Literal

El hombre de la playa

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La invención de la realidad. Antología de cuentos brasileños (Cal y arena, compilación de Paula Parisot) busca mostrar la riqueza del relato brasileño contemporáneo. Presentamos un cuento incluido en el volumen en el que están representados veintiún autores.


Primero abajo, dice él. El agua de la tina es tibia, los jabones tienen forma de corazones y fresas. ¿Cuántos años tienes? Cuarenta, respondo. Cuando Nelson toca mis pies, tengo treinta y cinco. Más adelante, como máximo treinta. Estoy en camino a la edad en que usaré bikini, y el malecón estará lleno, e iré hasta la playa con bolsa y lápiz labial. Nelson no estará cerca, pero sé que es cuestión de tiempo para que él también aparezca en escena.

El agua de la tina es verde a causa de las sales, oigo apenas el gotear disperso, y cuando llego a los veinticinco años, me dejo sumergir, el cuerpo completo relajado, cada músculo, cada fibra. Siento apenas la mano de Nelson, su voz grave hablando de mis piernas. Siempre insiste en hablar de mis piernas, es a esa hora cuando debo entrar, decir que tomé sol e hice ejercicio toda la tarde. ¿Había mucha gente en la playa?, pregunta. ¿Alguien se metió contigo?

Tengo veinte años cuando cuento que un hombre se me­tió conmigo. Un hombre, murmura Nelson. Sí, un hombre que estaba sentado en el kiosko y me preguntó a dónde iba tan de prisa. El hombre se levantó y comenzó a seguirme, me contó que vivía cerca, en un edificio a dos cuadras de ahí. ¿Y dijo algo más? Respondo que no, pero sé que Nelson no me cree. Va a insistir hasta que yo confiese. Es para eso que me puso en la tina y me dio una copa de vino. Hace mucho que Nelson lo sabe: no hay nadie más débil ante la bebida que yo.

A los dieciocho años, una mujer es débil para casi todo. Es incapaz de oír la invitación del hombre de la playa sin prestarle atención. Es lo que le digo a Nelson mientras me enjabona los tobillos. Sube sus dedos por mis pantorrillas, por las rodillas, y las preguntas se vuelven tan incisivas, que me obligan a describir con mucho detalle la conversación con el hombre de la playa —el momento en que entro en el departamento, cuando él toma las copas del armario, cuando me propone el primer brindis— que a veces llego a tergiversar la historia. En el instante en que Nelson toca mis muslos, llego a confundir las fechas y a olvidar que tengo dieciséis años, cuando el hombre se sienta a mi lado, los dos en el sofá del departamento, yo ya bastante mareada, y me pregunta si tengo calor.

Nelson sabe lo que el hombre quería. Aún así, se obstina en insistir: ¿te pidió que te quitaras el bikini? ¿Te invitó a bañarte con él?

Mis respuestas son las mismas de siempre: yo no sabía qué hacer, a los quince años no me imaginaba que el hombre me llevaría de la mano. Era un día húmedo, tan húmedo como hoy, Nelson sin camisa a mi lado, las gotas de vapor sobre su frente. Nelson sube los dedos por mis muslos, es el momento en que cambiamos de tono, en que me pongo a hablar casi susurrando: sí, el hombre me pidió que me metiera a la tina.

A los catorce años, no tienes idea qué tan intenso puede ser el contacto con el agua. Dejas que el hombre te enjabone, y la sensación es tan intensa que puede incluso cambiar tu vida. En aquel momento, mi vida comenzó a convertirse en lo que es hoy: no tuve hijos, no trabajo, por las tardes hago compras o busco algo para distraerme hasta la hora en que oscurece, y necesito regresar, y tengo que ser rápida porque Nelson me espera impacientemente. Ya pasaron décadas así, pero Nelson continúa pidiéndome que entre al baño tan pronto pongo un pie en la casa. En dos minutos ya estoy ahí, lista para conducirlo, sus dedos recorriendo mi cuerpo hasta encontrar el lugar correcto. Entonces cierro los ojos y respiro profundamente, y me preparo a morir y nacer de nuevo dirigida por la voz de Nelson, como si el tiempo se hubiera detenido desde que la oí por la primera vez, así, ahora, para siempre, frente al kiosko de la playa.

 

Michel Laub
Ha publicado cinco novelas, entre ellas Diário da queda. Ha recibido los premios Bienal de Brasília y Bravo Prime, entre otros.

Traducción de Rodolfo Mata y Regina Crespo.

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Nexos con Héctor de Mauleón

Manifestamos nuestra preocupación por las amenazas de muerte emitidas contra el escritor Héctor de Mauleón, subdirector de esta revista. 

Hace dos años que las amenazas empezaron a circular en las redes sociales coincidiendo con columnas particularmente bien informadas de De Mauléon sobre nudos y redes criminales de la Ciudad de México, publicadas en el diario El Universal. Los mismos dos años llevan las autoridades investigando el origen de estas amenazas, sin resultado alguno. 

De Mauleón ha recibido protección de parte de las autoridades, bajo la forma de agentes que lo han cuidado, por temporadas, día y noche, con celo que se acaba pareciendo a la vigilancia y restricciones que son vecinas de la pérdida de la libertad.

Ofrecer protección no es ofrecer seguridad. De hecho, es un pobre sustituto de la investigación y el castigo.

 Hay tres investigaciones en curso de las amenazas a de Mauleón. Una de la procuraduría de la Ciudad de México, otra de la Procuraduría General de la República y una más de la Comisión Nacional de Seguridad.

 Vemos crecer la intensidad y la frecuencia de las amenazas contra de Mauleón, sin que mejoren los resultados de  esas investigaciones. Las amenazas deben ser tomadas seriamente por la autoridad, investigadas y castigadas. 

No basta para proteger al escritor la bienvenida ola de solidaridad que recibe de colegas y lectores. Es indispensable garantizar su seguridad castigando a los culpables. 

El caso de De Mauleón no es el único de periodistas amenazados que las autoridades conocen y a los que brindan protección bajo la forma de custodia y atención prioritaria de sus casos. Pero, como decimos, la protección no es seguridad y la atención prioritaria no encuentra ni castiga a los culpables.

Declaramos nuestra solidaridad fraterna con Héctor de Mauleón y nuestra exigencia a las autoridades de que encuentren y castiguen a los responsables de las amenazas.

 

Héctor Aguilar Camín

José Antonio Aguilar Rivera

María Amparo Casar

Jorge G. Castañeda

Soledad Loaeza

Denise Maerker

Ángeles Mastretta

Luis Rubio

Xavier Velasco

José Woldenberg

Leo Zuckermann

Luis Miguel Aguilar

Rafael Pérez Gay

Kathya Millares

Esteban Illades

Juan Pablo García Moreno

Álvaro Ruiz Rodilla

Jorge Landa

Alejandro García Abreu

Saúl López Noriega

Teresa Zerón-Medina Laris

Mateo Aguilar Mastretta

Luis Bugarini

Ana Sofía Rodríguez

Qué es la corrupción… según los mexicanos

La definición más común de la palabra “corrupción” es “el abuso de un poder delegado para el beneficio propio” (Transparency International, 2016) (World Bank, 1997). Así la definen organizaciones internacionales como Transparencia Internacional y organismos multilaterales como el Banco Mundial, que utilizan este concepto para desarrollar políticas públicas y campañas de comunicación enfocadas en fomentar la integridad en los gobiernos y la función pública. Es una definición útil para identificar al grueso de la corrupción asociada con los agentes del Estado. Quizá el mejor ejemplo sea cuando un servidor público solicita un pago extraoficial (o “mordida”, como se les llama en México) a cambio de “ayudar” a alguien a realizar un trámite o evitar una multa.

Otra manera de definir la corrupción es a través de los delitos asociados a ésta. Por ello, si bien el Código Penal Federal (CPF) no contiene una definición de la palabra “corrupción”, sí incluye un Título completo dedicado a “Los delitos por hechos de corrupción”, donde se definen a detalle conceptos como “Ejercicio ilícito del servicio público”, “Abuso de autoridad”, “Desaparición forzada de personas”, “Coalición de servidores públicos”, “Uso ilícito de atribuciones y facultades”, “Concusión”, “Intimidación”, “Ejercicio abusivo de funciones”, “Tráfico de influencias”, “Cohecho”, “Cohecho a servidores públicos extranjeros”, “Peculado” y “Enriquecimiento ilícito” (Título décimo: Delitos cometidos por Servidores Públicos, 2009). En el mismo título se aclara que estos delitos son aplicables a servidores públicos de la “Administración Pública Federal centralizada y en la del Distrito Federal”, así como “a los gobernadores de los estados, a los diputados, a las legislaturas locales y a los magistrados de los tribunales de justicia locales” (Título décimo: Delitos cometidos por Servidores Públicos, 2009).

Las definiciones anteriores serían suficientes para entender este concepto si no fuera por dos consideraciones. La primera es que la corrupción no es un fenómeno exclusivo de los agentes del Estado. El mecanismo subyacente del soborno que hoy solicita un gerente para conceder un ascenso laboral en una empresa es el mismo del “moche” que mañana solicita un legislador para asignar un presupuesto en un municipio. Para que un acto sea corrupción no es necesario que implique una afectación a lo público, basta con que una de las partes abuse de un poder delegado o usurpado para beneficio personal. Así que la corrupción no es un problema exclusivo del gobierno y los funcionarios, es un fenómeno que se manifiesta en diversos espacios públicos y privados, pero que cobra mayor relevancia cuando afecta lo público.

La segunda consideración es que existe una brecha entre las definiciones anteriores y la manera en que el problema es visto por los mexicanos. En México parece que la corrupción no es entendida como un problema de reglas y agentes, sino como un fenómeno de clases y cultura, donde se espera que los gobernantes sean corruptos, donde los gobernados, dado un contexto de extrema desigualdad, están justificados para serlo, y donde la interacción cotidiana entre ambos grupos genera una tradición; una manera no aceptable pero aceptada de hacer las cosas.

Esta disonancia entre significados es importante porque podría representar un obstáculo cognitivo para combatir la corrupción desde la sociedad. Por ejemplo, al ser un problema cultural, podría ser vista como un problema sin remedio o, al ser considerada como un fenómeno que se manifiesta desde la clase política, la ciudadanía podría percibir que tiene pocos medios o motivos para actuar en contra del problema.

Este ensayo busca aportar a la discusión sobre corrupción explicando de manera sistemática y con base en evidencia empírica cómo los mexicanos entendemos, vivimos y padecemos la corrupción a diario. Con este fin, se realizaron 23 grupos de enfoque, cuatro encuestas representativas a nivel nacional, una etnografía y un análisis de ensayos, artículos y estudios existentes relacionados con la corrupción en México.

A partir de esto, en primera instancia, este ensayo argumenta que, en México, la corrupción es entendida de tres maneras distintas: la corrupción de ellos, que se refiere a la corrupción de los políticos y los poderes fácticos; la corrupción de nosotros, que, dado un contexto de desigualdad extrema, es percibida como una forma aceptable de justicia social o redistribución de riqueza; y la corrupción de todos, entendida como la síntesis de los dos tipos anteriores y que se ve reflejada en un consenso en torno a aseveraciones del tipo “la corrupción es un problema cultural”, “la corrupción está en nuestro ADN” y “la corrupción somos todos”.

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La corrupción de ellos

A partir de un análisis cualitativo sobre las respuestas obtenidas de los grupos de enfoque, podemos decir que, cuando los mexicanos hablan de corrupción, se refieren, en primera instancia, a la corrupción de ellos, es decir, al tipo de corrupción caracterizada por el abuso de poder y confianza; aquella que es patrimonio de los policías, el Presidente de la República, los legisladores, los gobernadores, los servidores públicos, los líderes sindicales, los alcaldes y los partidos políticos.

Es el tipo de corrupción que ocupa las primeras planas cada mañana, la que más indigna, la que se observa como prueba fehaciente de la existencia de una “sociedad de privilegio”, y la que hace perder la confianza en las instituciones políticas; el tipo de corrupción al que se asocian palabras como depredación, desfachatez, prepotencia, cinismo, robo, mentira, impunidad, maldad, nepotismo, fraude y mafia; el tipo de corrupción donde, salvo algunas referencias a las “televisoras” y los “grandes empresarios”, la sociedad se encuentra ausente.

En 2016 la encarnación de este tipo de corrupción fue el ex gobernador de Veracruz, Javier Duarte (2010-16), acusado de desviar al menos mil 270 millones de pesos a través de empresas fantasma (Ángel & Arteaga, 2016). Algunos nombres que saltan a la mente de los mexicanos cuando piensan en este tipo de corrupción —independientemente de que se haya probado o no que cometieron estos delitos— son los de Enrique Peña Nieto, Carlos Salinas de Gortari, Elba Esther Gordillo, René Bejarano y Guillermo Padrés, entre otros.

Al indagar sobre ejemplos de políticos “íntegros” que contrastan con los “corruptos”, los mexicanos mencionan a Benito Juárez, Emiliano Zapata, Lázaro Cárdenas, Heberto Castillo, Manuel Clouthier Maquío y Luis Donaldo Colosio. En la reflexión, la evidencia que ofrecen como “prueba” de que estos personajes fueron íntegros, es el hecho de que son “mártires”, aseverando que “si los mataron fue por algo; por oponerse al sistema corrupto”.

Utilizando la información arrojada por una encuesta posterior, aplicada por Opciona y Votia en octubre de 2016, podemos indagar sobre el nivel de afectación provocado por este tipo de corrupción. En general, los mexicanos lo perciben como más alto que el provocado por la corrupción que ocurre en el trabajo, las colonias, las escuelas y los hogares. Mientras el 84 por ciento consideran que la corrupción de los diputados les afecta mucho o algo, el 81 por ciento consideran que la del Presidente de la República y los gobernadores les afecta de igual manera. La corrupción de los alcaldes es considerada la cuarta más dañina, concentrando 78 por ciento de las opiniones.

En resumen, la corrupción de ellos no sólo es vista como la más generalizada sino también como la más dañina. Es entendida como una corrupción propia de los políticos y los poderes fácticos, donde la sociedad sólo figura marginalmente o como víctima de los políticos “abusivos”, “cínicos”, “desfachatados”, “prepotentes” y “mentirosos”. En el imaginario público la encarnan personajes como Javier Duarte, Enrique Peña Nieto, Carlos Salinas de Gortari, René Bejarano y Guillermo Padrés, cuyas antítesis son personajes como Benito Juárez, Emiliano Zapata, Lázaro Cárdenas y Luis Donaldo Colosio.

Si bien hasta antes de la alternancia democrática del año 2000 la corrupción era vista como un patrimonio exclusivo del partido hegemónico (Magaloni, 2006), el análisis sobre la corrupción de ellos permite concluir que en 2016 la corrupción era vista como el rasgo característico de todos los políticos, sin mayores distinciones o excepciones. No cabe duda, cuando los mexicanos hablan de corrupción casi siempre se refieren a la corrupción de ellos: la de los políticos y los poderes fácticos.

La corrupción de nosotros

Para los mexicanos, el segundo tipo de corrupción, la corrupción de nosotros, es la más incómoda y elusiva, en buena medida porque no es vista necesariamente como corrupción. A partir de la información arrojada por los grupos de enfoque podemos atribuir dicha elusividad a dos factores. En primera instancia, la corrupción es vista como un rasgo característico de la clase política, no de la sociedad; en segundo lugar, la corrupción de nosotros es entendida como una respuesta; un mecanismo de justicia social o redistribución de la riqueza socialmente aceptable en un contexto de desigualdad extrema.

En contraste con la corrupción de ellos, la principal característica de la corrupción de nosotros es el beneficio, por lo que este tipo de corrupción, en el imaginario colectivo, se encuentra en el limbo ético. Mientras los mexicanos condenan la corrupción de ellos desde casi cualquier perspectiva, encuentran muchas salvedades al momento de condenar la corrupción de nosotros.

Como muestra de lo anterior, basta analizar las valencias psicológicas de las palabras asociadas con la corrupción de nosotros. Mientras palabras como trampa, oportunismo, cinismo y venganza tienen una valencia claramente negativa, otras como astucia, habilidad, practicidad, inteligencia y arreglo tienen una valencia positiva. Las implicaciones éticas de la corrupción de nosotros se entrampan aún más al tomar palabras como piratería, maña, mordida, viveza, ventaja y atrevimiento, cuya valencia puede ser positiva o negativa dependiendo del contexto.

Un hallazgo interesante es la búsqueda de justificantes —como pueden ser la cultura, la pobreza y la necesidad material— que se da a partir de la reflexión sobre la corrupción de nosotros, y que dan un componente de ambigüedad ética a este tipo de conductas.

Es de particular interés el hecho de que la concepción de corrupción como fenómeno cultural surja consistentemente como justificación al reflexionar sobre este tipo de corrupción, pero no al reflexionar sobre la corrupción de ellos. La relativa extensión de esta concepción puede ser corroborada en una encuesta posterior, aplicada por Opciona y Votia en octubre de 2016, donde 69 por ciento de los mexicanos coincidieron con la idea de que la corrupción es un problema cultural.

Por otra parte, los ejemplos más socorridos para ilustrar las manifestaciones observables de la corrupción de nosotros son los pagos extraoficiales para agilizar trámites en ventanilla, las “mordidas” a los agentes de tránsito, el cobro de cuotas escolares, la “expropiación” de la vía pública por parte de franeleros, el comercio ambulante en banquetas y plazas públicas, la baja calidad de los servicios como la telefonía celular, la venta de piratería en tianguis, la explotación de la fe, el trato desigual o discriminatorio, la mala impartición de justicia y el soborno académico.

En resumen, la corrupción de nosotros no sólo es un fenómeno elusivo en el imaginario colectivo, sino también un conjunto de conductas cuya ética se juzga dependiendo del contexto. No es lo mismo desfalcar miles de millones de pesos del erario que realizar un pago extraoficial para agilizar un trámite, mucho menos para recibir medicamentos que deberían ser gratuitos. Los mexicanos se dan cuenta de estas diferencias y las resaltan para distinguirse de la llamada “clase política”, que es vista como la verdadera encarnación de la corrupción y como un reflejo nítido de la “sociedad de privilegio” que tanto indigna en un contexto de desigualdad social.

Por lo anterior, no sorprende que la corrupción de nosotros suela ser vista como una forma de astucia, inteligencia, justicia social y hasta redistribución de la riqueza, un “arma de los pobres”, parafraseando a James C. Scott (Scott, 1985) . Quizá esto explique por qué los mexicanos rara vez llaman “corrupción” a los actos en los que incurren ellos mismos. Si México fuera un país más igualitario, seguramente la sociedad se sentiría más cómoda hablando de corrupción como un problema generalizado, no exclusivo de quienes ejercen el poder.

La corrupción de todos

Desde una perspectiva dialéctica, la corrupción de todos es la síntesis de la corrupción de ellos y la corrupción de nosotros. No es la corrupción de gran escala, tampoco es la corrupción que los mexicanos padecen y fomentan en su vida cotidiana y su entorno más cercano. La corrupción de todos son las aseveraciones fatalistas que los políticos suelen hacer en defensa propia cuando son acusados de actos de corrupción, y las explicaciones que los mexicanos suelen dar al descubrir que la corrupción de nosotros no siempre puede ser considerada un acto de justicia.

Al reflexionar sobre las causas de la corrupción de todos, los mexicanos la atribuyen a procesos intergeneracionales como la “pérdida de valores” y a puntos de inflexión históricos como la Conquista de México, dejando poco espacio para un cambio de trayectoria. Quizá esto explique por qué “inculcar valores a los niños” es el lugar común en la reflexión sobre posibles soluciones a la corrupción de todos, y por qué los conquistadores españoles son considerados los villanos por excelencia en la historia de México.

Una segunda causa a la cual los mexicanos atribuyen la corrupción de todos es, irónicamente, la corrupción de ellos. El argumento es sencillo: la corrupción de ellos legitima la corrupción de nosotros, arrojando como resultado la corrupción de todos. O, dicho de otra manera, mientras ellos —los políticos, los poderes fácticos, los “grande empresarios”— sigan siendo corruptos, nosotros —la sociedad en general— no tenemos razón para no serlo. Una conclusión lógica derivada de este razonamiento es que la corrupción necesariamente “se barre de arriba hacia abajo”, desechando a priori cualquier propuesta para combatirla desde la sociedad, “de abajo hacia arriba”.

Otro hallazgo revelador es que, en la reflexión sobre la corrupción de todos, la corrupción suele ser vista como un elemento identitario de los mexicanos. Se aceptan sin titubeo aseveraciones como “los mexicanos somos corruptos por naturaleza” o “los mexicanos nacemos corruptos”, y se minimiza cualquier propuesta para combatirla que implique reformas institucionales o la creación de incentivos para disuadir conductas corruptas.

Otra muestra de que la corrupción de todos es un concepto resbaladizo es que su construcción sigue una lógica circular, convirtiéndolo en una tautología. Desde esta perspectiva, como todos los mexicanos son considerados producto de su cultura, cualquier acto de corrupción realizado por un mexicano se convierte en prueba de que la corrupción en México es un problema cultural; de la misma manera que cuando un mexicano incurre en un acto de corrupción, se concluye que la causa es que la corrupción es un problema cultural que afecta a todos los mexicanos.

Si bien los dos grandes tipos de corrupción observables por los mexicanos son la corrupción de ellos y la corrupción de nosotros, la corrupción de todos es un tipo que surge constantemente en la reflexión como explicación y justificación de los dos anteriores. Acaso por ello la corrupción de todos es vista como un problema irremediable donde la posibilidad de cambio es remota (inculcar valores y esperar varias generaciones, por ejemplo) o de plano imposible (“que tire la primera piedra el que esté libre de culpa”), convirtiéndola en un concepto que permite a los mexicanos sentirse cómodos hablando de corrupción partiendo de la premisa de que “no tiene remedio” porque al fin y al cabo “todos somos corruptos”.

 

Gustavo Rivera Loret de Mola


Ficha metodológica

La corrupción según los mexicanos tiene como objetivo explicar sistemáticamente y con base en evidencia empírica la manera en que los mexicanos entendemos, vivimos y padecemos la corrupción en México. Con este fin, se realizaron 23 grupos de enfoque, cuatro encuestas representativas nacionales, una etnografía y un análisis de ensayos, artículos y estudios existentes relacionados con la corrupción en México.

Grupos de enfoque

Se realizaron 17 grupos de enfoque en la Ciudad de México, tres en Mérida, Yucatán, y tres en Hunucmá, Yucatán. En cuanto a la técnica y la herramienta de investigación, se llevó a cabo una exploración cualitativa mediante grupos de enfoque con guía de tópicos estructurada.

Muestra Ciudad de México, agosto de 2015

Se conformaron tres grupos de enfoque con residentes de la Delegación Miguel Hidalgo en la Ciudad de México, con elementos comunes en cada grupo:

• Identificación partidista diversa (PAN, PRI, PRD, Morena).
• Apartidistas.
• Clase media típica/media alta.

Segmentados por rangos de edad:

• 15-18 años.
• 20-35 años.
• 45-60 años.

Muestra Yucatán (Mérida y Hunucmá), agosto de 2015

Se conformaron seis grupos de enfoque con residentes de los municipios de Mérida y Hunucmá (tres en cada plaza), con tres elementos comunes en cada grupo:

• Identificación partidista diversa (PAN, PRI, PRD, Morena).
• Apartidistas.
• Clase media típica/media alta.

Segmentados por rangos de edad:

• 15-17 años.
• 20-35 años.
• 40-55 años.

Muestra Ciudad de México, noviembre de 2015

Se conformaron siete grupos de enfoque con residentes de la Ciudad de México, segmentados por características particulares, con elementos comunes en cada grupo:

Grupo

Tipo

Perfil

1

Tercera edad

65 y más, diversas condiciones de ocupación, nse medio alto (BJ).

2

Empleados

25 a 35 años, sector público y privado, 50% hombres, 50% mujeres.

3

Niños/adolescentes

12 a 15 años, secundaria pública y privada, 50% hombres y 50% mujeres.

4

Trabajador informal

25 a 50 años, 50% hombres y 50% mujeres, informalidad activa y pasiva.

5

Microempresario

30 a 50 años, diversidad de negocios.

6

Amas de casa

30 a 45 años.

7

Estudiantes

18 a 24 años, público y privado, nse diverso, 50% hombres y 50% mujeres.

Muestra Ciudad de México, diciembre de 2016

Se conformaron siete grupos de enfoque con residentes de la Ciudad de México, segmentados por características particulares, con elementos comunes en cada grupo:

Grupo

Tipo

Perfil

1

Estudiantes universitarios

18 a 24 años, de escuela pública

2

Estudiantes universitarios

18 a 24 años, de escuela privada

3

Amas de casa

30 a 40 años

4

Amas de casa

45 a 55 años

5

Personas “antisistema”

20 a 30 años

6

Personas “antisistema”

31 a 40 años

7

Burócratas

18 a 65 años

Encuestas

Herramienta de investigación

Para conocer la percepción general de la población objetivo, se llevaron a cabo cuatro investigaciones cuantitativas mediante la técnica denominada encuesta telefónica. Es importante observar que el universo geográfico de los estudios está constituido por los hogares que cuentan con línea telefónica fija en la vivienda; por tanto, en la presunción de que la penetración telefónica no es homogénea en todos los niveles socioeconómicos y socioculturales, es probable que dichos segmentos estén subrepresentados, particularmente las zonas rurales pertenecientes al ámbito geográfico que se mide.

Nivel de representatividad de las estimaciones

Las estimaciones que se elaboran tienen representatividad nacional exclusivamente en el universo de los poseedores de línea telefónica en las 32 entidades del país.

Marco muestral

El marco de muestreo está constituido por los números telefónicos públicos incluidos en el directorio telefónico residencial de Telmex.

Nivel de confianza y error muestral

Encuesta 1. Realizada por Opciona. Levantada del 12 al 21 de febrero de 2016. En el nivel de confiabilidad del 95%, la muestra permite la estimación de porcentajes de preferencias electorales y cualesquiera estimaciones de proporciones, con margen de error máximo asociado al tamaño de muestra de +/−3.7% con 1,000 casos.

Encuesta 2. Realizada por Opciona y Votia. Levantada del 5 al 8 de agosto de 2016. En el nivel de confiabilidad del 95%, la muestra permite la estimación de porcentajes de preferencias electorales y cualesquiera estimaciones de proporciones, con margen de error máximo asociado al tamaño de muestra de +/−4.5% con 603 casos.

Encuesta 3. Realizada por Opciona y Votia. Levantada del 8 al 14 de septiembre de 2016. En el nivel de confiabilidad del 95%, la muestra permite la estimación de porcentajes de preferencias electorales y cualesquiera estimaciones de proporciones, con margen de error máximo asociado al tamaño de muestra de +/−3.9% con 800 casos.

Encuesta 4. Realizada por Opciona y Votia. Levantada del 7 al 14 de octubre de 2016. En el nivel de confiabilidad del 95%, la muestra permite la estimación de porcentajes de preferencias electorales y cualesquiera estimaciones de proporciones, con margen de error máximo asociado al tamaño de muestra de +/−3.9% con 800 casos.

Procesamiento de la información

Se usó el mismo procesamiento de la información en las cuatro encuestas. En una primera etapa, la información colectada en el levantamiento de campo fue sometida a procesos de validación, captura y codificación. En una segunda etapa se realizaron los ajustes de ponderación necesarios a través de un sistema automático de cómputo estadístico que obtiene los estimadores puntuales y sus varianzas asociadas de manera exacta a fin de producir resultados de alta precisión.

Etnografía

Lugar y fecha de observación

Tizimín, Yucatán, del 1 de septiembre al 3 de noviembre de 2015.

Técnica de investigación

Investigación cualitativa que consistió en entrevistas estructuradas y no estructuradas, observación participativa, recopilación de información de gabinete e información socio-espacial y, posteriormente, en grupos de enfoque y peer groups. Esta información refleja las características económicas, sociales, políticas y culturales de la comunidad, y diagnostica cómo se vive, construye y estructura el concepto de la ciudadana, y cómo influye en la participación y el comportamiento político en la comunidad de Tizimín, Yucatán.

Bibliografía

Transparency International. (2016). What is corruption? Recuperado el 08 de Febrero de 2017.

World Bank. (1997). Helping Countries Combat Corruption: The Role of the World Bank. Washington, D.C.: The World Bank.

Título décimo: Delitos cometidos por Servidores Públicos. (23 de enero de 2009). Código Penal Federal . Ciudad de México, México.

Ángel, A., & Arteaga, V. H. (24 de mayo de 2016). “Las empresas fantasma de Veracruz”. Recuperado el 8 de febrero de 2017, de Animal Político.

Magaloni, B. (2006). Voting for Autocracy: Hegemonic Party Survival and its Demise in Mexico. New York: Cambridge University Press.

Scott, J. C. (1985). Weapons of the Weak: Everyday Forms of Peasant Resistance. Yale University Press.

Inventar el futuro: Postcapitalismo y un mundo sin trabajo

futuro

Presentamos un fragmento de Inventar el futuro. Postcapitalismo y mundo sin trabajo (Malpaso). Nick Srnicek y Alex Williams muestran en su nuevo libro las fisuras de la izquierda contemporánea y analizan por qué las luchas de resistencia no han podido establecer objetivos a largo plazo.


Nuestro sentido común político: introducción a la política folk

 

La siguiente jugada era nuestra y nos quedamos ahí,
esperando que pasara algo, como buenos objetores
de conciencia esperando nuestro castigo
tras haber señalado algo puramente simbólico.
Dave Mitchell

 

Actualmente, parece que se necesita la mayor cantidad de esfuerzo para lograr el menor grado de cambio. Millones de personas marchan contra la guerra de Irak, pero la guerra sigue adelante como estaba planeada. Cientos de miles protestan contra la austeridad, pero sigue habiendo recortes presupuestales sin precedentes. Las protestas, ocupaciones y revueltas estudiantiles en contra del alza en las matrículas se repiten una y otra vez, pero éstas siguen su avance inexorable. Por todo el mundo, la gente establece campos de protesta y se moviliza contra la desigualdad económica, pero el abismo entre los ricos y los pobres sigue creciendo. Desde las luchas alterglobalizadoras de fines de la década de 1990, pasando por las coaliciones antiguerra y ecológicas de principios del siglo XX, hasta los nuevos levantamientos estudiantiles y movimientos de Occupy desde 2008, ha surgido un nuevo patrón: las luchas de resistencia aparecen rápido, movilizan a cantidades cada vez mayores de personas y, sin embargo, terminan por palidecer para ser sustituidas por un sentimiento renovado de apatía, melancolía y derrota. A pesar de que millones de personas desean un mundo mejor, los efectos de estos movimientos son mínimos.

Algo gracioso pasó camino a la protesta

El fracaso impregna este ciclo de luchas y, en consecuencia, muchas de las tácticas de la izquierda contemporánea han adoptado una naturaleza ritualista, cargada de una pesada dosis de fatalismo. Las tácticas dominantes —protestar, marchar, ocupar y varias otras formas de acción directa— se han vuelto parte de una narrativa bien establecida, en la cual la gente y la policía desempeñan cada uno sus papeles asignados. Los límites de estas acciones son particularmente visibles en esos breves momentos cuando el guion cambia. En palabras de un activista en torno a una protesta en la Cumbre de las Américas de 2001:

El 20 de abril, el primer día de las protestas, miles marchamos hacia la valla, detrás de la cual se habían reunido treinta y cuatro jefes de Estado para sacar adelante un acuerdo de comercio mundial. Bajo una granizada de osos de peluche lanzados con catapultas, los activistas vestidos de negro no tardaron en quitar los soportes de la valla con cizallas y derrumbarla con ganchos mientras los observadores los alentaban. Por un momento, nada se interpuso entre nosotros y el centro de convenciones. Trepamos a la valla derrumbada, pero la mayoría no pasó de ahí, como si nuestra intención hubiera sido simplemente sustituir la barrera de alambre y concreto con una barrera humana hecha por nosotros mismos.1

Aquí podemos ver la naturaleza simbólica y ritualista de las acciones, combinada con la emoción de haber hecho algo, pero con una profunda incertidumbre que surge en cuanto se rompe la narrativa esperada. El papel de manifestantes diligentes no les había brindado a estos activistas ninguna indicación de qué hacer cuando cayeran las barreras. Las confrontaciones políticas espectaculares, como las marchas para detener la guerra, las ahora famosas aglomeraciones contra el G20 o la Organización Mundial del Comercio, así como las conmovedoras escenas de democracia en Occupy Wall Street, parecen ser muy significativas, como si algo estuviera de verdad en juego.2 Sin embargo, no cambió nada y las victorias a largo plazo se canjearon por una simple anotación de descontento.

A menudo, los observadores externos ni siquiera alcanzan a entender qué busca el movimiento, más allá de expresar un descontento generalizado con el mundo. Las protestas contemporáneas se han convertido en una mezcla de demandas diversas y desenfrenadas. Quienes se manifestaron en la cumbre del G20 de 2009 en Londres, por ejemplo, marcharon por temas que iban desde el planteamiento de aparatosas exigencias anticapitalistas hasta objetivos modestos centrados en problemas más concretos y cercanos. Cuando las demandas alcanzan a discernirse, a menudo no logran articular nada sustancial. No suelen ser sino eslóganes vacíos, tan significativos como pedir la paz mundial. El movimiento Occupy hizo lo indecible por articular objetivos relevantes, preocupado por si algo demasiado sustancial pudiera causar divisiones.3 Además, ocupaciones estudiantiles muy diversas en el mundo occidental adoptaron el mantra “sin demandas”, en la creencia errónea de que no pedir nada es una acción radical.4

Cuando se les pregunta cuál ha sido el principal resultado de estas acciones, algunos participantes aceptan un sentimiento generalizado de futilidad, mientras que otros señalan una radicalización de los asistentes. Si vemos las protestas actuales como un ejercicio de conciencia pública, su éxito parece ser, a lo sumo, desigual. Sus mensajes son distorsionados por los medios, poco solidarios y amantes de las imágenes de destrucción de la propiedad privada —suponiendo que los medios siquiera reconocen esa forma de disputa que se ha vuelto cada vez más repetitiva y aburrida—. Hay quienes argumentan que estos movimientos, protestas y ocupaciones, en lugar de plantearse un objetivo específico sólo existen, en realidad, para sí mismos.5 El propósito en este caso es alcanzar cierta transformación de los participantes, así como crear un espacio fuera de las operaciones de poder habituales. Si bien hay cierto grado de verdad en ello, cosas como los campamentos de protesta tienden a ser efímeras, de pequeña escala y, en última instancia, incapaces de desafiar las estructuras más amplias del sistema económico neoliberal. Es una política convertida en pasatiempo —quizá una experiencia de la política como droga— y no algo que sea capaz de transformar a la sociedad. Estas protestas sólo quedan grabadas en la mente de los participantes y dan la vuelta a cualquier transformación de las estructuras sociales. Si bien estos esfuerzos de radicalización y concientización son, en cierta medida, indudablemente importantes, queda la pregunta de en qué momento exacto darán resultado. ¿Existirá un punto en el que una masa crítica de concientización esté lista para actuar? Las protestas pueden establecer conexiones, alentar la esperanza y recordar a la gente que tiene poder. Sin embargo, más allá de estos sentimientos transitorios, si no queremos que esos lazos afectivos se desperdicien, la política aún exige el ejercicio de ese poder. Si no actuamos después de una de las mayores crisis del capitalismo, entonces, ¿cuándo?

El énfasis en los aspectos afectivos de las protestas ayuda a sustentar una tendencia más amplia que ha llegado a privilegiar lo afectivo como la sede de la política real. Los elementos corporales, emocionales y viscerales sustituyen y obstaculizan (en lugar de complementar y mejorar) los análisis más abstractos. Por ejemplo, el paisaje contemporáneo de los medios sociales está contaminado por los amargos efectos secundarios de un interminable torrente de indignación y enojo. Dado el individualismo de las actuales plataformas de los medios sociales —fundadas en el mantenimiento de una identidad online—, quizá no nos sorprenda ver que la “política” online tiende a una autopresentación de pureza moral. Nos preocupa más estar en lo correcto que pensar sobre las condiciones del cambio político. No obstante, esta ira cotidiana desaparece tan pronto como surge y no tardamos en pasar a la siguiente cruzada corrosiva. En otros lugares, las manifestaciones públicas de empatía con quienes sufren sustituyen análisis más refinados, lo cual trae como resultado acciones apresuradas o descaminadas o la ausencia de acciones. Si bien la política siempre está relacionada con las emociones y las sensaciones (la esperanza o el enojo, el temor o la indignación), cuando se adoptan como la forma principal de la política estos impulsos pueden conducir a resultados profundamente perversos. En un famoso ejemplo, el Live Aid de 1985 reunió, mediante una combinación de imágenes que tocaban nuestras fibras más sensibles con eventos emocionalmente manipuladores encabezados por celebridades, una enorme cantidad de dinero para aliviar la hambruna. La sensación de apremio exigía acciones urgentes, a expensas de la razón. Sin embargo, lo que logró el dinero reunido fue extender la guerra civil que había provocado la hambruna, pues permitió que las milicias rebeldes utilizaran la asistencia alimentaria para sostenerse a sí mismas.6 Si bien el público en casa se sintió reconfortado por estar haciendo algo en lugar de nada, un análisis desapasionado reveló que en realidad había contribuido a agravar el problema. Estos resultados inesperados se generalizan aún más a medida que los objetivos de la acción se vuelven más amplios y abstractos. Si la política sin pasión conduce a una tecnocracia burocrática desalmada, la pasión desprovista de análisis corre el riesgo de convertirse en un sustituto libidinosamente motivado de la acción efectiva. Entonces, la política comienza a girar en torno a sentimientos de empoderamiento personal que ocultan la ausencia de ganancias estratégicas.

Quizá lo más deprimente sea que, aun cuando algunos movimientos tienen éxito, lo consiguen en contextos de pérdidas abrumadoras. Por ejemplo, varios residentes del Reino Unido se han movilizado con éxito en casos particulares para detener el cierre de hospitales locales. Sin embargo, estas victorias reales se ven superadas por los planes más amplios de eviscerar y privatizar los servicios de salud (el National Health Service). De igual manera, algunos movimientos recientes en contra del fracking han logrado detener la perforación exploratoria en varias localidades, pero los gobiernos continúan buscando gas de esquisto y apoyando a compañías para que lo hagan.7 En Estados Unidos, varios movimientos para detener los desalojos tras la crisis hipotecaria han obtenido triunfos reales en tanto han logrado que la gente permanezca en su casa.8 No obstante, los culpables de la debacle de las hipotecas de alto riesgo siguen cosechando beneficios, olas de acciones hipotecarias siguen arrasando el país y los alquileres no dejan de aumentar en todas las ciudades. Los pequeños éxitos —que sin duda son útiles para infundir esperanza— palidecen frente a las pérdidas apabullantes. Incluso los activistas más optimistas titubean al ver que las luchas siguen fracasando. En otros casos, proyectos bien intencionados, como el Rolling Jubilee, luchan por escapar del conjuro del sentido común capitalista.9 El objetivo aparentemente radical de recaudar dinero para pagar las deudas de los menos privilegiados implica creer en un sistema de caridad y redistribución voluntaria, así como aceptar la legitimidad de la deuda en primer lugar. En este sentido, la iniciativa forma parte de un conjunto más amplio de proyectos que sólo actúan como respuestas a los vacilantes servicios del Estado en tiempos de crisis. Se trata de mecanismos de supervivencia, no de una visión deseable del futuro.

¿Qué podemos concluir de todo esto? El reciente ciclo de luchas debe identificarse como predominantemente fallido, a pesar de los numerosos éxitos de pequeña escala y los momentos de movilización de gran escala. La pregunta que cualquier análisis de la izquierda debe tratar de resolver es simplemente: ¿qué ha salido mal? Es indiscutible que la represión intensificada de los Estados y el creciente poder de las corporaciones han desempeñado un papel significativo en el debilitamiento del poder de la izquierda. Con todo, la pregunta de si la represión que enfrentan los trabajadores, la precariedad de las masas y el poder de los capitalistas es mayor de lo que era a finales del siglo XIX sigue siendo objeto de debate. Por aquel entonces, los trabajadores aún estaban luchando por sus derechos básicos, a menudo en contra de Estados más dispuestos a valerse de la violencia letal.10 Sin embargo, mientras que en ese periodo hubo movilizaciones masivas, huelgas generales, organizaciones laborales militantes y feministas radicales, todas ellas con éxitos reales y duraderos, la actualidad se define por su ausencia. La debilidad reciente de la izquierda no puede atribuirse sólo a una mayor represión estatal y capitalista: una evaluación honesta debe aceptar que los problemas también están dentro de la izquierda. Un problema clave es la aceptación extendida y poco crítica de lo que llamamos «forma de pensar de la política folk».

Definición de la política folk

¿Qué es la política folk? La política folk identifica una constelación de ideas e intuiciones dentro de la izquierda contemporánea que moldea las formas de organizarse, actuar y pensar la política dentro del sentido común. Es un conjunto de supuestos estratégicos que amenaza con debilitar a la izquierda, volviéndola incapaz de crecer, generar cambios duraderos o expandirse más allá de los intereses particulares. Los movimientos de izquierda influidos por la política folk no sólo tienen pocas probabilidades de ser exitosos: a decir verdad, son incapaces de transformar el capitalismo. El término mismo se deriva de dos sentidos de “folk”. En primer lugar, evoca algunas críticas a la psicología folk según las cuales nuestras concepciones intuitivas del mundo están construidas históricamente y a menudo equivocadas.11 En segundo lugar, se refiere a “folk” como la sede de la pequeña escala, lo auténtico, lo tradicional y lo natural. La idea de la política folk comprende estas dos dimensiones.

Así pues, en una primera aproximación podemos definir la política folk como un sentido común político construido de manera colectiva e histórica que se ha descoyuntado con los actuales mecanismos de poder. A medida que nuestro mundo político, económico, social y tecnológico va cambiando, las tácticas y estrategias que antes eran capaces de transformar el poder colectivo en ganancias emancipadoras han perdido su efectividad. En tanto sentido común de la izquierda actual, la política folk suele operar de manera intuitiva, poco crítica e inconsciente. Empero, el sentido común también es histórico y mutable. Cabe recordar que las formas conocidas de organización y las tácticas actuales, lejos de ser naturales o estar dadas, se han ido desarrollando con el tiempo en respuesta a problemas políticos específicos. Las peticiones, ocupaciones, huelgas, los partidos de vanguardia, grupos afines, sindicatos: todos surgieron a partir de condiciones históricas particulares.12 Sin embargo, el hecho de que algunas formas de organización y actuación hayan sido útiles en algún momento, no garantiza que conserven su relevancia. Muchas de las tácticas y estructuras organizativas que dominan la izquierda contemporánea surgieron como respuestas a la experiencia del comunismo de Estado, a los sindicatos exclusivistas y al colapso de los partidos socialdemócratas. Con todo, las ideas que tenían una razón de ser en esos momentos ya no ofrecen herramientas efectivas para la transformación política. Nuestro mundo ha cambiado, se ha vuelto más complejo que nunca, más abstracto, no lineal y global.

Contra la abstracción y la inhumanidad del capitalismo, la política folk busca acercar la política a una “escala humana” enfatizando la inmediatez temporal, espacial y conceptual. En su centro, la política folk es la intuición conductora según la cual la inmediatez es siempre mejor y a menudo más auténtica, lo cual trae como consecuencia una profunda sospecha de la abstracción y la mediación. En términos de la inmediatez temporal, la política folk contemporánea se muestra típicamente reactiva (responde a acciones iniciadas por corporaciones y gobiernos, en lugar de iniciar acciones);13 ignora los objetivos estratégicos a largo plazo en favor de las tácticas (se moviliza en torno a políticas sobre temas únicos o enfatiza el proceso);14 prefiere prácticas que suelen ser inherentemente fugaces (como las ocupaciones y las zonas autónomas temporales);15 elige lo que ya conoce del pasado rechazando lo que desconoce del futuro (por ejemplo, los sueños reiterados del retorno al «buen» capitalismo keynesiano),16 y se expresa como una predilección por lo voluntarista y espontáneo sobre lo institucional (como cuando idealiza los disturbios y la insurrección).17

En términos de la inmediatez especial, la política folk privilegia lo local como la sede de la autenticidad (como en la dieta de las 100 millas o las monedas locales);18 por lo general elige lo pequeño sobre lo grande (como en la veneración de las comunidades o negocios locales de pequeña escala);19 favorece proyectos que no puedan crecer más allá de una pequeña comunidad (por ejemplo, las asambleas generales y la democracia directa),20 y a menudo rechaza el proyecto de la hegemonía, por lo que valora el retiro o la salida, en lugar de la construcción de una amplia contrahegemonía.21 De la misma forma, la política folk prefiere que sean los propios participantes quienes lleven a cabo las acciones —en su énfasis en la acción directa, por ejemplo— y considera la toma de decisiones como algo que debe efectuar cada individuo y no un representante. La forma de pensar de la política folk ignora o suaviza los problemas de escala y extensión.

Por último, en términos de inmediatez conceptual, existe una preferencia por lo cotidiano sobre lo estructural, así como una valoración de la experiencia personal sobre el pensamiento sistemático; del sentimiento sobre el pensamiento, con un énfasis en el sufrimiento individual, o las sensaciones de entusiasmo y enojo que se experimentan durante las acciones políticas; por lo particular sobre lo universal, donde esto último se considera intrínsecamente totalitario, y por lo ético sobre lo político, como en el consumo ético o las críticas moralizantes a la avaricia de los banqueros.22 Las organizaciones y comunidades deben ser transparentes y rechazar de entrada cualquier mediación conceptual e incluso grados modestos de complejidad. Las imágenes clásicas de la emancipación universal y el cambio global se han transformado en una priorización del sufrimiento de lo particular y la autenticidad de lo local. Como resultado, cualquier proceso de construcción de una política universal es rechazado de entrada.

Así entendida, podemos detectar rastros de política folk en organizaciones y movimientos como Occupy, el 15M de España, las ocupaciones estudiantiles, los insurreccionistas comunistas de izquierda como Tiqqun y el Comité Invisible, buena parte de las formas de horizontalidad, los zapatistas y políticas contemporáneas de tintes anarquistas, así como una variedad de tendencias como el localismo político, el movimiento de la comida lenta y el consumo ético, entre muchas otras. Sin embargo, ninguna postura incluye a todas estas tendencias, lo cual nos conduce a una primera puntualización: en tanto sentido común poco crítico y a menudo inconsciente, la política folk se ve ejemplificada, en distintos grados, en posturas políticas concretas, es decir, la política folk no designa una postura explícita sino sólo una tendencia implícita. Las ideas que caracterizan esta tendencia están ampliamente dispersas en toda la izquierda contemporánea, pero algunas posturas se apegan más a ella que otras. Esto nos lleva a una segunda puntualización importante: el problema con la política folk no es que comience por lo local, pues todas las políticas comienzan así. El problema es que la forma de pensar de la política folk se conforma con permanecer en ese ámbito (e incluso lo privilegia), en pasajero, la pequeña escala, lo no mediado y lo particular. Considera que éstos son momentos suficientes y no simplemente necesarios. Por tanto, aquí no se trata sólo de rechazar la política folk. Éste es un componente necesario de cualquier proyecto político exitoso, pero sólo puede ser un punto de partida. Una tercera puntualización es que la política folk sólo constituye un problema para cierto tipo de proyectos: aquellos que buscan llegar más allá del capitalismo. La forma de pensar de la política folk puede adaptarse perfectamente bien a otros proyectos políticos: aquellos que buscan sólo la resistencia, movimientos organizados en torno a problemas locales y proyectos de pequeña escala. Si bien los movimientos políticos fundados en la necesidad de mantener abierto un hospital o evitar desalojos son admirables, son muy distintos de los movimientos que intentan desafiar al capitalismo neoliberal. La idea de que una organización, una táctica o una estrategia funciona igual de bien para cualquier tipo de lucha es la creencia más prevalente y dañina de la izquierda actual. Antes de abordar cualquier proyecto político es necesaria una reflexión estratégica —sobre los medios y los fines, los enemigos y los aliados—. Dada la naturaleza del capitalismo global; cualquier proyecto poscapitalista requerirá de un enfoque ambicioso, abstracto, mediado, complejo y global; un proyecto que los enfoques de la política folk son incapaces de ofrecer.

Al combinar estas puntualizaciones podemos decir que la política folk es necesaria, pero insuficiente para un proyecto político poscapitalista. Al enfatizar y permanecer en el ámbito de lo inmediato, la política folk carece de las herramientas para transformar el neoliberalismo en otra cosa. Si bien este tipo de política puede, sin duda, llevar a cabo intervenciones importantes en las luchas locales, nos estaríamos engañando si pensamos que éstas pueden cambiar el curso del capitalismo global. Estas luchas representan, a lo mucho, un alivio temporal contra su arremetida. El proyecto de este libro es comenzar a esbozar una alternativa, una forma de que la izquierda navegue de lo local a lo global y sintetice lo particular con lo universal. Dicha alternativa no puede ser sólo un retorno conservador a la política de la clase trabajadora del siglo pasado. En su lugar, debe combinar una forma actualizada de pensar la política (un desplazamiento de la inmediatez al análisis estructural) con un medio renovado de hacer política (que dirija la acción hacia la construcción de plataformas y la expansión de escalas).

 

Alex Williams y Nick Srnicek


Reproducimos este fragmento de Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo (trad. Adriana Santoveña) con autorización de la editorial Malpaso.


1 Dave Mitchell, “Stuff White People Smash”, Rabble, 26 de junio de 2011.

2 Es revelador que la razón principal del fracaso de las negociaciones de la Ronda de Doha en la OMC sean la divisiones entre los Estados y no algún movimiento social de resistencia.

3 Astra Taylor y Keith Gessen, eds., Occupy! Scenes from Occupied America (Londres: Verso, 2011), profundiza en algunos debates internos de Occupy en torno al tema de demandas. En Marco Desiriis y Jodi Jean, “A Movement Without Demands?”, Possible Futures, 3 de enero de 2012, puede encontrarse una crítica detallada de la postura “sin demandas”.

4 Zach Schwartz-Weinstein, “Not your Academy: Occupation and the Future of Student Struggles”, en Is This What Democracy Looks Like?, eds. A. J. Bauer, Christina Beltran, Rana Jaleel y Andrew Ross, Social Text E-Book, 2012. Guy Aitchison, “Reform, Rupture or Re-Imagination: Understanding the Purpose of an Occupation”, Social Movement Studies 10, num. 4 (2011): 431-439, estudia cómo fue disminuyendo la importancia de las demandas concretas a lo largo del tiempo dentro de una ocupación estudiantil específica en el University College London en 2010.

5 La obra de Hakim Bey es quizá el ejemplo más infame de esta autosuficiencia de la protesta autónoma. Véase Hakim Bey, TAZ: The Temporary Autonomus Zone, Ontological Anarchy, Poetic Terrorism (Brroklyn: Automedia, 2011 [T.A.Z.: Zona temporalmente autónoma, trad. Guadalupe Sordo (Madrid: Talasa, 1996)]. Véase también Jeremy Gilbert, Anti-Capitalism and Culture: Radical Theory and Popular Politics  (Oxford y Nueva York: Berg, 2008), 203-209, que ofrece una crítica comprensiva a los peligros del “Imaginario activista” desde dentro del espacio del movimiento social.

6 Linda Polman, The Crisis Caravan:What’s Wrong with Humanitarian Aid? (Nueva York: Metropolitan Books, 2010).

7 Radix, Fracking Sussex: The Threath of Shale Oil & Gas”, Frack off, 2013. En realidad, la fuerza que más éxito ha tenido para detener el fracking ha sido el mercado, gracias a la reciente caída en los precios del petróleo crudo.

8 Eviction Free Zone, “Direct Action, Occupy Wall Street, and the Future of Housing Justice: An Interview with Noam Chomsky”, 2013.

9 Adam Gabatt, “Activists Buy $15m of Americans’ Personal Debt”,  Guardian, 12 de noviembre de 2013.

10 Paul Mason, Live Working or Die Fighting: How the Working Class Went Global  (Londres: Vintage, 2008).

11 Stephen Stich, From Folk Psychology to Cognitive Science: The Case Against Belief (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1983).; Patricia Churchland, Neurophilosophy: Towards a Unified Science of the Mind-Brain (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1986). Si bien buscamos

12 Véase Charles Tilly, Social Movements, 1768-2004 (Boulder, California: Paradigm, 2004), que ofrece una historia de estos “repertorios de contención” [Los movimientossociales 1768-2008: Desde sus orígenes a Facebook, trad. Ferran Esteve (Barcelona: Crítica, 2010)].

13 James Doward, Tracy McVeigh, Mark Townsend y Matthew Taylor, “March for the Alternative Sends a Noisy Message to the Government”, Guardian, 26 de marzo de 2011.

14 Liza Featherstone, Doug Henwood y Christian Parenti, “Left Anti-Intellectualismans Its Discontents”, en Confronting Capitalism: Dispatches from a Global Movement, eds. Eddie Yuen, George Katsiaficas y Daniel Burton Rose (Nueva York: Soft Skull, 2004).

15 Bey, TAZ.

16 Paul Davidson, The Keynes Solution: The Path to Global Economic Prosperity (Nueva York: Palgrave Macmillan, 2009).

17 The Invisible Committe, The Coming Insurrection (Los Ánngeles, California, y Cambridge, Mass.: Semiotext(e), distribuido por MIT Press, 2009).

18 Greg Sharzer, No Local: Why Small-Scale Alternatives Wont’n Change the World (Winchester: Zero, 2012).

19 Ernst Schumacher, Small Is Beautiful. Economics as if People Mattered (Nueva York: Harper & Row, 1973) [Lo pequeño es hermoso, trad. Óscar Margenet (Madrid: Akal, 2011).

20 Taylor y Gessen, Occupy!

21 Richard J. F. Day, GRamsci Is Dead: Anarchist Currents in the Newest Social Movements (Londres: Pluto, 2005); Jon Beasley-Murray, Posthegemony: Political Theory and Latin America (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2010) [Poshegemonía: Teoría política y América Latina, trad. Fermín Rodríguez (Buenos Aires y México: Paidós, 2010).

22 Justin Healey, Ethical Consumerism (Thirroul, Australia: Spinney, 2013).

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Cuento freudiano para alienados y alienistas

garibay

Ricardo Garibay. Antología (Cal y arena, selección y prólogo de Josefina Estrada) constata que el escritor fue un maestro del lenguaje. Publicamos un cuento incluido en el volumen de la colección Esenciales del XX, serie de antologías de los clásicos modernos cuya obra define y diversifica la literatura mexicana del siglo pasado.


Había una vez un niño que vivía jugando siempre, horrorizado de sus juegos, en las entrañas de un hombre. El hombre sufría por esto y decidió matar al niño; mas para lograrlo tuvo que abrir su cuerpo con un pequeño cuchillo. Y creyendo morir gritaba, cuando vio que de sí salían muchos otros niños, sosegados, hermosos; y sentía que conforme lo abandonaban se hinchaba su pecho, aumentaba el grosor de sus músculos y sobre su cabeza caía buena frescura. Ésos eran sus hijos. Sonrió feliz y el odio por el muerto se le trocó en suave remembranza, y decidió hacer de su vida una historia dulce y triste, que moviera a meditación. Muchos la leyeron, e imitándole cortaron sus venas y rajaron sus vientres, para buscarse también algún infante rabioso que les molestara; unos nada hallaron, y de los otros, algunos salieron contentos a conversar a las calles y a los cafés, y a otros les llegó nostalgia y desasosiego y decidieron seguir a quienes ya no estaban y murieron. La ciudad quedó sin hombres, casi, pues los sanados faenaban alegremente; así que no había amargura. Al ver esto se levantó un anciano muy sabio y dijo: “Con tu palabra y tu tarea, que no con tus manos, matarás lo que en tu seno te atosiga”. Y el gobierno dictó leyes prohibiendo a los hombres buscarse niños en sus adentros.

Los incrédulos fundaron una escuela y comenzaron a estudiar lo de allende la piel de los humanos. Cuando terminaron se repartieron diplomas, almorzaron y se despidieron para ir por diferentes rumbos. Fueron los psiquiatras, que abrieron consultorios y pusieron en sus puertas este letrero: “Somos como los antiguos taumaturgos, que echaban fuera del hombre a los demonios”. Y fue porque olvidaron muchas cosas; pero la voz del anciano siguió siendo valedera.

 

Ricardo Garibay

Escritor. Autor de MazamitlaBeber un cálizBellísima bahíaLa casa que arde de nochePar de reyesAires de bluesTaíb y Triste domingo, entre otros libros.

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Rafa Márquez: la muerte de un sueño nacional

De las primeras cosas que salieron a la luz hoy que Julión Álvarez y Rafael Rafa Márquez fueron nombrados por el Tesoro estadounidense como miembros de una red de lavado de dinero —en la operación más grande en contra de un cartel por parte de la OFAC, la Oficina de control de bienes de extranjeros de Estados Unidos— fue un listado de las compañías asociadas a Márquez, el capitán indiscutible de la selección mexicana desde 2006.

En la lista aparecen la “Escuela de Futbol Rafael Márquez” y “Futbol y corazón”. Hasta hoy, que se hizo el anuncio, no hay acusación penal en contra del capitán de la selección, ni se ha comprobado que ambas asociaciones civiles sean en verdad parte de la red de lavado de Raúl Flores, acusado por el gobierno estadunidense de traficar cocaína.

Pero, al ser propiedad de Rafa, a quien sí se le sanciona por los vínculos con Flores, sufren la misma suerte que ambos.*

A esto hay que agregar lo hondo que cala ver los dos nombres en la lista.

Primero, la escuela. En México los futbolistas, del nivel que sean, fundan centros donde los niños, después adolescentes, buscan seguir el camino del balón hasta convertirse en profesionales. Las escuelas nunca reciben un nombre genérico. Reciben el nombre del futbolista. La escuela se asocia, para bien o mal, a ellos y sólo a ellos.

Un niño ingresa a la escuela de Rafa por quién es y por la promesa que conlleva: el mejor central en la historia del futbol nacional, y quizás el mejor futbolista mexicano de todos los tiempos avala su instrucción. En el mejor de los casos hasta la supervisa. El superhéroe me enseñará todos sus secretos. Aprenderé de él y si me esfuerzo lo suficiente llegaré tan lejos: el Barcelona no es un sueño inalcanzable.

Segundo, la fundación. Ahí el proceso es al revés. Se selecciona a los niños dadas sus carencias. Según la página oficial de la organización, cuyo nombre completo es “Fundación Rafa Márquez, Futbol y Corazón A.C.”, ésta se dedica a alimentar y apoyar a niños que viven en pobreza extrema. En el rubro “¿Quiénes somos?” dice lo siguiente:

“Fundación Rafa Márquez ‘Fútbol y Corazón A.C.’ inicia operaciones en 2005 promoviendo el desarrollo integral de niñas y niños de 3 a 16 años años (sic) en distintas comunidades marginadas del país, con la finalidad de ayudar a mejorar su calidad de vida, promoviendo la igualdad de oportunidades y la disminución de vicios sociales como el alcoholismo, drogadicción, prostitución infantil y abusos, entre otros”. (Énfasis añadido.)

Y al final agrega: ha ayudado a más de 900 niños desde su creación.

Ambos esfuerzos quedan ahora en entredicho. Como la fundación Livestrong, de Lance Armstrong en su momento. Armstrong, el famoso ciclista que perdió sus siete títulos de la Tour de France después de comprobarse que los obtuvo a través de dopaje, ocupó gran parte de su tiempo a la fundación, dedicada en su totalidad a ayudar a víctimas del cáncer a luchar contra él. Aunque hoy sigue existiendo, Livestrong ha caído en desgracia. No por su loable trabajo, que se mantiene, sino por su asociación a Armstrong, condenado, en el mejor de los casos al olvido, y en el peor al oprobio eterno por hacer trampa.

Con “Futbol y Corazón” ocurre lo mismo. ¿Quién donará dinero ahora a una fundación dedicada a evitar que los niños caigan en la drogadicción cuando su dueño es acusado de lavar dinero para un narcotraficante?

En términos prácticos, la fundación y la escuela de Rafa entran a partir de hoy en la lista negra del gobierno estadunidense: ningún ciudadano de aquel país podrá tener relación económica alguna con ellas, y tampoco podrán realizar negocios o recibir donativos. Como consecuencia también perderán patrocinadores mexicanos.

Nadie que quiera ir a Estados Unidos o que tenga intereses económicos allá se acercará a ambas asociaciones. Nadie se arriesgará a ser sancionado por Estados Unidos.

Para efectos prácticos, ambas comienzan a morir el día de hoy.

Con el anuncio del gobierno de Estados Unidos Márquez comienza un triste declive en una impresionante carrera, cuyos únicos puntos bajos siempre habían sido deportivos, y casi siempre se habían redimido tiempo después. Como cuando perdió la cabeza, precisamente, contra Estados Unidos en 2002. Pero que se resarció en noviembre pasado, 14 años después, al darle un triunfo a la selección en Columbus cuando más se necesitaba, días después de la victoria de Donald Trump.

Rafa, el capitán quien hasta hace poco luchó por sus compañeros de profesión, que los trató de sindicalizar, que alzó la voz frente al trato injusto de los dueños de la LigaMx. El decano de nuestros futbolistas, que tenía dos últimos retos para culminar una brillante carrera: hacer campeón al Atlas, su primer equipo, que se alzó por única vez con el título décadas antes de que él naciera, y tal vez llegar a capitanear a la selección en Rusia 2018 por una histórica quinta vez.

Ambos sueños se esfuman. Y su carrera cierra en lo más bajo, cuando siempre, siempre, debió haber sido al revés. A la par, y mucho más grave, con los sueños de Rafa se esfuman también los sueños de miles de niños. No sólo los inscritos en su escuela de futbol, ni los que reciben una ayuda invaluable de su fundación, los principales afectados.

También todos aquellos que voltearon a ver al capitán, al Káiser y se convencieron de que cualquier mexicano, sin importar su origen, puede llegar a ser un héroe nacional.

No más.

 

Esteban Illades


* Una acotación: el Tesoro estadunidense no es una instancia judicial, sino administrativa, por lo que Márquez no goza como tal de presunción de inocencia bajo las leyes de Estados Unidos. Para el gobierno de allá, Márquez tiene una relación comprobada con un narcotraficante, y por lo tal es sancionado. En caso de que sea enjuiciado penalmente, entonces sí gozará de presunción. Mientras tanto, las sanciones, aunque apelables, se sostienen.

Rius (1934-2017)

Se ha marchado el inigualable Eduardo del Río, Rius. En agradecimiento a la ironía y la crítica que este caricaturista ejerció durante más de seis décadas, hemos invitado a un grupo de ilustradores para que participen en esta galería, que se ampliará durante los siguientes días. 


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Patricio Betteo


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Alma Rosa Pacheco Marcos


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Daniela Martín del Campo


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Oldemar González


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José María Martínez


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Víctor Solís


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Kathia Recio


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Bef


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“A mí Rius me enseñó a conocer otras verdades de mi México. Gracias” Gonzalo Tassier.

Periodismo escrito con sangre

periodismo

Presentamos un adelanto de Periodismo escrito con sangre (Aguilar, 2017), una antología de textos de Javier Valdez Cárdenas, decano del periodismo en Sinaloa y del periodismo sobre el narcotráfico en México.

Valdez, asesinado en mayo de este año en un crimen todavía no resuelto, retrató como nadie la cotidianidad del narcotráfico, así como los estragos de una guerra interminable. Su muerte deja un hoyo importante en nuestro periodismo, pues, como muestran sus crónicas a ras de suelo, nadie como él para explicarnos la barbarie en la que vivimos.


Claudia

Claudia tenía 35 años. Nació en un pueblito cercano a la serranía, en un pequeño valle del municipio de San Ignacio, Sinaloa, a poco más de cincuenta kilómetros del puerto de Mazatlán. Emigró muy joven a la ciudad para estudiar la preparatoria y luego Ciencias de la Comunicación.

Su último puesto en las tareas periodísticas lo tuvo en un noticiero de radio, de emisión matutina, a mediados de los 90.

“Ella me decía, insistentemente, ‘si me entero que te quieren matar, te aviso. Si me entero, me llega la noticia, te llamo. Pero te tienes que ir en ese momento, a la central de autobuses, al aeropuerto. Fuera de la ciudad, del estado, del país… si me entero que te quieren a matar’ y vea lo que pasó”, contó un reportero, amigo de la víctima. La identidad de este periodista se mantiene en el anonimato, por temor a represalias.

Claudia estaba preocupada por este amigo suyo, quien había publicado reportajes sobre el narcotráfico en Culiacán: esa maraña que se extiende a servidores públicos que operan como cómplices del crimen organizado, los policías que hacen el trabajo sucio, como ajustes de cuentas, y los sicarios “sueltos” que, jóvenes y ufanos, matan por capricho o por nimiedades, en cualquier calle o plaza comercial, frente a la familia, junto a niños y mujeres embarazadas, dueños de vidas, concesionarios únicos de la muerte.

“Alguna vez”, agregó el periodista, “ella comentó que todo estaba muy podrido, y se lamentó por los altos riesgos que corre un reportero, sobre todo porque el gobierno y la policía, encargados de aplicar la ley, están al servicio del narco”.

Los ataques contra periodistas son frecuentes. Un caso es el del reportero Alfredo Jiménez, quien trabajaba en el diario El Imparcial, de Hermosillo, Sonora, y había laborado en los rotativos Noroeste y El Debate, en Culiacán. Jiménez se encuentra desaparecido desde los primeros días de abril de 2005. El periodista había publicado reportajes sobre los narcos y su complicidad con el gobierno local.

“Claudia hablaba y parecía temblar”, comentó el periodista entrevistado, “cada que se acordaba de casos como el de Jiménez, pero no lloraba, su forma de llorar era amar a sus amigos, cuidar a los suyos, solidarizarse con sus broncas, guarecerlos, abrazarlos, darles sombra y cobijo, y palabras de aliento, dinero, ride, un desayuno, una baguette, una comida, el café, el boleto para el cine.

”E insistía: ‘Hay mucha gente en la calle, desmadrosa. Ves que están matando muchos chavos. Son morros cagados, algunos de ellos de 15, 16 años. Plebes. Plebillos que no saben ni qué es la vida. Que quieren lana, mucha lana. Traer esas camionetonas. La pistola nueve milímetros fajada. El cuerno a un lado. La música en la altura de los decibeles. Las morras pegadas, encima, sobándoles las verijas. Enjoyados, con una colgadera de oro por todos lados. Borrachos, cocos, mariguanos, que le entran al cristal y a la heroína. Que les dicen a sus jefes siempre que sí. Que andan de aprontados. Son chavos que están locos. Plebes, muchachos que siempre circulan acelerados, rebasando, cruzándose en el camino, que disparan sin importar si hay algún inocente a un lado, si alguien que no tenga nada qué ver pueda ser alcanzado por los proyectiles. Ellos disparan y ya.’”

Claudia era de mediana estatura, morena clara, bien formada: caderas como mausoleos corvos, piernas firmes y torneadas, y un talle que nadie quisiera dejar de recorrer.

Quienes la conocieron aseguran que la mayor virtud de Claudia era su inteligencia: esa mirada que parecía languidecer cuando su boca se abría para expresar lo que sentía, atrapaba los ojos de otros, tiraba de sus cerebros, daba toques eléctricos en los sentidos de sus interlocutores. Claudia era segura. Tenía la seguridad que le había dado el conocimiento, sus lecturas, ese estante de libros exprimidos y esa perspectiva crítica, terca, de cuestionarlo todo, dudarlo, y sospechar. Cuando hablaba lanzaba dardos: dardos envenenados, son como virus que llegan al otro y lo contaminan, cooptan, tambalean y enferman. Palabras y conocimiento que hacen dudar. Sus interlocutores, cuentan amigos y familiares, se alejaban de ella, como heridos, trastabillando, ladeados, pensando, hurgando, y al fin cuestionando. Cuestionándolo todo.

Gabriel García Márquez y José Saramago eran sus favoritos. Pero igual llegaron a sus manos libros que disfrutó y recomendó, como aquel de Arturo Pérez Reverte, por su historia de la narca aquella, Teresa Mendoza, Eduardo Galeano, Mario Vargas Llosa y Rubem Fonseca.

Tenía además una preocupación social. Rabia frente a la opulencia y la frivolidad, y era generosa y solidaria ante la desgracia, la pobreza y el dolor.

“Ella pensaba que todo esto podía cambiar, que las cosas podían mejorar, pero estaba segura de que la gente debía hacer algo, asumir su responsabilidad, actuar, moverse, manifestarse, criticar, y no conformarse”, dijo uno de sus hermanos.

Claudia, en su calidad de comunicadora, patrulló las calles culichis con su grabadora, esa bolsa en la que cargaba su vida y la libreta para anotarlo todo. Así conoció el mundillo político local, la truculencia entre los protagonistas –periodistas, dirigentes, funcionarios, jefes policiacos, buscachambas, besamanos, culopronto y demás especímenes hedientos–, y los ubicó bien, a cada quién en su lugar, para detestarlos e incluirlos en la galería del horror, su personalísima colección de maldiciones, condenas y condenados.

Pero no se arredraba. Andaba de chile bola, de arriba para abajo, asumiendo la dinámica miserable de todo reportero, sea bueno o malo: comer a deshoras, desayunar aprisa, tomar mucho café, leer al vapor los boletines oficiales. Luego vinieron desvelos, malas pagas, dolores estomacales por la colitis, ceño fruncido por la gastritis.

“Ni modo, así es la chamba”, decía, resignada.

 

La ciudad de Culiacán ardía. Cuarenta y cinco grados centígrados a la sombra. El chapopote parecía derretirse. Los que esperaban la luz verde del semáforo peatonal parecían desvanecerse. Los carros, vistos a lo lejos, casi se evaporaban: derretidos, amorfos, fantasmas de metal y motor, de plásticos y fierros, gusanos de humo, con llantas y frenos, cristales y música estereofónica.

Era octubre de 2007. Sinaloa tiene un promedio diario de dos o tres asesinatos. La mayoría, por no decir que todos, están relacionados con el narcotráfico. Algunas autoridades estatales han dicho que “al menos” un 80 por ciento de estos homicidios tienen nexos con el crimen organizado, específicamente con el tráfico de drogas. Sin embargo, la cifra puede llegar al 90 por ciento. Y más.

Tierra del AK-­47, también conocido como “cuerno de chivo”. Fusil dilecto y predilecto: muchas canciones en torno a esta arma se han compuesto, los gatilleros le declaran su amor y algunos, en los narcocorridos, le confieren vida propia. Primer lugar en la lista de armas homicidas: el cuerno. Y en segundo, tercero y cuarto quedan armas calibre .45, .9 milímetros y .38 súper.

Un mes antes, en septiembre, se habían sumado a las estadísticas 54 homicidios, en un estado que en promedio acumula 600 al año y que ve cómo se disparan las ejecuciones en diciembre y enero, cuando muchos que han emigrado a otros estados y países, como Estados Unidos, vuelven esperando que sus deudas hayan sido perdonadas u olvidadas. Pero no, las cuentas siguen pendientes, listas para ser cobradas.

En la entidad hay un operativo especial que se llama México Seguro, en el que participan efectivos del Ejército Mexicano, de la Policía Federal y corporaciones locales. El objetivo es bajar el índice de criminalidad, especialmente los homicidios, ganarle terreno al narco, decomisar armas y drogas.

Pese a esto fueron 54 asesinatos en un mes.

El periodista Óscar Rivera fue asesinado el 5 de septiembre después de salir de Palacio de Gobierno. Rivera se desempeñaba como vocero del operativo del ejército y las fuerzas federales. Ese día circulaba en una camioneta Suburban cuando fue atacado a balazos de carro a carro sobre la avenida Insurgentes, a una cuadra de la Unidad Administrativa, sede del gobierno estatal.

Un día antes, en El Habal, Mazatlán, un grupo de gatilleros masacró a cuatro integrantes de una familia. Los pistoleros mataron a Alfredo Gárate Patrón, a su esposa Alejandra Martínez y a sus dos hijos, ambos menores de edad.

El 6 de septiembre fue ejecutado de un balazo en la cabeza Ricardo Murillo Monge, quien era el secretario general del Frente Cívico Sinaloense, organismo ciudadano que dirige Mercedes Murillo, hermana del hoy occiso, dedicado desde la década de los noventa a promover y defender los derechos humanos.

Es el narco y sus semillas del terror. Por eso los narcomensajes y los perros decapitados que le dejaron al general Rolando Eugenio Hidalgo Eddy, comandante de la Novena Zona Militar, no sólo frente al cuartel, sino en sectores céntricos. Dos de ellas tenían la leyenda “O te alineas o te alineo. Gral. Eddy. O copela o cuello”, y “… sigues tú, Eddy”.

Son los dueños de las calles, de los restaurantes, de las chavas. Los que siempre tienen que estar encabezando las filas de los automóviles frente al semáforo en rojo. Los que rebasan por la derecha, ponen las luces altas y sacan la fusca ante cualquier reclamo. Los que jalan del gatillo, jalan a la muerte, jalan la vida, la aceleran y violentan. Los que mandan y matan.

El país se desmorona. Se va por el resumidero. Las cloacas ganan. Andan en las calles sus personeros, representantes plenipotenciarios.

 

Felipe era oficial del ejército. Pertenecía a un cuerpo élite entrenado sobre todo en Estados Unidos, de nombre Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales, de siglas gafe. Su especialidad: francotirador. Pero ya no estaba en calidad de militar, sino como parte del Grupo Especializado Antisecuestros, de la Procuraduría General de Justicia de Sinaloa.

Su padre había sido policía pero él tenía que ser militar. Y lo fue y llegó lejos. Llegó hasta Claudia: lectora, criticona, insumisa.

Se casaron y formaron una pareja contrastante: él, militar; acostumbrado a las armas, la disciplina, el orden; ella, ex periodista, que se había destacado por su urticaria frente a la frivolidad y a la sujeción, que se había caracterizado por rebelarse contra el gobierno y los ricos y las billeteras repletas.

Él cerrado, callado, frío, pero afable y derecho. Ella abierta, plena y diáfana. Entregada y romántica. Preocupada por la ciudad, el país y el mundo. El hambre y la contaminación. Él metido en sus armas, el cargador, los cartuchos, insignias y uniformes.

 

Felipe tenía a su objetivo en el centro de la mira telescópica: era un tipo fornido, sombrero tejano, botas, bien vestido, en medio de un sembradío de maíz con plantas de baja estatura. Un capo pesado. Jefe de jefes.

Avisó por radio. “Lo tengo, espero órdenes. Ordene. Espero.” Silencio.

Volvió a decir por el aparato de intercomunicación: “Lo tengo en la mira”. Otra vez el silencio, pero no tan largo. Y luego la orden. “Aborte. Aborte.” Preguntó para confirmar. La orden fue ratificada.

Traía las rayas de las arrugas que la tensión marcó en su frente. Los dedos todavía sudorosos. Le brincoteaban los párpados. Pero seguía con los dedos firmes, las muñecas, el antebrazo y el hombro.

Era su especialidad: francotirador. No se explicó por qué le habían dado reversa al operativo, si lo tenía en el centro de la mirilla, nada más para jalar el gatillo. Pero era militar. Órdenes son órdenes. Habían preparado todo durante semanas, meses. Por fin lo tenían ubicado. Se sintió desconcertado por la orden dictada en sentido contrario. “Ellos sabrán, nosotros hicimos lo que nos tocaba. Tendrán sus razones.”

Desarmó todo. Metió en el maletín el fusil. Los otros militares que iban con él guardaron el equipo. Despejaron el área. Lo hizo mientras se preguntaba por qué. Por qué el ejército no hace nada: si tiene tanta información, si tiene ubicados a los narcos. Por qué.

Habían tenido un operativo anterior: impecable. Atoraron a uno de los jefes en la carretera. Iban en convoy. No pudo ver nada, fue una sorpresa. De repente, sin darse cuenta, ya tenía a los militares rodeándolo.

Lo encapucharon y se lo llevaron. Limpio. Un detenido, cero bajas, cero disparos. Y otra vez esas dosis descomunales, inundantes, de adrenalina.

 

“Él, cómo extrañaba eso”, comentó uno de sus allegados. “Sentir el acero del fusil en los dedos. Sentir el silencio, el momento, la orden. No por nada era de los mejores francotiradores.”

Las fornituras, las condecoraciones ensartadas en ese uniforme de gala. La escuadra colgando, la cara rayada, camuflaje, los pasos hirviendo, corriendo, persiguiendo, tumbando monte en cada pisada.

Pura nostalgia. La vida de casado lo estaba aburriendo. Casado y fuera del ejército. Ahora era un oficial de la policía especializada, tenía una mujer adorable que, metida en la cocina y ocupada con los niños, lo esperaba. Ella era cabrona. Y así le hablaba él: “Oye, cabrona.” Y le quería ordenar. Pero ella era insumisa y contestona. “‘Por qué’, ‘Por qué debo hacerlo, por qué tengo que hacerte caso’, le preguntaba Claudia, y pues él titubeaba, ya no sabía qué contestarle”, comenta sonriente su amigo, el periodista.

Felipe había dejado de abrazar el acero frío del fusil para abrazar a sus dos hijos pequeños. Fuera de la milicia, de las armas, no era él. Otro, animal y monstruo lo habitaba. Ese otro le reclamaba qué hacía ahí, que se moviera, que se arriesgara.

Otra mujer se le atravesó. Mujer de alas. Mujer y alacrán. Ajena, prohibida. Era de armas tomar, estaba acostumbrada a mandar, a estirar la mano y pedir. Su padre, el jefe aquel, un capo de mediano nivel, le cumplía todo: el más mínimo detalle tenía que ser satisfecho. Los caprichos eran como su respirar, consentirla era darle felicidad a su reina, su diosa, su princesa, su chiquita, su amorcito, la dueña de su vida, la que lo tenía entero, vivo, contento.

Cumpliendo sus peticiones, aún las más caprichosas, la joven acumulaba en su trayectoria un vehículo del año, lujoso y deportivo, varios viajes al extranjero, incluído París y Las Vegas, y una Hummer que la esperaba en la cochera de su casa, para cuando se enfadara del automóvil nuevo, y un clóset lleno de ropa sin estrenar.
Conseguía todo lo que quería. Cuando prefirió andar con un hombre casado y su padre se enteró no le dio la contra. Estaba enamorada, a pesar de que se trataba de un ex militar, un ex agente de la policía local, con familia e hijos. Lo hizo su amante. De su propiedad.

Felipe, embrujado. Acelerado, sintió abrazar de nuevo el fusil, miró la mirilla. Otra vez la emoción. Entablaron una relación tormentosa donde el principal elemento eran los celos. En un arranque ella sacó un cuchillo y se lo ensartó una, dos veces, por la espalda. A pocos centímetros del pulmón. “Cerca, cerquita”, le dijo el médico. “Te salvaste.”

Felipe sintió que se salvaba, pero de la rutina. De nuevo sentía la adrenalina.

 

Según las investigaciones y las versiones de personas cercanas al caso, Claudia supo de ese incidente pero no por él. Le llegó la versión vía auricular: ella misma, la mujer alacrán, se lo contó. Le dijo que había sido ella quien le había ensartado el cuchillo a Felipe y que si no lo dejaba iba a matarla, con sus hijos. Como hija de un narco, la caprichosa, creía que se merecía y debía tener todo, incluso Felipe era de su propiedad, y no estaba dispuesta a compartirlo.

Al parecer, Claudia procedió con calma, pero las amenazas continuaron, primero en ese tono, y luego subieron de volumen. La identidad de esa persona se mantiene en reserva porque forma parte del expediente en manos del Ministerio Público, aunque sigue en los estantes empolvados e impunes.

El siguiente paso que dio la hija del narco fue destrozar la cochera de la vivienda de Claudia y Felipe: una madrugada, la mujer estrelló su camioneta en contra del portón de la fachada, dañándola totalmente, y alcanzando jardín y barandales.

Claudia interpuso una denuncia por daños en propiedad ajena ante el Ministerio Público, cuyo personal le advirtió que había muchos casos parecidos en la ciudad. “El agente le dijo: ‘Vamos a ver, vamos a investigar, usted no se preocupe’”, recordó un familiar de Claudia, quien describió al funcionario desganado y con poco interés en el asunto. El funcionario quedó perfectamente acomodado en el sillón, del otro lado del escritorio. Con una sonrisa cínica y una expresión macabra: “Hay muchos casos de estos, usted sabe, es Culiacán, mucha gente pesada, pero vamos a investigar.”

Y nada pasó.

 

Claudia siguió en lo suyo: su casa lujosa, en lo alto de la ciudad, sus libros, los niños, la comida, la escuela.

Quiso trabajar. Empezó comprando joyas y relojes para vender. Le vendió a las ricas de alcurnia de la ciudad. Sus ventas alcanzaron a una que otra narca. Y siguió repartiendo el dinero entre sus padres y amigos, los del rancho que vivían necesitados, los conocidos, los jodidos que apreciaba. Y continuó siendo como siempre: nada en ella era frivolidad, todo era corazón, torrentes sanguíneos y pasión. Libros, grandes películas, lecturas, viajes, familia y amistades.

Y Felipe aún tenía su lado oscuro. Seguía teniendo contactos en el ejército, los narcos y la policía. Dejó de formar parte de la Unidad Antisecuestros e ingresó al cuerpo de escoltas del entonces gobernador Juan Millán Lizárraga. En el 2004, debido a una investigación federal en la que apareció su nombre, fue detenido por agentes de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO), de la Procuraduría General de la  República (PGR).

Claudia metió todo en su defensa. Abogados y familiares hicieron mucho por liberarlo. “Es un abuso, una injusticia”, gritaba ella. La investigación por enriquecimiento ilícito fracasó y las autoridades federales lo liberaron dos meses después, luego de haberlo mantenido arraigado en la Ciudad de México. “Sus bienes”, se dijo, “eran producto de una herencia familiar.”

 

La hija del narcotraficante siguió llamando. Claudia ya no quería contestar el teléfono. Sabía que era la misma letanía: las amenazas de muerte en contra de ella y los niños, las advertencias, casi a carcajadas, de que se iba a quedar con Felipe, porque él era suyo y de nadie más.

Felipe estaba entre dos fuegos, dos cuerpos. Claudia no le reclamaba pero sí le dijo, hirviente y segura, que tenía que tomar cartas en el asunto, según contaron algunos familiares. “Ella le exigió a Felipe que la obligara a dejar de molestarlos y que no metiera en el asunto a los niños, que no se metiera con ellos, que hiciera algo.”

La otra era rabiosa y mandona, droga, demencial y cavernaria. Claudia, inteligente, tranquila, a la defensiva, firme, lejos de la guerra selvática que aquélla quería iniciar, pero acorazando su hogar, sus hijos.

 

Claudia y Felipe continuaban con su vida de matrimonio normal. Un día iban por los niños, a casa. Era octubre. Octubre siempre es rojo. Octubre son los atardeceres rojos. La luna inconmensurable, ufana y fascinante, seductora, en lo alto, arriba de edificios y semáforos, más allá de montañas y de antenas y de cables. Y ese atardecer: rojo, amarillo, azul, verde, anaranjado, blanco.

En octubre el firmamento se incendia. Allá, a lo lejos, donde se acaba la tierra y copula la arena con el mar, y las olas van y vienen, allá, en la puesta de sol, adonde nadie llega, algo se incendia. Algo arde. Esto es lo bueno de vivir en Culiacán: octubre, esa luna, los atardeceres.

El amigo de Claudia, el reportero, contó que a principios de octubre, en medio del vendaval cotidiano de la violencia, de los proyectiles y los orificios sangrientos, volvió a decirle que se cuidara, que se fijara en lo que publicaba. Y le repitió: “Si me entero de algo, si sé que te quieren matar, te voy a avisar, para que te vayas en ese momento… lejos, lejos de la ciudad, a otra ciudad, otro país.”

 

Claudia y Felipe iban juntos en la Pilot blanca. Esa que ella se quería comprar, pero con su dinero, no con el de él. Era el día 16. Un vehículo comenzó a seguirlos. Era otra camioneta, negra. Unos testigos afirman que era Cherokee y otros que Trail Blazer. Tres, cuatro sujetos. Se les emparejaban, les hacían señas.

Cuentan que se hablaron, que platicaron o discutieron. Los vecinos dijeron a los agentes de la Policía Ministerial que les pareció escuchar gritos. Felipe ya estaba fuera del gobierno, sin radios ni armas. Ella le dijo algo, le gritó, masculló: “Nos van a matar.”

Los perseguidores sacaron pistolas por las ventanillas. 20 disparos, quizá más. Los agentes encontraron casquillos calibre .38 y .9 milímetros. La mayoría de los impactos fueron en la espalda, cabeza y tórax.

Los cuerpos quedaron ahí, en la cabina de la camioneta. Recostados, inertes. Fríos.

El 5 de diciembre de ese año, el padre del ex militar, un hermano y su madrastra fueron ultimados a balazos en el interior de una casa, a pocos metros del lugar donde fue ejecutada la pareja.

En las indagatorias de la Coordinación de Homicidios Dolosos y el Ministerio Público especializada en este tipo de casos, en Sinaloa, se incluyeron varias líneas de investigación. Sobresale una de ellas: las amenazas de muerte recibidas por la hoy occisa.

 

Y varios días después de que le dieron la noticia a la joven hija del narco, se fue. Su padre la mandó a donde ella quiso, le puso casa, le dio dinero. Versiones extraoficiales señalan que vive en otra ciudad, pero dentro del país, aunque otras fuentes aseguran que emigró al extranjero.

 

El amigo de Claudia, el reportero, escribe para sí, no para publicar: “Dijiste que me ibas a avisar y siempre pensé que tú irías a mis exequias, pero ahora que estás muerta, no te puedo enterrar. Soy un zombi: no hay salvación. Somos como premuertos, como precadáveres. Y ya todos estamos casi muertos.”

Del libro Miss Narco

 

Javier Valdez Cárdenas


Cabe en este espacio repetir la anécdota siniestra del atentado: mientras cerrábamos la edición del libro, Javier Valdez Cárdenas nos informó que por aquellos días de septiembre de 2009, la madrugada de un lunes habían arrojado a las instalaciones del semanario Ríodoce una granada de fragmentación que ocasionó sólo daños materiales; un aviso, un mensaje macabro de delincuencia.

Movilidad en el Estado de México, un círculo vicioso

La funesta política pública en los municipios del Estado de México, pertenecientes a la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), es en gran parte responsable del creciente problema de movilidad en toda la metrópoli, incluyendo la Ciudad de México (DF). Esta gran urbanización en la que habitan 20.8 millones de habitantes, que debido a sus congestionamientos infernales se considera la de peor tráfico del mundo.

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Ilustración: Víctor Solís

Este dantesco escenario se origina en el crecimiento de la metrópoli. El 97% del aumento poblacional de la ZMVM desde 1980 a 2015 ha sucedido en los municipios conurbados del Estado de México.1 Un crecimiento disperso y desordenado que se ha traducido en que la ZMVM se expandiera 3.57 veces entre 1980 y 2010 (Sedesol, 2010); sin acompañarse de la provisión de diversos servicios homogéneamente como una sola urbe, entre ellos un transporte público estructurado (ver cuadro 1).

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De los kilómetros existentes del metro, tren suburbano, tren ligero, mexicable y de los autobuses de tránsito rápido (metrobús y mexibús), 83% se encuentran en la Ciudad de México y sólo 17% en el Estado de México; donde vive 56% de la población de la ZMVM2 en un territorio cuatro veces mayor que el de la Ciudad de México. Esta desigual provisión es aún más notoria en la cobertura que otorga a la población. Si en la Ciudad de México a un kilómetro alrededor de una estación de transporte masivo se localiza el 50% de la población, en los municipios del Estado de México se reduce al 12%. Si se considera la zona metropolitana, esta cobertura del servicio es de sólo 29%;3 muy por debajo de metrópolis como Nueva York con 48%, Londres con 53% o Hong Kong con 75% (LSE Cities, 2012 e ITDP, 2014).

Tan baja oferta obliga a que la mayor parte de la población utilice el transporte público concesionado —peseros, combis, vans, etcétera— (46% de los viajes al trabajo4) que es caro, de mala calidad y hasta peligroso. Las cifras son elocuentes por sí mismas: sus tarifas son mayores que las de la Ciudad de México (ocho pesos vs. cinco pesos la mínima); 91.2% de los mexiquenses lo considera inseguro (en 2016); 31% de los que sufrieron algún delito (como asaltos o violencia sexual) lo han dejado de utilizar,5 y 15% de sus usuarios realizan viajes de entre una y dos horas en un solo trayecto, es decir, alcanzando hasta cuatro horas en viajes al día.6 Todo un purgatorio.

El modelo que se utiliza para la prestación de servicios es culpable de este círculo infernal. En corto, en el Estado de México se ha optado por un modelo privatizado con escasa o nula supervisión del servicio, en el que se “espera” que con sólo los ingresos obtenidos por el pasaje exista un servicio de calidad y se obtenga una ganancia razonable. Esto sin tomar en cuenta el contexto social de la población a quien le dan el servicio. Aquí vemos cómo la mano invisible del mercado no está resolviendo el problema… y ni lo hará (ver cuadro 2).

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Para que el transporte pudiera otorgar buen servicio y ser negocio, el pasaje tendría que ser alto. Algo impensable en el contexto de los municipios del Estado de México donde 50% de la población se encuentra en situación de pobreza.7 Dicho modelo de concesión es tan problemático que ha llevado a reducir el mantenimiento de los vehículos, a la quiebra de empresas (como el abandono del operador de la línea 3 del mexibús en junio de 2016 y rescate por parte del gobierno estatal) o al incremento arbitrario de las tarifas para poder mantener el negocio (como sucedió después de incremento del precio de la gasolina a principios de año). No sólo es perverso para el usuario este modelo, también para sus trabajadores, pues carecen la mayor parte del tiempo de contratos laborales, de prestaciones sociales y/o condiciones dignas de trabajo.

A sabiendas de estos problemas, es común que los grandes sistemas de transporte público sean gubernamentales y subsidiados (hasta en más del 50%),8 además de que cuentan con diversas fuentes de ingreso: publicidad, desarrollo inmobiliario, renta de infraestructura, entre otras. Algo que claramente no ha contemplado el Estado de México (y sólo parcialmente la Ciudad de México).

Dos de los resultados que ilustran esta grotesca privatización extrema es que para el uso de las diferentes líneas de mexibús se requiere utilizar tarjetas diferentes de prepago y sin que se pueda transbordar entre ellas, a diferencia del metrobús en la Ciudad de México. O la construcción del mexicable, que no forma parte de ningún sistema de transporte ni conecta con alguno, a diferencia del teleférico de Medellín que es una línea extra del metro de la ciudad colombiana.

La elusión de responsabilidades gubernamentales es tan grande que ha llevado a la privatización total de diversos paraderos (ej. Ciudad Azteca y Cuatro Caminos) en donde los concesionarios tienen que pagar una cuota a un privado para poder dejar o recoger pasaje. Además, los usuarios tienen que realizar recorridos forzosos y extenuantes a través de centros comerciales construidos sobre los paraderos, para poder transbordar (Medina, 2013).

De esta forma, el Estado de México evade su responsabilidad por partida triple. Evita utilizar cualquier recurso público para otorgar subsidios que permitan elevar la calidad del servicio; evade la regulación del servicio, y transfiere parte de los costos políticos a la Ciudad de México, como en el caso del congestionamiento vehicular o las regulaciones ambientales como el Hoy No Circula.

El caso del metro es emblemático de lo anterior. De acuerdo a declaraciones recientes de su director, el metro subsidia con 14 millones de pesos diarios a pasajeros provenientes del Estado de México.9 La responsabilidad de dicho subsidio se transfiere al gobierno federal y a la Ciudad de México; y este último absorbe los costos políticos de la falta de mantenimiento y de su hacinamiento. Algo similar sucede con los paraderos metropolitanos, como Indios Verdes, El Rosario, Pantitlán, etcétera, donde los concesionarios del Estado de México, los principales usuarios, aunque el responsable de la gestión es la Ciudad de México.

Los taxis son otro gran problema ligado al transporte público. Los formales tienen que competir con al menos cinco mil irregulares10 y con los servicios de Uber (que ahora puede cobrar en efectivo), lo que genera dos tipos de servicio, uno con calidad y otro expone al usuario a la fortuna de no sufrir abusos en el cobro o ser víctimas de un accidente, asalto o violencia sexual. Esta tolerancia a servicios de baja calidad e informales ha empeorado con la proliferación de mototaxis, en diversos municipios, un medio de transporte en el que se pueden sufrir accidentes fácilmente. Así, sólo quienes tengan recursos, cual si se tratara de pagar a Caronte para cruzar los ríos del inframundo, podrán llegar a salvo a su destino.

Sería inocente pensar que esta política tiene sólo que ver con la privatización, también puede tener fuertes motivaciones políticas, como crear clientelas electorales de los concesionarios de transporte. Sus condiciones legales y laborales pueden ser muy precarias, haciéndolos sujetos fáciles de extorsión, a la vez que son tantos que representan una fuerza política en sí misma con la cual se negocian apoyos políticos.

Dada “la vejación que presupone viajar en la colectividad”11 no resulta nada sorprendente que los mexiquenses, en cuanto pueden, recurren a la compra de un automóvil o una motocicleta. Del parque vehicular de la ZMVM éstos ya representan más del 40% y el 50%, respectivamente. Su tasa de crecimiento en los últimos tres lustros es incluso más grande que en la Ciudad de México (5% anual vs. 12% en autos y en motocicletas 10% vs. 31%).12 Uno de los grandes motivos que la ZMVM sea la urbe con peor tráfico del mundo y cuyo uso desmedido del auto le cuesta a la metrópoli 4.6% de su PIB anualmente (Medina, 2012).

Como una falsa solución a los problemas del transporte público, los sucesivos gobiernos del Estado de México han impulsado la inversión pública y privada en obras viales (a veces plagados de escándalos de corrupción) sobre el transporte público. Ahí las muestras de circuito exterior mexiquense y el segundo piso de periférico, que no han cambiado en nada el empeoramiento de los tiempos de traslado en la metrópoli debido al fenómeno del tráfico inducido, es decir, a más vialidades, más tráfico. Incluso esta infraestructura se justificó bajo la promesa de la construcción de una línea de mexibús que correría debajo del mismo segundo piso, requisito para la concesión que se dio a OHL en el periodo de Peña Nieto como gobernador.13 Promesas que se las ha llevado el viento (y los recortes presupuestales) como la línea 3 de mexibús y las extensiones de las líneas 4 y A del metro al Estado de México en el presente periodo de Eruviel Ávila y de Peña Nieto en la presidencia.

Por si fuera poco, existe regulación tolerante del uso del automóvil generando un círculo vicioso. La falta de homologación de las normas de tránsito a nivel metropolitano hace que los límites de velocidad no sean iguales y los castigos tampoco: si un auto con placas del Estado recibe una fotomulta en la Ciudad de México, no está obligado a pagar, pues no hay manera de cobrarla. Ni hablar de la verificación vehicular, que a pesar de los cambios recientes la corrupción continúa para evitar cumplir con las normas ambientales.14 Además, la tenencia sólo se cobra a vehículos mayores a 350 mil pesos, a diferencia de la Ciudad de México que es de 250 mil pesos, una manera de incentivar que los automóviles se registren en el Estado de México, para evadir las regulaciones más estrictas y recaudar recursos para sí mismos por medio del refrendo vehicular (y la verificación).

En cuanto a la política de movilidad activa, es decir, peatonal y ciclista, han sido tan escasas que las colocan en el inframundo. Si bien se han construido ciclovías en los municipios de Ecatepec, Cuautitlán Izcalli, Naucalpan, Nezahualcóyotl y San Juan Teotihuacán, algunas amenazan con ser retiradas (Cuautitlán Izcalli) o fueron construidas en un lugar no recomendable y con bajo mantenimiento, como sucede en la ciclovía de Avenida Central en Ecatepec.15 Hay que añadir que no hay políticas mínimas a favor del peatón, como lo demuestra la falta de una homologación de las velocidades máximas en el reglamento de tránsito con el de la Ciudad de México, para evitar el fallecimiento de peatones (y ciclistas) a causa de incidentes viales.

Todos estos problemas redundan en una movilidad insustentable en la ZMVM, de la cual el Estado de México es responsable de la mayor cantidad de las emisiones de contaminantes y de gases de efecto invernadero, causantes de la mala calidad del aire y del calentamiento global.16

Salir de estos círculos infernales que aquejan a los municipios del Estado de México es posible, pero requiere un cambio radical de la política pública. Es claro que se tiene que abandonar el obsoleto modelo laissez faire del transporte público y de la infraestructura pro automóvil, carente de una visión metropolitana y enfocarse en la movilidad sustentable comenzar por el transporte público. Para ello en inicio se requieren varias medidas: homologar la regulación, la creación de un órgano operador de todos los sistemas de transporte público, la integración de medios de pago, subsidio y financiamiento público, entre otros. Esto puede ser en un primer momento de carácter estatal, la necesidad demanda que sea metropolitano su alcance. En paralelo, se debe avanzar en una política de regulación homogénea de los automóviles, las motocicletas, taxis y en los estándares de infraestructura de movilidad activa.

Esto sin “olvidar diversificar la localización y mejorar las ofertas laborales y educativas de los municipios metropolitanos, [que] debe ser un objetivo indisociable de la planificación urbana y las mejoras en el transporte público. Abordar uno sin el otro, conllevará a mejoras parciales, que serán rápidamente rebasadas por otros problemas”.17

Una ciudad de 20 millones de habitantes no se puede dar el lujo de contar con dos políticas de movilidad distintas, que llevan a una ciudad divida, a un infierno en los traslados diarios. El electo gobernador tendrá que asumir las responsabilidades que le tocan dentro de la ZMVM. Un verdadero estadista no dudará en implementar una visión de movilidad metropolitana (y desarrollo metropolitano) en conjunto con la Ciudad de México, Hidalgo y el gobierno federal para transformar la situación actual. No hacerlo es condenar indefinidamente a millones a transitar estas calles al infierno.

 

Referencias

Hickey, Robert, Sturtevant, Lisa y Thaden, Emily (2014), Achieving Lasting Affordability through Inclusionary Housing, Cambridge, Lincoln Institute of Land Policy.

ITDP (2014), Hacia una estrategia de desarrollo orientado para el Distrito Federal, México.

ITDP (2017), Movilidad inteligente para la Ciudad de México, México.

LSE Cities (2012), Going Green. How cities are leading the next economy, Londres, London School of Economics and Political Science.

Medina, Salvador (2012), La importancia de la reducción del uso del automóvil en México. Tendencias de motorización, del uso del automóvil y de sus impactos, México, ITDP.

Medina, Salvador (2013), Reciclaje y reaprovechamiento de nodos de transporte. Tesis para obtener el grado de maestría en urbanismo en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Sedesol (2012), La expansión de las ciudades 1980-2010, México.

Se agradecen los comentarios de Dulce Colín.

 

Salvador Medina Ramírez
Economista y urbanista. Actualmente labora en el Instituto de Políticas para el Transporte y Desarrollo.


1 Datos elaborados con información de INEGI.

2 Ídem.

3 Esta cifra excluye mexicable y utiliza la población de 2010.

4 Encuesta Intercensal 2015, INEGI.

5 ENVIPE 2016, INEGI.

6 Encuesta Intercensal 2015, INEGI.

7 Datos de Coneval para 2014.

8 EMTA. Comparative study of the public transport financing and of the fare policy in different metropolitan areas of Europe. Consultado el 10 de mayo de 2017. Disponible en: http://bit.ly/2uEtRS8 Public Policy.ie. Dublin Bus: Funding and Financial Performance. Consultado el 10 de mayo de 2017. Disponible en: http://bit.ly/2uECyf5

9 El Financiero (9/2/2017), “Metro subsidia con 14 mdp a mexiquenses que lo utilizan al día: Gaviño”. Disponible en: http://bit.ly/2wFXEef

10 Reforma (16/4/2017), “Operan en Edomex 5 mil taxis irregulares en el Edomex”. Disponible en: http://bit.ly/2frqZpO

11 Lilián López Cambero (11/4/2017), “Encoger el cuerpo en la Ciudad de México”, La Brújula, nexos. Disponible en: http://labrujula.nexos.com.mx/?p=1234

12 Elaborado con datos de 2000 a 2014 de INEGI, Vehículos de motor registrados en circulación.

13 Informador (30/6/2015), “Empresa OHL incumple construcción de ruta de Mexibús en Edomex”. Disponible en: http://bit.ly/2vL80we

14 Animal Político (17/05/2017), “Nuevas normas y la misma corrupción: con 200 pesos te aseguran pasar la verificación en Edomex”. Disponible en: http://bit.ly/2vhz3yQ

15 https://www.youtube.com/watch?v=7hzV5mJz16U

16 El Estado de México es responsable de 67% de PM10, 50% de PM2.5, 22% de SO2, 59% de CO, 49% de NOx, 60 de COT, 50% de COV, 63% de NH3, 50% de tóxicos, 28% de CN y 50% de CO2eq. Fuente: Inventario de emisiones contaminantes y de efecto invernadero ZMVM, 2012.

17 Paulina López Gutiérrez (18/4/2017), “Elecciones en el Estado de México: la joya metropolitana presidencial”, La Brújula, nexos. Disponible en: http://labrujula.nexos.com.mx/?p=1239

Abecedario de Eduardo del Río, Rius

05-quince

Abel Quezada. Fue uno de mis maestros. Él empezó a hacer caricaturas cinco años antes que yo y, en cierta forma, con su manera de ser rompió con lo anterior. El Chango Cabral, Feyre y Díaz Bernal se basaban en un dibujo muy elaborado, con humor, pero no con el desenfado ni el pitorreo que Quezada empezó a tirarles a los políticos, a la gente de la iglesia, a los poderosos. Cuando comencé a dibujar cartones en el periódico Ovaciones, pedían que mi trabajo se pareciera al de Quezada, dado que yo lo había reemplazado; sin embargo, poco a poco me fui liberando de esa influencia, no porque la considerara mala sino porque necesitaba tener un estilo propio.

Burocratizar. Confieso que al estar retirado del diarismo, me han dado ganas de volver, pero me aguanto. La caricatura política es divertida y, a la vez, limitada, su vida es corta: es flor de un día. La vida de un cartonista político debería reducirse a siete años, porque después uno repite fórmulas y se corre el riesgo de burocratizar a la caricatura.

Caricaturista. El caricaturista plantea los problemas desde otra óptica, con sentido del humor. Y el humor es algo que a los políticos no les gusta porque ellos son las víctimas. Siempre el director del periódico ve al caricaturista como si fuera un espía, un enemigo de sus intereses. Nosotros no podemos darnos el lujo de disfrazar las mentadas como lo hacen los editorialistas; el mensaje de la caricatura va más directo, por eso es tan temido: al cartonista tienen que andarle echando la bendición para que no haga de las suyas.

Díaz Ordaz.  Nunca he tratado de acercarme al poder; sin embargo, cuando se han visto afectadas las figuras presidenciales por mi trabajo, han reaccionado de forma violenta como cuando ocurrió con Díaz Ordaz.  Esto sucedió en el tiempo que hacíamos Helio Flores, Naranjo y yo la revista La garrapata; ahí criticábamos al Ejército, al Presidente, y entonces se fueron contra mí, me secuestraron y fui sometido a un intento de fusilamiento. Los gobiernos priístas que siguieron fueron un poco más inteligentes o más cínicos, por lo menos ya no tuve problemas con ellos.

El Chamuco. Cuando colaboraba en El Chamuco nos metíamos con Salinas de Gortari, con Zedillo, y lo hacíamos de manera feroz. Yo esperaba una respuesta fuerte del gobierno, pero por suerte no pasó nada.

Francotirador.  Después del 68 comprendí que soy apartidista, desde mi trinchera apoyo únicamente a las causas que considero positivas: soy francotirador.

Gobernantes. Los gobernantes se han reído tanto de nosotros que ahora nos toca reírnos de ellos, ahí radica nuestra única posibilidad de venganza.

Heberto Castillo. El caricaturista, en general el periodista crítico, no debe pertenecer a ningún partido político porque eso lo ataría en el momento de ejercer la crítica. Confieso que hubo un tiempo en que pertenecí al Partido Comunista, pero con la infortunada invasión a Checoslovaquia me alejé del socialismo. Después ya no he militado en ninguna otra organización política; cuando Heberto Castillo hizo el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) le ayudé mucho, también estuve haciéndoles trabajos al PRD, pero sin formar parte de sus filas.

Ironía. Mi consigna ha sido ver la vida con ironía, la risa ha sido mi amiga siempre.

Jaja. De niño me dedicaba a copiar historietas de futbol. Luego en el seminario hacía dibujos para el periódico mural; en fin, dibujaba babosadas. Después de que salí del seminario, entré a trabajar a una funeraria, era el encargado de los teléfonos y las ambulancias y literalmente tenía muchos tiempos muertos. Un día estaba dibujando junto al teléfono y me vio el director de la revista Jaja que se publicaba en Excélsior; el señor me dio su tarjeta y me dijo que cuando se me ocurrieran chistes se los llevara. Una semana después comencé a publicar mis caricaturas.

Kilos. La vida me ha enseñado que no es bueno tener kilos extra, así tendré mejor salud.

Libros. He preferido otros medios para manifestar el humor. A través de los años me encontré con la historieta y así empecé a hacer libros que, si tienen suerte, a veces la gente los lee. Me di cuenta que en los libros podía ampliar más un tema, darle mayor información al lector y, sobre todo, brindarle más posibilidades de reacción de parte suya.

Madre. A los políticos, en medio del cinismo, ya no les importa que uno les miente la madre.

Naturismo. Uno de los libros que más satisfacciones me ha dado es La panza es primero. Cuando se publicó sólo había un restaurante vegetariano en México, estaba en la calle de Madero, lo visitaban priístas de la vieja guardia. A raíz de ese libro y de otros más, se creó casi una industria del naturismo. Hoy en muchas de las estaciones del metro hay una tienda naturista, actualmente por todo el país existen restaurantes vegetarianos y hubo gente que cambió de hábitos alimenticios por culpa mía.

Orgullo. Mi orgullo es haber maleducado a varias generaciones de mexicanos en diversas materias. Soy maestro sin aula, especialista en los albures. Mis primeros dibujos los hice en las sábanas, se me salía la pipí y parece que me quedaban bonitos esos trazos.

Políticos. Son cínicos. Pienso, por ejemplo, en Fidel Velázquez (presumía y coleccionaba las caricaturas que le hacía); no es que tuviera humor sino que era cínico. Eso ha pasado con los políticos, aceptan las críticas, pero no las toman en cuenta. Hay un alto grado de cinismo en la clase política.

Revolución cubana. Yo publiqué Cuba para principiantes y años después Lástima de Cuba. Lo que pasó fue que la Revolución cubana se vino abajo muy pronto. En Cuba ha pesado mucho la falta de libertades. Llegó un momento en que me sentí cómplice de las barbaridades que se estaban cometiendo en Cuba, por eso dije: Yo aquí pinto mi raya. El peor bloqueo lo ha impuesto el propio gobierno que no les permite tener acceso a otra prensa que no sea la pagada por ellos mismos.

Socialismo. Creo que mi desencanto del socialismo y mis cambios de hábitos alimenticios se dieron de forma paralela. Ambos fueron en favor de la salud, por supuesto.

Temas. Creo que mis otros compañeros caricaturistas y yo hemos hecho una crítica a muchos personajes de la vida política de nuestro país, pero hay un tema que no se ha abordado con humor: el Ejército. Considero que sigue siendo un tema tabú, se deberían de lanzar críticas abiertamente a los crímenes y represiones que han llevado a cabo, sobre todo, con los indígenas.

Vicente Fox.  Los gobiernos panistas se parecen mucho a los priístas, están más alineados con la religión y a la derecha, pero en realidad son lo mismo, no hay gran cambio. Lo que sí es cierto es que Fox daba siempre mucho tema para ironizar, bueno también Peña Nieto. Fox y su gente dieron mucho tema de qué hablar en la prensa y eso me servía de inspiración. Resulta increíble ver la cantidad de pendejadas que cometía y comete el gobierno. Hay un montón de cosas qué comentar, creo que los que están sufriendo más son los editorialistas.

Y no dejo de asombrarme que soy un milagro con patas porque siendo comunista, ateo, vegetariano, filatelista y un poco misógino, aún sigo vivo.

Zaz. Una vez Carlos Monsiváis dijo que había tres secretarías de educación: la SEP, Televisa y Rius. ¡Zaz! Creo que Monsiváis abusó un poco de la descripción. Lo que sí es cierto es que con mi trabajo promuevo otro tipo de educación. Y debo reconocer que siempre he estado en contra de la información oficial, he aportado otro punto de vista. Mi propósito fue crear un poco de conciencia entre la gente, en algunos aspectos he pretendido cambiar su manera de actuar, de comer y de pensar.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz 
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.

*Las respuestas son tomadas de entrevistas que fueron realizadas por nuestra colaboradora.

Marcelino Perelló: contener multitudes

Me enteré de su muerte y sí lo podía creer. Sabía de su(s) padecimiento(s) y su estado de ánimo. Apenas el pasado mes de junio estaría en Culiacán impartiendo una charla en la facultad de Historia, invitado por su amigo Jean Turpy. Aquejado ya por un mal físico agravado por una terrible depresión, no pudo estar con nosotros. Y me duelo y conduelo con tantas y tantos amigos a los que sacudió con su heterodoxia flagrante, su carisma avasallador y sus ademanes tan apropiadamente descarados.

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Fotografía cortesía Milenio.

Conocí a Marcelino Perelló en 1984, en Culiacán, durante aquellas jornadas del Movimiento Rosalino que abanderó la candidatura de Liberato Terán Olguín para la rectoría de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Él era el responsable de La hoja rosalina, el órgano de difusión del movimiento. Y quizá haya sido también, con el propio Liberato, uno de los responsables de nuestra estrepitosa derrota: ninguno de los dos quiso siquiera escuchar de negociación alguna en aquel momento. De ahí nuestras diferencias que culminaron, como suele ocurrir con la(s) izquierda(s), en el colapso prematuro de aquel ensayo con ribetes libertarios. Marcelino perteneció a esa estirpe de individuos a los que el poder les vale absolutamente madre. No era un anarquista sin más, era un ácrata. De ahí su condición de salmón y de libertario acérrimo.

Recordaré siempre las largas charlas, literalmente de la noche a la mañana, en las que aquel grupo de jóvenes activistas de veintitantos años escuchábamos, perplejos, a la figura sesentaiochera, al personaje más heterodoxo que habríamos de conocer jamás.

A propósito de la nada warholiana fama (la fama en Warhol es inapelable, otorga poder y prestigio: a Marcelino le llegó la fama con el linchamiento y el desprestigio más atroz) que ganó hace unos meses, diré que me apena mucho que ese haya sido el telón público de fondo de sus últimos días en este mundo. Ni siquiera es un tema que, por lo pronto, pueda yo abordar (supongo que el orgasmo, si obtenido a voluntad, mejor, y con esa suposición me quedo). Entiendo, en todo caso, que Marcelino no estaba justificando, en particular, ningún hecho en sus comentarios de aquella desdichada emisión de su programa de radio Sentido contrario del 28 de marzo. Como ha dicho Joel Ortega, el linchamiento de que fue objeto contribuyó, con toda seguridad, al agravamiento de sus males. Una tristeza que una inteligencia tan destellante como la suya se haya extinguido de esa manera. El periodista Carlos Marín, sesentaiochero también, lo escribió este lunes en “El asalto a la razón”: “La trascendencia del movimiento del 68 no se explicaría sin el papel que jugó un puñado de muchachos que se cuentan con los dedos, uno de ellos tan brillante como casi nadie (autor intelectual de la estrujante y memorable marcha del silencio): Marcelino Perelló” (Diario Milenio, 7 de agosto de 2017).

Marcelino fue un polemista provocador, por lo tanto excesivo. Un polemista que pocas veces encontró interlocutores. En ese mismo programa dijo mil cosas en contra de la democracia, en contra de los Estados (su relación con las naciones, buen hijo de un catalán independentista, era distinta), del progreso, de la izquierda partidista, de la opresión de las palabras y del cuerpo. No recuerdo una sola ocasión en que su irreverencia e incorreción política hubiera tenido alguna resonancia significativa. Está claro, desde luego, que se refirió a un asunto espinoso, delicado, y que sus comentarios fueron hechos en un contexto muy desafortunado, pero nada de eso me conduce a pensar que Marcelino Perelló fuera un fósil sesentaiochero, “un hombre autoritario, acostumbrado a aplastar las réplicas sin más argumento que ‘lo digo yo (y tú te callas)’”, como escribió entonces Adriana González Mateos (“un fósil llamado Marcelino Perelló”, edición digital de la revista nexos, 8 de mayo de 2017).

Si ese fuera el caso, Marcelino hubiera sido un “fósil” desde hace un buen rato. Este extrañísimo tipo era otra cosa, en efecto, un salmón que nadaba, casi por instinto, contra la corriente. Hace 21 años, por ejemplo, siendo él mismo un cuasi paralítico, apuntaba: “Debería ser innecesario decirlo, pero nunca sabe uno: todo el respeto del mundo, y aún más, a aquel que sufrió la desgracia de perder algún miembro o alguna facultad. Todos los derechos, todas las consideraciones. Y dos reticencias: por un lado es definitivamente ridículo que se tenga que ir con pies de plomo y guantes de seda para no herir la susceptibilidad del afectado, al llamarle pan al pan y paralítico al paralítico. Ahora tenemos que irnos por las ramas del frondoso bosque de la hipocresía, saltando de eufemismo en eufemismo: ‘discapacitado’, ‘minúsvalido’. Es la ‘political correctness’ tan de moda: los de Blancanieves ya no son enanos, sino compañeros deficientes en estatura”. Y luego, ya de plano: “Dejémoslo caer: los ‘paralímpicos’ son un espectáculo morboso. Se inscriben en el ramo de las perversiones, sector sado-masoquismo. No es admisible aquí la mínima indulgencia: presenciar cómo ruedan sillas de ruedas por la pista o cómo se arrastran por el suelo voleibolistas sin piernas es una experiencia perversa y el placer que provoca es sádico”.

Tampoco estoy de acuerdo con todos esos comentarios que recientemente se hicieron en las redes sociales. A Marcelino no le pasaron de noche los cambios —en la sociología, en la literatura, en la política, en la ley— en la visión de la mujer ni estuvo incapacitado para entender, por tanto, los temas de las nuevas masculinidades. Creo, más bien, que Marcelino Perelló fue un radical en el estricto sentido etimológico de la expresión: alguien convencido de que para asumir y enfrentar las broncas, hay que ir a la raíz. Y la raíz, como escribió en la última entrega de su columna “¿Qué me pongo?” en Excélsior, está acaso, por ejemplo, en nuestro “canibalismo feraz”. De ahí que, justo en esa colaboración, en uno de los pocos arrebatos propositivos que se permitió, planteara, al modo de George Steiner, que más nos vale asumirnos como huéspedes del planeta, del mundo y de los otros seres humanos: “La conclusión, pues, se impone sola. Dicha conclusión es la de que aprendemos a vivir con los otros, de los otros, humanos o no, pero no contra los otros. De lo contrario, nos lleva a todos la chingada” (Excélsior, 1 de agosto de 2017).

Algo influyó en su pensamiento, sin duda, su condición extraterritorial, el no reconocimiento de fronteras y la asunción de la contradictoria condición humana en México, Rumania o Cataluña. Él mismo era contradictorio: siendo un ácrata, era partidario del autonomismo nacionalista catalán que pugna por instaurar… un Estado, es decir, un poder. Como en el whitmaniano poema, era también hoja de hierba:

¿Que yo me contradigo?
Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué?
(Yo soy inmenso, contengo multitudes)

Desoladora también la muerte de Marcelino, porque perdimos su encantadora prosa, porque apenas fallecieron Luis González de Alba y Carlos Monsiváis. Porque el campo de la heterodoxia se ha ido desolando. No veo, por cierto, a ningún Marcelino autoritario, “acostumbrado a aplastar las réplicas sin más argumento que ‘lo digo yo (y tú te callas’)” en aquel profanador intercambio epistolar sobre el 68, del 31 de julio al 19 de agosto de 2003, con Luis González de Alba: “Entre todas las versiones, todos los puntos de vista, del movimiento del 68, destaca la que tú llamas lánguida y que yo, esdrújula por esdrújula, prefiero llamar tétrica. Versión que pone el acento en la represión y olvida, omite, oculta, a los reprimidos. Lo reprimido. Que esteriliza al movimiento y lo convierte en nota roja. Si le preguntas a un joven de hoy en qué consistió el 68, nueve sobre diez te dirán que fue una masacre. Muy pocos te podrán decir qué decíamos y cómo lo decíamos. Como si nosotros no hubiéramos estado. Pasábamos por ahí”.

Van en su recuerdo algunos pasajes extraídos de una conversación que, con Melchor Inzunza y Joel Ortega, publicamos en La revista (órgano de difusión del sindicato de académicos de la Universidad Autónoma de Sinaloa, número 1, enero-febrero de 1991):

La guerra

A propósito de la primera etapa de la Guerra del Pérsico: “Esta es una ‘guerra-show’. Así se presenta. Ahora, desde la comodidad de tu hogar y gracias a los adelantos técnicos, puedes tomar tu cerveza con botana frente a la tele, mientras te horrorizas viendo el cráter dejado por un cohete Scud. Lo que resulta sospechoso es que algo que decidimos rechazar con tanta vehemencia nos ocupe tanto tiempo, porque normalmente aquello que se rechaza se evita, y este no es evidentemente el caso (…). Sencillamente la guerra nos gusta, aunque sin dejar de horrorizarnos. Es una de esas paradojas de la condición humana. No se trata de morbo, no hay nada enfermo en ello. Lo dice Freud: la contradicción es el estado normal de la mente (…). En el origen de cada país hay una guerra, al igual que en el origen de cada ser humano hay un orgasmo (…). Los cachorros del hombre seguirán jugando a la guerra, a indios y vaqueros o a las tortugas ninja por más que los padres se esfuercen, ingenuos, en no regalarles ‘juguetes bélicos’ o en no dejarlos ver películas violentas; ya mayores le irán apasionadamente a un equipo de futbol para participar, ellos también, de ese conflicto que no es más —¿hace faltas insistir?— que una representación simbólica de la guerra. Todos los juegos y deportes de confrontación lo son”.

The dream is over

“Antes decían que el socialismo real era el bueno, el único, y lo defendían. El socialismo hace muchos años, decenios, que murió; lo que se derrumba ahora no es el socialismo, no es el modelo socialista. Para unos, para nosotros, es el final de un sueño; para otros muchos, ciudadanos de esos países, es el final de una pesadilla (…). La palabra socialismo es una palabra desprestigiada: si en 1848, que es cuando aparece el Manifiesto Comunista (no Socialista, por eso la evitaron Marx y Engels), ya estaba manoseada, imagínate ahorita; es una palabra que ya no sirve. Aquellos que de buena fe piensan en una sociedad donde no existe la opresión capitalista, tienen que buscar una nueva estructura para su pensamiento, y al hacerlo hay que buscar una nueva palabra (…) la palabra a la que quiero llegar: ‘Libertario’, queda la acracia, queda la afirmación de que el hecho de que un señor viva del trabajo de otro es inmoral dentro de la moral que nos define a nosotros, de que no se vale que unos sean dueños de otros”.

Democracia

“Lo contrario a la dictadura no es la democracia, pues la democracia no es más que una forma de dictadura. Y no propongo una alternativa, porque yo tampoco tengo que andar proponiendo, pero sí puedo negarme a aceptar que me tomen el pelo. Con el voto con que eliges tú le estás dando un cheque en blanco a un determinado cabrón para que ejerza la dictadura mediante un tiempo determinado. Te pueden decir: “No, porque existe control”, pero existe control madres. Una vez que votaste, ¿cómo controlas? ¿Por medio de esa entelequia que la ideología gringa llama opinión pública? ¡Madres!, todos nosotros sabemos bien que la opinión pública, es decir, lo que se dice en la televisión, los periódicos, no es una manera del ciudadano de presionar al poder sino que es una manera por la cual los empresarios presionan al poder y el poder condiciona la opinión del ciudadano”.

Progreso

“Tenemos que renunciar, en primer lugar, a la idea de progreso, hoy por hoy otra gran entelequia. Preguntémonos con honestidad: ¿es más feliz el hombre de hoy que el de hace 200 años? ¿Hemos realmente adelantado? ¿Vivimos con más alegría la vida? ¿Somos más felices porque el término medio de vida sea de 70 años en lugar de 40 o porque podemos ir de México a Culiacán en dos horas en lugar de durar dos días? ¿Somos más felices por eso? En absoluto, yo renuncio a todo eso y a los DC 9 de Aeroméxico con placer a cambio de la verdadera libertad que, desde luego, no consiste en eso”.

Requiescat in pace, querido Marcelino Perelló. Descanse en paz tu espíritu crítico, cabrón.

 

Ronaldo González Valdés

Literal

Cowboy

mas-de-lo-que-te-imaginas

En Más de lo que te imaginas. Cuentos perversos (Cal y arena), libro compilado por Paola Tinoco, las costumbres se corrompen y el orden habitual de las cosas se fractura. Presentamos un relato en el que un vaquero es despojado de su imagen de hombre fuerte.


Esa mañana el vaquero yacía tendido en la arenosa inmensidad del desierto. A pocos metros, el cadáver de su fiel caballo Espuelas era devorado por los buitres. Una serpiente cascabel se enrosca alrededor de su bota. En el crepúsculo declinante, todavía puede distinguir la oscura mancha de su cantimplora derramada sobre ese paisaje de cactus que se multiplican hasta el horizonte. Pasa la lengua escaldada por el polvo de los labios resecos. Empieza a recordar.

—¡Oh, no! —susurra—. ¡Mary!

La última vez que la vio, ella gritaba su nombre desesperadamente, atrapada en la grupa veloz de la yegua de Cara de Azufre. Billy no alcanza a comprender cómo esa flecha maldita pudo inmovilizar su brazo certero, dejándolo en la lamentable postura en que se halla, tan impotente entonces como ahora. También se había llevado el revólver. Un eco espeluznante resuena en el milenario silencio del desierto.

—¡Maldito seas, Cara de Azufre! ¡Juro que acabaré contigo!

El vaquero remueve, busca en las profundidades de su flemosa garganta y lanza un escupitajo duro y seco que desnuca a la serpiente. Su odio le hace recuperar una fuerza inaudita: se incorpora de un salto. Cura la herida del bíceps empleando como hilo los filamentos verdes de los cactus, y como aguja los colmillos arrancados de la boca al ofidio muerto. Tiembla la tierra y surge en medio de la arena un oasis de floridos pensiles y pajarillos cantores que abrevan en los reflejos cristalinos de los arroyuelos. A la orilla del manantial, se dibuja la silueta de Mary como una náyade providencial. Viste una túnica blanca y sus cabellos áureos se mueven sobre la superficie del agua al compás de su danza de sirena. Extiende sus brazos ondulantes y lo llama:

—¡Ven, Billy, ven!

El cascabeleo de la víbora que se aleja para sumergirse junto a una piedra rompe el espejismo. Billy, adolorido, se apoya sobre el brazo bueno y vuelve la cabeza hacia todas direcciones. Sólo vislumbra la soledad cactácea de la llanura; la carcasa de su viejo amigo Espuelas, de la que aún cuelgan trozos de carne; los pajarracos inmundos. Se restriega los ojos con el dorso lijoso de la mano. El sol crepuscular imprime en la atmósfera un sofocante efecto de ondas desdobladas. Parpadea y frunce el entrecejo para enfocar mejor. No puede creer lo que ve. Ahora, frente a él, hay tres hombres gigantes. Ninguno de ellos es Cara de Azufre. No son apaches ni cherokees ni mohicanos. Lo contemplan con ternura maternal, envueltos en penumbrosas reverberaciones naranja, recortándose contra la claridad celeste de las primeras estrellas.

Al despertar, Billy notó que su brazo había sanado. No estaba en una tienda sino dentro de una especie de amplio cilindro de aluminio refrigerado, como pudo comprobar cuando salió a la luminosidad calcinante de otro nuevo día en el desierto. Había una cama circular que seguía el trazo interior de las paredes, con almohadas y cobertores. Le habían dejado comida dentro de una nevera cuya fuente de energía era un misterio. Y había también una cocineta a gas y botellas de agua sobre un estante atornillado.

Cuando anocheció, los tres gigantes se introdujeron en el cilindro. Billy quería agradecer a esos extraños hombretones, de corazón, su gentileza. A la luz de la bombilla que colgaba del techo parecían desnudos, pues no se veía nada que cubriera sus pieles rojizas y escamosas, de donde salían unas mangueras anilladas y con antenas. Se quedó con la palabra en la boca al presenciar que sus propias ropas se esfumaban por arte de magia, y de piedra cuando lo levantaron en vilo. Sintió en el recto un dolor punzante, rítmico. Casi se ahoga con sus propias arcadas cuando le hicieron simultáneamente lo mismo por la boca.

Cada amanecer sus prendas reaparecían dobladas y limpias sobre una sillita. Las visitas no menudeaban y Billy, tembloroso, en ocasiones mejor optaba por desmayarse; hasta que cesaron, de improviso. Otra mañana, se calzó las botas. Con timidez, la mitad del cuerpo apoyado a la entrada, tanteó con la suela la rigidez familiar de los guijarros desmenuzados. Afuera, el resplandor de otra jornada candente lo deslumbró. El cilindro, lo juraría, salió disparado hacia arriba, y se diluyó entre las nubes. A unos pasos, con las riendas sujetas a una roca y un fusil en la funda de la silla, lo esperaba un brioso caballo blanco. Era tiempo de recobrar a Mary y ajustar cuentas con Cara de Azufre. Mientras atizaba con el fuete las ancas de la bestia, a todo galope, se decía que era una suerte que en el desierto nadie lo conociera. Se llevaría a la tumba su secreto. Después de todo, había salido ileso de esa aberrante aventura. Aunque sentía una sutil inflamación en el vientre, a la altura de las níveas crines desmelenadas por la fuerza del viento. Como si portara la semilla de algo indefinible, una maldición, alguna inenarrable perversidad.

 

Adrián Curiel Rivera
Doctor en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Es autor de BogavanteEl Señor Amarillo A bocajarro, entre otros libros.

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Una elección, 12 postales

Quienes lean este texto a más de un mes de la jornada electoral en el estado más poblado del país ya habrán visto el mapa a nivel municipal o distrital de los resultados. Ese mapa muestra una imagen clara: Morena logró avanzar en las zonas conurbadas a la Ciudad de México; el PRI mantuvo el apoyo en el resto del estado, particularmente en zonas rurales; el PAN se redujo a sus bastiones tradicionales en las áreas de mayores ingresos al oeste de la capital del país; mientras que el PRD se consolidó en Nezahualcóyotl y algunos municipios de tierra caliente, al sur del estado.

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Ilustración: Víctor Solís

La imagen no es falsa, pero es imprecisa e incompleta. Es imprecisa porque la diversidad de secciones electorales dentro de los municipios nos muestra un electorado más diverso: Morena logró competir, por ejemplo, en la zona metropolitana de Toluca; en los bastiones panistas de Naucalpan y Tlalnepantla, y en la propia y perredista Nezahualcóyotl. Es incompleta porque el solo mapa nada nos dice sobre las características poblacionales y socioeconómicas de cada zona en relación a la distribución de sus votos, ni sobre la volatilidad de sus electores.

No nos atreveríamos a hablar de un realineamiento, pero sí es evidente la formación de un bloque opositor de secciones que en esta elección gravitó hacia Morena, en zonas con mayor bienestar: urbanas, conectadas, educadas, con empleos formales, mejores condiciones de vivienda, y en las que algunas de las obras emblema de la administración de Eruviel Ávila no alcanzaron para mantener el apoyo hacia el PRI. Las irregularidades en la campaña, la identificación de montos e impactos que el dinero gastado hayan tenido en el resultado final, serán tarea de las autoridades electorales; por ahora los datos nos permiten identificar otra cosa: una proporción importante del electorado mexiquense dispuesto a apostarle a una opción opositora en territorios tradicionalmente panistas o priistas. Más los segundos que los primeros, baste decir que respecto a 2011, las secciones ganadas entonces por Eruviel se dividieron casi equitativamente en 2017 entre Delfina Gómez y Alfredo del Mazo. No es un dato menor. Como tampoco es menor encontrar una disposición en zonas panistas por votar por Morena, entre las secciones que votaron por el PAN para diputados en 2015, apenas dos años después, la proporción que votó por Delfina es dos veces mayor que la que votó por Josefina.

Presentamos aquí 12 postales de la elección con base en el mismo número de preguntas que nos pareció relevante para tener una imagen coherente de lo que ocurrió el pasado 4 de junio. Utilizamos para ello los datos de las más de las seis mil 398 secciones electorales para las que tenemos datos tanto electorales como sociodemográficos. Esa es nuestra unidad de observación central, aunque hablaremos también, cuando sea pertinente, de los municipios a los cuales pertenecen dichas secciones.

¿Cómo se dividió geográficamente el voto?

Lo más evidente de los reñidos resultados electorales es que el PRI ya no es el poder hegemónico en el Estado de México. Si dividimos al estado por secciones electorales podemos ver cómo el apoyo a los partidos tiene una lógica geográfica. Las secciones como unidad electoral tienen una distribución poblacional mucho más similar entre sí que los municipios, por ello hay muchas más secciones y más pequeñas en zonas densamente pobladas que en zonas rurales (ver gráfica 1).

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En las zonas aledañas a Toluca y la Ciudad de México votaron mayoritariamente por Delfina para gobernadora, mientras que en áreas más rurales, especialmente al norponiente del estado, se votó por Del Mazo. El azul del PAN casi desaparece del mapa; sólo 190 secciones de más de seis mil 300 apoyaron a Josefina. El PRD mantiene su presencia, aunque muy debilitada, en las zonas urbanas y en las secciones que colindan con Guerrero.

¿En serio, se dividió geográficamente el voto?

Si hacemos un mapa con la diferencia en votos entre el PRI y Morena por sección electoral, podemos ver qué zonas del estado son intensamente partidistas y en dónde la competencia electoral fue más férrea. La diferencia entre estos dos partidos es mucho más holgada a favor del PRI en zonas rurales, mientras que en las zonas metropolitanas que ganó Morena la diferencia es menos amplia pero todavía con cómodos márgenes (ver gráfica 2).

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Los lugares más competidos son los que están aledaños a las zonas metropolitanas, es decir, la periferia del Valle de Toluca y aledaños a la Zona Metropolitana del Valle de México. En esos lugares la votación PRI vs. Morena se repartió casi por igual. Por lo pronto el mapa sugiere algo: si Del Mazo tuviese que iniciar una gira de agradecimiento por sus votos, hay dos zonas que debe visitar primero y con mayor intensidad, la región de Valle de Bravo y la región de Atlacomulco, ambas en la zona noroeste del estado.

¿Qué municipios aportaron más votos al PRI y a Morena?

La distancia entre primero y segundo lugares estuvo tan cerrada que un puñado de municipios hicieron la diferencia en el resultado final. En municipios más entusiasmados por la candidata de Morena, como Ecatepec, Cuautitlán Izcalli o Tlalnepantla, el PRI recibió 35 mil, 27 mil y 21 mil votos menos que Delfina; sin embargo, el PRI logró sacar un margen de entre 15 mil y cinco mil respecto a Morena en muchos más municipios (ver gráfica 3).

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Esto nos lleva a tres hallazgos. Primero, el PRI recibió más votos que Morena en más municipios que en los que Morena recibió más votos que el PRI. Segundo, a pesar de lo anterior, en más municipios que ganó el PRI, Morena sacó un buen resultado. Tercero, la ventaja en el PREP de Del Mazo se debe, en gran parte, a asentamientos urbanos en zonas rurales del noroeste del estado. Los tres municipios en los que la ventaja total en votos por el PRI respecto a Morena es más grande son contiguos y se encuentran justo ahí: Villa Victoria, San Felipe del Progreso y San José del Rincón aportaron 40% de la diferencia en votos entre Del Mazo y Gómez en la elección. De hecho, 95.5% de la distancia en votos entre el PRI y Morena se explican por esos tres municipios más otros siete: Toluca, Huixquilucan, Ixtlahuaca, Almoloya de Juárez, Chimalhuacán, Zinacantepec y Nicolás Romero.

¿De dónde salieron los votos por Morena?

En la primera elección para gobernador en el Estado de México en la que participó Morena se quedó muy cerca del triunfo. Siendo un partido nuevo, esto obliga a preguntarnos ¿a qué partido apoyaban antes las secciones que apoyaron a Delfina en 2017? Si comparamos el partido que resultó ganador en cada sección electoral en las últimas tres elecciones con el ganador en esta elección, podemos ver cómo se formó la coalición que apoyó a Delfina (ver gráfica 4).

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El contraste entre esta elección y la de 2011 es radical, Eruviel consiguió 62% de los votos, mientras que Del Mazo obtuvo sólo 33.7% (según el conteo distrital). Por su parte, 86% de las secciones que votaron por el PAN en 2011 volvieron a votar por el  PAN en esta elección. Estas 109 secciones son el bastión del PAN en el estado, el voto panista duro. Delfina consiguió quedarse con 41.4% de las secciones que habían votado por el PRD en 2011, mientras que 34.5% de las secciones que entonces eran del PRD se pasaron al PRI. Tal vez el dato más revelador es que Del Mazo logró quedarse sólo con 43.2% de las secciones que había ganado Eruviel; 41.5% votó en esta ocasión por Morena.

En 2012 Vázquez Mota fue candidata del PAN a la presidencia. Si comparamos su desempeño entonces con el de esta elección, podemos vislumbrar el nivel de retroceso que tuvo el PAN en el Estado de México. Vázquez Mota logró quedarse con sólo 45.3% de las secciones que habían votado por ella en 2012; en 35.1% de las que la habían elegido entonces ganó Delfina en esta ocasión, el doble de las que logró arrebatar el PRI.

Notoriamente, el voto para Andrés Manuel López Obrador en 2012 también se dividió en dos en 2017, 47.9% de las secciones lo siguieron a Morena y apoyaron a Delfina, pero 36.6% permaneció con el PRD y casi 15% se fue con el PRI. Del Mazo logró conservar al 57% de las secciones que habían votado por Peña Nieto en 2012, pero 38.1% de ellas eligió a Delfina en estas elecciones. El PRD también mantuvo su dominancia sobre sus bastiones, logró conservar al 70.3% de las secciones que había ganado en 2015, 15% de las secciones ex perredistas pasó al PRI en esta ocasión y 14% pasó a Morena.

La comparación más reveladora puede que sea con las elecciones para diputados de 2015; Morena fue el partido que tuvo a los votantes más leales, 87% de las secciones donde ganó en 2015 volvieron a votar por Morena en esta contienda. La desbandada del PAN es más obvia cuando comparamos con los resultados de hace dos años, todo el progreso que el PAN había hecho en la entidad en 2015 lo perdió en esta contienda. Sólo 24.3% de las secciones que eligieron a diputados del PAN volvieron a votar por Josefina en esta elección, 46% prefirió votar por Delfina.

El daño que Delfina y Morena le hicieron a la hegemonía priista en el estado es claro cuando comparamos el desempeño del PRI hace dos años con el de esta elección; el PRI logró retener sólo 51% de las secciones que había ganado, 44% pasó a Morena. Es decir, el PRI perdió casi la mitad de las secciones que había ganado hace apenas dos años.

¿Cómo son las secciones  que pasaron del PRI a Morena?

Morena, entonces, absorbió una gran porción de los votantes del PRI y del PAN. ¿Qué características comparten estas personas que decidieron votar por Morena y qué características comparten las que se mantuvieron leales al PRI y al PAN? Podemos inferir sus características analizando datos socio-económicos a nivel sección electoral del Censo 2010 (ver gráfica 5).

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Las secciones que en 2011 votaron por el PRI y en 2017 decidieron votar por Morena tienen, en promedio, 1.3 años más de escolaridad que las que se mantuvieron leales. En promedio, 10% más de las viviendas en esa sección tiene auto y 14% más tiene internet (la diferencia en internet es mayor que la diferencia en autos). Sólo 9% de las personas tienen Seguro Popular, comparado con 27% de las personas en secciones que retuvo el PRI; 6% menos de viviendas en promedio tienen piso de suelo en secciones que pasaron a Morena que en las que se mantuvieron leales y 11% menos no cuenta con agua adentro de su hogar.

En síntesis, las secciones que el PRI perdió frente a Morena son menos pobres que las que el PRI logró mantener. ¿Eso se relaciona con la sorpresiva transferencia del PAN a Morena?

¿Cómo son los ex votantes del PAN que pasaron a Morena o al PRI?

El voto del PAN se dividió entre Morena y el PRI, pero el perfil de las personas que se decantaron por uno y por el otro partido es muy diferente. Si tomamos las características sociodemográficas promedio de los habitantes de cada sección y lo comparamos, podemos inferir otra vez quiénes son estos ex panistas que se volvieron morenistas y priistas conversos, y quiénes son aquellos que representan el voto duro del PAN en el estado.

Las secciones que continuaron siendo panistas son las de mayor nivel socioeconómico, en promedio, 92% de las viviendas en esas secciones tiene un auto y 82% internet; sólo 1% en promedio está afiliado al Seguro Popular y sólo 2% tiene viviendas  con piso de suelo; y casi 0% no cuenta con acceso al agua adentro del hogar (ver gráfica 6).

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Por el contrario, las secciones que pasaron al PRI son, en promedio, las más pobres de entre las que habían apoyado al PAN en 2011. Casi 27% de las personas que ahí viven están afiliadas al Seguro Popular; 4.4% de las viviendas tiene piso de tierra y 18% no cuenta con agua dentro de la vivienda. Además, sólo 36% de las viviendas tiene automóvil y sólo 12% tiene internet.

Las secciones que pasaron a Morena son mucho más parecidas a las secciones que retuvo el PAN que a las que se fueron al PRI. En promedio, 66% de las viviendas que pasaron a Morena tiene internet y 78% tiene auto. Estudiaron casi cinco años más que las personas que viven en secciones que pasaron al PRI y sólo un año menos que las que conservó el PAN.

¿Cuál es la segunda preferencia  en las secciones?

Las preferencias electorales de los mexiquenses han cambiado drásticamente en los últimos seis años;  en parte puede deberse a candidatos particularmente buenos o malos o a transformaciones en las posturas ideológicas de las personas, pero en parte puede ser porque los votantes no siempre votan por sus candidatos favoritos, pueden votar por su segunda opción si les parece estratégicamente útil. Si comparamos el porcentaje de votos por sección que recibió el PRI vis a vis Morena, y dividimos a las secciones según el partido que quedó en segundo lugar, podemos ver la coherencia y los patrones entre las segundas preferencias de los electores y sus primeras preferencias.

En secciones donde no ganó ni Morena ni el PRI, es decir, donde los dos recibieron menos de alrededor de 30% de los votos, básicamente alguno de estos dos partidos quedó en segundo lugar, aunque Morena más frecuentemente que el PRI (73% si ganó el PAN y 64% si ganó el PRD). Esto quiere decir que Morena es con más frecuencia la segunda preferencia de las secciones en las que no ganaron ni el PRI ni Morena (ver gráfica 7).

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En secciones en las que Morena recibió más de 30% de los votos el PRI quedó en segundo lugar en la mayoría de los casos; mientras que en secciones en las que el PRI recibió más de 30% de los votos es Morena el segundo lugar. Donde ganó el PRI, Morena es segundo lugar en 76% de las secciones; mientras que donde ganó Morena el PRI es segundo lugar en 88% de las secciones.

Así, el PRI se mantuvo como la segunda opción centralmente en secciones ganadas por Morena, mientras que Morena es la segunda opción más frecuente en todas las secciones en las que perdió.

¿Cuál fue la diferencia en participación y en votación  por PRI y Morena en zonas rurales versus urbanas?

Si graficamos en el eje vertical la diferencia entre votos por el PRI y votos por  Morena y en el eje horizontal el porcentaje de la lista nominal que votó en la elección tenemos dos patrones distintos; el primero es para secciones rurales, las cuales ganó el PRI por un amplio margen, el cual era mayor entre más participación hubiera en la sección (ver gráfica 8).

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El segundo patrón es para secciones urbanas, que ganó mayoritariamente Morena y para las cuales no hay una clara relación con participación. Esto es importante, usualmente asociamos más participación a más voto opositor, especialmente en zonas urbanas, no  fue el caso en esta ocasión. Si los esfuerzos de movilización de electores por parte del PRI se concentraron en zonas rurales, habrá que decir que les funcionó; ahí la relación entre participación electoral y apoyo por el PRI es innegable.

Cuando comparamos el porcentaje de votos por Morena y el porcentaje de votos por el PRI vemos la marcada diferencia en tendencias partidistas entre casillas rurales y urbanas (ver gráfica 9). 

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La primera cosa, una obviedad hasta cierto punto, es que a más votos por el PRI, menos votos por Morena en cada sección, y viceversa. La segunda cosa es lo mismo que veíamos con la gráfica anterior,  los votantes urbanos son menos priistas y los rurales menos morenistas. La tercera, tal vez la más interesante, es que las secciones con bajo porcentaje de votación tanto para Morena como para el PRI son secciones urbanas. Es decir, los bastiones de los otros partidos también son mayoritariamente lugares urbanos, el PRI domina las zonas rurales.

¿Respecto a Morena, el voto por el PRI es siempre menos educado?

Sabemos que las zonas pobres y rurales son, en una mayor proporción, partidarias del PRI y que las zonas urbanas favorecen a Morena. Si ahora vemos los años promedio de escolaridad de los habitantes en cada sección, una nueva relación aparece: a mayor escolaridad promedio en una sección, más votos recibe Morena y menos votos el PRI. Esto ya lo intuíamos, pero lo notorio es que el punto a partir del cual las tendencias se separan y Morena empieza a ganar, es en secciones con un promedio de nueve años de escolaridad: educación secundaria (ver gráfica 10).

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La diferencia tiene su momento más ancho entre 10 y 13 años de escolaridad, es decir, secciones con escolaridad promedio de preparatoria y se hace angosta cuando se trata de secciones que tienen más de 13 años promedio de escolaridad. Estas secciones muy educadas, donde en promedio todos los habitantes tienen educación después de la preparatoria, son secciones panistas que se distribuyen entre el PRI y Morena.

¿Diferencias en trabajo formal  versus informal afectan el voto entre PRI y Morena?

Dos diferentes tipos de asegurados resultan en dos muy distintas tendencias electorales para esta sección. De lado izquierdo tenemos el porcentaje de personas afiliadas al Seguro Popular, graficado contra el porcentaje de votos que recibieron el PRI y Morena, y del lado derecho otro tipo de derechohabiencia, porcentaje de afiliados al IMSS, asociado al trabajo formal, por sección. El primero sirve como aproximación a vinculación al gobierno para un sector de la población de bajos recursos que no obtiene servicios de salud vía su empleo, mientras que el seguro lo podemos pensar como una aproximación a contar con un empleo formal y acceso a una red de bienestar (ver gráfica 11).

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Mientras que las secciones que tienen una mayor proporción de afiliados al Seguro Popular tendieron a dar una mayor porción de sus votos al PRI, aquellas que tienen una mayor proporción de afiliados al IMSS votaron  por Delfina. Sin embargo, el partidismo es más marcado para los afiliados al Seguro Popular: secciones con muchos afiliados al Seguro Popular son más priistas que secciones con muchos afiliados al IMSS. En las secciones donde ganó Morena 8% estaban afiliados al Seguro Popular contra 39% al IMSS; mientras que en las secciones en las que ganó el PRI 31% estaban afiliados al Seguro Popular contra 20% al IMSS.

¿Cómo son las viviendas de votantes de PRI y Morena?

El acceso al agua y tener una vivienda con piso de tierra también distingue a los votantes del PRI y Morena. Secciones con una mayor proporción de hogares con piso de tierra votaron más por el PRI y secciones con una mayor proporción de hogares sin acceso adentro de su hogar al agua también (ver gráfica 12).

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De las secciones con cero viviendas con piso de tierra Morena ganó 56% de ellas contra 20% del PRI. En contraste, en las secciones en las que más de 8% de las viviendas tenía piso de tierra, el PRI se llevó 82% de ellas, contra 8% de Morena. Es difícil encontrar una variable que divida con más claridad el tipo de secciones que se fue a cada partido. Del mismo modo, en secciones en las que 100% de las viviendas tenía agua entubada, 54% votó por Morena y 20% por el PRI, mientras que en secciones donde menos de 90% de viviendas tenía agua entubada, 81% votó por el PRI y 14% por Morena.

¿La riqueza, vista en tenencia de auto e internet, discrimina entre PRI y Morena tanto como la pobreza?

Las secciones que votaron por el PRI tienden a tener bajos niveles de hogares con acceso a internet y automóvil, mientras que las que votaron por el PAN se encuentran en el extremo opuesto. Los votantes de Morena están en secciones con niveles intermedios de automóviles en el hogar, más de 40% en promedio y en las que alrededor de 50% de los hogares tienen acceso a internet (ver gráfica 13).

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Las secciones que votaron por el PRD tienen en promedio más hogares con acceso a internet y automóviles que el PRI, pero menos que Morena. La línea de 45 grados nos dice que en casi todas las secciones una mayor cantidad de los hogares tiene automóvil que internet. Visto de otro modo, en las secciones con un promedio superior a la media de hogares con internet y auto, Morena ganó 58% de ellas; pero el efecto pro Morena y/o anti-PRI es más notorio sobre internet que sobre auto.

¿Hay diferencias en votación por PRI y Morena según porcentaje de hogares con jefatura femenina?

Las encuestas de salida indicaron con toda claridad que más mujeres votaron por Del Mazo que por Delfina. Esta contradicción de género resulta aún más intrigante cuando comparamos voto por el PRI con porcentaje de hogares con jefatura femenina por sección. La conclusión aparente es que el voto femenino vino de secciones con mayoría de jefes de familia hombres (ver gráfica 14).

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La causalidad aquí puede ir por dos lados; puede haber algo inherente en ser jefa de familia, una experiencia compartida, necesidades o afinidades en común, que las hacen más propensas a favorecer políticas de izquierda. Otra explicación es que las jefaturas femeninas son un fenómeno particular a las áreas urbanas, por lo que estamos observando el mismo efecto de ruralidad-urbanidad que habíamos visto antes, pero ahora con otra variable muy correlacionada a tamaño de localidad.

Podría ser una mezcla de las dos cosas y, de ser este el caso, podríamos decir que el PRI es más exitoso con mujeres, pero no con jefas de familia, sino con amas de casa. De las secciones donde al menos uno de cada cuatro hogares es comandado por una mujer, Morena ganó 44% de ellas (contra 26% del PRI); mientras que de las secciones donde menos de 10% de los hogares tienen una jefatura femenina, el PRI se llevó 72% de ellas contra 8% de Morena.

¿Las personas que trabajan en la Ciudad de México votaron diferente que las que no?

El INEGI produce información sobre origen-destino de personas del Estado de México que van a trabajar a la Ciudad de México diariamente. Si obtenemos la proporción de personas en cada municipio mexiquense que hacen este recorrido diario para trabajar y lo comparamos con la diferencia de votos entre el PRI y Morena vemos que hay una cierta correlación. En los municipios con más personas que trabajan en la Ciudad de México Morena obtuvo más votos que el PRI (ver gráfica 15).

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Como en el caso de las jefas de familia, la explicación puede ser geográfica; es decir, la gente que vive en la zona metropolitana de la Ciudad de México, la cual es más partidaria de Morena, tiende a trabajar en mayor proporción en la CDMX; lo cual querría simplemente decir que a urbanidad habría que agregar el efecto commute, que puede deberse a procesos de socialización en la Ciudad de México o bien, por ejemplo, a los costos cotidianos de usar el transporte público.

Los efectos de obras emblema: ¿El Mexicable tuvo efectos políticos?

En octubre del año pasado el  gobernador inauguró un teleférico para conectar a zonas de difícil  acceso en Ecatepec y reducir los tiempos de traslado. Nos preguntamos  si hubo algún efecto electoral distinguible en las secciones colindantes, que supondríamos son las directamente beneficiadas.

Trazamos círculos con tres radios diferentes a partir de cada una de las estaciones; el círculo más cercano  tenía un kilómetro de amplitud, el siguiente dos kilómetros y el tercero  10 kilómetros e identificamos a todas las secciones electorales que caían dentro de ellos. Esto nos dejó con dos grupos de secciones: las que caen adentro de esos radios y las que caen afuera.

Primero, comparamos los votos promedio que obtuvo el PRI en las secciones que están adentro de cada uno de los radios con los que obtuvo en las que están afuera.

El hallazgo es simple: Morena ganó en las secciones directamente beneficiadas por el Mexicable, pero lo hizo con una distancia menor que en las secciones un poco más alejadas de las estaciones del sistema de transporte.

En el área de 10 kilómetros de radio respecto al Mexicable, el PRI recibió 4.7% menos votos promedio que en el resto del estado, pero en las secciones a menos de un kilómetro el PRI recibió 1.4% más de votos que en el resto del estado. Sí, pero Morena recibió aún más. Morena pasa de tener 7.4% de ventaja sobre el PRI dentro del área de 10 kilómetros a la redonda de las estaciones a sólo 3.8% cuando se trata de un kilómetro a la redonda (ver gráfica 16).

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Esto quiere decir que en zonas que por sus características debieron votar abrumadoramente por Morena el PRI logró acortar la distancia, y que ello ocurre gracias a las secciones beneficiadas directamente por el Mexicable; aunque siguió siendo una zona que ganó Morena. En una elección así de cerrada esos votos cuentan mucho.

Primeras lecciones

¿Hay lecciones desde la elección del Estado de México para la elección federal de 2018? Creemos que sí, pero con un grano de sal. La más importante tendrá que ver con cómo las autoridades electorales identifiquen irregularidades y califiquen la elección, y cómo los partidos de oposición presenten sus impugnaciones. Sólo viendo los datos de la elección identificamos tres posibles lecciones. Primero, Morena puede hacerse del voto urbano, sofisticado y opositor del país, aun en zonas en las que la izquierda no ha tenido presencia relevante, e incluso frente a una campaña negativa en su contra (aunque es difícil saber qué hubiese pasado sin ella). Segundo, esto depende en gran parte de la fortaleza del PAN, incluso por encima del PRD, aunque si ambos van en alianza el panorama es más complicado. Tercero, el PRI puede perder votos aun en zonas identificadas como de “voto duro”, aunque su capacidad para movilizar votos puede ser clave, especialmente si el nivel de permisibilidad para hacerlo por todos los modos posibles permanece el año entrante.

Metodología

Utilizamos datos de la elección a nivel de sección reportados por el PREP, previos al conteo distrital y el conteo final. Para elecciones previas usamos los datos finales de las elecciones de 2011, 2012 y 2015. Para variables sociodemográficas utilizamos los únicos datos disponibles con tal desagregación del Censo 2010. Los datos originales, el código para modificarlos, así como las bases finales pueden ser consultados aquí http://bit.ly/2vIfwJ3.

 

José Merino

Carolina Torreblanca

Agradecemos el trabajo en el diseño de gráficos a Víctor Sahagún de Data4, así como la asistencia de Marisol Torres y Cecilia Cabello en el procesamiento de datos. Escribimos este texto entre el 9 y el 12 de junio con los datos del PREP, sin las correcciones de los conteos distritales. Algunos resultados presentados pueden modificarse marginalmente con los datos finales.

Un futuro de integración diferenciada para Europa

El fenómeno de la integración europea se caracteriza por ser un proceso en construcción y un espacio complejo en donde intervienen tres lógicas: la de los estados, la intergubernamental y la transnacional, y que largo de su desarrollo histórico ha transitado por varias etapas de auge y estancamiento marcadas por una dinámica de cambio constante y evolución en sus estructuras y sistemas institucionales. En sus 60 años de vida, la Unión Europea (UE) ha estado expuesta a diversas crisis tanto de carácter político como económico de las que ha logrado salir fortalecida y avanzar hacia una mayor integración. Sin embargo, ha sido especialmente durante el curso de la última década en donde la UE quizás se haya enfrentado a uno de los periodos más complicados de toda su historia, pues se ha encontrado inmersa en una situación en donde confluyen varias crisis de diversa índole y dimensiones: económica, financiera, migratoria, social, política, de seguridad, de solidaridad y de valores democráticos. Éstas han sido difíciles de gestionar tanto a nivel supranacional como nacional y han evidenciado las grandes fallas de la gobernanza europea y su estructura institucional, ubicándola dentro de periodo coyuntural y de gran incertidumbre.

En este contexto, gran parte de los debates recientes en torno al futuro de Europa se han centrado, por un lado, en identificar y comprender los principales retos a los que la UE se enfrenta en la actualidad, que van desde cómo preservar la unión monetaria, lidiar con los grandes flujos migratorios, el control de fronteras y la cuestión de la seguridad interna, hasta en cómo hacer frente a las diferencias políticas entre los estados miembros y a la existente heterogeneidad en términos socioeconómicos, así como en relación al papel que la UE debe jugar dentro del escenario internacional. Y por otro lado, en la cuestión de qué tipo de Europa (y qué modo de integración) debe construirse en el futuro.

Así, partiendo de estas ideas, en este texto quisiera plantear algunas reflexiones en relación al debate actual sobre el futuro de la UE y los posibles escenarios de integración.

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Ilustración: Kathia Recio

La naturaleza cambiante de la UE

El cambio ha sido una constante a lo largo del desarrollo histórico de la UE y considerarlo como un referente para entender la dinámica de la integración europea, constituye un aspecto fundamental para comprender la forma en la que las sociedades, las instituciones y los actores políticos se relacionan y desarrollan nuevos tipos de interacción y de gobernanza, al igual que formas de integración y de cooperación intergubernamental (Holsti 2004).

Al terminar la segunda Guerra Mundial,  una de las principales narrativas que impulsó los inicios de la integración europea estuvo centrada en la idea de alcanzar la paz y la unidad en el continente y fomentar la cooperación entre los países. El movimiento federalista surgió entonces como uno de los primeros motores para el proyecto europeo y que abogaba por la construcción de una unión política de corte federal. Por el contrario, en la actualidad estos ideales han cambiado, especialmente debido a que la idea de edificar una unión política y de alcanzar el mayor grado de armonización de normas entre los estados miembros resulta bastante improbable, pues esto ya no constituye un interés que se comparte entre todos los países. En los inicios, no resultaba tan utópico pensar que una comunidad de seis estados relativamente parecidos pudiera evolucionar en un bloque políticamente integrado- quizás en algo parecido a una federación. No obstante, esta suposición no es ya válida en una Unión de casi treinta estados bastante heterogéneos en términos socioeconómicos y con diferentes preocupaciones geopolíticas, intereses y prioridades (Majone 2014).

La idea de un posible colapso de la UE ha estado presente desde hace casi una década, la cual surgió especialmente dentro contexto de la crisis del Euro y del temor del rompimiento de la Eurozona. Sin embargo, ha cobrado fuerza a medida en que la situación se ha tornado más complicada a consecuencia de las varias crisis en las que se encuentra sumergida la UE, aunada al descontento social y la falta de confianza en la élite política y los partidos, la escalada de los populismos en varios países y la era del post-truth politics.

Es en estos tiempos en donde la cuestión de más o menos Europa emerge con más fuerza, y en donde la UE y sus estados miembros se enfrentan a la necesidad de encontrar soluciones y enfrentar los retos y gestionar los riesgos que las crisis han generado. Esta tarea no es nada fácil dentro del contexto europeo actual y en donde también existen grandes asimetrías entre los estados en  términos del ejercicio del poder y capacidad  para influir en la toma de decisiones y en la formulación de políticas a nivel europeo.

Surgen entonces varias preguntas: ¿cuál es el modo más funcional y efectivo de integración para la UE en el futuro? ¿“Más” o “menos” Europa”? ¿Sería conveniente abandonar por completo la idea de integración supranacional y transitar hacia formas de integración diferenciada y mayor flexibilidad? ¿Es posible que desaparezca y se desintegre como los grandes imperios del pasado?

Los escenarios de la Comisión Europea

En marzo de 2017, la Comisión Europea publicó el White paper on the future of Europe, en donde presenta cinco escenarios posibles para el futuro de la UE. El primero es aquel de la continuidad, en el cual se esboza la idea de continuar avanzando sobre la misma línea, buscando fortalecer así el mercado único, al igual que los sectores energéticos y la economía digital, así como la política fiscal y monetaria y el rol de la UE en la arena internacional. El segundo escenario propuesto, está relacionado principalmente con la consolidación y fortalecimiento del mercado común, dejando atrás otros ámbitos en los cuales resulta complicado alcanzar una mayor coordinación y cooperación debido a la existencia de intereses divergentes entre los estados miembros y a la falta de voluntad política para fomentar la integración en áreas específicas tales como la política migratoria y de asilo. En este sentido, la integración se reduciría al ámbito económico y al mercado interior, limitando la regulación a nivel europeo en otras áreas.

El tercer escenario es el de la construcción de una Europe à la carte, en donde aquellos estados que deseen establecer mecanismos de cooperación en ámbitos específicos podrán avanzar en la integración, dejando de lado los que no lo deseen. Es decir, ciertos grupos de países tendrán la posibilidad de construir coaliciones y fortalecer la cooperación y armonización de políticas en las áreas en las que exista un interés compartido, mientras otros se quedarán atrás (como ya sucede actualmente en algunas áreas). Así, esto haría más evidente la existencia de formas de integración diferenciada en Europa. Este parece ser el escenario que resulta más viable si la UE quiere evitar desintegrarse.

Por otro lado, el cuarto escenario descrito por la Comisión se remite a la idea del aumento de la cooperación intergubernamental en ámbitos específicos. Esto quiere decir que las prioridades y la agenda de la UE se definirán en función de las áreas en donde será probable alcanzar un grado importante de consenso entre los 27 estados miembros (cuando el Reino Unido abandone el bloque), con el objetivo de fortalecer las normas y políticas comunes, dejando otras áreas con un grado de menor regulación a nivel europeo. En este sentido, es probable que en los ámbitos de low politics, como innovación, investigación y desarrollo, comercio y economía digital, aumentará el grado de cooperación entre los estados y de armonización de normas. Sin embargo, esto sería un tanto más complicado de alcanzar en áreas de high politics, tales como la política migratoria y control fronterizo, así como en la política exterior y de seguridad.

Finalmente, el último escenario que se plantea en el documento aparece como el menos factible ya que se centra en la idea de avanzar hacia la consolidación de una unión política a partir del alcance del mayor grado de supranacionalidad posible en todos los ámbitos y políticas, delineando así, la creación de una Europa federal.

Integración diferenciada

Dentro de los estudios europeos, la integración diferenciada es entendida como un modo y estrategia de integración que busca reconciliar la heterogeneidad existente dentro de la UE, permitiendo a ciertos grupos de estados coordinarse a nivel europeo y alcanzar la armonización de políticas y normas por medio de los procedimientos de toma de decisiones existentes dentro del marco de la estructura institucional europea. En este sentido, la existencia de grandes divergencias entre los estados en términos económicos, intereses, prioridades políticas y concepciones sobre el proyecto europeo, ha fomentado el desarrollo de formas más flexibles de integración. Este es un fenómeno que existe en la UE desde hace varias décadas y que ha aparecido como una solución para acomodar los intereses y preferencias políticas de los estados miembros en una Europa que ha expandido sus fronteras con el paso de los años (Blockmans 2014). Algunos países han sido capaces de elegir libremente en qué áreas o ámbitos de integración desean participar sin tener la presión de trabajar por el ideal de una “Europa cada vez más unida” decidiendo no formar parte de ciertas políticas,1 o de establecer instrumentos de cooperación que no incluyen a todos los estados miembros.

En el contexto actual, el debate en torno a la integración diferenciada comenzó a tomar más fuerza a partir de 2015 y a principios de 2016 en el marco del Brexit y de la ausencia de mecanismos funcionales y soluciones comunes a la llamada “crisis de los refugiados”. La idea de “una talla para todos”  ya no es factible. Por ello, resulta bastante probable que el futuro de la UE esté marcado por una dinámica en donde la lógica intergubernamental y la integración diferenciada predominen y en donde los modelos de una Europe à la carte  y una “Europa a varias velocidades” cobren fuerza. Los estados compartirán intereses y fortalecerán la integración en las áreas políticas de su preferencia, en ocasiones, dejando al lado a aquellos estados que no deseen avanzar;2 y en otras, los intereses de ciertas coaliciones (generalmente de estados fuertes) se impondrán sobre los demás- como ha ocurrido en el caso de la gestión de la crisis del Euro.

El proyecto europeo está continuamente reinventándose. No obstante, además del modo de integración que marcará la dinámica europea en los próximos años, existen otras muchas aristas que es necesario atender y asuntos que son clave y que continúan siendo un gran reto para la UE, como lo es la cuestión de la legitimidad democrática. Asimismo, la reconfiguración de las fuerzas políticas dentro del sistema internacional  así como el ambiente político en países clave (como el resultado de las pasadas elecciones en Francia y las próximas elecciones que tendrán lugar en Alemania en septiembre de 2017), serán también decisivos para la definición del rumbo que tomará la UE en el futuro.

Referencias

Blockmans, Steven (2014), Differentiated integration in the EU – From the inside, looking out, Centre of European Policy Studies, Brussels.

Holsti, Kalevi (2004), Taming the Sovereigns. Institutional change in international politics, Cambridge Studies in International Relations, Cambridge University Press, United Kingdom.

Majone, Giandomenico (2014), Rethinking the Union of Europe Post-Crisis. Has integration gone too far?, Cambridge University Press, United Kingdom.

Monar, Jörg (2010), “ The ‘Area of Freedom, Security and Justice’: ‘Schengen’ Europe, Opt-outs, Opt-ins and Associates”,  en Dyson K., Sepos A. (Eds.), Which Europe?, Palgrave Studies in European Union Politics. Palgrave Macmillan, London.

 

María del Carmen Sandoval Velasco
Maestra en estudios de la Unión Europea por la Universidad Libre de Bruselas. Realiza su doctorado en Ciencia Política y Estudios Europeos en la Universidad de Siegen, Alemania.


1 Un ejemplo de esto es el caso de Reino Unido, Suecia y Dinamarca, países que han optado por no formar parte de la unión monetaria. Asimismo, existen otros ámbitos, como lo es el área de Justicia y Asuntos del Interior, en donde ciertos estados (i.e. Dinamarca, Irlanda y Reino Unido) han decidido no estar sujetos a las normas comunitarias, como es el caso de la cooperación en materia judicial y policial. Cf. Monar (2010).

2 Es probable que la cooperación entre ciertos estados se fortalezca por ejemplo en el marco de la política migratoria y de asilo, al igual que en el ámbito de la unión económica y monetaria y  de defensa. Esto ha sido planteado recientemente en reuniones intergubernamentales, como la que tuvo lugar en Versalles en marzo de 2017 en donde participaron los líderes de Francia, Alemania, Italia y España, quienes también discutieron la idea de impulsar formas de integración diferenciada en Europa.

Cabos sueltos

La voz que sí era

Hay la vieja historia del agricultor ruso en tiempos del zar que un día de primavera oyó una voz interior que le decía: “¡Ivan Ivanovitch, siembra centeno!”. Sembró centeno cuando todos los otros campesinos estaban sembrando cebada y cogió la mejor cosecha de muchos kilómetros a la redonda. Al año siguiente todos plantaron centeno, pero su voz le advirtió: “¡Ivan Ivanovitch, siembra cebada!”. Entonces alquiló un pedazo de tierra sin cultivar y sembró cebada con tal éxito que, aunque todos los demás se arruinaron, él ganó lo suficiente como para emigrar con toda su familia. Cuando llegó a Nueva York, su voz le dio nuevas instrucciones: “¡Ivan Ivanovitch, compra chatarra!… Ivan Ivanovitch, compra sacos de yute… Ivan Ivanovitch, compra…”. Siempre vendía con un beneficio del cien por cien. Pronto se convirtió en un hombre acomodado. La voz le decía: “Ivan Ivanovitch, compra Aceros Bethlehem… Ivan Ivanovitch, compra tabacos cubanos…”.

Cuando ya tenía unos treinta mil dólares, se fue a Las Vegas y se sentó a las mesas de juego. La voz dijo: “¡Ivan Ivanovitch, juega rojo cinco veces seguidas, y dobla las apuestas cada vez!”. Apostando mil dólares la primera vez, pronto tuvo treinta y dos mil dólares más.

Entonces se acercó a la mesa de las grandes apuestas, donde la apuesta mínima era de diez mil dólares. La voz dijo: “¡Ivan Ivanovitch, pon todo tu dinero en el número 7!”. El siete salió, y ustedes mismos pueden calcular cuánto dinero tuvo entonces. Le entregaron enormes cantidades de billetes, en paquetes y bolsas. Entonces Ivan Ivanovitch se dijo en ruso: “Supongo que debería parar”. Pero la voz insistió: “¡Ponlo todo en el 23!”. Así lo hizo, sin darse cuenta de que esta vez la voz no se había dirigido a él como de costumbre, llamándole por su nombre. Y, en el mayor silencio que se recuerda en Las Vegas, la bola rodó dando vueltas por la ruleta, y se detuvo en el 24… “¡Mierda, Ivan Ivanovitch!”, dijo la voz que sí era.

 

Fuente: Robert Graves, La comida de los centauros y otros ensayos (traducción de Lucía Graves y Elena Lambea), Alianza Tres, Madrid, 1994.

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Cabos sueltos

Palabras recurrentes

~La cantidad de palabras en las novelas de Ernest Hemingway suma más de 865,000; de ellas, 50,200 son adverbios. En promedio, por cada 17 palabras que Hemingway escribió una de ellas era adverbio.

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~En la novela The Hobbit, su autor J. R. R. Tolkien usó la palabra él alrededor de 1,900 veces. ¿Cuántas veces ella? Una. Al principio, al referirse a la señora Bilbo.

~En sus catorce novelas, Joseph Conrad usó la palabra él tres veces más que ella.

~Por cada 100,000 palabras Vladimir Nabokov usa cerca de 460 palabras que se refieren a un color. Es un promedio altísimo. Los mismos colores aparecen sólo 115 veces por cada 100,000 palabras en el Corpus of Historical American English.

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~Palabras que más indican género en las novelas clásicas. MASCULINO: Jefe, trasero, civil, más grande que, absolutamente, enemigo, colegas, rey, público, contacto. FEMENINO: Almohada, encaje, rizos, vestido, porcelana, falda, cortinas, copas, sábanas, “se encogió de hombros”.

~D. H. Lawrence es quien más ha utilizado símiles de animales en su obra; en sus doce novelas, por cada 100,000 palabras hay símiles de animales 22 veces.

~En 1989 el libro de Stephen King The Dark Half superó todos los casos previos en que el nombre del autor era más grande que el título; en este libro el nombre Stephen King ocupó el 47% de la portada.

~Ray Bradbury declaró que su palabra favorita era “canela”; sin embargo, la palabra de una especie que más veces figura en su obra es “hierbabuena”: un 50% frente al 6% de “canela”.

~Las tres palabras qué más aparecen en la obra de Jane Austen son civilidad, imaginarse e imprudencia. En Agatha Christie: pesquisa, coartada y espantoso. En Harry Potter de J. K. Rowling: vara, mago y poción.

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~Los clichés que algunos autores han usado con mayor frecuencia en sus obras. Isaac Asimov: “Es historia pasada”. Jane Austen: “Con todo mi corazón”. Ray Bradbury: “A final de cuentas”. William Faulkner: “Tarde o temprano”. James Joyce: “De lo sublime a lo ridículo”. Vladimir Nabokov: “En pocas palabras”. Salman Rushdie: “La gota que derramó el vaso”. J. R. R. Tolkien: “Justo a tiempo”.

 

Fuente: Ben Blatt, La palabra favorita de Nabokov es malva. Lo que los números revelan sobre los clásicos, los bestsellers y nuestra propia escritura, Simon & Schuster, Nueva York, 2017.

Cabos sueltos

La actualidad electoral en provincia

PUEBLA. Meléndez es una pesada carga. La presencia de Meléndez al frente del Gobierno del Estado sigue provocando una continuada y enérgica protesta, de parte de la clase dueña de su voluntad, que sabe que el impopular funcionario impuesto por el Centro es obra de conocidas gestiones cerca de las oficinas del Partido llamado Constitucional Progresista. Es necesario que el país sepa por conducto de un órgano de la prensa tan seriamente independiente como (esta revista) Argos, que en Puebla hemos vuelto a las andadas no digo con la carga de Meléndez, tan inepto como inconveniente, sino con Secretarios de Gobierno como Pontón y empleados y funcionarios como Mora, Ramírez, Romay, Sánchez de la Vega, Gutiérrez Lezama, Mendízabal y Marín, salidos uno a uno de las filas del decrépito martinismo.

La sociedad está indignada, con justificación. Cada detalle de este enjuague político viene a aumentar su malestar; ya ofrecimientos de cien mil pesos por parte de políticos caídos; ya el proyecto de apertura de una casa de juego; bien conferencias privadas que nadie desconoce o ya los escándalos del joven Martínez, no reprimidos ni por asomo.

Para colmo se ha dado a conocer el texto de una carta que en cercanos días dirigió Meléndez al licenciado Felipe I. Contreras y de la cual saco este párrafo: “Ese es en efecto nuestro compromiso. Usted me cede por ahora todos sus elementos y yo me obligo a conseguir del Centro el apoyo necesario para obtener el triunfo de mi candidatura en los comicios y la declaratoria correspondiente por el Congreso; en el concepto de que para el próximo período cederé a usted mis elementos personales y políticos y ejerceré presión hasta donde me sea dable para obtener el triunfo de su candidatura”.

Después de ver semejante documento, nadie puede titubear para conocer de golpe al hombre funesto que gobierna Puebla; el que no puede esgrimir la vanidad maderista de decir que fue revolucionario, porque ni tomó las armas ni puso energías de otra especie al servicio de la rebelión; el que se dice enemigo de don Mucio Martínez, cuando en verdad marcha en perfecto acuerdo con éste, y el que, en fin, por su ineptitud aplastante, ha venido a crear un deplorable estado de cosas en todos los ramos de la administración. EL CORRESPONSAL.

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VERACRUZ. El triunfo de Lagos Cházaro. Las elecciones para Gobernador constitucional de este Estado acaban de pasar y la opinión no se ha puesto de acuerdo, ni se pondrá, en lo relativo a quién es el candidato triunfante. Mientras que los laguistas publican a los cuatro vientos que el Lic. Francisco Lagos Cházaro ha obtenido una mayoría abrumadora, los gaviristas hacen lo propio y ya dan como segura la noticia de que el General (?) Gabriel Gavira será el Gobernador. Entretanto, y como una prueba de que ni unos ni otros las tienen todas consigo, y siguiendo una práctica muy maderista, amenazan con empuñar las armas y lanzarse a la revuelta si su candidato respectivo no alcanza el triunfo.

Las mencionadas elecciones han demostrado una vez más que el pueblo no está apto para la democracia, pues en cada población la han entendido como un medio para vengar añejos rencores de campanario y como manera sencilla de adquirir notoriedad y preponerancia en el villorrio, y para preparar un caciquismo de cuño maderista: el caciquismo de los que lucharon por la idea, como se dice por estos rumbos. Así se ha visto que durante la campaña electoral los gaviristas han dicho en todos los tonos que el señor Gavira debe ser el Gobernador, porque expuso su preciosa existencia luchando por el Plan ranchero de San Luis, y que el licenciado Lagos Cházaro no debe serlo, porque ni corrió frente a las tropas del Gobierno anterior, ni es general… aunque sí es maderista. Sus procedimientos democráticos, llamémoslos así, lo dicen muy claro, si bien es verdad que no ha enviado telegramas a la Legislatura local.

Tras esta lucha en la que se han esgrimido toda clase de armas, sólo quedará una estela de odios de partido y de descontento, pues ninguno de los candidatos, cualquiera que sea el que sustituya a la Gata Eleuteria, podrá cumplir sus promesas maderistas. Lo único que han hecho ambos candidatos es prepararle el terreno a Zapata. EL CORRESPONSAL.

 

Fuente: Revista Argos, febrero 10 de 1912. [En: Revistas Literarias Mexicanas Modernas. Arte (1907-1909). Argos (1912). Primera edición facsimilar, FCE, México, 1980.]

Cabos sueltos

ChinApple

La empresa Apple ha creado y respaldado 4.8 millones de empleos en China, como 2.5 veces más el número de empleos que ha creado y respaldado en Estados Unidos.

 

Fuente: 247 Wallst.Com, marzo 17, 2017.

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Puerto libre

Acuarelas urbanas

Me detengo en la puerta bajo las chispas de una lluvia que no quiere despedirse. Estoy parada en un pequeño charco. Toda la tarde ha caído agua. Y todo el mes. Mejor así que a secas pero, a veces, quisiera uno abrir el cielo. Y que salga el sol a las nueve de la noche, para que trabaje, porque ha estado flojeando todo el día. Ahora, bajo el paraguas con el que acompaño a Lilia hasta su coche, sigue chispeando. Así como nosotros seguimos suelta y suelta palabras como destellos. “Soy viuda, amiga, ni modo. Y tampoco voy a presumirte de nada más”. “Ya nos iremos a viajar”, le digo con voz segura y cabeza dudando.

Creo que este año no iré más allá de los volcanes, pero la quiero consolar porque las cosas la han tomado contra ella en los últimos tiempos.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

Atropellamos nuestra salida, y nos atropella un hombre joven al que jala un perro. No protesto porque es común sentencia que es mejor no entrar en pleito con extraños, pero querría decirle que yo tuve un perro gris como el suyo, aunque sin cola. Y que lo quise mucho, pero que se me perdió porque fui una estúpida que lo llevaba sin correa. Todo eso, en cambio, se lo resumo a Lilia en tres palabras: “Igual al Gioco”, digo tristeando.

El muchacho sigue de frente sin mirarnos. Entre los dedos de la mano aprieta un cigarro de marihuana. Ya que la legalicen para que la regulen, pienso. Lilia pasó la tarde inhibida de fumar un tabaco para no darme guerra. Pero si el muchacho entrara a mi casa y yo le pidiera que dejara en el patio su peste a petate quedaría yo como una retrógrada fomentadora del narcotráfico del que son responsables los que prohíben. Y sería injusto, porque si yo tuviera algún poder permitiría todas las drogas. Incluidos el café, el azúcar, el chocolate y la cocaína. Sin duda el éxtasis que, dicen, es una maravilla de cuyo conocimiento no sabré nunca, porque la epilepsia prohíbe los excesos y mi dosis de tan bella palabra la produzco sin más. Cada quien, me digo. A mí la marihuana me huele horrible. Y no la necesito porque me basta con mis viajes a la luna y las drogas duras que se toman en pastillas tres veces la día.

Pienso que el aroma de la marihuana me recuerda el jardín de la Facultad de Ciencias Políticas y las bancas de atrás durante las clases de Teoría de la Comunicación con el querido profesor López Narváez. Ahí en donde lo mismo se hablaba de psicología que de novelas, filósofos y rumba. No huele tan mal.

“Ay, Mastre qué buen olfato tienes, yo no huelo a nada”, dice Lilia cuando con la nariz resumo esta digresión. Hoy Lilia me ha contado muchas cosas. Algunas repetidas, ya tenemos derecho, no puede uno contar novedades todos los días. Pero en nuestra conversación sin punta ni cabo hemos llegado a recordar canciones, y me ha dicho entre un recuerdo y otro que la canción de su juventud fue “Popotitos”, que la bailaba como nadie porque todas sus amigas tenían cuerpos de divas y admiraban a Enrique Guzmán, pero sólo ella era personaje de su canción.

Lilia es una cascada. Es un cuento de cuentos y un personaje sin sosiego que les cree a los demás y les descree a los de menos. Siempre que algo malo le pasa dice que es por su culpa. Y no sabe descansar más que en el hospital.

“Lilia, súbete al coche”, le digo. “Sí, ya, pero tú entra que no está la calle como para estar fuera”. “¿O sí?” “Sí, claro. A nosotros no nos da miedo la calle. Apenas son las nueve”.

Nos decimos adiós con la boca y adiós con la mano y otra vez adiós y adiós. La de veces que nos dieron las mil de la noche platicando en la calle. Una de tantas la llevé a su casa en Las Águilas, donde vivía con su marido el doctor Pérez Gay. Por ahí de las dos de la mañana lo vimos asomarse a la puerta apoyado en un libro gordo, escrito en alemán. “¡Liiiiliiiiaa! ¿Qué hacen afuera? ¡Entreeeen!”. Hace más de treinta años él ya pensaba que en la calle había peligros inauditos. Por eso nos regañó como si fuera el director de una academia militar.

Otra vez nos decimos adiós y adiós mientras la lluvia vuelve a crecer empujándome a entrar.

La calle se queda callada. Y ni un paso, ni un grito, ni un te quiero. Nadie. Sólo el agua y la luna que no quiso salir de entre las nubes. Nadie. Ni el miedo anda en la calle cuando cierro la puerta y la dejo a solas.

Al día siguiente viene Virginia, que cura o ensombrece con toda clase de historias. Con ella entra otra vez la lluvia. Me cuenta que su vecina la fue a ver para preguntarle con qué cara estaba lavando tantas sábanas y gastándose el agua de todo el barrio, cuando a veces no tenían con qué bañarse. ¿Cómo supo que ella estaba lavando? Porque había colgado todas sus sábanas y el viento las estaba meneando como banderas. ¿No eran blancas las de la tregua? En este caso no. El agua ahí trae guerra. La llamaron desperdiciada. No fueron a ninguna parte por la respuesta. Las subió a ver al piso de su azotea. La tiene llena de tinajas, una pegada a la otra recogiendo la lluvia que de tanto caer se ha puesto limpia. Con esa lava. Y con esa se baña todos los días. Porque al final de la fila de tinajas, su marido puso una manguera que conecta con un tubo ancho por el cual cae el agua hasta la cisterna del primer piso y de ahí pasa al calentador. Su casa tiene los cien metros de terreno mejor aprovechados que pueda imaginar mi cabeza.

“Así que yo sí tengo agua”, me dice Virginia.

“¿Por qué no das clases de recolección?”.

“No tengo nada qué enseñar. No más con que vean”, dice mientras saca de su bolsa una sombrilla cuyo bastón crece al doble. Y se va con ella entre la llovizna. La veo desde la ventana doblar la esquina y perderse en el agua. Tampoco ella le teme a la calle.

Voy caminando por la Condesa con mi’ja la cineasta. Miro las calles recién mojadas. Hay ahí un tiradero de trascabos, camiones, asfalto, arena y sin razón. Dizque están arreglando las banquetas. Yo veo que las crecen y que han dejado las calles tan angostas que si una ambulancia chilla detrás de un auto no hay cómo hacerse a un lado. Pero ¿con qué cabeza se me ocurre que van a pensar en ambulancias, si por ahí todo es juventud y gente sana? Todo es lo que yo era, cuando no sabía que lo era.

“¡Mira!”, digo, “este fue mi Superama cuando vivíamos en Cadereyta. Dejaban sacar el carrito. Un niño me lo llevaba dos calles hasta el departamento. Luego entre los dos subíamos las compras al tercer piso. Y figúrate lo que eran las cosas…”, sigo y sigo diciendo mientras miro todo de abajo arriba y voy echando pestes contra los “bolardos” que, recién puestos, ya están rotos. Luego me detengo en el puesto con flores a decirle cuánto me gusta andar con ella por esas calles.

“Mamá, por favor, fíjate en los que haces y camina más rápido. Estás en tu nube”, dice la criaturita. “¿Yo? Pero si vengo fijándome bien en los letreros de se renta y caminando a tu paso”. “Venías a mi paso porque yo venía a tu paso. Y no te apurabas, ni cuenta te has dado de que nos venía siguiendo un señor que se sacó el pene y se puso a hacer pipí mientras tú andabas con lo de las flores”. “¡Qué! ¿Mi nube?”.

Los hijos saben decir cosas que el alma se calla. Finjo que me concentro y camino menos despacio. Recuerdo que el cubo de la escalera era oscuro y angosto, pero yo no lo notaba mucho. No he vuelto a pasar por la callecita, quedó en el lado al que le falta glamour y le sobra mugre. ¿De verdad un señor se había sacado el pene (¡qué palabra tan mensa para nombrar algo tan rebuscado!) en la puerta del Superama de Michoacán? ¿Cómo es que no vi esa extravagancia? Luego por eso no encuentro los sustantivos. Sí, ando en mi nube. Qué vergüenza. “Mira, digo: se renta, hija. A ver en qué piso está y si tiene buena vista”.

“En el sexto. Ya lo renté. No te va a gustar”.

Tengo muy mala fama con eso de la vista. ¿Será que en esta ciudad a cada rato se me pierde el horizonte y por eso me empeño en buscarlo? Me he ido volviendo obsesiva. Mi departamento de Cadereyta veía a un edificio horrible, en el que nunca me fijé.

“No tiene vista, no te va a gustar”. “Sí me va a gustar”. “No te va a gustar”. “¿Qué piso me dijiste?”. “Sexto. No te va a gustar”. “Sí me va a gustar”. “No te va a gustar”. “Sí me va a gustar”. “No te va a gustar”.

Subimos en un elevador viejito. Por el cubo de luz entra la lluvia. Se abre la puerta. Al fondo de la estancia hay una ventana. Tras la lluvia y las azoteas está el horizonte, con las puntas de los árboles entrelazadas. “Te dije que sí me iba a gustar”.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

Tangente

Gotas de lucidez

Reclamaba Fernando Savater a sus musas el no haberle concedido el don aforístico. Disfrutaba enormemente de las breverías pero reconocía su torpeza en el manejo de esos dardos. Para escribir aforismos, decía, hace falta fervor por la concisión, un “saber empaquetar con elegancia la lucidez”. Pero era necesario algo más: el poder contentarse con una sola perspectiva. Ahí es donde naufragaba el afán aforístico de Savater: el filósofo podría abreviar pero no sabría cómo sacrificar el argumento; el profesor lograba la miniatura pero no la simplificación que oculta el ángulo opuesto. En la captura de la esencia, no en la brevedad, está la esencia del aforismo.

El aforismo no es un simple logro de la síntesis. Es una decantación de esencias. Bien decía Nicolás Gómez Dávila que hay dos maneras de escribir. Una es pausada y meticulosa, otra breve y elíptica. El sabio colombiano sabía de lo que hablaba. Sus Escolios son seguramente la mejor muestra de la inteligencia aforística en nuestro idioma. “Escribir de la primera manera es hundirse con delicia en el tema, penetrar en él deliberadamente, abandonarse sin resistencia a sus meandros y renunciar a adueñarse para que el tema bien nos posea. Aquí convienen la lentitud y la calma; aquí conviene morar en cada idea, durar en la contemplación de cada principio, instalarse perezosamente en cada consecuencia. Las transiciones son, aquí, de una soberana importancia, pues es este ante todo un arte del contexto de la idea, de sus orígenes, sus penumbras, sus nexos y sus silenciosos remansos. Así escriben Peguy o Proust, así sería posible una gran meditación metafísica.

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Ilustración: Adrián Pérez

La otra forma, la de la brevedad implica “asir el tema en su forma más abstracta, cuando apenas nace, o cuando muere dejando un puro esquema. La idea es aquí un centro ardiente, un foco de seca luz. De ella provendrán consecuencias infinitas, pero no es aún, sino germen, y promesa en sí encerrada. Quien así escribe no toca sino las cimas de la idea, una dura punta de diamante. Entre las ideas juega el aire y se extiende el espacio. Sus relaciones son secretas, sus raíces escondidas. El pensamiento que las une y las lleva no se revela en su trabajo, sino en sus frutos, en ellas, desatadas y solas archipiélagos que afloran en un mar desconocido. Así escribe Nietzsche, así quiso la muerte que Pascal escribiese”.

Las ideas son, en el aforista, plantas de aire. Cápsulas de luz. En la sabiduría que contienen no hay ocurrencia, lo que se disipa en ellos es el argumento. La verdad adquiere forma de revelación. En el aforismo puede encontrarse el último permiso de la autoridad: una razón que se prueba al proclamarse. Una sentencia inobjetable. Pedirle explicación al aforismo es pedírsela al chiste. Es que en el argumento, el reaccionario colombiano no encontraba cortesía sino traición. Quien se explica se traiciona porque en la elaboración del argumento, en la aclaración de las palabras, en la ponderación de las afirmaciones se confiesa una intención de complacer. “Respetar al interlocutor es la traición que no perdona ni el interlocutor respetado”. La misión del aforismo no es la comunicación sino la depuración del lenguaje, la purga de la inteligencia. Ese cultivo de lo primordial era la tarea cotidiana de Gómez Dávila: “Quisiera obligarme a no dejar morir un solo día en la inconsciencia hebetada con que lo vivo. Quisiera que, en la noche, su esencia se concentrara en una gota pura de lucidez”.

Escolios a un texto implícito es el libro de Gómez Dávila que recoge unas nueve mil máximas. El título es elocuente. Escolios: notas al margen para explicar algún escrito. El texto sobreentendido es el universo, la historia humana, la existencia moral de la especie. Eso son estos aforismos: la Verdad en goteo. La parcialidad más rabiosa se expone como expresión del ser. Verdad desvestida de circunstancia. Por eso el aforismo no aclara, deslumbra. Nunca es la verdad, como alertaba Karl Kraus: a veces es media verdad; a veces, verdad y media. Tiene razón W. H. Auden al advertir el carácter aristocrático del aforismo. El aforista no rinde cuentas. Incomoda, ofende, provoca otorgándose un privilegio. Se concede el permiso de afirmar sin aportar prueba. Sus sentencias asumen superioridad frente al lector. Si el lector no entiende la sentencia, peor para el lector. Por eso un aforista democrático es un hipócrita. El colombiano no cargaba con esas culpas. Más que conservador, reaccionario; antidemocrático, antiliberal, ultracatólico, antimoderno. Pero su arcaísmo no es melancólico. Es, más bien, el de un escritor que, para pensar, pretende emanciparse del tiempo. La conversación con las esencias no es sólo un escape del presente, es horror al cambio. Lo que cambia está podrido. Lo que importa es lo inalterable. “Hay que vivir para el instante y para la eternidad. No para la deslealtad del tiempo”. Platón revive en los hielos de Gómez Dávila. El aforismo es el instrumento perfecto para negar el tránsito: nombrar lo inmutable.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

Pasaporte, por favor

Fredo

Pasaron varias cosas divertidas la noche después de que trascendieron los ya famosos correos electrónicos. La primera, el cómico Stephen Colbert le pidió perdón a Eric Trump, el hermano chico de Donald Junior. “Siempre dijimos”, confesó Colbert, “que Eric era el más lelo de los hermanos. Nos equivocamos”.

La imagen de un Donald Trump Junior alborozado y jubiloso, coordinando una reunión entre la cúpula de la campaña republicana y una abogada que traía filtraciones del gobierno ruso, para luego verse obligado a compartir los emails probatorios de un hecho que linda en la traición a la patria, lo ubica entre los grandes idiotas de la historia política contemporánea. Incluso los tiempos de la “confesión” de Donald Junior tuvieron su vis cómica, ya que siguieron inmediatamente después de la reunión de Trump con Putin, en Hamburgo, donde Trump le habría arrancado a Putin una aseveración muy sincera de que el gobierno ruso no había interferido en las elecciones estadunidenses que llevaron al poder al propio Trump. 

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Ilustración: Patricio Betteo

La segunda nota de entrenamiento vino porque, tras de su confesión, Donald Trump necesitaba un abogado. Hoy por hoy, no es seguro que Donald chico haya infringido una ley al aceptar reunirse con la abogada rusa para conspirar encontra de Hillary, pero no resulta imposible que haya una investigación criminal en su contra. Lo divertido fue que Donald Junior escogió al abogado Alan Futerfas para que lo defendiera.

El señor Futerfas es un abogado conocido porque entre sus clientes más ilustres hubo varios capos de la mafia, como Anthony Russo, por ejemplo, así como también algunos grandes hackers acusados de actividades criminales, como Nikita Kuzmin, que tuvo que pagar casi siete millones de dólares en compensación por crear un programa diseñado para vulnerar cuentas bancarias. Ahora el señor Futerfas defiende a Donald Trump Junior, que de hecho queda perfecto en la foto con sus demás clientes.

Ni lento ni perezozo, el comediante Conan O’Brien hizo el comentario de que “Donald Trump Junior está siendo defendido por un abogado de la mafia que ha litigado en pro de cuatro de las familias del crimen organizado neoyorquinas. Ahora el abogado ha abultado su currículum: hoy defiende a cinco familias del crimen neoyorquinas.”

 A propósito de esto mismo, el cómico Jimmy Kimmel comentó: “Ayer Donald Junior contrató un abogado que ha sido el representante de varios miembros de la mafia, cosa que tiene sentido, porque los Trump se parecen a la familia Corleone —claro, si en esa familia todos hubiesen sido como Fredo.” 

La imagen de Fredo Corleone, persiguiendo putas en Las Vegas, y acomplejado por no haber sido tomado en serio nunca, resuena mucho con la del hijo idiota, Donald Trump Junior, capitaneando un operativo para recibir filtraciones del gobierno ruso. Y es que además los “contactos” que alcahuetearon el encuentro secreto entre el trío Donald Junior-Jared Kushner-Paul Manafort con la bella, malévola y James-Bondesca abogada rusa Natalia Veselnitskaya, fueron dos promotores del concurso de belleza organizado por Trump en Moscú, el señor Rob Goldstone y el cantante ruso Emin Agalarov, hijo del multimillonario Aras Agalarov, magnate de bienes raíces, socio de Trump, y también organizador del concurso de belleza de Moscú en 2013.

Estamos entonces ante un enjuague de juniors, hijos de los dueños de un concurso de belleza, ligados a negocios multimillonarios en bienes raíces. Igualito que los Corleone en Las Vegas. Putas, casinos y bienes raíces. Conocemos bien, además, la actitud que ha caracterizado a Donald Trump padre respecto de actrices y concursantes —en eso, ni siquiera Trump padre es muy diferente de Fredo Corleone—. En la famosa grabación que trascendió durante la campaña, Trump le presumió a Billy Bush: “Las mujeres bellas me atraen automáticamente, nomás las veo y las empiezo a besar.  Es como si fueran un imán. Nomás a besar. Ni si quiera me espero. Y cuando eres una estrella, te dejan que lo hagas. Puedes hacer lo que sea… Agarrarlas de la vagina. Puedes hacer lo que sea”. Son líneas que perfectamente hubieran podido salir de la boca de Fredo.

Un concurso con decenas de mujeres bellísimas. El padre y jefe del clan Trump y del clan Agalarov han ojeado lascivamente, besuqueado o sobado a cuanta belleza se acerca, mientras sus hijos aprenden el negocio y se divierten. De ahí salieron los contactos utilizados por el gobierno ruso para filtrar información que quizá ayudaría a sepultar la campaña de su archienemiga, Hillary Clinton, que perdió la elección habiendo ganado por una diferencia de tres millones de votos.

Todavía montado en el jet Air Force One, Trump y su equipo se enfrascaron en discusiones, echándose la culpa unos a otros, y moviéndose para darle a sus bases lo que necesitan para seguirse quejando de la supuesta cacería de brujas que se ha montado en su contra. En un trance parecido, Michael Corleone se hizo condecorar por el Papa, pero no creo que los Trump lleguen a tanto. Como dijo Jimmy Kimmel, los Trump serían idénticos a los Corleone, si todos los Corleone hubiesen sido como Fredo.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

Hablando de otra cosa

Enemigos

El 2 de octubre de 1937, en un baile en su honor, en Dajabón, Rafael Leónidas Trujillo prometió remediar el problema haitiano. La policía había comenzado a remediarlo unos días antes.

La frontera entre Haití y República Dominicana había sido siempre problemática. El tratado de límites de 1874 no terminó de arreglar las cosas, el de 1929 las arregló en el papel, a falta de que una comisión recorriese el territorio. Pero el problema no era la línea, sino la población en la zona fronteriza: una región periférica, mal comunicada, con escasa presencia del Estado. La presión demográfica, la falta de tierras en Haití, junto con el auge de la industria azucarera dominicana, habían propiciado un intenso movimiento migratorio.

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Ilustración: Estelí Meza

El resultado fue una sociedad bilingüe, de cultura mezclada, transnacional, que dependía de una intensa red de intercambios cotidianos entre los dos países. O sea, una sociedad de frontera. En la que eran frecuentes los matrimonios mixtos, donde el parentesco no tenía nada que ver con la nacionalidad. La moneda haitiana circulaba normalmente en los mercados de Mao y Puerto Plata, en casi todo el Cibao, y hasta en Barahona y Azua, en el sur.

Muchos haitianos trabajaban como braceros, en las haciendas azucareras. Pero había también pequeños propietarios, comerciantes, artesanos: zapateros, hojalateros, sastres. Muchos tenían hijos nacidos en Dominicana, muchos habían vivido por generaciones sin preocuparse de papeles ni registros.

No eran años buenos, los treinta, ni en Haití ni en Dominicana. Estados Unidos se había retirado de Haití en 1934, tras veinte años de ocupación. La caída del precio internacional del azúcar, después del auge de la Gran Guerra, afectaba a toda la economía dominicana. Y a Trujillo todavía le faltaba un trecho para consolidar su control de la República —sobre todo le preocupaba el tercio noroccidental del territorio, y la frontera, donde los opositores tenían un refugio muy a mano.

La retórica de Trujillo tuvo siempre una inclinación antihaitiana, a tenor del nacionalismo dominicano. En los primeros años adoptó una serie de medidas contra los haitianos: esporádicas, inconsistentes, teatrales. Porque hacía falta el trabajo de los inmigrantes para la industria azucarera. Más de una vez intentó favorecer la inmigración de europeos, para “blanquear” el país. Sin mucho éxito. Por otra parte, era útil, políticamente, culturalmente, que siguiera habiendo esa mancha de haitianos dentro de la república.

La elite urbana de Santo Domingo se había hecho una imagen de la sociedad dominicana homogénea, cerrada, blanca y europea. Y necesitaba a Haití como contraste. Haití era la barbarie, África. En Haití se condensaban todos sus temores. Era la imagen en negativo del país. Los núcleos de población haitiana, o mezclada, eran un peligro que la imaginación hacía monstruoso: el retroceso, la degeneración, la negritud. Hay que sumar el clima de los treinta. Necesitado de controlar la frontera, y afirmar su autoridad, Trujillo ordenó a la policía, y al ejército, matar a todos los haitianos residentes en la región del Cibao. Y así comenzó la masacre, el 28 de septiembre de 1937.

El ejército, la policía, comenzaron a recorrer los pueblos para identificar a los haitianos: hombres y mujeres, ancianos, niños. Normalmente los engañaban, les decían que iban a ser deportados, y así los detenían sin mayor resistencia, y los llevaban en grupos a algún lugar aislado, donde matarlos.

Ayudaron los alcaldes pedáneos, propietarios locales, algunos vecinos. Pero era muy difícil distinguir a un haitiano de un dominicano, porque eran igualmente pobres, de tez oscura, parecidos en todo: indistinguibles. Los soldados recurrieron a un expediente muy simple: exigir que pronunciasen la palabra “perejil”. Porque los haitianos, hablantes de creole, no podían pronunciar ni la erre ni la jota. Los que no podían decir correctamente “perejil” eran asesinados.

La mayoría murieron a golpes de machete, para que fuese obvio que se trataba de un episodio de violencia popular, incontrolada. Es imposible tener cifras ni siquiera aproximadas de las víctimas de esos días, es parte de la tragedia: era una población inexistente. A partir de los registros parroquiales se puede conjeturar que  fueron al menos entre 12 y 15 mil muertos en los primeros diez días. La tradición dice que 30 mil. Los cadáveres fueron arrojados al río que hace frontera, el Río Masacre (René Philoctéte escribió un libro con ese título, donde hay algunas de las páginas más conmovedoras que conozco de la literatura del Caribe).

A veces es difícil distinguir a los enemigos. Le sucedió a Jefté: “cuando alguno de los de Ephraim que había huido decía, ¿pasaré? los de Galaad le preguntaban: ¿eres tú ephrateo? Si él respondía, No, entonces le decían: Ahora pues, di, Shiboleth. Y él decía, Siboleth; porque no podía pronunciar de aquella suerte. Entonces le echaban mano, y le degollaban junto a los vados del Jordán. Y murieron entonces de los de Ephraim cuarenta y dos mil” (Jueces 12: 6). Así está en la Biblia.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

Panóptico

Visión de Reyes

Este año se cumple el centenario de Visión de Anáhuac, ensayo canónico de Alfonso Reyes. Como ha señalado Rafael Rojas, el texto tiene una cualidad epocal. En él las edades de la nación se ven reflejadas en el valle de México, cuna y destino de la civilización mexicana. Como artífice de la región más transparente, Reyes también es el fundador de un singular mito. Mi primer contacto con Visión de Anáhuac fue contencioso; en mis años universitarios, en los cuales practicaba la cetrería, un colega aficionado afirmaba con absoluta contundencia que los antiguos mexicanos eran cetreros consumados. Sin embargo, mis pesquisas históricas no habían encontrado ninguna prueba de tal cosa. La cetrería prehispánica parecía una ocurrencia. No lo era. Lo supe un día mientras hacía fila en la caja de un supermercado. En la sección de revistas estaba una edición popular de Visión de Anáhuac. Hojeándola di por casualidad con el pasaje en el cual Reyes describe el boato de la corte de Moctezuma. Ahí, Reyes afirma lo siguiente: “El emperador es aficionado a la caza; sus cetreros pueden tomar cualquier ave a ojeo, según es fama; en tumulto, sus monteros acosan a las fieras vivas. Más su pasatiempo favorito es la caza de altanería; de garzas, milanos, cuervos y picazas”.

04-reyes

Ilustración: Belén García Monroy

¿De dónde había sacado Reyes la idea de que  Moctezuma tenía cetreros? Cortés había consignado en sus Cartas de relación la existencia de un zoológico provisto de aves de presa, pero no había ahí una palabra de cetrería. ¿Pura invención? Los egipcios la conocían, los chinos y los sumerios también; ¿por qué nos los aztecas? Pero Reyes era un portento de conocimiento enciclopédico para descartar el pasaje a la ligera. Así que volví a las crónicas de la Conquista. Y un día, después de muchas pesquisas, encontré lo que buscaba. La clave estaba en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Ahí Bernal Díaz del Castillo narra un curioso episodio, ocurrido durante el cautiverio del emperador azteca: “y si hubiese de contar las cosas y condición que él tenía de gran Señor, y el acato y servicio que todos los señores de la Nueva España y de otras provincias le hacían, es para nunca acabar, porque cosa ninguna que mandaba que le trajesen, aunque fuese volando, que luego no le era traído; y esto dígalo porque un día estábamos tres de nuestros capitanes y ciertos  soldados con el gran Moctezuma, y acaso abatióse un gavilán en una sala como corredores por una codorniz… y como el gavilán se abatió y llevó presa, viéronlo nuestros capitanes, y dijo uno de ellos, que se decía Francisco de Acevedo, ‘el pulido’, que fue maestresala del Almirante de Castilla: ‘Oh, qué lindo gavilán, y que presa hizo, y tan buen vuelo tiene’. Y respondimos los demás soldados que era muy bueno, y que había en estas tierras  muchas buenas aves de caza de volatería; y el Moctezuma estuvo mirando en lo que hablábamos, y preguntó a su paje Orteguilla sobre la plática y le respondió que decíamos aquellos capitanes que el gavilán que entró a cazar era muy bueno, y que si tuviéramos otro como aquel que le mostrarían a venir a la mano, y que en el campo le echarían a cualquier ave aunque fuera grande, y la mataría. Entonces dijo el Moctezuma: ‘pues yo mandaré ahora que tomen ese mismo gavilán y veremos si lo amansan y cazan con él’. Todos nosotros los que allí nos hallábamos le quitamos las gorras de armas por la merced; y luego mandó llamar a sus cazadores de volatería y le trajesen el mismo gavilán; y tal maña se dieron en le tomar, que a horas del Ave María vienen con el mismo gavilán, y le dieron a Francisco de Saucedo, y le mostró el señuelo…”.

En realidad, el pasaje de Bernal es prueba de que Reyes estaba equivocado: Moctezuma no tenía cetreros, porque la cetrería —ese extraño arte de amansar y entrenar aves de presa para la caza— le era desconocida a los antiguos mexicanos. Tan estrambótica le pareció al  incrédulo Moctezuma la pretensión de entrenar rapaces que le ordenó a sus tramperos que capturasen al gavilán y se lo dieran a los españoles para que éstos probaran que tal cosa era posible. Cuando Reyes leyó a Bernal interpretó “cazadores de volatería” como cetreros. ¿Qué significaba “volatería” en el siglo XVI? En el Diccionario de Autoridades aparecen dos acepciones, una general y otra muy específica. El primer significado es “el conjunto de diversas aves” y el segundo, muy especializado en cetrería, es “la caza de aves que se hace con otras entrenadas a este efecto”. El ensayista eligió tomar “volatería” como cazar otras aves con halcones, cuando el contexto hace evidente que los españoles se referían simplemente al conjunto de aves en general. Por eso dicen los conquistadores, en voz de Bernal, que en América había “muchas buenas aves de caza (rapaces) de volatería (otras aves)”. Los cazadores de volatería de Moctezuma no eran cetreros, como creía Reyes, sino tramperos de aves en general. Tal vez en Anáhuac se parasen águilas en nopales, pero definitivamente no se entrenaban gavilanes.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.

Sin ton ni son

Vejez

La vejez anuncia la muerte. Hay millones de muertes prematuras, pero ello no invalida la primera afirmación.

Fredrik Welin es el personaje de dos novelas de Henning Mankell, el escritor sueco que puso a circular al detective Kurt Wallander. El año de su muerte (2015) publicó una continuación de Zapatos italianos (2006), titulada Botas de lluvia suecas. Welin, un médico retirado por una falla estrepitosa en el ejercicio de su profesión, vive solo en una isla que forma parte de un archipiélago y un buen día despierta porque su casa se incendia. Salva la vida pero el fuego consume, además de su hogar, todas sus pertenencias.

El personaje sirve a Mankell, condenado a muerte por cáncer, para pensar en la condición de la vejez. A los 70 años Welin no tiene nada. Los rastros de su vida anterior han sido incinerados. Alumbra alguna esperanza cuando una periodista se acerca a él para dar cuenta del incendio, e intentará —y logrará— restablecer un vínculo con su hija que vive en París. Pero está consciente que vegeta sus últimos días, que su pasado es más robusto que su escuálido futuro, y no está seguro de que la estructura que lo ha sostenido no se encuentre quebrada. “También las personas pueden tener vigas maestras que se rompen”.

05-vejez

Ilustración: Jonathan Rosas

Hay una edad en la que no es posible desandar el camino, mucho menos iniciar nuevos proyectos. El futuro pinta escuálido, no sólo incierto (como todo porvenir), sino inercial, insípido pero cargado de acechanzas. Se niega a mimetizarse a esos viejos cuyo resorte mejor aceitado es el de la queja, pero el horizonte no le pinta nada bien, entre otras cosas porque él aparece como sospechoso de haber prendido fuego a su propia casa.

El espejo le devuelve una imagen perturbadora. Es la constatación flagrante de que el tiempo no ha transcurrido sin dejar huella y con él ha llegado el deterioro, los quebrantos. “Evité observar mi cuerpo, que con los años me parece cada vez más repulsivo. Aquella mañana me sentí más decrépito que nunca”. Es un hombre independiente. No está enfermo ni achacoso, pero resiente la erosión anímica que produce la vida que se apaga. Siente lástima por él, pero no soporta que otros le manifiesten ese sentimiento. Sólo él tiene derecho a ser compasivo consigo mismo.

La edad hace que demasiados acontecimientos le parezcan incomprensibles. Carece del código para entenderlos y sabe que por más esfuerzo que haga son y serán asuntos fuera de su alcance. Su mundo ha dejado de existir. Vive o sobrevive en otro. Contempla cómo los deseos se apagan, prevé la humillación que acompaña a la vejez y no encuentra el combustible capaz de ofrecer sentido a sus últimos años. Las décadas se han desplomado sobre él de manera abrupta; han pasado de forma “imperceptible”, de manera “lenta”, pero contundente.

Vive una mutación espiritual. Se trata de una experiencia intransferible. Sabe que millones han pasado por ese trance, pero vive como si se tratara del primer viejo sobre la tierra. Las noches y los días lo han precedido y seguirán su curso luego de su partida. “Es un pasajero en la oscuridad”. La intensidad del pasado ha desaparecido y ahora carece de la prisa que le imprimía tensión dramática a la existencia. Escucha la sabiduría gratuita de una vieja vecina: “No hay que tomarse la vida tan en serio, porque de todos modos nadie sobrevive a ella”.

Teme al eventual deterioro físico y mental, a ser dependiente, “a que el cerebro y la memoria funcionen cada vez peor”. No sólo demasiadas cosas han desaparecido, sino que quizá en unos años tampoco su memoria las pueda resucitar. Teme a “las miserias de la vejez” que es todo lo que le queda y sabe que después de ella “no existirá nada”. El paso del tiempo es como el viento que lentamente erosiona la piedra.

Es “la fugacidad de la vida” lo que le produce malestar, ansiedad. “Una sensación de abatimiento”, una desazón sin rostro, producto quizá de “una vida equivocada”. El tiempo se convierte en una mochila que carga sobre la espalda y cada vez resulta más pesada, por lo que dormir —tranquilo— se convierte en la tierra prometida. El mundo circundante y su barullo sólo le producen desánimo; se trata de un escenario en el que “todas las personas que veía, salvo contadas excepciones, eran más jóvenes”. La vejez lo coloca al margen de la vida. Es más: “pertenecía a un grupo que se encaminaba a dejar la vida”.

“Envejecer es como caminar sobre un hielo cada vez más fino” y eso produce zozobra. Por ello no teme a la  muerte. Cuando llegue deberá significar “liberarse del miedo”. Algunas personas viven solas y las más acompañadas. Pero la muerte se “experimenta” en la más insondable soledad. “No aprendemos a morir”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

Expediente

Un día en la Ciudad de México

¿Cómo es un día en la Ciudad de México, una de las metrópolis de extensión más desorbitante del mundo? Repartimos las horas del día entre un grupo de autores. Les confiamos la misión de observar lo que ocurre en diversos puntos específicos de la urbe. El resultado es un conjunto de imágenes tumultuosas, arbitrarias, fragmentarias, sin respuesta, como la ciudad misma.

01-ciudad

Ilustración: Patricio Betteo


05:00. Estación Pantitlán

Héctor de Mauleón

06:00. Patrullando la ciudad

Teresa Zerón-Medina Laris

07:00. El Zócalo

Kathya Millares

08:00. Central del Norte

Juan Manuel Gómez

08:30. El Rastro de Ferrería

Teresa Zerón-Medina Laris

09:00. En la ventanilla de trámites

Claudia Altamirano

10:00. El canal del desagüe

Teresa Zerón-Medina Laris

10:30. Plaza de Santo Domingo

Héctor de Mauleón

11:00. Pepenadores

Teresa Zerón-Medina Laris

11:30. La hora del mandado

Juan Manuel Gómez

12:00. Foto en la Basílica

Kathya Millares

12:30. Santa Fe

Juan Manuel Gómez

13:00. La hora de la salida

Claudia Altamirano

13:30. Bosque de Chapultepec

Héctor de Mauleón

14:00. La colonia más lejana

Iván Cadín

14:30. Hombres trabajando

Juan Manuel Gómez

15:00. Tepito

Teresa Zerón-Medina Laris

15:30. Parque México

Kathya Millares

16:00. Cantina La Mascota

Guillermo Fadanelli

16:30. La hora de la marcha

Iván Cadín

17:00. Torre del Aeropuerto Internacional

Teresa Zerón-Medina Laris

18:00. El Periférico

Iván Cadín

19:00. El Metrobús

Claudia Altamirano

20:00. Sala de espera

Kathya Millares

21:00. Avenida Zaragoza

Iván Cadín

22:00. El Ministerio Público

Teresa Zerón-Medina Laris

23:00. Centro Histórico

Guillermo Fadanelli

00:00. Reforma

Iván Cadín

01:00. Plaza Garibaldi

Juan Manuel Gómez

02:00. Hospital Balbuena

Héctor de Mauleón

03:00. La hora del after

Teresa Zerón-Medina Laris

04:00. Central de Abasto

Teresa Zerón-Medina Laris

05:00. Rumbo al trabajo

Iván Cadín

Expediente

05:00
Estación Pantitlán

Vienen de la oscuridad, con chamarras y mochilas y gorras. Bajan de los camiones pensativos, cabizbajos, concentrados. Se mueven hacia la entrada del Metro con la vista clavada en el piso. Echan vaho por la boca. Es la hora de la prisa.

En los alrededores las calles lucen solitarias, oscuras. No amanece todavía, pero en la Estación Pantitlán la ciudad ha despertado. En la Ciudad de México este es uno de los sitios en donde comienza el día.

Frente a los puestos de tacos de bistec con nopal, a los que alumbra un foco pelón, se agrupan los primeros clientes. Hay humo y vapor bajo los postes del alumbrado. Huele a carne y a alcantarilla, y todo está poblado de gritos. Alguien vocea desayunos de a diez, que “¡no vienen sucios ni caducados!”: dentro de una bolsa de plástico, el vendedor ofrece un plátano, un yogur y un delgado sándwich de jamón.

Más allá se alinean vasos de unicel repletos de café, el precio es de cinco pesos, y donas suaves de chocolate de a tres cincuenta. En puestos de metal pintados de rosa se ofrecen quesadillas, tlacoyos, gorditas, “ricos tacos de carnitas” y “churros calientitos”.

Abundan los puestos de gorras, mochilas, audífonos: artículos indispensables para el metronauta moderno.

Pantitlán es una de las puertas de entrada de la ciudad: la más grande y la más conflictiva. Camiones que iluminan su interior con foquitos azules se detienen frente a la estación cada minuto y vomitan carretadas de gente que proviene de Neza, de Chalco, de Chimalhuacán, de La Paz, de San Vicente Chicoloapan. Los pasajeros saltan del estribo un poco adormilados y caminan o trotan hacia la entrada que brilla con una escandalosa luz resplandeciente.

02-pantitlan

Ilustración: Patricio Betteo

En la época prehispánica hubo en esta parte del lago de Texcoco un lugar en el que las corrientes provocaban remolinos. Muchas veces las canoas eran tragadas por las aguas. Los mexicas colocaron ahí dos banderas que avisaban del peligro a los navegantes. Pantitlán significa “entre banderas”.

Tantos años después, los remolinos se siguen agitando. La estación recibe a más de trescientos cincuenta mil personas cada día. Pantitlán se traga la canoa de sus vidas en los remolinos que se hacen frente a los torniquetes de entrada. Ahí, a la gente parece que irremediablemente se la lleva un desagüe. Ese desagüe es en realidad un laberinto de rejas y puertas metálicas que se cierran en momentos críticos para evitar que en los andenes sucedan peligrosas aglomeraciones.

Todos los días aparece el remolino y todos los días el remolino te traga. Cuando la “cola” para comprar un boleto te obliga a una espera de hasta cinco minutos. Cuando llegar a la escalera eléctrica, “en batalla álgida por el oxígeno y el centímetro”, te puede robar otros quince. Cuando fracasas tres veces antes de abordar el vagón —y para conseguirlo tienes que abrirte paso con las manos, los codos, los hombros—. Cuando abordar el Metro significa formar parte de un horrendo y movedizo monstruo mitológico hecho de corazones sangrantes porque se descompuso el aire acondicionado y a esta hora toda suerte de olores inunda el vagón.

Todos los días el remolino te traga cuando te roban la cartera o te sacan el teléfono. Cuando la desesperación es tal que todo termina a mentadas o a golpes. Cuando la muchedumbre enloquece, o la fatalidad viaja contigo. Cuando acabas en el cabezal de un diario:

“Arrolla y mata convoy del Metro a un hombre en Pantitlán”.

“Niño con debilidad visual cae a las vías en Pantitlán”.

“Balacera en Pantitlán deja un muerto y cuatro heridos, entre ellos una niña de doce años”.

“Diferencias entre despachadores terminaron con la vida de uno de ellos”.

“Suman tres muertos por atropellamiento en Pantitlán”.

Son las 5:50. En el subterráneo todos parecen atrapados, “y eso que todavía no empieza lo peor”.

En la calle se va desencadenando un amanecer indeciso. Un hombre pasa ante la estación empujando un “diablito” cargado con los periódicos del día. El juguero cercena naranjas por la mitad y un bolero espera en vano a que alguien contrate sus servicios. Se oye una versión contemporánea de los pregones consignados por Madame Calderón de la Barca: “¡Le venimos ofreciendo el artículo de temporada, el artículo de moda!”.

Antes de bajar al Hades, una pareja se detiene junto a un charco de agua sucia y se despide con un beso. En un radio se escuchan las notas del Himno.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

Expediente

06:00
Patrullando la ciudad

Se vuelven policías en los vestidores de la estación. Ahí se ponen los uniformes, los hombres con los hombres, las mujeres con las mujeres. Salen emparejados.

El día inicia con pase de lista y revista. Cada policía debe lucir limpio, peinado, con las botas boleadas y los dientes lavados. Portan chaleco con identificación, gafete y placa con el número de empleado. Visten tocado, camisola y pantalón. Todo se los proporciona la Secretaría de Seguridad Pública dos o tres veces al año.

En la armería les entregan pistola, balas, cargador adicional y candados de mano (esposas). Todo debe estar numerado. En la fornitura, un cinturón especial, acomodan el equipo. El chaleco pesa tres kilos y con el protector casi cinco.

La bandera nacional también se custodia en la armería. Cada estación tiene la suya. Mientras la tropa se arma, el jefe confirma cuántos de los elementos están presentes. Quiénes son faltistas y quiénes vacacionistas. Dispone de 450 en total. A los ausentes se les castiga: cuando terminan su siguiente turno no pueden salir de la estación y les descuentan el día.

La estación vigila por cuadrantes. En cada uno debe haber una patrulla. Áreas con un promedio de 800 metros a la redonda, que abarcan comercios, bancos, centros comerciales, restaurantes, casas y oficinas.

Cuando el reloj marca las seis, los elementos recién preparados abandonan la estación y se agrupan en el estacionamiento.

—“¡Flanco derecho!” —ordena con un grito ronco y preciso el jefe de la estación.

Al unísono la tropa se forma. Frente a ellos se acomodan los mandos superiores. Silencio. Junto están el asta bandera y los ocho elementos de la banda de guerra.

El jefe continúa dictando órdenes. A la voz de “¡Ya!”, todos las ejecutan. Algunos portan armas cortas, otros largas. Depende de su servicio. Unos saldrán por tierra, otros en patrulla.

Cada paso es un desplante. “¡Firmes!”. Luego saludo. La mano debe llegar a la altura de la ceja. “Vamos a pasar con la bandera por favor”, me dice un policía. Soy la única que no está en formación. Otro da un paso al frente y hace sonar una corneta.

El himno nacional se entona cuando la bandera ya está en la punta del asta. La banda de guerra marca el ritmo, la cadencia, retumban los tambores al final de cada estrofa y el coro.

“¡Atención! La orden del día”, retoma el jefe con su voz rasposa y otro responsable de la estación comienza a leer a todo pulmón.

“Orden particular número [...] Del día […]. Seña para hoy yoga, contraseña Yucatán […] mandos…”. Y comienza a enumerar nombres, conductas generales esperadas y conceptos que deben cuidar como no infringir el reglamento de tránsito, regirse bajo principios legales, con objetividad, eficiencia, honradez, respeto a los derechos humanos y sobre todo no estar con el celular en la mano: la ciudadanía se está quejando.

03-patrullando

Ilustración: Patricio Betteo

Todos mudos. Inertes. Algunos ojos agotados vagan. “¡En descanso!”, ordena el jefe y rompen formaciones. A cada oficial le entregan una consigna específica. Una hoja con horarios y misiones descritas. Se diseñan con base en incidencias anteriores, un suceso específico, un robo, describen características de algún individuo o cómo y dónde se cometió un delito.

También les designan un radio. Los de tierra lo amarran al chaleco. En las patrullas lo instalan al centro, junto al mando del aire acondicionado. “Perdón, está lloviendo, ¿bajo la bandera, señor?”, pregunta un oficial al jefe que responde afirmativo.

Las parejas ingresan a su patrulla, su unidad. Los del turno anterior les ceden el mando. Son 12 horas de guardia por 24 de descanso. Para algunos más. La barra de luces siempre debe estar encendida.

Rojo, azul, rojo, azul. Iluminan todo a su alrededor. Cualquier decoración personal está prohibida. Con un tag cargan gasolina y lo paga la secretaría. Accidentes o errores mecánicos corren a cargo de su fortuna.

Por una frecuencia se comunican las unidades a nivel local. Por otra, los altos mandos de la ciudad. Usan claves e indicativos. R10, enterado. R13, radio. K4, salir del lugar. Z4, golpes o riña.

Algunas parejas han estado juntas por años. Son casi hermanos. Saben lo que comen, angustias, mañas, romances, enfados y ronquidos. Cada seis meses deben someterse a un examen de control y confianza. Los más jóvenes llegan recién graduados del instituto. Entran por curiosidad, por familiares o por carencias. De cada 100 que intentan ingresar quedan 70. La mayoría reprueba el examen psicológico. También hay veteranos. Se retiran alrededor de los 65 años.

El chaleco nunca se lo pueden quitar. Dentro de la patrulla es incómodo. También afuera. Cuando hace calor, peor. Las unidades comienzan a rodar, a barrer su polígono. La sirena se enciende cuando hay una emergencia.

Deben transitar atentos. Fiarse de sus instintos. El que se ve tranquilo puede ser agresivo. Las patrullas están equipadas con GPS y vigiladas con cámaras. También graba sonidos. Desde un escritorio en la estación y otros centros de mando las vigilan. Se monitorean al igual que las distintas redes sociales y las cámaras de vigilancia de las calles. Saben cuándo hubo agresión o abuso.

Comienzan por las entradas de escuelas, bancos. Luego se desplazan a puntos vulnerables, de conflicto. Atienden bloqueos, marchas (son más de seis mil al año).

Ante un sospechoso, toman medidas preventivas. A quienes encuentran bebiendo en la vía pública, drogándose en parques, orinando o tirando basura los remiten con un juez cívico por haber cometido una falta administrativa. Robo a transeúnte, a casa habitación y de vehículos son delitos de todos los días. Los detenidos tienen que ser llevados al Ministerio Público.

En la estación de policía no hay comedor. Ante el hambre deben detener su patrullaje y comprar algo. Las unidades van rodando, los policías intentan detectar lo que esconde la oscuridad. Los transeúntes voltean, las luces molestan a sus ojos. El propósito es que la gente los pueda identificar. Cada vez más, a lo lejos, el sol se asoma.

Cada minuto puede significar peligro. Los delincuentes los conocen y buscan. Su ventaja es el factor sorpresa. Dentro de cada patrulla la radio no deja de sonar. Las estaciones de música comercial están prohibidas o no escucharán los llamados de emergencia. Ninguna patrulla está blindada.

 “El mayor riesgo es no saber lo que depara, lo que está a la vuelta de la esquina”, me dice un oficial antes de dirigirse al siguiente objetivo del día. “El ratero de antes, el mal vestido, es hoy uno de traje que también anda robando”. Asegura que los mitos han cambiado e insiste que lo acompañe por una una torta de tamal (guajolota), “la mejor de la zona”.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

Expediente

07:00
El Zócalo

Diez de las ventanas del Palacio Nacional reflejan la luz artificial de los candelabros. Los guardias lucen marciales, aunque un poco desvelados.

Es la hora en la que de la estación del Metro salen los trabajadores que van rumbo a Santo Domingo, a las calles Cinco de Mayo y Tacuba, Madero, 16 de Septiembre, 5 de Febrero, Pino Suárez y 20 de Noviembre. La salida que da a la Catedral comienza a hervir con hileras de adultos y jóvenes que estarán al menos ocho horas en alguno de los comercios que tienen las cortinas abajo. Sale una mujer con una sudadera rosa e interior de peluche. Da pasos cortos y veloces. Un joven se detiene en el improvisado puesto de periódicos que atiende una mujer como de 50 años y pide un cigarro. Tres hombres con mochilas, gorras y botas de construcción caminan hacia la Plaza del Seminario y se sientan en una banca. Esperan al “ingeniero”. Un adolescente aparece por las escaleras con la cabeza gacha y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

Su vestimenta tiene rasgos comunes. Las mujeres llevan pantalones de mezclilla ajustados, chamarras de poliéster, tenis o zapatos bajos, bolsos grandes de tela o de imitación de piel y una pequeña lonchera. Los hombres usan sudaderas o chamarras de mezclilla, algunos con pantalones amplios y otros ajustados, tenis, gorros tejidos y mochilas de colores oscuros. Los tacones y los trajes todavía no aparecen.

04-zocalo

Ilustración: Patricio Betteo

La Catedral está cerrada pero los campaneros tañen las campanas centenarias cada tanto.

Es una de las pocas horas del día en que las banquetas lucen despejadas. Las jardineras están limpias. En cada uno de los cuadrantes de la Plaza Mayor hay al menos una persona barriendo y jalando un carrito gris con tonos rosas.

Los primeros en llegar para “buscar el pan” son dos boleros de cajón. Uno atiende a una señora y el otro a un caballero que se recarga en la reja de la Catedral con aire de tener todo el tiempo del mundo.

En la esquina de Monte de Piedad, el señor Víctor vende postales (12 pesos) desde hace 30 años y revistas (60 pesos). En su puesto de lámina se pueden adquirir antiguas imágenes de la Catedral, el Zócalo, el Palacio de Bellas Artes, de cantinas tradicionales y retratos de iconos mexicanos como Madero, Zapata, Villa, Frida Kahlo, entre otros. Los paisajes son color sepia y los rostros aparecen en blanco y negro. Entre las revistas que oferta: Arqueología Mexicana y Relatos e Historias en México. Cada una de ellas “con temas muy interesantes”.

En la Plazuela del Marqués (Guatemala y Monte de Piedad) el señor Andrés lleva 40 años ofreciendo sus servicios. Es albañil. Sabe colocar azulejo y loseta. Forma parte de esa enigmática hilera de desempleados que despliegan pequeños carteles en espera de una oportunidad. Recuerda cuando “por ahí” pasaban los camiones que iban para la Villa, cuando “todo era más bonito”. Hoy sólo ve “edificios arrumbados que nadie recupera”. Si la lluvia no lo corre cumplirá su horario de 7:30 a 15:00 horas.

Entre Cinco de Mayo y Tacuba los comercios todavía están cerrados. Nadie está formado en el Monte de Piedad. Las joyerías que por la tarde se enorgullecerán de sus anillos de compromiso y relojes de moda, no tienen más oferta que una cortina de hierro.

En el Portal de Mercaderes, en la esquina donde estuvo el popular Café El Cazador, una familia de turistas espera un taxi. Tienen un vaso de unicel en la mano y sus maletas rozando las piernas. En este tramo tampoco se ha comenzado la vida. Ni joyerías, ni sombrererías abiertas. Según los cronistas no había hora del día en la que en el Zócalo no se escucharan los pregones de vendedores de todo tipo. Hoy ya nadie pregona, todos pasan con prisa. La puerta de la Asamblea de la Ciudad está abierta: sólo vigilantes y personal de limpieza están disponibles.

En el lado que ocupa el edificio del Gobierno de la Ciudad de México la recepcionista apenas acomoda su bolso y los encargados de seguridad dan instrucciones a quienes han llegado temprano. “Pase de este lado. No puede estar entrando y saliendo”. Al cruzar la calle, en las oficinas de las secretarías, en el también nombrado edificio gemelo, hay menos movimiento que en el resto del Zócalo. Los vigilantes platican en voz baja y observan a los caminantes.

El asta no tiene bandera. La plancha del Zócalo está tapiada debido a una remodelación. La antigua y verdadera base que mandó a poner Santa Anna para un fallido monumento —y por el que la Plaza Mayor también tomó el nombre de Zócalo— ya no puede observarse, ha sido cubierto por un sofisticado cemento. Debajo de todo lo que están removiendo las excavadoras quedan las huellas de Tenochtitlan, de la traza principal de la ciudad, del mercado El Parián, de un espacio arbolado, de los tranvías de mulitas y de los eléctricos, de un estacionamiento, de las manifestaciones y de las sombras de quienes toman la plaza pública como un lugar de paso o de encuentro cotidiano.

Son casi las ocho. Por fin va despertando el centro tradicional del poder.

 

Kathya Millares
Editora y periodista.

Expediente

08:00
Central del Norte

La gente va y viene frente a la virgen de la Central del Norte, y uno piensa siempre en los enjambres de hormigas negras. Por estos pasillos, dispuestos en un área de 69 mil metros cuadrados, circulan 15 mil personas en un día de poca afluencia. Pueden transitar más de 25 mil al comienzo o final de las vacaciones.

La Central es un lugar repleto de embarques y desembarques. De adioses y bienvenidas, y también de nada: de gente que camina sin hablar, como sobrecogida.

Unos cuantos pasajeros han arribado hoy a la ciudad. Como en todas las estaciones de autobús, muchos de ellos tienen un aire desorientado. Pasa un hombre con el sombrero puesto, que carga una caja de cartón amarrada con un mecate. Entra en la ciudad como si temiera perderse.

05-central

Ilustración: Patricio Betteo

Un tumulto proveniente de los andenes ingresa en la sala de llegadas, la pasa de largo y se dispersa en una especie de coreografía: hacia los baños, que son automáticos, ya que liberan la puerta-jaula-torniquete de gruesos tubos de acero al recibir cuatro pesos; rumbo a la oficina de resguardo de equipajes; a alguno de los kioscos de taxis autorizados; a realizar una compra de emergencia, como un refresco, un cepillo de dientes, una revista, el periódico o unos kleenex, o directamente hacia la luz que proviene de la salida principal y marca la frontera entre este espacio autónomo y la Ciudad de México.

Me quedo de pie justo antes de llegar a esa gran puerta, al centro de las dos alas que se extienden a derecha e izquierda para albergar 35 líneas de autobuses, cada una con una docena de taquillas expendedoras de boletos en las que hay al menos cinco personas nerviosas esperando turno: algunas revisan su reloj de pulso y luego fijan su mirada en los monitores que indican los horarios de las corridas.

Hay grandes bultos, carriolas, jaulas de mascotas, maletas de todos tamaños esparcidas por el suelo. Estoy debajo del hexágono que marca el punto más alto del edificio, a un lado del módulo de café, frente a una tienda de regalos y un expendio de tamales y atole. Por doquier hay gente tendida en el suelo, recargada, sentada o usando su equipaje como almohada, suspendida en la cárcel de una espera indefinida. El camión puede salir en un par de horas o, como en el caso de los que viajan a la frontera norte, en un par de días.

Uno que otro desbalagado se apresura, incluso corre, cargando una pequeña mochila, porque su autobús está a punto de partir. Sin embargo su impulso se verá detenido al llegar al módulo de revisión, antes de ingresar a la zona de andenes. Es preciso colocar el equipaje en una banda para que éste sea escaneado por los oficiales que se encuentran al pendiente de un monitor; caminar de uno por uno a través de un arco y someterse luego al somero escrutinio de otro oficial que pasa una paleta detectora de metales por el cuerpo de los que pretenden abordar un autobús.

Los bultos son de formas y tamaños irregulares (bolsas de lona amarradas en un extremo, gigantescos envoltorios transparentes repletos de objetos de plástico de colores vivos, canastas, costales, macetas) y tantas veces suena la alarma sin que los oficiales hagan nada que este ritual parece más un trámite absurdo que un filtro efectivo.

Siento, por las viejas máquinas tragamonedas, por las idénticas tiendas de servicios, por las descoloridas estaciones de boleros de zapatos y por las maltrechas sillas de las salas de espera, que aquí no ha pasado el tiempo y seguimos instalados en la década de los setenta, cuando esta y otras dos centrales camioneras (la TAPO y la de Observatorio) fueron inauguradas en la Ciudad de México para dar orden al caos que provocaban las 127 oficinas de autotransportes desperdigadas en distintos puntos de la urbe.

¿Cuántas historias habrán pasado por estas puertas? Ni siquiera tengo tiempo de pensarlo, un nuevo enjambre de gente que camina sin hablar, como sobrecogida, me obliga a quitarme del paso.

Miro a los nuevos pasajeros. Viajaron toda la noche, jamás sabré para qué, y ahora se pierden en la ciudad enfebrecida.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

Expediente

08:30
El Rastro de Ferrería

En la entrada del estacionamiento una estatua de Elvis, sentado con una guitarra, recibe a los compradores que, con bufandas y lagañas, bajan de sus autos y se acercan a mirar las canales que en la madrugada han entrado a la ciudad.

En el área de perchas, vendedores, deshuesadores y tablajeros, chiflan y gritan. Uniformados con botas, pantalón blanco y delantal, cortan y atraviesan a cuchillo kilos y kilos de proteína animal. Alrededor, las canales cuelgan. Gotean lentamente sobre el piso agrietado.

“Babilla…”, me explica Delfino con los ojos saltones. Un paliacate cubre su cabellera canosa. Se refiere al líquido que escurre cuando el cuchillo atraviesa la canal. “Este es el chambarete”, continúa, moviendo con destreza el cuchillo. Lleva más de medio siglo trabajando la carne.

06-rastro

Ilustración: Patricio Betteo

Comenzó a los 15 años, cuando en el rastro todavía se sacrificaban pollos, borregos, puercos y reses. El presidente Ruiz Cortines inauguró el rastro y frigorífico de Ferrería, que abastecía de carnes y vísceras al entonces Distrito Federal. La matanza se detuvo en 1992.

Los animales llegaban vivos y eran guardados en unos corrales que estuvieron donde hoy es la Arena Ciudad de México. A un lado estaba el edificio de matanza. El padre de Delfino lo mandaba averiguar: “Dice El Charolas que van a haber mil 800 reses de matanza”. Trabajaba en el saladero, debía salar las pieles diario y luego enviarlas a las peleterías.

Lo que no se sacrificaba esperaba otro día en el corral. Con la sangre que escurría hacían rellena; con la tripa del borrego, hilo quirúrgico. El desperdicio era cocido en unas calderas cilíndricas. No era tan malo el olor. El hueso se desmoronaba, deshidrataba y al pasar por un molino de martillo se hacía harina, de sangre y de carne para alimento animal.

La cámara de refrigeración y el área de perchas es la parte del rastro que hoy se mantiene con vida. Pero la venta ha bajado. De los 54 introductores de carne o vendedores que había cuando Delfino era niño, hoy sólo quedan 15. Los supermercados han acabado con la cultura de los mercados tradicionales. Los vales de despensa son otro golpe mortal, pues aquí no se pueden canjear. La mayoría mueve efectivo.

“¿El lomo sí era?”, pregunta Delfino a su patrón mientras levanta un trozo y lo acomoda sobre la mesa de acero. Con una segueta comienza a cortar. No terminó la primaria. Creció en una colonia “de paupérrimos”, dice, detrás del cerro del Tepeyac. Pasaba el día en la calle. Hizo tribu, pandilla. Veía cosas y las quería. La necesidad lo guio a trabajar.

Su patrón camina y revisa las canales. Las reses llegan por mitad, cada mitad es una canal. El patrón observa sus cortes y apunta en una libreta. Bebe café y mordisquea un pan. Su bata es impecablemente blanca.

Delfino tiene manos gruesas y las trae manchadas, sudadas. Con el dorso, se limpia el sudor de la cara.

Aprendió mutilando casi siete reses por día. Primero limpiaba caderas, luego deshuesaba pescuezos. Después pechos y espaldillas hasta llegar a la piña, la pata trasera del animal.

Se curtió en el arte de la tabla. Aprendió a sacar cortes finos. Para cortes americanos es mejor la carne gorda, con grasa. Si el cliente viene de una carnicería de barrio popular, la quiere más delgada, para que todo se venda.

Siguen desfilando compradores que vienen de mercados, carnicerías, restaurantes o taquerías. El precio se define con el peso.

“No vendemos vaca”, enfatiza Delfino, “no es por discriminar”, ríe, medio pillo. La vaca es para reproducirse, sólo se mata cuando ya no se carga, no da becerro, y es carne más vieja, de segunda clase. Entre más tiernita, mejor. Las canales que llegan son de novillos de dos años. Uno para que crezcan, el segundo es de engorda.

Pecho, asado, aguja, arrachera, espinazo, pulpa o maciza para hacer jamón y lomo americano. Molida para hamburguesa. El cuarto delantero es la parte de abajo. La cabeza se deshuesa y con eso se hace el queso de puerco. Todo vale y se vende. La grasa y el hueso también atraen clientes.

La carne que entra al rastro llega de Veracruz, Aguascalientes, Ezequiel Montes. Se sacrifica en su lugar de origen y dos, tres días después los camiones la ingresan a la ciudad.

De la universidad aparecen alumnos para recolectar unas glándulas. Delfino se las separa. Le piden 10, 15 glándulas por semana. Así estudian qué tipos de bacterias están presentes.

Durante los pocos descansos, Delfino se limpia las manos con una manta y se sienta junto a una columna. Saca un librito y se olvida de despedazar. Sus primeras ganancias de la carne las invirtió en conciertos. El rock lo enloquecía. Le gustaba meterse en las conversaciones de otros jóvenes. Cuando hablaban de libros se quedaba callado.

“Me caes bien”, le dijo un día una chica, “porque eres muy espiritual, andas bien callado”. Delfino rió para sus adentros, “si te viera allí en mi barrio, hasta te violo”. Ella le pidió que le detuviera su bolsa y se puso a bailar. Luego que le pasara un cigarro de adentro de la bolsa.

Al abrirla le sorprendió El lobo estepario, de Hermann Hesse. Ella se lo regaló. Él lo leyó despacio. Página por página. “Apaga esa vela cabrón, te vas a acabar los ojos”, le reprochaban sus hermanos. Le tomó tres meses terminarlo. Quedó fascinado y decidió que junto con la carne sus días se acompañarían de libros.

“¿No hay forma de que la pasen deshuesada?”, un comprador intenta regatear, “para que no nos cobren el hueso”. Delfino empuja la canal y la raja hasta dejar el hueso. Luego empaca y entrega.

El sol todavía no ilumina, la luz que nos rodea es artificial. Camiones y camionetas se siguen estacionando. Abren sus puertas traseras y decenas de hombres con el delantal ensangrentado se acercan. Estibadores, son los de bajadas. Sacan canales completas sobre el cuello y la espalda.

Cada una pesa entre 150 y 200 kilos. Con la ayuda de un banquito y un fuerte impulso la enganchan en una percha. Debe quedar bien fija o no será fácil de cortar. “¡Arriba las Chivas!”, grita uno y todos los demás chiflan.

Las canales se enmantan. Las cubren con una manta mojada con agua de sal para evitar que se sequen. Enganchadas, las canales se empujan y mueven por medio de rieles.

Viajan de la cámara de refrigeración al área de percha. Cada quién se encarga de las suyas, de las de su patrón, las acomodan en su área de exhibición y venta y las van seccionando. Lo que sobra regresa a refrigeración.

El celador controla lo que entra y sale de la cámara de refrigeración. Sabe qué es de quién. Las canales llegan etiquetadas y selladas. De rastros TIF vienen con el riñón colgando y una etiqueta con la fecha de sacrificio, peso y procedencia. También aseguran no tener clembuterol. El sello es la estampilla del dueño: un corte con cuchillo al pecho del animal con sus iniciales.

“¿Cuánto de retazo?”, vuelve a preguntar Delfino a su patrón mientras afila su cuchillo. Me alejo entre una bomba de chiflidos. En el estacionamiento, los compradores, cargados, arrancan sus autos. Elvis los despide. En la ciudad, la sinfonía del amanecer ha comenzado.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

Expediente

09:00
En la ventanilla de trámites

Dicen que en las ventanillas de trámites quedan varados los que no irán al infierno, pero tampoco han hecho méritos suficientes para ir al cielo. La religión llama a esto Purgatorio. En términos administrativos podríamos hablar del Registro Público de la Propiedad y de Comercio.

Son las nueve de la mañana y aquí debería haber un cartelón que dijera: “Abandonad toda esperanza”, porque la gente que llegó temprano con la ilusión de no tener que pasarse la mitad del día “haciendo cola” se va a llevar un fiasco. Todo se desmorona desde el primer filtro, en donde el policía de la entrada orienta al recién llegado sobre la primera “cola” que debe hacer para que lo atiendan: la de Informes.

“¡¿Toda esta fila es apenas para informes?!”, exclama una mujer, señalando a un grupo de 50 personas que, separadas por unifilas, conforman una serpiente de desolación.

Ella y el hombre que la acompaña siguen la línea con intención de formarse, pero la fila sigue hasta una escalera, donde baja y termina dos escalones antes del sótano.

Los ciudadanos que buscan corregir, actualizar o regularizar algún predio o inmueble deben esperar a que un funcionario se acerque a ellos para canalizarlos a otra fila, de acuerdo con el trámite que van a realizar.

07-tramites

Ilustración: Patricio Betteo

“Un folio real”, dicen algunos y el empleado los envía al primer piso, con “pago original, formato original y copia de identificación”.

Aliviados, los que van por ese trámite salen de la fila. Pero sólo para hacer otras dos: la del banco y la de las copias.

El banco más próximo está sobre Paseo de la Reforma, a dos cuadras grandes del Registro (que se ubica en la calle de Villalongín, colonia Cuauhtémoc). El contribuyente debe pagar 200 pesos por el documento membretado y sellado con el folio real de su inmueble, pues la oficina del Registro no recibe efectivo. Más tarde hay que ir a la única papelería cercana, cuyo local consta de poquísimos metros cuadrados. Ahí las personas que necesitan una copia de su identificación hacen otra fila que se extiende por la acera.

De regreso en el Registro, los solicitantes ascienden al segundo piso por unas pequeñas escaleras eléctricas. Un policía le indicó a uno de ellos que debía subir a “la unifila”, pero en el letrero con esa palabra no hay fila alguna. Ante la confusión, el usuario se acerca a una funcionaria para preguntarle en dónde la atenderán. “Si le dijeron unifila es unifila”, responde la empleada.

Resulta que la fila de “la unifila” es otra, y el trámite de folio real no se hace en ésa, sino en la fila contigua. Los usuarios se van separando según el documento que necesiten tramitar, pero cada “cola” se compone de al menos 30 personas.

—¿Lo puedo molestar si me lo aparta tantito? Sólo un minuto en lo que voy por algo —suplica un hombre a otro.

—Tengo hambre —dice un niño a su abuela.

—Ya nada más que termine esta fila —responde ella—. ¿Me esperas un ratito así de chiquito?

El niño asiente, pero deberá esperar que pasen al menos 15 personas más.

¿Cómo eran las filas antes del teléfono celular? Sólo recuerdo gente abanicándose con fólderes y documentos. Hoy, la mayoría teclea en sus teléfonos. La tecnología no logra, sin embargo, arrancar a los solicitantes ese aire de hastío y resignación.

Un usuario me cuenta qué vino a hacer aquí. Vive en un condominio de 400 departamentos, cuyas cuentas de predial aparecían con la misma dirección, sin especificar la torre ni el número del inmueble. Acudió a la delegación para registrar la dirección completa de su departamento, y allí empezó un viacrucis que lleva un año de duración: de la Gustavo A. Madero a la Tesorería Central (Catastro) en la colonia Doctores; de ahí a la oficina de Sullivan e Insurgentes y de regreso, en un ping-pong cuyo último tiro lo mandó al Registro Público de la Propiedad, porque en el Catastro cambiaron arbitrariamente el domicilio de los 400 departamentos.

—Los tiene que traer acomodados así y engrapados, señorita —le reclama a una chica una empleada de la ventanilla.

—No lo sabía y no tengo grapas —se excusa ella.

—No hay problema, se lo comento para la próxima vez.

Nadie espera venir una próxima vez.

Aburridos, los tramitantes resoplan, cambian de pie. No sé si se abanican. Miran con hastío sus teléfonos celulares.

El Purgatorio, pues.

 

Claudia Altamirano
Periodista.

Expediente

10:00
El canal del desagüe

Junto a las oxidadas vías del tren se extiende un muro gris y una reja azul cielo. Con fuerza toco una puerta. Sólo ladridos responden. A lo lejos, una camioneta que dice “Emergencias” se acerca.

Dos hombres viajan al frente. Uno, de espalda ancha y brazos fuertes, se presenta como Julio. Es buzo, lo acompaña su asistente. Lleva más de 33 años sumergiéndose y reparando el cauce de las aguas negras.

“Todo esto es el Gran Canal”, Julio señala detrás de la reja. Parece una carretera desolada que atraviesa la ciudad. Tubos gigantescos, como gusanos jorobados, salen de un lado y se clavan al centro del pavimento. Toca la puerta con fuerza. Estamos en una de las plantas de bombeo.

Cuando los perros se callan, Jorge, el operador, aparece y abre la puerta. Al igual que el río de la Piedad y el río Churubusco, al Gran Canal también lo encajonaron. Jorge era niño cuando el río corría a cielo abierto con agua limpia. Ahí pescaba y agarraba ranas.

La población aumentó, construyeron más unidades habitacionales y el agua oscureció. Comenzaron a usarlo de basurero. Tiraban de todo, hasta autos. Cuando llovía se bloqueaba, desbordaba e inundaba las colonias.

Con la extracción del agua del subsuelo la ciudad se hundió y la gravedad dejó de ser suficiente. Las aguas negras comenzaban a salir de los retretes, lavabos, cloacas, y la gente demandaba al gobierno para que cubriera los daños. El olor también era detestable.

De San Lázaro a Ecatepec, en los más de 18 kilómetros de canal encajonado, hay 63 plantas de bombeo y chimeneas por donde respira el agua y agarra velocidad. Pasando el Reclusorio Norte el desagüe continúa una carrera subterránea por el Drenaje Profundo, a cientos de metros bajo tierra, para llegar a su destino final: la presa Endhó en Hidalgo. Ahí la utilizan para riego.

08-desague

Ilustración: Patricio Betteo

Julio me pide que lo acompañe al cárcamo. Una alberca profunda donde se acumulan millones de litros de drenaje de las colonias aledañas. Las aguas negras se transportan por un sistema de tubos subterráneos de distintos diámetros. Llegan del retrete, coladeras, lluvia, cloacas que salen de restaurantes y hospitales, que escurren con bolsas flotando, vasos aplastados, ramas, empaques y hasta una rata inflada de cola calva.

Todo está conectado y el agua siempre busca salida. Jorge, el operador, debe estar alerta. Cuando el agua del cárcamo rebasa un cierto nivel hay que encender el motor y comenzar a bombear con velocidad al canal. Lo repite cada hora, a ojo de buen cubero. De no hacerlo, litros regresarían y saldrían por calles y casas.

Unas rejillas filtran los residuos del drenaje antes de entrar al cárcamo. Jorge, con una pala, sube la rejilla, limpia lo que se va atorando y la vuelve a bajar. En una carreterilla empuja a un contenedor los kilos de desperdicios que encuentra.

Pero la basura delgada, la que no flota y otra más sólida se va quedando atorada. Llantas, troncos, rines, costales se quedan abajo y pueden llegar a dañar las bombas. Entonces Julio debe sumergirse y resolver el problema.

Jorge le explica que una de las rejillas no baja. Algo la atora. A simple vista es imposible concluir algo. El agua es completamente turbia y con varios metros de profundidad. Su constante movimiento genera gases y no para de burbujear. A menos de 10 centímetros ya es imposible visualizar algo.

Julio se prepara en la parte trasera de la camioneta. Su asistente le ayuda. Entra en un traje de hule vestido con sus pantalones de trabajo y camiseta debajo. Una sola pieza de pies a cabeza. Se cierra herméticamente para que nunca entre en contacto con el agua. Los guantes se sellan aparte. Con cinta canela. Para sacarle el aire, si no flotaría.

A la pieza del cuello le llama “la tapa de escusado” pues se asimila. La escafandra pesa casi nueve kilos. Por un micrófono y audífono se comunica con el asistente afuera. Su voz sale por una consola con altavoz para que lo escuchen todos.

El traje es de confección noruega. Diseñado para los trabajadores de las plataformas marinas que se sumerjen en temperaturas gélidas. Afuera del agua, Julio camina pesado y pausado. En la mano carga su herramienta: ganchos, palos, picos, cables. Como 80, 90 kilos encima.

Un arnés con mosquetón a la cintura lo conecta al cordón umbilical: tres mangueras y un cable. Una con aire, otra comunicación, profundímetro y línea de vida. La última es la más resistente, lo sujeta por cualquier emergencia. Cada tanque dura media hora. El asistente se lo suministra, sólo él puede leer cómo van los niveles. Llevan hasta 10 tanques llenos como prevención.

Julio se prende de los barrotes de la rejilla y Jorge comienza a bajarla. Cuando el nivel del agua le llega hasta el pecho Julio anuncia “¡alto!”. Debe revisar que el traje no esté roto. Que no le salga ninguna burbuja. Que él respire bien y si siente agua salirse rápido para parcharlo.

“Estoy bien sellado”, confirma Julio por el altavoz, “ya bájenme hasta el fondo”. Su asistente le va soltando la manguera conforme se va alejando. Tiene hasta 40 metros. Se sumerge y desaparece entre agua pesada, viscosa, con bolsas de mandado, de tortillas, ramas, un gallo muerto y flores marchitas. Sabemos por dónde se mueve por el rastro que dejan sus burbujas.

Julio trabaja a ciegas. Revisa con las manos. Toca, avanza y vuelve a tocar. No puede nadar como los buzos del mar. Debe moverse a gatas, de rodillas, agachado, arrastrado. El fondo es lodo. El agua siempre está en movimiento. Una llanta o un tronco pueden pasar y golpearlo. Ya está acostumbrado. En la cabeza, por el casco, no le pasa nada.

Lo peor es quedarse atorado, no poder salir. Va por un lado, luego otro, en los cárcamos hay varillas, su manguera se puede quedar atrancada. Entonces debe regresar jalando su línea de vida hasta encontrar el nudo y desatorarlo.

La lluvia llega cuando nadie se imagina. Entonces, los respiraderos del Gran Canal parecen volcanes de agua enfurecida. Los envases de PET, con tapa cerrada y rellenas de aire, viajan como proyectiles. Romperlas es casi imposible. En otra planta han recolectado hasta 100 kilos de PET en un día.

Las bombas son capaces de mover miles de litros cúbicos por segundo. Cada vez requieren más. Durante tormentas que inundan, los vecinos se acercan a la planta y gritan fastidiados “¡bombeen!”. Pocos entienden que no es el drenaje sino los kilos de basura compactada que anidan.

Algunos buzos han muerto, también operadores. Intentando destapar. Porque se electrocutan o caen al cárcamo y las bombas los rebanan. Otros se enferman, agarran virus, bacterias.

Hace unos años Julio hizo una revisión en la presa Mixcoac, el agua no se movía. Se encontró con que se atoró una rama, luego una botella, y otra, y así hasta compactarse tanto que formó una barrera tan gorda y fuerte que trajeron a expertos y tuvieron que dinamitarla.

Julio también se zambulle en al Gran Canal pero sólo cuando la corriente no está muy fuerte. Pueden formarse rápidos. Abajo está solo. Aunque es emocionante también siente miedo, es peligroso, nunca sabe con lo que se va a topar.

Un día lo cruzaron tres cadáveres. Ni idea de dónde venían. Algunos rompen las rejas de las chimeneas por la noche y avientan cosas prohibidas. Primero, los cuerpos se llenan de agua y se van al fondo. Después, los gases de la descomposición los regresan a flote.

Los cuerpos que caen por accidente y los reportan, Julio debe encontrarlos. Otros desconocidos, sorprenden flotando, pálidos e hinchados, abriéndose paso entre la inmundicia de la presa Endhó.

A un compañero de Jorge, cuando subió la rejilla, le apareció un soldado parado. Llamó a la policía. Lo interrogaron y liberaron hasta el siguiente día. Con el próximo cuerpo que se topó se compadeció y lo dejó seguir flotando.

Por las noches los indigentes se meten y duermen arrinconados sobre el canal. Intentan robarse el cobre y vidrio de las plantas de bombeo. Lo venden y con eso se drogan. Dejan botellas compactadas y reventadas. Por eso los operadores tienen perros.

 “Aquí hay algo”, anuncia Julio desde abajo del cárcamo, “un costal atorado”. Lo quita y continúa su recorrido. Por el centro, por debajo de todas las rejillas. Una llanta también obstruía.

Hace no tanto un indigente que se había instalado entre unos árboles junto al canal mató a su novia aventándola por un puente vehicular. Luego se metió por las rejillas y escondió el cuerpo en el cárcamo. La policía no daba con él. Los operadores tuvieron que señalarlo.

Julio anuncia que terminó la revisión y se vuelve a prender de la rejilla. Jorge lo sube. La rejilla obstruida ya no lo está. Julio abandona el cárcamo y su asistente comienza a enjuagarlo con agua, jabón y cloro. Poco a poco se quita cada pieza del traje intentando no contaminar.

“El agua potable y el drenaje son las venas de la ciudad”, me dice Julio con un cigarro y encendedor en la mano, “toda el agua la metemos y sacamos bombeando. Es caro pero nos mantiene con vida”.

En una libreta escribe la fecha, la ubicación y el reporte de los daños. Es para los jefes, explicarles lo que se atendió y de qué se trató. Luego cierra la cortina de la puerta trasera de su camioneta y arranca el motor. Debe seguir su camino. A otra estación. La ciudad siempre está al borde de la inundación.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

Expediente

10:30
Plaza de Santo Domingo

En 1676 la Real Aduana abandonó sus antiguas oficinas y se mudó a la Plaza de Santo Domingo, donde ocupó unas casas grandes y espaciosas que habían pertenecido al marqués de Villamayor.

La vida en aquella plaza, que hasta entonces solía ser empleada para la ordeña —la gente iba muy temprano a hacerse de baldes de leche espumosa— cambió para siempre.

Los comerciantes que llegaban a la ciudad y debían pagar impuestos o registrar sus efectos en la Aduana tomaron por asalto Santo Domingo. La plaza más grande de la ciudad, luego de la que hoy conocemos como el Zócalo, se llenó de recuas de mulas, de carretas cargadas de mercaderías, de gente obligada a esperar a que los lentos trámites fiscales se pudieran llevar a cabo.

Con aquellas mulas y aquellas carretas llegaron a la plaza unos personajes que hasta entonces prestaban sus servicios frente al palacio de los virreyes. La gente los llamaba los “evangelistas”, como a los apóstoles que escribieron aquel libro del Nuevo Testamento.

09-santodomingo

Ilustración: Patricio Betteo

En un tiempo en que poquísimas personas eran capaces de manejar los símbolos del alfabeto, los “evangelistas”, sentados en un banco, con las gafas caladas hasta las narices y echando mano de la pluma, la tinta, el papel: los chismes propios de su oficio —así los retrata Luis González Obregón en un libro célebre: México en 1810—, rendían declaraciones, extendían solicitudes, preparaban relaciones, documentos, oficios.

Practicaban, también, el hoy olvidado arte de la epístola: con un tabla sobre las rodillas, describían los celos, las cuitas, los amores mal correspondidos de sus clientes.

En 1855 Juan de Dios Arias los llamó “los secretarios particulares del público”. En Los mexicanos pintados por sí mismos dejó una muestra del tipo de carta que estos nobles caballeros solían escribir: “Ya te hicites el ánimo de dejarme (como si no tubieras Hijos que mantener) después, de yo sabe. Dios lo que el trabajo para darles de comer, y luego a ti también que nomás ocurres a mi cuando estás en la cárcel”.

En una novela corta ambientada a finales del siglo XIX, El evangelista, Federico Gamboa narra las transformaciones que los escribanos de Santo Domingo atestiguaron desde la oscuridad de los portales: las turbulencias del siglo XIX, la fuga de las carretas que colmaban la plaza, y la llegada, por ahí del año 1900, de “un enemigo invencible y sin entrañas”: la máquina de escribir.

Relata Gamboa:

“Primero, fue uno, de avanzada; y menuda gresca la que se ganó el que la llevaba, al desenfundarla y ponerse a recorrer su teclado; porque se trataba de una máquina de escribir, remozada y que sonaba a vidriera rota. Hubo carcajadas, silbos, malas palabras, amontonamiento de mercaderes y compañeros de oficio para contemplar de cerca cómo funcionaba aquel ‘chisme de hoja de lata’”.

En la novela, los “evangelistas” que miran aquel armatoste apuestan a que los marchantes del portal despreciarán la máquina, no picarán “ese anzuelo”. Pero están equivocados. Al poco tiempo llega otra “endiantrada” máquina, y luego otra, y luego tres de un golpe, y los “evangelistas” comprenden que, para que no los triture el Progreso, están obligados a volverse “progresistas”.

Así nació la imagen de los escribanos que aporreando una Olivetti terminaron por convertirse en clásicos del siglo XX. Santo Domingo sería durante la centuria siguiente la plaza de los mecanógrafos —y lentamente, también, la de los impresores de recibos, facturas, tarjetas de presentación, invitaciones de boda y de toda clase de papeles “chuecos”.

Me interno en la plaza preguntándome cuántas historias se habrán narrado bajo sus portales. González Obregón describió a una mujer “de falda blanca y rebozo colorado de bolita” que en 1810 narraba a un “evangelista” su historia de amor mal correspondido. Desde entonces, ¿cuántas vidas, cuántas palabras, cuántas páginas?

Los “evangelistas” continúan anclados en la sombra. Es como si una época entera hubiera quedado ahí. Los veo desde la distancia como un cortejo de fantasmas detenidos.

Pero ahora sí se los está llevando el Progreso con sus arqueológicas Remington, sus vetustas Olivetti, y con esos tanques de guerra llamados Smith Corona. “Ya nadie escribe cartas. Algunos días no viene nadie”, me dice uno de ellos.

En algún momento de esplendor y analfabetismo en los portales llegó a haber cien mecanógrafos. Hoy sólo quedan menos de diez y José González es el más antiguo. Pregunto por él. Lo encuentro mirando hacia el Palacio de la Inquisición un poco con la mirada perdida. Podría pasar por un fantasma que recuerda con nostalgia las recuas de mulas, las carretas cargadas de mercaderías.

Me cuenta que aprendió el oficio hace 50 años y que de entonces a la fecha ha consumido diez potentes máquinas de escribir.

—Escribí de todo, menos novelas, y mi fuerte fueron las cartas de amor —dice don José con una sonrisa y una pose de secretario particular del público imposibles de resistir.

Le pido que escriba una. Él teclea rabiosamente durante varios minutos. Lo hace sólo con dos dedos. Sin saber por qué pienso en Leñero, mientras el tac-tac-tac de la máquina parece un eco que vuelve de un mundo ya desaparecido. Los teclazos cesan al fin, y son como las pisadas de alguien que se detiene.

A esta hora atraviesan la plaza empleados de la SEP, clientes del Salón Madrid, señoras con bolsas, gente que visita Santo Domingo o la Inquisición, personas que preguntan precios en las imprentas y jóvenes de brazos tatuados que ofrecen a los transeúntes cualquier cosa: invitaciones, facturas, calendarios, tarjetas de Navidad, recetas médicas, colgantes publicitarios y dicen que hasta títulos falsos.

La carta va a costarme cuarenta pesos. Me imagino al “evangelista” que pudo haber visto González Obregón y me imagino al “evangelista” del tiempo de Juan de Dios Arias. Me imaginó también a don Moisés, el triste personaje arrasado por el Progreso de la novela de Gamboa.

José González me mira desde su máquina. Recibo mi carta. Dice así:

“Hace años que nos conocemos, usted sabe bien que soy tímido, su personalidad me cautiva, en forma callada ha ido incrementando mis sentimientos de amor. Lo que en principio fue admiración, amistad, ahora se ha trocado en un irrefrenable e inaguantable amor”.

—Nomás ponga arriba el nombre de la muchacha —me dice—. El efecto está garantizado.

Dejo un billete en el escritorio.

—También sé escribir cartas de despedida —murmura González.

Doblo la carta con cuidado y camino por Brasil entre el ruido de los coches, la música de las tiendas de ropa, las vociferaciones de una ciudad en la que ya no caben tantas cosas. Siento como si regresara a la luz luego de estar en un sótano lleno de objetos antiguos

 Lo que llevo en el bolsillo del saco es una tradición. Y tiene más de cuatrocientos años.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

Expediente

11:00
Pepenadores

Frente a su casa, Margarita extiende una manta de hule sobre la calle. De un costal saca tortillas y las acomoda encima. Unas rotas, partidas. Otras duras. Cachos también de bolillos. Kilos y kilos. Deben quedar bien separados para que a cada pieza le lleguen los rayos del sol.

Sobre un muro apila decenas de costales con botellas; unas de licores, de PET, y de vidrios de colores. Ella y su esposo, Guadalupe, nacieron y se criaron en el basurero. Viven en la colonia Renovación, la que fundó El Zar de la basura. Alguien que se proclamó líder y dueño de los tiraderos hasta que lo asesinaron.

Frente al ahora extinto tiradero de Santa Cruz Meyehualco, en Iztapalapa, El Zar lotificó un área en parcelas de 10×12 metros que distribuyó entre sus pepenadores. Para darles casa. Cada quién debía construir la suya. Los primeros servicios los metió el gobierno.

10-pepenadores

Ilustración: Patricio Betteo

Una vez al año, en enero, El Zar enviaba autobuses, trepaba a todas las familias y las llevaba a conocer el mar de Acapulco. Así se ganó a miles. Cargaban una cobija y dormían sobre la arena de Caleta y Caletilla.

Cuando Margarita termina de extender las tortillas prepara un taco que comparte con Guadalupe. Él se mueve a pasos lentos con la ayuda de un bastón. Tiene un colmillo plateado y usa anillo. Ojos almendrados. Nariz aguileña. Comenzó a pepenar a los 10 años, cuando ya tenía fuerza para jalar.

Despertaba con el quiquiriquí de los gallos. Cuando todavía se veía oscurito. Agarraba un bieldo, se colgaba un chiquigüite al hombro y caminaba hasta el tiradero. De la basura desayunaba. Llegaban los camiones recolectores y tiraban montones. La que venía de mercados era favorita de los chiquillos, pues cargaba frutas como naranjas y mangos.

Agachado, buscaba. Como se le levantaba la camisa se le quemaba la espalda. Esa franja negra uniformaba a todos los pepenadores. Usaba un zapato de uno y otro de otro. Por la tarde escudriñaba unos jitomates, chiles y con suerte un espinazo y cabeza de pescado para hacerse un caldo. Las cajas de leche y latas de sardinas eran utensilios.

Unos tractores movían los montones y él resoqueaba. Llegaba de todo, revuelto, a todo momento. Alzaba botes, vidrios. Debía extender la basura y revisarla hasta que no quedara nada. Luego juntaba lo que había separado y con la ayuda de un carrito, o burro, lo llevaba al pesadero.

Ahí mismo se lo pagaban en efectivo. Había distintas paradas, los encargados eran los cabos, empleados de El Zar. Ellos le compraban vidrio, lámina, cartón, papel y hueso. El último para elaborar jabón y cosméticos.

A casa se llevaba tesoritos, chacharitas. Un carrito, unos zapatos. Los limpiaba, guardaba y luego vendía. Cuando el tiradero se llenó, lo cerraron. Hoy es una plancha olvidada con maleza que crece y esconde los respiraderos. En otras zonas de la ciudad abrieron otros. Los desperdicios cada vez viajan más lejos.

Guadalupe estaba casado cuando conoció a Margarita. Ella también. Era pepenadora en otro tiradero pero visitó la colonia. En una tiendita cruzaron miradas. Ambos dejaron a sus parejas y se fueron juntos, con siete hijos, una mochila y dos mudas.

Rentaron un cuartito en la calle 1 de la colonia y volvieron a empezar. Era algo pequeño, sin techo, con hule y sin piso. Con el tiradero cerrado la pepena había cambiado. Ahora debían comprar la basura de los camiones, de otros pepenadores y trabajadores de limpia. Llevarla a casa, quebrarla, venderla, arreglarla, juntar más y volver a vender.

En un terrenito más lejos almacenaban lo que iban encontrando. Después de clases sus hijos ayudaban. Niñas: metales. Niños: plásticos. Entre más volumen eran más los centavitos. Pero no daba ni para un melón. Cuando el hambre apretaba, Margarita se metía a la basura de la Central de Abasto y se surtía. El bolillo lo desempolvaba y guardaba.

A Margarita se le prendió el foco y comenzaron a vender las chácharas que encontraban en diferentes tianguis. Empezaron por el que se monta jueves y sábados en la avenida que da la bienvenida a la colonia. Los compradores revenden en otros lados.

Guadalupe logró hacerse chofer de un camión. Con contrato, sueldo mínimo y prestaciones. Sus hijos jalaron con él. Todos como voluntarios. Son tercera generación que pepena. Se calcula que hay más de 20 mil familias trabajando como voluntarios de limpia. Una vida a la que se ha acostumbrado.

Todos los días, a las 6 a.m., el motor de su camión enciende y dejan la colonia Renovación para comenzar los viajes. Terminan como a las siete, ocho de la noche que regresan. Guadalupe los acompaña pero ya no todos los días. Los años y la pierna no lo dejan. A veces ya sólo toca la campana, si los de la delegación no lo ven dándole se lo quitan.

Sus hijos separan y encostalan lo que Margarita y Guadalupe pueden trabajar desde casa para luego vender. Al terminar la ruta del día, antes de dirigirse a la estación de transferencia, pasan y descargan en la casa los costales que puede significarles ganancia.

Entonces, por la mañana, Margarita extiende las tortillas y el pan que sale. También separa las botellas y los vidrios. Cada vez encuentran menos vidrio y más PET. En una ocasión apareció un centenario dentro de un puerquito de barro.

Pero la basura se va desvaneciendo pues pasa de mano en mano. Lo que antes llegaba directo a los pepenadores ahora no. La que llega al camión no es suficiente, no es la mejor, deben comprar por otros lados para acumular más. Si es necesario, pagar fletes para transportarlo. El camión también vende a otros vecinos.

La gente mete mano a la basura antes de que esta llegue al camión. Algunos culpan a los burreros. Aquellos desconocidos que salen por las calles, con camionetas y altavoces comprando “algo de fierro viejo”.

Las tortillas pasan un día al sol. Antes tres, pero “el sol está peor”, ríe Margarita y culpa al calentamiento global. Cuando llueve debe apurarse y quitarlas. Algunas tienen moho. Las aves llegan y las picotean. A Margarita le gusta escucharlas cantar. Su perro también se pasea entre las tortillas, luego se mea en las esquinas y las patea. Ella las vuelve a acomodar.

Al fondo de su casa Guadalupe ha instalado un pequeño taller mecánico. Es para arreglar lo que falle del camión. La delegación lo arregla pero tarda casi una semana. Como todos son voluntarios deben salir a diario a trabajar. Viven de las propinas que les dan. 200 pesos es una buena regalía por día.

Guadalupe no entiende cuando las amas de casa enfurecen porque les pide “pa’l chesco”. Sabe que su trabajo es indispensable y casi nadie entiende que la mayoría son voluntarios. Sus nietos están aprendiendo a reconocer qué es basura, cómo distinguirla, separarla, guardarla y hacerla lucrar. También a diferenciar y arreglar las chacharitas para vender en los tianguis.

Un vecino escucha música mientras desgarra cientos de fotocopiadoras y pantallas de computadoras. Pone rock; algo de Los Beatles y “Bohemian Rapsody” de Queen. Al cielo lo cubren cables. Amarrados, anudados. Viajan de lado a lado. Vienen de las torres de poder que atraviesan la colonia. Baches, topes y perros ladran a las camionetas y camiones cargados que zigzaguean para abrirse paso.

Otro vecino ha instalado un toldo fijo. “Buena idea”, opina Guadalupe. Cada casa se especializa en algún material. Llantas, lavadoras y diferentes tipos de plásticos apilados por todos lados. Muebles, colchones, escritorios, sillones, unos se ven más nuevos, otros destrozados.

Cada casa parece bodega. Toneladas de acumulación. El techo también lo atiborran. Aluminio, cartuchos de impresoras, archivo de color, de periódico. En una casa hay sólo papel, cuando hacen trampa lo mojan, para que pese más. La comida orgánica se vende como alimento para marranos.

En una casa cuelga un letrero de pesadero, ahí también compran bronce limpio, el kilo en 64 pesos, si viene sucio es por menor precio. El cable en 16 pesos. Otra, con letrero de Nachita Pink, compra “cristal”, “cartera”, “color” y “disco”; todas son partes de los casi olvidados discos compactos. Un kilo de disco en siete pesos, de cartera en dos. Montañas de música silenciada.

Una lavadora que se puede arreglar y vender bien es lo que más conviene. El trapo, o ropa, siempre encuentra salida. En los tianguis vuela. La lavan, planchan y revenden.

Los compradores de fábricas llegan y salen con decenas de sacos. Cada saco atiborrado de PET pesa como 45 kilos. Los plásticos se muelen con mucho calor y crean nuevos más resistentes, como para hacer cubetas. Hay remolques y cajas de tráileres estacionados.

En una esquina venden fruta. Cebolla, papa, mostaza, salsas, vienen de los supermercados. Les borran la fecha de caducidad y ya. En otra, una chica abre bolsas rojas que dicen “material peligroso”. La traen de hospitales, laboratorios. Con la mano desnuda sacan el relleno, los cultivos de las cajas de Petri. Catéteres, jeringas. Luego se toca la cara, se rasca la pierna. Un sombrero le cubre la cara.

“Dios mío, cuida a tu pueblo”, se lee en la entrada a la capilla. Sin techo, con toldos de plástico. Macetas y más plantas decoran las entradas. Algunas casas usan cortinas por puertas. Un barrendero se queja. Por ser voluntario debe pagar por el carrito. También la delegación está repartiendo uniformes a los de limpia, pero a ellos nada.

Una de las camionetas atropella a un perro pequeño que ronda. Su llanto irrita a toda la cuadra. Margarita y Guadalupe voltean. Es del vecino. Más perros ladran, incluso el suyo. “Este ya se la sabe con los coches”, ríe Margarita. Guadalupe le pide que le acerque una silla.

Trabajando en el camión, moviendo un tambo, Guadalupe resbaló con unos vidrios y se cortó el talón. Con la diabetes se puso mal de volada. Tuvieron que amputarle el pie, “cuestión de la chamba”. Ahora con Margarita recuerda cuando bailaba salsa en Tepito y los aniversarios de La Merced. La gente se le quedaba mirando. Guadalupe se lucía, hacían ruedita y él les enseñaba nuevos pasos.

Margarita guarda en otro costal la tortilla que ya siente seca. Nota que ya tiene suficientes kilos como para llamarle al señor que se los viene a comprar. La muele y usa para el mole o como alimento animal. Los precios cambian, el kilo anda en 1.20 pesos. Luego se apresura y guarda unas chácharas dentro de bolsas. En pocos minutos debe irse al tianguis. Guadalupe la va a acompañar.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

Expediente

11:30
La hora del mandado

Sólo venía por unas tortillas, pienso a medio mercado mientras cargo dos bolsas repletas de comestibles. Es difícil no dejarse llevar por las tentaciones que ofrece un mercado de la Ciudad de México. En cada sección hay tesoros de lo cotidiano que precisamente por su condición —superflua, efímera— parecen volverse de pronto indispensables.

Aunque los puestos de frutas parecen más glamorosos que los de verduras (veáse el caso de pintores y muralistas mexicanos), los montones de brillantes y blancas cebollas, las lucientes calabazas alargadas y los redondos y rojos jitomates me han atraído siempre como imanes. Las gradaciones lorquianas del verde se antojan infinitas entre los chiles, los pimientos y los tomates. La gente parece que anda distraída, pero todo lo contrario, se encuentra profundamente concentrada, hipnotizada por lo que el escritor argentino Ernesto Sábato llamaba “una fiesta de la naturaleza en mitad de la ciudad”. Señoras que caminan con presteza hacia objetivos determinados, y eliminan de su lista mental los ingredientes que ya han obtenido; hombres de aspecto fatigado que acaso cargan los excesos de la noche anterior, y andan en busca de una birria o una pancita reconfortante en el oasis de los puestos de comida; trombas humanas que pasan entre la gente con “diablitos” cargados de huacales. Gritos, ruidos, el machetazo de los carniceros sobre la tabla.

Hay que decir que tantos colores aturden un poco. Entre la perfección geométrica de los mangos o los duraznos alineados, salta una piña, con toda su bella irregularidad, sobre un montón de ciruelas en una canasta circular. Es increíble la cantidad de formas y colores que hay en el mercado. Todas entonan una sola sinfonía: La posibilidad vegetal de la forma y el color. Debo aclarar que no me encuentro en un mercado especial, sino en uno común y corriente, que es el que me toca, en la esquina de Salto del Agua y San Juan de Letrán. No tiene el toque excéntrico que ha adquirido su vecino, el mercado de San Juan, sobre Ernesto Pugibet —construido en 1952 en lo que fueran las bodegas de la fábrica de cigarrillos El Buen Tono.

Ese mercadillo es famoso mundialmente porque en sus 300 locales (que son pocos, si se toma en cuenta que grandes mercados como La Merced, por ejemplo, tienen tres mil) se ofrecen rarezas exquisitas: carne de tigre, de jabalí, de búfalo; quesos curados de oveja de muy alto añejamiento; embutidos finísimos, de Jabugo, por ejemplo; cualquier verdura por extraño que sea su origen o cualquier producto del mar, ya sea mantarraya o anguila. Pero sobre todo, lo que no falta en el mercado de San Juan, son los ingredientes de algunos platillos prehispánicos, como hormigas chicatanas o escamoles o gusanos de maguey. Todo ahí es fuera de lo común y creo que podría satisfacer el gusto del más quisquilloso gourmet en busca de lo exótico.

11-mandado

Ilustración: Patricio Betteo

Mi mercado, en cambio, al que he ido desde que tengo uso de razón, ya que de pequeño me mandaba mi madre con unos cuantos pesos apretados en la mano —justos para pagar las tortillas— es el mercado de San Juan de Letrán, que a mí me parece el más cercano al mundo terrenal. Recuerdo que a veces me quedaba mirando los juguetes de plástico y apretaba las monedas que llevaba en la mano, tal vez para vencer la fuerza magnética que las urgía a ser entregadas a cambio de un muñeco de El Santo. Llevo 40 años recorriendo sus pasillos. Muchos dependientes me llaman por mi nombre y me ofrecen al paso que pruebe una fruta o me informan cuáles son las verduras más frescas. Y, por supuesto, después de despacharme, me dan mi correspondiente pilón. Trato de no hacer mucho caso, pero heme aquí, de vuelta a mi casa con un montón de tesoros que el día de mañana se habrán marchitado.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

Expediente

12:00
Foto en la Basílica

Una visita hecha y derecha a la Basílica de Guadalupe debe incluir la lectura de la suerte con el canario, la compra de gorditas de maíz cacahuazintle y una foto en cualquier punto del recinto.

El canario puede predecir cómo le irá al interesado en el amor, la vida o el trabajo. Envidias y traiciones, personas que juegan con los sentimientos de los demás, sugerencias de números para jugar a la lotería, dolores físicos a causa de estrés o depresión. Oráculos escritos en español. Quien abre y cierra la jaula del ave estira la mano y cobra cuatro pesos por cada papelito, o 49 por el paquete más completo.

Las gorditas de maíz cacahuazintle son redondas y se envuelven en papel de china colorido. Cuenta la historia que este alimento tiene una larga tradición prehispánica que luego pasó a la Colonia. Sin importar el nombre del dios o la diosa, estas gorditas de maíz eran parte esencial de las ofrendas. Hoy siguen cerca de lo divino y cuesta 20 pesos el paquete.

Al pie del cerro del Tepeyac y a un costado del recinto a Cristo Rey hay dos escenarios montados en las columnas de las escaleras que llevan a la Capilla del Cerrito. En uno aparecen el retrato del papa Juan Pablo II, una imagen de la virgen de Guadalupe de casi dos metros de altura, una pared de flores artificiales y un caballo blanco de utilería. En el otro escenario, el fondo es la cascada donde aparece la representación de una de las cinco apariciones de la virgen a Juan Diego, una ofrenda de flores y una pila de sombreros de charro de todos los tamaños.

—Pásele, joven. Tómese la foto con su familia —invita Rodolfo Coronel Ramírez, uno de los fotógrafos que ha ejercido el oficio en este lugar durante más de 60 años.

En 20 minutos dos familias preguntan los precios y aceptan posar en alguno de los escenarios. Dos llaveros con dos fotos cada uno: 50 pesos. Una foto digital grande: 60 pesos.

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Ilustración: Patricio Betteo

Los menos entusiastas son los niños a los que acaban de derramar agua bendita sobre la pila bautismal. Uno da la espalda a la cámara, pese a que los brazos de su madre intentan controlarlo, y otro llora en cuanto lo colocan en el caballo blanco. Es tan pequeño que sus piernas no rebasan la silla de montar. Padres, madres e hijos mayores sonríen. En los adultos se observa la certeza de que ese momento no volverá a repetirse. Quieren atesorarlo de cualquier manera. Recogen bolsas y suéteres, y se dirigen al lugar en el que les entregarán el retrato. Las mujeres caminan casi de puntas al no poder controlar los tacones de sus zapatillas en el camino empedrado.

Detrás de una pequeña reja está el refugio y centro de trabajo de los integrantes de los Fotógrafos de la Villa Lado Poniente. Ellos portan una bata gris con su nombre bordado en el lado izquierdo. Y su competencia, los del lado oriente, visten un chaleco color caqui.

Quien lleva la voz cantante entre los fotógrafos con bata gris es Salvador Sánchez Serna. Ha trabajado en la Villa durante más de cuatro décadas. Según lo que sus antecesores le han dicho, la tradición del fotógrafo de la Basílica comenzó entre 1928 y 1934. De ese momento a la fecha la evolución tecnológica los ha llevado a experimentar con el ferrotipo, con otro proceso más complicado por el que se les conocía como “fotógrafos de agua”, con la Polaroid y con la fotografía digital. Aclara que nunca usaron cámaras de sistema análogo.

A Sánchez Serna el oficio le viene de familia. Su padre, originario de Guadalajara, trabajó en la Villa como 40 años. Se escapó del destino que sus padres le habían planeado: ser pianista reconocido. Al llegar a la Ciudad de México se inició como ayudante de otros fotógrafos en Tepito y luego en la Basílica. En este lugar conoció a su esposa. De las enseñanzas transmitidas de padre a hijo quedan “el respeto al cliente” y “el respeto a los compañeros”.

El visitante en medio de sus plegarias y agradecimientos se encuentra con estos personajes que le facilitan a la memoria guiarse por el papel en el futuro. “Nosotros no obligamos a nadie a que se tome la foto. Le ofrecemos nuestro trabajo para que el visitante acredite que estuvo en la Villa”. Ellos trabajan los 365 días del año, en turnos de 7:00 a 13:00 horas y de 13:00 a 19:00 horas. De los días soleados se cuidan porque “la resolana nos va dañando la vista; por eso usamos sombrero y lentes oscuros”. De los días con lluvia prefieren huir porque su equipo puede dañarse, “pero si hay alguien que quiera tomarse una foto salimos con el paraguas y se la hacemos”.

Para Salvador Sánchez Serna la vida de su oficio depende de dos cosas: de que ellos vayan al mismo paso que evoluciona la fotografía y del interés de los peregrinos o visitantes de alimentar el álbum familiar. Para la compra de sus nuevos artefactos tienen que dividir el costo entre todos los integrantes de la unión y luego guardar las aportaciones en una alcancía. Si el costo es muy alto recurren al sistema de enganche y de mensualidades. Y para llamar la atención de las personas cuentan con su experiencia y con la bendición de la melancolía. No faltará quien decida guardar el celular y posar para la foto del recuerdo.

 

Kathya Millares
Editora y periodista.

Expediente

12:30
Santa Fe

A la distancia, por sus puentes y torres estilizadas, el complejo de oficinas de Santa Fe me recuerda la caricatura de los Supersónicos. Altos edificios que se conocen por sobrenombres como La Lavadora o El Pantalón, o complejos corporativos integrales de empresas extranjeras alrededor de monstruosos malls, funcionan como referentes de este paisaje futurista en una ciudad que, en otros puntos, pareciera tener siglos de atraso.

En 400 años Santa Fe pasó de ser la comunidad utópica de Vasco de Quiroga en la época de la Colonia, de donde salía el agua más pura que llegaba a la Ciudad de México, a los inmensos arenales y basureros del siglo XX, salpicados de las ciudades perdidas en las que germinó la banda de Los Panchitos. Hoy lo que se respira en el ambiente de este enclave renovado del siglo XXI es soledad y tedio, y una de sus grandes paradojas es que a pesar de que alberga durante horas laborales a cientos de miles de personas, no resulta amigable con la gente. Los servicios de alimentos que ofrecen los centros comerciales, además de los muchos restaurantes que hay por los alrededores, no son suficientes ni adecuados para el nivel de ingresos de la mayoría de los trabajadores que pasan el día atrapados en esta isla de la vida contemporánea, rodeados de lujos inaccesibles a su bolsillo. Por eso las opciones alternativas han crecido exponencialmente: en los camellones es posible encontrar desde tacos de canasta hasta chorizos argentinos, y en al menos una docena de esquinas estratégicas hay food trucks que ofrecen desde hace un par de años una variedad interesante de comida gourmet por menos de 100 pesos, que es el tope diario máximo del presupuesto de muchos oficinistas.

13-santafe

Ilustración: Patricio Betteo

Transportarse por Santa Fe tampoco es fácil: las distancias son demasiado largas para caminar y el tropel de autos es tal que fácilmente se enfrasca en embotellamientos absurdos para recorrer un par de calles. Un estudio de movilidad realizado en 2015 por la ONG CTS EMBARQ México registró que al poniente de la ciudad hay un desplazamiento diario de 850 mil personas, de las cuales 87% ocupa su auto particular. Y aunque esto no sólo implica a Santa Fe, sí habría que tomar esta zona como punto de referencia porque es la más focalizada. El estudio destaca que cada uno de estos trabajadores pasa 2.6 horas en el tránsito para ir y volver a su oficina y gasta en ello aproximadamente 20% de su sueldo. Yo uso el EcoBus que sale de Balderas, y que por cinco pesos me deja en la Universidad Iberoamericana en una hora y 40 minutos. Pero este servicio no tiene ni una década: comenzó en noviembre de 2010.

Recuerdo que antes de que existiera el EcoBus no había otra opción que llegar en Metro hasta Tacubaya y de ahí tomar un “taxi de la muerte” colectivo que costaba 35 pesos, y en media hora de un recorrido cargado de adrenalina te llevaba a Santa Fe. Otro camino era subir a un autobús que hacía más de dos horas de camino.

A esta hora, sin embargo, no hay “taxis de la muerte”, porque éstos se rigen por la ley de la oferta y la demanda y las legiones de oficinistas ya llevan varias horas en la soledad, el silencio de sus escritorios. Para algunos, incluso, este es el momento justo de salir por un café. Por eso se les ve caminar en grupos, uniformados casi todos en azul o en gris, con trajes sastre las chicas, y los hombres en mangas de camisa con corbatas, llevando al cuello una cinta de la que cuelga un gafete de identificación en el que se lee: Tresmméxico, o Allergan, o Kua Mex Foods, o Williams Scotsman.

No hay razones para apresurarse porque en este sitio sólo existen tres momentos cruciales: la llegada, la salida y la pausa para comer.

El resto del día todo tiene un aire plácido, y sobre todo próspero, en estas calles hechas sólo para los autos —en las que abundan agencias que venden coches de lujo.

Alguno que otro solitario se acomoda en una banca, bajo la sombra de un árbol, y extrae de una bolsita de plástico un tupperware que contiene su almuerzo. Otro más opera su celular hasta que de pronto se le une alguien con quien comienza a cuchichear algo. Nada, sin embargo, parece tener verdadera importancia aquí abajo. Porque lo único importante parece gestarse allá, detrás de las ventanas, en las altas torres.

La calle es sólo el impasse que precede al momento de incorporarse otra vez a los lentos ríos de coches que al caer la tarde se alejan lentamente de la ciudad del futuro.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

Expediente

13:00
La hora de la salida

Los niños salen del kínder del Instituto Ovalle Monday a las 13:30 horas, pero los padres empiezan a formarse desde la una. En la fila la mayoría son mujeres. En Guillermo Massieu Helguera, una calle del fraccionamiento La Escalera, hay seis escuelas: una de natación, dos jardines de niños, una primaria, una secundaria y una profesional; todo a una cuadra de la Unidad Zacatenco del Poli. Así que todos se encuentran “a la salida”.

Con sólo un carril para circular y dos más para estacionarse, esta calle forma parte de esa “ciudad estudiantil” ubicada en la zona de Lindavista, al norte de la Ciudad de México. Es un área residencial apacible, en la que los vecinos se han habituado al bullicio de los escuelas. Algunos, incluso, le han sacado provecho económico: hay puestos de fruta, de ropa, uniformes para los alumnos de la escuela de Homeopatía del IPN, locales de comida, un café internet, una enorme papelería y un expendio de agua potable en garrafones rellenables. El vecino que vive frente al Politécnico montó en su cochera un negocio de paquetes para graduaciones, con fotos y marcos para los diplomas. Otro más pegó una cartulina afuera de su domicilio: “barbacoa para llevar”.

A las 13:30 en punto se abre la puerta del kínder Ovalle Monday para que ingrese la larga fila que se ha formado en la banqueta. Esta es la primera escuela en salir en bloque, ya que los estudiantes del Poli entran y salen, de manera irregular, a lo largo de todo el día. Los locales de comida se llenan a esa hora. Un hombre que vende manzanas caramelizadas se acerca a la puerta para ofrecerlas a los pequeños. Los carros que pretenden circular por la calle deben esperar a que se acomoden las señoras que van llegando y se estacionan en diagonal, dejando la parte trasera del auto a la mitad de la calle. Deben esperar también a que salgan las camionetas de la acuática Nelson Vargas —a un costado—, y a que crucen las señoras con sus niños, que apenas les llegan a medio muslo. Un hombre intenta subir a su camioneta —bien estacionada— pero se lo dificulta el auto que está parado en doble fila. Los vecinos colocan garrafones, cubetas, cajas de cartón y botes de basura para evitar que los padres que van por sus hijos invadan “su” espacio.

14-salida

Ilustración: Patricio Betteo

Justo en la entrada del kínder hay un letrero grafiteado que prohíbe estacionarse porque la puerta no sólo es peatonal: por ahí salen los niños, los vehículos, y los chicos de nivel secundaria de la misma escuela, que saldrán hora y media más tarde. Sin embargo, todos los autos se detienen ahí para recoger a los niños. “El vigilante los deja siempre que no se bajen del carro”, explica Marisa, una mujer de 65 años que ha llevado niños a esa escuela por varias generaciones: sus hijos —hoy de 40 años— y varios de sus sobrinos, cuyas edades hoy van de 8 a 22 años.

Es mayo y el nivel de radiación solar es peligrosamente alto, así que muchos niños salen con sombrero y corren hacia el carrito de los helados. La colonia está arbolada pero los pirules no alcanzan a cubrir a todos del ineludible sol, por lo que algunas madres llevan sombrilla aunque el camino al coche sea corto. A esta hora del día y de sus vidas los gritos de quienes aún gozan el privilegio de no ser adultos son de intensa felicidad porque se encontraron a la salida a algún compañero o alguna maestra, “¡adiós, adiós!”. Igual de intenso es el llanto cuando los papás se niegan a comprarles algo.

Sólo 90 minutos después —tan pronto como se va la infancia— los ruidos en Guillermo Massieu se transforman en voces graves y grandes risotadas, en un chillido de nervios de alguna adolescente o en un estridente “¡no mameeeees!”, pronunciado por un joven que hace pocos años salía por esta misma puerta pidiendo un helado.

¡Cuántas cosas pasan en una sola calle! Algunos abuelos recogen a sus nietos. Aunque no bajan del carro, tardan en irse y los de atrás no logran avanzar. Los cláxones resuenan. Algunos eligen opciones más complicadas: un señor llega en una moto, la detiene entre los garrafones que “apartan lugar” y entra resuelto en el kínder. Más tarde sale con una bella rubia de cinco años, a quien pone un pequeño casco rosa. Se van sin el menor contratiempo.

Una señora viene a rellenar garrafones de agua, pero ni a ella se le permite estacionarse afuera del expendio, por lo que se para en la entrada de la Nelson Vargas y cruza la calle. El local está lleno, la mujer debe hacer fila. Cuando alguien intenta salir de la acuática la obligan a moverse, así que ahora pone el coche afuera del kínder, bloqueando también su entrada. Quizá no era esta la mejor hora para visitar esta calle. Un auto avanza en sentido contrario. Por si no hubiera suficiente ajetreo en Massieu Helguera, una pozolería cercana a las escuelas tiene una larga lista de espera.

A las 15:10 todo se ahoga en una efervescencia adolescente. La secundaria termina su jornada y una estampida se apodera de la calle. Los chicos la cruzan sin fijarse si vienen autos, correteándose, gritándose groserías. Algunas parejas van tomadas de la mano. El carrito de afuera ya no es de helados, sino de papas fritas. Aunque no hay nadie en doble fila ni estorbando, un solo carril es poco para tantos autos. Los padres aprovechan los minutos de parálisis para que sus hijos aborden los carros sin prisa. Nadie avanza pero nadie se queja, pues todos vienen a lo mismo. Una camioneta tras otra bloquean la salida de la acuática. Los locales y puestos están llenos de jóvenes que compran y se quedan charlando. Señoras que coinciden a la salida, aprovechan para ponerse al día.

Un hombre que fue por su hijo a pie va diciéndole: “Si no es con una carrera no vas a salir adelante”, y el chico no responde. Una mujer con discapacidad motriz, quizá enfermera por el atuendo blanco, le da la mochila a su hijo de unos siete años para que la ayude. “Llévate tu mochila, hijo, así no te me echas a correr”, le dice y me sonríe.

Después de las 15:30 la calma regresa a Guillermo Massieu Helguera. Ahora las aulas están vacías, supongo que las casas llenas.

 

Claudia Altamirano
Periodista.

Expediente

13:30
Bosque de Chapultepec

Nadie viene a Chapultepec a esta hora. En este momento el bosque es más que nunca un bosque. Se fueron los deportistas que corrían o pedaleaban por el circuito; desaparecen rumbo a sus casas los alumnos que se “volaron” las clases. Quedan algunos novios entrelazados, algunas parejas que reman suavemente en el lago. Y quedan, sobre todo, grandes techos solitarios en los que el sol se filtra entre los árboles.

Desde lejos llega el murmullo apagado y monstruoso de la ciudad: el tráfico de Constituyentes, Reforma, el Circuito Interior, con su cortejo interminable de cláxones. Pero todo eso se difumina, se disuelve, en las copas de los truenos, de los ahuehuetes, de los liquidámbares.

Hay 105 especies de árboles en el Bosque de Chapultepec. Algunas han llegado desde lejos, atravesando el tiempo. Unas cuantas, incluso, lo habrán visto todo, esos años que Novo resumió en un relámpago: “Aquí los reyes aztecas, finos y civilizados, vivieron, se bañaron; aquí los adustos virreyes meditaron la conveniencia de transportar la ciudad a la firmeza seca de las lomas; aquí murieron los héroes niños bajo las balas del invasor; aquí Carlota escandalizó a las damas gordas de su corte de honor al madrugar para —¡Jesús mil veces, Carlotita!— montar a caballo; aquí Elihu Root, aquí don Porfirio, aquí don Pancho, aquí Obregón, aquí Calles (cuando Anzures: aquí vive el Presidente; y el que gobierna, allí enfrente), aquí Portes y Abelardo…”.

15-chapultepec

Ilustración: Patricio Betteo

El Chapultepec que hoy conocemos fue diseñado por José Yves Limantour, el ministro de Hacienda de don Porfirio, para que la ciudad de México tuviera su propio bosque de Bolonia. El ministro había creado una junta, a cuya cabeza estuvo Miguel Ángel de Quevedo, y a la que le encargó embellecer el paraíso silvestre de la capital que, desde la muerte del trágico Maximiliano, había caído en el abandono. Bajo la supervisión de Limantour el bosque renació. Se le pusieron rejas, se sembraron cincuenta mil árboles, se trazaron nuevas calzadas, se le implantaron sólidas estatuas traídas de Europa, se le crearon lagos artificiales sobre los cuales se tendieron puentes colgantes, y se abrió una multitud de quioscos destinados a la venta de aguas frescas, tortas compuestas y diversas golosinas.

La inauguración sucedió en octubre de 1907 y la reseñaron todos los diarios: el Castillo, que en 1785 ordenó construir el virrey Bernardo de Gálvez, se iluminó por vez primera; del lago brotaron cascadas multicolores; canoas repletas de flores atravesaron las aguas, mientras la orquesta típica de Miguel Lerdo de Tejada amenizaba el espectáculo.

Espectros de aquel mundo se han quedado en el bosque y aparecen sobre todo en esta hora solitaria en la que sólo se escucha cantar a los zanates, los pinzones, los tordos, los mirlos, las tórtolas.

Hay una parte del bosque tomada por el comercio ambulante. Es una parte ruidosa en la que los vendedores ofrecen a gritos chicharrones y “cueritos” bañados con salsa Tabasco, y en la que se vende de todo: máscaras de luchadores, camisetas de futbol, chicles y cigarros de broma. Pero hay otra parte en la que a esta hora sólo grita el tiempo. Está en el obelisco escondido entre ahuehuetes que Ramón Rodríguez Arangoiti erigió en memoria de los cadetes caídos durante la invasión norteamericana de 1847.

Está en los desgastados relieves de la época prehispánica, labrados en las rocas del Cerro del Chapulín, que contuvieron las efigies de tres gobernantes mexicas —Moctezuma Ilhuicamina, Axayácatl y Moctezuma II—, y que el arzobispo Zumárraga hizo destruir en 1539 (hoy sólo queda la silueta, fantasmal, del último).

Y está también en la misteriosa Calzada de los Poetas, en donde se erigen los bustos —creados por Ernesto Tamariz, Ignacio Asúnsolo y José Santiago León— de los poetas favoritos del Parnaso mexicano: sor Juana, Manuel Acuña, Manuel Gutiérrez Nájera, Antonio Plaza, Manuel José Othón, José Joaquín Fernández de Lizardi, Ramón López Velarde, Salvador Díaz Mirón, Juan Ruiz de Alarcón.

El sol se mueve en el agua verdosa del lago. La luz traspasa las ramas, y no se oye más que el viento. La belleza, como felicidad, es frecuente, según escribió Jorge Luis Borges. “No pasa un solo día en el que no estemos, al menos un instante, en el paraíso”.

En una de las ciudades más ruidosas, más pobladas, más grises del mundo, ese instante ocurre a esta hora en la quietud ancestral, milenaria, de Chapultepec.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

Expediente

14:00
La colonia más lejana

Dejar los límites de la Ciudad de México en 1917 para salir al sur representaba para los citadinos un día de paseos al lado de ríos, árboles frutales y la promesa de cercanos pueblitos pintorescos como San Ángel o San Agustín de las Cuevas.

¿Y rumbo al norte? El norte eran los pueblos de Azcapotzalco, Guadalupe Hidalgo y la Basílica. Y ya. Las gigantescas hectáreas de pantanos y tierra que dejaba la progresiva desecación del Lago de Texcoco, junto a la dificultad de encontrar un árbol en kilómetros a la redonda, no inspiraba un promenade por la zona.

La gente sabía que en aquel norte se originaban las tormentas que empanizaban en época de fuertes vientos a la ciudad entera. Eran los inmensos llanos de Aragón, contiguos a la hacienda del mismo nombre venida a menos.

Cien años después, 2017, otra nueva piel cubre a la ciudad, misma y diferente. Monstruo que todo engulle, posee nuevos límites: uno de sus confines, al nororiente, y sólo a unos pasos de la línea divisoria con el Estado de México, se llama San Juan de Aragón. Más que colonia es un conglomerado habitacional descendiente directo de aquellos llanos.

16-colonia

Ilustración: Patricio Betteo

A pesar del crecimiento capitalino, Aragón y la zona norte urbana continúan siendo, para muchos, tierras desconocidas, rumbos donde no existe Corredor alguno, y los centros culturales escasean, y no existen restaurantes ni galerías “que marquen tendencia”.

Dada su cartografía límite chilanga, Aragón experimenta el desdén de ese sector capitalino que cree que se es más capitalino mientras más cerca del Centro —y de su dinámica de consumo— se esté: si antes no se iba a Aragón porque eran llanos terrosos, ahora no se va porque es donde vive la naquiza; donde las ardillas (emblema de la zona) cargan puñal; donde hay un pueblo que celebra carnavales y los baila con los escandalosos sonideros (“un saludo a toda la banda del Piojo, Sector 32 y a la mayordomía de los barrios”) y porque ultimadamente está a las afueras, “tu colonia pobre donde no llega Ecobici porque, segurito, se las roban”.

Con tan mala propaganda, ir a los confines del Imperio Capitalino será como estar en una versión de Mad Max región 4, pienso. Pero nada más contrario a esta idea.

Caminar por Aragón, donde el Eje Troncal Metropolitano une a la delegación capitalina Gustavo A. Madero con el municipio mexiquense Nezahualcóyotl, es, por demás, una confirmación de que el norte no fue ignorado en políticas públicas, al menos no las de hace décadas, cuando se reforestó la otrora árida zona y se construyeron viviendas populares con amplias casas, escuelas, cines y espacios de recreación.

Aragón, hoy, se divide en siete secciones, un pueblo de más de 150 años atravesado por una línea de Metrobús, un ejido que de ídem sólo tiene el nombre, un Bosque (sí: ¡ya tiene árboles!) con trotapista de cinco kilómetros, un lago con aves migratorias, un zoológico, un Faro dedicado al cine, calles amplias y muchas áreas verdes, rasgos que envidiaría cualquiera de las colonias con pedigrí capitalino de la gran urbe.

Como en toda la ciudad, no existe vecino que no cuente su historia reciente de inseguridad. Camino por ahí, en las tiendas y en los parques, haciendo preguntas. Salta a la vista una constante: transferir la culpa de la racha delictiva a los del otro lado de la frontera: “Es por los ñeros del Estado de México: vienen a hacer sus chingaderas acá, tenemos Neza al ladito”.

El fracaso priista para contener la inseguridad en el Estado de México hace que aquella entidad se convierta en depósito visceral de las impotencias capitalinas. La nota policiaca in situ es para los aragonenses (o aragoneros o sanjuaneros) algo que se gesta entre los mexiquenses, sin más. Aquí el crimen es exportado. Si la saturación de la Línea B del Metro, que une a Estado de México/Aragón con La Gran Capital, es ya de dimensiones dantescas, sólo se debe, obviamente, a los miles y miles de pasajeros que vienen de Neza y Ecatepec: “Deberían hacer ya su Metro”.

Así como para el centrocapitalino la chusma subsiste allá, por Aragón, para el de Aragón existe en Neza. Mientras más en la periferia te encuentres, peor para ti.

Como en toda frontera, las paradojas no escasean.

Neza y Aragón comparten historia e incluso apellido. Sitios relativamente recientes del Edomex, como Bosques de Aragón, FES Aragón y Valle de Aragón, comparten genealogía con su tío capitalino. Esta variedad de pertenencias creó una identidad alterna que va más allá de las intrínsecas disputas vecinales: “Soy de Arabronx”.

“Arabronx” es pues la última frontera. El escudo de bronce que protege a la capital de las incursiones bárbaras de los de allá.

O eso dicen.

 

Iván Cadín
Periodista.

Expediente

14:30
Hombres trabajando

No es lo mismo dar el “changazo” desde el techo de una casa de una planta que de un edificio de seis pisos, me va diciendo el Chéspiro mientras abre la boca para embutir en ella un taco de chicharrón con aguacate. Sus manos son pequeñas, pero gruesas y resecas por el contacto continuo con el cemento y la cal. Le faltan casi todos los dientes de enfrente. Es chaparrito, pero de espaldas anchas, y renguea al caminar. “Es que tuve una caída fea”, me explica limpiándose la cara con la manga de su camisola caqui, de Pemex, rota y mugrosa. “No estudié, aprendí viendo, pero después de 16 años en el oficio uno sabe cosas”. Y es cierto: él es el maestro albañil, sólo da instrucciones y con su cuchara aplana la superficie del cemento fresco que media docena de muchachos vacía, cubeta a cubeta, sobre un techo cuadriculado de varillas de acero. Estos cuadros tienen 20 centímetros por lado, él mismo lo ha verificado con un flexómetro antes de comenzar el colado, que consiste en llenar esta superficie de mezcla.

De tanto en tanto, el Chéspiro sumerge el escantillón, que no es otra cosa que una varilla con una marca a los 11 centímetros para uniformar el grosor de la plancha. El colado se tiene que hacer rápido y no se puede parar la labor a la mitad. Así como se empieza, se debe de terminar. “Si no, no cuaja”, concluye el Chéspiro. El colado constituye una de las pruebas mayores de la albañilería, porque esa plancha unitaria de concreto armado será el techo de la casa.

Los muchachos suben caminando sobre un grueso tablón al que se han improvisado escalones clavando trozos de madera en forma transversal y que forma un ángulo de quizá 30 grados del suelo a la parte superior de los muros. Cada albañil carga no menos de 15 kilos de mezcla en cada viaje, tratando de acoplarse con pasitos cortos al ritmo que marca el tablón al pandearse por el peso. Luego baja de un salto hasta el suelo, para llenar la cubeta y subir de nuevo. Llevan un plástico amarrado a la espalda y una gorra, porque en el trayecto la mezcla salpica en todas direcciones y se escurre de la cubeta; eso y unas botas de hule o unos tenis rotos constituyen su equipo de seguridad industrial. No me extraña que en las estadísticas del INEGI se registre el de albañil como uno de los oficios más peligrosos en México. Ellos, sin embargo, no parecen prestar importancia a ese detalle, están poseídos por una especie de trance de adrenalina, y trajinan sin parar.

17-trabajando

Ilustración: Patricio Betteo

A la hora de la comida, cubiertos de sudor y salpicados de mezcla del pelo a los dedos de los pies, mientras recuperan la respiración y se acicalan un poco, bromean, se empujan, se pican las nalgas, dicen albures, se carcajean. Hoy no hay pulque, sino cervezas y cocacolas de tres litros. En una esquina, sobre unas piedras, han improvisado un comal sobre una tapa de tambor, y ahí fríen cebollitas, cuecen nopales y doran cinco kilos de tripa que trajo el patrón. Yo saco un kilo de chicharrón, un queso fresco y una docena de aguacates que he traído para convivir con estos personajes que me miran con desconfianza. Me doy cuenta de que en algunos rincones de la obra, entre herramientas y materiales de construcción, hay camas improvisadas con cajas de cartón. Algunos albañiles viven lejos, incluso en provincia, y se quedan a dormir aquí mientras dura la chamba, al menos de lunes a viernes. Vuelven a sus casas el sábado en la tarde, luego de cobrar la raya, y están de vuelta el lunes temprano.

Ahora que los vuelvo a mirar, sentados, sosteniendo un taco en la mano, masticando con la mirada fija en la pared que tienen enfrente, me preguntó a dónde van, qué hacen después de la obra, cómo reconfortan los músculos cansados.

“Es una chinga”, aclara el Chéspiro, “pero gracias a Dios trabajo no falta”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

Expediente

15:00
Tepito

“¿Qué buscas amiga?”, pregunta el que atiende el puesto de discos, “¿esposo o amante?”. El mercado de Tepito parece laberinto. Es mejor caminar por el centro de la calle. Sobre las banquetas esperan los raterillos que atracan y se esfuman. Son cientos las vecindades que les favorecen.

“¿Huevos de laúd?”, ofrece una mujer, cada uno en 10 pesos. “Proteína natural que con limón son el mejor afrodisiaco”. Un hombre medio tilico pide tres y los toma de un trago.

Las motos cruzan rápido. Las manejan jóvenes, la mayoría tatuados. La cerveza de barril y michelada con sales de sabores está de moda. Entre los toldos que ocultan el cielo aparece una torre y una cruz inclinada. Es la iglesia junto al Deportivo Tepito. Llegar es difícil, hay que descubrir la entrada entre puestos de correas y relojes.

Sobre el cuadrilátero del gimnasio “José, El Huitlacoche, Medel”, dos jóvenes inician un combate. Andan cerca del peso mosca. Junto con los gallos son la división favorita de Raúl, el entrenador de gimnasio. “Por su tamaño, tienen más técnica”, dice.

Los jóvenes se enfrentan con guantes y careta. Uno con camiseta, el otro a pellejo sudado. “¡Ya se cansó!”, grita el padre de uno desde su esquina. El cuadrilátero está elevado.

18-tepito

Ilustración: Patricio Betteo

“¡Diez!”, silba Raúl desde abajo y su voz rebota por todo el espacio. “¡Tiempoo!”. Todos descansan. Un minuto después regresan los impactos de guantes, costales y exhalaciones alrededor del cuadrilátero. Raúl venda a los que van entrando, también quita los guantes de los que quieren ir al baño.

Los más pequeños refunfuñan de cansados. Sobre los muros blancos del gimnasio cuelgan retratos de grandes boxeadores mexicanos y de orgullos de Tepito. Beto Ojeda con sus trofeos. Mantequilla Nápoles saludando. Rodolfo Martínez, el Famoso Gómez, José Jiménez, el Ratón Macías. Julio César Chávez sobre hombros y con el cinturón en la mano.

Kid Azteca en guardia, se inclina sobre la puerta de entrada. Visitaba el gimnasio cada 4 de octubre, fiesta de aniversario. Llegaba de traje, siempre elegante. Le gustaba platicar con Enrique García, campeón nacional. Como ya estaba viejo caminaba despacio, tomaba del brazo a Enrique para poder seguirle el paso.

“¡Tiempoo!”, vuelve a exclamar Raúl cronómetro en mano. Los jóvenes bajan del cuadrilátero y se quitan la careta. La madre de uno, con papel de baño, le limpia gotas de sudor y sangre. Tiene 14 años, es el único que no es del barrio. Viene desde Huehuetoca con su familia. Allá no encuentra rivales. Sus padres prefieren llevarlo a entrenar a que sea un vago.

Frente al espejo los pequeños aprenden a definir su sombra. Se ven, tiran golpes, piensan estrategias, delinean su victoria. Una decena de guantes apilados esperan en una esquina del cuadrilátero. Cada quien debe llevar sus vendas. La mensualidad está en 64 pesos.

“El boxeo es un baile”, explica Raúl a otro joven mientras le señala dónde está el error de sus pasos. A los buenos golpes los evidencia su sonido. Rectos, directos, sólidos. Los boxeadores deben pensar. Saber leer lo que viene, adelantarlo, evitarlo, mantenerse alejados, en guardia. Siempre hay que estar preparado pues el golpe que tumba es el que no se ve.

“¡Vamos!”, grita Raúl y comienza otro round. “¡Eso! ¡Gancho!”. Dos niños cruzan la puerta y comienza a vendarlos. Tienen 12, uno va a la secundaria y el otro abandonó la escuela. Llevan un mes entrenando. La administradora les permitió asistir a clases sin pagar, no quiere que anden rondando las calles, enviciándose.

Calientan corriendo alrededor del cuadrilátero y saltando la cuerda. Después costal, pera loca y pera fija. La última falta, la semana pasada se metieron y la robaron pero la nueva está por llegar. Luego abdominales y si se quieren rifar, suben minutos a boxear.

“¿Les doy agüita?”, pregunta Raúl a los muchachos al terminar el round. Uno por uno pasa y les da de una botella. De lejecitos, evitando que sus labios toquen. “Vente tú…”, reorganiza a las parejas. “Cruzado, cabecea, cruzado, cabecea”, explica y lo ejemplifica con las manos. Luego se quita el reloj y lo guarda en la bolsa. Marca lento cada movimiento. Así deben repetirlo, con sufriente práctica mañana saldrá rápido. 

Raúl también es de Tepito. De chiquillo, el mercado sólo se montaba los sábados y domingos alrededor de la iglesia. Vendían ropa usada, vieja. Eran puros ayateros que compraban en las casas y revendían. También arreglaban camas. De latón, bases. Las pintaban, reconstruían y ofrecían como nuevas.

Él jugaba futbol en el ahora bautizado Estadio Maracaná cuando sólo era un terreno baldío con porterías de palos. Raúl dejó la secundaria y comenzó a entrenar en el extinto gimnasio Gloria. Dos veces ganó el torneo Guantes de Oro. A los amigos que le llamaban “joto” por no fumar mota en la azotea los dejó callados. A los 18 debutó como profesional.

Cuando se retiró llegó al gimnasio. Finito López lo llamó. Ahí hicieron 10 defensas del campeonato del mundo y se quedó. Han pasado 26 años. Al principio no le pagaban. Ahora sí, pero sigue siendo poco. Durante algunas horas debe moverse a la Condesa, allá pagan mejor. También es comerciante, tiene una zapatería.

Coronar le ha dejado billete. Como a César Bazar, campeón del mundo. Se lo compró al Pinocho, antiguo entrenador del gimnasio. El Pinocho Gutiérrez. Raúl se quedó como entrenador pues estaba disponible durante un horario que El Pinocho no podía.

Alrededor el mercado creció. La gente comenzó a viajar a Laredo, compraban mercancía y las venían a vender. Así se fue haciendo la fayuca. Él también fue fayuquero. “El boxeo es pasión pero también negocio”, continúa Raúl mientras un pequeño se acerca y le pide que le vuelva a amarrar la agujeta de sus guantes, “los que llegan juntan, los que no, no. Somos muchos pa’ tan poco”.

“¡Tiempoo!”. Raúl inculca disciplina. Explica a unos chicos cómo moverse alrededor del costal y a hacer guardia. “Aquí, aquí, combinados y rectos cabeceados”, les levanta las manos, “¡dale!”.

Un bolero entra y Raúl voltea. Hace señas de que lo espere. Todos los días pasa a darle grasa. El hombre es mudo. Raúl ya sabe cuándo bajar el pie, cuándo cambiarlo. Sobre una mesa de madera se acuestan los boxeadores cansados y se masajean. Así relajan los músculos. Otro se ayuda del poste del cuadrilátero para hacer abdominales.

“Debes ser boxeador no ser fajador, ¿entiendes?”, grita Raúl a uno que acaba de subir al cuadrilátero, “el fajador dura poco y recibe más golpes, el boxeador es el arte del boxeo: pegar y que no te peguen”. Junto, un bebé comienza a llorar. Es su hermano menor que espera y ya está fastidiado.

Sobre la placa que cuelga en la puerta de entrada se lee “La grandeza de los hombres no se mide por las victorias obtenidas sino por los sueños alcanzados… sueña y siempre lucha por aquello en lo que creas”. Es un reconocimiento al fallecido Pinocho Gutiérrez, que aparte de entrenador era vecino del barrio.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

Expediente

15:30
Parque México

El 6 de diciembre de 1927 fue inaugurado el Parque México. Desde ese año se volvió centro de encuentro y recreo de los vecinos de tres colonias: Hipódromo, Hipódromo Condesa y Condesa (hoy denominamos a las tres con el nombre de una sola, la que lleva el título nobiliario de María Magdalena Dávalos y Orozco, condesa de Miravalle).

Según la investigadora Jeanette Porras el día de la inauguración hubo discursos de funcionarios del Ayuntamiento, de la Presidencia Municipal, y del representante diplomático de Argentina: oficialmente este sitio fue nombrado Parque General San Martín en señal de buena voluntad con el país sudamericano.

El Parque México es el tercero en la lista de los más extensos de la Ciudad de México, sólo después del Bosque de Chapultepec y la Alameda Central. Su paternidad se atribuye a los arquitectos Javier Stávoli y Leonardo Noriega. Posee dos obras invaluables del art déco: el Teatro Lindbergh (Javier Stávoli) y la fuente con la escultura de una mujer indígena que sostiene dos cántaros (Víctor Suárez). El apellido Lindbergh se agregó al foro al aire libre como un cumplido al afamado piloto que en mayo de 1927 realizó el primer vuelo solitario y sin escalas de Nueva York a París, y que ese mismo año fue recibido con grandes honores en México.

En esos años llamaban la atención las recomendaciones que el Ayuntamiento hacía, a través de frases escritas en bloques de piedra, a los nuevos paseantes del parque. Una de ellas dice lo siguiente: “Los perros maltratan seriamente un parque: tráigalos Vd. amarrados”.

Han pasado 90 años y los perros ahora tienen un espacio exclusivo donde pueden andar sin correa. A sus dueños se les permite estar cómodamente sentados en una banca o convivir con sus mascotas en un conjunto de “juegos” y “ejercitadores”.

Salchicha, gran danés, chihuahua, husky siberiano, “mestizo”, maltés, labrador, dálmata, pug, bulldog inglés, schnauzer, galgo, pequinés y muchos ejemplares más actúan como amos y señores en este parque canino de mil metros cuadrados, que costó más de un millón de pesos y comenzó a funcionar el 22 de marzo de 2015. Los canes corren, suben y bajan plataformas, sondean el humor de otros de su especie, rascan la arcilla, se detienen en la fuente, beben agua, orinan árboles.

El reglamento a seguir es: paseadores y entrenadores no tienen permitido el acceso; si la mascota está en celo, es agresiva, le faltan vacunas o tiene cuatro meses de edad, no puede estar en este espacio; el dueño está obligado a levantar y tirar las heces en el depósito canino; los menores de edad deben ir acompañados de un adulto; los perros tienen que portar su placa de identificación.

Historiadores y cronistas han relatado lo que la Ciudad de México fue para los perros: en el virreinato eran odiados por los sacerdotes y las buenas conciencias porque cometían “sus brutalidades” donde fuera, abrían a la malicia “los ojos inocentes” y “no inculcaban más que lascivia en el alma de los jóvenes”.

En el siglo XVIII, ante los graves daños ocasionados “por la multitud de perros que hay a todas horas en la calle”, se ordenó su exterminio. Unos 20 mil perros fueron cazados en las calles por los “serenos” y asesinados a palos.

Las cosas cambiaron muy poco en los siglos XIX y XX. No fue sino hasta tiempos muy recientes que el maltrato animal se convirtió en la Ciudad de México en un delito que se castiga hasta con seis años de cárcel.

Aquí, en cambio, el mundo gira alrededor de los perros. En la esquina de Michoacán y Avenida México hay una camioneta estacionada: es una estética canina que ofrece servicio a domicilio: baño, vacunas, desparasitación y entrenamiento.

19-parque

Ilustración: Patricio Betteo

En otro punto están los vendedores de LuckyDog. Cynthia Kaplan, la creadora de esta comida para perro, explica que manejan seis mezclas de alimentos orgánicos autorizados por la Sagarpa, además de “premios” veganos sin azúcar y con frutas, y bocadillos de harina integral de trigo mezclada con distintas frutas (PUPcakes).

El Parque México también se ha convertido en un centro de concientización sobre la vida de los perros callejeros.

Personas y organizaciones que acogen perros de distintas razas y edades se presentan aquí con la intención de hallarles “un dueño que los ame”. Los aspirantes deben llenar un cuestionario. Si sus respuestas son satisfactorias para el evaluador, recibirán una visita en su hogar; más tarde les entregarán al nuevo integrante de la familia. Los dueños se comprometen a seguir en contacto a través de fotos o de mensajes de Whatsapp a fin de demostrar que son responsables.

Hay historias que parten el alma, como la de Lucy, una perrita que tiene entre cinco y seis años. Fue rescatada por Isabel, quien lleva más de 10 años salvando perros que han vivido maltrato extremo.

Un cartel anuncia la desgracia de Lucy: “Adóptame. Soy Lucy. No veo con los ojos pero sí con el corazón”. Isabel cuenta que cuando la encontró en la calle ya tenía glaucoma. Al poco tiempo le extirparon los ojos y decidieron ponerle prótesis.

Lucy está acostada, quieta, sin mover las orejas o la cola. Su pelaje negro brilla y si alguien se acerca y la llama por su nombre, ella levanta la cabeza y deja ver sus ojos azules que no reflejan nada. La piel del interesado se enchina, y Lucy vuelve a reposar la cabeza en sus patas.

A esta escena le siguen otras donde se observan cachorros dormidos en cajas de cartón, gatos recién nacidos en jaulas, perros más grandes amarrados a las cercas, bebiendo agua detrás de letreros en los que se piden donaciones: arroz, croquetas, periódico o dinero. Es común ver alcancías de madera cerradas con un pequeño candado. Muchos se acercan a observar, pocos preguntan, casi nadie entrega monedas.

En 90 años de vida el Parque México ha sido muchas cosas. Alguna vez fue el parque que no quería a los perros. Hoy, de manera venturosa, los perros retozan en sus calzadas y mueven la cola con alegría honesta, transparente.

 

Kathya Millares
Editora y periodista.

Expediente

16:00
Cantina La Mascota

Es la costumbre: a una cantina se llega caminando. Entonces tienes derecho a una cerveza. De lo contrario algo comienza a salir mal: sentarse allí sin la sed suficiente. ¿De qué clase de hombres o mujeres estamos hablando? Caminé desde la colonia Escandón a paso de huesos fuertes y atravesé las colonias Roma y Doctores hasta el Centro Histórico. Tales pasos me llevaron a la calle Buen Tono la cual reconozco porque hasta allí se extiende el olor agudo de los pollos muertos. Estos cadáveres implumes se ofrecen al marchante y expelen un olor a miasma y a letrina. Crucé Lázaro Cárdenas y luego de zanjar unos metros observé y toqué el Palacio de las Vizcaínas, desde mi opinión el más hermoso edificio del periodo colonial, casi destruido. Alma y espejo ante mis ojos. Finalmente llegué a La Mascota, en la calle Bolívar. Elegí una mesa y tomé asiento antes de que un mesero de aspecto funerario, el más viejo y arrogante, me preguntara cuántas personas habrían de acompañarme. Tal es un cuestionamiento, en mi caso, difícil de complacer porque mis mesas, luego de que el tiempo camina, pueden verse rebosantes de personas, o no. El tétrico personaje me ordenó marcharme a la barra, pues le parecía un desperdicio dejar, en viernes, tres sillas desocupadas: un tercio de trampas en espera de su presa. En una cantina en la que no eres bien recibido los asientos se convierten en cadalsos y los comensales en mártires de la rapiña. Yo estoy acostumbrado a no ser bien recibido y a que mi aspecto desaliñado incomode a los bípedos implumes de cualquier clase social. Sin embargo, no puedo andar pregonando a los cuatro vientos que soy una buena persona y que todavía, en caso de ser agredido, puedo responder como los más severos cánones de la defensa lo indican.

20-cantina

Ilustración: Patricio Betteo

Son las cuatro de la tarde y estoy en una mesita en el rincón de La Mascota. Algún samaritano se ha apiadado de mí y me ha ofrecido esa pequeña mesa desde la que puedo observar ampliamente el escenario. Me doy cuenta de que mi barba incipiente ha crecido. Recuerdo entonces que en su novela La mano cortada Blaise Cendrars narró que durante un mes en el campo de batalla, en la Primera Guerra Mundial, se afeitaba con vino pues los soldados carecían de agua en el frente. En cambio, les sobraba el vino. Me entran unos deseos enormes de afeitarme utilizando la espuma de la cerveza. Es un impulso idiota, pero genuino. Ante mí tengo un espejo y dada mi posición en la cantina y la creciente gritería o algazara de los comensales mi acto habría pasado inadvertido. Las cuatro de la tarde suele ser una hora discreta en la cantina, hemos sobrevivido a la mayor parte del día, la euforia aún no hace acto de presencia y las botanas se consumen con cierta parsimonia. Los meseros han asegurado su mínima ganancia, se han conformado y llevan a cabo su trabajo abstraídos y resignados a su suerte. La diferencia palpable es que estamos en viernes y la vida se transmuta: las “peores” personas se divierten este día y el vino fluye como un manantial que inunda la trinchera. Las paredes amarillas me recuerdan la tintura orgánica de los pollos muertos, y los ornamentos murales de color rojo provocan un contraste estridente e injusto para los ojos. A menos de un metro de mi mesa se ha reunido un grupo de oficinistas y su vocinglería opaca cualquier conversación. Uno de ellos es el encargado de detonar las risas y su mente no cesa de parir ocurrencias que suelta a los oídos de sus compañeros. Me pregunto, desde mi posición arrinconada, de qué intensidad será el sufrimiento de ese hombre cuando deja de ser el responsable de la alegría ajena. Incluso hace esfuerzos descomunales para que lo comprenda una sordomuda que forma parte del elenco y que sonríe atenta a todo lo que sucede a su alrededor.

Un anciano pertrechado con una guitarra intenta hacer valer su oficio, pero el ruido es abrumador, aunque la televisión se mantiene en silencio y el Español ha vencido ya al Granada dos goles a uno. La rocola se enciende de forma aleatoria y su sonido viola cualquier derecho humano a la tranquilidad. Un mesero, Pedro, y quien ha sospechado que quizás no sea yo un indeseable me ofrece amablemente algo de comer, mas yo sólo acepto un caldo gallego y una quesadilla. No deseo comer en un lugar donde el maltrato es moneda corriente. Las cinco de la tarde está a punto de sonar cuando descubro a un hombre de edad bastante seria comer engarzado en una camiseta de algodón. Recuerdo a mi padre cuando desde su recámara bajaba a desayunar a la cocina en camiseta y bermudas, y me tropiezo con la melancolía, probablemente el sentimiento más estúpido e inútil al que nos vemos sometidos los seres humanos. Antes de irme me exigen propina, no sólo Pedro —quien la merece— sino el garrotero. Por un momento temo que el hombre ocurrente de la mesa vecina me pida también una propina por hacer más placentera la tarde. La Mascota: la cantina más ruidosa del mundo.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Expediente

16:30
La hora de la marcha

Manifestación en la Ciudad de México con las consignas de cajón y una que otra espontánea rima que tímidamente intentará volverse el nuevo jingle de la protesta.

“Se reporta una marcha en Eje Tal; vialidades alternas son tal y tal”.

Bienaventurados aquellos que tomaron sus previsiones porque tú ya te amolaste, atrapado en el simulacro de oficina/casa/butaca/sala de estar en que se convertirá tu auto.

Una marcha más, a la misma hora de otras cuatro que hay en diversos puntos de la ciudad. ¿Las causas de estas expresiones? Motivos sobran. Corte de agua en colonia, gasolinazo, matanza en Guerrero o Oaxaca, elecciones cuestionadas, reforma estructural (ponga aquí la de su elección), millennials disfrazados de zombies, otro periodista asesinado, diversidad sexual, México ante Trump, inocencia de Kalimba, defensa de la moral, conmemoración del 68.

21-marcha

Ilustración: Patricio Betteo

En México, hasta las causas que tienen un solo seguidor son capaces de generar embotellamientos. Ideas recurrentes:

“Maldita sea la hora que pasé por aquí”.

“¿Por qué diablos no me enteré de esta marcha? Maldita e inservible Ley de Movilidad. En teoría debía saber de ella desde hace 48 horas”.

“No quiero ni pensar si anda por aquí una ambulancia, una mujer embarazada o alguien que deba hacer un viaje importante”.

A la media hora, como marinero en puesto de vigía, sales del auto y miras al fondo de la mar del tráfico, esperando ver tierra a la vista. Sólo visualizas autos humeantes varados.

“¡Ya no llegué!”. Golpeas el tablero. “¡¿Qué estos cabrones no piensan en la gente?!”.

Un taxista, a tu lado, viejo lobo de estas batallas, te mira:

“No se enoje, déjelos que hagan su desmadre. Total, el gobierno no hace caso”.

Dicho lo cual, con un aire de relajamiento absoluto, apaga el motor y se pone a hojear un diario (deportivo, obviamente).

En medio del tráfico recuerdas esos días en que tú marchabas. “Seguramente crispé a muchos automovilistas. ‘Ni modo, se aguantan’, les decía, ‘mejor apoyen’”. Vuelves a verte corriendo en aquellos contingentes, gozoso, joven y bello, con esperanza en la causa y la vida.

El recuerdo te ablanda. “Está bien que la gente se manifieste. Es su derecho. Seguramente pasará pronto”.

20 minutos más tarde:

“Pinche bola de holgazanes. Hay gente que sí tiene obligaciones y que sale a trabajar y a partirse la madre. Cómo quieren cambiar a México afectando a los otros con estas chingaderas que no llevan a nada”.

Sabes que esto va para largo, una fila de vendedores pasa a tu lado —maestros de la oferta y la demanda— con agua embotellada, cacahuates, cocas, diarios, todo eso que saben sirve para matar el maldito tiempo.

La estación de radio actualiza el estatus de la protesta: es el mismo reporte de hace rato. Las marchas son el hartazgo de una ciudad hundida todo el tiempo en embotellamientos sin fin. En el tráfico diario todos somos el mismo nudo sin rostro.

“A ver, pinches manifestantes, si una máquina que fue inventada para correr kilómetros se queda encendida sin moverse un centímetro, es que algo anda mal”.

Algo te dice, sin embargo, que el problema no son las marchas, sino los coches; que la marcha que más atenta contra la ciudad es La Megamarcha que diariamente hacen los autos.

“No somos uno, no somos cien, pinches IMECA cuéntennos bien”.

Diez minutos más de tráfico. Hay un cambio de opinión:

“Tampoco me romantices las marchas. Ya están agotadas, son la pura catarsis, las acepta el gobierno y no logran nada, sólo nos confrontan. Oh no, y ahora me anda del baño”.

Las hélices de un helicóptero hacen sombra sobre tu auto y avanzan en dirección al bloqueo. ¿Serán los granaderos? Una sensación de justicia recorre tu ser, pero la reprimes.

¿O serán los del radio? ¿O los de Gobernación dando vueltas? Recuerdas un dato de la Secretaría de Seguridad Pública que te apabulla: de 2014 a 2015 hubo en la urbe siete mil 696 movilizaciones, con una asistencia total de aproximadamente cuatro millones de encabritados ciudadanos.

Marchar y los autos. Dos formas contrapuestas de estar en la ciudad.

Te vas escabullendo hacia las calles cercanas, finalmente logras escapar, claro es, hasta la marcha del día siguiente.

 

Iván Cadín
Periodista.

Expediente

17:00
Torre del Aeropuerto Internacional

“Tome posición y mantenga dos tres derecha”, dice en tono veloz un joven con lentes y cachucha al revés, mientras se acomoda la diadema que lo comunica por la frecuencia aeronáutica 1855. Es el controlador de la torre del Aeropuerto Internacional Benito Juárez.

“Recibido, buen día”, continúa. Desde su mando puede enlazarse directamente con todas las aeronaves. Ellas siguen su instrucción. Debe secuenciar despegues, aterrizajes y rodajes por la pista, es la cabeza del tránsito aéreo.

Junto a él, en la torre de control, hay seis posiciones y nueve personas más en operación. Cada hora y diez se relevan y cambian. Después de dos relevos descansan un turno.

Para llegar hay que bajar del elevador en un octavo piso y luego trepar unas escaleras de caracol. “Lo más peligroso”, bromea el supervisor que atraviesa la torre cargando papeles. Todos actúan con sigilo. El doble vidrio minimiza los rugidos de motores.

El aire acondicionado siempre está encendido. Concentrados, todos observan la pista, deben estar atentos a lo que indique su frecuencia. Hablan bajito. Responden con claves. Clic, se escucha cada vez que abren o cierran micrófono.

La torre está rodeada por ventanales. Con pisos de ajedrez, es un punto de control visual de la pista, el aeropuerto y el clima de la ciudad. A las 17:10 horas, de una tarde de verano, el cielo está despejado y el tránsito dosificado. Bajo los monitores un reloj marca las 22:10 horas. La torre se rige por otro uso horario, el del meridiano de Greenwich, la hora internacional.

En el horizonte defino, por los rascacielos, Polanco, Reforma, Santa Fe, el World Trade Center. Por el otro lado el Peñón, la Villa y el cerrito de atrás medio borroso. Más lejos, Six Flags, Neza, el guerrero de Chimalhuacán y la autopista México-Puebla. Con mejor visibilidad aparecen las pirámides de Teotihuacán.

Hacia los volcanes se amontonan las nubes. Aviones y helicópteros aterrizan y despegan contra el viento. El joven controlador, sentado en una isla al centro de la torre, decide en qué dirección, de acuerdo al viento, se utilizarán las dos pistas. También autoriza los cruces de lado a lado.

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Ilustración: Patricio Betteo

Frente a él está el monitor del radar terrestre. Dibuja cada aeronave. Pieza fundamental cuando no tienen visión. Otro monitor les advierte la fuerza del viento. Ocho nudos. Una tarde tranquila. Hace un rato estaba más pesado. Cada minuto ejecutan un despegue. El controlador autoriza las mil 300 operaciones del día. Es el aeropuerto con más volumen de tránsito de América Latina.

“Mira”, señala al cielo el controlador. Aparecen las luces de una aeronave que se aproxima, KLM, “un kalimán”, me bromea, viene de Europa con 500 pasajeros. Para aterrizar o despegar siempre se encienden las luces. Por si alguien por error está en la pista, sepa lo que va a pasar.

“No me llama”, dice un auxiliar al controlador y vocea al avión por la frecuencia. “Clear to land! Thank you!”, responde el controlador, “¡ya está conmigo!”. Cuando son vuelos internacionales deben comunicarse en inglés.

Los helicópteros aterrizan en un helipuerto aparte, entre los hangares, separado de las pistas principales. Tienen sus propias rutas. Como la mayoría van hacia el poniente, salen hacia la Central de Abasto. Vuelos de prensa, policía, gobierno, privados. Atienden como 150 helicópteros diarios.

Al tocar pista las llantas del KLM golpean y provocan una estela de humo. La distancia para frenar depende de muchas cosas, peso y configuración del avión, entre otras. Las dos pistas miden casi cuatro kilómetros. Son la pista 5 y la 23. Se denominan de acuerdo a los grados magnéticos en que se orientan. Los caminos que atraviesan se llaman calles de rodaje. Para evitar confusiones se denominan por letras. H es calle de rodaje hotel; E, eco.

El aeropuerto mueve aviones de tráfico lento, mediano o pesado. Lento y mediano pueden despegar cada minuto. Después de uno pesado deben esperar dos, su turbulencia puede afectar al siguiente. Las aerolíneas rentan tiempo y espacio del aeropuerto. También imponen los horarios. Sus aviones pasan pocas horas en las plataformas. Algunas pernoctan y vuelven a emprender vuelo.

“Así es, 211, buen día. Autorizado para despegar”. El controlador siempre está dirigiendo. Un avión nunca está solo. Desde la posición de embarque el piloto debe contactar al mando de autorizaciones en la torre de control. Autorizaciones corrobora su plan de vuelo: ruta, nivel, aeronave, equipos, velocidad, procedimientos y más información. Deben viajar por rutas preestablecidas aunque éstas pueden variar.

Si el Popocatépetl aventó ceniza, las aerovías cercanas quedan canceladas y se debe proponer otra ruta. Una vez cotejado el plan de vuelo, el piloto cierra puertas del avión y control terrestre se encarga de vigilar y guiar todos sus movimientos en tierra.

Control terrestre, desde la torre de control, dicta al piloto qué hacer, por qué calle hasta llegar a la pista. A los vuelos que aterrizan también los saca de la pista y guía hasta alguna de las 92 plataformas.

Por cada vuelo autorizado en la torre de control se imprime una tira de progreso de vuelo. Un papel con la matrícula, hora y más detalles impresos que se enganchan en un plástico. Las blancas son llegadas, las amarillas salidas. Así, físicamente acomodan enfrente lo que tienen que mover por la pista.

Cuando el avión llega a la cabecera de la pista entra en contacto directo con el controlador y la frecuencia 1855. A partir de ese punto el piloto espera la instrucción final de “listos para despegar”.

La torre de control sólo se encarga del principio y el final del viaje de la aeronave. A 10 o 15 millas de distancia el centro de control México se encarga de darles seguimiento. Cuando los vuelos ya van rectos y nivelados.

Trabajan aparte, desde otro edificio. Ellos sólo se guían con radares. Su trabajo es monitorear el tránsito aéreo de todo el territorio nacional, darle orden y distribuirlo por el cielo. Dependiendo la jurisdicción que atraviesen, es el centro de control que los acompaña.

Enfiladas, sobre la pista, esperan cuatro aeronaves para despegar. Por otro lado, una va subiendo hasta perderse entre las nubes. Entonces aparece en radar. El cielo ha comenzado a cerrar. Cuando el clima se transforma empiezan las tensiones y demoras.

Lluvias fuertes con granizo, niebla, cambios de viento, temperatura y densidad del aire a todos los pone nerviosos. En ocasiones los pilotos no quieren despegar. Los aviones están equipados con sistemas para aterrizar con visibilidades muy bajas pero el frenado de la pista se vuelve menor. Prefieren esperar o aterrizar en aeropuertos alternos como Acapulco o Guadalajara.

 Cuando hay tormenta no ven nada. El agua cae como manguera de presión y la torre debe seguir trabajando. Guiando, coordinando, separando a los aviones. El controlador debe confiar en su memoria, experiencia y cautela. Por las noches, igual. Conocen bien la zona, sus cerros y lluvias. Con instrumentos, como los radares, se ayudan.

Un piloto se queja por la frecuencia 1855. Su plataforma está ocupada. Pero eso no es problema de la torre sino de la aerolínea. Ellos no asignan plataformas, también les avisan. “Infórmeme”, el controlador usa los ojos de todos los pilotos para tomar decisiones, “si ya desalojó”.

Cuando el controlador emite direcciones debe ser claro. Las confusiones pasan. Los pilotos confunden el número de su aeronave con otra que termina similar. Entonces dos se mueven rumbo a la cabecera para despegar. El controlador debe detenerlos y redirigirlos.

Las aves ocasionan demoras. Por impactos o porque el avión las ingesta. Un equipo especial del aeropuerto se encargará de ahuyentarlas, usan halcones, también sonidos explosivos. Ante un reporte deben suspender operaciones porque la pista queda contaminada con restos. Con rapidez, el controlador manda a un equipo a peinar la zona, revisar y limpiar.

De pronto se han metido perros. Se cuelan de la calle y el controlador debe frenar de inmediato el uso de esa pista. Algunos aviones también anuncian que deben regresar. Por muchas razones, desde muy sencillas como un pasajero enfermo hasta críticas, como que al aeropuerto que se dirigían, por la hora, cerró o que su tren de aterrizaje no sirva. Entonces, desde la torre, coordinan al cuerpo de rescate.

“Autorizar cruce”, vuelve a hablar el joven controlador. El reloj marca una nueva hora, deben cambiar posiciones. Una chica deja el asiento del mando de autorizaciones y camina rumbo a la silla del controlador. El joven de lentes y cachucha al revés se quita y le entrega la diadema. Rápidamente le explica los despegues y aterrizajes que tiene en puerta.

“Autorizado para aterrizar”, pronuncia ella con una sonrisa. Su mando ha comenzado y debe prepararse para responder a lo que el clima depare. Sabe que su posición es divertida, estresante pero peligrosa. Un juego sin margen de error.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

Expediente

18:00
El Periférico

“Raúl, ¿sabes si los de El Tri tienen una rola que se llame ‘Atrapado en el Periférico’?”, pregunta mi compañero de trabajo, José.

Si la banda de Alejandro Lora se caracteriza por componer (es un decir) melodías de cualquier situación de La Vida Nacional, la tradición mexicana de ver cómo se va tu vida mientras intentas avanzar por el Anillo Periférico sería un tremendo hitazo musical que se le está yendo vivo al rocanrolero que grita a su mamá que prenda la grabadora porque etcétera, etcétera…

El máximo circuito vial metropolitano, que en otros tiempos fue triunfo de movilidad, hoy es un Anillo colapsado, como si el dedo que lo porta se hubiera hinchado, desparramando autos por sus bordes.

José y yo somos fieles creyentes de la idea romántica de un mañana por el que hay que trabajar y por ello intentamos cultivar una mística en este mundo de prisas y estrés. Optamos por compartir auto cada vez que podemos. Salimos del trabajo y vamos ahora a una clase que tomamos juntos.

“¿Qué dice Waze, cómo está el tráfico?”, pregunto cuando subo al auto de José.

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Ilustración: Patricio Betteo

“Jolínez, pero cómo creez que va a eztar. Hazta el gorro”. El forzado acento español supuestamente imita la voz femenil de la aplicación vial. Ya mexicanizado, continúa José:

“La tía me dará buenas noticias cuando me comunique lo improbable: San Ángel Inn despejado”.

El tráfico sobre Periférico se ve intenso. Debemos tomar rumbo al sur, unos 10 minutos más adelante de San Jerónimo. Le digo a José si no ha corrido por Periférico pasadas las 12 de la noche, donde hasta sientes que la vía fue construida para ti solito.

“¡Cuál 12 de la noche! Una vez un lunes a las tres de la mañana no sé a quién se le ocurrió cerrar la lateral. Era gente de limpia o de obras públicas, no sé, pero qué manera de molestar también a esas horas”. José comienza ya a perder la paciencia, igualito que ha pasado en los otros viajes, siempre con tráfico, aunque sea el primero en negarlo.

Nuestro destino está geográficamente cerca, pero en un viernes de quincena a las seis y media de la tarde por la lateral de Periférico se vuelve un viaje que hasta la NASA pensaría dos veces antes de hacer.

“¿Imaginas la suma de horas gastadas aquí desde que manejas? ¿Lo que no habríamos podido hacer en este tiempo perdido?”, reflexiona José, el físico cuántico.

Truenos y una inmensa nube negra se asoman en lontananza. Y es para donde vamos. Sabemos lo que significa esa lluvia y los dos guardamos silencio. Como si callar cambiara el pronóstico del tiempo.

Taxistas, empleados, autobuses que hacen base donde no deberían y paradas en doble fila: más leña al asador. Un convoy de guaruras custodia una camioneta blanca. Va dando volantazos bruscos, acelera/frena, busca meterse a los carriles “rápidos”. “Llegó la prepotenc…”.

“Ah, si serás pendejo”, dice José, manotazo al volante y freno intempestivo. Un taxista a nuestro lado izquierdo da un giro brusco a la derecha frente a nosotros, como queriendo escapar de este suplicio por la calle de San Bernabé. “Pinche gente, por brutos como estos no avanzamos”.

La histeria de José halla fácil cauce en el Periférico. Odia religiosamente a los energúmenos viales, pero termina convertido en uno de ellos: “por las prisas” justifica uno que otro cerrón y siempre viola la ley no escrita del “uno sí, uno no” del flujo vehicular. Un viento fuerte sacude la inmensa bandera de San Jerónimo.

La cuenta @TraficoTodoElTiempo anuncia que por las lluvias que azotan la Ciudad de México quedarán liberadas las entradas de cuota del Segundo Piso. Reímos cuando los guaruras se dirigen a éste. Allá, arriba, muy cerca del cielo, encontrarán un infierno igual o peor que éste.

Anunciada la gratuidad del Segundo Piso, las pulsiones de los conductores se agravan: frenones, volantazos, mentadas. La claxoniza como piquete en las sienes. Nos toca ver incluso una pelea a puño limpio entre dos automovilistas, se dan con todo, quizá por el centímetro robado, por una mirada retadora o por el simple hecho de querer bajar del auto y estirar las piernas.

José no sabe pelear, pero sí claxonear. Ahora entiendo por qué me invitó a tomar esa clase de yoga que está por comenzar, y que podremos tomar si es que algún día llegamos.

 

Iván Cadín
Periodista.

Expediente

19:00
El Metrobús

Siete de la noche, un martes de mayo. Abordar un camión en la línea 1 del Metrobús —que recorre la avenida de los Insurgentes— pone a prueba toda resistencia. A pesar de la hora, el sol sigue reluciendo, nos recuerda a todos que aún es primavera. En la ciudad, ningún espacio del transporte público queda a salvo del tsunami humano. Mucho menos —aunque muchos varones imaginan que aquí la vida es bella, perfumada y relajada—, los exclusivos para mujeres y grupos vulnerables: las personas con discapacidad, los adultos mayores y los niños.

Destinados a evitar tocamientos abusivos disfrazados de involuntarios, estos vagones conducen sin embargo a las usuarias hacia otro pozo. Y en él, los cuerpos no suelen reaccionar bien a la proximidad.

En la céntrica estación Nuevo León pasa un autobús con dirección a la norteña terminal Indios Verdes. No cabe ni una sombrilla. Pero en términos de movilidad, para los capitalinos no hay imposibles. Una mujer apoyada en su propio pie empuja con espalda a las que ya vienen dentro e intentan sostenerse de lo que tengan a mano, ya que a esa altura del camión no hay tubos y los laterales son bloqueados por las puertas al abrirse. La mujer apretuja más a la masa que ya venía comprimida. Las puertas se cierran. Donde caben 160, caben 161.

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Ilustración: Patricio Betteo

Pasa otro autobús rumbo a Tepalcates. Luego otro más que llega a Buenavista, uno de esos hormigueros humanos que llamamos Centros de Transferencia. Las que encabezan la fila de espera no lo abordan y tampoco se mueven, así que dos jóvenes que vienen atrás las empujan para poder entrar. A veces hay que dejar pasar hasta 10 camiones si una no quiere empujar a nadie, y adentro un sauna espera.

La mayoría de las pasajeras son mujeres adultas pero hay algunos niños y un hombre mayor, que lucha por alcanzar un tubo para no ser arrastrado en cada enfrenón. En Chilpancingo baja un par de usuarias y suben otras intentando acomodarse. “¿Bajas tu mochila para que me pueda meter?”, pide una de ellas a otra más joven. “Ay señora”, se queja la otra en respuesta e intenta mover la bolsa. “Es que no se puede, señora”, le dice una más.

Casi todos viajan sumergidos en su teléfono. Repudiado siempre por aislar a las personas, este dispositivo salvador hace más soportables los largos e incómodos trayectos. Flotan en el aire cientos de voces: algunas hablan con compañeros de trabajo, “la neta lo que me molesta es su actitud”; otras conversan con la amiga que viaja a su lado, “es muy tranquilo porque casi no hago nada, pero cuando me mandan a bancos o así es muy pesado porque no sé caminar muy bien con tacones”. En las bocinas del autobús se escucha otra voz de mujer: “próxima estación Álvaro Obregón”. Entre los remolinos de conversaciones destacan algunas risas suaves. El silencio es un pasajero que ya no cupo y se quedó en el andén.

Un hombre mayor mira a la chica que se interpone entre él y la salida. Ella le pregunta si va a bajar, él asiente y le sugiere pasarse al fondo. “Pues si quepo”, responde ella, incrédula. “Ustedes se acomodan donde sea… Yo la empujo”, concluye el señor mientras la joven atraviesa la masa desafiando las leyes de la física.

No todos los varones que van en el “vagón rosa” tienen una justificación para estar ahí. Aquí va uno que no es mayor, ni niño, ni discapacitado. Y aunque muchas lo miran con recelo, nadie dice nada. A diferencia de la tarde en que una usuaria de redes sociales, Verónica, atestiguó que a un hombre le decían: “¿Se baja o lo bajamos?”.

Algunos hombres se legitiman en el uso de este espacio porque vienen acompañados de sus parejas. En la estación Durango, un joven cubre con el cuerpo a su novia para evitar que la apretujen, aunque él mismo se adhiere a ella. “Te juro que esta vez no es a propósito”, le dice con mirada cómplice —que ella devuelve acompañada de una carcajada.

Quien intenta viajar un poco más cómoda pero no tiene a nadie que la “proteja” es la señora que, aferrada a los tubos de la zona para discapacitados, intenta mantener a salvo su mano vendada. “Me vienes apachurrando, me vienes acalorando, amiga”, le reclama a su vecina de atrás, que es más alta que ella y trae un bolso. En el vagón de mujeres los bolsos de mano ocupan su propio espacio y suelen ser motivo de discordia. “Ay, ¡me está lastimando con su bolsa!”, grita otra a dos metros de ahí. La mayoría lleva el cabello recogido por el calor, y a las que lo dejan suelto se les atora en los brazos, los antebrazos, las axilas y lo peor, la correa del bolso de las demás.

“Una cosa es que vengamos juntas y otra que me estés asfixiando”, insiste la mujer mayor.

No pocas veces el Metrobús se vuelve un ring en donde las mujeres liberan su estrés en la cabellera de las otras. No ocurre esta vez.

El autobús avanza, llevándose la tensión, el calor, la caldera del diablo del olor humano.

 

Claudia Altamirano
Periodista.

Expediente

20:00
Sala de espera

Sábado bajo la oscuridad. En la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México se viven dos atmósferas de emociones casi opuestas.

En la Sala A 15 personas están de pie con la mirada fija en las puertas de cristal que no permiten distinguir a los pasajeros que se mueven del otro lado: lucen como cuerpos fragmentados debido al diseño sutil de cuadrículas blancas. Los que esperan tienen tics de ansiedad. Una joven vestida con pantalones ajustados apoya el peso de su delgado cuerpo entre un pie y otro, sus botas cafés se mueven como si estuvieran haciendo ejercicios de calentamiento antes de correr. Una joven recién bañada se empeña en arreglar el ramo de flores que carga y en evitar que la cartulina que trae doblada a la mitad tenga algún doblez; un joven sentado en un rincón apoya su mano izquierda en la rodilla del mismo lado y muerde las uñas de la mano derecha; un joven de más de 1.80 de estatura y el cabello tipo afro scrollea la pantalla del celular; un hombre vestido con playera blanca y pantalón de mezclilla marca insistentemente un número que “le manda a buzón”; una señora juega con sus sandalias rojas y envía mensajes por Whatsapp; un hombre de más de 50 años y con el cabello crespo se jala el lóbulo de una oreja; una joven sentada en el piso lee sus apuntes de la escuela escritos en hojas de carpeta e ignora a los demás con los audífonos en sus oídos. Entre este grupo también hay otros que sobresalen, aquellos que llegan de la calle con el cabello enredado o con el rostro soñoliento.

Los pilotos salen con el semblante tranquilo, incluso algunos bromean con otro compañero. Las azafatas aparecen erguidas, impecables y con paso firme arrastran sus maletas. A ellos nadie los espera. No al menos en este punto.

Los diableros están expectantes. Quieren subir y bajar maletas sin parar, para que del mismo modo entren los billetes o las monedas a sus bolsillos.

Los que llegan empiezan a salir a cuentagotas.

—¡Qué pedo, güey!, le dice un amigo al joven con peinado tipo afro. Estrechan las manos de manera sonora, chocan los hombros y se marchan.

La joven que leía sus apuntes recibe un mensaje en el celular, lo lee. Acomoda las hojas, se quita los audífonos y se levanta. Le da instrucciones a un hombre que está detrás de ella y caminan velozmente hacia otra de las salas. El hombre alto y fornido sobresale entre los que avanzan a su lado, la joven se ha desvanecido.

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Ilustración: Patricio Betteo

El joven con onicofagia abandona su rincón y da pasos veloces para abrazar a otra chica que tiene como 20 años de edad y una mochila roja. Ella lo estruja, feliz. Lo besa en una mejilla y en los labios. Él le dice algo al oído y le da un beso en la frente. La abraza y le pide la mochila. Ella le limpia la mancha roja de lápiz labial que le dejó en los labios. Avanzan tomados de la mano.

Suena un teléfono celular. Es el de la chica con pantalones ajustados. Ella contesta: “Estoy aquí, en la Puerta 1, Letra A… ¿En qué aeropuerto estás?”. Escucha con atención más detalles, cuelga y empieza a caminar con hastío. Sólo tenía que llegar a la Sala B para recibir a una señora con el cabello teñido de color rojizo, que podría ser su madre.

Los que esperan a veces miran hacia el piso: imitación de mármol color beige, bien pulido. Si levantan los ojos hacia el techo, no encuentran ningún prodigio arquitectónico. Sólo una red de vigas de acero que se unen entre ellas de una manera tan compleja que es difícil seguir un patrón.

A la joven recién bañada se le ha esponjado un poco el cabello. Hay humedad en el ambiente por la lluvia vespertina. En cuanto ve a un joven delgado con mochila azul y playera blanca se lanza sobre él. Se olvida de tratar con cuidado las flores y la cartulina. Parece como si él hubiera estado ausente por mucho tiempo. Se besan con euforia, se abrazan y él le susurra cariños al oído. Ella lo deja hablar y se rinde cuando la besa en la frente. Le entrega los obsequios. Él le agradece, y cuando están fuera del centro de la Sala A lee el mensaje en el cartel. La letra es pequeña y hay un dibujo de una pareja de enamorados sentados debajo de un árbol.

Al otro lado del aeropuerto, los que esperan ya no caben en su espera.

En la Sala E la añoranza se transforma en felicidad. Ahí se percibe una sacudida emocional que en las salas de llegadas nacionales no tiene igual. Familias del mismo árbol genealógico se reúnen para dar la bienvenida al viajero que se ha trasladado desde otra región del mismo continente o desde otro punto del planeta. Padre y madre. Hijos. Primos. Compañeros de escuela. Todos ellos intentando sobrepasar la línea de seguridad que los separa de las puertas de salida.

En esta sala hay una mezcla de perfumes con toque dulce, suenan los tacones, se observan mujeres con trajes o con vestidos. Rostros maquillados. Bolsos de distintos tipos. Los hombres visten “casual”. Saco, pantalón de mezclilla y zapatos cómodos.

Quienes están aquí sí van contando los minutos desde que el avión tocó la pista. Toman fotografías a las pantallas con la información de los vuelos. Algunos se arremolinan debajo de ellas, ubican el punto de partida y repiten la hora en la que su ser querido ha llegado a México como si se tratara de un conjuro. Se paran de puntas para ver si distinguen algo de lo que sucede adentro.

Esta noche llega Carlitos, un joven de aproximadamente 18 años, que hizo un intercambio académico en Alemania. Su madre está a punto de un colapso emocional porque ha dejado de ver a su hijo durante un año. Todos los familiares sostienen globos metálicos de colores que dicen: “Bienvenido, Carlitos. ¡Lo lograste!”.

Hay otro grupo de padres y madres que destierran la calma por instantes. Llevan casi una hora esperando. Cada que se abren las puertas en vano extienden los brazos, agitan las manos o despliegan carteles con mensajes amorosos: “Te extrañamos, Pato”. Llega la hora. Estudiantes del Colegio Alemán Campus Sur salen en fila escoltados por sus profesores y las madres empiezan a gritar el nombre de sus hijos. Hay abrazos, preguntas, besos y cabellos despeinados. La tendencia de las lágrimas es mayor en los que esperan que en los que llegan. Los profesores sonríen a su supervisora y le dicen: “Misión cumplida”.

Hijos que esperan a sus padres: “Hola, ma’. Hola, pa’”. Abuelos que ya no pueden cargar a los nietos: “Has crecido y creo que estás más delgadita”. Amigos de la universidad: “Para nada has cambiado”. Una mujer que se abanica los ojos al ver a su novio extranjero: “Disculpe, podría tomarnos una foto por favor”.

Chocolates, flores, globos, letreros, abrazos, besos, gritos y lágrimas. Nada es suficiente para entregarle a quien se fue la certeza de que ha vuelto a casa.

 

Kathya Millares
Editora y periodista.

Expediente

21:00
Avenida Zaragoza

Si la calzada Ignacio Zaragoza fuera una persona, no conocería la vanidad.

Zaragoza, con su Metro férreo como columna vertebral y autos del año sobre su asfalto, pero también con sus combis chaparras y sus buses con el cacharpo asomado en la puerta, cantando el destino y pegando en el vehículo para avisar al conductor que ya nadie más sube (“¡súbale, súbale, hay lugares atrás!”, “¡Esos que iban a bajar en Acatitla, ya nos pasamos…!”). Un transporte público muy de los noventa.

En el cansancio de la noche en la calzada Zaragoza hago la parada a un bus con destino a Chalco, la capital de la Solidaridad. Miles y miles más hacen lo propio en el mismo sentido, en Metro, auto, combi o bus, más aquellos —ingenuos o masoquistas— que decidieron justo en estos momentos salir rumbo a Puebla o Veracruz.

A decir de la experiencia colectiva, tomar transporte público en esta arteria del rudo oriente capitalino se ha convertido en una disciplina más de deporte extremo por dos factores principales.

El factor interno puede surgir de los choferes, quienes sienten como ultraje a su virilidad que otra unidad los rebase, reivindicando aquella con el acelerador a fondo. Las improvisadas carreritas suelen terminar con volcaduras, muertos y heridos. Gran parte de las varias cruces de hierro que puntean la calzada, colocadas por familiares en recuerdo de su difunto, son fruto de estos siniestros.

El factor externo puede subir en la otra esquina en forma de uno, dos o tres pasajeros con un arma, cuchillo o punta entre sus ropas, porque, por más que sabemos que aquí nos tocó vivir y hacemos gala del orgullo barrial, no ignoramos que la Ignacio Zaragoza circula por colonias con fuerte índice delictivo como la Agrícola Oriental, Cabeza de Juárez, la Modelo, Santa Martha, el famosísimo El Hoyo (“yo vengo de El Hoyo, hirviente caldera”) y más adelante, en su extensión con la autopista México-Puebla, con Chalco, Ixtapaluca, Los Reyes.

Por eso ahí vamos todos, con la cabecita dando vueltas. Cientos de pasajeros a esta hora de regreso recordando los videos de YouTube que pasan en los noticieros (“Difunden nuevo asalto a transporte público en Ignacio Zaragoza”), haciendo propias por proximidad, experiencia y por la poca empatía humana que aún nos queda las penurias de ese puñado de pasajeros que se asoman en el video, en las primeras filas, con sus rostros de impotencia que bien podrían ser los nuestros, el mío, el de todos en este bus.

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Ilustración: Patricio Betteo

El paso es lento dada la afluencia vehicular. Hospitales, tiendas de conveniencia, entradas de Metro, bancos, salones de fiesta, edificios que prometen bachillerato y secundaria en cuatro meses, llantas en equilibrio semiótico en las que adivinamos una vulca cercana, innumerables cortinas llenas de grafitis de todos colores, moteles (el “Pistolas”, todo un clásico), muros con la próxima cartelera musical (El Haragán, Sonido La Changa o Banda La Arrolladora), ferreterías, un viejo balneario de pasadas glorias veraniegas hoy locación perfecta para una película de terror Serie B, locales de fritangas y tacos de guisado, mueblerías, panaderías. En fin, todo cabe en una calzada Ignacio Zaragoza sabiéndolo acomodar.

Pensar que hace 150 años este mismo trayecto que ahora hago, México-Chalco, se podía hacer en un buque de vapor. Qué melancolía, esa que nace del recuerdo de lo que jamás se vivió.

¿Se imaginan eso? ¡Un buque de vapor! El trayecto gris y medio paranoico de estos tiempos hace décadas fue digna postal de un Misisipi con mi otro yo en estilo Huckleberry Finn mexicanizado con su sarape.

Lo más lacustre que llegamos a tener hoy es el Río de la Piedad, cruce donde tomé el bus, y las lagunas que brotan en la calzada con la llegada de lluvias, inundaciones donde los autos devienen eléctricas canoas con luces intermitentes.

Veo mi celular. Una aplicación me informa que, para variar, la marcha seguirá siendo lenta. ¿Un choque? ¿Una protesta? ¿Un bloqueo de vecinos por falta de agua? ¿El linchamiento de algún ratero? ¿O sencillamente que somos miles en una misma dirección sobre una avenida con cinco carriles que ya no basta?

Un nuevo pasajero sube. Por instinto, todos los que vamos sentados y él hace lo mismo con nosotros. Silencio. Todos interpretando detalles, tal cual pasó conmigo cuando subí.

El nuevo viajero es un joven moreno de facciones proletarias y cara de desconfiado. Igualito a los que aparecen en los videos de los noticieros.

Pero igualito a mí también.

 

Iván Cadín
Periodista.

Expediente

22:00
El Ministerio Público

“¿Tiene algún familiar aquí?”, le pregunta el abogado al frente del Módulo de Atención Oportuna a un hombre que aparenta estar desorientado. En la sala de espera predominan las caras largas, los cuchicheos y los cabeceos.

La gente cruza la puerta principal y pregunta. Unos están desesperados, precisan de un par de oídos. Otros se quejan gritando “¡maldito gobierno!”. Todos necesitan compañía, sentirse arropados, protegidos. La mayoría están dolidos, desconfiados, han perdido a un ser querido.

Una mujer entra pues su hijo borracho la golpeó y sacó de su casa. No tiene a dónde ir y busca levantar una demanda. El abogado le explica puntualmente. Al entender que su hijo puede ir a la cárcel, se arrepiente y parte.

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Ilustración: Patricio Betteo

Los prepotentes exigen como si lo merecieran todo. Otros son más sumisos. Un viejo, mientras espera a que liberen a su hijo, acomoda periódicos en una banca y con una cobija se cubre. Junto a él, una pareja se toma de la mano. Pese a todo, demuestran seguir enamorados.

Para los abogados que atienden el módulo el turno de trabajo es de 24 por 48 horas. Agotador. Deben atender completas las quejas y agonías de la población. “¡El vecino pone el coche enfrente!”, lamenta uno nuevo. El abogado le explica que ese no es un delito, no es tema del Ministerio Público, y lo dirige con un juez cívico.

Sobre la pared, junto al mapa de la zona, cuelgan retratos de cadáveres sin identificar y vivos que andan perdidos. “A algunos parece gustarles, pues siempre regresan”, asegura la que afuera vende dulces, galletas y cigarros. Favoritos de los más ansiosos y disgustados.

Un hombre robusto exige justicia: le robaron el celular a su hijo. El abogado canaliza su denuncia de manera electrónica y le explica que su hijo debe pasar a declarar para darle seguimiento a su caso. Sólo un asesor jurídico puede acompañarlo, tiene más de 25 años.

El joven, en calidad de víctima, pasa a una habitación contigua donde se encuentran los escritorios de los agentes del Ministerio, conocidos como los de toma. Ellos toman las primeras declaraciones e inician la carpeta de investigación. Cada caso puede estar conformado por uno o más delitos.

Los agentes de toma deben escribir rápido, estar atentos, fijarse y guiar al entrevistado al hecho, para que no divague. Deben recopilar lo más posible, si dicen apodos o “ya valió madres” así registrarlo. No es fácil plasmar intenciones y ser fiel a la puntuación. Con esa historia comienza el caso.

Deben transformar el lenguaje callejero en penal, “me lo quitaron en la calle” significa que lo desapoderaron. De ahí revisan el código penal para esclarecer la sanción. Todo queda en computadora y luego impreso. El caso, más adelante, se puede ir ampliando. Eso lo decide la mesa de investigación encargada de cada caso.

Cuando se trata de un delito como homicidio, por un lado comparecen las víctimas y por otro los detenidos, es mejor evitar que se encuentren. Las familias están rabiosas y algunos creen que sus gritos y puños pueden compensar su desencanto.

Los detenidos entran por la puerta trasera. Siempre vigilados, esposados y guiados por policías. Atrás está el estacionamiento de patrullas y las galeras o separos. Pasan a rendir su declaración, ver al abogado o al médico. Un hombre, con camisa a cuadros, camina malencarado. Lo dirige un policía de investigación que porta pantalones vaqueros.

El detenido es un “fardero”, tercera vez que roba prendas en la misma tienda, y debe volver a comparecer antes de ser trasladado al reclusorio. Ahí esperará hasta el día de su cita en los tribunales o hasta que el juez le dicte una sentencia.

El Ministerio Público tiene hasta 48 horas para resolver la situación jurídica de cada detenido. El tiempo cuenta a partir de que entran por la puerta. Los agentes deben obtener las pruebas necesarias.

Revisar si el detenido tiene antecedentes penales para vincularlo y solicitar una petición, un oficio, para obtener una audiencia. La audiencia es por persona y por delito. El tribunal tiene hasta 72 horas para resolver. De no encontrar pruebas, el detenido es liberado.

El policía sienta al fardero en un escritorio. Lleva casi 30 horas detenido. El agente comienza a preguntar, quiere ampliar el caso. El fardero responde con dificultad. Todas las computadoras están encendidas y ocupadas. El ventilador también. Alrededor, otros varios, también son entrevistados.

Cada agente de las unidades de investigación recibe, lee y trabaja en una historia distinta. Ellos intentan ser imparciales, dudar de todo. Deben conocer cada recoveco del caso, estudiar entre líneas. Descifrar detalles, fallas y particularidades. Su imaginación dictará las futuras líneas de investigación y su posible resolución. Entonces el fardero se muestra nervioso. Se muerde los labios, rasca la cabeza, pellizca los dedos y arranca los padrastros. Usan tanto las sillas que la parte acolchonada se ha vuelto dura.

“¡Flaco!, él, ¿en qué situación está?”, pregunta un policía a otro sobre uno nuevo que acaba de entrar, “¿Lo vas a presentar?”. El Flaco responde con señas que todavía está esperando. El proceso es una cadena, va pasando de mano en mano.

A los policías que atienden un llamado y acuden al lugar de los hechos se les conoce como primeros respondientes. Ellos, al entregar al detenido, también son entrevistados. Deben seguir un protocolo y llenar formatos especificando las señas particulares de cada imputado, color de cabello, tipo de nariz y ojos. Si traen objetos deben embolsarlos y entregarlos sin contaminar.

Una joven delgada también pasa esposada. De tanto llorar tiene la nariz roja, escurrida. La sientan sobre una banca y piden que espere. Le toca revisión médica. Junto, está la oficina del abogado defensor. Todos los imputados tienen derecho a uno, privado o proporcionado por el Estado.

Ella espera pensativa. Luego observa el techo, el suelo y el pasillo. “¿Qué colonia es?”, le pregunta a otra mujer que también espera ser revisada. Esta mujer es víctima, no está esposada. Durante un asalto sufrió agresión física.

Un señor con camisa bien planchada y bigote peinado pide a un agente que le apure. Ya está cansado. También es víctima, le han robado la cartera en el Metrobús y espera al perito para realizar un retrato hablado.

A veces los agentes tienen todos los elementos para vincular rápidamente al detenido. Cuando no hubo flagrancia la investigación debe continuar. Los robos son más rápidos de procesar. Delitos como fraudes toman mucho tiempo, hay que hacer más diligencias.

Las diligencias dependen del delito. El agente encargado de diseñar la teoría del caso debe solicitarlas con base en qué quiere probar y cómo. La policía se encarga de esa parte operativa, como recabar datos básicos y testimoniales. Los peritos huellas y fotografías. La conducción de la investigación de forma legal es responsabilidad del Ministerio Público.

Casos muy particulares se canalizan a otras fiscalías. Delitos ambientales, financieros, secuestros, homicidios y de menores, entre otros, tienen agencias de investigación especializadas. Para los peritos lo más difícil es cubrir homicidios de niños.

Hace poco asaltaron un banco y los ladrones salieron como si nada. Un policía regresó días después. Por un testigo supo las placas del auto en el que escaparon los delincuentes. Con las cámaras los siguieron hasta su casa. Consiguieron las pruebas necesarias y los atraparon.

Los peritos de guardia esperan junto a las galeras. Son expertos en ciencia o arte. Tienen sus propias metodologías de investigación. En espiral, de izquierda a derecha, de lo general a lo particular. Abren los ojos ante cualquier indicio.

Las fotografías dan una idea de cómo se encontró el lugar de los hechos. También sirven para convencer durante el juicio. La misma gente del lugar da pistas, “esto no estaba aquí” y así se guían los peritos. Buscan huellas, tejas rotas, varillas o si está pisado el césped. Sus trajes blancos les cubren todo el cuerpo.

Las armas de fuego se fotografían. Si se detonaron balas, la culata del casquillo y cuerpos también. Hace unos meses un fotógrafo atendió un parricidio. Fueron más de 500 fotografías impresas que adjuntó a la carpeta del caso.

Entre los escritorios se escuchan las manos de los agentes que juguetean nerviosos sobre las superficies de madera desgastada. Nunca saben a qué hora descansan. Sobre las paredes hay más archiveros. Ahí no guardan las carpetas de investigación, ésas se protegen en otro lado. Son otros documentos como oficios y papeles de seguros.

La joven esposada sale de su revisión con el médico y un policía la guía rumbo a uno de los escritorios. Ahora le tocará comparecer a ella. Tiene derecho a no decir nada. A no dejarse revisar, ni que le tomen las huellas o fotografías.

Ante ese derecho, muchos aprovechan y engañan. Nadie quiere aceptar haber cometido un delito. Dicen ser extranjeros cuando en realidad son carteristas. El policía libera una mano de la joven para que pueda firmar. Ella aprovecha para peinarse, limpiarse las lágrimas y rehacerse una trenza.

El área de galeras permanece segregada y en silencio. Herrería y mallas la encierran. Los detenidos esperan incomunicados y custodiados. La puerta de acceso es verde limón. La luz, por segundos falla. Algunos se lastiman o fingen estar enfermos. Ahora los detenidos suman 14. El número siempre varía. En quincenas y fines de semana son más.

Van a dar las 23:00 horas, todos están fastidiados. Una nueva pareja de policías entra, llegan sudados. Un hombre armado amenazó a los pasajeros de un pesero. El chofer se percató de que el arma era de diábolos y contraatacó. El asaltante trató de escapar pero los policías lo interceptaron. Llegó bañado en sangre por los golpes que los pasajeros le acomodaron.

“Pasa”, el policía guía a la joven delgada rumbo a la salida. Una camioneta la espera. Sin ventanas y en silencio nadie en la calle sabrá que la transportan adentro. El motor arranca y cierran la puerta. Dentro de unos minutos llegará a su destino: Santa Martha Acatitla.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

Expediente

23:00
Centro Histórico

¿Quién camina esta vez durante la noche en el Centro Histórico? El joven ansioso y testarudo o el anciano cuyas noches ya no significan descanso. No existe lugar para una edad o un estadio intermedios: o es el descubridor y aventurero, o es aquel que transita los cementerios de su memoria. Yo me he convertido en ambas cosas; me he disuelto en ambos extremos y la curiosidad me arrastra al mismo tiempo que la prudencia me aleja y desvanece. El centro de esta ciudad ejerce una gravedad intensa que te atrae, te arrebata la fuerza y después te lanza en cualquier dirección. Sí, como una estrella agonizante, una enana blanca en camino de convertirse en una supernova o en una oquedad oscura. Son las once de la noche de un jueves caluroso y mis pasos se cuelan en la calle República de Cuba. Me asomo y tomo un par de tragos en La Purísima y después en el Marrakech (el orden no altera el desorden); mi bostezo de dinosaurio se acompaña de los residuos de mi memoria; ambos se unen al presenciar el baile de cuerpos temblorosos, las bebidas exuberantes y vulgares, el coqueteo incesante de los gay y la muerte de toda novedad: existe un tren que partió hace muchos años de esta misma estación y no se ha detenido: La Perla, El Oasis, El Famoso 42. Una pareja de jóvenes que apenas si rebasan los veinte años me observa, me he convertido en el centro de su conversación y de su sospecha. Hay algo que no persevera en mí, lo sé y no es sólo que mi actitud de perdona vidas sea evidente, sino también la mirada muerta, reptil y rastrera. Mi memoria me traslada al Oasis muchos años atrás, en la misma República de Cuba, aquel lugar donde por primera y única vez en mi vida observé bailar danzón a dos policías de caminos, uniformados, sobrios y amorosos. ¿A dónde se dirige un alma desangelada y en los albores de la embriaguez? Pienso en el Bombay, en la calle Ecuador, ahora convertido en una ergástula tecnológica, en una pirámide en la que se sacrifica el silencio y el buen sonido: estoy a punto de sentir el dolor de la melancolía y los intestinos mezclados. Descarto al Divina, junto al Teatro Blanquita, porque conozco lo que encontraré allí, como lo hice hace veinte años en Los Rosales o en El Queens: el desfile de travestis amoratados por el maquillaje y las sustancias espirituosas, los tacones y los vestidos entallados, salchichas parpadeantes, coloridas y dispuestas.

28-centro

Ilustración: Patricio Betteo

Descarto mis intenciones de acercarme al Casa Blanca, en la esquina de Vizcaínas y Lázaro Cárdenas. Lo mismo hago respecto al antro vecino, el Azteca Men´s Club. ¿Acaso deseo que me vejen, me roben o de que una prostituta tenga compasión de mí y se empeñe en ofrecerme la noche más asombrosa de mi vida? Es necesario torcer el camino y volver a la ecuanimidad y a la mesura, a la libertad y a la conversación; mi mente me ofrece tres destinos cuando la medianoche va quedando atrás. El Bósforo, la mezcalería de la calle Luis Moya, donde escucharé allí a algún dj amansado y culto. O mejor andar hacia el Bandini, en Bucareli, pues sé que allí seré bien recibido por los anfitriones; sin embargo, me he tomado un par de tequilas y algunas rondas de cerveza y aunque sé que encontraré gente de bien, joven y atenta es posible que pese a la buena música, distinguida, me encuentre con una lectura de poemas o un performance y en ese momento mi sentido del arte se haya fragmentado en asteroides irreconocibles en su forma y dirección. Encamino entonces mis pasos hacia La Bota, en San Jerónimo, en pos de tomar un par de jägersmeisters, como acostumbro hacer siempre que me acomodo en una de sus sillas de madera y dejo que la luz de taberna oculte mi ánimo y mis intenciones. Es entonces cuando una idea genial, estupenda, se enciende en mi cabeza; dejaré de andar el Centro que he recorrido como un beduino alucinado los recientes treinta años. Me he enterado que La India, en República de El Salvador y Bolívar, deja abiertas sus puertas hasta las tres de la mañana. Y aún más; y si incluso quieres dormir bajo los senos de esa india colosal que se muestra a un lado de la rocola puedes hacerlo porque los meseros son amables, experimentados y saben que el paso por la jodida vida es breve y cruel. Al final, ebrio y acongojado por mi displicencia y ausencia de convicción y decisiones salgo de La India y atravieso rumbo al Hotel Isabel (alguna de mis novelas ocurrió en ese lugar). Y si el portero adecuado cuida del edificio esa noche me ofrecerá, sin que medie conversación, las llaves de una habitación para que pernocte y sueñe con cadáveres, balas perdidas y pasos indecisos.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Expediente

00:00
Reforma

Paseo de la Reforma a medianoche corre el telón de una arteria llena de oposiciones deslumbrantes.

La nomenclatura oficial indica que Reforma comienza en Peralvillo y termina en Santa Fe pero para el ADN capitalino Reforma es y será la pasarela histórica que va del Castillo de Chapultepec hasta avenida Juárez, donde arrancamos el paseo.

Calentemos el cuerpo. ¿Qué tal unos tragos con los amigos periodistas que salen de las ya pocas redacciones que quedan sobre Reforma? Sabios guías, siempre atinan con el lugar exacto para darle de beber al sediento. Afinados los sentidos, continuamos.

Esta noche el espectáculo de la sociedad de masas no tiene evento programado: no hay Fiesta de Año Nuevo, paseo ciclista nocturno o celebración futbolera. Tenemos hoy la mejor programación: la inesperada. Nos acompañan en el trayecto turistas maravillados, empleados somnolientos en pos del último Metro, perros jalando a sus dueños, corredores con audífonos, peregrinos en busca del bar, vecinos de alguno de los “edificios inteligentes”, gente vestida con ennegrecidas mudas de ropa husmeando en los botes de basura.

29-reforma

Ilustración: Patricio Betteo

¿Qué diría de esta mezcolanza la emperatriz Carlota, artífice de esta avenida? Atrás quedó el NRDA (Nos Reservamos el Derecho de Admisión) que le impuso a su paseo.

Las últimas Ecoboci recorren la zona, en media hora acaba el encanto. Los hoteles de gran turismo ofrecen shows nocturnos, tristes remedos de glorias pasadas porque ¿ves ese edificio fantasmagórico? Es el cadáver del Hotel Reforma, que albergó durante décadas al Ciro’s —no era raro ver salir a Agustín Lara y María Félix tomados del brazo. ¿Ves ese parque? Ahí estuvo otro hotel, el Continental, cuya marquesina anunció por mucho tiempo a “Olga Breeskin y su violín mágico”. Hoy les llamamos antros o bares, pero antes la noche estaba en los cabarets. A diferencia de esos años, ahora hay pocos desveladeros (Armando Jiménez dixit) sobre Reforma.

Cruzando Insurgentes la competencia de rascacielos es, diría la canción, lucha de gigantes iluminados. Las pocas casas porfiristas que quedan son oficinas ahora en tinieblas, bancos con cajeros donde dormitan indigentes o 7Eleven donde tocamos la ventanilla para comprar cigarros.

Echando humo por la boca, seguimos andando por el Paseo de los Emperadores Degollados por la Reforma. ¿O cómo era? Es que se me confunden los contextos.

En la proximidad con la Zona Rosa el bullicio crece. El empoderamiento LGBT ha hecho suya la zona con besos y harto cachondeo. Parecería que escuchamos las consignas de aquellas primeras marchas del movimiento gay que pasaban por esta avenida exigiendo ya no digamos poder agarrarse de las manos, sino que la policía no se los llevara por el impúdico delito de no ser como la moral lo indicaba.

Pantalones ceñidos y camisetas ajustadas a sus bíceps de gimnasio, solos o en par y ubicados en las esquinas, algunos jóvenes masculinos ejercen el comercio sexual de manera velada. Hombres y mujeres en auto se detienen frente a ellos y tras una corta conversación se los llevan.

A mitad del paseo la reina de los monumentos de Reforma difícilmente pasa desapercibida: la Victoria Alada, el Ángel (sic). En torno a ella, visitantes a pie, el Turibus, el Party-bus (sí, la oda al vehículo motorizado ha alcanzado niveles insospechados) o las parejas de recién casados o grupos de quinceañeras que vienen por “la foto pa’l Facebook”.

Próxima glorieta, el cine Diana se niega a terminar con la película de su vida. Junto al Real Cinema, son el único par de salas que quedan de la vieja cadena de cines de Reforma. Los cinéfilos amantes de las últimas funciones, íntimas y solitarias, los mantienen vivos.

Llegamos así a la Estela de Luz, una suavicrema incandescente a las puertas de la negrura del Bosque de Chapultepec.

Hace hambre. Los bistrots, maison, trattoria, cafés y restaurantes de la avenida están cerrando. Pasada medianoche la opción para cenar es casi nula en la avenida más importante de México.

Emulando a Los Caifanes (los de la película), tras pasear por Reforma (sin ponerle brasier a la Diana Cazadora) optamos por las taquerías de fogón sempiterno.

Y los tacos de 5×30 de Reforma e Hidalgo son la respuesta.

 

Iván Cadín
Periodista.

Expediente

01:00
Plaza Garibaldi

Lo que recuerdo de ese antro de mala muerte en la Plaza Garibaldi es que la gente se emocionó más con el imitador de Juan Gabriel que con el show de sexo en vivo que esa noche se anunciaba como centro del espectáculo. 20 años después la celebración de esa pantomima me sigue pareciendo descriptiva de “algo”. Aunque no sé de qué. Tiene que ver, sin embargo, con esa de manera de arrodillarse de un pueblo machista como el mexicano cada que suena el nombre, de “resonancias arcangélicas”, como anotó Carlos Monsiváis en su ensayo de Escenas de pudor y liviandad, de Juan Gabriel.

Lo excesivo fue que ni siquiera Juan Gabriel en persona se robó la noche, sino otro que estaba fingiendo ser Juan Gabriel.

A mi parecer acababa de ocurrir un acto tremendo: Una chica se subió al escenario y solicitó un voluntario para su show, que consistía en realizar el acto sexual en mitad de la pista. Entre bromas y alardes se subieron tres incautos. La chica les bajó los pantalones, los sentó en sus respectivas sillas, y con la boca estimuló el pene de cada uno de ellos. Luego se subió la falda y se fue sentando sobre cada uno. No hubo por parte del público ninguna reacción; privaba el desinterés. Ahora que lo pienso, el show no merecía la menor atención, aunque en aquel momento de mediados de los noventa parecía cool y underground asistir a espectáculos de sexo en vivo. Vino luego el imitador de Juanga y la gente se puso frenética. Tal vez fue por obra del marketing que esos shows dejaron de existir y el negocio del entretenimiento en los alrededores de Garibaldi se enfocó en la simulación más que en la realidad cruda. Hoy Garibaldi sigue siendo, tal como era en 1923, cuando se inauguró el Tenampa, una plaza atiborrada de turistas que van y vienen entre músicos de la tradición vernácula de México: hay mariachis, por supuesto, pero también hay norteños y jarochos. Está rodeada de comercios de comida y souvenirs, e incluso hay un mercado en donde se concentran esas dos necesidades turísticas.

30-garibaldi

Ilustración: Patricio Betteo

A la entrada de la plaza hay un edificio de cristal blanco, que desde 2010 se ostenta como el Museo del Tequila y el Mezcal. Cualquier turista se sentirá satisfecho de haber llegado a las raíces de lo mexicano tras una visita al museo, donde se explica el proceso de producción del tequila y se catan distintos tipos de mezcal, para luego entonar por cinco dólares una canción acompañado de mariachis en vivo, ya sea en plena calle o con los coloridos murales de la cantina el Tenampa como escenografía. Después, ya achispado por el espirituoso nacional, tras haber probado las cualidades conductoras del cuerpo sosteniendo los nodos de la cajita de toques eléctricos, el turista podría cruzar al otro extremo de la plaza para ingresar al Tropicana y experimentar los ritmos afrocaribeños de la salsa. Si es un poco arriesgado, en vez de partir rumbo a su hotel, contento y satisfecho, quizá decida caminar rumbo a la calle de Allende, que es la prolongación de Bolívar, rumbo al extremo de Garibaldi que colinda con La Lagunilla. En la esquina de República de Perú encontrará la pulquería la Antigua Roma, que es un pequeño local con media docena de mesas cubiertas de melamina y sillas blancas de plástico donde se reúne un grupo heterogéneo de jóvenes que echa monedas a una rocola electrónica. La mayoría de ellos son punks introspectivos que no se meten con nadie. También hay millenials, que son quienes le dieron al pulque el revival que ahora tiene, y teporochos habituales del barrio. La Antigua Roma sirve la bebida “preferida por los emperadores aztecas desde el siglo XI”, según frase escrita con mosaicos impresos en inglés sobre un muro exterior del Tenampa. Un poco más allá, en el número 45 de la calle República de Cuba, la cual lleva un par de décadas albergando antros gay que son “heterosexual friendly”, hay un bar, el Pecado, que presenta el show de la fantástica drag queen Kaleido. Las drag queens están de moda en Garibaldi, y son reales: cantan con su propia voz y se producen como artistas originales. Ya no son los travestis viejos, gordos y peludos que imitaban a Gloria Trevi o Paquita la del Barrio y se reunían, con el rímel y las prótesis caseras corridas, a embriagarse hasta perder el estilo en la Cantina 33. Sin embargo, a esta hora de la madrugada, y al pasar enfrente del teatro Garibaldi, donde los jueves hacen un concurso de drag queens, no puedo evitar la sensación de estar saliendo de un parque temático.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

Expediente

02:00
Hospital Balbuena

Entrada de Urgencias. Hospital General Balbuena.

Llueve de manera intermitente y unas cincuenta personas esperan noticias apostadas en la banqueta. Algunas se escudan bajo sus paraguas; otras solo bajan la cabeza, resistiendo, esperando.

En un árbol del camellón de Cecilio Robelo, dentro de un altar de vidrio iluminado, un Niño Dios vestido de enfermero —el rostro cubierto con tapabocas— parece observar con ojos de vidrio la entrada del hospital en donde dos mujeres lloran, abrazadas e inconsolables.

Acaban de avisarles que el hijo de una de ellas murió. Lo acuchillaron varias veces en una calle cercana para robarle el celular. Era apenas un adolescente. Llegó con vida al hospital, hubo esperanza durante una hora.

Ahora sólo se escucha el llanto de las mujeres y la sirena de una ambulancia que se acerca.

—En esta banqueta sólo hay malas noches —dice un vendedor de sándwiches y gelatinas.

Varios hombres duermen, tendidos junto a la reja del estacionamiento: también ellos esperan noticias, pero no las tendrán hasta el amanecer. Algunos desarmaron cajas de cartón y las colocaron en el suelo mojado como esteras. Otros sólo pudieron envolverse en colchas y cobijas de algodón.

El resto de la gente mira, espera, fuma, habla en voz baja.

31-hospital

Ilustración: Patricio Betteo

Hay un ambiente de desolación acentuado por la lluvia, por la luz del alumbrado que se refleja en los charcos, y en las hojas mojadas de los árboles.

“Supervisión de Enfermería, comunicarse a Quirófano”, dice una voz de mujer por el altavoz.

El llanto de las mujeres continúa. Acaba de llegar una tía del muchacho muerto y el dolor entonces se vuelve más vivo.

Un hombre con una gorra de estambre y una chamarra de cuadros espera junto a un poste. Ha colocado en la banqueta un sillón, una sombrilla y un anuncio en que se lee: “Se cargan celulares, se guardan mochilas”. Colocó también, en un altar iluminado por las artes de un “diablito”, una imagen de la Santísima Virgen de la Escalera.

A lo largo de la calle, tras los cristales empañados de los autos, hay hombres, mujeres y niños dormidos.

—Llevan días ahí —me dice el vendedor de gelatinas.

Una señora ofrece café y chilaquiles, que sus clientes comen de pie en platos y vasos de unicel. Dos de ellos conversan en voz baja.

—Tal vez mañana —dice uno, en tono compungido.

Se aproxima el aullido brutal de una ambulancia y las rejas de Urgencias se abren para permitirle la entrada. Un taxi se detiene frente al hospital y un hombre ebrio desciende. Tiene la mano derecha metida en una bolsa de plástico que chorrea sangre. El hombre camina tambaleante hacia la puerta, el guardia lo deja pasar y se lo lleva del brazo.

Todo aquí es un misterio, salvo el dolor. Observo a alguien que espera junto a la reja con dos tenis en la mano. La imagen es desoladora bajo la luz del farol.

Una mujer revisa la publicidad pegada en el teléfono público más cercano: anota luego el número de unas “Ambulancias López” que ofrecen “traslados de urgencia”.

La madre del muchacho muerto llora y seis personas descienden del auto compacto en el que llegaron indeciblemente apretujadas. Entre ellas, un adulto mayor bastante enfermo, que aún puede caminar si se le sostiene de los brazos. Tiene la tez amarilla y los labios secos, y camina dando pasitos. El enfermo desaparece tras las puertas de Urgencias, dejando atrás las miradas de angustia de quienes lo acompañan.

—Sólo puede pasar un familiar —dice el guardia.

El tío del muchacho muerto baja de un taxi. Alcanzó a ponerse una chamarra de mezclilla y una gorra. Desde que ve a sus familiares junto a la reja se quiebra en un dolor que no se puede decir.

—Hermana, hermana… —murmura.

Ella lo abraza, se desgarra:

—Mi niño, me lo picaron, me lo mataron. ¿Qué estoy pagando?

Hay un silencio. Quienes esperan bajan la cara, cercanos, ajenos, y como avergonzados.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

Expediente

03:00
La hora del after

“Cuando ustedes abren, nosotros cerramos”, dice don Marco, el hombre detrás de la barra de madera iluminada. A medianoche la pista de El Gitano estaba vacía, apagada. Ahora con dificultad se puede pasar.

El piso de alfombra se pierde entre la oscuridad. Iluminan luces negras. Las prendas blancas parecen moverse como fantasmas. Los dientes brillan, las porcelanas no. Las pupilas y cervezas reflejan azules. Todos han llegado por recomendación, porque su borrachera los ha jalado, porque lo demás está cerrado, porque han terminado de trabajar y quieren seguir bebiendo, bailando y gozando.

El local fue antes un restaurante que operaba de día. Los mismos que hoy bailan sobre la pista comían ahí de pequeños con sus papás. Hace 30 años que inauguraron El Gitano. Las paredes están cubiertas con espejos. Plantas y flores artificiales también decoran. A una cuadra está uno de los tables más conocidos de la Zona Rosa.

La pista, elevada del suelo, se ilumina con luces que cambian de color incrustadas al techo. Todos son siluetas que platican, beben y bailan. Para fumar hay que salir. El volumen de la música obliga a gritar. Suena Ricky Martin o las bachatas de Luis Miguel del amargue. “¿Pa’ qué me llamas?”, dice uno con playera y pelo en pecho cuya cadencia pone a algunas a temblar.

Alejado de la pista, sobre un sillón púrpura y acolchonado, un hombre observa a su alrededor con un whiskey en la mano. Se presenta como El Diablo. Es callado y a pocos les invita un trago.

En su mesa tiene hielos, vasos, refrescos y un pomo recién destapado. “Aguado”, recomienda don Marco desde la barra, “carga con fierro, es sicario”. Sobre su cuello cuelga un collar con anillos. Todos distintos. “Es de cada uno que ha matado”.

Una pareja de lesbianas pide “un cartón de cerveza”. Las jotitas “una margarita”. Su presupuesto viene de la cartera de sus madres o de los clientes que a pocas cuadras satisfacen. Pasan las noches en las esquinas de la colonia Juárez. Sombras que seducen y satisfacen las obsesiones de los extraños que vagan en sus autos.

En El Gitano bailan. Ante una buena oportunidad manosean. La barra sólo acepta efectivo, antes de todo, hasta vales pero a don Marco dejó de convenirle. Afuera, junto a la entrada, está el cajero automático. El cubetazo es la promoción.

Sobre las mesas algunos se van quedando dormidos, como bultos, con vasos tirados y botellas escurridas. Las meseras los zangolotean. Si no despiertan, van por El Guarro para que los intimide, “¿te acompaño al cajero?” y entregan la cuenta.

Desde la cabina del DJ se proyectan rayos verdes tipo láser, van cambiando y se reflejan por todos lados. Un joven le ofrece 500 pesos al DJ para que le ponga sus éxitos. Sus amigos bailan en grupo, luego en parejas o solos, acompañándose del espejo.

La puerta de entrada está frente a una avenida. Los autos, por la hora, transitan rápido. El recibidor es un pasillo iluminado con rejas rojas y un guardarropa al fondo. Nadie cuelga abrigos ni deja sombreros. “Abrimos de martes a sábado”, advierte su letrero.

El hombre que cuida la puerta es alto y robusto. A los que llegan los examina y a algunos les niega el paso. Sólo amigos o amigos de amigos, se justifica. Sobre la calva tiene unas marcas. Presume son la consecuencia de un roce de balas. Al encargado anterior lo acuchillaron. Vendía perico en la entrada. Una grapa en 100 varos. Aunque no había cover si no comprabas la grapa, te hacía mala cara.

A don Marco le urge remodelar el muro junto a la barra. Falta el espejo. Tiene programado hacerlo de día, entre semana. La otra noche llegó un padrote con dos chicas. Un cantante, cliente frecuente, pensó que una era su novia y la otra una amiga. Cuando invitó a la amiga a bailar, el padrote se alebrestó y le sacó una pistola. El cantante, al no saber qué hacer, aventó una cerveza.

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Ilustración: Patricio Betteo

El casco voló y reventó en uno de los vidrios. Más botellas volaron también. La música continuó y el cantante abandonó el lugar. A la mañana siguiente don Marco le marcó a su teléfono. “¿Cómo estás?”. “Bien”, respondió con voz herida.

“Algo pasó ayer don Marco, perdón”. “No, perdón nada”, continuó don Marco, lo estimaba, lo veía como una persona respetable, “como eres cliente frecuente ya teníamos tu tarjeta clonada”, le advirtió, “pero no la usábamos”. Don Marco se vio en la necesidad de hacer un cobro por la reparación.

Los baños, tanto de mujeres como de hombres, son cubículos con letrinas rotas y cubetas de agua. Con puertitas tipo cantina. Todos aparentan estar fuera de servicio. Sólo se escuchan jadeos e inhalaciones profundas. Papeles de colores y bolsitas con restos de polvo blanco están regados y acumulados en las esquinas.

Durante periodos largos al Gitano le cubren sellos de clausurado. Luego se los quitan y el ritmo vuelve a la pista. “Este es un lugar donde te puedes enamorar de una prostituta, de verdad”, dice don Marco, “es tan de la noche que no necesitas dinero”.

Músicos, políticos, actores, empresarios, prostitutas, todos cruzan la puerta de El Gitano para bailar, beber y olvidarse del mañana. Nadie quiere despertar. Por la ahora, ya casi todos balbucean. También han perdido la cartera.

Otros siguen coqueteando, necean por otro trago o pelean con el novio. Don Marco me pasa una cerveza y se la pago. Luego me entrega un papelito con el número de mi mesa y de las personas que vienen conmigo.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

Expediente

04:00
Central de Abasto

“¡10 pesos!”, pide el hombre que atiende la caseta de acceso al estacionamiento de la Central de Abasto y extiende la mano. En horas de vigilia los párpados pesan. La poca luz que nos rodea proviene de la lámpara de su caseta.

Una avenida principal con varios carriles conecta las diferentes áreas de la Central. Los distintos señalamientos dirigen hacia los pasillos: J, F, M, OP, WX, V, QR, L. Camiones de todo tipo transitan feroces con las luces encendidas. Desniveles y bajo puentes están inundados. Los choferes deben maniobrar. “¡Échale!”, se estacionan y comienzan a descargar.

La Central de Abasto trabaja todos los días del año. Cierra puertas a las 18:00 horas y vuelve a abrirlas a las 20:00 horas. Baches, vados, topes, hoyos. En el área de flores y hortalizas se apilan rosas, gerberas, tulipanes, lilis.

Ruedan diablitos atiborrados con zanahorias, papas, legumbres. La gente empuja. Unos, sentados, cabecean entre cientos de ramos. Otros, protegen su barbilla con el calor de la bufanda. Pocos focos alumbran. Se respira frescura de los tallos recién cortados y el hedor de la suciedad apilada. Al fondo, una montaña de coronas funerarias.

Desde un puente peatonal defino el contenido de más de 30 camiones estacionados. Con gis, sobre las puertas traseras, han escrito el nombre del propietario: Edgar, El Pulgas, Juan, El Chilli, Javier. Todos cargan naranjas. Es pasillo de subasta de cítricos. Por la temporada, las naranjas vienen de Veracruz. Luego de Tamaulipas, Mérida, Tabasco. Los camiones más grandes son Torton.

33-central

Ilustración: Patricio Betteo

Los propietarios, o coyotes, esperan sentados a que aparezcan los clientes. Café, pan y cigarro en mano. La venta acaba de comenzar, mejorará alrededor de las 04:30, por ahora está floja. Pueden tardar hasta dos, tres días en sacar su producto.

“¿Cuál es el tuyo?”, pregunta un comprador, un bodeguero de La Merced. Un coyote, El Chilli, lo guía hasta su camioneta. Ha amarrado un lacito a las puertas traseras. Las abre lentamente evitando que se le vengan las naranjas encima. El cliente las inspecciona. Busca que no estén cuadradas; maduras y aplastadas.

El coyote nota que al bodeguero le gustan así que le mejora el precio. Sólo vende mayoreo; medio camión o camión completo. La tonelada anda en cuatro mil pesos. Cuando hay más oferta, mayor regateo. En noches de poca fruta, se la pelean.

Los coyotes son árbitros. Transportan el fruto, cobran a los clientes y pagan al productor. Mueven efectivo. Deben andar con los ojos bien abiertos, ser cautelosos y hacer transacciones rápidas. Cuando viajan, envuelven con lonas los camiones. Es mejor que no se note qué traen. La merma la cubre el productor.

A los productores les liquidan conforme al precio de venta. Algunos coyotes hacen parada en su casa y agrandan la merma. Suelen ser 200, 300 kilográmos de pérdida. Una báscula vigilada por la Policía Federal se encarga de dictaminar el peso final de la transacción. Con el número de las placas acceden a su historial.

Cada pasillo vende un producto distinto. Plátanos, papas, manzanas, frutas finas. El reloj marca las 04:35 horas. Los que venden alimentos preparados todavía están cerrados. Uno está abierto. Ofrece tortas de milanesa, queso de puerco, longaniza y huevo.

“Señores Carretilleros cuiden
sus carretillas no se
dejen sorprender de los
rateros de carretillas
ojo”.

En un bajo puente, frente a una guardería cerrada y apagada, rentan carretillas. Un viejo con lentes escribe serenamente con pluma el número de la carretilla y el nombre de quien se la lleva. 20 pesos por usarla de 01:30 horas a 18:00 horas. Tiene más de 150. Los carretilleros salen apresurados, empujando, con delantales gruesos y zapatos de casquillo.

En noches de luna llena es más fácil moverse por el estacionamiento. De la puerta trasera de un viejo y oscuro Topaz se asoma un chamorro desnudo con plataformas blancas. El conductor cobra y la vigila. Están por irse. Llevan más de seis horas esforzándose y la jovencita debe descansar.

Gatos empachados velan los pasillos. Acostados ondean la cola. Maúllan. “Llegaste a la mera hora”, advierte Plácido, policía, ya van a dar las 05:00, “el mero movimiento”.

Plácido rueda en su motocicleta por las jorobas que conectan los pasillos. Su moto es pequeña, de llantas delgadas, él de cintura ancha. Anda contento pues no siempre se la prestan. Tiene tez morena, le faltan unos dientes. Usa lentes. Pequeños, estilo John Lennon. Su radio, amarrado a la altura del corazón, no deja de sonar.

También es la hora de los chiles, de los tomates. Cientos de cajas suben y bajan. “Ayer hubo una balacera, una compañera le pegó de tiros a la rata. Com-pa-ñe-ra”, recalca Plácido. Las ratas a las que se refiere no son simples raterillos, “son asesinos”.

Cuando algo pasa todos callan. Luego anuncian “banda de los limoneros y de oaxacos se mataron entre ellos”. Saben que es mentira. Dentro de la Central hay Ministerio Público, albergue, tribunal superior de justicia, oficina de tránsito y centro de vigilancia. Los compradores llegan del Estado de México, Hidalgo. Plácido viene de cuidar a uno que llegó desde Morelos. Salió con 300 mil pesos en camiones de chiles secos.

Deben estar pilas. Observando. Los ojos de halcones están acechando. Hay chamacos venadeando que mandan la señal. Son de distintos grupos. Los compradores ya se la saben, a unos los han plomeado. Deben ser rápidos. Vendedores y coyotes también, ante cualquier emergencia, se agrupan y salen armados.

Entre los pasillos hay sombras como bultos. Son los que duermen acostados. La mayoría carretilleros. Se cubren con cartones, cobijas. Es fácil resbalar. Hay lechugas enlodadas y más. Para transitar hay que esquivar jícamas, costales, limones, toronjas, sandías, mameyes, camiones con seis mil piñas.

En cada local se escucha música distinta. Predomina el color de las frutas y los ritmos de banda, rancheras y románticas. Mientras acomodan tararean. Miles de mangos en cajas, huacales, aguacates criollos, haas. Los carretilleros sudados advierten su paso chiflando. Imágenes guadalupanas adornadas con luces y estrellas azul neón. Un guacal de guayaba está en 120 pesos, viene desde “la tierra bendita de Michoacán”.

“Aquí es la confianza”, insiste Plácido. Algunos carretilleros son bien pagados. Los compradores contratan al que menos robe. Unos se ven fuertes, otros no. Hay viejos, flacos. Accidentados. Les quiebran y abren los pies y brazos. El camino tampoco está bien trazado. Desniveles por todos lados.

“Son el vicio andando”, continúa Plácido, pues puede ver en muchos los ojos acristalados. Los ve con piedra, solventes y “mota de a madres”. Entonces los encara. “Es que me puse una madriza de bajar dos camiones”, se defienden. Plácido no sabe qué hacer. Tiene claro que está mal. Igual cuando los encuentra meando.

Plácido recorre y recorre todas las noches la Central de Abasto. Asegura nunca haber visto nada raro. En una ocasión, un compañero, reportó por el radio estar viendo a un extraño caminando dentro de uno de los bancos. Pensaron sería un ratero y se apresuraron. Revisaron todo pero no lo encontraron.

A los pocos días, durante otro turno, el compañero volvió a avisar por el radio. Ahora el extraño que veía era “un cabrón altísimo, con cuernos”. Nadie fue. Todos se burlaron. “Aquí hay tanta maldad que hasta los espíritus se abren”, concluye Plácido.

Aunque los pasillos siguen oscuros los vendedores no paran de ofertar. Olores, gritos, chiflidos, colores. Minimangos de Chihuahua y nopales en paca por 50 pesos. Los clientes reaccionan ante el mejor postor. Intentan negociar pero cada voz cuenta una historia y se aferra a su versión.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

Expediente

05:00
Rumbo al trabajo

A las cuatro de la mañana me levanto pa’ ir a camellarle.

Habla Clemente González, 26 años, capitalino de cepa, diablero en la Central de Abasto de la Ciudad de México y conocido como Bocinas por esa boca que parece que te morderá y al reír suelta decibelios de carcajadas.

Ps rento un cuarto grande o depa chico, como quieras verlo, con mi chava Chela, en la Mocte. Desde hace ocho años soy diablero. Llego antes de las cinco, más que nada para preparar lo del día. Me voy caminando hasta Bulevard Aeropuerto y ahí espero el camión nocturno que se va por Circuito, por siete varos te lleva a la Central. Lo malo es que el pinche camión pasa casi cada hora y como no tiene horario fijo debo estar ahí un ratote. Hay veces que pasa de volada y llego mucho antes pero aprovecho pa’ desayunar algo. Antes me iba en bici, saliendo a las cuatro llegaba al pedo, pero una vez que se me ocurre tomar un atajo por Tezontle y que me tuercen dos güeyes, que bájate de la cleta y pus cómo ponérmeles al brinco, nomás vi cómo se metían por una callecita con mi baica. El camión entre semana lleva a puro trabajador menso que están negreando, jaja, pero los fines a varios que vienen del toquín o la chesta. Nunca ha pasado nada, sólo se me quedan viendo así de ese pinche galán qué, ay sí. Pero te digo, no falta el mamón que nomás porque te ve acá del barrio piensa que subiste a talonear. Me bajo en Eje 6 y de ahí a pie hasta la Central, pasando el peaje.

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Ilustración: Patricio Betteo

Para entrar a la Central de Abasto hay que pagar cuota como si estuviéramos en carretera, aunque sólo estamos dejando la delegación Iztacalco para entrar a Iztapalapa. Todo auto debe pagar: desde los 10 pesos para vehículos particulares hasta los 80 para tráiler.

Cuando bajas del camión no hay nadie, mientras te vas acercando a la Central vas viendo ya el movimiento, hay banda desde la una descargando tráilers. Siempre salgo con mi chamarra, mi mandil y mi faja, porque las hernias están a la orden del día; también llevo mi celular y audífonos. Chela lava ajeno y a veces en las noches yo la ayudo a doblar o planchar ropa en vez de irme a dormir, al otro día me levanto bien tronado y los 20 minutos que hace el camión ahí me ves cabeceando gacho, pero llegando a la chamba con el diablo en las manos cuál sueño: o te desapendejas o te desapendejas, me cai.

La Central de Abasto de la Ciudad de México es el mercado más grande de Latinoamérica. Además, es oficialmente el segundo centro económico en México después de la Bolsa Mexicana de Valores, con transacciones por ocho mil millones de dólares anuales.

Aquí aprendí a estibar, estibar es ver cómo chingaos subes 300 kilos a un diablo y lo transportas sin que se te caigan las cosas, sin atropellar a nadie y sin que se te voltié el diablo, está cabrón, debes andar al tiro, ir chiflando fii-fii, “golpe avisa”, “ahí va el diablo”, porque ya cuando agarras vuelo está cabrón detenerse, a veces aunque chifles ahí la gente se queda como taruga y no te puedes parar porque sientes cómo se viene encima la carga y si te das un madrazo pues no tienes seguro y si tiras la merca pues o la pagas o quedas mal con tu cliente. Mis clientes a veces me dejan el varo y sus pedidos y se los debo tener listos para nomás llevárselos al auto. De ahí sale un billete, unos mil 500, dos mil semanales si bien me va pues aquí todo es según los jales. Al día pago 20 pesos por el diablo porque no, no es mío, imagínate cargarlo en el camión, ay sí, jaja.

La competencia de los diableros en la Central es fuerte. Se estima hay tres mil 800.

Como en el nuevo comedor comunitario. Diez varos y la comida está chida. Te podría decir que en un día yo solito muevo lo que moverían unos cinco tráilers completos, me cai que sí, terminas recansado pero aún así hay veces, como quien dice, que quieres estar pensando y a veces me regreso caminando por Churubusco y en menos de dos horas estás en tu casa. No, te digo, sin nosotros los diableros sería un desastre la Central, ps quién se carga los kilos que nos cargamos, quién llevaría los productos, quién se levantaría temprano, no cualquiera se fleta. Mira, lo que sí estoy pensando es comprarme otra bicla, si quiero dormir un poquito más y ahorrar lo del transporte.

 

Iván Cadín
Periodista.

Ciudad de libros

¿A qué le tienes miedo?

Jimmy y Peggy se han ido en carro a pasar un rato romántico en una bonita colina del bosque, con vista al pueblo donde viven. Llevan unos quince minutos besándose en el auto cuando la radio interrumpe la música. El locutor advierte que el Carnicero de Summerville, un famoso psicópata, se ha fugado de prisión. Sumamente alterado, pide a los radioescuchas que se encierren en sus casas y no corran riesgos. Que si ven algo extraño no duden en avisar a la policía. Y que de ninguna manera se enfrenten solos al peligroso asesino.

Peggy se pone nerviosa y quiere volver a casa, pero Jimmy sólo está interesado en que se quite la ropa. Ella insiste en que al menos abandonen esa colina solitaria y busquen un lugar más iluminado. Él se burla de ella: pone los ojos en blanco y susurra con voz cavernosa que le va a arrancar los intestinos. Con lágrimas en los ojos, ella le suplica que no la asuste. Finalmente, ante los ruegos desesperados de Peggy, Jimmy accede furioso y mueve la llave del auto.

Pero el auto no se mueve.

Tras varios intentos, Jimmy decide salir a revisar el motor. Peggy trata de detenerlo, aunque en realidad no hay alternativa. Él se baja y ella se queda prendida del volante. No se oye nada. Tampoco se ve nada más que las luces de la ciudad en la lejanía. Hasta que un grito rasga el silencio. Y luego un golpe brutal, la caída de algo contra el techo del auto.

Peggy gira el contacto desesperada. Esta vez el motor arranca a la primera. Ella logra avanzar apenas un metro y, de repente, oye reventar las llantas de atrás. Una vez más queda varada en medio de la noche. Pero ahora está sola. Después de eso no se atreve a salir. Minutos después empieza a oír un golpeteo lento pero constante sobre el techo. Suda frío y llora, pero no abre las puertas en toda la noche.

A la mañana siguiente la despiertan los golpecitos en la ventana. Es un policía, que la pide que lo acompañe. Mientras ella sale del carro, asustada y muerta de frío, el guardia le pide que no mire hacia atrás. Peggy, aterrada, llora histéricamente abrazada al oficial. Pero cuando sube al patrullero no puede contenerse y gira la cabeza.

Sobre su carro, colgado de una rama con una soga atada al parachoques, está Jimmy. Peggy comprende que ella misma lo ahorcó por la noche, cuando trató de huir. Al caer sobre el aluminio del techo, la sangre que gotea de su cabeza produce un golpeteo lento pero constante…

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Ilustraciones: Izak Peón

A lo largo del último siglo, relatos como el del Carnicero de Summerville —que he tomado de Stephen King— han cumplido una única función social: asustar hasta el tuétano a los niños, y a algunos grandes, en campamentos, cines, almuerzos (cuando el niño no quiere comérselos) y demás ocasiones sociales.

Pero eso no significa, a pesar de lo que sostienen muchos con orgullo o desprecio, que sean un invento de la cultura del fast food cinematográfico de Hollywood. En realidad, Hollywood no inventó nada. Aristóteles ya había teorizado sobre el miedo. Autores como Oscar Wilde o Stevenson le dedicaron algunas de sus mejores páginas. H.P. Lovecraft lo consideraba “la emoción más antigua y más intensa de la humanidad”. Y no se equivocaba.

Definimos quiénes somos según nuestros temores. Si el arte indaga en la condición humana, la literatura de terror es una parte fundamental de su investigación.

El terror de la ficción (y el otro)

Nunca olvidaré cuando mis padres me llevaron a ver las momias de Guanajuato. Yo tendría unos seis años, y quedé fascinado por esos cadáveres incorruptos guardados en vitrinas. Entre las momias había fetos, recién nacidos y niños de mi edad. Yo nunca había visto muertos, y me parecieron espectaculares. Más interesantes, más dignos de ver, que los vivos. Como un espejo de nuestro futuro.

En Guanajuato también fuimos a un museo de leyendas de terror: un túnel oscuro con escaparates como peceras habitados por muñecos. Al apretar un botón los muñecos se movían y representaban historias espeluznantes. Algunos personajes eran clásicos del horror mexicano, como La Llorona, que gime durante las noches por sus hijos perdidos y se roba a los niños para que ocupen su lugar. Pero mi favorito absoluto era el cuento del pacto con el diablo.

Este cuento trata sobre un hombre enamorado cuya amada está a punto de casarse con otro. La víspera de la boda, desesperado, el hombre hace un pacto con el diablo: se fugará con la mujer su durante la noche y nadie lo descubrirá, porque el diablo hará dormir a todo el pueblo un sueño profundo. Pero Lucifer le impone una condición: no debe ver el rostro de su amada hasta el amanecer. Bajo ninguna circunstancia. Si es capaz de contenerse y cumplir, será feliz el resto de su vida.

El pretendiente acepta, y antes de fugarse con ella le pide que se cubra la cara con un velo. No obstante, la tentación es demasiado difícil de soportar. Cuando ya está fuera del alcance del novio abandonado, suficientemente lejos del pueblo, se siente seguro. Aunque todavía faltan unos minutos para la salida del sol, es incapaz de resistir la tentación. Para celebrar el éxito de su fuga quiere besar a la mujer, y le arranca el velo en un arrebato de pasión. Por supuesto, no se puede ser más listo que el diablo. Tras la tela, el amante impaciente encuentra el rostro de una enorme y venenosa víbora, que le muerde la boca y lo mata. Su cuerpo recibe los primeros rayos del sol inerte sobre la dura arena del desierto.

Es genial ¿verdad?

La cultura de la Muerte es particularmente importante en México, donde pasé mi niñez. Con más ilusión que la Navidad, yo esperaba el día de los muertos. Era la oportunidad para decorar la casa con fúnebres catrinas. O comer cráneos de azúcar y ataúdes de chocolate.

A mi regreso al Perú también encontré algunas leyendas escalofriantes, como la de los pishtacos, que roban a las personas la grasa, la sangre, los ojos o hasta los riñones, según la versión. En las fiestas de pijamas siempre alguien contaba alguna versión con ladrones de órganos que secuestraba a sus víctimas por la calle, y luego las abandonaban anestesiadas en cualquier esquina, con una cicatriz en la barriga. Eran ecos realistas, y por eso más escalofriantes, de los pishtacos.

Todas las sociedades cuentan ese tipo de leyendas. Y todas encierran alguna advertencia. Los monstruos de la cultura popular son cucos: amenazas con formas fantásticas. La Llorona les dice a las madres “cuida bien a tus hijos”. La historia del pacto con el diablo es un mensaje en clave contra los infieles, y también contra aquellos que no pueden contener sus impulsos. Y la de los pishtacos quería transmitir una idea esencial: no salgas de casa solo.

No era casual. En la Lima de esos años el miedo más potente estaba ahí mismo, a la vuelta de la esquina.

A mediados de los ochenta Lima era una ciudad sitiada por el terrorismo, prácticamente una zona de guerra. Además de los atentados, eran frecuentes los apagones, las redadas y los toques de queda. Más de una vez, yendo en carro, tuve que agachar la cabeza porque silbaban balas a mi alrededor, o advertí en la vereda el bulto de un cadáver cubierto de periódicos. En el colegio, entre las ecuaciones algebraicas y los ríos del Perú, estudié medidas de prevención antibombas: pegar X de cinta adhesiva en las ventanas, para que no salten las esquirlas. Colocarme en un espacio abierto o bajo un umbral cuando suene la explosión. Arrojarme al suelo con la boca abierta para que la onda expansiva no me dañe los tímpanos.

En esas condiciones, los chicos no salíamos mucho de casa. Nuestro principal entretenimiento, cuando había energía eléctrica, era la televisión: comedias americanas, culebrones venezolanos, películas de artes marciales, nada muy sofisticado.

Yo me aficioné, qué duda cabe, a las series de terror y humor negro: Alfred Hitchcock presenta, La hora macabra, La dimensión desconocida… Algunos de sus capítulos siguen grabados en mi memoria: el hombre que firma un pacto con el diablo para ser inmortal, y se dedica a estafar a compañías de seguros de vida. La mujer paranoica que cree reconocer a su violador en cada hombre que se cruza por la calle. El niño que hace realidad todo lo que pasa por su cabeza, y un día ve un incendio por televisión…

Solía esperar toda la noche por esas historias, y prefería verlas a solas y a oscuras, para asustarme más con ellas. De vez en cuando tenía tanto miedo que me quedaba a pasar la noche en un saco de dormir en el cuarto de mis padres. Quizá por eso se divorciaron.

A pesar de los sustos, disfrutaba de esos cuentos aterradores. Igual que las leyendas populares —de hecho, la televisión es una fábrica de leyendas populares— esas series me protegían del mundo real. El miedo de la ficción me resultaba reconfortante porque sabía que era de mentira. Veía la cremallera del disfraz del monstruo. Era consciente de que eso era una pantalla y sus personajes eran actores. Podía apagar la televisión y se habría acabado.

No como el miedo de la vida diaria. No como los cadáveres en las calles. O la oscuridad de los apagones. La realidad no tiene botón off.

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Breve historia del miedo

Cuando yo tenía doce años el canal 2 transmitió un ciclo de películas de Roger Corman protagonizadas por Vincent Price y pobladas de imágenes góticas deliciosamente espantosas: un gato negro siniestro, una Muerte enmascarada, un péndulo que se acerca golpe a golpe hacia el cuerpo de un hombre amarrado, todo combinado con la voz de ultratumba de Price, como la banda sonora del infierno. Recuerdo que ponían esas películas los sábados, porque mi madre salía y me dejaba solo en casa. Mientras veía la televisión, las escaleras crujían, se oían pasos en la calle y el viento golpeaba las ventanas. Era espeluznante.

Temblé durante dos meses con el ciclo de Corman, hasta un sábado en que mi madre no salió. Supongo que habría apagón o las calles estarían cortadas, lo normal. Mamá se hizo un sándwich y me acompañó a ver mi película de terror, y mientras yo temblaba, ella me informó:

—Eso no es una película. Eso es Edgar Allan Poe.

Esa noche descubrí que las historias que me fascinaban también estaban en los libros.

En la América Latina de esos años leer era casi un acto subversivo. Mi casa estaba llena de ensayos de Marx y Engels, manuales de historia y análisis sociológicos. Los escritores de ficción que conocía eran los del boom latinoamericano, todos ellos personajes políticos. Nunca se me había ocurrido que hubiese libros sobre fantasmas o monstruos. Creía que eso lo había inventado la tele.

Sin embargo, como fui descubriendo a partir de entonces, la literatura de miedo era muy anterior a la tele, al boom latinoamericano, e incluso a Marx. En 1799 Goya titulaba a uno de sus Caprichos “El sueño de la razón produce monstruos”. Ni el título ni el año son casuales. Las historias de espectros nacen con la Edad Moderna y crecen paralelamente a la Ilustración.

Su primer ejemplo, la novela gótica del siglo XVIII, era tan fantasiosa y de mala calidad que su inventor, el parlamentario medievalista Sir Horace Walpole, no se atrevía a firmar sus creaciones con su verdadero nombre. Sus novelas eran un coctel de fantasmas con sed de venganza, monjes degenerados y pociones demoníacas, ambientadas casi siempre en castillos de España o Portugal, lugares oscuros y decorados con mazas que caían de repente sobre las cabezas de los incautos.

Por absurdas que fuesen, las historias de Walpole y sus seguidores rescataron de los sótanos de la mente una sospecha muy seria: quizá, después de todo, no fuésemos tan racionales. Quizá en nuestro interior yacía una faceta demoníaca, acechando en las catacumbas de la consciencia, esperando su momento de salir al exterior.

Los castillos se mantuvieron como escenario hasta el Marqués de Sade, autor de libros como Justine, relatos de horror moral que inventaban violaciones y ultrajes donde el moderno gore prefiere descuartizamientos y decapitaciones. Sade había visto con sus propios ojos la represión de la revolución francesa, y sus historias reflejaban su concepto de la modernidad como creadora de una humanidad depredadora y brutal. Según él mismo, el género de terror era un “fruto indispensable” de la revolución:

—Para quienes conocían todos los dolores que la maldad puede infligir a los hombres, la novela se volvió tan difícil de escribir como monótona de leer. Cualquier individuo había experimentado en cuatro o cinco años los infortunios que el mejor escritor podría describir en un siglo: hacía falta que llegase el infierno al rescate…

En esos tiempos también se produjo otra revolución, menos épica pero quizá más transformadora: la industrial. Atraídos por el trabajo en las fábricas los obreros comenzaron a poblar las ciudades. La economía abandonó el campo. Los ricos se hicieron más ricos que nunca, y los demás, apartados de la vigilancia de sus párrocos rurales, se secularizaron. El incipiente mercado dio lugar a géneros literarios, para que el consumidor supiese de antemano qué compraba. Todos esos cambios surgieron en Inglaterra y, por eso, de ahí son los autores que dominan el terror del siglo XIX.

El sustrato de la novela gótica aún se percibe en El vampiro de John William Polidori, o en el productor más popular que inspiró: el Drácula de Bram Stoker. Pero la naturaleza del mal comienza a transformarse. El vampiro elegante y aristocrático introduce una idea hasta entonces blasfema: el demonio, la muerte, el espectro, pueden ser bellos, atractivos, erotizantes.

Es altamente sexual el concepto mismo de un elegante conde que sale por las noches a beber la sangre de las doncellas —para lo cual tiene que morderles el cuello— y vive de ir agotando la vida de ellas. Lo es más el episodio de la conversión de Mina, a la que hace beber la sangre del pecho de Drácula. Los antiguos vampiros de las leyendas centroeuropeas eran bichos repulsivos. Los de las novelas del XIX expresan la tentación sensual de la juventud eterna.

El mismo tópico empleó Oscar Wilde para El retrato de Dorian Gray. Y en cierto modo, el Stevenson de Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En el XIX, en esas ciudades donde cada vez hay más gente y menos señales de Dios, el terror se humaniza. La ruptura con el cuerpo social ya no es una condena sino una liberación de instintos naturales. Los espantos ya no viven en castillos, sino en la parte de los demás que no podemos ver.

En el XIX también aparecen las máquinas y, con ellas, el Frankenstein de Mary Shelley, la primera novela de terror de ciencia ficción. La ciencia ficción, al crear pesadillas sobre el futuro, es el género más apegado al presente. Más de un siglo después de Mary Shelley, a mediados del XX, las películas sobre invasiones extraterrestres como La Tierra versus los platillos voladores también se alimentaron del pavor a una invasión de seres extraños y diferentes con una mentalidad insondable y una tecnología de alcances desconocidos: los comunistas.

Durante mi pubertad de coches bomba, a menudo a la luz de las velas por los apagones, leí con fruición todos esos libros. Y los relatos fantásticos de latinoamericanos como Horacio Quiroga, Felisberto Hernández y Julio Cortázar. Los cuentos de fantasmas de Juan Rulfo. Los thrillers políticos de Mario Vargas Llosa. La novelita con casa embrujada Aura de Carlos Fuentes.

Entonces, lo único que sabía es que esas historias me estremecían. No necesitaba más. Sólo mucho después comprendí que estaba viajando a otros tiempos y otros países, con los que me unía la emoción común del pánico. Porque, por delirantes que parezcan, estas historias siempre conectan con los miedos reales de sus sociedades.

Todo terror es realismo costumbrista.

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Donde viven los monstruos

Los apagones eran eventos muy intelectuales. En las largas noches a oscuras, cuando me cansaba de leer, no me quedaba nada que hacer aparte de pensar. Inevitablemente, por aburrimiento, me puse a analizar las historias que leía ¿Por qué asustaban tanto? ¿De qué estaban hechas? ¿Cómo así un montón de letras en un papel podían producir escalofríos?

Desarrollé una teoría que, en lo esencial, aún mantengo: el miedo marca los límites de nuestro mundo. Es la emoción que nos advierte de la cercanía del abismo, y nos impide dar un paso más hacia él. Para explicarlo, examinaré algunas historias.

Volvamos por ejemplo al cuento mexicano del amante, el diablo y la víbora. Bajo esa historia subyace un tópico universal: el miedo al amor.

Desde el canto de las sirenas que Ulises debía ignorar hasta las amazonas que inventaron los cronistas de la Conquista española, el argumento de que una mujer sensual atraiga al hombre a la muerte se repite en innumerables relatos alrededor del mundo. Uno podría sospechar que en el caso de los hispanos se debe a un afán moralizante enmarcado en la cultura católica de tentación y culpa, pero hay también leyendas japonesas de bellas doncellas espectrales que aparecen durante las tormentas de nieve para que los hombres se congelen en su búsqueda.

Los relatos de vampiros del siglo XIX, como Carmila de Sheridan Le Fanu, eran sobre todo relatos de vampiresas que giraban en torno al mismo tópico: la muerte como el lado oscuro del amor y la sensualidad, los principios de vida como camino a su propia negación, Eros y Tanatos no como rivales sino como socios, como dos caras de la misma moneda. 

Una versión chatarra de esa figura se filtra a una de las reglas de oro de las más sencillas películas gore: la virgen nunca muere. Pero en cuanto la chica accede finalmente a acostarse con su novio, el espectador puede estar seguro de que ella será el siguiente cadáver.

El mal puede esconderse en la pasión. Pero también en la ternura. Henry James en Otra vuelta de tuerca nos propuso personajes infantiles que no sólo tienen contacto con fantasmas, sino que complotan con ellos. Muchísimos años después, en El asesino, Ray Bradbury nos habla de la madre de un recién nacido, que siente que su hijo va a matarla. Obviamente, todos piensan que está loca, pero en efecto, ella muere. Y el bebé tiene un comportamiento realmente extraño… La película La mala semilla recoge este argumento con una niña de unos doce años que ya puede decir perversidades y planear crímenes simplemente porque le ganaron la medalla de caligrafía, algo similar a El ángel malvado. Y, por supuesto, El bebé de Rosemary.

Aunque historias como ésas carezcan de escenas sangrientas, su efecto es sobrecogedor. Si ya es macabro un niño que habla con muertos —como en la película Sexto sentido— mucho más lo es uno que los produce. Sobre todo si es nuestro hijo.

Amar implica siempre asomarnos a lo desconocido. Arriesgarnos, exponernos a quedar en manos de alguien que nunca conoceremos por completo. Uno de los efectos narrativos más aterradores es que el miedo se oculte tras los rostros que amamos. Que nuestros seres queridos sean monstruosos. Por eso estas historias atraviesan todos los tiempos y culturas.

En cambio, los monstruos físicos —los golems, los gigantes, los robots asesinos— dependen de cada momento.

A estas alturas difícilmente nos pone la piel de gallina un extraterrestre con forma de pólipo. Sabemos que hay pocas posibilidades de encontrarnos con uno. Pero no pasaba lo mismo en los años cincuenta, a principios de la carrera espacial, cuando el hombre empezaba a cruzar los límites que la naturaleza le había impuesto. La expectativa por lo que se pudiese encontrar en el espacio exterior y el desconocimiento al respecto eran de tal magnitud que Orson Welles podía aterrorizar a todo Nueva York con la broma macabra de transmitir por la radio la “noticia” de una invasión extraterrestre ficticia.

Cincuenta años después nos hemos vuelto más descreídos. Día de la Independencia no es una película de terror sino de acción, más bien épica. Sabemos que los extraterrestres, si están, están bien lejos. Y películas como Encuentros cercanos del tercer tipo nos han enseñado que no necesariamente van a venir a matarnos a todos con sus desintegradores. En todo caso, si escuchamos por la radio sobre la invasión, nuestra primera reacción será prender el televisor.

Y es que los límites de la realidad van cambiando. Los marineros de la Edad Media creían en monstruos marinos. Ahora que uno puede cruzar el Atlántico en diez horas nadie siente ni un escalofrío con los relatos que pusieron los pelos de punta a muchos hombres de mar hasta el siglo XV. Si queremos hacer películas de monstruos tenemos que ponerlos justo un poquito más allá de la frontera. Ése fue el gran mérito de Alien:  descubrir dónde podían residir los monstruos repugnantes que babean líquido verde en plena década del setenta.

Los miedos siempre habitan un paso más allá del mundo que conocemos. Los monstruos se encuentran a la vuelta de la esquina. Ni un centímetro antes, ni uno después. Por ejemplo, Tiburón descubrió ese punto ciego de la vida cotidiana que es el mar en que nadamos. Y aún ahora, si nos internamos demasiado en el agua, muchos no podemos evitar el pensamiento, como un relámpago: “¿Y si ahora mismo, aquí abajo?”…

Ahora bien, la cuestión de la frontera de lo real es muy delicada. Su amenaza debe ser factible pero claramente ficticia. Tenemos que verle el cierre del disfraz al monstruo babeante, tenemos que darnos cuenta de que alguien está representando eso para nosotros.

La película de miedo más inquietante, en el peor sentido de la palabra, es Freaks, dirigida en 1932 por el creador del primer Drácula, Tod Browning. Sus personajes eran de verdad: enanos, mujeres barbudas, elefantiásicos y todo tipo de deformes integraban un reparto inquietante que sólo pudo ahuyentar al público de las salas. Paradójicamente, nos gustan las historias posibles, porque las creemos y nos involucramos con ellas, pero nos tranquiliza saber que no son de verdad en verdad. Al fin y al cabo se trata de asustarse, no de deprimirse.

El principio de invisibilidad

Algo acecha en la oscuridad. Cuando cae la noche en el bosque. O en las laderas solitarias de un planeta lejano. Durante dos tercios de la película no conseguimos ver qué es exactamente, y nos apretamos asustados contra nuestras butacas, presas del pánico. Pero cuando al fin aparece la bestia, ya cerca del final, y conseguimos verla en toda su monstruosa realidad… ya no le tenemos miedo.

Los monstruos nos asustan mientras no sabemos cómo son. Cuando los descubrimos, la película se convierte en una de persecución y lucha. Ya no de terror. Este es el principio de invisibilidad: nos atrae lo que no conocemos, y sólo mientras no lo conocemos.

Si la bestia es humana, el principio se mantiene. En las historias policiales jugamos a descubrir al asesino basado en sus pistas. En cambio, en filmes de terror como Sé lo que hicieron el verano pasado o Tesis, las motivaciones del asesino no son importantes. Con frecuencia el malo ni siquiera razona: está loco. Es capaz de presentarse por voluntad propia frente al —o la— protagonista y confesar. Al final, el protagonista se salvará y mandará a prisión al asesino gracias a su ingenio y simpatía y, a menudo, debido a la torpeza de los malos de las películas, que se sienten obligados a echar un discurso de diez minutos regodeándose en su talento sanguinario en vez de arreglar las cosas con un rápido y económico disparo. 

En algunas películas de psicópatas un personaje explica los rasgos de personalidad del enfermo como si fueran los componentes de la leche de magnesio. Pero eso ya es una concesión. El asesino perfecto es Jason de Martes 13, que no tiene historia segura ni motivaciones claras para hacer lo que hace, ni siquiera tiene cara. Simplemente te ve y te parte en dos con una sierra eléctrica, o te atraviesa con un rastrillo asegurándose en cada ocasión de que la sangre le manche la máscara. Y luego de que lo matan vuelve a la vida tantas veces como secuelas necesite el productor.

En casos como el de Jason no tenemos que deducir quién es. Más aún, lo importante es que no lo sepamos, que no tengamos idea de sus motivaciones ni de sus ideas religiosas ni de sus problemas familiares. Eso lo hace impredecible. No permite ninguna investigación, ninguna explicación, y por lo tanto no se puede tener ningún control sobre él ni saber qué va a hacer.

Películas más elaboradas explotan con mayor provecho lo desconocido. En El resplandor, el director Stanley Kubrick no necesita sierras ni rastrillos para estremecer a la platea con la opresión del espacio inmenso y vacío que es el hotel de invierno ocupado sólo por la familia del guardián. Desconocemos inclusive qué está pasando realmente. ¿El pasado vuelve eternamente en ese hotel, son sus fantasmas los que quieren repetir los asesinatos de años antes? ¿O simplemente el guardián se está volviendo loco y contagia su locura a toda la familia? La incertidumbre de los límites entre la razón y la insania nos inquietan porque la locura forma parte de lo desconocido, está más allá de lo que podemos pensar.

El proyecto de la bruja de Blair lleva al límite el principio de invisibilidad. Lo aterrador de la película no es que haya una bruja, o un psicópata o un extraterrestre, sino que desconocemos durante toda la película qué cuernos es. Y por otro lado, el efecto de realidad es tan obsesivo que involucra hasta la cámara, porque se trata de las reveladoras filmaciones encontradas junto a los cuerpos de los mismos chicos asesinados que grabaron su camino hacia la muerte. Los protagonistas, pues, son también los camarógrafos. Cuando la película apareció, ese manejo de la perspectiva era completamente inédito en el cine de terror, aunque luego ha sido repetido hasta el cansancio en series como REC o Paranormal Activity.

Se puede responder a mi argumento que en las películas gore todo es visible. El caso típico, The Evil Dead: seis jóvenes que pasan el fin de semana en una cabaña en el campo sueltan casualmente a un espíritu asesino. Conforme cada uno de los jóvenes va muriendo, su cuerpo se encarga de perseguir a los que quedan vivos. Estos cadáveres ostentan una extraordinaria velocidad de descomposición que por lo general resalta las horrendas cicatrices que su violenta muerte ha producido, y no les preocupa si algún vivo al defenderse les vuela la cabeza con una pala. Si es el caso, dejan a la cabeza gritando en el suelo y continúan la persecución. O se llevan a la cabeza gritando en la mano, da igual.

Este tipo de películas, sin embargo, no podrían ser llamadas de terror. Su objetivo es producir horror, que es un desagrado más cercano al asco y, eventualmente, a la carcajada. Eso se logra principalmente con imágenes fuertes y, en el caso de mentes impresionables, puede producir pesadillas francamente nauseabundas. Nada más. (Sin embargo, admito que los límites entre los géneros son borrosos. En ciertos casos, como Masacre en Texas, es difícil distinguir una película de terror descaradamente efectista de un filme gore realmente bueno.)

Lo que ha hecho populares a las películas de terror son los finales felices, aquellos desenlaces en que el espectro es conocido y derrotado. Porque nos produce el consuelo de que venceremos nuestros miedos. Igual que en las películas más básicas gana el bien, el terror barato nos vende el sueño de que podremos cruzar las fronteras de nuestro mundo, enfrentarnos a lo que ahí se esconde y vencer.

Es poco. Pero es más de lo que ofrece el mundo real, donde eso no suele ocurrir.

Muchos episodios de la historia peruana —y latinoamericana— son material de thriller. Hemos vivido el miedo a la oscuridad. A la muerte. A la desaparición. A la violencia. Pero la vida misma, la de cualquiera, es una sucesión de terrores. De niños, tenemos pesadillas con que nos jalen en un examen. De grandes, con perder el trabajo. De hijos, tememos que nuestros padres nos descubran drogándonos. De padres, tememos que los chicos se droguen.

Nuestros miedos nos definen, nos delimitan, y es por eso que, como escritor, trabajo sobre ellos. Sé reconocerlos, y explorarlos, porque he vivido con ellos. Supongo que usarlos en mi trabajo me permite sentir que puedo derrotarlos. El arte siempre tiene algo de terapéutico.

Décadas después de visitar las momias de Guanajuato me dedico a escribir historias de terror. Sólo que los monstruos y vampiros no viven en el mundo paranormal, sino en la historia de los países y en el corazón de las personas.

 

Santiago Roncagliolo
Escritor y periodista. Entre sus libros: La pena máxima, La noche de los alfileres y Abril rojo.

Entrevista

Conversación con Benjamin Buchloh

Hace tiempo que una exposición no causaba tal revuelo en México. La última obra del artista Gabriel Orozco, el llamado OROXXO, generó un verdadero furor. Durante el mes que permaneció abierta al público, miles de personas visitaron la Galería Kurimanzutto y aparecieron una cantidad inverosímil de notas periodísticas y reseñas. En las redes sociales circularon memes y se viralizaron videos realizados por youtubers (uno de ellos, titulado “Visitando el OXXO MÁS CARO DEL MUNDO!”, lleva hasta ahora casi ocho millones de visitas). Para decirlo pronto: el OROXXO se convirtió un clásico instantáneo.

Aprovechando que, como sucede cuando la lógica de la aceleración gobierna, el ruido mediático en torno al OROXXO prácticamente ha desaparecido, me reuní con Benjamin Buchloh —uno de los historiadores del arte vivos más influyentes del mundo— para discutir a profundidad sobre esta obra. El objetivo que teníamos en mente era dejar de lado los comentarios coyunturales o espontáneos y, más bien, aportar una perspectiva teórica e histórica que permita comprender la complejidad y alcance de la instalación de Gabriel Orozco. La conversación tuvo lugar en su cubículo de la Universidad de Harvard, donde Buchloh imparte clases todas las semanas y llama a cada uno de sus alumnos por su nombre de pila.

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Ilustraciones: José María Martínez

Luciano Concheiro: Para mí el elemento central de la última exposición de Gabriel Orozco, el llamado OROXXO, era la tabla que explicaba cómo funcionaban los precios de los productos intervenidos. Era, por decirlo en otros términos, la hoja de instrucciones del juego entero.

Las reglas más o menos funcionaban así: existían 300 productos intervenidos y, de cada uno de ellos, hasta 10 copias. La primera costaría 30 mil dólares, la segunda 15 mil, la tercera siete mil 500 y así sucesivamente. Sólo se podría comprar una copia si la anterior ya había sido adquirida.

El sistema de precios funcionaba invirtiendo el clásico problema del trigo y del tablero de ajedrez: los precios, en lugar de crecer exponencialmente, decrecían. David Harvey utiliza este mismo problema matemático para ejemplificar cómo funciona la acumulación del capital. Me parece que en el juego propuesto por Orozco operaba una acumulación eterna invertida o, para ser más preciso, una antiteoría del valor. ¿Estaría de acuerdo con esta idea?

Benjamin Buchloh: Sí, pero es una antiteoría del valor en el registro simbólico porque obviamente sólo sucede dentro de la esfera de la producción artística. Ésta es la esfera en donde puedes invertir estas jerarquías sin realmente subvertir las realidades económicas. En ese sentido, es una antiteoría del valor simbólica. Diría que es casi una inversión teatral, pero no una subversión real o una deconstrucción real de la teoría del valor existente.

LC: ¿Es posible que las críticas existentes en el registro simbólico se materialicen más allá de la esfera de producción artística?

BB: Yo creo que no. Esa es la tragedia y la comedia de una obra como el OROXXO y de todos los otros intentos en la historia del siglo XX que han operado de manera similar, haciendo una sustitución o una inversión, de Duchamp en adelante. Dentro del proceso de recepción el valor siempre crecerá —independientemente de cuál sea la definición del objeto—. Si piensas en los ready mades de Duchamp, las pinturas de Warhol de 1962 o los objetos de Oldenburg en The Store siempre encontrarás en el lado de los artistas este intento de invertir radicalmente el orden jerárquico. Sin embargo, está claro que el mercado del arte y el proceso de recepción reinvertirá la inversión realizada. Cuando Claes Oldenburg estaba vendiendo en 1960 objetos hechos a mano en The Store, y costaban 20 o 50 dólares, nadie los compró. Argumentaría que estaban operando precisamente en forma similar al OROXXO; a saber, valorizando objetos artísticos. Nadie los quería en su momento. El proceso histórico los ha convertido por ahora en la venta más alta de objetos escultóricos de los sesenta. Uno no debería demandarle a un artista o a una obra de arte que realmente invirtiera las realidades económicas. Lo que están realizando son operaciones simbólicas. Sería demasiado pedir que existiera una consecuencia real.

LC: Coincido con usted. Sin embargo, es singular que se le exigiera eso. Una de las críticas más recurrentes que se hicieron al OROXXO fue el estar operando un juego de algún modo masturbatorio o cínico, en la medida que no lograba escapar de la estructura de la galería y de los principios del mercado del arte…

BB: No lo llamaría masturbatorio. Ciertamente es un juego que sabe de antemano que es un juego de sombras. Tiene presente que, mientras invierte el orden del mercado, en última instancia también afirma su propio estatus dentro de la estructura del mercado. Creo que Gabriel Orozco sabe eso: dudo que sea naíf y asuma que con el OROXXO realmente está desestabilizando la organización jerárquica de los objetos del mercado.

LC: ¿Eso disminuiría la importancia o la potencia del OROXXO?

BB: No. La importancia simbólica de esta obra de Gabriel Orozco es la transparencia con la que comunica, el énfasis con el que señala, cómo operan las estructuras que definen el valor y la posición de la obra de arte —del mismo modo que han hecho otros artistas antes que él en diferentes situaciones históricas, sin tampoco haber sido capaces de cambiar esas estructuras—. Esta es una de las funciones básicas de la práctica estética.

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LC: En esta obra, al reutilizar su ya famoso diagrama de círculos, parecería que existe una autoconciencia irónica por parte de Gabriel Orozco de su agencia como productor de valor o, si se prefiere, como marca.

BB: Me parece que Gabriel Orozco está enfrentándose a la pregunta de qué sucede si un signo que pretendía ser subversivo se convierte en una marca, si tiene que operar dentro de esa dicotomía incluso si en un principio pretendía operar de una forma totalmente diferente. Está, como se dice, sacudiendo sus propias cadenas.

LC: Algunas personas, usted incluido, plantearon en el pasado que la especificidad mexicana de la obra de Gabriel Orozco radicaba en la presencia de detritus, de residuos industriales. Quisiera argumentar que en esta última obra esta especificidad mexicana ha sido abandonada por una nueva: el OXXO, una cadena de más de 14 mil tiendas de conveniencia —propiedad de una importante corporación—. Hemos pasado del pequeño mercado, en donde se conocía bien a los vendedores y podía pedírseles dinero prestado, que Gabriel Orozco capturó en su conocida fotografía Turista Maluco, a la tienda de conveniencia, abierta las 24 horas y repleta de comida chatarra.

BB: Pasa, de hecho, en todo el mundo. Es la colonización de incluso la unidad más pequeña de la vida cotidiana. Es probable que Gabriel Orozco esté reconociendo eso y preguntándose si las propias galerías de arte aún funcionan como tiendas de conveniencia. En la medida en que el mundo del arte y el mercado del arte han cambiado, ha decrecido el nivel de intimidad, privacidad e individualidad. Una vez que una galería tiene 20 galerías por todo el mundo ya no es exactamente una lujosa tienda de conveniencia. Funciona más bien con principios similares a los de una corporación. Gabriel Orozco enfrenta este hecho, él tiene completamente presente que el mundo de las galerías y el mundo del arte han asumido cada vez más estructuras que son comparables a las del capitalismo corporativo avanzado, y que se han alejado de las prácticas del capitalismo individualista que alguna vez les resultaron benéficas.

La cuestión realmente es: en este momento, ¿cuáles son las conexiones entre el capital de inversión y la distribución del arte? La mayoría de nosotros ni siquiera sabemos el grado de interacción entre el capital a una gran escala, sea lavado de dinero o inversión especulativa, y el mundo del arte. Este capital ha contribuido en la explosión del mercado del arte durante los últimos 20 años a un grado que nadie pudo haber anticipado o imaginado. Hay muy pocos economistas que afirmen entender cómo opera el mercado del arte. Para la mayoría todavía es completamente milagroso.

Esto también lleva a Gabriel Orozco a esta última exposición: el ver a qué grado el mundo del arte, el mercado y el sistema de distribución en el cual él está completamente implicado, ha sido transformado en los últimos 20 años, a qué grado ha sido guiado o controlado por poderes anónimos ligados al capital.

LC: Con su OROXXO, ¿Gabriel Orozco está emprendiendo —y aquí estoy apropiándome de una frase escrita por usted en otro contexto— “una asimilación parasitaria de los mismos códigos que imponen la fetichización universal”? Es decir, ¿está adhiriéndose al espectáculo en su totalidad o, más bien, está ideando un contraespectáculo?

BB: En la actualidad el simple hecho de diseñar un contraespectáculo es más difícil que nunca. Pero es lo que Gabriel Orozco está tratando de hacer. Es lo que Duchamp trató de hacer en 1913, lo que Oldenburg trató de hacer en 1960, lo que Manzoni trató de hacer en 1960-61 o lo que Andy Warhol trató de hacer en 1962. Lo que sucede es que las estructuras del contraespectáculo cambian en su totalidad cada década, si no es que cada temporada. Y cada vez se vuelve más y más difícil concebir y ejecutar esas operaciones cuando las demandas totalizantes del sistema llegan a ser tan integrales que es casi sofocante —en el sentido de que cada gesto que se haga será anticipado, si no es que apropiado, en el mismo momento de hacerlo.

En nuestra situación histórica, que se ha vuelto tan condensada, en la cual cada gesto se vuelve parte del propio aparato del espectáculo, es muy difícil idear un contraespectáculo. Requiere, a veces, elementos de ingenuidad, deshonestidad o autoengaño. El espectro en el cual puedes operar se vuelve muy complicado. Poner cuatro tapas de yogurt en la pared era un claro contraespectáculo en 1994, hacer lo mismo hoy sería instantáneamente identificado como parte de la operación de espectacularización del objeto. Gabriel Orozco hizo esa pieza hace sólo 20 años, pero muchas cosas han sucedido desde entonces. Los parámetros de operación se están encogiendo. Concebir un contraespectáculo bajo las condiciones de espectacularización absoluta de cada elemento de todos los aspectos de la vida cotidiana se vuelve más difícil. No puedes confiar en los modelos del pasado, tienes que inventar nuevos.

LC: En sus clases usted frecuentemente repite una pregunta: “No hay duda que esta obra es maravillosa, pero cómo explicamos que se volviera un icono”. ¿Podríamos reutilizarla para analizar el OROXXO?

BB: Una de las preguntas más serias es si el proyecto del OROXXO es más que una broma de pop art. Yo creo que lo es. Planea preguntas más profundas, más amplias. No se limita a la transmisión de la identidad corporativa a través de la publicidad y el impacto de la identidad corporativa en las prácticas artesanales de producción de pintura —que es una de las dialécticas dentro de las cuales operó Warhol—. Ese no es el proyecto de Gabriel Orozco. Él va más allá de eso: las intersecciones en su trabajo son, precisamente, el desplazamiento de un cierto tipo de marketing por otro tipo de marketing. Ve esto reflejado en un nivel pequeño, en el de la tienda de conveniencia, pero lo que en realidad tiene en mente es la operación del mundo del arte y el impacto que ha sufrido el sistema de galerías —el cual, como dije, se está volviendo un sistema de estructuras y poderes económicos totalmente organizados—. Lo que Gabriel Orozco está realizando es algo mucho más complejo que lo hecho por Warhol, en la medida que va más allá de lo propuesto por este último.

No sé si el OROXXO se volverá un icono. No puedo predecir el futuro. Sin embargo, está claro que es una intervención mayor, casi ejerciendo un diagnóstico, de la situación actual de la producción, recepción y distribución del arte. Es complicado predecir cuáles serán sus ramificaciones. Lo que es interesante de la obra de Gabriel Orozco en general es que tan sólo hace unos años hizo un trabajo como el de las piedras de río (2013). Las piedras están en el extremo opuesto del espectro en comparación con el OROXXO. Entre ambas piezas hay una extraordinaria escala de oposición porque las piedras de río, que adoré y pienso que son absolutamente maravillosas, son un trabajo conservador, casi conservador en el sentido de que regresan a formas artesanales manuales de producción escultural y generan objetos individuales. El OROXXO hace lo opuesto: una ficción de una tienda en la tradición de Duchamp, Warhol, Oldenburg y otros. En ese sentido, el OROXXO debe ser leído como parte del proyecto general de Gabriel Orozco.

 

Luciano Concheiro
Historiador y sociólogo. Es autor de Contra el tiempo y coautor de El intelectual mexicano: una especie en extinción.

Ensayo

Elogio de la sombra.
Diagnóstico de la ceguera de Jorge Luis Borges

En la historia y la mitología la ceguera se ha sacudido el estigma de ser una discapacidad visual para convertirse, paradójicamente, en un símbolo de claridad y sabiduría. Cabe recordar a Tiresias, el mayor sabio de la antigüedad, que perdió la vista en manos de Hera y fue compensado por Zeus con el don de la profecía. Del mismo modo innumerables personajes han tanteado el mundo a ciegas utilizando su condición como una herramienta intelectual: Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para que el espectáculo de la realidad no lo distrajera;1 Homero fue un poeta ciego y John Milton construyó su paraíso desde las tinieblas.

En muchos casos la pérdida de la experiencia visual ha confinado a los hombres a un mundo de estricta filosofía. “La desvalorización de las imágenes como vehículos de conocimiento y el consiguiente prestigio del saber verbal” ha potencializado el desarrollo de un nuevo esquema de pensamiento, desprovisto de su más complejo aparato sensorial y lo ha compensado con la evocación de nuevas figuras de otra forma inaccesibles.2 Estas perspectivas generadas desde el aislamiento constituyen la base de las grandes obras universales. Tal vez el caso más conocido es el de uno de los escritores más célebres del siglo XX: Jorge Luis Borges.

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Ilustraciones: Raquel Moreno

Borges (1899-1986) consolidó su obra gracias a sus disquisiciones sobre la ficción y la metafísica. Su obra poética y narrativa están atravesadas por formulaciones sobre el tiempo, las paradojas, los laberintos, el carácter ilusorio de la realidad, el azar y el destino, entre otros temas. Sin embargo, su madurez literaria y el inicio del reconocimiento internacional en la década de los cincuenta coincidieron dramáticamente con una circunstancia personal: la pérdida de la vista. En 1955, al tiempo que es designado director de la Biblioteca Nacional, el escritor argentino se declara completamente ciego y su condición comienza a poblar su literatura. Entendiéndolo como su destino (Paul Groussac, escritor admirado por Borges, ocupó el mismo cargo sin confesar su propia ceguera), Jorge Luis Borges utilizó su discapacidad como instrumento creativo para esculpir su obra. Detalló en poemas, cuentos, conferencias y entrevistas la progresión de su enfermedad y construyó en la oscuridad la estructuración de su realidad.

Diversas lecturas han analizado la influencia de la ceguera en la obra de Jorge Luis Borges: de cómo una vida privada del mundo de las apariencias debe crear una nueva existencia, sobre cómo la generación de nuevas figuras poéticas responde al abandono de las imágenes visuales. Sin embargo, poco se ha especulado acerca de si su escritura puede proporcionarnos datos que esclarezcan la causa de su ceguera. Después de todo, Borges consultó a los médicos más reconocidos de su época y nadie consiguió modificar el desenlace de su enfermedad ni formular un diagnóstico certero.

El destino de Borges se prefigura antes de su nacimiento. La rama paterna de su familia heredó una misteriosa pérdida de la visión que desembocaría en el escritor. Los colores fueron resbalándose lentamente de las pupilas de sus antecesores: su bisabuelo (“que se distinguió por el hecho de haber aparecido en las páginas de la revista médica británica The Lancet pues había sido sometido a una operación ocular innovadora”),3 su abuela y su padre, presagiaron la suerte de su último eslabón.

En todo caso estoy hablando en mi nombre y en nombre de mi padre y de mi abuela, que murieron ciegos; ciegos, sonrientes y valerosos, como yo también espero morir… Se heredan muchas cosas (la ceguera, por ejemplo), pero no se hereda el valor.4

Al igual que sus congéneres, Jorge Luis Borges fue perdiendo la vista desde el comienzo de la misma. El autor del Aleph detalla que su visión lo fue abandonando desde que tiene memoria, una ceguera progresiva que lo acechó desde la infancia. A los nueve años se ve forzado a utilizar anteojos de “fondo de botella”,3 característicos en la corrección de miopía, para mejorar su vista.

Desde mi nacimiento, que fue el noventa y nueve… El tiempo minucioso… me fue hurtando las formas visibles de este mundo.5

Mi caso no es especialmente dramático, ese lento crepúsculo empezó (esa lenta pérdida de la vista) cuando empecé a ver. Se ha extendido desde 1899 sin momentos dramáticos, un lento crepúsculo que duró más de medio siglo.1

Siempre fui muy corto de vista, usaba lentes y era bastante frágil.6

En su juventud las sombras siguieron esparciéndose. A los 19 años, durante su estancia en Mallorca como poeta ultraísta, Borges libra el servicio militar español por “una afección ocular”. A los 28, distanciado del ultraísmo y previo a su Cuaderno San Martín (1929), es valorado por un especialista que le recomienda someterse a cirugía. Entre 1927 y 1955 es operado en ocho ocasiones sin mejoría.

Está casi ciego; después de varias operaciones de cataratas y desprendimiento de retina, sus ojos —ojos de “ese azul desganado que los ingleses llaman gris”, bajo cejas muy pobladas y párpados semidormidos— sólo ven formas borrosas.7

En 1955 tuvo que volver a operarse de desprendimiento de retina en el otro ojo, el bueno. Quedó viendo colores y vagas formas; entre los colores distinguía el anaranjado, el amarillo y el rojo.7

La disminución de su visión progresó impávida hasta que, en 1955, Borges se confiesa completamente ciego y se entrega a una neblina cada vez más espesa.

…debo buscar un momento patético. Digamos, aquel en que supe que ya había perdido mi vista, mi vista de lector y de escritor. Por qué no fijar la fecha, tan digna de recordación, de 1955.2

Con los años fueron dejándome
los otros hermosos colores
y ahora sólo me quedan
la vaga luz, la inextricable sombra
y el oro del principio.8

Pese a la concepción generalizada de la penumbra del ciego, la ceguera de Borges se caracterizó por un abandono paulatino de los colores y las formas, un sosegado naufragio que le fue empañando la mirada.

Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.9

La gente se imagina al ciego encerrado en un mundo negro. Hay un verso de Shakespeare que justificaría esa opinión: “Looking on darkness, wich the blind to do see”; “mirando la oscuridad que ven los ciegos”. Si entendemos negrura por oscuridad, el verso de Shakespeare es falso.

Uno de los colores que los ciegos (o en todo caso este ciego) extrañan es el negro; otro, el rojo. A mí, que tenía la costumbre de dormir en plena oscuridad, me molestó durante mucho tiempo tener que dormir en este mundo de neblina, de neblina verdosa o azulada y vagamente luminosa que es el mundo del ciego.2

Su pérdida visual no resulta dramática en términos del propio autor. En realidad se trata de una ceguera excepcional, singularizada por una anomalía en la percepción de los colores (discromatopsia) y la pérdida de la visión de manera asincrónica en ambos ojos.

… empezaré refiriéndome a mi modesta ceguera personal. Modesta, en primer término, porque es ceguera total de un ojo, parcial del otro. Todavía puedo descifrar algunos colores, todavía puedo descifrar el verde y el azul.2

Al cabo de los años me rodea
una terca neblina luminosa
que reduce las cosas a una cosa
sin forma ni color.10

A los 80 años su ceguera es absoluta. Confinado a una realidad indistinguible, sus ojos se manchan de una única sombra. A los 86 el autor de Ficciones fallece a causa de un cáncer hepático, no sin antes inmortalizar en su célebre Poema de los dones la paradoja de advertirse ciego tras una vida de letras.

Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, que sólo pueden leer en las bibliotecas de los sueños…11

Para elaborar un diagnóstico preciso sería necesaria una exploración oftalmológica detallada que complemente los síntomas obtenidos. Las circunstancias obviamente lo hacen imposible; pero, como su mejor literatura, Borges se lee desde distintos ángulos.

Al examinar las fotografías que van desde su infancia hasta sus últimos años se vislumbran características esenciales que pueden esclarecer su enfermedad. El escritor, que utilizó anteojos desde temprana edad, presentó en su madurez alteraciones físicas incorregibles derivadas de su patología: un incipiente estrabismo desvió su mirada hacia el centro y con el paso de los años se acentuó la caída del párpado derecho (ptosis palpebral). Sus últimas fotografías develan una mirada infinita, absorta de lo cotidiano, un abismo entre cejas con cierto brillo a eternidad.

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Sin embargo, es una vez más en la literatura en donde se encuentran las mejores pistas para elaborar un diagnóstico retroactivo.

Ante cualquier pérdida crónica de la visión es importante preguntarse cuándo y cómo comenzó la misma, si fue en uno o en ambos ojos y cuáles fueron las características.12 Borges ya nos ha brindado las respuestas: una pérdida visual desde la infancia, lenta, progresiva, asincrónica en ambos ojos y con un trastorno en la percepción de los colores. Además presenta otras particularidades como el uso de anteojos para corregir la miopía, cirugías previas, estrabismo, caída del párpado derecho, desprendimiento de retina y visión de “neblina” (característica en las cataratas).

Lo anterior demuestra que, ante el laberinto de posibilidades que existen para explicar la ceguera, en el caso de Borges hay que descartar todas aquellas que impliquen la pérdida de la visión súbita o en corto tiempo. La desventura de Borges se halla en el lento abandono de lo visible, en esa suerte de ocaso que se extendió por décadas de manera impasible. En otras palabras, limitarse a las enfermedades dilatadas por los años y cuya presentación coincida con los eventos cronológicos del argentino. Existen seis principales causas de ceguera crónica: maculopatía senil, retinopatía diabética, glaucoma, cataratas, retinosis pigmentaria y miopía degenerativa. Por el patrón hereditario de la enfermedad de Borges, la edad de aparición, los años de evolución, las anomalías en la percepción de los colores y las manifestaciones físicas de su ceguera, las primeras cuatro enfermedades resultan incompatibles. Aunque cada una de ellas guarda algún tipo de relación con el poeta, en conjunto no cumplen con la mayoría de los parámetros establecidos.

Al descartar categóricamente dichas patologías el sendero de las posibilidades se bifurca: retinosis pigmentaria o miopía degenerativa. Además de ser infrecuentes, ambas comparten similitudes fundamentales con la afección de Borges. Aquí se condensa el misterio y la suerte del autor se somete a una deducción meticulosa. La retinosis pigmentaria se manifiesta entre la segunda y la tercera décadas de vida. Consiste en una degeneración de los fotorreceptores de la retina que produce una alteración progresiva en la percepción de colores.13 Aunque la mayoría de los casos son esporádicos, una cuarta parte pueden ser hereditarios13 y se asocian con la formación de cataratas. Pese a esto, aspectos primordiales de la retinosis pigmentaria discrepan de la ceguera de Borges. Por ejemplo, el autor no presenta manifestaciones como la pérdida los campos visuales periféricos o la formación de escotomas (manchas negras o puntos ciegos). Además, la retinosis pigmentaria no explica otras manifestaciones oculares como el desprendimiento de retina, la ptosis o el estrabismo.

La miopía degenerativa, por otro lado, comparte características fundamentales con la ceguera padecida por Borges. También llamada miopía magna, consiste en un crecimiento anormal del globo ocular de inicio temprano, paulatino y que eventualmente desemboca en la disminución de la agudeza visual,14 miopía incorregible con anteojos, alteraciones oculares, trastornos de la percepción de colores y en casos avanzados desprendimiento de retina.15 Además, su modo de presentación es mayormente hereditario y predomina en la población ibérica-portuguesa. Jorge Luis Borges, presagiando su destino, enfatiza su procedencia lusa como si en sus venas llevara las raíces de su desventura.

Nada o muy poco sé de mis mayores portugueses, los Borges: vaga gente que prosigue en mi carne, oscuramente, sus hábitos, rigores y temores.15

Aunque la mayoría de las veces la miopía degenerativa se asocia con otros tipos de síndromes y manifestaciones sistémicas, las cuales no padece el autor, ésta es la enfermedad más compatible como causa de la ceguera de Jorge Luis Borges.

Por supuesto, éste no es un diagnóstico definitivo ni pueden descartarse por completo otros como la retinosis pigmentaria o enfermedades concomitantes. Se trata de un diagnóstico presuntivo basado en la revisión retrospectiva de su obra. En todo caso, ya sea miopía degenerativa o retinosis pigmentaria, los avances médicos actuales no proporcionan un tratamiento eficaz ni un pronóstico favorable. Es decir, aun en 2017 Jorge Luis Borges se enfrentaría al mismo destino visual, lo cual también significa que el genio artístico para enfrentarlo y transfigurarlo en una obra quedaría intacto.

De todas las cosas que me han sucedido creo que la menos importante es haberme quedado ciego… Un escritor, o todo hombre, debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin  y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo.

En muchas ocasiones los procesos fisiológicos intervienen en los mecanismos creativos de los artistas. Son conocidos los casos en los que el cuerpo esculpe a la obra y viceversa. Desde los trastornos psicológicos hasta los déficits sensoriales. Desde Van Gogh hasta Beethoven. El arte como un complemento perceptivo, como una reinterpretación de la realidad. El arte como aspiración sensorial hacia otros mundos o como respuesta reveladora de otras verdades. Con Jorge Luis Borges no puede esperarse algo distinto. Confinado a un mundo de sueños supo construirse nuevas imágenes y a más de 30 años de su muerte continúa develándonos misterios. Como si la enfermedad fuera un pretexto para seguir conversando, como si arrojara las pistas para reencontrarlo.

 

Mario Enrique de la Piedra Walter
Médico cirujano. Ha publicado artículos para revistas médicas de distintas especialidades. Actualmente está enfocado en la divulgación científica y neuropercepción.

Una primera versión de este artículo se encuentra en línea en la Revista Mexicana de Oftalmología, aceptada para su publicación impresa y citada como De la Piedra Walter ME. “Diagnóstico etiológico de la ceguera de Jorge Luis Borges basado en su obra literaria”, 2016. Disponible en: http://bit.ly/2tTLm0m


1 Borges, Jorge Luis, Siete noches, Buenos Aires, Alianza, 1978.

2 Mateos González, A., Borges y Escher, un doble recorrido por el laberinto, México, Aldus, 1998.

3 Woodall, J., La vida de Jorge Luis Borges: el hombre en el espejo del libro, Barcelona, Gedisa, 1988.

4 Conferencia La ceguera en el teatro Coliseo en Buenos Aires, Argentina, 1977.

5 Borges, Jorge Luis, “El ciego”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.

6 Mejía Prieto, J., Molachino, J., Borges ante el espejo, México, Lectorum, 2005.

7 Canto, E., Borges a contraluz, Madrid, Espasa Calpe, 1989.

8 Borges, Jorge Luis, “El oro de los tigres”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.

9 Borges, Jorge Luis, “Elogio de la sombra”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.

10 Borges, Jorge Luis, “On his blindness”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.

11 Borges, Jorge Luis, “Poema de los dones”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.

12 Graue Wiechers, E., Oftalmología en la práctica de la medicina general, México: MacGraw-Hill Interamericana, 2009.

13 Yog Raj Sharm, P., Raja Rami Reedi, P., Deependra, V., Retinitis pigmentosa and allied disorders, JK Science, Centre for Ophthalmic Scinces, 6(3), 2004, pp. 115-20.

14 Lapido Polanco, S.I., González Díaz, R.E., Rodríguez Rodríguez, V., et al., “Alteraciones del polo posterior en la miopía degenerativa”, Revista Cubana de Oftalmología. [En línea]. 2012;25(2) [consultado 3 de febrero 2013]. Disponible en: http://bit.ly/2tU7sQ3

15 Borges, Jorge Luis, “Los Borges”, Poesía completa, México, Editorial Lumen, 2011.

Cultura y vida cotidiana

Seres humeanos

Ahora que, en mis años de bella decadencia, he dejado de encarnar en un ser humano para convertirme en un ser humeano, intento aproximarme lo más posible a las nociones de conocimiento, sociedad y justicia de David Hume. Él era un ser amable y tolerante e incluso logró fraguar amistad con el hombre que no inventó nada nuevo, pero lo incendió todo (Rousseau). Yo, en honor a mi continua desgracia, tengo amigos no tan brillantes como Rousseau, pero sí tan intratables, quisquillosos e insoportables como él. Para David Hume el hombre es menos egoísta que parcial, y si quiere evitar la violencia y la contradicción moral debe cultivar la conversación y extender la simpatía hacia los extraños. Buena parte de la filosofía de John Dewey, Hans-Georg Gadamer, Gilles Deleuze, W.V. Quine o Richard Rorty tiene sus fundamentos en la prudencia empírica de Hume. A menudo le espeto a la pobre gente que tiene la mala suerte de escucharme: “No me importa lo que pienses, sino lo que haces”; sus ideas y acciones pueden contradecirse, como sucede con algunos conocidos míos que se consideran filósofos morales y, sin embargo, predican estrictas normas de comportamiento precisamente porque los vicios que desean combatir representan la mayor piedra dentro de sus zapatos. En otras palabras, cojean de su pie moral. ¿O ustedes le creen a alguien que predica la fidelidad matrimonial como un principio inquebrantable? Por fortuna existe la risa y la ironía.

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Ilustración: Daniela Martín del Campo

La justicia no es una divinidad o un concepto abstracto, sino que se construye por necesidad; y si entramos a formar parte de una sociedad no es porque tengamos derechos universales (¿qué es eso?), sino que lo hacemos precisamente porque no tenemos derechos y dicha sociedad los compartirá con nosotros para cobijarnos. Todo lo anterior es pura disertación humeana, y yo sólo me he dedicado a seguir las huellas de un pensador alerta y nada escandaloso en sus juicios y certidumbres. Estoy cansado de buscar la originalidad imposible y de tratar de escribir con una gracia y humor de los que carezco. Las reglas sociales tienen que ser inteligentes y estrictas para que de ese modo podamos olvidarnos de los demás. Si cumplimos esas reglas nuestro miedo por el extraño se atenúa y, de forma significativa, el ser humano (esa mancha indeleble) desaparecerá de nuestro horizonte. Nos organizamos con el fin de desaparecer; no veo mejor razón que ésa para comportarse en sociedad. “Los hombres no pueden cambiar su naturaleza, pero pueden cambiar su situación”, escribió Hume. Y para cambiar tal situación se requiere artificio (no verdad), invención, imaginación, propiedad (para amenguar la avidez) y extensión de la simpatía. Envidio en David Hume su mesura e inclinación a la frugalidad, y también me congratulo con el hecho de que este hombre, nacido en Edimburgo, se decantara por una moral “positiva” y en apariencia poco revolucionaria; tuvo que haber sido feliz y ello es un motivo para admirar a un filósofo cuyo estilo es más elocuente y bello que el de muchos escritores de ficción. Cualquier persona, por más bruta o inteligente que sea, puede leerlo con provecho.

Es verdad, tengo la impresión de que Hume tuvo que haber sido feliz. Mi admiración es aún mayor en cuanto a que he leído con devoción a demasiados escritores torturados y tirados a la desgracia (a Remy de Gourmont el lupus lo deformó y destruyó al grado de transformar su vida en una amarga penitencia; Blaise Cendrars perdió medio brazo en la Primera Guerra Mundial; a Paul Feyerabend le acertaron dos balazos y tuvo que andar con bastón y arrastrar los pies la mitad de su vida; Otto Weininger —a quien los despistados acusan de misógino— se suicidó a los 23 años; y qué decir de Dostoievski, John Fante, Cesare Pavese o Alberto Caraco, sólo por nombrar a unos pocos que aparecen de pronto en mi memoria). En fin, varios siglos después de que Hume escribiera su gran obra y nos despertara del letargo racional y metafísico (Descartes y los medievales) de su tiempo, alabo y me complazco por la certidumbre filosófica y la tranquilidad meditativa del escocés que nos convirtió (a algunos) en seres humeanos.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

Cultura y vida cotidiana

La mirada mexicana

En cualquier país democrático se esperan tres elementos esenciales para construir el debate: la versión oficial, el trabajo periodístico y el discurso popular. Sin confrontación entre ellos, el diálogo se transforma en múltiples monólogos. 

Cuando se duda de las afirmaciones de un gobierno, se necesita el periodismo. Cuando se duda del periodismo, se necesitan ciudadanos. Cuando tampoco el ciudadano les cree a sus pares, se deshace la perspectiva de la historia.

En un país donde nadie le cree a nadie, qué verdad es cierta.

México ha vivido demasiado tiempo dentro de la bipolaridad de los discursos. Entre hechos que son y no son dependiendo de quién los diga. Inmerso en un lenguaje que no dice, o lo que dice lo hace sin saber. Sin pensar, sin importar las consecuencias.

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Al debate le hemos dado virtudes que no siempre son absolutas, y le hemos quitado una imprescindible. Nos convencimos de que a través de él solucionaremos las desgracias de los pueblos. Quizá, en su nivel más realista, apenas nos acerquemos a algo tan importante como eso. Posiblemente más, dentro de la historia. En el debate es probable que sólo logremos entender las tragedias, antes de encontrar las vías para solucionarlas. No es poca cosa, pero tampoco es la apuesta al tiempo donde descansa la memoria. En el presente, ¿cómo se construye lo que pasa en un país si la realidad se diluye entre visiones?

Abdicamos a la verdad cuando empezamos a darle más valor a lo que ahora llaman la narrativa de los eventos, que a los eventos. Es lo que se cuenta, lo que se quiere contar. ¿Cuál permanencia cabe en la mirada de un país en el que cada quien decidió sólo darle peso a su punto de vista? No es lo que sucede en México, es lo que se dice a sí mismo, convencido, que está sucediendo en México. Ningún lugar es ajeno a la subjetividad, pero aquí, como a la mentira y a la corrupción, la institucionalizamos sin darnos cuenta que al hacerlo le quitamos valor a la opinión.

Al darle a la opinión el rango de hecho, no sólo perdimos la virtud del saber, dejamos de lado la relevancia de lo que la gente opina. Minimizamos hasta el desprecio lo que se cree, como si los ánimos no fueran el motor de las sociedades.

En la ausencia de intercambio, unos dirán que en México las cosas pasan de una manera y otros de una más. Siempre irreconciliables. Llegamos al punto en que es imposible contar con la decencia para que a través de ella se den las coincidencias. En la pérdida de piso común y la relativización más grande, he criticado cómo en México un torturado o varios masacrados pueden ser víctimas o merecedores de la barbarie. Cómo un muerto por negligencia pasa a ser simple accidente. Éste es el país de las casualidades. No, el piso común de la decencia figura muy poco en esta tierra.

Después de décadas de gobiernos oscuros, éstos creyeron que en las trampas del lenguaje perpetuarían la vocación de dar vacíos que sonaran a respuestas, y nosotros los aceptaríamos. El político mexicano asumió que el discurso servía para evadir antes que para decir. Soy incapaz de recordar la declaración de más de un puñado de funcionarios exenta de lo contrario. Fracasamos, no les creemos, pero tampoco hemos tenido la fuerza para enfrentar los discursos que no tienen consecuencias, porque no las reclamamos y si las reclamamos queda la posibilidad de ignorar y dar la vuelta. Luego de años de una prensa controlada, le vino una más resistente a la que igual no se le cree si no se coincide con lo que investiga, o cómo lo investiga. Se juzgarán intereses ocultos a mansalva porque el prejuicio ya se ha impuesto. Si un periodista dice algo, es falso. Si su contraparte dice lo mismo, verdadero. También nos dimos cuenta de que algunos de esos que no tenían intención de investigar, se habían impregnado tanto de la norma que no necesitaban hacerlo. No estoy seguro de la afirmación en la que los medios o políticos son los únicos responsables de que la opinión de los ciudadanos se haya transformado en un producto, y nosotros en consumidores de opiniones más que ciudadanos. Guardo la duda en que parte de esa metamorfosis tenga en nuestra indiferencia algún lugar. Si en las reacciones frente a la violencia hemos probado la poca importancia que le damos al otro, cuál le daremos a lo que ese otro piensa, lo que cree, o lo que siente.

Éste es un país donde nadie se convence de la empatía de un gobernante, cualidad que aquí les cuesta como en casi ningún otro, y creo que conozco varios, y la mayoría de los que ocupan mi tiempo son peores a éste. ¿Cómo nos las arreglamos para darnos el lujo de tener políticos tan poco sensibles a la opinión de la gente? Es el país donde antes y después de la alternancia, políticos e instituciones, medios, organizaciones, colectivos y ciudadanos hemos fallado al establecer vínculos y conectar entre políticos, instituciones, medios, organizaciones, colectivos e individuos.

No pienso en la uniformidad. El consenso es lo menos democrático, niega la disparidad, pero, ¿en qué momento perdimos el piso ético con el que opinaríamos y reaccionaríamos, aunque sea algo parecido, ante la corrupción y las violaciones de derechos humanos? En todos los países hay subjetividades, en casos de alarma muchos tienden al acuerdo mínimo. Nosotros no.

En esa gigantesca falla de diálogo, en el divorcio entre partes que no se han encontrado, está la imposibilidad de formar una opinión que sobrepase sus límites. Los que se quedan en la persona o en los grupos de personas afines, y de los que si se saliera, varias de las cosas que resultan inadmisibles podrían ser pensadas para un beneficio compartido. Sólo que en México lo compartido es demasiado individual.

En mi país los gobiernos no escuchan a los medios. ¿Qué pasó para que los escándalos de corrupción, cubiertos en todos los posibles, no tuvieran consecuencias inmediatas? Será la falta de vergüenza y empatía, pero más la capacidad magistral de restarle importancia al valor social del periodismo. Otras veces, algunos medios, sobre todo los impresos, se hicieron defensores de lo que los gobiernos, por el lugar que ocupan, no pueden defender. Las planas se imprimieron bipolares, amparados en una frágil pluralidad, columnistas espetan contra el trabajo de otros columnistas. Ninguno le responde al otro y menos aún, excepciones memorables, renuncian a los diarios que atentan contra sus principios.

Aunque no faltará quien diga que no existen, he visto funcionarios que quieren escuchar a los ciudadanos, pero no saben establecer las vías. Perdieron de manera absoluta la legitimidad para ello, desgraciadamente. Eso no es buena noticia para nadie. En éste, el país que no quiere los absolutos y le cuesta aceptar que las tragedias son tales, donde en la infinidad de matices nada es blanco o negro, hay un blanco y negro en la relación de quienes se tienen que escuchar. ¿Por qué la resignación se ha transformado en el denominador común de quienes viven como pueden?

Los empresarios que se interesan en temas sociales buscan un conducto a través de políticos. La poca relación ciudadana de éstos sólo alcanza para separar aún más a los interlocutores. Entonces no falta, y con razón, el político que defienda su característica ciudadana. Eso son. Sin embargo, es difícil encontrar un ciudadano que sienta la confianza de hablar con un político.

Aquí, decir ciudadanos es tan amplio que termina por decir poco. Las discordias parecen sectarias y las afinidades van de lo más serio a la frivolidad. Se está juntos por pensar lo pensable, se está juntos por el rechazo a un tercero, aunque eso sea lo único en que se coincida. ¿Cómo es posible que, salvo casos esporádicos, las violaciones a derechos humanos terminen en las preocupaciones de unos cuantos?

Con ese escenario, de no estar equivocándome, el diálogo para entender lo que pasa se adivina descartado. ¿Cómo formarse una opinión de este país? La que resulta del balance entre versiones.

Creímos que con la posibilidad de los datos, de cruzar variables, analizar y demostrar, podríamos iniciar un intercambio a través de lo evidente. Olvidamos que frente al desdén y la poca voluntad de prestarles atención, en México las cifras también se descartan como si los números fueran un leguaje extraño. Decía voluntades, pero hablar de voluntarismos cae en un optimismo que no se me da. La estructuración de la indolencia se ha convertido en enemiga de la democracia. Empecinados en hacer de ésta patria exclusiva de las urnas, aún no hemos logrado vivir en una tan llana donde el ir y venir de la palabra, las posibilidades de las partes, sean materia esencial de la construcción democrática para que la opinión encuentre el equilibrio y su lugar en el espíritu formador de un Estado.

La mirada que los pueblos tienen de sí mismos a menudo está en lo que queda del debate en los tres niveles de discurso: gobierno, periodismo, ciudadanos. Dos jugadores del nivel intermedio tienen la mayor responsabilidad. Analistas, grupos intelectuales y opinócratas podríamos dejar de escribir y hablar para nuestros pares. No nos hemos escuchado. Deberíamos dejar de subestimar a quienes no comparten espacios, abandonar la simplificación que tal vez sin darse cuenta —espero— insiste en que las audiencias son limitadas. Nosotros, en nuestra soberbia, parecemos idiotas. Nadie allá afuera.

El periodismo posee las herramientas y el lugar para ser el punto de equilibrio en el que toda propuesta ciudadana, con la fuerza que todavía no tiene la ciudadanía ni el periodismo, haga eco en las tribunas más altas. Su posición es privilegiada pero no ha sabido ser contrapeso a los poderes, no para imponerse sobre ellos, para balancearlos. El cuarto poder no ha existido en México. Ahora tiene que sortear el aprendizaje que tuvo en otros países para mostrar que sus errores le dejaron algo. Es el enlace entre bases, sentires, argumentos y realidades. Es la joya de la democracia, por eso hay que cuidarla desde arriba y desde abajo. Adentro, ética. Esa es su receta.[*]

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado: Casa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio Oriente y El jardín del honor.

Twitter: @_Maruan


[*] Una versión más extensa de este texto se publicará a fin de año en Pensar México, libro análogo a Pensar Medio Oriente. Los dos bajo el sello Taurus.

Bioéticas

Eutanasia: Casos paradigmáticos

La sociedad, en muchas ocasiones, es la que presiona a los aparatos políticos, con frecuencia vetustos, contumaces y sordos para modificar el statu quo. Temas concernientes a bioética y ética médica forman parte de la agenda social: cambio climático, aborto, alimentos genéticamente modificados y maternidad subrogada son ejemplos. La eutanasia forma parte de la galería de urgencias sociales, médicas y políticas.

La experiencia de algunos enfermos, reproducida en la prensa o en revistas médicas es parteaguas para comprender y adentrarse en el universo de la eutanasia. Esas historias las denominamos casos paradigmáticos. Compartimos nueve casos.

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Ilustración: Kathia Recio

Ramón Sampedro, 1998

Marino español. En 1968 cayó al mar, se golpeó contra unas rocas y sufrió sección medular. Vivió 30 años con tetraplejía. A pesar de solicitar la eutanasia los tribunales españoles no se la concedieron. Decidido a morir, pidió ayuda a 11 amigos para suicidarse con cianuro. Dividió la tarea entre 11 amigos para que la justicia no pudiera inculpar a ninguno. En la Navidad de 1998 grabó su suicidio.

Escribió: “El derecho de nacer parte de una verdad: el deseo de placer. El derecho de morir parte de otra verdad: el deseo de no sufrir. La razón ética pone el bien o el mal en cada uno de los actos. Un hijo concebido contra la voluntad de la mujer es un crimen. Una muerte contra la voluntad de la persona, también. Pero un hijo deseado y concebido por amor es, obviamente, un bien. Una muerte deseada para liberarse de un dolor irremediable, también”.

Comentario. Sampedro era una persona mentalmente competente —su cabeza funcionaba— y físicamente incompetente —su cuerpo no funcionaba— por lo que no podía suicidarse. Mar adentro (2004), película de Alejandro Amenábar, reproduce el caso.

Terri Schiavo, 2005

En 1990 sufrió un paro cardiaco secundario a disminución de potasio debido a un desorden alimenticio. El paro devino estado vegetativo persistente. Lo único que mantenía a Terri con vida era la alimentación a través de una sonda nasogástrica. Su esposo solicitó ante los tribunales que le retiraran la sonda pues ella le había pedido que no la dejara vivir si llegaba a estar en ese estado. Seis médicos corroboraron el diagnóstico de estado vegetativo persistente y se autorizó que la sonda que la mantenía con vida fuera retirada. Los padres de Terri se oponían a la decisión de su yerno y pelearon contra él utilizando el poder de los medios y a la iglesia católica. Tres veces se retiró y se volvió a colocar la sonda; la batalla duró 15 años. En 2005 el Tribunal Supremo de Estados Unidos permitió que la sonda fuera retirada definitivamente. Terri murió 13 días después.

Comentario. El caso de Terri confrontó a la opinión médica y a la sociedad laica contra la Iglesia y los políticos conservadores. El affaire disparó las solicitudes de voluntades anticipadas (testamento vital).

Chantal Sébire, 2008

Chantal Sébire sufrió por ocho años las consecuencias de un estesioneuroblastoma; además de deformar su cara, le provocó dolores insoportables y la pérdida de la vista, el gusto y el olfato. En Francia, de donde era originaria Chantal, la eutanasia activa no es legal, por lo que hizo un llamado público al entonces presidente Nicolás Sarkozy y a los tribunales mostrando su desfigurado rostro en los medios para solicitar una inyección letal que terminara su sufrimiento. El 17 de marzo de 2008 los tribunales fallaron en su contra. Dos días después, a los 52 años, se suicidó.

Comentario. Sébire se suicidó. No todos los intentos suicidas tienen éxito. De haber fallado, el Estado y la comunidad médica hubiesen sido blanco de críticas. En Francia la eutanasia sigue prohibida.

Edward Thomas Downes y Joan Thomas, 2009

Sir Edward Thomas Downes, de 85 años, era considerado uno de los mejores directores de orquesta británicos. Su esposa Joan, de 74 años, era productora y coreógrafa. La salud de ambos, de acuerdo a sus hijos, estaba muy deteriorada: él casi sordo y ciego, ella con cáncer terminal. Aquejados por la enfermedad, decidieron morir juntos. La eutanasia y el suicidio asistido son ilegales en Reino Unido por lo que viajaron a la clínica Dignitas en Suiza, donde murieron por suicidio asistido, en la misma cama, después de 54 años de matrimonio.

Comentario. No todos, muy pocos, tienen la fuerza para suicidarse. Viajar a Suiza, único país que ayuda a extranjeros a morir es muy complicado y costoso. El Estado, en este caso Reino Unido, debería agilizar las discusiones para permitir morir con dignidad en casa.

Eluana Englaro, 2009

En 1992 Eluana Englaro sufrió un accidente automovilístico que la dejó en estado vegetativo a los 22 años. Su padre solicitó a la corte italiana permiso para suspender la alimentación que la mantenía con vida, de acuerdo con lo que había expresado su hija de sucederle un accidente. La corte se lo negó en 1999 y en 2005. En 2007 pidió un nuevo juicio y en 2008 obtuvo la aprobación de la corte. Esto suscitó la rotunda oposición del entonces primer ministro Silvio Berlusconi y del Vaticano. El 6 de febrero de 2009 Berlusconi redactó un decreto que pretendía mantener a Eluana con vida, pero el presidente Giorgio Napolitano no lo firmó. El 9 de febrero de 2009, 17 años después del accidente, el padre de Eluana la trasladó a un hospital donde la desconectaron y cuidaron de ella hasta su muerte.

Comentario. La historia de Englaro ilustra el “poder del Poder”, en este caso de figuras tan detestables como Berlusconi, quien, en busca de granjearse el apoyo del Vaticano para así continuar sus tropelías, condenó al padre de Eluana: ver morir, día a día, a una hija que no muere y no vive es indigno. El Vaticano y Berlusconi atentaron contra un principio ético (laico) fundamental: el derecho a morir.

Marc y Eddy Verbessem, 2013

Los gemelos belgas Marc y Eddy Verbessem nacieron sordos. Trabajaban como reparadores de zapatos y compartían un apartamento. Aunque independientes de sus familiares, eran dependientes el uno del otro. A los 45 años les diagnosticaron una enfermedad ocular degenerativa que los dejaría ciegos. Su hermano mayor comentó que ellos no podían soportar la idea de no volver a verse y ser completamente dependientes por la falta de ambos sentidos. Esto los orilló a pedir eutanasia. El médico que los valoró afirmó que la eutanasia los liberó de un gran pesar.

Comentario. En Bélgica la eutanasia se aprobó en 2002 y la eutanasia infantil en 2014. En contra de los argumentos de los detractores de la muerte digna las solicitudes para su aplicación no se han disparado a través de los años. La tragedia de los gemelos Verbessem se limitó gracias a las políticas belgas a favor de la eutanasia.

Brittany Maynard, 2014

En enero de 2014, a los 29 años de edad, le diagnosticaron astrocitoma. El tumor fue resecado; poco tiempo después recidivó; el pronóstico empeoró. Consciente de su pronóstico, decidió mudarse de California a Oregon donde el suicidio médicamente asistido es legal desde 1997. El 1 de noviembre de 2014 puso fin a su vida con medicamentos prescritos por su médico. Durante los meses previos a su muerte inició una fundación que lucha por la muerte digna y la legalización del suicidio médicamente asistido.

Comentario. Gracias a Brittany, en 2016, el gobierno de California legalizó el suicidio médicamente asistido. Oregon es referencia mundial en suicidio asistido. Año tras año el estado comparte la experiencia en el tema. En Washington, Montana y Vermont el suicido asistido es legal.

Valentina Maureira, 2015

Valentina Maureira tenía 14 años cuando decidió que estaba cansada de vivir con fibrosis quística, enfermedad genética que provocó la muerte de su hermano mayor a los seis años. A través de un video, en febrero de 2014, Valentina le pidió a la presidenta chilena Michelle Bachelet que le autorizara una inyección para así morir. La presidenta visitó a Valentina en el hospital pero no pudo acceder a su solicitud pues la eutanasia es ilegal en Chile. Dos meses después Valentina murió por insuficiencia respiratoria, una complicación de la fibrosis quística.

Comentario. El Estado no debería ser quien decida el destino de quienes buscan morir con dignidad. El valor de Valentina debería ser suficiente para que los políticos entiendan que no son dueños de las vidas de sus connacionales. Si no sirve el video de Maureira, ¿qué sirve?

José Antonio Arrabal, 2017

José Antonio Arrabal era un electricista español de 58 años que fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica en 2015. La enfermedad progresaba con rapidez y limitaba cada día más su movilidad y su respiración. En 2017 decidió que quería poner fin a su vida y lanzó una petición en internet para despenalizar el suicidio asistido en España. Al no obtener respuesta favorable de las autoridades se suicidó con un medicamento que consiguió por internet. Logró su objetivo antes de que la inmovilidad le impidiera ingerir el medicamento con su propia mano y ya no tuviera alternativa. José Antonio se aseguró de que sus familiares no estuvieran en casa ese día y grabó todo para que no fueran inculpados.

Comentario. Desprotegido por médicos y autoridades Arrabal adelantó su final: antes de que la inmovilidad total de las manos le impidiese ingerir medicamentos optó, a solas, por el suicidio. Fenecer por voluntad, en soledad, es decimonónico e indigno.

 

Escogimos nueve casos paradigmáticos con el fin de ilustrar algunos motivos por los cuales se accede a terminar la vida. Las historias son reales, proceden de diferentes países, las personas son de ambos sexos, tienen diversas edades, motivos personales para finalizar sus vidas y las voces de sus allegados son respetables. En suma, los casos no son maniqueos. Escucharlos es necesario. Contagiar su valor es fundamental: prolongar la muerte carece de sentido. Darles voz y valor corresponde a quienes defienden la ética laica.

 

Latife Salame
Médica egresada de la Facultad de Medicina de la UNAM. Participa en la organización del Seminario Permanente de Bioética de la UNAM.

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

Sobre ciencia, en teoría

El floreciente campo de la neurobotánica

En el mundo —y sí, a veces mundillo— de la ciencia la elección de un buen nombre para aquello que desvela a los investigadores puede representar una completa y opuesta diferencia entre buena y merecida prensa (“¡físicos descubren la partícula de Dios!”) y la confusión, en el mejor de los casos, o la plena condena y clasificación, en el peor, como “mala ciencia”, pseudociencia o, de plano, charlatanería sin dar apenas oportunidad a que el responsable del equívoco bautizo explique y aporte las pruebas necesarias para respaldar su afirmación. Este último es el transdisciplinario caso de la neurobotánica, cuya sola mención ha ocasionado más de un equívoco.

El embrollo es entendible si consideramos que la enorme mayoría de nosotros asociamos inmediatamente el prefijo “neuro” con “nervio” y de ahí con la presencia de un sistema nervioso y, como es evidente mientras regamos nuestras plantas de ornato o el jardín, las únicas plantas con neuronas y (muy posiblemente) cerebro son las de la ficción, como Audrey II, la estrella musical carnívora de La tiendita de los horrores, y Bárbol y el resto de los ents o árboles parlantes imaginados por Tolkien en El Señor de los Anillos. En nada ayuda tampoco la casi inmediata adopción e interpretación de las huestes del New Age en el sentido de que la neurobotánica es la confirmación “científica” de que las plantas tienen sentimientos y pueden tener una comunión con nosotros muy similar a la simbiosis con el Árbol de las Almas de la película Avatar. Peor aún: luego de que en varios medios han aparecido encabezados al estilo de: “Las plantas tienen neuronas, son seres inteligentes”, y “¿Sabías que las plantas piensan y recuerdan?”, ¿a quién le extraña las críticas y respuestas enérgicas de científicos y divulgadores cuando se hace referencia a la neurobotánica? Un colega, por ejemplo, señalaba que en México a los neurobotánicos los llamamos jardineros, y otro no dudó en etiquetar el tema como el gabivargazo de la semana (y, conociendo la fuente, ¿quién puede culparlo?).

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Ilustración: Oldemar González

Veamos si, en estas páginas, podemos separar la paja del trigo y enraizar, más allá de con los tree huggers y apasionados de la botánica, los serios orígenes y fundamentos de los estudios sobre inteligencia vegetal y esperemos que los frutos de este texto se aproximen más a los de uno de los artículos científicos de neurobotánica Mónica Gagliana (número 23 en la lista de los 100 más leídos, de un total cercano a 20 mil y publicados por las revistas científicas en 2016) que a los del periodista Michael Pollan y su artículo de The New Yorker que, en palabras de uno de sus críticos, “fue la razón por la que en mi clase dejamos de leer a este autor”.

Las raíces del estudio de la inteligencia vegetal

En pocas palabras, la neurobotánica es el estudio de la inteligencia de las plantas. A pesar del rechazo —casi animadversión— que provoca de raíz (etimológica) el término por la inevitable asociación que, por su uso común en palabras como neurología y neurasténico, hacemos con neuronas, sistema nervioso y cerebro (elementos de los que carecen por completo todos los miembros del reino vegetal, lo que jamás ha sido la parte medular de la polémica dado que todos, neurobotánicos incluidos, estamos de acuerdo con ello), algunos de los expertos en esta verde inteligencia consideran que transmite de una manera sencilla y contundente el propósito de sus investigaciones. Además, alegan, etimológicamente es igualmente adecuada su adopción dado que en griego neurón significa “fibra” y, dado que ésta se encuentra en las paredes de las células vegetales, no habría en rigor problema con estirar un poco (o, para alguno, un mucho) el prefijo para conservar el nexo —¿la sinapsis?— que establecemos entre neuronas e inteligencia.

Si bien la neurobotánica abordada de manera multidisciplinaria en un ramillete de disciplinas que van desde la bioquímica y la histología vegetal y la fitoelectrofisiología, hasta la biología evolutiva, la ecología vegetal y… no, por supuesto que no hay (ni habrá jamás) una fitopsicología (salvo, posiblemente, en círculos New Age, con títulos como: Constelaciones vegetales), pero, dado que con la inteligencia tratamos, sí interviene la biología cognitiva; y es precisamente debido a que los orígenes de esta última están fuertemente entrelazados con la psicología humana que no ha sido sencillo para quienes no somos neurobotánicos entender a qué se refieren éstos cuando hablan de inteligencia plantal.

Pero mucho antes de la fundación en 2005 de la Sociedad para la Neurobiología Vegetal y de la germinación en el siglo XXI de los experimentos y modelos teóricos de la neurobotánica como tal, ya en 1937 los fisiólogos botánicos Frits Warmolt Went y Kenneth Vivian Thimann habían llamado la atención sobre el hecho de que “… en movimientos tropísticos [que son los que se dan en respuesta a un estímulo; ejemplo botánico por antonomasia: el fototropismo o giro de los girasoles hacia la luz] las plantas parecen mostrar un tipo de inteligencia; su movimiento es de ventaja subsecuente para ellas”.1 Y un siglo antes que Went y Thimann, Charles Darwin concluía en el capítulo XII de su obra El poder de movimiento en las plantas,2 que la radícula (primera parte que germina de la semilla y que se convierte en la raíz primaria): “…ha adquirido tan diversos tipos de sensibilidad que es apenas exagerado decir que la punta de la radícula así dotada, y teniendo el poder de dirigir los movimientos de las partes contiguas, actúa como el cerebro de uno de los animales inferiores; localizándose el cerebro dentro del extremo anterior del cuerpo, recibiendo impresiones de los órganos de los sentidos, y dirigiendo los diversos movimientos” [las cursivas son mías].

Para entender qué es la inteligencia vegetal los neurobotánicos suscriben por completo las palabras de Darwin y abogan por sustituir el antropomorfismo por un fitomorfismo que nos permita preguntarnos de qué manera las plantas detectan (“sienten”) los estímulos del medio ambiente, cómo pueden aprender de éstos y cuáles son las formas en que comunican esta información a otras plantas y animales. Un manual que nos permita explorar por esta selva oscura muy posiblemente nos advertiría en su primera página que es recomendable que, para que, abusando de la metáfora, veamos tanto el bosque como los árboles en él, dejemos de asumir que un ser viviente —ya sea un animal, un organismo unicelular o una planta— puede exhibir comportamiento inteligente si y sólo si cuenta con un cerebro y un sistema nervioso; sabemos, por ejemplo, que un protista constituido por una célula como Physarum polycephalum puede hallar la ruta más corta, de entre cuatro posibles, a la comida en un laberinto.3 En su segunda página el mismo manual llamaría nuestra atención sobre el hecho de que la escala de tiempo en la que las plantas interactúan con su medio ambiente es muy diferente a la nuestra, por lo que no esperemos ser capaces de ver demostraciones del comportamiento inteligente de la enredadera o del árbol de nuestro jardín como si de nuestro perro o gato se tratase.

La espesura de la inteligencia: Humana, animal, vegetal

Para fertilizar el terreno de la neurobotánica, el investigador Tony Trewavas, partiendo de la recopilación más grande y mejor referenciada (alrededor de 70 definiciones en 2007) de los expertos en inteligencia artificial Shane Legg y Marcus Hutter,4 aplica al reino vegetal las tres características que describen a la inteligencia: a) es una propiedad que tiene un individuo que interactúa con su ambiente (en otras palabras: el comportamiento del individuo); b) está relacionada con la habilidad del individuo de beneficiarse o tener éxito con relación a alguna meta u objetivo; c) depende de la capacidad de adaptación del individuo a diferentes objetivos o ambientes. Así, según Trewavas,5 las plantas: a) interactúan y responden a una gran multitud de señales ambientales; b) tienen como meta sobrevivir y, de acuerdo con la teoría darwinista, aquellas mejor adaptadas tendrán más descendencia; y c) su aptitud depende de su habilidad para adaptarse a su ambiente durante su ciclo de vida, lo que implica mejorar sus respuestas (su comportamiento) a través de la experiencia (esto requiere memoria e implica aprendizaje), lo que significa que los individuos leñosos o fibrosos más inteligentes esparcirán con mayor éxito sus semillas sobre la Tierra.

Una de las primeras críticas entre los escépticos radica en asumir que las plantas no cumplen ni siquiera con la definición etimológica de inteligencia (del latín inter, “entre”, y legere, “escoger”), pues las plantas no escogen entre diferentes opciones sino que son más bien, de acuerdo con los detractores de la neurobotánica, autómatas programadas, como sus homólogas virtuales en el videojuego Plants vs. Zombies, para responder A ante un estímulo B, sin ninguna capacidad de aprendizaje. Sin embargo, la evidencia a favor de los individuos verdes no deja lugar a dudas, aunque sí fuertes críticas por lo que más de un científico considera como terminología vaga que puede conducir a interpretaciones equívocas entre el lego, como que las plantas en verdad tienen un cerebro constituido por células de sus raíces, lo que jamás afirmó Darwin, ni ningún neurobotánico. Además, ¿no era exactamente eso —que no eran más que autómatas— lo que hasta hace no tanto tiempo se creía de los animales?

Estudios recientes muestran que, además de lo que ya había observado Darwin en otras plantas, la punta de la raíz de Arabidopsis detecta, como si un instrumento de medición multiusos se tratase, señales relacionadas con gravedad, tacto, fosfatos, nitratos, amonio, humedad, sales de calcio y luz. Como cada punta experimenta varias de estas señales a la vez, es necesario que de alguna manera se dé una evaluación del orden que serán respondidas. Trewavas especula que, posiblemente, un núcleo central de células radicales con una alta conectividad entre ellas y rodeadas de células con menor conectividad sea posiblemente la estructura necesaria para controlar este comportamiento inteligente. La información entre células se transmitiría a través de los llamados canales de calcio, que son regulados por diferencias de potencial eléctrico, a una velocidad de entre uno y ocho milímetros por segundo6 (cien veces menor que la mínima, de alrededor de medio metro por segundo, en las fibras nerviosas más finas de nuestra especie). Otra hipótesis de Trewavas es que la inteligencia vegetal sea más parecida a la inteligencia de enjambre de insectos sociales como las hormigas, cuyo comportamiento es autoorganizado (lo que significa que es resultado de las interacciones entre los componentes de, en los casos que nos interesan, la planta o el hormiguero) y no requiere de un controlador central ni de que un individuo —la planta en sí— sea consciente del comportamiento resultante.

Memoria y aprendizaje verdes

Con relación a la memoria, el aprendizaje y a las habilidades de comunicación en las plantas, hay evidencias profusas de la capacidad de éstas para recordar, medir el tiempo, aprender por asociación y comunicarse con otras especies vegetales y animales mediantes señales químicas.7

Que las plantas pueden recordar lo demuestran, por ejemplo, los movimientos de los girasoles (Heliantus annuus) en respuesta a la luz. Cuando amanece, estas flores se orientan hacia el este y siguen al sol en su trayectoria hacia el poniente durante el día hasta que, por la noche, vuelven a orientarse hacia el este, lo que significa que anticipan que la luz saldrá de nuevo por esa dirección. Más impresionante es el comportamiento de las plantas del género Kalanchoe: si son transferidas a un lugar con continua oscuridad, estas flores continúan sus movimientos diurnos durante varios ciclos y sin ninguna señal luminosa, lo que significa que recuerdan el ciclo de luz solar.

Sobre la habilidad de las plantas para medir el tiempo, un buen ejemplo son las semillas de Begonia, que sólo germinan si experimentan días largos, de 12 horas o más en un ciclo de 24 horas. Si los días se acortan a ocho horas o menos, permanecen en estado latente, lo que significa que las begonias tienen la capacidad de distinguir esta diferencia de cuatro horas de duración. Pero las plantas no sólo son capaces de medir el tiempo en una escala de horas o días, sino hasta de décadas, como el maguey del desierto (Agave deserti), que florece y muere luego de cumplir alrededor de 50 años.8

Más allá de Bárbol: Cómo se comunican las plantas

Igual de impresionante es la comunicación mediante la emisión de compuestos volátiles, a pesar de que desde primaria nuestros maestros nos enseñaron que la atracción de insectos y aves por las flores facilita la polinización; esta atracción no es sólo visual, sino a través de los aromas florales con los que champús, cremas y hasta suavizantes para ropa nos han habituado. Algunos de estos aromas imitan el olor de feromonas sexuales (algunos investigadores consideran que en ocasiones los insectos atraídos por las flores que liberan estos estimulantes sexuales no son engañados por ellas, sino que simplemente aprovechan para pasar un rato placentero mientras frotan sus partes con las de la flor, pero esto es altamente especulativo) o, menos atractivo para nosotros pero no para sus destinatarios, el olor del excremento o de cadáveres. Menos conocido es que cuando un insecto herbívoro, al masticar, rompe los tejidos de una planta, ésta libera etileno y otros compuestos volátiles que inhiben el ataque de los insectos y que además pueden informar que está siendo atacada a otras plantas que se encuentran en dirección del viento. Más aún: estos mismos compuestos pueden comunicar a depredadores que se alimentan de los insectos herbívoros atacantes que es hora de comer, liberando así a la planta de sus agresores. Y, en el caso de Arabidopsis, cuando sus raíces son atacadas por la bacteria Pseudomonas syringii, éstas empiezan a producir ácido málico, con lo que aumenta la concentración de malato (forma ionizada de este ácido) en el suelo; esto a su vez favorece la aparición de la bacteria Bacillus subtilis, que protege a las raíces de Arabidopsis contra la otra bacteria.9

Por último, en diciembre de 2016 un experimento demostró que las plantas pueden aprender por asociación: a semejanza de los perros de Pavlov, plantas de chícharo de la especie Pisum sativum fueron entrenadas para predecir un estímulo no condicionado —la presencia de luz— en respuesta a un estímulo condicionado —la corriente de aire generada por un ventilador—. El fototropismo aprendido de los chícharos prevaleció sobre su comportamiento innato, creciendo en dirección del flujo de aire del ventilador (estímulo positivo) o en contra de éste (estímulo negativo), cuando este estímulo se asociaba a la presencia o a la ausencia de luz artificial.10

Mónica Gagliano, científica a la cabeza del experimento del chicharito, considera que entre las ramas más prometedoras de la neurobotánica está la bioacústica vegetal: la habilidad de las plantas de emitir y responder a ondas de sonido o vibraciones en su ambiente,11 lo que nos recuerda pasajes de El Señor de los Anillos como el siguiente: “Me pareció entonces que todos los árboles murmuraban entre sí, contándose noticias y conspirando en un lenguaje ininteligible; y las ramas se balanceaban y rozaban sin ningún viento” (La Comunidad del Anillo). Hay estudios que muestran que, dado que diferentes especies producen distintos sonidos, por ecolocación (como si de murciélagos o delfines se tratase) podrían caracterizar qué plantas están creciendo cerca de ellas y, en el caso de enredaderas, orientarse y localizar aquellos árboles por los que pueden trepar.12

“Los científicos”, señala Gagliano, pueden en verdad desafiar la tradicional reluctancia a nuevas ideas y en lugar de ello dar la bienvenida a nuevos bebés cuyos rostros completos sólo pueden ser revelados con el tiempo”. Tratándose de la neurobotánica, el sendero a estas revelaciones es, no pocas veces, bastante espinoso.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Went, F.W. y K.V. Thimann, Phytohormones, The Macmillan Company, New York, 1937, 310 pp.

2 Darwin, C., The Power of Movement in Plants, 1880. Es posible consultarlo en internet gracias al Proyecto Gutenberg.

3 Nakagaki, T., H. Yamada y A. Toth, “Maze solving by an ameboid organism”, Nature, 407, 2000.

4 Legg, S. y M. Hutter, “A collection of definitions of intelligence”, Frontiers in Artificial Intelligence and Applications, 157, 2007, pp. 17-24.

5 Trewavas, T., 2016, “Plant Intelligence: An Overview”, BioScience, 66(7), pp. 542-551.

6 Choi, W.G., R. Hilleary, S.J. Swanson, S.U. Kim y S. Gilroy, “Rapid Long-Distance Electrical and Calcium Signalling in Plants”, Annual Review of Plant Biology, 67, 2016, pp. 287-307.

7 Leopold, C., “Smart Plants: Memory and Communication without Brains”, Plant Signaling & Behavior, 9(10), e972268.

8 Tisue, D.T. y P.S. Nobel, “Carbon relations of flowering in a semelparous and clonal desert perennial”, Ecology, 71, 1990, pp. 273-281.

9 Rudrappa, T., K.J. Czymmek, P.W. Paré y H.P. Bais, “Root secreted malic acid recruits beneficial soil bacteria”, Plant Physiology, 148, 2008, pp. 1547-1556.

10 Gagliano, M., VV. Vyazovskiy, A.A. Borbély, M. Grimonprez y M. Depczynski, “Learning by Association in Plants”, Scientific Reports, 6, 2016, 38427.

11 Gagliano, M., “The Flowering of Plant Bioacoustics: How and Why”, Behavioral Ecology, 24(4), 2013, pp. 800-801.

12 Tales estudios son enlistados por Gagliano en: Gagliano, M., “In a Green Frame of Mind: Perspectives on the Behavioural Ecology and Cognitive Nature of Plants”, AoB Plants, 2015, 7, plu075.