obama

En septiembre de 2003, como parte del proceso de integración a la Escuela de Derecho de la Universidad de Chicago, a la que acababa de ingresar para la maestría en Derecho, un grupo de “mentores” compuesto por alumnos voluntarios del segundo y tercer año de la escuela organizó para los alumnos extranjeros —yo incluido— un paseo por el centro de la ciudad de Chicago, que culminó con un almuerzo en un restaurante tradicional de comida alemana.

Ahí me tocó sentarme, entre otros, con un alumno americano, cuyo nombre, por más que trato de hacer memoria, se me escapa. Empezamos a platicar sobre diversos temas, incluyendo sugerencias de profesores con quienes tomar clases. En mi caso, tenía interés en la clase de Derecho Constitucional III: Protección Equitativa de la Ley y Debido Proceso Substantivo, y había visto que existían dos opciones: la primera, tomar la materia en el otoño con un profesor de apellido Obama, de quien no había oído hablar, y la segunda, con David Strauss, en el invierno, de quien había tenido oportunidad de leer algunos textos.

Por cuestiones de planeación del año académico, pregunté a mi intelocutor si me recomendaba tomar la clase con Obama, cómo era, si su clase era buena. Me respondió que Obama no era el profesor clásico de la Universidad de Chicago: no solía publicar toneladas de artículos al año, no era profesor de tiempo completo, era “liberal” y además estaba involucrado en la política como senador en el estado de Illinois, lo cual, en el círculo conservador de la academia, no era muy celebrado. Además, buscaba la posibilidad de un escaño en el Senado de Estados Unidos.

“No obstante”, agregó, “su clase es muy buena, él es un profesor muy inteligente, claro y carismático; Strauss es un profesor más como la fila de profesores brillantes que te esperan en la Universidad de Chicago. Obama puede  ser una opción diferente que te dará una visión distinta. Además, quién sabe, ¡hasta podría tener futuro en la política!”.

Concluí que nada había que perder y me inscribí a la clase del profesor Obama. Fue una agradable y sorprendente experiencia: un profesor ágil, simpático, sarcástico por momentos, brillante y claro; alguien centrado, profundamente conocedor de la realidad de su país que no se perdía en modelos teóricos, sino que mantenía los pies en la tierra; alguien no preocupado por plantear problemas teóricos, sino más bien por resolverlos.

Involucraba al grupo en los temas complejos de la jurisprudencia en materia de igualdad y discriminación utilizando ejemplos impactantes. Recuerdo cuando, a manera de chiste, empleó la figura del venerado director de la escuela para cuestionarnos si era constitucional que se le dejara fuera de un partido de basquetbol integrado por ex profesionales mujeres en razón de su corta estatura y cuestionable nivel deportivo. O cuando, mezclado con sarcasmo y mediante un abrupto cambio de ritmo en su discurso, hacía referencia a alguna legislación local de cuestionable constitucionalidad a cuya discusión y votación le hubiese tocado asistir como senador estatal, esbozando esa sonrisa que tanto lo caracterizó durante su campaña.

Sin que lo supiéramos, el salón de clases era un experimento de laboratorio constante de los recursos que lo llevarían a cautivar a millones de jóvenes en la votación de noviembre de 2008.

Fue el último semestre en que el profesor Obama impartió esa cátedra. A  principios de 2004 pidió licencia para iniciar su campaña como senador. El resto, es la historia de una carrera política vertiginosa que terminaría en la Casa Blanca. El vaticinio de mi amigo sin nombre fue cierto: ¡Tenía futuro en la política!

Raúl Pérez Johnston. Profesor titular de la cátedra de Derechos Humanos de la Universidad Anáhuac.