En un atardecer de la Atenas del siglo V antes de Cristo, y hasta donde se sabe, por vez primera en la historia humana, siete discursos determinaron la vida de millones de hombres.

1

En las Atenas del siglo V antes de Cristo, siete hombres disertan sobre el amor. Sus palabras determinarán la trayectoria moral de Occidente, pero ellos no lo saben. Son ruines bebedores. Para salir a flote de los excesos de la noche anterior, se juran unos a otros pasar la tarde remojando apenas los labios en el vino. Despiden incluso a la tocadora de flauta, pues temen que vuelva a inflamarlos con su música suntuosa.

Antes de que caiga la noche —y ellos falten a su juramento, enarbolando vasos de ocho cotilas—, habrán pronunciado siete discursos. La idea del amor encontrará entonces su primera formulación. La sistematización más antigua que se conserva.

2

Ese día, Sócrates salió del baño y contra su costumbre se calzó las sandalias. Se preparaba para ir a comer a la casa de Agatón. Una noche antes, el bello actor había triunfado en el teatro y ofrecido una fiesta a la que el filósofo se excusó de asistir, “por no acomodarse a una excesiva concurrencia”. En compensación, Sócrates le dio su palabra de que comerían juntos al día siguiente.

Ahora, el filósofo salía a la calle fresco, y a su modo, embellecido.

A las puertas del baño tropezó con Aristodemo, a quien Agatón no había invitado al banquete. Desdeñando el proverbio que señalaba que un hombre de bien no podía sentarse en la mesa de otro hombre de bien sin haber sido convidado, Sócrates le instó a que lo acompañara. A esta infracción de la etiqueta ateniense se debe que dos mil quinientos años después podamos conocer los pormenores de la tarde en la que se inventó el amor. La idea occidental del amor.

Los otros invitados eran Fedro, Pausanias, Erixímaco y Aristófanes. Este último se lamentaba de ser uno de los que menos había logrado contenerse durante la fiesta de la noche anterior; Pausanias, por su parte, declaró sentirse “incomodado a resultas de la francachela”. Por consejo del médico Erixímaco, que condenaba beber cuando la cabeza aún estaba tocada por efectos de una orgía, acordaron mantenerse más o menos alejados del vino. El mismo se encargó de proponer el asunto que animaría el banquete: se quejó porque los poetas habían compuesto himnos a todos los dioses, pero ninguno había hecho aún el elogio de Eros:

—He visto un libro que tenía por título el de Elogio de la sal, donde el autor exageraba las cualidades de ésta y refería los grandes servicios que presta al hombre —les dijo.

Después de pensar un momento, añadió:

—Apenas se encontrará en el mundo cosa alguna que no haya tenido su panegírico. ¿A qué se debe que en medio de este furor de alabanzas universales nadie hasta ahora haya emprendido el celebrar dignamente a Eros?

Fue así como comenzó. En un atardecer de la Atenas del siglo V antes de Cristo, y hasta donde se sabe, por vez primera en la historia humana, siete discursos determinaron la vida de millones de hombres.

3

Alcibíades no había asistido a celebrar la victoria teatral de Agatón, y por tanto no fue invitado a la comida. Esto no impidió que en algún lugar de Atenas comenzara a beber de manera cumplida. Sin embargo, mientras sus amigos reían, embargados por el júbilo que suele acompañar al dios Dionisos, Alcibíades callaba: amaba a Sócrates desde hacía tiempo; había recurrido a todos los ardides y aprovechado toda situación para conquistarlo. Cierta noche, incluso, obligó al filósofo a beber de más, y con el pretexto de que se había hecho tarde lo invitó a quedarse en su casa. Cuando se mató la luz, y los esclavos se retiraron, Alcibíades entró bajo el gastado capote de Sócrates, con el deseo de pasar la noche “abrazado a tan divino personaje”. Pero Sócrates permaneció insensible a sus ataques, y no mostró más que desprecio y desdén por su hermosura.

Al amanecer, Alcibíades tuvo que ponerse en pie, tan intacto como hubiera salido del lecho de su padre. Desde entonces huía de Sócrates con los oídos tapados, imitando el gesto de quien escapa de una sirena:

—Tal es la impresión que produce en mí, y también en muchos otros, la flauta de este Sátiro —mascullaba con los labios comprimidos por la rabia.

4

La Biblia enseñó más tarde que en el principio fue el sexo (y la esposa de Potifar le propuso a José que tuviera relaciones con ella, y Ruth descendió de noche a la cama de Boaz, y las hijas de Lot lo embriagaron para yacer con él, y Herodias cometió adulterio con Herodes Antipas, y David fue a Bat-seba ilícitamente y se acostó con ella, y Balaam indujo a los hijos de Israel a tener relaciones con las mohabitas, y veinticuatro mil personas perdieron la vida en el monte Peor, por haberse adherido a los rituales fálicos).

La Biblia enseñó también, con estos versos, que después de setecientas esposas y trescientas concubinas, Salomón adquirió sabiduría suficiente para entregar a los hombres las rutas perdidas del erotismo: “Eres jardín cercado, hermana mía, esposa / eres jardín cercado, fuente sellada (…) Eres fuente de jardín, / pozo de aguas vivas / que fluyen del Líbano”.

La Biblia acotó, sin embargo, la palabra amor, salvo para los fines del Señor, y desde entonces no hay acuerdo sobre el instante mítico en que la humanidad pasó de la reproducción al placer, y de éste a la construcción de sus diversos códigos amatorios. Octavio Paz, que resumió la historia de la civilización en una frase (“el sexo fue la raíz, el deseo el tallo y el amor la flor”), aseguró que el amor fue inventado en las ciudades, como una costumbre de Roma y de Alejandría. El pensador suizo Denis de Rougemont sostuvo en cambio que el amor, tal como lo conocemos, fue engendrado en un punto del siglo XI, la tarde en que un ave dejó en la ventana de Marc de Cornwall una fina hebra dorada: el cabello de Isolda.

Autora de una documentada Historia natural del amor. Diane Ackerman cree que el huevo de la serpiente debe buscarse más atrás, a orillas del Nilo, según el papiro en el que una muchacha egipcia cantó:

¡Qué hermoso es ir al campo cuando el corazón se consume de amor! El ganso grazna, el ganso que se enredó en el cebo y quedó atrapado. Tu amor me distrajo y no pude conservarlo. Guardaré las redes, pero ¿qué le diré a mi madre cuando vuelva cada día sin un ave? Diré que fallé al colocar las redes, porque las redes de tu amor me han atrapado.

En el banquete, al regalar a los comensales uno de los discursos más bellos de la jornada —y simultáneamente entregar un mito que alucinó al mundo durante siglos—, Aristófanes dijo que todo había comenzado antes, muy antes, cuando la tierra estaba recién creada y la humanidad era compuesta por hombres, mujeres y andróginos: hermafroditas que un día anhelaron penetrar al Olimpo para vencer a los dioses.

Zeus, dijo Aristófanes, los partió en dos para restarles fuerza. “Desde entonces, cada cual busca su mitad perdida: son las personas que al encontrarse quedan hundidas en un éxtasis de amor e intimidad, y no pueden apartar la vista de la otra, y pasan el resto de su vida juntas, aunque no logran explicar qué es lo que desean la una de la otra”.

(El deseo amoroso, añadió Paz, no es sino sed de “completud”.)

5

Grecia pasó a la historia de la humanidad como la primera cultura que incluyó dos dioses amorosos en su firmamento, Afrodita y Eros. Grecia cinceló también los primeros mitos del amor mortal: después de hallar la felicidad en brazos de Eurídice, Orfeo desciende al Hades para rescatarla de entre los muertos; embelesa a todos con su música y recibe una gracia del señor de las sombras: podrá llevarla de regreso a la vida, siempre y cuando se abstenga de mirarla antes de cruzar la laguna Estigia. Orfeo, cuenta la leyenda, emprendió el recorrido.

Pero sólo para fracasar en el último momento: cuando precipitadamente voltea a mirarla, Eurídice cae de nuevo hacia las sombras, y el mito del amor amenazado, combatido por la vida misma, adquiere la carta de naturalidad que le dejará recorrer Occidente por los siglos de los siglos. Desde entonces, el amor exaltará a los amantes como una condición para destruirlos.

Escribe Rougemont: “El amor dichoso no tiene historia. Sólo pueden existir novelas de amor mortal (…). La felicidad de los amantes no nos conmueve sino por la espera de la desgracia que los acecha”.

6

Cuando Agatón terminó de hablar, con expresiones de belleza tan acabada que los comensales no pudieron oírlas sin conmoverse, Sócrates temió que el joven actor lanzara sobre su discurso la cabeza de Gorgias; temió que su lengua se petrificara, y consideró una ridiculez el haberse comprometido a celebrar a Eros. Sin embargo, su discurso iba a ser tan recordado como el Sermón de la Montaña: la búsqueda de la belleza en el cuerpo del otro nos lleva a la búsqueda del espíritu en el cuerpo del otro. Y este amor no tiene más objeto que llevarnos, de escalón en escalón, hacia la contemplación eterna, la búsqueda del sumo bien —que vive más allá de los cuerpos.

En una línea perfecta. Ovidio fue expulsado de Roma porque Augusto tachó de depravadas las páginas de El arte de amar. Cicerón se pronunció en favor del amor sublime. En la pira funeraria de Dido, Virgilio confirmó la idea del amor carnal como una maldición. San Agustín lloró por Dido, “cuando debería haber llorado por mis pecados”. Los cinco autores de Tristán e Isolda hicieron beber a esta pareja un filtro que los hizo irresponsables de su destino. Occidente, agrega Rougemont. aprendió de este modo que pasión significa desgracia. Vivió el culto al amor como una tragedia espiritual.

En la Provenza del siglo XI, bajo un cielo de nubes tempestuosas, los trovadores contaron que Tristán solía dormir con la espada desnuda entre él e Isolda. Occidente, continúa Rougemont, conformó así el código del amor cortés, un amor combatido y correspondido, “ansioso de una felicidad que él mismo rechaza”.

Por eso, agregaría medio siglo más tarde Diane Ackerman, la lírica occidental puede resumirse así: el poeta que repite su queja una y mil veces, y una dama que siempre responde que no.

Romeo y Julieta sólo se encontraron cuatro días. Beatriz saludó a Dante una sola vez. Alcibíades, que había oído a Sócrates muchas veces y peleó al lado suyo en numerosas guerras, intuía lo que el mundo repetiría mil veces en todos los idiomas y en todas las lenguas: que el amor es sólo un perro infernal.

—Vamos a casa de Agatón —propuso a sus amigos ebrios.

7

Sócrates acababa de referir lo que alguna vez le expuso la sacerdotisa Diotima (“sólo al que produce y alimenta la verdadera virtud le corresponde el ser amado por Dios”). De pronto, escuchó un ruido en la puerta exterior, un conjunto de voces que procedían de varios jóvenes ebrios, y una tocadora de flauta.

—Esclavos —ordenó Agatón—. Mirad qué es eso. Si son amigos, que entren; y si no son. decidles que hemos cesado de beber y que estamos descansando.

Un minuto después, Alcibíades cruzaba la estancia vociferando. La tocadora de flauta lo sostenía del brazo. Sus pies estaban sucios. Llevaba en la cabeza una amplia corona de violetas.

Al descubrir a Sócrates, sentado en un escaño junto al hombre más bello de la reunión, explotó:

—¿Por qué te encuentro aquí? ¿Por qué ocupas ese sitio en vez de haberte puesto al lado de Aristófanes o de cualquier otro? Sócrates pidió ayuda: —Imploro tu socorro, Agatón. El amor de este hombre es para mí un gran embarazo: no puedo mirar ni conversar con ningún joven sin que, picado y celoso, se entregue a excesos increíbles llenándome de injurias. Protégeme, si quiere permitirse alguna violencia, porque temo su amor y sus celos furiosos.

Alcibíades lo tranquilizó: —No te espantes, Sócrates. No cabe paz entre nosotros, pero yo me vengaré en ocasión más oportuna. Por ahora es preciso beber. Me constituyo yo mismo en rey del festín.

La llegada de los jóvenes desató un gran bullicio. Cada vez más ebrio, Alcibíades se dedicó a hablar mal de Sócrates y puso especial empeño en predisponer a Agatón en contra del filósofo. Adivinaba que el actor empezaba a ceder a sus encantos.

Mientras la borrachera subió de tono, Erixímaco y Fedro se retiraron. Al paso del tiempo, Aristodemo durmió. Cuando los gallos cantaron, y él abrió los ojos, sólo Agatón, Sócrates y Aristófanes continuaban bebiendo. Apuraban una copa que pasaba de mano en mano, mientras el filósofo disertaba sobre dos artes, la tragedia y la comedia. No pudo ver en qué momento desapareció Alcibíades, aunque supo que muchos se habían reído de éste al escuchar sus palabras.

Y es que, por lo menos esa noche, los hombres que lo inventaron no pudieron triunfar en el amor.

Rougemont diría que Occidente, tampoco.

 

Héctor de Mauleón

 

Un comentario en “La invención del amor

  1. Cuando O. Paz dice que el amor es un invento de Occidente, y se refiere a los poetas provenzales Catulo y Propercio, asi como la historia medieval de Tristan e Iseo, el sentido no es que el amor haya aparecido en esos precisos momentos. Siempre ha existido; es, de hecho, una passion fuerte casi incontrollable, pero su existencia no habia sido el factor constitutive de la familia y la sociedad. Esto sigue existiendo de manera importante , sobre todo en Oriente y Medio Oriente.