícese que el Sr. Nunó aseguró que el Himno lo había compuesto sin más impulso que el premio de los quinientos pesos. Que, con tan bastardo objetivo, con el cual se arroja a la ignominia la corona del artista, don Jaime Nunó, por propia confesión, no hizo más que una faena vulgar… Añádese que el Sr. Don Jaime se expresó con soberbia y arrogancia respecto al donativo que nuestro colega El País le preparó por medio de la subscripción popular. Ese donativo, transformado en una corona de oro, es la noble contestación que aquel periódico puede dar a la innoble imputación, pues lo que según ésta era “bochornosa limosna”, se convirtió en preciado lauro. Esas y otras inconcebibles imprudencias que sólo tendrían cabida en un imbécil, en un idiota rematado, se hacen decir a Nunó… Conocido es de todos que él no gusta de charlas, pues por natural índole es discreto, poco expansivo por medio de la palabra y con los extraños se muestra cuidadosamente retraído.

De acuerdo con Agüeros, el reportero no había tomado parte de conversación alguna, porque el encuentro se había desarrollado en el seno de la más absoluta intimidad. O había mentido, o tenía en su poder el anillo de Gyges que le permitía escurrirse sin ser visto, agazaparse de manera vergonzante tras un tapiz o una mesa de noche, y escuchar desde allí tan extravagantes despropósitos.

El 25 de septiembre, Ciro B. extiende sobre la mesa de redacción un ejemplar de El Tiempo, “sudario que envuelve el putrefacto cadáver del clericalismo”, y enciende un largo habano. Decide lanzar la ofensiva final, aplastar la cabeza cana del “filarmónico” cuyo único mérito ha consistido en ganar, animado por el cebo de los quinientos pesos, un concurso de famélicas medianías. Terminar de una vez por todas con la mal ganada fama del mercader que, en vez de aprestar el acero cuando la patria y los mexicanos lo requerían, se limitó a componer una polka que le garantizara el sustento. Pisotear a la marioneta de Agüeros, el periodista chupacirios, y de los ladradores canes que el arzobispo Alarcón acostumbra guardar en sus inmundas perreras:

¡Don Jaime Nunó no es ninguno de nuestros hombres ilustres! —escribe—. La nación tiene una deuda con él de quinientos pesos. ¡Eso es todo! Su canto llevó a nuestros héroes a la victoria, no porque tuviese sublimidades intrínsecas, sino porque simbolizaba una cólera divina, un grito sonoro, un épico entusiasmo que no brotaba del pecho pachorrudo de don Jaime, sino del de los soldados que iban a combatir, a verter a su sangre, a inmolarse en el martirio… Si ensalzamos al actual visitante sólo porque tomó parte en un certamen convocado por el calamitoso gobierno del general Santa Anna, tendríamos que exaltar también la memoria [...] de las anónimas costureras que confeccionaron los estandartes que peregrinaron en las campañas cruentas, y de los obreros ignorados que fabricaron los fusiles de chispa que produjeron la muerte de nuestros enemigos [...] Su polka no pesa en nuestros triunfos guerreros ni como causa primordial, ni como elemento secundario… Nunó, aceptando los compadrazgos de un grupo político caído en definitivo desprestigio, convirtiéndose en héroe pasmarote de los conservadores, dejándose coronar por ellos, como un emperador reblandecido de la Roma cesárea, no ha observado la conducta cuidada e imparcial que debía esperarse de un caballero.

Seis

La mecha encendida por El Universal enfría el ambiente alrededor de Nunó y, según Ceballos, provoca que los munícipes le indiquen que ha llegado el momento de irse “con su música a otra parte”. La iniciativa que unos días antes había lanzado la prensa para que el gobierno de Díaz le concediera una pensión vitalicia, termina con la discreta entrega de dos mil pesos. Nunó sale del país dejando a su paso rencores eternos. Sólo unos cuantos lo acompañan hashasta el tren. La campaña de Del Toro, los venablos envenenados de Ciro, habían causado un fuerte efecto.

De vuelta en Búfalo, le escribe a don Porfirio para solicitarle un empleo que le permita terminar sus días en la que considera su verdadera patria. Díaz no le responde. Ese año El Universal, que no recibe subvención del régimen, se ve obligado a clausurar sus prensas. Ciro B. Ceballos se mete hasta el cuello en otra polémica y termina en la mazmorra de la cárcel de Belén donde habrá de pasar un año entero.

Un biógrafo de Nunó —J. Cid y Mulet—, cuenta que en 1904 el músico fue invitado a participar en las celebraciones por los cincuenta años del himno. La prensa apenas da cuenta de su regreso. En la estación Colonia no lo espera nadie —ni siquiera el director de El Tiempo—. Triste y abatido, se dirige por su propio pie al hotel más próximo. “Tiene la sensación de que todo es hostil. Ningún abrazo, ninguna mano amiga”. Permanece en su habitación tres largos días, hasta que la noche del 15 de septiembre llega la hora de encaminarse al Palacio Nacional para dirigir el himno. Pero ya lo cubre el olvido. A la función de beneficio que más tarde le organiza el Teatro Renacimiento, no asiste nadie. Nunó vuelve a su habitación, y dedica sus horas libres a componer una marcha heroica titulada Porfirio Díaz. La pieza, sin embargo, no cambia la actitud distante de don Porfirio.

Al igual que en 1856, al igual que en 1901, sale de la ciudad completamente solo. Morirá en Búfalo, el 18 de julio de 1908, poco después de cumplir ochenta y cuatro años. Según Cid y Mulet, deseaba ser enterrado en México. Su deseo quedó postergado hasta 1942, fecha en la que el gobierno de Ávila Camacho hizo traer sus restos para inhumarlos en la Rotonda de los Hombres Ilustres.

Héctor de Mauleón. Escritor y periodista. Entre sus libros: El tiempo repentino y Como nada en el mundo.