El triunvirato

“El PRI no puede reformarse desde adentro. Tendrá que ser reformado desde afuera”, le escuché decir a Jesús Reyes Heroles en su oficina del Instituto Mexicano del Seguro Social. Era el año de 1976, José López Portillo ya recorría el país como candidato único a la presidencia y don Jesús sobrellevaba la dirección del IMSS tras haber sido despedido de mala manera de la presidencia del PRI por el presidente Luis Echeverría.

No lo supe hasta después, pero aquel “desde afuera” fue el anuncio críptico de la reforma política que el inminente nuevo presidente había encargado ya a Reyes Heroles. Después López Portillo formalizaría la tarea designándolo secretario de Gobernación. De entonces a la fecha mucha agua ha corrido bajo el puente. En lo que aquí nos interesa se dieron en ese lapso al menos siete reformas políticas y/o electorales que contribuyeron, todas ellas, a cambiar para bien o para mal el ambiente político del país. A lo largo de esos 30 años el PRI perdió su hegemonía paulatinamente, primero en incontables municipios, luego en los gobiernos de poco más de la mitad de los estados y, finalmente, se le fue la presidencia de la República. Vamos, que cambios en ese “afuera” ha habido muchos, incluidos dos relevos generacionales en la clase política en general, pero el PRI continúa fiel a sí mismo. Hoy por hoy sigue siendo en imagen, acción e intención, idéntico al PRI de los cincuenta y principios de los sesenta, los años de oro de su hegemonía, no obstante las reformas que intentaron, cada uno en su momomento, Carlos Madrazo, Jesús Reyes Heroles, Luis Donaldo Colosio y Genaro Borrego. Frente a cada asamblea reformista se daba, fatalmente y en poco tiempo, otra que regresaba al partido a su estado anterior. Es un caso único de engreimiento institucional con un pasado mítico.

El problema tradicional del viejo PRI era bifronte: su estructura y su peculiar cultura política. La cuestión estructural se expresaba en la coexistencia de sectores con algún tipo de organización territorial. En un principio la estructura territorial se basaba en las secciones y los comités municipales; luego apareció el movimiento territorial fundado sobre los cuadros del programa Solidaridad de Carlos Salinas. En la época de oro los sectores del partido acapararon de manera creciente y arrolladora las candidaturas en los tres niveles del gobierno, en tanto a la estructura territorial, cada vez más cansada y sin alicientes, se le encargaba una y otra vez hacer las campañas, convocar mítines, vigilar las casillas y ganar las elecciones. Para fines de los sesenta empezó el deterioro definitivo de la tradicional estructura territorial. En un principio, bajo los embates de la equidad en el arte de gobernar, los gobernadores priistas hicieron a un lado a líderes urbanos y de comunidades agrarias. La estructura territorial, la que tenía su mejor expresión en las secciones, dejó paulatinamente de participar, desalentada por el hartazgo y la marginación, y se inició la época de las estampidas hacia otros partidos más agradecidos. Con los cuadros de Solidaridad la estructura tuvo un respiro, pero luego Ernesto Zedillo, con el principio de la equidad en ristre, se encargó de desmantelarlos al restablecer el manejo burocrático de los programas sociales del gobierno. El Partido de la Revolución Democrática ha restaurado ese manejo político en algunas ciudades, principalmente en el Distrito Federal, mediante enclaves estratégicos integrados por clientelas de arraigo territorial. En esos lugares el PRI se quedó sin nada.


Política y tecnocracia

La cultura política es muy difícil de definir pero muy fácil de percibir y de caracterizar. Al respecto, llama la atención la inmensa capacidad socializadora del PRI para instalar una cultura política a todos sus militantes basada en el seguimiento al jefe, la jerarquización absoluta, las ideas fijas, el cultivo exagerado de mitos nacionales y una lectura superficial, chovinista y exaltada de la historia nacional y del partido. Esta cultura política ha transitado al nuevo siglo, y constituye en la actualidad el motor para pensamiento y acción de los cuadros del partido. Con esta cultura será imposible dar el giro hacia la socialdemocracia, como se lo ha propuesto Beatriz Paredes, porque el socialista se caracteriza, fundamentalmente, por la crítica y la autocrítica. No se olvide que los socialdemócratas auténticos, los europeos, tuvieron su origen histórico en la cultura política del marxismo y que la dialéctica, con todos sus defectos, es un método riguroso de análisis social y político. Dadas sus tradiciones, el priista carece de la preparación y mentalidad para intentar esa pirueta ideológica.

La mentalidad típica del priista tuvo su momento de prueba en los ochenta y los noventa del siglo pasado, cuando chocó con los que venían de los campos del saber y de la ciencia, y que habían logrado colarse al partido en los años de la política moderna puesta en marcha por Carlos Salinas. El choque se resolvió finalmente a favor de los tradicionalistas porque con gran éxito acusaron de insensibilidad política a los tecnócratas y consiguieron expulsarlos. Muchos de ellos simplemente se mudaron de partido y siguen tomando decisiones sobre la cosa pública desde la acera de enfrente. El choque entre políticos y tecnócratas fue visto como la disputa de dos alternativas de país, dos proyectos distintos. Pero también puede verse a la luz de la cultura política priista. Parte importante de esa cultura es la increíble incapacidad de los militantes más destacados para colaborar entre ellos. Cualquier otro cargo en la estructura de partido es un enemigo potencial al cual hay que impedirle el más mínimo avance, el más diminuto éxito. Por ello, lo que se favorece como actitud dominante es la simulación.


El partido territorial

En general, todos estos rasgos no son más que expresiones de algo mucho más profundo y fundamental: la incapacidad del PRI para reaccionar y adaptarse a los cambios en el ambiente, a los cambios que han traído consigo las alteraciones en la estratificación social, el impacto científico y tecnológico, las variaciones económicas y la globalización. La capacidad de adaptación es ya un tema recurrente en los análisis de los partidos, casi un tópico, pues en Occidente todas las grandes formaciones políticas han tenido que enfrentar a sus cambiantes sociedades y adaptarse a los nuevos tiempos. Ahí están los partidos socialdemócratas y democristianos europeos que se han visto obligados a abandonar sus integrismos para evolucionar hacia pluralidades más amplias y poder así competir en mejores condiciones. Dos peculiaridades marcan esas transiciones de los partidos para adaptarse a los cambios. Una es alterar drásticamente su estructuración interna para pasar de partidos de masas a lo que algunos autores llaman el partido profesional, un tipo de partido más adaptable a la competencia electoral, la pluralidad social y al mercadeo político indispensable para convencer a un electorado cada vez más difícil y exigente. La otra supone una redistribución interna de poder, sobre todo a favor de las unidades regionales, mediante algún tipo de descentralización y devolución de facultades y competencias.

En el primer rubro el PRI ha actuado por omisión. Ha dejado que los sectores y el movimiento territorial languidezcan paulatinamente, retrotrayéndose a ser un partido de líderes y de candidatos; de cuadros muy reducidos, burocráticos y atrincherados en sus ritos de siempre. La actual composición del PRI se parece más a la de su abuelo el PNR que a la de un partido profesional. Quizá su alto mando considere que sectores y movimiento territorial ya no son para estos tiempos, y sin duda alguna tendría razón. Pero el hecho alarmante es que los dirigentes no han producido alternativas organizacionales. Por otro lado, la descentralización de poder y responsabilidades parecía ser el camino más aconsejable para el PRI, sobre todo después de haber perdido las elecciones presidenciales de 2000 y 2006. Las elecciones de 2000 produjeron un efecto inmediato alentador que parecía apuntar hacia la descentralización. Fue entonces cuando los gobernadores que le quedaban al PRI adquirieron relevancia para el manejo de los asuntos partidistas en sus regiones de influencia, encargándose algunos de ellos de los comités directivos locales en estados donde el gobernador era de otro partido. Esa salida, que se dio sobre la marcha, fue posible porque la multa de mil millones de pesos que le asestó al PRI el Consejo General del IFE en aquel entonces prácticamente paralizó al Comité Ejecutivo Nacional.

Alergia a la descentralización

Pero el PRI es alérgico a la descentralización, pues su marca genética fue la centralización de poder. El presidencialismo mexicano de la segunda mitad del siglo XX hubiera sido imposible sin el concurso del PRI. El partido proporcionó el andamiaje necesario para imponer una férrea disciplina política sólo superada en su momento por la soviética, para limitar drásticamente el federalismo mexicano y para alterar el balance de poderes a favor el señor presidente de la República. Durante los años del presidencialismo mexicano la simbiosis fue perfecta en la medida que el partido sostenía la centralidad presidencial y vivía de ella y para ella. Pero al perder ese papel en el 2000, quedó la nostalgia de los buenos tiempos. Para recuperar algo de la edad de oro sólo se requería la articulación de un nuevo centro de poder nacional que sustituyera la centralidad presidencial perdida. Esto lo consiguió el PRI con las elecciones de 2006. Los resultados electorales para la integración de las dos cámaras del Congreso de la Unión le permitieron establecer un eje que parte del liderazgo de la fracción priista en el Senado, pasa por el liderazgo priista en la Cámara de Diputados e incluye a la presidencia del CEN del PRI nacional. Para entonces, 2006, el partido había superado ya su crisis económica, varios gobernadores habían sido relevados por el ritmo normal del calendario electoral y las elecciones le otorgaban una estrecha pero importante mayoría relativa en la Cámara de Senadores. Los líderes de las otras fracciones senatoriales contribuyeron a elevar a la categoría de primus inter pares al líder de la fracción priista, senador Manlio Fabio Beltrones, al consentir la integración de la Comisión de Coordinación Política del Senado, inquietante síntoma de una posible dictadura parlamentaria. El senador Beltrones, el diputado Emilio Gamboa y la líder Beatriz Paredes integran el triunvirato que ahora constituye el nuevo eje de poder partidista. Como todo triunvirato, éste es inestable, pues las fuentes de su poder son más informales que institucionales. Y dos de sus vértices dependen de futuras elecciones para integrar al Congreso de la Unión. Pero por los pronto sus actuales integrantes han sido capaces de centralizar el poder dentro del partido.

La primera prueba se evidenció en la 20 Asamblea del PRI, que se llevó a cabo el pasado agosto en Aguascalientes. Por inusitada, llamó la atención la rapidez con que salieron adelante reformas estatutarias importantes. En 20 minutos, sin debate ni manifestación alguna de rechazo, se aprobaron cambios como los siguientes: 1) introducir la modalidad de asamblea de consejeros para la designación de candidato a la presidencia de la República; 2) facultar al CEN para aprobar las coaliciones y alianzas concertadas con otros partidos por los comités directivos estatales; 3) facultar al CEN para aprobar las convocatorias locales de designación de candidatos a puestos de elección popular; 4) hacer a las dirigencias estatales y municipales responsables solidarios por irregularidades en los gastos de campaña. ¿Cómo se lograron cambios tan importantes sin problema alguno? Es indudable que hubo un intenso cabildeo con los gobernadores priistas. No se sabe a ciencia cierta qué obtuvieron éstos a cambio de ceder soberanía decisoria a favor del CEN, pero es muy posible que la clave esté en la asamblea de consejeros. De entrada se ve que ésta será diferente a las asambleas de delegados, que antes se integraban con excesiva representación de los sectores, instrumentos del centro político nacional en los estados. Por lo visto ahora los sectores estarán si no excluidos del todo, al menos minimizados en las representaciones estatales.

Para que la obra se sostenga es preciso que subsista el triunvirato. ¿Cómo hacerlo si en las próximas elecciones se renueva completa a la Cámara de Diputados y con ella a la actual fracción priista con todo y su dirigente? La solución más sencilla, la que manejan los enterados, es un enroque. Que Emilio Gamboa, actual líder de los priistas en la Cámara baja, asuma la presidencia del CEN del PRI, y que Beatriz Paredes sea electa diputada para tomar el liderazgo de la fracción del PRI en la siguiente legislatura. Claro, Gamboa es el vínculo más débil de la cadena, y al CEN podría ir otro personaje; pero una solución así rompería muchos equilibrios y dejaría latentes demasiados descontentos, algo nada aconsejable para el PRI cuando se prepara para recuperar Los Pinos en 2012. Nadie duda que al PRI le vaya bien en las inminentes elecciones intermedias de 2009. Pero el triunvirato no puede engañarse. Si el PRI obtiene una mayoría relativa en la Cámara baja será gracias a la lealtad de su voto (que cada día envejece más) y al descontento en las filas del PAN y del PRD con el desempeño de sus partidos. La delantera del PRI se deberá, pues, más a deficiencias de la oposición que al mejoramiento de estrategias, tácticas u organización propias. Lo beneficiará también la abstención, la otra cara del descontento, que se espera en alrededor del 60%. Pero sobre todas las cosas le dará una gran ventaja la reciente contrarreforma electoral que ha marginado al ciudadano de los mecanismos de persuasión electoral y ha instalado como modélica la campaña tipo sociedad de alumnos, sin las críticas y los ataques entre candidatos que hacen atractivas a las contiendas electorales en las sociedades abiertas.

Luis Medina Peña. Profesor-investigador del CIDE. Autor de Invención del sistema político mexicano.