El PRI tiene una historia pero no un proyecto de futuro

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La idea de que el PRI tiene ochenta años nace de una licencia histórica. La licencia sugiere que el PRI fue fundado en 1929 como Partido Nacional Revolucionario, fue refundado en 1938 como Partido de la Revolución Mexicana y bautizado definitivamente en 1946 con el mitológico oxímoron que lo define hasta ahora: Partido Revolucionario Institucional.

Los partidos PNR, PRM y PRI se suceden en el tiempo pero se parecen poco entre sí, salvo en una cuestión fundamental: fueron creados para conservar el poder, no para ganarlo. Esta continuidad de fondo no basta para diluir las diferencias históricas entre las siglas.

El Partido Nacional Revolucionario fue una asamblea de generales y jefes regionales convocados a ponerse de acuerdo para dejar de pelear a tiros por el poder y repartirlo mediante acuerdos políticos en el seno de la Familia Revolucionaria.

El Partido de la Revolución Mexicana quiso dejar atrás ese modelo para crear “un partido de masas”: la sociedad organizada desde arriba. El PRM quería validar más que emprender las reformas hechas por el gobierno de Lázaro Cárdenas: reparto agrario, organización sindical y expansión del intervencionismo del Estado, cuyo clímax histórico es la expropiación petrolera de 1938. El PRM corresponde en el ámbito mundial a la política antifascista de los frentes populares y a la aparición en todo el mundo de gobiernos intervencionistas, cuando no corporativos y dictatoriales: Roosevelt en Estados Unidos, Mussolini y Hitler en Europa, Stalin y las “repúblicas populares” en el orbe soviético.

El PRI nace en 1946 coincidiendo con la llegada al poder del primer presidente civil de una revolución que huele todavía a pólvora. Ese presidente, Miguel Alemán, quiere gobernar en sentido opuesto al PRM. Pretende conciliar lo inconciliable: las reformas de corte popular del cardenismo en un país agrario y en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, con las realidades de la industrialización, que anuncian ya al país urbano en el contexto de la hegemonía estadunidense de la posguerra. La fundación del PRI coincide con la hora de tomar partido en la Guerra Fría, como nos revela iluminadoramente Soledad Loaeza en su ensayo de esta misma edición de nexos: “Un combatiente de la Guerra Fría”. México lo toma inequívocamente no a favor de la democracia pero sí en contra del comunismo.

Propiamente contados, el PRI tiene sesenta y tres años. No nace de un gobierno dictatorial ni produce una dictadura. Construye una hegemonía política, casi absoluta por tres décadas, en el molde de una constitución liberal y unas formas políticas democráticas y pluralistas.

El PRI empieza sus décadas de partido hegemónico en 1958: la “edad de oro” de la dominación incontestada. Aun entonces, las cosas están lejos de ser monolíticas. Los presidentes y las camarillas priistas no pueden reelegirse ni, por tanto, perpetuarse. Cada seis años llega al poder un presidente nuevo con facultades enormes, entre ellas el manejo discrecional del partido y el nombramiento de su sucesor. Cada seis años el sucesor elegido decapita a su elector, asalta el poder, echa y nombra a medio gobierno, garantizando así una salvaje circulación de las elites.

Pese a sus hábitos políticos piramidales, el PRI no es el partido de la inmovilidad. En las décadas priistas el país cambia al menos dos veces de proyecto nacional. En los cincuenta y sesenta se orienta a la industrialización que sustituye importaciones, crea un mercado interno protegido y va dejando atrás la utopía socializante, corporativa y popular, del cardenismo. El viraje inaugura una época de estabilidad política y crecimiento sostenido que se conoce todavía como el Milagro Mexicano (1946-1970).

El milagro llega a su fin en los años setenta mediante un proceso de expansión sin control del gasto público, que conduce a una estrepitosa quiebra de las finanzas gubernamentales. A partir de los años ochenta, por efecto de esa quiebra, pero también por los cambios en la escena mundial, empieza un segundo proceso de reforma de la economía y del Estado. Es un cambio en sentido contrario al seguido hasta entonces: hacia la apertura de la economía al exterior y la reducción del intervencionismo del Estado.

En todas sus eras, el priista fue un régimen extravagante, a la vez plutocrático y popular, estatólatra pero capitalista, desigual pero incluyente, vertical pero inclinado a las reformas, autoritario pero no dictatorial ni policiaco. Un régimen de partido hegemónico donde nunca hubo alternancia pero siempre hubo elecciones y partidos de oposición.

El PRI aplanadora, “partido de Estado”, “dictadura perfecta” de cuyo fin habló el mundo en el año 2000, en realidad fue un partido hegemónico que comenzó a existir en los años cincuenta y terminó su época de oro en la contienda presidencial de 1988, cuando la familia revolucionaria sufrió una escisión de precisas resonancias históricas, pues la encabezó Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del ex presidente Lázaro.

El año de 1988 las elecciones presidenciales dejan de ser un paseo y empiezan a ser el escenario real de la disputa por el poder, una espiral ascendente que termina con la derrota presidencial del PRI el 2 de julio de 2000.

Sólo entendiendo la diversidad histórica de los partidos previos al PRI, y los cambios internos del propio PRI, es posible entender el régimen político mexicano que termina aquel 2 de julio.

En las elecciones de ese año el PRI pierde la presidencia pero no el poder. Le arrebatan la cúpula, pero conserva el edificio. El cambio político, sin embargo, es radical. El PRI pierde la forma de pirámide y adquiere la de un condominio horizontal. No hay ya dueño del inmueble sino propietarios de diverso peso. Sobre todo: ahora no sólo tiene que conservar el poder, debe ganarlo.

Pocas cosas se descentralizan tanto con el advenimiento de la democracia como la suma de poderes que resume la palabra PRI. Ganan autonomía los gobernadores, los sindicatos, los  legisladores. El PRI vuelve a ser en muchos sentidos una coalición de notables más que una cadena de disciplinas.

La revolución de 1910 dispersó y regionalizó el poder. Lo mismo ha hecho la democracia de la primera década del siglo XXI. El PNR fue una respuesta a la dispersión revolucionaria. Quizá el PRI necesita una reforma que ordene su dispersión democrática.

La dispersión, que dio lugar a la discordia y a la escisión de facto, condujo al PRI a la estrepitosa derrota del año 2006. Desde entonces no ha hecho sino ganar elecciones y recuperar espacios, en gran medida porque fueron elecciones y espacios regionales donde hay una especie de presidente de los de antes en cada gobernador.

Lo cierto es que el PRI ha remontado en estos años la opinión adversa de la ciudadanía. En el año 2000 el PRI llegó a tener un rechazo del 41%. En diciembre del año pasado la cifra era sólo de 25%, dos puntos menos que el PAN, que se había mantenido en un 27% y 22 puntos abajo del PRD, que había pasado del 33% en el 2000 al 47% en 2008. (Las cifras en “Numeralia”, nexos, num. 373, enero, 2009, p. 104.)

Según las mismas encuestas, los priistas se aprestan a recuperar la mayoría en las elecciones de julio de este año y el poder nacional, la casa mayor del condominio, dentro de tres. Sus rivales políticos colaboran en ese empeño con su propia inhabilidad.

La pregunta que el PRI no ha respondido es para qué quiere la casa mayor del condominio, qué piensa hacer con ella. Las fórmulas antiguas no servirán de mucho. Pero nadie ha formulado las nuevas.

La respuesta clásica a estas preguntas se antoja suficiente: el poder es algo que se quiere por sí mismo, no necesita proyecto, lo recoge y lo inventa en el camino.

Héctor Aguilar Camín. Su más reciente libro es La invención de México.