“El arte, como el amor, no será nunca desinteresado. No hay literatura en estado puro, los libros no surgen de la nada y en la nada sino en un entorno histórico específico, en el marco de una tradición literaria y desde la perspectiva de un devenir personal”.

 

En una de las conferencias recogidas en El poeta y el tiempo, Marina Tsvietáieva contempla la creación literaria como un acto puro: “Escribir para cualquier cosa que no sea la obra misma es condenar la obra a un día y nada más… La gloria, el dinero, el triunfo de esta o de otra idea, cualquier finalidad ajena a la obra, es su muerte. La obra, mientras se escribe, es en sí misma su fin… ¿Para qué escribo?”. Continúa Tsvietáieva: “Escribo porque no puedo no escribir. A una pregunta sobre la finalidad —una respuesta sobre el motivo, no puede haber otra”.

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Esa visión es, por supuesto, incompleta: nada es así de simple. El arte, como el amor, no será nunca desinteresado. No hay literatura en estado puro, los libros no surgen de la nada y en la nada sino en un entorno histórico específico, en el marco de una tradición literaria y desde la perspectiva de un devenir personal. Sobre todo, aun siendo un fin en sí mismo —la búsqueda de la belleza como fruto de una vocación imperiosa—, escribir también es un medio para la consecución de un propósito: el dinero, la inmortalidad o el reconocimiento en vida, la seducción amorosa, la defensa de una causa política o social, etcétera. La misma Tsvietáieva, con las disertaciones en que postulaba sus ideas sobre el arte como un fin en sí mismo, se hacía de un poco de dinero para aliviar su hambre y su vida marginal.

La literatura es, por consiguiente, un fin en sí mismo y un medio para la expresión de un propósito “ajeno” a ella. Witold Gombrowicz, el Gran Ególatra, expresó en su Diario esta idea: “La literatura tiene un doble sentido y una doble raíz: nace de una contemplación pura y artística, de una tendencia desinteresada hacia el arte, pero al mismo tiempo… es el deseo de la fama, de la importancia, de la popularidad, del triunfo”.

Esta “doble raíz” no hace, sin embargo, de la creación un ejercicio espurio, pues las finalidades “no literarias”, como la gloria, el dinero o las causas sociales, no son ajenas a la literatura. Más concretamente, esos propósitos —sólo negados por los hipócritas, los santos y los cínicos— son rasgos naturales del ser humano, y la literatura, como señalaba Alfonso Reyes en El deslinde (y cito sin énfasis irónico): “expresa al hombre [y la mujer, por supuesto] en cuanto es humano”.

Por esta razón, las finalidades “no literarias” forman parte también, más que de un bastardo para-qué, del muy humano por-qué-se-escribe. Como lo ejemplifica el Dostoievski de J.M. Coetzee en The Master of Petersburg, la escritura más auténtica (hay la que no lo es y está hueca y perece) ha de surgir de la carencia sentida por el artista a partir de su relación conflictiva con la realidad. Nadie escribe y nada se escribe desde el limbo, nadie toma la decisión de obedecer a la urgencia particular de la escritura si no es a partir del drástico descontento ante la experiencia vital. Y si se vive en un entorno de violencia, corrupción, miseria y cinismo, y si este panorama provoca en el escritor una desazón y rabia que rayan en la repugnancia, no hay menoscabo de lo artístico en el plantear la literatura como una forma de acción posible, al menos en la forma de una crítica de esa sociedad. En todo caso, ¿se puede pasar por alto tan a la ligera el hecho de que el Quijote, la novela más valiosa de cuantas se han escrito, narra la historia de un lector de ficciones que sale al mundo a combatir la vileza? Existe, pues, el derecho pleno de fundar la literatura propia como una respuesta subversiva a ese sentimiento de penuria —falta, carencia— esencial del mundo, siempre y cuando esta subversión escritural no se concentre en la denuncia maniquea de los males de la sociedad sino que alcance su fuerza disolvente en el rigor y riesgo literarios, en la asimilación y parricidio —tajante y fértil— de la tradición, en la reelaboración simbólica de los impulsos e incertidumbres del espíritu de la época. Así, habría que afirmar que se escribe porque no se puede no escribir y al mismo tiempo para responder —impugnar, rebelarse— al mundo. Al presente. Porque y para, simultáneos.

La mentira —ingenua, cínica o pesimista— es que escribir no sirve para nada. Voltaire decía que con sus libros un escritor no logrará ni siquiera cambiar las costumbres de su vecino: hoy podría argumentarse que a pesar de milenios de gran literatura, la humanidad sigue conociendo la guerra, la pobreza y la injusticia. Entonces, ¿callar? No, ante la falla del mundo el silencio no será jamás la opción. No hay manera de afirmar que escribir no cambia el mundo sino hasta después de haber escrito, y quizá ni siquiera entonces: quizá nunca. ¿Acaso no han sido nada en la lucha por la igualdad de los derechos de la mujer los textos literarios de Virginia Woolf, Hanna Arendt, Simone De Beauvoir, sor Juana…? La literatura, afirma Gottfried Benn, “no mejora las cosas, pero hace de lo que sea algo más decisivo: las modifica… Su acción se ejercita sobre los genes, sobre la masa hereditaria, sobre la sustancia —un largo camino interior”. ¿Cómo estar seguros de que no incidieron en la mentalidad de por lo menos algunos pocos de sus contemporáneos y no han importado en el devenir de las sociedades humanas los libros —no hablo de la actividad política ni de los pronunciamientos explícitos— de Voltaire, Dickens, Erasmo, de Cervantes, Balzac, Goethe, Dostoievski, Shakespeare, Lord Byron, Tolstoi… tantos más? “Creer en los libros como medios de acción o no creer es ante todo eso: creer o no creer”, escribe Gabriel Zaid. Pues bien: la elección del escritor novato es creer. Porque, como escribió el peruano Westphalen: “El sueño no es un refugio sino un arma”.

Tan sencillo como recordar que la invención de la escritura hizo nacer la Historia: para bien y para mal, tarde o temprano, escribir trastoca el mundo. n

 

Geney Beltrán Félix