Este es el discurso del gran escritor israelí Amos Oz al recibir el pasado 28 de agosto el Premio Goethe, una de las distinciones más importantes de Alemania, concedido entre otros a Sigmund Freud, Thomas Mann, Karl Jaspers, Walter Gropius y, entre personajes de origen no alemán, a Ingmar Bergman y Raymond Aron. El texto de Oz es una toma de postura por la responsabilidad personal y contra el “kitsch colectivo”.


Frankfurt am Main, agosto 28, 2005.

Queridos amigos:
Hoy me gustaría hablar sobre Goethe, y sobre el diablo, y sobre Lotte, y sobre otra Lotte, y sobre el árbol del bien y el mal y, por último, sobre cierto placer secreto.

Cuando yo era un niño en Jerusalén, nuestro maestro en una escuela judía ortodoxa nos dio clases sobre el libro de Job. Todos los niños israelíes, al día de hoy, estudian el libro de Job. Nuestro maestro nos dijo cómo el diablo recorrió todo un camino desde ese libro al Nuevo Testamento, y al Fausto de Goethe, y a muchas otras obras de la literatura. Y aunque cada escritor ha hecho algo nuevo de Satán, el diablo, der Teufel, siempre ha sido el mismo Satán: ecuánime, divertido, sarcástico y escéptico. Un deconstructor de la fe, el amor y la esperanza humanos.

El Satán de Job, como el Satán de Fausto, emprende una apuesta. Su gran premio no es un tesoro oculto, ni el corazón de una hermosa mujer, y ni siquiera un ascenso a una posición más alta en la jerarquía celestial. No: Satán lanza una apuesta a partir de cierta especie de impulso didáctico. Su deseo es expresar algo. Probar algo, y refutar algo más. Con un enorme entusiasmo argumentativo, el Satán bíblico y el Satán Aufklärung intentan demostrarle a Dios y a sus ángeles que el hombre, si se le da la oportunidad, siempre optará por el mal. Escogerá el mal sobre el bien, de buena gana y de modo consciente.

Al Iago de Shakespeare bien pudo motivarlo un entusiasmo didáctico muy similar. De hecho es así con casi todos los hacedores profundos de mal en la literatura. Quizá por eso Satán es con frecuencia tan encantador. Tan seductor. Puede que John Milton malentendiera al diablo cuando lo llamó “la serpiente infernal”. Heinrich Heine lo sabía mejor cuando escribió:

Llamé al diablo, y vino,
Y con asombro escudriñé su forma;
No es feo, ni baldado,
Un hombre guapo y encantador.
Un hombre en la flor de la vida es el diablo,
Atento, hombre de mundo, muy cortés;
Con gran diplomacia, en debates versado,
Habla con gran labia de iglesia y estado.

El hombre y el diablo se entendieron tan bien entre sí porque eran, de varias maneras, muy parecidos. En el libro de Job, Satán, el educador perverso, entendió íntimamente cómo el dolor humano alimenta el mal: “extiende ahora tu mano, y toca a todo lo que él tiene, y verás si no te blasfema en tu rostro”. Y las brujas de Shakespeare, en Macbeth, podían sentir desde lejos la llegada de un hombre malvado: “Tengo comezón en el pulgar; algo pérfido está por llegar”. Goethe, por su parte, observó que el diablo, como muchos seres humanos, es simplemente un egoísta encantador. “Der Teufel ist ein egotist”. El diablo es un egotista. Sólo ayuda a otros para servir a sus propios fines. No, como lo habrían puesto Dios y Kant, por hacer un bien sin más.

Y es por esto que, desde el libro de Job, y hasta no hace mucho, Satán, el hombre y Dios vivieron en la misma casa. Los tres parecían saber la diferencia entre el bien y el mal. Dios, el hombre y el diablo sabían que el mal era el mal y el bien era el bien. Dios ordenaba una opción. El diablo seducía para que se intentara la otra. Dios y Satán jugaban sobre el mismo tablero de ajedrez. El hombre era su pieza a ganar. Era tan simple como eso.

En lo personal creo que todo ser humano, en el fondo de su corazón, es capaz de distinguir el bien del mal. Incluso cuando finge no hacerlo. Todos hemos comido de ese árbol del Edén cuyo nombre completo es el árbol del conocimiento del bien y del mal. Etz ha-da’at tov va-ra.

La misma distinción puede aplicarse a la verdad y a la mentira: del mismo modo en que es inmensamente difícil definir la verdad, y muy fácil oler una mentira, a veces puede ser difícil definir el bien; pero el mal tiene un olor inconfundible: todo niño sabe lo que es el dolor. Por tanto, cada vez que de modo deliberado le infligimos un dolor a otro, sabemos lo que estamos haciendo. Estamos haciendo el mal.

Pero la era moderna ha cambiado todo eso. Ha borrado la clara distinción que la humanidad ha hecho desde su primera infancia, desde el Jardín del Edén. En algún momento del siglo diecinueve no mucho después de la muerte de Goethe, en la cultura occidental entró un nuevo pensamiento que hizo el mal a un lado, que incluso negó su mera existencia. Esa innovación del intelecto fue llamado ciencias sociales. Para los nuevos científicos, confiados en sí mismos, racionales hasta la exquisitez, optimistas, practicantes a fondo de la psicología, la sociología, la antropología, y la economía, el mal no era un tema. Y si uno lo piensa, el Bien tampoco fue un tema. Hasta el día de hoy, algunos científicos sociales simplemente no hablan del bien y del mal. Para ellos, todos los motivos y las acciones humanos derivan de las circunstancias, que con frecuencia están más allá del control personal. “Los demonios”, dijo Freud, “no existen, igual que los dioses, son sólo los productos de la actividad psíquica del hombre”. Estamos regidos por nuestros antecedentes sociales. Durante unos cien años nos han estado diciendo que lo que nos motiva exclusivamente es el propio interés económico, que somos meros productos de nuestras culturas étnicas, que no somos más que marionetas de nuestro propio subconsciente.

En otras palabras, las ciencias sociales modernas fueron el primer gran intento de sacar tanto al bien como al mal del escenario humano. Por primera vez en su larga historia, el bien y el mal fueron denegados por la idea de que las circunstancias son siempre responsables de las decisiones humanas, de las acciones humanas y especialmente del sufrimiento humano. Hay que culpar a la sociedad. Hay que culpar al dolor sufrido en la infancia. Hay que culpar a la política. Colonialismo. Imperialismo. Sionismo. Globalización. Qué no. Así empezó el gran campeonato mundial de ser víctimas de algo.

Por primera vez desde el libro de Job, el diablo se quedó sin empleo. Ya no pudo jugar su viejo juego con las mentes humanas. Satán fue despedido. Esta era la edad moderna.

Bueno, quizá los tiempos pueden estar cambiando otra vez. Corrieron a Satán, pero no se quedó desempleado. El siglo veinte fue la peor arena de mal ejercido a sangre fría en la historia humana. Las ciencias sociales no pudieron predecir, encontrar o siquiera concebir este mal moderno, altamente tecnologizado. Con mucha frecuencia este mal del siglo veinte se disfrazó como reformador del mundo, como idealismo, como reeducación o como “abrirle los ojos” a las masas. Para algunos el totalitarismo se presentó como una redención secular, a expensas de millones de vidas.

Hoy, emergidos del mal del gobierno totalitario, tenemos un respeto enorme por las culturas. Por las diversidades. Por el pluralismo. Sé de alguna gente dispuesta a matar a cualquiera que no sea pluralista. La posmodernidad contrató de nuevo a Satán; pero esta vez su trabajo linda con el kitsch: un grupo pequeño y secreto de “fuerzas en lo oscuro” es siempre el culpable de todo, desde la pobreza y la discriminación y la guerra y el calentamiento global, hasta el 11 de septiembre y el tsunami. La gente común es siempre inocente. Nunca hay que culpar a las minorías. Las víctimas son, por definición, moralmente puras. ¿Han notado que hoy el diablo al parecer nunca invade a una persona individual? Ya no tenemos Faustos. Según el discurso de moda, el mal es un conglomerado. Los sistemas son malvados. Los gobiernos son malévolos. Instituciones sin rostro controlan el mundo para obtener sus propias ganancias siniestras. Satán ya no está en los detalles. Los hombres y las mujeres individuales no pueden ser “malos”, en el sentido antiguo del libro de Job, o Macbeth, o Iago, o Fausto. Tú y yo somos siempre personas muy agradables. El mal es siempre el establishment. Esto es, desde mi punto de vista, kitsch ético.

Consultemos a nuestro consejero más dotado, der Geheimrat Johann Wolfgang von Goethe. Echemos una mirada a su Diván de Oriente y Occidente, uno de los primeros grandes tributos de la cultura occidental, para su propia curiosidad y atracción, hacia la cultura oriental. ¿Era Goethe un “orientalista” condescendiente, como lo habría considerado Edward Said? ¿O fue Goethe un multiculturalista, a la moda de los europeos de hoy que habitados por la culpa se hacen jarabe de pico de todo lo distante, todo lo diferente, todo lo decisivamente no-europeo? Creo que Goethe no fue ni un orientalista ni un multiculturalista. No lo tentaba el exotismo extremo e imaginado del Oriente, sino la fresca y fuerte sustancia que las culturas orientales, la poesía y el arte de oriente podían darle a las verdades y los sentimientos humanos universales. El bien, y de hecho Dios, son universales:

Dios es posesión del Oriente;
Dios gobierna Occidente;
En el Norte lo mismo que en el Sur, cada tierra
Descansa en su mano gentil.

Más aún, el Amor es universal, ya sea por Gretchen o por Zuleika. De modo que un poeta alemán puede escribir muy bien un poema de amor para una imaginaria mujer persa. O por una mujer persa real. Y decir la verdad. Y, aún más conmovedoramente, el dolor es universal. Como lo dice en uno de sus más hermosos poemas de su diván oriental y occidental:

Déjame llorar

Déjame llorar, rodeado por la noche,
En el desierto sin límites.
Los camellos descansan, lo mismo que sus guías.
Sólo el armenio está despierto, y calcula sus ganancias.
Pero yo, junto a él, calculo las millas
Que me separan de Zuleika, reitero
Los recodos tediosos que alargan el camino.
Déjame llorar. No es de avergonzarse.
Los hombres que lloran son buenos.
¿No lloró Aquiles por Briseida?
Jerjes lloró por su ejército invencible;
Sobre su amante muerto por él mismo
Alejandro lloró.
Déjame llorar. Las lágrimas dan vida al polvo.

Ya se enverdece de hecho.

Goethe no recurre al Oriente para probar nada. Toma a los humanos, a todos los humanos, con seriedad. En el Oriente o el Occidente, los buenos hombres lloran.

Me gustaría detenerme un momento aquí, con ustedes, para llorar por Johann Wolfgang von Goethe. Me gustaría llorar por Weimar. Porque el Weimar de Goethe ya se fue. Incluso el Weimar de Thomas Mann se fue y no puede regresar. No es que Weimar no sea hoy un pueblo bonito e históricamente bien renovado. Pero el bosque de Weimar yace junto a Buchenwald.

Podemos lamentar la pérdida de memoria, la desaparición del paisaje, el crecimiento y el cambio de los viejos pueblos. Pero no es esto lo que lamentamos en el Weimar de Goethe. No los dientes del tiempo, sino la maldad extrema y total del hombre, nos han alejado al Weimar de Goethe.

Thomas Mann, en su novela Lotte en Weimar, hizo que Charlotte Kestner, quien fue alguna vez Lotte Buff, la amada en la vida real del joven Werther, fuera a visitar al viejo y famoso Goethe en Weimar. Lotte en Weimar es un exquisito estudio sobre el lento desvanecerse del recuerdo: aunque el mismo Goethe vivía aún, el antiguo zeit de Goethe ya se iba, convirtiéndose en cosa de leyenda. Esto es normal; esta es la manera en que la vida y la memoria humanas, en que las casas y las calles humanas, fluyen y menguan conforme la historia avanza. Pero Goethe y su viejo amor Lotte aún podían caminar juntos hacia el bosque en las afueras de Weimar, y observar el escenario dichoso y tranquilo del campo de Turinga. Y quizá pudieron subir caminando hasta llegar al hermoso roble ahí afuera, conocido en los muchos años por venir como el roble de Goethe. Y los años pasaron, y las generaciones morían, pero el roble seguía en pie. Hasta que lo bombardeó un aeroplano de los aliados al fin de la Segunda Guerra Mundial. Y Weimar se volvió el pueblo vecino, el “pueblo del mercado”, del campo de muerte Buchenwald. Y así los nazis alemanes mataron no sólo a sus víctimas sino a la inocencia que envejecía lentamente de Weimar y Goethe y Lotte. El subtítulo de Lotte en Weimar era “La amada regresa”. Pero la amada ya no podía regresar. No para siempre.

Lo cual me lleva de Lotte Kestner-Buff a otra Lotte, Lotte Wreschner, la madre de mi yerno. Ella nació aquí en Frankfurt am Main, 174 años después de Goethe y no lejos de su casa. No por nada el nombre de Lotte corría por su familia: ella creció en un hogar lleno de libros, estantes y estantes de tesoros espirituales alemanes, judíos y judío-alemanes. Schiller y el Talmud. Heine y Kant. Buber y Hölderlin. Todos estaban ahí. Un tío era un rabí, y otro tío un psicoanalista. Todos se sabían de memoria la poesía de Goethe. Los nazis la aprehendieron, junto con su madre y su hermana, y las enviaron a Ravensbrück, donde la madre murió de tifo y trabajos forzados. Ella y su hermana Margrit fueron transferidas a Theresienstadt. Quisiera poder decirles que fueron liberadas de Theresienstadt por manifestantes pacifistas cargando pancartas de “make love not war”. Pero de hecho fueron liberadas no por idealistas del pacifismo sino por soldados de combate con cascos y metralletas. Nosotros, los activistas israelíes por la paz, nunca olvidamos este acto, incluso aunque luchamos contra la actitud de nuestro país hacia los palestinos, incluso aunque trabajamos por un compromiso duradero de paz entre Israel y Palestina.

Lotte y Margrit Wreschner regresaron a la casa para encontrarse a todos los libros esperándolas, pero a nadie de la familia. Ni un alma viviente. Margrit Wreschner está sentada aquí con nosotros esta noche. Ella es testigo de todo lo que pueden decir los sobrevivientes de aquel asesinato masivo. Hay gente buena en el mundo. Hay gente mala en el mundo. El mal no siempre se puede repeler con conjuros, con manifestaciones, con el análisis social o con el psicoanálisis. A veces, en la última instancia, debe ser enfrentado con la fuerza.

Desde mi punto de vista, el mal último en el mundo no es la guerra misma, sino la agresión. La agresión es “la madre de todas las guerras”. Y a veces la agresión debe repelerse por la fuerza de las armas antes de que la paz prevalezca.

Lotte Wreschner se estableció en Jerusalén. Eventualmente se volvió una líder del movimiento israelí de los derechos civiles, y fue diputada alcalde de Jerusalén bajo Tedi Kollek. Su hijo Eli y mi hija Fania, quienes también están con nosotros entre el público, son ambos activistas por los derechos civiles y por la paz, lo mismo que mis otros hijos Galia y Daniel.

Déjenme volver a Goethe, y volver a mis sentimientos sobre Alemania. El Goethe de Fausto nos recuerda para siempre que el diablo es personal, no impersonal. Que a cada individuo el diablo lo pone a examen, examen que cada uno de nosotros puede aprobar o reprobar. Nos recuerda que el diablo es tentador y seductor. Que la agresión tiene un potencial pie firme dentro de cada uno de nosotros.

El bien personal y el mal personal no son propiedades de ninguna religión. Ni siquiera son necesariamente términos religiosos. La elección entre infligir dolor o no infligirlo, entre mirarlo a la cara o volverle un ojo ciego, involucrarse personalmente en aliviar el dolor, como un devoto doctor del campo, o hacerlo con la organización de airadas manifestaciones y con la firma de manifiestos al por mayor: este espectro de elección nos confronta a cada uno de nosotros varias veces al día.

Por supuesto, a veces podemos tomar un giro equivocado. Pero incluso cuando tomamos un giro equivocado sabemos lo que estamos haciendo. Sabemos la diferencia entre el bien y el mal, entre infligir dolor y curar, entre Goethe y Goebbels. Entre Heine y Heydrich. Entre Weimar y Buchenwald. Entre la responsabilidad individual y el kitsch colectivo.

Queridos amigos, déjenme concluir con un recuerdo más personal: cuando era un muy nacionalista, incluso chovinista muchachito en el Jerusalén de los años cuarenta, juré nunca poner pie en tierra alemana, nunca comprar siquiera un producto alemán. Lo único que no podía boicotear eran los libros alemanes. Si boicoteas los libros, me dije, te volverás un poco como “ellos”. Al principio me limité a leer la literatura alemana de la pre-guerra y a todos los escritores antinazi. Pero después, en los años sesenta, empecé a leer, en traducciones al hebreo, las obras de escritores y poetas de la generación alemana de posguerra. En particular, las obras de los escritores del Grupo 47. Ellos me hicieron imaginarme en su lugar. Lo diré más directamente: me sedujeron para imaginarme a mí mismo en su lugar, durante los años oscuros, y justo antes de los años oscuros, y justo después. Leyendo a estos autores, y a otros, ya no pude seguir odiando simplemente todo lo alemán, pasado, presente y futuro.

Creo que imaginarse al otro es un antídoto poderoso contra el fanatismo y el odio. Creo que los libros que hacen imaginar al otro pueden volvernos más inmunes a las estratagemas del diablo, incluido el diablo interno, el Mefisto del corazón. Así, Günter Grass y Heinrich Böll, Ingeborg Bachmann y Uwe Johnson, y en particular mi querido amigo Siegfried Lenz, me abrieron la puerta de entrada a Alemania. Ellos, junto con un buen número de queridos amigos personales alemanes, me hicieron romper mis tabúes y abrir la mente, y luego el corazón. Me reintrodujeron en los poderes curativos de la literatura. Es en mucho gracias a ellos que me encuentro aquí hoy frente a ustedes.

Imaginar al otro no es sólo una herramienta estética. Es, desde mi punto de vista, también un imperativo moral mayor. Y finalmente, imaginar al otro —si me prometen no citar este pequeño secreto profesional—; imaginar al otro es también un profundo y muy sutil placer humano.

Muchas gracias.

 

© Amos Oz 2005

Traducción de Gabriel Jiménez