I

De las ciudadanías culturales en el siglo XXI

¿Qué es ciudadanía cultural? Es una definición muy sucinta de un término sujeto a debate en Estados Unidos, es la pertenencia de una comunidad a la que integran los gustos, las prácticas y las sensibilidades compartidas. Esto, idealmente, se da en torno a las creaciones más notables de la especie humana, o, desde una perspectiva antropológica, en torno a los modos de vida

Todos —lo ha examinado muy bien Renato Rossaldo al argumentar el carácter global de las disciplinas científicas— somos o podemos ser ciudadanos culturales, se extraiga poco o bastante de esa identidad, se adscriba uno o no a un plan de prácticas, por lo común ligadas a las artes y las humanidades de la tradición de Occidente, pero ya también, y de modo creciente, a las tradiciones de Oriente y, apenas, a las del mundo africano.

aproximaciones

Si la definición de ciudadanía cultural abarca el disfrute y la difusión de bienes básicos, los primeros obstáculos para esa ciudadanía son la desigualdad y las costumbres del uso del tiempo libre, ahora a cargo de las industrias culturales.

El sociólogo N. Bauman lo sintetiza de este modo:

Lo nuevo en la era global es la pérdida del nexo entre pobreza y riqueza, y esto a causa de la globalización que divide a la población en ricos globalizados, que dominan el espacio y no tienen tiempo, y pobres localizados, que se pegan al espacio y deben matar su tiempo, con el que no tienen nada que hacer.

Nada detiene tanto el disfrute de los bienes culturales como las prácticas del neoliberalismo, empeñado en destruir o relegar el poder de las ideas, sacralizando la rentabilidad. “Lo secundario no existe”, y esta premisa de la unicidad del poder y el dinero repercute en los espacios culturales con impulso ya confundido con el determinismo. El mercado libre impone sus reglas y su consigna: “Las naciones son empresas de primer, segundo y tercer orden”.

Nada de lo anterior disminuye el valor de las ideas, de las disciplinas intelectuales y artísticas, del disfrute cultural en la sobrevivencia y en la transformación de las sociedades. En el orden de los goces del espíritu (en el sentido no religioso o artístico), la cultura es todavía una gran vía de movilidad, de uso de las capacidades creativas, de fomento de la imaginación. En la dimensión de las ideas, basta observar las transformaciones causadas por estos términos: sociedad civil, transición a la democracia, tolerancia, acciones incluyentes, diversidad, pluralidad, solidaridad y humanismo. Aun si se expresan como lugares comunes o abstracciones difusas, sus consecuencias son profundas. El fundamentalismo de la derecha carece por completo de ideas, y a la izquierda política todavía la afecta la vulgarización dogmática que la ha representado.

Panorama en busca de una síntesis

¿Cuál es la situación en el ámbito cultural? En un trazo esquemático, localizo entre otros los siguientes elementos:

1) Las artes y las humanidades son, desde hace décadas, necesidad (así sea decorativa) de los gobiernos y la sociedad. Al margen de los juicios de valor, nunca ha existido tanta oferta y basta revisar los diarios y las revistas de cualquier ciudad para hallar, en proporciones antes inconcebibles, obras de teatro, ciclos de cine de calidad, exposiciones, danza, conferencias, ópera, orquestas sinfónicas, mesas redondas, televisión cultural.

2) En el sector de Conaculta, según declaraciones diversas, se invierte en salarios algo más del 80 por ciento del presupuesto, algo usual en la burocracia.

3) La masificación de la enseñanza aún no tiene en lo cultural consecuencias notorias. En América Latina son millones de estudiantes de educación primaria a posgrado, y si es aún insuficiente el número de inscritos en la enseñanza superior, las cifras son altísimas de cualquier modo, y sin embargo el consumo de libros es todavía mínimo.

4) ¿De qué se habla al anunciar cada gobierno la “catástrofe educativa”? (el de Felipe Calderón ha sido el más explícito, sin extraer consecuencias de sus datos apocalípticos). De varios procesos simultáneos:

• la incapacidad de las escuelas públicas y privadas de actualizar los métodos de enseñanza (y la falta de recursos para poner al día la enseñanza pública con la informática);

• la deserción sistemática por motivos económicos;

• el crecimiento de la población escolar y la disminución constante de recursos del Estado en el caso de escuelas públicas;

• el fin de la creencia en las bondades providenciales del título universitario;

• la falta de previsión en lo relativo a los vínculos entre educación superior y mercado de empleos;

• la conversión de lo global de atmósfera indispensable en la indistinción entre credulidad y credibilidad.

En la educación pública las burocracias se expanden, los salarios de los profesores son mínimos, las instalaciones son ruinosas y los planes de estudios se improvisan cada tres años. La educación privada no suele estar mejor pero, además de mejores instalaciones, sus egresados disponen de más seguridades de empleo. Y, no obstante la masificación de la enseñanza pública, los sistemas educativos no varían en lo básico porque la tecnología deja muy atrás a la pedagogía, y no hay suficiente dinero para la actualización tecnológica.

“Aún no termino el libro que me propongo leer”

El deterioro del proceso educativo en el ciclo que va de la escuela primaria al posgrado tiene ya, entre otras consecuencias lamentables, la de amenguar considerablemente la puesta al día cultural. Todavía en la década de 1960 se cree posible que cientos de miles de estudiantes inicien o afirmen su familiaridad con la lectura. No hay tal, el impulso se contrae y fuera de los que por vocación o por el impulso de la curiosidad (un equivalente de la vocación) son y serán lectores, número que jamás crece al ritmo exacto de la demografía, los demás se resignan con presteza. Ahora lo usual en la mayoría son unos cuantos acercamientos a los libros (con frecuencia asumidos como tareas escolares), las copias xerox a que autoriza el costo relativamente alto de los libros, y las nociones de historia, ciencia y sociedad cuya vaguedad se incrementa a medida que se aleja el universo estudiantil. Sin embargo, el uso de internet ha renovado el panorama al ser la gran experiencia diaria de lectura.

Pudo y puede ser de otro modo. Pero nunca la lectura —y si insisto en ello no es por fetichismo gremial, sino por estar convencido de su función: es el eje de la estructura personal del conocimiento— ha creado el lenguaje público que aún persiste, y no se ha juzgado provechosa en sí misma, salvo en casos de enfermedad, convalecencia o demoras de los aviones. (Al decir esto no ignoro el muy importante volumen de ediciones del Estado y las universidades. ¿Pero cómo se distribuyen y a quiénes les llegan?)

En la enseñanza primaria se abandonó el currículum (ese equilibrio entre los programas de estudio y la imposibilidad de aplicarlos mínimamente) en manos de lo representativo, de acuerdo a pedagogos sin perspectiva literaria. “Lee este libro en memoria de lo que nunca ojearás siquiera”. La mayoría, informa la SEP, abandona su proceso educativo en el sexto año de primaria, y otro porcentaje considerable lo hace en el ciclo secundario. Quienes prosiguen no califican a la lectura de instrumento esencial, sino, las más de las veces, de pasaje de tránsito. Los círculos de la descalificación se cierran: los profesores de primaria y secundaria leen poco porque el salario no les alcanza, así, los profesores no transmiten lo que no poseen: el placer de la lectura; los maestros de enseñanza media y superior no leen porque sus sueldos no lo autorizan, y muy pocas veces las bibliotecas de sus instituciones tienen el acervo conveniente, ergo, los maestros transmiten su experiencia personal y gremial: el libro es prescindible.

Sé que generalizo, sé que no generalizo. Cada vez que el tema aparece, siempre lo acompaña la solución: formar a los lectores desde la niñez. Pero en la práctica, la rendición es casi absoluta.

La tecnología es la verdadera religión contemporánea. Cuando oigo hablar del “retorno a la fe”, más que imaginarme las iglesias llenas, pienso en los jóvenes frente a su computadora. Éste, en América Latina, es el gran salto cultural, la sacralización de la tecnología que sustituye a las antiguas confianzas sociales, y que se traduce en un sistema de exclusión implacable. El que no navega en la red es mucho más anacrónico que su antecesor de hace veinte años que no viajaba a Disneyland. El arte de la conversación, el que admite la escasez de vocabulario, se recupera gracias al e-mail. El chat es el antídoto, con frecuencia morboso, de la anomia. ¿Y en qué se traduce esto en sociedades atrasadas en lo tecnológico? En la sensación un tanto extraña, salvo en el caso de una minoría, de globalizarse desde fuera, de participar en la mundialización como elementos externos.

Multiculturalismo y diversidad

En un mundo cultural regido por la globalización, y desequilibrado por la versión monopólica (norteamericana) de la globalización, es extraordinaria la suerte de algunos términos. Aparecen por decisión de un sector académico, que persuade a los medios informativos y a los movimientos sociales, y son el eje de dos o tres libros calificados al instante de “seminales”, donde instalan con la suerte capaz de modificar realidades sociales. Pienso en género, desde luego, y también en sexismo, gay, postmoderno, multiculturalismo y diversidad.

Una definición rápida de multiculturalismo —la coexistencia híbrida de sectores y situaciones culturalmente distintos y opuestos— no ofrecería dificultades en la realidad globalizada. Sin embargo, y como todo lo impulsado recientemente por la industria académica norteamericana, el término multiculturalismo se presta a batallas ideológicas de apropiación, ideologización, desideologización y uso indiscriminado. A esto, tal vez un ejercicio de retórica cubicular, le prestan una luz trágica en Europa los hechos de los Balcanes, la empresa monstruosa de “limpieza étnica”, la campaña del gobierno norteamericano que ve en la cultura islámica el surtidor del mal, el desastre de la coexistencia pacífica en los países que surgen al desintegrarse la URSS y, en América Latina, la incapacidad orgánica de los gobiernos neoliberales de aceptar el derecho a la diversidad de las minorías indígenas.

Según Todd Gittlin, en The Twilight of Common Dreams: Why America is Wracked by Culture Wars (Henry Holt, 1995) el proceso es claramente contradictorio:

La palabra multiculturalismo es difusa, una mezcla de hechos y valores, de uso corriente precisamente porque es lo suficientemente vaga para servir a muchos intereses. Sus partidarios pueden usar el término para defender el reconocimiento de la diferencia, o enfrentar ideas y políticas impuestas por los conquistadores, o defender el cosmopolitismo —el interés y el placer que cada uno tenga en su aceptación de la humanidad. Los puristas de las políticas de la identidad lo usan para defender la fisión interminable, un haz de monoculturas. Por otra parte, el multiculturalismo y su demonio gemelo, “lo políticamente correcto”, le sirve a los conservadores para nombrar un popurrí de cosas que detestan, lo que incluye una defensa irritante de los derechos de las minorías.

¿Qué sucede con el multiculturalismo? Me atengo al caso de México, ni igual ni semejante ni distinto al de otros países latinoamericanos. En México se vive durante las primeras siete décadas del siglo XX la ilusión de la homogeneidad. El país, se afirma, es el resultado de la Unidad Nacional. Una fe: el catolicismo. Una raza: el mestizaje, llamada pomposamente por José Vasconcelos “la Raza Cósmica”. Un género dominante: el masculino al punto de que sólo en 1955 ejercen por vez primera el voto las mujeres. (En 2003, no hay una sola gobernadora.) Un partido político: el Revolucionario Institucional. Una pigmentación reconocida como la propia de las multitudes: la morena, la Raza de Bronce (las elites intentan blanquearse calladamente). Un régimen en el hogar: el patriarcado. Un feudo que maneja la censura y la vida social: el de la moral y las buenas costumbres, signifiquen lo que signifiquen, mientras se definan con ayuda del clero católico. Un método para clasificar lo masculino y lo femenino: el machismo. Los expulsados de la Nación: los indígenas. Un sector sin derechos ni humanidad reconocida: las minorías sexuales.

Apenas en 1960 empieza el cambio en la sociedad que no se admite racista pero que lo es profundamente. Se inaugura el Museo Nacional de Antropología y se extiende el orgullo por el pasado prehispánico. Una cosa por otra: si los indios de hoy son invisibles, el pasado indígena deslumbra. Y luego, en 1982, en la campaña de Miguel de la Madrid a la presidencia de la República, se habla por vez primera del país plural, y el lugar común se vuelve tangible gracias a la política. Octavio Paz ya nombra a su revista Plural, pero todavía en los años ochenta la expresión es infrecuente: ¿qué significa ser plural? Pero todavía ronda el fantasma de la Esencia Nacional, de la Mexicanidad que, como se sabe, es enemiga de lo diverso. Además, la Mexicanidad no está sola, la acompañan la Peruanidad, la Argentinidad, la Cubanía, la Colombianidad. Lo múltiple en América Latina, se opone a lo Uno y lo Único, los rasgos de la nación. Y esto se profundiza en los países con fuerte componente indígena.

En diversos países de América Latina, el debate actual sobre identidad, marginación, tolerancia, derechos de minorías, reconocimiento del Otro, etcétera, no lleva el nombre de multiculturalismo sino, por razones de desarrollo y de prácticas de inclusión, el de diversidad, hoy la versión más polémica y viva del multiculturalismo, sobre todo en países de mayoría mestiza y profundas raíces indígenas, ajenos a la tesis del melting pot, la mítica fusión de razas que en Estados Unidos le da fuerza a la moda y las realidades del multiculturalismo. En sociedades sujetas por tanto tiempo a la ficción de la unidad absoluta, la diversidad es el término que se impone, no tanto el cúmulo de culturas que coinciden en el mismo espacio geográfico y se distribuyen inequitativamente los recursos, como el derecho al uso de las alternativas, lo que se intensifica en el caso de los indígenas, unidos a la fuerza por el racismo.

Lo anterior vuelve comprensible la insistencia en la inclusión. Si la realidad histórica describe países de excluidos donde fracasan reiteradamente los movimientos para disminuir o desaparecer la marginalidad, la demanda de la diversidad es lo más urgente en lo político, lo cultural, lo sexual, lo social, lo religioso. Los tradicionalistas hablan de derechos para todos esperando vigorizar la resignación de la mayoría de los excluidos de estos derechos y de una movilidad social ya no operante. (El que quiera triunfar en la vida deberá asegurarse de que sus abuelos ya lo hayan hecho.) Y la derecha más febril se opone al reconocimiento de otros credos, otras formas de vida, otras prácticas comunitarias, otros aspectos. Si algo se ha combatido es la diversidad. Y se olvida que sin lo diverso no existe lo homogéneo.

II

De cómo sin las tradiciones ningún país se acordaría de su pasado

El Estado nacional y sus formaciones básicas

A México lo configura en enorme medida el Estado-nación, encargado de fijar los criterios históricos (“Por estas vías tortuosas y ocasionalmente heroicas llegamos a ser lo que todavía somos”); de planear buena parte del rumbo de la economía; de organizar las normas jurídicas (la Constitución de la República, el Código Penal Federal, el Código Civil y el resto de la armazón jurídica); de afirmar la dimensión laica de la memoria nacional (enseñanza histórica, afirmación de las leyes, cultos a los héroes, selección de tradiciones, arreglo de los criterios de representación de México, etcétera); de jerarquizar vínculos con los demás países (en primer lugar y sobre todo, la integración económica y política con Norteamérica); de privilegiar a toda costa el crecimiento del capitalismo salvaje (en América Latina el único capitalismo realmente existente); de sostener los sistemas de educación y salud públicas y ampliar y darle mantenimiento a la infraestructura del desarrollo (caminos, presas, dotación de servicios a las comunidades)…

La globalización obliga a los gobiernos a replantear su estructura básica. El Estado-nación parece cosa del pasado y la soberanía es —dicen los neoliberales— una ilusión más que negociable. ¿Y qué se hace con el nacionalismo y el catálogo de héroes? ¿Es posible jubilar a las naciones? ¿Cuáles obligaciones sobreviven a la condición global? Hoy se llama crisis a la imposibilidad de respuesta coherente a los problemas.

¿Cuáles son algunos de los fenómenos sociales que se advierten?

• El proceso de la clase dirigente que se globaliza hasta donde le es posible (mucho menos de lo que presumen), finge (mal) una democracia, extiende y ratifica sus prejuicios, el racial para empezar, y ejercen la caridad como siempre (muy de a poquito). También, los de las elites buscan con éxito controlar los medios, son de derecha y pagan por misas privadas con el Papa, y apenas se enteran del hecho sencillo: la falta tajante de alternativas nulifica y/o reduce significativamente las libertades de las minorías;

• el proceso de los sectores medios, ventajoso en comparación con el de las clases populares y muy desventajoso en función de sus expectativas, que se globalizan hasta donde puede, se ilusiona al igualarse con la burguesía, le teme a la polarización y al populismo;

• el proceso de los sectores populares que se apodera a ráfagas pero sin pausa de un buen número de transformaciones y transfiguraciones de la modernidad, le reserva a su escasez los espacios de su anacronismo, y con tal de persistir se deshace de un número considerable de sus tradiciones y prejuicios (como sucede con los que viven en los demás procesos, una gran parte de la modernización depende del olvido). A este sector pertenece la mayoría del medio millón de personas que cada año migra a Estados Unidos, con la patriótica esperanza de añorar el país de origen el resto de su vida y en compañía de los suyos;

• el proceso de los indígenas, que en México se acercan a los doce o catorce millones de personas (¿qué censo es creíble?), marginados al punto de la invisibilidad que sólo quebranta la rebelión de 1994, jamás integrados a la nación y globalizados muy apenas por los acontecimientos de las tres últimas décadas;

• el proceso de las mujeres nunca muy tomadas en cuenta por la nación oficial que sólo adquieren el voto en 1953 (lo ejercen en 1955), segregadas en cada uno de los sectores;

• hay otro proceso, de importancia cuantitativa y de resultados devastadores ciertamente (y globalizados), el de los enfrascados en la violencia delincuencial y muy especialmente en el narcotráfico, el único sector que cumple con los requisitos míticos del amor del mexicano por la muerte.

El conjunto de estos procesos configura el país a la hora de la globalización, con una salvedad: lo reconfigura hasta donde le permite la desigualdad de toda índole que es el rasgo definitorio de México, según consenso. Entre otras características, la desigualdad deshumaniza a quienes la padecen y a quienes la mantienen, degrada a diario la moral y la ética, robustece la voluntad de engaño (Vicente Fox no se cansó de afirmar: “Hemos disminuido la pobreza en un 35 por ciento”, y lo sostiene ateniéndose a indicadores tan concluyentes como los que subemplean una vez al mes, y lo dice también a la hora del estancamiento notable de la economía, cuando florece la concentración abrumadora de la riqueza).

“Si apago la televisión tengo que prender las imágenes mentales”

Psicológicamente, el llamado a la indefensión ante el poderío televisivo tal vez sea el más grave —por más fatalista— de los rasgos culturales de una etapa. Sí, ya lo afirmó el dueño de Televisa Emilio Azcárraga Milmo, México es un país de una clase modesta muy jodida, pero eso no justifica la actitud de los partidos políticos, el gobierno y, lo que me resulta más oneroso, de parte de los sectores intelectuales, convencidos de que, en efecto, los jodidos sólo dejarán de serlo por vía del ascenso económico, el mismo que les está radicalmente negado. Por supuesto, este factor no es menospreciable, pero me niego a deificarlo. Quien lo hace, concentra todas las posibilidades de la Gente (ese término del que siempre se excluye quien lo emite) en el vasallaje ante el aparato que, según dijo el señor Azcárraga, le ofrece a la población “además de alegría, un entretenimiento sano y que les brindará satisfacción interna”.

Otras tesis que conviene analizar: a) El presidente Salinas de Gortari: “En la pobreza no hay democracia”; b) El presidente Zedillo: “Los pobres no votan”; c) El presidente Vicente Fox: “Yo me formé viendo las nubes”. Desde luego, es más difícil implantar la conciencia democrática en medios sojuzgados por la desinformación (que incluye la ignorancia de los derechos colectivos y personales), y es o será arduo plantear alternativas que le resulten convincentes a los habituados a extraer de la televisión (de esa televisión) el repertorio legalizado de estímulos. Pero aceptar dogmáticamente la premisa conduce a identificar lo por ahora imposible (la distribución justa de la riqueza nacional) con la democracia, posponiendo así, por “decreto oficial”, la democracia.

En lo tocante a la democratización de la cultura, es clara la indiferencia del Estado, los partidos políticos y los sectores intelectuales. Las razones son diversas: no se considera posible, se califica de populismo (casi una herencia del realismo socialista), se describe como imposición de los gustos elitistas en el sagrado espacio de autonomía de las clases populares, cuyo “gusto orgánico” va de lo vulgar a lo todavía más vulgar, de las reproducciones fosforescentes de la Última Cena al patriotismo de clóset que sólo estalla en ocasión de un triunfo de la Selección Nacional.

Tal indiferencia es aguda y costosa. Estoy seguro de que incluso en la pobreza se produce la democracia, pero la democracia no arraigará sin que se diversifiquen los estímulos culturales, al darse ya las pruebas de cambios significativos en el aumento considerable del otro gusto, que favorece la música clásica, la lectura, el rock de calidad, el jazz, los museos, el teatro, algunos simposios. Esto no se atiende, porque con programa pero sin proyecto cultural el gobierno no cree en la ampliación de públicos, y todo lo destina al millón de personas de siempre, lo que está bien pero es notoriamente insuficiente porque el número podría ampliarse sin demasiados problemas, como de hecho ya acontece.

Por omisión, las minorías que se sienten “rescatadas” condenan al infierno de la falta de alternativas espirituales a las mayorías que juzgan irredimibles.

III

De la integración cultural

1. Pasó el tiempo latinoamericano de las (genuinas) preocupaciones de sociedades y gobiernos por la “integración cultural” con Estados Unidos. Al tocarse el tema se conocen de antemano las fórmulas retóricas al uso que ignoran el desempleo creciente, la violencia urbana, la ingobernabilidad, los desastres agrícolas, la destrucción de los ecosistemas, las grandes migraciones. Si ya no existe la Identidad Nacional en estado de pureza, sino el despliegue de las identidades, la “integración cultural” requiere de otros análisis.

Al hablar de “integración cultural” no se habla de proyecto orgánico, sino del resultado acumulativo de la admiración por la cultura norteamericana, la imitación obligatoria de los hábitos de la modernidad, el rechazo y la preservación de símbolos, el laboratorio lingüístico en que a diario se sumergen las comunidades, la elección de costumbres más habitables y cómodas, etcétera. Es imposible prever las consecuencias de estas mezclas, pero el avance de la americanización permite algunas conclusiones. Hasta hace poco la americanización era signo de status de la burguesía y las clases medias, la utopía de la modernidad al alcance, la manera de “universalizarse” al ritmo de la copia y de la asimilación. Ahora la americanización es un sitio de encuentro multiclasista y, definida a grosso modo, es el método privilegiado de adaptación al impacto tecnológico, la tecnología que une a todas las clases sociales y que a los jóvenes de las clases populares los lleva a “americanizarse” en diversos niveles para así exorcizar su estruendosa falta de porvenir.

Una observación: por americanización no entiendo la adopción mecánica de otra mentalidad, sino la inmersión rauda, y también paulatina en las otras costumbres, que le permite a cada persona manejar en distintos grados las claves de sus vínculos con la cultura de donde proviene y con la cultura que incluye a sus orígenes y sus fantasías. Esto cambia según la índole del trabajo y el peso de las circunstancias familiares. En este sentido, la americanización es un proceso abierto y cada grupo nacional argentiniza, peruaniza, colombianiza, mexicaniza la americanización.

Un joven mexicano sin recursos en Jalisco, Michoacán, Oaxaca, Zacatecas o la ciudad de México se americaniza al ver en la migración su gran puerta de escape, al adoptar modas culturales, al exaltar a la ciudad americanizadora por excelencia: Los Ángeles, California. Y el código elegido para descifrar los significados de la americanización es la experiencia de los mexicanos-norteamericanos, y sus procesos de adaptación.

2. Un problema central es la vaguedad del término cultura. Sucesiva y simultáneamente se emplean la definición antigua (en algo remozada) de alta cultura, la versión antropológica (el modo de vida), la teoría de la fusión o hibridez, la particularización extrema (la cultura de las cenas, por ejemplo). Esto desemboca en la absoluta falta de precisión en algo tan elusivo de por sí.

3. De modo fundamental la cultura depende de los sistemas educativos y, en especial, la enseñanza superior. En este punto, se observan en América Latina varios fenómenos:

• la declaración unánime de los gobiernos y los sectores intelectuales del fracaso del sistema educativo, que se caracteriza por la aplicación ritual de programas de enseñanza anacrónicos, por la lentitud con que el Estado aplica selectivamente la actualización informática, por el dogmatismo y el encarecimiento continuo de la enseñanza privada, por los salarios bajísimos de los profesores, etcétera;

• la división tajante e inoperante entre educación y cultura, lo que deja a los alumnos a partir de la educación elemental con la certeza: cultura es lo prescindible, gratamente si se quiere;

• el fracaso de la promoción de la lectura en los sistemas de enseñanza. Los alumnos leen lo indispensable y lo indispensable se reduce en cada generación. El ejemplo de México me resulta ilustrativo. Hay cerca de 30 millones de estudiantes de primaria a posgrado, y el término medio de las ediciones es de mil o dos mil ejemplares. Un best seller dispone de treinta o cuarenta mil ejemplares en su haber, y no hay, seriamente, la sensación de pérdida social. “Antes tampoco se leía” se dice con algún cinismo.

4. En América Latina en el periodo 1920-1950, una minoría se empeña en obtener y difundir la cultura internacional. Así esté muy al tanto de su condición periférica, no disminuyen sus exigencias críticas ni desisten de secularizar la cultura. En el siguiente periodo, el sector cultural latinoamericano sufre el impacto de la modernidad y va al límite de la conciliación entre lo tradicional y lo contemporáneo. El tercer periodo, desde 1980, es el de la renovación del canon cultural, simpatiza en su mayoría con el centro-izquierda, es bilingüe por lo menos, y sigue con regularidad los ofrecimientos de la industria editorial española, más lo que propongan las editoriales de cada país.

5. La cultura visual avasalla, aunque se seculariza la atención televisiva al fenómeno televisivo. Algunas series —talk shows o reality shows— se vuelven por así decirlo obligaciones sociales, porque marcan los criterios del avance social. Sex and the City es un ejemplo perfecto, y otras series: Friends, Will and Grace. Si el homo zapping ha fracturado al máximo su atención, ya ante la pantalla chica no se advierten los grados de concentración desplegados ante la lectura y el cine, las series relegan a los espectadores con la formación mediática.

6. Todavía en 1960, por dar una fecha, los poseedores de intereses culturales se forman casi exclusivamente en la literatura, y las artes plásticas y el cine se observan desde una perspectiva literaria, con frecuencia teñida de cursilería. Al cimentar las artes su vocabulario específico, se extingue esa dependencia extrema con la literatura, y se va implantando el pensamiento fílmico ya no tributario del lenguaje literario. Esto incrementa la idea y la práctica del status del cine comparable al literario, con sus clásicos y sus operaciones canónicas. Esto se añade al auge del interés intelectual y académico por la cultura popular, el ámbito de la educación sentimental y de la forja del habla familiar y social. ¿Qué crisis doméstica, por ejemplo, se escapa del melodrama?

7. La globalización es un fenómeno todavía por ubicarse y entenderse. Sin embargo, ya son notorios algunos rasgos:

• en materia de uso del tiempo libre, y en un proceso con varias décadas de aplicación implacable, las industrias culturales de Norteamérica son la fuerza dominante. Cada verano se imponen las modas (y la ansiedad por asirlas) entre adolescentes y jóvenes; y algo queda claro: de existir desde hace siglos los efectos especiales, un buen número de credos habría perdido sus clientelas. Por lo pronto, la globalización es un fenómeno de monopolios, y si uno no ha leído El Código Da Vinci, será por no llamar la atención de un matón del Opus Dei;

• el crecimiento de los movimientos que buscan otra vía de ejercicio de la globalización, indica el fin de las teorías sobre la manipulación de las conciencias. Luego de Seattle y Milán, el rechazo de la invasión de Iraq reveló la cuantía de las reservas humanistas en el planeta. En México, un país de vida ideológica más bien pobre, el 82 por ciento de la población, en todas las encuestas, se declaró en contra del belicismo de Bush. Y luego del monstruoso atentado del 11 de marzo, el triunfo en España del PSOE ratificó la primera impresión.

Esto abona el terreno cultural de la diversidad, el vocablo de más consecuencias en la América Latina de principios del siglo XXI, que le abre un gran espacio a los modos de vida y los productos culturales alternativos. Por eso, el fundamentalismo de la derecha es hoy en lo básico la campaña por defender el sitio de honor del pasado más autoritario, y su consigna, entre llamados a la prohibición, podría ser: “Por lo menos reconozcan que así éramos”.

8. La música, sin duda, prodiga formas de vida. Se vive a la caza de los estímulos del rock, de la cumbia, del vallenato, de la balada, del bolero, del rap, del hip hop. En este sentido, las sensaciones desprendidas de la música son una fuente vigorosa de empleos “del alma”. Esto lo aprovechaban las industrias culturales hasta que el auge de la piratería democratiza la vida discográfica.

9. Las series de Cable han modificado muy positivamente a distintos sectores, y son las grandes impulsoras de la tolerancia.

La sociedad post-tradicional

A resultas de lo anterior, y sin que nadie lo declare —entre otras cosas porque no hace falta, lo explícito es el enemigo de lo persistente—, en México como en casi todas partes, se conforma una sociedad post-tradicional a la que, de modo sumario, caracterizan modificaciones substanciales en los campos de la religión, la lengua, el sentido de la familia, el nacionalismo, los sentimientos comunitarios. Entre otros, estos son algunos rasgos de este fenómeno:

• la religión católica sigue siendo la mayoritaria, y en tiempo de peregrinaciones la más conmovedora. Si el gran símbolo nacional es la Virgen de Guadalupe, en las décadas recientes se han fortalecido otras corrientes cristianas, muy especialmente las del protestantismo carismático o pentecostal, y los Testigos de Jehová y religiones paracristianas, espiritistas, de la New Age. Hay más de dos mil denominaciones religiosas con registro en la Secretaría de Gobernación. Sin estadísticas confiables, pero a partir de los testimonios regionales y de los llamados de los obispos católicos a la Nueva Evangelización que elimine el “ateísmo funcional” (el “analfabetismo religioso”) se podría calcular con cierta timidez en cerca de 20 por ciento a la población ya no católica. Esto se advierte particularmente en el Sureste (Tabasco, Chiapas, Oaxaca) y en la Frontera Norte. A las conversiones masivas las ayuda el deseo de las mujeres de incorporar a sus maridos o compañeros a una “ética protestante” de trabajo y renuncia al alcohol;

• el idioma es y seguirá siendo el español, y es muy incierto el destino de las cincuenta y dos lenguas indígenas habladas por doce o catorce millones de personas. (La reproducción demográfica va más rápido que el conteo.) Sin embargo, por vez primera es ostensible el cambio en el habla, antes atenido a las tradiciones del campo y sus modificaciones urbanas, y hoy sojuzgada por los vocablos provenientes del inglés. Se quiera o no, y lo más probable es que se quiera, el habla de los años próximos será el español modificado a diario por el inglés. El espanglish es el idioma del porvenir y ya es hoy el de las clases (auto)privilegiadas, aunque éstas se dan a entender en un habla equidistante del inglés y el español (confrontar sus entrevistas en televisión y prensa);

• la familia nuclear, reemplazo de la familia tribal, es el hecho primordial de la sociedad mexicana, a un tiempo centro de comprensión primordial y seguro de vida, depósito de los afectos perdurable y gran motivación laboral. Con todo, la familia nuclear se modifica, las libertades aumentan, los enconos estallan con más frecuencia, y la independencia de criterio es el signo evidente de la lucha generacional. Y en lo tocante a la niñez, la familia le cede su cuota formativa a las industrias culturales, lo que trastoca el comportamiento de las generaciones anteriores. El cambio definitivo de la familia se localiza en los niños, tecnologizados en sus zonas burguesas.

En el ámbito juvenil, entre otros hechos, muy especialmente desde la pandemia del sida, la actividad sexual es algo profundamente “desacralizado” o, si se quiere condón mediante, despojada de cualquier idea del pecado y sobre todo en lo tocante a las mujeres, ya normalizada porque nunca funcionó en demasía la vinculación de pecado y sexo masculino. Los triunfos crecientes de las tesis y las prácticas feministas trastocan la vida laboral y política en medida insuficiente pero irreversible. De paso, se democratiza paulatinamente la idea del hogar, y la virginidad ya no es “el tesoro en la caja de caudales de la honra”.

A las antiguas “ofensas a la Naturaleza” se las observa de otra manera al desplegarse el conocimiento científico y ser la tolerancia un requisito de la convivencia. Ya no hay tal cosa como “el amor que no puede decir su nombre” y por ejemplo, avanza la tendencia de los jóvenes gays y lesbianas de informarles a sus padres de su orientación sexual. (Esto en las grandes ciudades.) La sociedad mexicana es hoy más tolerante porque, en otras cosas, ha venido a menos el “qué dirán”, y en la explosión demográfica los comportamientos legales se vuelven legítimos, y viceversa.

El tema lo desborda todo menos la conclusión de una ponencia. n

 

Carlos Monsiváis