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Tielmes, casi a las puertas de Madrid, todavía no es La Mancha y, rigurosamente, no forma parte de la “Ruta de don Quijote”, del itinerario del Caballero de la Triste Figura. Nuestro viaje de amigos vagabundeando tras los rastros de don Quijote da comienzo en esta pequeña ciudad, también porque aquí vive uno de los más grandes conocedores y estudiosos del ingenioso hidalgo y de su deambular: Manuel Fernández Nieto. Su biblioteca es un universo cervantino, pero no menos seductora es su bodega del siglo XVII, con sus enormes ánforas de terracota y el buen húmedo olor a moho. Hace años, en este subsuelo encontraron un perro momificado. Una bodega, tumba no menos real que una pirámide, que encaja muy bien con Don Quijote, el libro en el que lo sublime y lo ínfimo, lo sagrado y lo vulgar, la confianza en el hombre y su irrisión, la fe y el caos coinciden como la cara y la cruz de una moneda. También por esto Dostoievski pensaba que ese libro podía ser suficiente, por sí solo, para justificar ante los ojos de Dios la odisea de la humanidad. Tenía razón, porque el requesón maloliente que chorrea sobre el rostro de don Quijote, heroico, ridículo e injuriado, se asemeja al sudor de sangre de Cristo.

Tielmes es vivaz, muestra la vitalidad que caracteriza a España, el país que en estos años se ha renovado y transformado quizá más que cualquier otro, con increíble vitalidad. En esta compuesta energía sobresale, en contraste, un bar que permanece cerrado y con la pintura descascarada que lleva —como alegoría en un teatro barroco— el rótulo “Bar Moderno”. Hoy, lo Moderno, con su fe en el progreso y en la posibilidad de dirigir el curso de la historia, parece una antigualla polvorienta. Uno se mueve y vive en un Medioevo postmoderno, global y sofisticado, que transforma tecnológicamente el mundo a ritmos vertiginosos, pero no cree poder otorgarles un sentido. Don Quijote, caballero errante que piensa que es antiguo, es el héroe de lo Moderno por excelencia; su objetivo es la conquista del mundo, pero sobre todo la verificación de su sentido, la búsqueda de un valor poderoso que lo trascienda. Hoy, esa modernidad parece herrumbrosa, al igual que sus armas y la cortina metálica de este bar, pero la herrumbre resplandece, a veces, como una espada encantada, enciende reverberaciones de El Dorado, resplandores de poesía y de significado.

quijote

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Para nada es seguro que el indefinido lugar de La Mancha del que partió don Quijote sea, como lo quiere toda una tradición, Argamasilla de Alba. Quizá el punto de partida debe seguir siendo incierto, al igual que la dirección hacia la que se dirige el hidalgo, sin escoger el camino, dejando que lo tome por casualidad Rocinante, su noble y desvencijado caballo. La llanura de La Mancha —plana, casi siempre igual bajo el cielo diáfano, en la cual el horizonte es el único verdadero confín—es el paisaje adecuado para este dejarse ir en la vida, porque parece tener, al igual que el desierto, infinitos caminos.

Incluso un paseo se escapa del control preciso de un plan y de una voluntad, porque uno no puede saber qué es lo que, en el primer cruce de caminos, nos hará desviarnos del recorrido previsto. Todas las cosas fundamentales —el amor, la felicidad, el sufrimiento— suceden por casualidad o por gracia, cuando se suelta la brida y uno se deja llevar por la vida como un bastón en las manos de un viandante. Procediendo así, yendo al encuentro de lo que suceda, se reciben dones inesperados, uno se abandona felizmente a la existencia, confiados en su magnanimidad y listos para creer que ella nos provee mejor que nosotros de lo que realmente necesitamos. Pero a algunos la vida realmente no les trae nada, o bien, solamente la indecencia de la desventura, a la que se le puede contraponer —dice una gran página de Antonio Muñoz Molina, en su novela Beatus Ille— sólo una triste ironía. Entonces, se siente el temor de lo estúpido e imprevisible de la vida; el horror y el susto que oprimen el corazón inducen a aferrar firmemente la brida de Rocinante, para dirigir con maniática precisión el camino, para mantener la existencia en el puño hasta triturarla si se porta mal, a no dar un paso sin consultar mapas minuciosos, trazados para protegerse del desorden de las cosas, que provocan tanto miedo. Uno vagabundea por los corredores de Kafka en vez de hacerlo por las llanuras de Cervantes.

Don Quijote no tiene miedo; se ofrece a la incertidumbre del vivir, que le acarrea calamidades, garrotazos, porquerías, humillaciones. Pero él no tiene fe en la vida, que no sabe lo que hace, sino en los libros, que expresan no la vida sino lo que le da sentido: sus blasones. Él lucha por estos blasones y casi siempre es ridículamente vencido, porque casi siempre pierde el bien y vence el mal. Pero ni aun derribado, él duda de esos blasones.

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Llanura de La Mancha, campo abierto, buena exterioridad del mundo. La verdad no reside in interiore homine, en la asfixiante autarquía de la interioridad, sino en la confrontación de esta última con los otros, con las cosas, los colores, los olores, los acontecimientos, la comida, las funciones fisiológicas, el sudor y los callos de las manos. Don Quijote sin Sancho Panza —todavía más grande que él— sería un maniquí; y sus libros de caballerías, si no se entremezclaran con esos quesos, esas salchichas y ese estiércol, serían dignos de ser tirados a la basura. Lo que sólo se queda interior, se aceda fácilmente, se enturbia y se corrompe, deviene vicio o delirio; incluso la pasión se obstruye en la fango del corazón o se pervierte en estéril quimera si no es repartición del mundo, aventura entre las cosas. La interioridad solitaria pierde fácilmente la noción del bien y del mal, como en los sueños, en los que se puede hacer cualquier cosa sin sentirse culpables. La interioridad se voltea como un guante y es derramada sobre el mundo, como los ideales caballerescos de don Quijote se mezclan, y por eso son todavía más altos, en la promiscuidad de lo real. Sólo porque don Quijote cree verlo, en un prosaico bacín de barbero, el mítico yelmo de Mambrino adquiere su encantada poesía.

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El Toboso es, ante todo, una gama de colores absolutos: el blanco deslumbrante de las casas, el azul índigo intenso del cielo y de los bordes pintados sobre los muros; incluso el viento parece tener la claridad de un color luminoso. En el pueblo existe un Centro Cervantino al que, entre otras cosas, los jefes de Estado de todo el mundo tienen la costumbre de enviar, con dedicatoria, algunas preciosas traducciones de Don Quijote en las lenguas de sus países. Expuestas en escaparates, finas ediciones y versiones de todos los continentes exhiben firmas famosas en las portadas. También está una edición italiana con la firma de Mussolini, con la fecha del 31 de julio de 1930: una gran firma enérgica, quizá un poco megalómana, pero con un trazo generoso. Todos envían ejemplares de Don Quijote, excepto dos. Hitler manda una pesada edición de los Nibelungos, con una firma minúscula que casi no se ve, un garabato retorcido, letras en posición fetal. Sin embargo, es derrotado en vulgaridad por Kadaffi, que manda su Libro verde de la revolución. Ambos revelan la supuesta inseguridad del jefe de oficina que amenaza “Usted no sabe quién soy yo”, mientras que toda la grandeza de don Quijote, como escribió Unamuno, reside en la humilde firmeza con la que él dice “Yo sé quién soy”.

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Campo de Criptana. Los poetas siempre son concretos, incluso en las fantasías más desenfrenadas. Los cuatro grandes molinos de viento que se divisan en la lejanía sobre una colina realmente parecen gigantes. La locura de don Quijote siempre es, de cualquier manera, realista y vidente; sin duda alguna mucho más que la miopía de quienes ven únicamente la fachada de las cosas y la intercambian por la única e inmutable realidad. Son los Quijotes los que se dan cuenta que la realidad se desmorona y puede cambiar; los pretendidos hombres prácticos, orgullosamente inmunes a los sueños, siempre creyeron, hasta el día anterior al de su caída, que el Muro de Berlín estaba destinado a permanecer. En Campo de Criptana había cuarenta molinos, ahora sólo queda una docena, entre el blanco del villorrio, el azul del cielo, el marrón de la tierra. Cielo terso, frío, invierno continental; y sin embargo, en el aire, esa libertad y esa sequedad del sur que encantaban a Nietszche.

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La caverna de Montesino, la cavidad inferior a la que don Quijote desciende entre cuervos y pájaros de mal agüero no menos temibles que los monstruos del Averno y en dónde él, al igual que Sancho, piensa que las maravillas y las magias —que incluso ha visto— pueden ser sólo cuentos, como en general es un cuento todo misterio iniciático y esotérico. El verdadero misterio está en las cosas, en el paisaje ondulado y con suaves colinas, en los barrancos que fascinaban a Azorín en su viaje quijotesco de 1905, en las aguas de las vecinas lagunas de Ruidera, en la luz rasante del atardecer que le imprime a los troncos de las encinas y de los pinos una ternura conmovedora. La tierra es roja, como la de Istria. Mercedes Monmany, a quien le debemos páginas muy lúcidas de crítica literaria y geniales incursiones ensayísticas en las literaturas más diversas, propone inventar una nueva disciplina: el paisaje comparado.

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En Villanueva de los Infantes, con su espléndida Plaza Mayor neoclásica, está la casa del Caballero del Verde Gabán, con el que don Quijote —que regresa invicto de retar al león, que en lugar de agredirlo le muestra el trasero— discute sensatamente de poesía y de su propia sabiduría y locura. En el convento de Santo Domingo se encuentra la habitación en la que murió Quevedo, el 8 de septiembre de 1645; sobre el muro está pegado el soneto que él compuso, dos meses antes, sobre la muerte, sobre su última hora “negra y fría”. La gran poesía española del siglo XVII está obsesionada, como en general el barroco, por la muerte. Pero ni siquiera la muerte apaga la pasión: alma y cuerpo y huesos serán polvo, escribe Quevedo, mas polvo enamorado, y el sumo Lope de Vega, sacerdote de la borrascosa vida sentimental obviamente presente en el museo teatral de la cercana y espléndida Almagro, dice de la amante muerta que, disuelta en polvo aunque siempre hermosa, vive serena sin dejarlo vivir y continúa dándole guerra reposando en paz.

Gran parte de la vida se juega en el papel que en ella tiene la muerte, según ésta sea removida, temida, cortejada, integrada en la existencia. Cuando don Quijote muere, Sancho está triste, pero todo continúa tranquilamente, la sobrina come, la ama de llaves brinda; al final, incluso Sancho está sereno, como corresponde al fiel escudero de un caballero sin miedo. Pero el morir puede asumir formas más melancólicas que la decadencia final. María José, mirando los campos, cita la estrofa aterradora de un flamenco: “que le pasó, no lo sé/a esa hierbabuena, madre,/que era verde y se secó…”.

Incluso la Casa de la Inquisición, en Villanueva, puede evocar, de otro modo, la muerte. En el viejo portón, encima de un arquitrabe con el escudo que contiene la cruz, la calavera y dos tibias, un cartel dice que la casa está en venta.

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En Almagro se venera a la virgen, Nuestra Señora de la Nieves. También se cultiva la corrida y la Plaza de Toros limita con el santuario, que da precisamente sobre la arena. Cuando se celebra el rito de la matanza del toro se abre una ventana de la iglesia y se le da vuelta a la estatua de la virgen, de tal manera que pueda mirar lo que sucede y, por así decirlo, presida el acto.

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Almagro, Chinchón, Tembleque, Ocaña y tantas otras encantadoras ciudades se agrupan alrededor de una admirable plaza. Columnas, arcos, balcones; belleza y sociabilidad, sentido de una comunidad, de un país. Es la plaza la que hace a una ciudad, pequeña o grande; los exteriores cuentan más que los museos, aunque estén llenos de obras de arte. En las cercanías de Ocaña está la Fuente Grande, un grandioso y espléndido lavadero construido entre 1574 y 1578. Una especie de templo del renacimiento en honor del agua; galerías, puentes, pilastras, canales, pero sobre todo una magnificencia construida no para fiestas o naumaquia, las falsas batallas que alegraban los juegos de corte, sino para lavar y darles de beber a los caballos.

Regresamos. La noche es fría, con viento. El mucho o poco frío que se siente cuando, al final de un viaje largo o breve, el sentido de lo coral que unió fraternalmente a algunas personas, se disuelve; la amistad continúa, pero esa constelación y su atmósfera ya no se repetirán. Disgregación de un momento, de una formación de todas maneras irrepetible —como la forma de las nubes, dice J., cuyos ojos sonrientes ignoran el miedo pero conocen la melancolía—. “Cuántos paisajes se alejan de ti, con tu dolor”, se lee en un poema de César Antonio Molina, finísimo ensayista omnívoro e intenso poeta que ahora nos está llevando hacia Madrid: “Ay, si supiesen que tú existes, que los amas…”. n

 

Claudio Magris

Tomado del libro L’infinito viaggiare, Arnaldo Mondadori Editore, Italia, 2005, 243 pp.

Traducción de María Teresa Meneses