Nexos
Fecha: 01/12/1985
LA CIUDAD INTERMINABLE
Silvia Tomasa Rivera

Nexos invitó a una veintena de escritores para que publicaran, y en muchos casos escribieran especialmente, textos relacionados con la actual ciudad de México, considerando o no el temblor del pasado 19 de septiembre. Pese a la premura prácticamente todos aceptaron, y así fue posible la reunión de un abigarrado conjunto de invocaciones y evocaciones que van de la poesía al relato, son o parecen aforismos, cartas, páginas de diario, caracteres artículos, crónicas, fragmentos habidos por los rincones íntimos y de la ciudad. Un museo aleatorio que da expresión a las cosas del habitante urbano y deja constancia en voces multiplicadas que recuerdan, como ya descifró Walter Benjamin, que el encanto del habitante urbano es un amor no tanto a primera como a última vista.

TAMBIEN NOSOTROS

Peter Till

Cuando la muerte se encaja en el corazón

de la tarde, ya no hay cine que valga.

Solo hay perros que a destiempo nos enseñan los dientes, mordisquean, untan la baba en la piel de la vida

y una ola de rabia alumbra el pensamiento.

Aquí estamos:

También nosotros podemos ir a la oficina,

caminar, hacer el amor,

andar la madrugada en el destierro,

besar el pavimento como a la tierra misma.

Un edificio apenas se vislumbra

y resulta que tenemos recados, alguien piensa en nosotros, eso es parte del juego de la vida.

¿Caeré en tu juego, culebra que estrangula el instinto?

Vaso de agua que no calma la sed del colibrí.

¿Hasta cuándo serpiente de cascabel vas a pasar

de largo, desvalagando tu veneno?

Enróscate siquiera como una corona de estiércol

para ver si te alumbra algún momento

la luz de las estrellas.

UNA BABA Ml ALMA

· Ricardo Castillo

Peter Grundy

Rompe la comba del abismo, marasmo sobre los ojos,

concha sin ostión, corolas entre chimeneas,

los diamantes que olvidó el ladrón, asientos públicos, botanas sin lana, cadáveres elocuentes, chapuza, mugre bajo la mesa,

tortillas pisadas, guácaras amargas, gastritis del diablo la mañana,

los perros mis hermanos, tienen la sangre de mi desvelo

y en sus pupilas vibra algo mío, una baba mi alma.

Una baba mi alma sin ton ni son toda la noche

una miel cierro los ojos y la cocina está iluminada

sombras aullidos mudeces los vasos de agua tirada

las monedas en la calle el drama del hígado

tolvaneras que tose el destino

lo rugoso y la vida, lo riguroso y la pira,

los huesos haciendo la cama, la montaña de sal,

el corazón hincado, flagrante.

Así somos nosotros los microbios, cromosomas incautos, fundamento de pelos y mocos, saleros y azucareras,

mezclas cuenta gotas cucharadas. Artero y harto.

Circunflejo el nexo, el engrane de la arteria.

Saciado y pleno. El susto arguyendo tenebra,

bocado en el ocaso, la trompeta colosal, la comba sobre los callos,

son ángeles o son marcianos o todos quedados locos

y nos parece que hemos guardado silencio por primera vez

que por primera vez volvemos a toser

la tráquea no tiene hora el marasmo se avecina enormísimo lento oscurísimo verde cae no termina

qué no terminará de caer ya su tensión destroza redes de aire gases

aluviones un menudo en la mañana una salsa enchilosa

hay un lago de fuego en los ojos, el susto crepita, nuez necia

una cerveza mañanera un panqué con pasas

un olor que nunca podrás olvidar no quieres llegar a la bas ya vas en ella, célula que prodiga capullos, pulsos,

los impulsos del agua, las grandes pendientes, huele agrio, algo se pudre, musgo en la madera, piojos en el mar,

el pan cobrando vida, exhalando las cavernas fogosas del mar aliento al interior de la ola, crudo marasmo, Nuestro.

RIMADO MATUTINO

· José Joaquín Blanco

Henri Galeron

Tengo pasta de dientes: luego existo.

   El sueño como un estercolero.

Uno se reviste de Humanidad por la mañana.

   El trabajo para el súper y el casero.

Cepillados, los zapatos lucen bien.

   Los zapatos son el porte entero.

Y al comprarlos, memento homo: "volverás

   Por nuevos pares en julio y en enero".

Acaso exista Dios, en su retiro

   De expresidente priísta y matraquero,

En un hoyo oscuro del universo, cuidándose

   De que no lo pesque de pronto un reportero:

"¿Qué hizo usted, Creador, de sus criaturas?

   ¿Le parece justo tenerlas sin dinero?".

El Buen Dios, como un playboy de libre empresa,

   Sabe tres respuestas para salir del atolladero.

Para entonces ya desayuné, y leí

   En el zodiaco lo que los astros dispusieron

Que fuera este día gris, agenda llena

   Y la melancolía de prisa en el pesero.

La eléctrica ciudad canta amores en la radio

   Para desamados ciudadanos verdaderos:

"íCiudadanos!", clamó la propaganda electoral

   Y el pequeño corazón, airado y patriotero.

Grandes esperanzas en un aparador,

   Cifras alquímicas que se pueblan de ceros:

Se habla de inflación, de crisis,

   De divisas, de Patria y de mercado petrolero,

De la deuda exterior y la reciedumbre azteca

   Y algún desastre en forma de patrullero.

Se rimó así la primera hora del día.

   Todo rima igual, como caras de pasajeros.

Una señora con dos niños limpísimos

   Espera el camión bajo un letrero

De calzoncillos eróticos, tan naturales

   Como para héroes de cómics y de Homero.

El Humo de la mañana hiere los ojos

   Con espejismos de autos y barrenderos.

La naturaleza está bien: quedó lejísimos.

   El Cosmos se crea en los merenderos

Entre gente de corbata o tacones altos:

   "Superarse o morir". Te apuras o te jodieron.

NOTICIAS PARA Ml HERMANO

· Christopher Domínguez

INMORALIDAD

Viviendo tú en el extranjero y estando la familia a salvo, es tu figura la que concentra el desasosiego. Hay que informarte. Recibimos tu telegrama: no sabes nada de nosotros. Te dicen que la ciudad ha desaparecido. Epidemias. Comienzo a escribirte una carta. A la mitad de ella me descubró mintiéndote. Mintiendo, exagerando situaciones, inventando cosas y magnificando sensaciones. ¿Qué es lo que sucede? Es como si adentro de nosotros hubiera un corresponsal extranjero ignorante e irresponsable, ávido hasta la inmoralidad de ganar la primera plana en el periódico de los sentimientos.

Peter Schössow

LA RADIO

Como todos los que vivimos lejos de la zona de desastre sólo medí su magnitud cuando encendí la radio. Tú y yo nunca tuvimos una relación íntima con la radio. A nuestro padre le tocó despertar todas las mañanas escuchando la Legión de los Madrugadores. Durante la segunda guerra mundial, aún en México, la radio era determinante para la organización de los civiles ante presuntos bombardeos. Yo nunca había sido un civil que obedece indicaciones radiofónicas. Recuerdo que el 2 de octubre de 1978 el gobierno temió disturbios y paralizó durante dos horas las emisiones. Pusieron un viejo disco con el Huapango de Moncayo y sentí que la siniestra Hora Nacional se había apoderado para siempre del cuadrante. Esa, la manifestación que recordó el décimo aniversario de los crímenes de Tlatelolco, fue mi primera experiencia civil. Esta, la del 19 de septiembre, ha sido la segunda en importancia. En ambas aparece la radio como un fantasma, una función latente que se manifiesta, que nos remite a una experiencia que no es cabalmente nuestra y que se vuelve botín y orgullo en el desastre: la condición civil. Yo había sido ciudadano (votando); militante (pintando bardas) y antes del 19 de septiembre me preparaba para ser un indiferente. Pero nunca había sido un civil.

CURIOSIDAD

El civil es un objeto. Su existencia como sujeto se basa en la desobediencia, desobediencia de las instrucciones de la radio. La radio nos ha pedido que no salgamos de las casas. Espero un día y al siguiente desobedezco. Además, Eduardo y su familia necesitan ayuda en la Colonia Roma.

"Los curiosos no son bienvenidos", dice la radio. Durante tres días en las ruinas vi mucha gente. La más amplia variedad de individuos con el más vasto registro de actitudes. Pero nunca vi a un curioso. Ellos sí obedecieron a la radio.

TEORÍA DE LOS SENTIMIENTOS

Yo nunca lloro. Quiero decir que nunca me fluyen lágrimas saladas y espesas. Supongo que esto es resultado de una vieja represión: cuando niño, al llorar copiosamente, me encerraba en el baño y ridiculizaba mi rostro descompuesto ante el espejo.

Ahora lloré.

No lo hice entre las ruinas ni ante el primer cadáver ni ante la desolación de los damnificados. Lloré dos semanas después. Cenaba yo solo en una taquería. La radio estaba encendida y el noticiero anunció que el embajador de Australia había donado un millón de dólares para la reconstrucción.

Empecé a llorar. Todos tenemos una cerradura. Algo que no conocemos tiene la llave.

ECOLOGÍA PROFUNDA

Cuando vuelvas a México no encontrarás mayor recuerdo del sismo que extraños jardines sembrados en sitios absurdos. Son una presencia lúgubre. ¿Por qué nos irritan los jardines instantáneos? Porque son un remedo y un artificio. Porque son una prueba de la parálisis que aqueja a los Señores. Porque revelan secretas intenciones de especulación inmobiliaria. Porque quieren imponernos un olvido que no deseamos. Porque son un espejismo vegetal en un desierto urbano sin niños y sin ancianos. ¿Pero por qué son mejores las descarnadas ruinas?

PRESIDENCIALISMO

Cualquiera de nosotros añora el abrazo del Gran Señor. Ni el más frío de los iconoclastas ni el más fanático de los radicales desearía ver al Gran Señor rechazando la mano de una costurera o negándose a escuchar a una madre sin hijos. Como si su obligación incumplida fuera amarnos y protegernos: nuestra emoción irracional, por encima de toda posición política, es la añoranza del calor del Poder, una severa comunión que nos librará del destino civil solitario e inerme que nos espera.

SOCIOLÓGICA

En el desastre son los seres híbridos entre la sociedad y el Estado los que producen las emociones más enconadas. Pienso particularmente en los policías. Son el hermano y son el enemigo. Han resultado estar más cerca de nosotros que el soldado y la Cruz Roja, pues con ellos nuestra relación es vieja, cotidiana y apasionada. La prepotencia de un ministro enfurece, la aparición de un ladrón sobre los escombros indigna, pero tan sólo la burla de un policía puede hacernos enloquecer de rabia. Pero cuando un simple policía hace el bien, el odio más profundo se transforma en el fin de la inseguridad, en una inocente sensación de reconciliación profunda.

Pierre Le-Tan

LA HISTORIA

Hemos aprendido -en un país como México- que la historia (la Historia como Drama) es algo que se registra en otro cuerpo que no es el nuestro, en una suerte de cadáver artificialmente conservado que se puede diseccionar con la misma irresponsabilidad con la que se abre o se cierra un libro. Ahora la Historia ha sido escrita sobre nuestro cuerpo, ahora es historia.

FIESTA NEGRA

Es imposible negar que hay una alegría del desastre. Para quienes no han sufrido directamente una pérdida humana, el caos y el dolor se convierten en una explosión de inteligencia y energía, en una hipermotricidad que restituye la sorpresa entre nuestras facultades. El poder de movilizarse, la conquista de la calle por una ciudadanía ayuna de poderes, aparece como una fiesta ciertamente negra pero invaluablemente justa. Es la consagración de un poder fugaz y en el poder también hay alegría.

DOS NIÑOS

Del 68 sólo recuerdo a un joven médico haciendo la V de la victoria desde la ventanilla de un automóvil. Fue en alguna de las grandes manifestaciones. Tú no lo recuerdas, pero ese día la sirvienta nos llevó al Paseo de la Reforma para que viéramos "el desfile". Desde entonces hemos vivido fijados a esa imagen, donde el joven médico aparece como la primera fotografía de una historia de México que corre paralela a nuestros primeros veinte años. Como toda educación la nuestra es falsa y verdadera y está ligada estrechamente a los mitos. Pero creo que el imperio de esa imagen ha concluído. Dicen que los inquilinos de Tlatelolco colocaron los juguetes de sus hijos junto a las veladoras en la ofrenda del Día de Muertos. Pero yo no lo ví. Lo vio un niño de seis años.

LUMBRE

El Gran Señor no tiene derecho a sentirse orgulloso del ejemplar comportamiento de su pueblo. Menos aún su rebaño debe lamerse las heridas con la saliva de ese falso orgullo. Una ciudad del medioeste norteamericano, una comuna china, un suburbio soviético o una aldea del Perú hubieran visto a sus pobladores reaccionando con semejante heroísmo ante un siniestro de esa magnitud. No es cualquier cosa: es la lucha contra la muerte. Es ruin utilizarla como carbón para la hoguera patriótica.

DECEPCIÓN

Cuando niños fuimos a Pátzcuaro y a Mixquic a mirar a los indios y a sus ofrendas. Era la fiesta de la Muerte pero era la fiesta de los indios. Ahora nosotros tuvimos la necesidad de una comunión y recurrimos a esa tradición abolida. La decepción fue amarga. No se puede inocular tradiciones a quienes no las tienen ni brindar consuelo religioso a una intelectualidad agnóstica. La auténtica comunión -y ese fue nuestro desengaño- estuvo en los días del polvo y del acopio de víveres, no en un evento que bien intencionado, no resulto más que otro "acto político-cultural" con una escenografía quizá conmovedora pero escandalosamente artificial.

PRESAGIO

Una ceremonia religiosa como la del Día de Muertos es desplazada de su territorio sacramental y festivo en los cementerios, para celebrarse en el Zócalo, frente al silencio de los edificios del Poder. El presagio es inefable y no puede describirse.

EL ESCÉPTICO

La vida de la solidaridad y la fraternidad se va debilitando con los días. Aparece la rapiña de los miserables y la prepotencia de los licenciados. Aparece la política, bienvenida en este país, pero esencialmente distinta a los impulsos de la sobrevivencia. Entonces encuentro al escéptico. El escéptico se ríe de mí, de mi entusiasmo y de mi decepción, de mi rabia y de mi desesperanza. El escéptico me humilla: "Lo supe desde un principio. La solidaridad, como los cadáveres, se pudre en tres días". La frase es muy cruel. Más cruel aún porque en ese momento la creo. Finalmente la rechazo. No no, El no es un escéptico. Un verdadero escéptico lo es porque amaneció con la esperanza y la fue perdiendo con rabia durante el día, hasta que llega la noche y durante el insomnio sabe que ya todo es nuevamente crimen.

NUESTROS PADRES

Los "superniños" sobrevivientes del Hospital General. Ocho o diez días durmiendo un segundo sueño fetal, incubados por el cemento y por el calor del gas disperso, protegidos de la Muerte por la propia Muerte. Esos niños son los otros pues los crímenes de nuestra Razón los obligaron a invertir el ciclo de la vida. Vienen de la muerte hacia nosotros. No son hijos de nadie. Son ya nuestros padres.

MI MEJOR AMIGO

"Ya no, ya no", me dice el desconocido que me ha dado su mano durante el segundo temblor. Hemos sido sorprendidos en la calle, uno junto al otro. Nos hemos conocido y nos hemos separado en un instante de inasible profundidad, que vale tanto o más que una larga relación en el tiempo, pues cuando un hombre dice "ya no, ya no" está viviendo el espacio, situándose siempre muy cerca de la nada.

DISCULPA

Nunca había visto un cadáver. Nunca un atropellado, nunca un ahogado, jamás un cuerpo en el anfiteatro de la preparatoria. Ahora vi algunos. He borrado las líneas donde te contaba las escenas. Lo he hecho por pudor, ese sentimiento a la vez tan simple y tan inenarrable.

Te puedo hablar de una escena de pudor. Vi a un señor detenerse ante un cadáver recién desenterrado, colocado sobre la acera. El señor se quitó el saco, lo colocó sobre el cuerpo y salió caminando apresuradamente.

UN SOUVENIR

En los escombros del edificio encuentro un reloj con la carátula rota. Su mecanismo se detuvo exactamente a las 7:19 de la mañana. Con voracidad y con vergüenza lo oculto en mis bolsillos. Es un objeto arrancado directamente del corazón de la catástrofe y como tal me produce una codicia insana. Llegué a casa y lo abandoné en un librero. Al día siguiente lo miro y descubro que se ha negado a vivir su condición arqueológica, retomando su tic-tac. Hasta la fecha sigue siendo útil: da la hora exacta.

LA CIUDAD, 1910

Querido Hermano: he recibido tu última carta. Nos preguntas si seguiremos viviendo en esta ciudad de mierda. Quieres que te sigamos. Te respondo con estas líneas (te juro que las encontré al azar)): "No hallarás nuevas tierras, no hallarás nuevos mares./ La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas/ calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;/ y entre las mismas paredes irás encaneciendo./ Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra tierra -no lo esperes-/ no tienes barco, no hay camino./ Como arruinaste aquí tu vida,/ en este pequeño rincón, así/ en toda tierra la echaste a perder.(C.P. Cavafis, "La ciudad", 1910).

DOLORES

· Jaime Avilés

No pegaba el sol, pero había un cielo pálido y transparente, y una luz picajosa que se repetía en el toldo y los cristales de los automóviles alineados a todo lo largo de la banqueta, y en la cara de los que venían subiendo con las cubetas vacías, ya de regreso. A cada tramo, había en el aire penachos de hierba colgados del muro, que se enredaban en los ojos. Los que remontaban la cuesta iban más despacio y con mayor entusiasmo. En cambio los que apenas acababan de llegar, bajaban con visible pereza, con fastidio, atrapados en el calor, la comezón del polvo, la estrechez de la acera, el tumulto. Ellas, no obstante, avanzaban a buena velocidad. Iban cargadas de flores, trastabillando, metiendo el hombro y la disculpa entre los rezagados, contentas. Y lo estaban dejando atrás. Algunos pasaban con una mica enorme debajo del brazo, y todas eran del mismo tamaño y del mismo color, de un azul oscuro indeseable, y todas, al parecer, contenían el mismo documento: una hoja blanca, extendida, cubierta de alardes caligráficos. Por qué serán tan grandes los papeles del gobierno, pensó, para darles más solemnidad, o para que la gente no los pierda.

Cerca de la reja lateral, había una ciudadela de vendedores aposentados en sus tiendas de campaña de jirones de plástico. Tuvo que saltar los mecates y las piedras, cruzándose en medio de las negociaciones y los manojos de mercancía, hasta que se encontró de nuevo en el camino. Pero la barda era infinita. Había intentado aprovechar el obstáculo para alcanzarlas y ahora veía que iban cada vez más de prisa. Por mí que se vayan, pensó. Jamás igualaría ese trote. Qué distinto era el olor de los que habían terminado ya la visita, más profundo, más intenso. Probó a seguir a ciegas, para apreciar mejor la diferencia, y se arrepintió de inmediato. Allá iban. A medida que se acercaban a la esquina, la marcha se hacía más fácil, menos tortuosa y exasperante, y las cabezas de las mujeres más pequeñas, más lejanas. Muy pronto desaparecerían. Y en efecto, cuando esto sucedió, una tufarada de fritangas y melones y pepinos empezó a girar en el viento, proclamando el final del callejón, del túnel. A sus pies, la ciudad flotaba en el fondo del cielo.

Era mediodía. Por mí que se vayan, pensó. Habían escapado a su vigilancia. Frente a las altas verjas de hierro del portón principal, un hombre regordete sostenía con amor de madre a su compañero de juerga, un inmenso bruto. Lo había tomado por la barbilla, un poco para apuntalarlo, un poco para mantenerlo quieto, mientras lo peinaba sin éxito con un cepillito negro. No esperó a que se fueran. Se formó en la cola de los que se disponían a entrar, y se tronaban los dedos, a veces, mirando a sus familiares en plena discusión con un taxista, o descargando del vehículo espumantes ramos de flores de color de mango. Entre alguno de aquellos grupos fue transladado al interior, a la explanada que conducía a la avenida central. En las oficinas de la administración también había colas de hombres, mujeres y niños, sólo que ahí casi todos los adultos llevaban las misteriosas micas que habían visto en la calle.

La explanada le recordó el patio de la cárcel. Hombres y muchachos desarrapados, asediando a los visitantes con la oferta de sus servicios. Canasteros, les llamaban, los que traían mensajes, los que sabían dónde andaban los presos. Igual era aquí. A la sombra de unos árboles, un individuo encanecido, con gorra y uniforme de policía, movía los labios desacompasada y parsimoniosamente, delante de una docena de jóvenes disfrazados como él, que lo escuchaban con resignada distracción. Le divertía observar los gestos de la boca de ciertas personas, los predicadores, los fanfarrones, los merolicos, los policías, sobre todo los policías. Y sentirse a salvo y en ventaja de ellos, que debían soportarse a sí mismos. Entonces las vio otra vez. Estaban sentadas en el extremo opuesto de la glorieta, al cabo de una calle de ángeles, bronces, torres, molduras, arbustos, ojivas, mármoles y letras de oro en las piedras.

Hombres y lustres a un tiempo, se dijo, todos pulimos la patria, ellos son el brillo. Aquella, por ejemplo, era la de Agustín Lara y pensó que se los explicaría. Intempestivamente, en ese instante se pusieron de pie. Abrazaron las flores y se dieron la media vuelta, sin reparar en él, y menos mal, pensó, porque en realidad no era sino la de Amado Nervo. Las mujeres se dirigieron hacia la antigua chimenea de ladrillos rojos, un caramelo gigantesco, una lámpara de peluquería descarapelada por la ruina. Hasta ahí las siguió, siempre detrás de ellas, y volvió a perderlas de vista más allá del bosquecillo del cementerio italiano, pero logró recuperar su rastro en una de las avenidas que corrían hacia abajo, a la derecha.

Estaban llenando un balde en una pileta, y una anciana robusta y diligente conversaba con ellas. Era una mujer redonda, rebosante de carne en su apretado terno azul marino, y tenía una infinidad de distintivos prendidos al pecho. Las oía con una mezcla de alarma y conmiseración, pero hablaba con muecas de pena. De pronto, sacó de su bolso dos adornos similares a los suyos y se los regaló a las muchachas. Debía ser muy vieja, manejaba las manos con torpeza, y cuando vino hacia él, con su pesado tranco de obispo, llamándolo con señas pías, comprendió que era la mujer más vieja que había contemplado en su vida. Y no le quedaba otro remedio más que sonreírle. La cara, las cejas derruidas de la anciana comenzaron a agitarse en una alocución amable y a la vez frenética, pero el hombre la interrumpió.

-Soy sordo -dijo.

La pobre mujer lo miró con espanto. Lo miró a los ojos, a la frente, a la boca, desconcertada, tramando algo. Entonces, del bolso tomó una libreta, escribió una línea y se la mostró.

-No sé leer -mintió-. Perdóneme, señora.

Todavía la anciana hizo el intento de obsequiarle una de sus medallas porque eso eran los objetos que temblaban en su pecho, pero él se limitó a sonreír y la apartó con un saludo. 

Se habían ido. Había una calle pavimentada y un camino de lodo que se deslizaba por la falda de un cerro, que nacía en los pliegues de la barranca. Ganó por ahí. Más abajo, había tumbas amontonadas entre los matorrales, muchas, una aglomeración de cruces de palo casi ocultas por la maleza, y el suelo por donde transitaba era fangoso en ocasiones y en ocasiones duro y se desgranulaba. Era evidente que se habían ido por la otra vereda, casi no había paseantes en aquel rincón. Allá una viuda solitaria, un puntito negro en el pastizal, allá unos sepultureros descansando, los sombreros de paja, las camisas a cuadros. Y nada más.

Estaba exhausto. Si pudiera se echaría en la hierba, a espiar los árboles, la actividad en las ramas. En cambio, simplemente, se sentó sobre las raíces de un chopo. Y vino a caer en la cuenta que ahí, muy cerca de él, había una alfombra de pétalos de zempasúchil, engastada con ramilletes de nubes y puñados de claveles, una amplia estera fúnebre que no mostraba sin embargo inscripción alguna. Un poco más arriba había un tapiz semejante, lo diverso era la decoración, y uno más en la margen contraria del camino, y junto a ése otros dos, y otro. Eran fosas comunes. No había indicaciones, fechas, lugares de procedencia. Unicamente grecas de flores, listones de flores, cadenas de flores. Cada ofrenda era una suposición, un cálculo, una apuesta, un sueño. Entonces pensó en las esperanzas de los que habían acudido a adornar la tierra, a iluminarla como una plana escolar, a rayonarla hasta que se imprimiera en la superficie el entrañable perfil de las monedas que se pudrían allá abajo. Por primera vez, pensó, la gente ha venido a festejar la casa del ánima sola, por primera vez. A preguntarle.

UNA TARJETA DE VISITA

· Antonio Saborit

Fue el mejor de los tiempos. Y fue el peor de los tiempos. Eran días de claridad y aturdimiento, de fe y escepticismo, era el periodo de la Luz y de las Tinieblas, la primavera de la vida y el invierno de la desesperación. Teníamos todas las perspectivas y ninguna, íbamos directo al cielo y al abismo. En pocas palabras, fue tan parecida la época del Bacardí nocturno, cuando los dos matrimonios salían a beber un rato a las puertas de las casas, mientras miraban la ciudad desde lejos, untándole a toda su enorme indiferencia eso que nadie podía embargarles: el placer de cuatro jóvenes memorias provincianas, a diferencia de las dúplex a las que llegamos, en lo alto de un cerro, sobre el cinturón de la metrópolis. Fue tan parecida, entonces, aquella época del Bacardí nocturno a la otra a la que me refiero: la del final de nuestra adolescencia -nosotros, los hijos de esos matrimonios-, al que caracterizó la invasión de casas de huéspedes para mujeres en nuestra calle; que para hacer buena la clave de Dickens sólo harían falta aquí dos cosas. Primero, poder usar con las huéspedes, ya no una comparación superlativa, sino siquiera poderlas comparar con mujeres anteriores. Y en segundo lugar, la avioneta de Café Algusto con su altavoz impertinente que, veinte años atrás, escupió puntualmente su publicidad todos los sábados a las siete de la mañana, hasta que un día nuestras madres descargaron contra el cielo que rodeaba a la avioneta tantas balas como cabían en la .45 que Alejandro -el único hermano de mi padre-, un junco quebrado por el cáncer, poco antes de morir llegó a la casa.

-Vengo a morirme- dijo el tío Alejandro a mi madre cuando bajó del DC-3. Pero como era periodista, puso una coma después del morirme que acababa de decir, presionó la tecla de las mayúsculas y dio sobre la B con la que empieza el nombre de su cuñada; después añadió las cuatro letras que faltaban y sonrió al poner el punto final a esta frase. Quizá supiera él que todo ya era inútil, que de nada valdría oponerse, echar todo a perder y ya no ser más el apuesto Alejandro que, con toda su ironía, siempre quiso mi madre.

Parece natural que entonces sus tres sobrinos no nos enteráramos bien de lo que le pasaba. Duró apenas cuatro meses enfermo; y al final vino a México para que le dijeran lo que él ya sabía. Tenía treinta y siete años cuando lo desahuciaron, la dúplex estaba nueva y Cecilia, mi hermana, empezaba a fruncir el ceño para ver mejor. El domingo fuimos a verlos al hotel. Su esposa venía con él, y por supuesto, en una ciudad completamente desconocida, ella sola no sabía qué hacer con ese hombre, su marido, de días contados. El estaba de buen humor, sentado en un sillón individual, y traía puesta una bata. Decía -nos decía a nosotros, sus sobrinos, que éramos unos niños- que la semana próxima iríamos con él a matar apaches a la casa. Era tan alto como mi padre, pero esa tarde mientras mecía a Cecilia en las piernas no se levantó del sillón. Una de sus hijas también se llamaba Cecilia. En cierto momento, la bata se abrió en el pecho, y la miopía no le impidió a mi hermana ver lo mismo que yo alcancé a ver, sentado como estaba en una silla.

-¿Qué te pasó, tío? -preguntó Cecilia, con la cara clavada en el pecho de Alejandro. Había en él dos filas, más o menos paralelas de marcas sobre el tórax; jeroglíficos que ninguno de los dos, y mucho menos Manolo, pudo descifrar.

Algo debió contestar, pero no hizo nada además de seguir el juego con Cecilia, como antes de su pregunta. Tampoco se tapó el pecho. Dejó la bata tal cual, lo mismo que dejó un paquete con balas para la .45 que le dio ese día su hermano.

Platicamos con él de todo lo que había cerca de la casa. El cuarto de Cecilia era un mirador. De ahí se veía el nacimiento de una colina, donde más atrás empezaban las minas de arena. Ninguna de las preguntas de Alejandro quedó sin respuesta. La ciudad, que entonces sólo era la certeza de un par de edificios, era para la ventana que ocupábamos Manolo y yo. Le contamos de las charcas que hacía la lluvia; de lo que teníamos a un paso en el llano que estaba atrás de la casa, o enfrente, sobre los terrenos que aún no construía el banco. Por lo común nadie pasaba por nuestra calle. Eramos tan pocos, y duramos así tanto tiempo, que aún siendo adolescentes un camión de mudanzas era motivo para especular sobre los encantos de las imposibles próximas vecinas que, sólo al final, empezaron a llegar a la calle con las casas de huéspedes, cuando ya nos íbamos de ahí. La ciudad nos alcanzó, y nuestra calle siguió siendo algo aparte, independiente al mismo tiempo que conectada a la ciudad. Pero esto sucedió mucho después. En realidad, al principio no podíamos ir a ningún lado. Por esto, en su momento, los del rumbo armamos un grupo más o menos numeroso. y también por esto cierta mañana el estruendo de la .45 nos sacó a todos de la cama para ver, sobré el cielo azul y despejado de todos los sábados, cómo se iba para siempre la avioneta de Café Algusto, que hasta ahí, volando bajo, no había dejado de rociar su publicidad durante meses.

Esa noche, los mayores celebraron la expulsión de la avioneta con algo de queso, cacahuates y -para darle al asunto un buen tono- tres latas de ostiones ahumados que salieron de la bolsa de algún invitado agradecido. Se bebieron los restos de varias botellas de Bacardí blanco, algunas cervezas y jugos naturales. Había también un recipiente con cebollitas de cambray curtidas en limón, otro más de aceitunas con centro de pimiento, y algunas papas. Puede decirse que lo último que provocó la avioneta fue la llegada de una patrulla, que interrumpió el pequeño festejo para preguntar a los presentes si ellos no habían escuchado en la mañana algo parecido a unos ocho balazos. Desde la ventana, Manolo y yo seguíamos la escena en la calle. No era nada serio, pero de cualquier modo las señoras se quedaron adentro. Cuando los patrulleros arrancaron su unidad, todavía no terminaba de fumar el cigarro que les obsequió alguno de los así interrogados. Y claro, no alcanzaron a escuchar las carcajadas.

Después no se volvió a decir nada.

Algún día llegó el último pago de la casa, pero el asunto salió del refrigerador hasta el fin de año para descorcharlo entre todos. Sobre la hipoteca maduraron al mismo tiempo varias cosas. Los fraccionamientos nuevos hicieron paulatina la desaparición de las minas de arena y de los cerros que hasta ahí nos habían pertenecido, por ejemplo. Y una madrugada, sin una sola luz en la calle, detuvo su marcha el corazón de Jorge, esposo de Vicky, en el otro matrimonio de la dúplex. Tenía al morir la edad de Alejandro. Un retrato al óleo pasó a ocupar su lugar, pero de hecho se convirtió en un recordatorio más o menos solemne que, por lo mismo, sus hijos no tomaron en cuenta con la seriedad que habría deseado el obsequiante. Ese fin de año se apagó despacio, y en la madrugada sólo quedamos los hijos de Jorge y yo en la sala de la casa. Los amigos habían pasado por ahí horas antes. Alguno estaba por casarse, mientras que otro salía en unos días a una escuela en Ensenada. Todo el mundo trabajaba y, se entiende, las prosperidades intocables celebraban aparte. Algunos iban mas adelantados que otros y, sentado junto a mi padre, observándonos como desde un mirador que pidiera prestado, el más resagado de nosotros se burló de todos. Pero al fin la casa se fue vaciando. Era una buena noche de invierno. Apenas un poco de aire enfriaba los troncos desnudos de los árboles. A ratos se oía el paso de algún coche y poco a poco, entre silencios cada vez más prolongados, el gusto de algunas horas atrás comenzó a acumularse en los ojos. Había que declarar la inutilidad de todo y empezar de nuevo, o salir también como los otros a la calle en busca de alguien que pudiera recibirnos a cambio de cualquier cosa que no fuera esto que acababa de pasar.

Las historias felices -si las hay- son siempre privadas. De modo que, armados de botella, salimos en busca de una puerta conocida.

Al día siguiente el taconeo de una muchacha por la calle fijó una fecha. Dos días después -que es un modo de decir el tiempo en que se tardó en llegar la palabra-, todos supimos, por lo bajo, que empezaban a llegar las huéspedes.

Insurgentes Big Sur

· Federico Campbell

Uno se vino acá, pues, al D.F., a estudiar leyes, a hacerse de mundo, a tomar el punto como plataforma que pudiera satisfacer su avidez por conocer Veracruz, Yucatán, el sureste tabasqueño y chiapaneco. En semana santa, navidad, mayo o agosto, uno agarraba el Ado o el Tresestrellas y se perdía por Michoacán o las playas de Oaxaca. Por eso se vino uno al D.F. en 1960. Para conocer México. Para ver qué era esa ciudad de la que tanto y con tanto amor hablaba Pepe Alvarado en Siempre!, cómo pintaba el pueblo grandote de Efraín Huerta en sus poemas, qué tan neoyorkina era la urbe de Ixca Cienfuegos y Gladys García, los personajes de Carlos Fuentes en La región más transparente.

Era la ciudad de México -la médula, el sistema nervioso central- que llegaba a través de las películas que se exhibían en el cine Zaragoza: Aventurera, Esquina bajan, Distinto amanecer, Los Fernández de Peralvillo, Los olvidados. La imaginaba uno asimismo entre las páginas de las revistas rotograbadas en tinta verde o sepia: publicaciones de Box y Lucha o ejemplares de secreta y dilatada lectura como los de Vea y Vodevil. Más de una imagen femenina, más de una inequívoca polarización sexual hubo de definirse, así fuera por la vía no siempre falsa ni insuficiente de la representación, y configurando en el cerebro medio -el corazón del durazno, diría un anatomista- de más de un adolescente tijuanense gracias a las mujeres desnudas que posaban en los sensacionales desplegados de Vea y Vodevil. Eran las mujeres de la capital. Y eran también las rumberas: María Antonieta Pons, Meche Barba, Ninón Sevilla. Pero los hombres aparecían de pronto, como el Santo y Blue Demon, enmascarados, o desenmascarados: Alejandro Cruz descubierto bajo la desgarrada capucha (el rostro sobre la máscara, diría Sciascia) de Black Shadow.

Y uno volvía la vista de un lado a otro, de Los Angeles al D.F. y viceversa, como en un juego de ping pong. No se decidía uno muy bien hacia cuál de los dos polos dejarse atraer; no quedaba muy claro si las innovaciones en el caló o el buen vestir ("Sólo queríamos darle un estilo a las calles de Los Angeles", diría más tarde Eddy Olmos) procedían de Tepito o del East Side.

Rainer C. Friz

Uno (ninguno y cienmil, diría Pirandello) llegó, pues, a México en enero de 1960 y a los diez días tuvo que regresarse a Tijuana porque había muerto su padre. Fue la primera vez en su vida que se subió a un avión. Era un DC-6 de Aeronaves, blanco, entre las nubes de algodón y el deseo de quedarse flotando en el espacio sin gravedad que conformaban. Nunca había experimentado esa dimensión del miedo, el de volar sobre una ciudad deforme, chata, inconmensurable sin trazo discernible ni comparación alguna con las formas o las líneas más elementales -euclidianas- de la geometría plana.

No se le arrancaba de un cuerpo al que se sintiera injertado. Apenas empezaba a reconocer algunas de sus calles y ya volvería... pronto, en un Tresestrellas: unas 52 horas de trayecto ininterrumpido desde la calle Primera hasta Niño Perdido. La misma sensación del vuelo de ida y el traqueteo de regreso se diluía en el sentimiento de haberse quedado en algún lugar intermedio. Ni aquí ni allá. A la vuelta de cuarenta años, con más de la mitad de su vida consumida en México, empezó a sospechar que en algún tramo del camino cometió un error de navegación sentimental. Nunca hizo suya la ciudad. Nunca sintió que le pertenecía ni que perteneciera a ella. Una ciudad, pensó, es como una persona; uno se entiende bien o no con ella. Se puede tener una buena relación con Londres pero no con París. Puede uno insistir en París para encontrar de nuevo el fracaso o puede uno sentirse feliz, en Roma, en su elemento, como si allí hubiera transcurrido toda su vida. Imaginaba, con esa nostalgia fuera de lugar que consiste en extrañar lo que nunca se ha tenido, con esa íntima megalomanía que pierde el sentido de la proporción y no sabe disimular el paralelismo entre uno y los nombres citados, la relación que pudo haber tenido Joyce con Dublín, Stendhal con Milán, Capote con Manhattan o Pasolini con Roma: un lazo, una complicidad, un enamoramiento perdurable, una pasión. Y es que esta ciudad no podía asirse de esa manera, no había por dónde agarrarla, ni recorrerse a deshoras como fatigaba Borges las calles de Buenos Aires o el caballero Auguste Dupin las adoquinadas aceras de París en la húmeda noche.

Y es que probablemente la ciudad no tenía por qué haber tenido el mismo trazo medieval de Siena o San Geminiano, un dibujo en caracol y del centro a la periferia, una dimensión exactamente humana. No era su estilo y no era europea y se agigantó como loca. Tampoco tenía por qué reproducir las etapas arquitectónicas de Barcelona: el barrio gótico circunscrito en un pentágono amurallado, la retícula del siglo XIX con las esquinas achatadas en cada bocacalle. Ni siquiera debía seguir la cuadriculación de Nueva York ni el tipo de traza urbana en diagonales propia del siglo XIX como la que de Indianápolis se transplantó a Tijuana en 1889. No, muy suyo su caos fue siempre; se desparramó sin plano regulador de su salud que contuviera la especulación y la corrupción inmobiliarias.

Uno, ninguno y cienmil, llegó a México en 1960 y le tomó tres años sentir que había llegado, tres años sentir que al fin se dormía profundamente en una cama que estaba en un cuarto que estaba en un departamento que estaba en la colonia Cuauhtémoc que estaba en la ciudad de México. Más años le tomó aún darse cuenta de que no vivía en la ciudad de México, de que no la habitaba toda, sino únicamente en una cierta parte de la ciudad, en una zona, en un muy determinado territorio del que había excluido, incluso por dos y tres años, la visión del zócalo y de la catedral. Vivía acaso en uno de sus barrios, de Insurgentes Sur al Viaducto Miguel Alemán, de allí a Coyoacán y San Angel -el jardín del Distrito-, una serie de pequeñas y asoleadas y arboladas ciudades dentro de la ancha y ajena ciudad de las afueras.

No teniendo la costumbre de pensar en términos topográficos, su manera de apreciar el país se le iba dando más bien según ciertos patrones horizontales, como si viviera en una meseta de igual clima e idéntica presión en todas sus latitudes. Pero de pronto amaneció un día con la idea de que el poder -esta cosa pública federal y centralista- no sólo estaba en el centro sino también arriba, elevado a lo alto de la pirámide: la punta del cerro, el pezón de la teta, el asiento del poder en el altiplano. Por eso, pensó, se le contempla de abajo a arriba. Por eso, en forma por demás centrífuga, el poder se ejerce fulminante, implacable, soberbio, despiadado, desde la capital: de arriba a abajo.

Y es escabroso el terreno, accidentado. Uno no vive en una mesa de billar ni en los parajes promiscuos del Bosco en el jardín de las Delicias, entre pescados, ranas y con el culo en pompa. Así, a pesar de que más de la mitad de la vida uno la haya dilapidado en esta cresta de la montaña o esta altiplanicie del poder mexicano que aprovecha un segmento por debajo y a lo largo del Trópico de Cáncer, la relación no del todo definida que de manera trivial y desapasionada se dio hasta el 18 de septiembre empieza a ser otra.

Uno no quiere vivir en Londres ni en París ni en Barcelona. Uno quiere vivir aquí porque no hace frío. Porque aquí están sus amigos y, como decía Henry Miller, porque se tiene al menos una relación importante con alguno de sus habitantes. Porque aquí están sus pasiones. Y de pronto quedó hecha pedazos. Se nos hizo pedazos la ciudad, como una madre finalmente deshauciada y carcomida.

Se nos movió el piso.

Gil Funccius

Mutilaciones se establecieron como uniones entre la ciudad y uno que a veces tenía la impresión de que en el Distrito Federal muy difícilmente se podía tener un mundo. (Hay novelistas con mundo y novelistas sin mundo.) Era más factible que lo tuviera un novelista de provincia, aunque allá le sobrara mundo y le faltara oficio, porque en lo personal uno (ninguno y cienmil) se había quedado entre la provincia y la capital: no era del D.F. ni era de Tijuana. Se había quedado paralizado en una tierra de nadie de la literatura en la que no se sabía qué era más falso, si lo tijuanense o lo capitalino, y no lograba entender muy bien cuál era la relación entre Henry Miller y el desierto nocturno de Insurgentes Sur a pesar de que alguna asociación de ideas había tenido mientras leía Big Sur y las naranjas de Jerónimo Bosch sentado en el bar del Torremolinos. El apunte para un posible cuento había estado durante muchos años en las páginas del libro y desde el taburete del Torremolinos vio pasar los autobuses de la Ruta 100 con cientos de muchachos sentados en las ventanas y en los techos que regresaban de Ciudad Universitaria a lo largo de todo Insurgentes, custodiados por patrullas en una perfecta operación de despeje hacia el norte, tendiente a evitar el rompimiento de vitrinas y el saqueo. Era una fantasía secreta, unas notas garabateadas algunos años atrás entre las páginas de Henry Miller, el autor del deseo. Pero no precisamente una fantasía política sino una fantasía coral, paráfrasis de un motivo operístico:

Si se hubiera tenido un punto de observación -empezaba a correr el cuento inconcluso- desde la cabina del helicóptero se habría visto cómo buena parte de la multitud, a veces formando un agusanado cordón o una hilera de hormigas, emergía del estadio de Ciudad Universitaria y se introducía en el Pedregal de San Angel. Al principio el grupo compacto de jóvenes excitados avanzó velozmente en fila cerrada, afilando cada vez más la punta y acuchillándose en los altos portones amarillos que daban acceso (o lo negaban) a la zona residencial. Pero en cuanto se montó en las rejas, la columna de jóvenes se abrió y desde lo alto empezó a desparramarse por las calles del Pedregal como movida en su sangre por una corriente de anfetaminas.

Casi todas las casas estaban cubiertas por bardas altísimas. Las fincas de los Artigas tenía 29 kilómetros cuadrados y por encima de sus infinitos jardines -en servidumbre legal de paso- cortaba el camino pavimentado rumbo al Desierto de los Leones. Los jardines de golf se comunicaban por túneles perforados debajo de las calles públicas de arriba. Los muchachos se sintieron en territorio enemigo cuando descubrieron la calle Lluvia, emprendieron el asalto a las residencias de roca sin premeditación alguna, sin estrategia por el momento comprensible, y avanzaron por Niebla, Agua, Fumarola, Sendero, Cráter, Rocío, Huracán, Pirules, Nubes, Fuego, Picacho, Crestón, Llama, Meseta, Cantera, Pizarra, Piedra, Nieve, Vereda, Pradera, Valle, Lava, Risco, Cascada, Ciclón, Volcán y Granizo... Cataratas y Alud.

CUATRO CARACTERES

· Sergio González Rodríguez

Los "caracteres", en su sentido original, son composiciones breves en prosa que retratan "costumbres" o conductas individuales con una finalidad moralizante, tal como lo propuso Teofrasto (372(?)-287 a.c.) a partir de la ética y la moral aristotélicas. En el siglo XVII Jean de La Bruyère retomó y actualizó en Francia los caracteres para presentar una visión de las costumbres cortesanas de la época. En este siglo José Bergamín y Elías Canetti, entre otros, han escrito caracteres. Los caracteres que aquí se publican ya no siguen una finalidad moralizante, buscan en cambio las posibilidades de la reflexión narrativa y las filiaciones críticas para describir ciertos fenómenos y rebotes de la cultura actual. Estos caracteres, sin embargo, más que remitir a un modelo realista de descripción inflexible presentan una especie de calcomanías irónicas, una galería de personajes imaginarios en los que la puntualidad de los desquiciamientos individuales son las señales de un mapa cercano, y de los contornos colectivos, sus júbilos y horrores sobre el paisaje de la ciudad. Finalmente, además de la tradición europea de los caracteres, sus fragmentos narrativos mezclan la vertiente del retrato popular en la literatura mexicana, al modo de Los mexicanos pintados por sí mismos, de Hilarión Frías y Soto y otros autores. En lugar de optar por el tradicional sustantivo definitorio de las cualidades reflejadas, en estos caracteres se ha optado por la singularidad en el fondo anónima de los apodos, nunca del todo liberados de un aire chocante, gratuito y absurdo.

LA MUÑECA dejó en su rostro un gesto adusto y final que no proviene del dolor ni del sufrimiento. Desconcierta descubrir enseguida su cuerpo esmeradamente lacerado, desmadejado por una violencia cronométrica. El color de su piel desnuda revela una dignidad de aire infantil tan fuera de lugar ahora como su matiz de leche evaporada. Finísimos surcos de heridas se descomponen en estrellas coaguladas de innumerables puntas hacia los rincones de su cintura rota. Hay una competencia inútil entre la brutal geometría del alambre arisco que la ata para siempre y sus manos inmóviles. De dibujante, manos de dibujante, como le dijo un día una gitana desde la clarividencia a cambio de cien pesos. Acaso la Muñeca se lo creyó soñando en la revelación, en el anuncio decisivo que cambiaría sus días.

El gesto adusto que fija su rostro es una reprobación silenciosa a punto de un despertar imposible rebate palabra por palabra el reporte prolijo de explicaciones judiciales, abre hasta los gritos y amenazas que ahora son parte del cruel anecdotario de lo previsible. Contra toda certidumbre, contra todo azoro incluso de quienes nunca conocimos a la Muñeca, continúa la serenidad de ese rostro caído librando perspicacias en la aspereza de la nota roja.

AMENOLINA es un mueble de incontables cajones. Pero hay que evitar las confusiones metafóricas y decirlo de nuevo: Amenolina es un mueble de incontables cajones. No es un objeto útil cuyo nombre -Amenolina- alguien habría depositado desde ciertos resabios infantiles llevado por el cariño, la familiaridad o el agradecimiento ante los servicios domésticos de un mueble. Tampoco se trata de un hombre víctima de algún trastorno mental tan pernicioso que lo obligue a sentirse un objeto de madera o metal con todo y compartimiento para guardar objetos más pequeños, camisas, papeles, retratos. No se trata de nada de eso ni de una visión onírica. Que no se engañen las impresiones sensoriales ni el conocimiento empírico. Amenolina es lo que es. No, de ningún modo se trata de un mueble antropomorfizado. Amenolina es un mueble de incontables cajones. Y en ellos puede guardar cosas aunque nada guarde, es decir, hay un vacío permanente en ellos, un espacio disponible en el que cualquiera puede depositar ahí lo que se le dé la gana. Al frente de cada uno de los cajones, que son incontables, alguien en algún momento incrustó espejos delicadamente esmerilados con figuras geométricas y flores y arabescos y sortijas y ornamentos múltiples. No faltará quien sepa descifrar sus significados. Acaso no sea difícil hacerlo pero son tantos los cajones y tantos los espejos y tantas las florituras que la fatiga cae sobre uno, piadosamente, como una plomada estática. Así pues quede el caso: Amenolina es un mueble de incontables cajones. Y esto no es una adivinanza ni una prueba de lectura tipo "encuentre los errores en este dibujo". Bastaría encontrarse con Amenolina para entenderlo, algo nada deseable una vez que abre la boca y empieza la exhibición de su ebanistería verbal.

ROMPERRASGA transita por las tiendas de revistas viejas para encontrar entre montones de ellas las que remiten a sus años infantiles. No importa que tan desgastadas, incompletas o rotas estén, ni importa si sus materias, calidades, estado de conservación los hacen inútiles para la lectura. Todas sirven siempre y cuando entre sus páginas haya fotografías de mujeres. ¿Qué nostalgia inconfesable mueve a Romperrasga? ¿Acaso hurga en esas impresiones sepias, verdes o agrisadas, en rotograbados aún lustrosos e imágenes raspadas el signo que le devolverá algo familiar y extraviado, una madera muerta, una tía perversa o una sirvienta proclive a iniciaciones amatorias? Quién sabe. Romperrasga en todo caso llega a su casa, despliega en la mesa del comedor las revistas y sus hallazgos, selecciona las fotografías de mujeres que le agitan el fondo lodoso de sus recuerdos y, en la culminación de su rito iconofílico, rasga las fotografías, las toma diestramente por el milimétrico canto del papel amarillento y juega a desnudar y herir las imágenes. Romperrasga ha logrado hacerlo de tal modo que quedan intactos los rostros -pero no los cuerpos- de fisonomías múltiples y ajenos desde siempre al desnudamiento, al descuartizamiento en el universo de esos papeles insensibles. Al final guardará los restos, las tiras de papel en un ropero y quemará las fotografías hasta reducirlas a ceniza al viento. Romperrasga sabe de la trivialidad de sus actos, por eso acecha los pasos de la gente que circula bajo su ventana, y sueña en la voz que un día le dirá con palabras rutinarias: "Se le busca por los asesinatos cometidos".

Manfred Scharpf

LENTITUDES habla con un ritmo que desafía los resquicios del minutero. Alguien diría que vive su tiempo interior. Su habla no tiene, por supuesto, ningún defecto funcional. Su mente es tan equilibrada como la del que más. Toda clase de pruebas psicológicas podían probarlo. El asunto es otro: su habla fluye bajo la multitud de ecos que rebotan en su cabeza: canciones, ruidos, restos de pláticas, promesas no cumplidas, rumores, gritos de angustia o alegría; el rugido de una masa jubilosa, un repertorio musical hecho de fragmentos y visceras afilados; sus propias palabras contra los escaparates que le devuelvan su imagen, voces de inflexión querida, el sonido casi inaudible del roce de unos muslos tensos de deseo o el intraducible clamor arqueológico de la ciudad. Y los silencios la planicie interminable de silencios que van esparciendo, como un lastre destinado al fondo, el gramaje de las palabras, de cada sonido que se desliza hacia sus oídos y el viento de los espectros callejeros.

En cambio, Lentitudes ha perdido la claridad en sus ojos, los contornos de las cosas han ido poco a poco difuminando su fijeza. Hace tiempo, desde su ventana, podía seguir con el índice la línea que trazaban las montañas en la distancia. Ahora, le queda apagar la luz de sus sesenta watts y ver el ascenso de la luna que escapa entre la alambrada de púas que quiere retenerla sobre las azoteas. Lentitudes, entonces, se entrega a una imagen recurrente: el rumor eterno del agua y la arena estrellándose contra los riscos espumosos; algarabía de focas y la respiración pausada de una mujer que duerme a su lado, bajo la sombra evasora del sol costero. Pero él jamás ha estado en ese lugar, y ella hace tiempo que no está para acompañarlo. El ensueño, si bien recurrente, es cada vez más débil. No hay duda que una madrugada, cuando Lentitudes esté a punto de dormirse, ya no se preguntará porqué están cubiertos los cristales del polvo brillante ni tampoco asociará a ella con la luna. Sólo las púas estarán en sus ojos.

ANTENA PARABOLICA

· Juan Villoro

Todo lo que escribo tiene que ver con la ciudad; sin embargo, es muy poco lo que puedo decir de ella en forma explícita. El terremoto me produce una confusión aún mayor y no quiero recurrir a iluminaciones instantáneas: desconfío de los que en momentos de peligro tienen más opiniones que miedo.

La colonia era un ejemplo de imaginación adinerada. No había casa que no fuera posible. Un palacio versallesco, un castillo tudor, una mesquita. Aparte de las construcciones, el sitio era agradable. Un paisaje de barrancas y arboledas, calles de losetas rosadas, faroles y ni un cable eléctrico a la vista. Las puertas se abrían a control remoto desde los coches. Las sirvientas iban en sus uniformes cuadriculados a un centro comercial abastecido como el duty-free de un aeropuerto. El cielo era más limpio que en el resto de la ciudad.

Así estaban las cosas cuando un tráiler se detuvo frente a la fantasía mudéjar de los Habbib. En esos momentos Ricky iba llegando a su casa. Lo que vio le impresionó tanto que frenó el coche y le bajó el volumen al autoestéreo. Del tráiler salió algo insospechado: un radar.

En un par de horas, la casa de los Habbib se volvió aún más alucinante: miles y miles de mosaicos desembocaban en el radar en la azotea. Ricky pensó en una base de telecomunicaciones con el Líbano.

A los pocos días apareció un radar sobre un chalet alpino y otro sobre la casa de Chava Gutiérrez, que era estilo Barragán: una demostración de lo a gusto que se puede vivir en un squash. Los habitantes de la colonia habían cambiado: si antes presumían de su cielo libre de cables eléctricos, ahora estaban dispuestos a tener la estación terrena de Tulancingo en la azotea.

Chava le dijo a Ricky que ya no se necesitaba estar en la NASA para controlar satélites; un plato en la azotea bastaba para captar todos los programas de televisión que zumbaban por la biósfera.

Ricky tenía ojos suficientemente golosos para ver tres veces seguidas Indiana Jones y salir con ganas de jugar con el Atari. Sin embargo, su papá se negaba a comprarle videocasetera. Y no sólo eso: la casa de Ricky fue la única que se sustrajo a la primavera de las antenas parabólicas. Su papá no quería que le arruinaran la fachada herreriana; por más que los marcos de las ventanas fueran de aluminio, él se paseaba por el patio como don Carlos en el Escorial.

Mientras los amigos de Ricky veían cientos de canales extranjeros, él se tenía que conformar con la televisión local, sensiblemente disminuida después del fallecimiento de Madaleno. Y ni siquiera podía fingir que tenía antena. Su azotea marchita estaba a la vista.

La angustia de Ricky se agravó cuando supo que el 13 de julio se transmitiría el concierto de Live-Aid desde Filadelfia y Londres: !dieciséis horas de rock en vivo! La televisión mexicana estaba dispuesta a programar maratones musicales, siempre y cuando los condujera un humanista, es decir, alguien apunto de llorar. Nada más perfecto que Raúl Velasco, el Hombre Que Contiene El Llanto: cada cien horas de transmisión sus ojos producían las siempre anunciadas lágrimas (y llegaría el momento indeleble, último arquetipo de lo bonito, en que Raúl Velasco no sólo iba a llorar !sino a besarle la mano a Julio Iglesias!). En el caso de un concierto de rock, lo más que se podía esperar era un humillante resumen de dos horas.

Ricky era demasiado joven para conocer a todos los grupos que participarían en Live-Aid (él escuchaba a los Beatles como quien oye a Cri-Cri), pero se entusiasmó con lo excesivo del concierto. Chava lo enteró de las minucias: Bob Geldof, cantante de los Boomtown Rats, había destinado seis meses de su vida a hablar. Sólo se calló cuando las luminarias del rock aceptaron participar en el concierto de beneficencia más importante de la historia. Quienes creían que el rock ya había producido todos los fenómenos públicos de que era capaz, se sorprendieron ante la nueva faceta creada por Geldof: el filántropo de la alta tecnología. De pronto, asistir a un concierto en Filadelfia o Londres contribuía a que un árbol creciera en Africa. Por primera vez, los anunciantes de fab pagaban para que un niño se salvara en Etiopía.

Los seis meses de Geldof requirieron de más labor de convencimiento que la firma de los tratados de Potsdam. En el mismo lapso en que el cantante se enfrentó a los egos más potentes del rock, a los consorcios televisivos que desconfiaban de alguien empeñado en convertir las ganancias en leche y a los políticos de tres continentes, Ricky se abocó a una tarea ofensivamente modesta: convencer a su papá de que comprara la antena. Por desgracia, su papá tenía la obsesión española de gastar el dinero sin resultados visibles. Sus únicos lujos eran los ultramarinos que guardaba bajo llave en el sótano y su colección de abrecartas de Toledo.

Después de semanas de encontrarse con la misma respuesta: "que antena no le hay" (a veces reducida al mensaje "que no le hay"), Ricky se dio cuenta de que podían llegar los 13 de julio de todos los años sin que su papá comprara la antena. Y ni modo de decirle a uno de sus amigos que lo invitara a ver la tele. Francamente no se imaginaba tal ignominia; eso equivaldría a confesar que había hecho la primaria en escuela de gobierno. Una casa sin antena revelaba una aturdidora realidad: o sus habitantes eran ciegos o no tenían dinero.

Ricky odiaba a tal grado los gustos de su papá por las espaditas y el jamón serrano que enfrentarse con él le pareció un acto no sólo valiente sino patriota.

Su papá tenía un llavero con una pequeña cimitarra. Siempre lo llevaba consigo y no era de esos espíritus nerviosos que andan jugando con las llaves hasta que las pierden, ni de esos melancólicos que las olvidan dentro del coche. En su caso un lapsus hubiera parecido un signo de sensibilidad. Como condenadas a la Isla del Diablo, las llaves veían la luz escasos segundos al día.

La noche del 5 de julio Ricky entró a la recámara de sus padres, que dormían en camas separadas: un rollizo bulto la de la madre, uno enérgico y compacto la del padre. Llevaba una linternita de acomodador de teatro y no le fue difícil encontrar los pantalones en la silla. Sacó las llaves, que temblaron angustiosamente, las envolvió en un pañuelo y salió de puntas.

Fue a la bóveda de los ultramarinos. Era la primera vez que entraba y se sintió en la bodega de la Santa María. Estuvo toda la noche acarreando jamones a su Renault Alliance. A las seis de la mañana fue a ver a Chava Gutiérrez.

La casa de Chava se dividía en dos partes, el squash colonial donde vivía la familia y el squash squash. Ricky le pidió que le guardara los jamones. Chava estaba tan dormido que vio los bultos en la cancha con la naturalidad de quien ve unas raquetas olvidadas.

Dos horas más tarde, el papá de Ricky aceptó negociar. Ahora podían hablar en pie de igualdad. Ricky le devolvió el llavero como gesto de buena voluntad pero le dijo que sólo le daría los jamones si instalaban la antena, lo cual suponía un ahorro considerable, pues por misterios de la economía una antena parabólica era más barata que un bastimento de jamón serrano.

-Está bien, que le haya -dijo su papá, y el 13 de julio Ricky pudo ver al hiperquinético Phil Collins tocando en Londres y luego, Concorde mediante, en Filadelfia, a Led Zeppelin en su primer concierto desde la muerte de "Bonzo" Bonham, a Keith Richards convertido en un muñeco de utilería para la próxima película de Spielberg: una cara que ya no hace pensar en la droga sino en alguien que ha vivido diez años en una casa con varillas de cobalto 60. Vio la violenta elegancia de David Bowie y a Mick Jagger desnudarse frente a Tina Turner.

Después de más de quince horas frente a la enciclopedia en movimiento del rock, Ricky apagó la tele. Trató de dormir pero siguió viendo, una y otra vez, las imágenes del concierto, intercaladas con escenas de mortandad en los desiertos de Africa. Fue al baño y tomó el primer Valium de su vida.

Al día siguiente salió en el coche que seguía impregnado de olor a jamón serrano. Manejó más rápido que de costumbre. No quiso oír ninguno de sus casets. Sentía que algo estaba a punto de ocurrir. Más allá de las rosadas baldosas de su colonia lo esperaba una ciudad sin límites precisos, la borrosa muchedumbre de los barrios. Le costó trabajo frenar en el primer semáforo; estuvo a punto de estamparse contra el coche de enfrente. Su pie derecho sentía la caricia de la aceleración y sus labios murmuraban canciones de beneficencia para Africa. En el segundo semáforo paso lo mismo, sólo que ahí fue abordado por un legión de vendedores y faquires; en unos segundos le ofrecieron mapas, conejitos vivos, monos de peluche, lápices de un metro, chicles, calaveras de plástico, hules de uso indefinido y un delantal con la imagen de Petunia. Dos niños saltaron al cofre y rociaron espuma sobre el parabrisas. Un danzante azteca bailó entre los automóviles al tiempo que un payaso escupía fuego. La llamarada hizo vibrar el coche de Ricky. De pronto se sintió rodeado de rostros, como si su auto fuera el único abordable. Buscó en los bolsillos del pantalón unas monedas que lo libraran del acoso. Sólo encontró una de las nuevas monedas de cinco pesos, tan pequeñita que parecía ofensivo darla de limosna. En la bolsa de su camisa encontró un billete de diez mil: el rostro de Cárdenas con fondo verde kriptonita. Siguió hurgando en sus bolsillos, abrió el cenicero donde solía depositar monedas y sólo encontró la etiqueta de un caset Maxell. Finalmente bajó la ventanilla unos centímetros y dejó caer la moneda, como quien la deposita en un buzón. El danzante se aventó por ella. Alguien pateó el coche, otro gritó algo indescifrable, los niños trataron de subir de nuevo al cofre, pero en eso se puso la luz verde y el arrancó de prisa.

Resopló. Se secó el sudor de la frente con un klínex.

A las pocas cuadras el coche avanzaba rápido, cada vez más rápido, bruñido y poderoso, perdiéndose en el vasto laberinto, y Ricky veía el cielo sucio y torturado por los cables con la desesperación de quien busca el desierto y sólo encuentra el polvo.

ZEMPAXUCHITL

· Emma Yanes

Supo que estaba vivo sólo cuando una mano temblorosa le tocó el vientre y se persignó ante ella como si se tratara de una virgen y no de una muchacha cualquiera. Por un momento el azul del cielo y el sol la hicieron pensar en todo menos en la vivienda perdida. Frente a ella, en la avenida Reforma, circulaban las sirenas el ejército, los turistas aterrados, los rostros afligidos que una y otra vez detenían la mirada en el vientre de ella. Del centro seguían llegando los rumores del desastre: mujeres que habían visto arder el hotel Regis; jóvenes puncks que sin saber porqué habían rescatado de los escombros a las señoras de la Juárez. Los rumores empezaron a hacerse realidad cuando el ejército acordonó la zona. Ella se quedó ahí, sentada en una banca de la avenida mirando el cielo y sin saber qué hacer. Su compañero subió al departamento por el moisés, el retrato de boda y el trenecito de cuerda.

Lo demás sólo fue aferrarse a la ciudad, entretejerla de nuevo tan tontamente como lo había hecho durante siete meses para su hijo. Tendrías que explicarle que la ciudad sería otra de la que ella había visto, de la que de alguna manera le había ofrecido.

Hacía un mes que el vendedor de algodones de sabores, el de la foto en el caballito, el de las burbujas de jabón y el que alquilaba los ponys, habían dejado de anunciar la entrada a chapultepec. Ya no hay en él niños en patines, estudiantes ligando en las lanchas, jóvenes en bicicleta, enamorados ocultos entre los árboles. Chapultepec está enrejado y lo cuida uno que otro raso. La ausencia del parque le dolía precisamente ahora que la calle de Reforma y la Alameda aparecían ajenas a sus sueños.

El -pensó todavía sentada en la banca- no se asomará por la ventana de su casa a ver la vuelta ciclista, ni los maratones, ni el desfile del primero de septiembre. No verá desde la esquina las manifestaciones, aquella última contra la farsa electoral, la otra contra la carestía de la vida. Su casa ya no existe, ni la ventana de su cuarto dará a la calle. Hoy, desde ahí, en lugar del mimo en el semáforo o el conchero tocando la flauta entre los autos, sólo se ve al ejército imponer su orden, al burócrata desamparado frente a su dependencia derruida, y a los vecinos aferrados a vivir en lo inhabitable. A unas cuantas calles de el Angel, dicen, se cayeron el hotel Continental y el Versalles. Desde ahí empiezan los muertos. Son muchos los muertos, miles.

Su hijo se movía, parecía incluso estar contento, y ella y su compañero estaban vivos. Le costaba trabajo pensar en los muertos. No supo a qué horas se levantó de la banca ni hacia dónde se dirigió. No recuerda siquiera si fue ese mismo día cuando aceptó recorrer la zona de desastre para grabarse en los ojos lo que estaba sucediendo, para enseñarle a su hijo lo que ya no era suyo.

Caminó por las calles del centro. Eran muchos, demasiados los edificios caídos, y los más eran nuevos (las razones se dieron: chocaron unos contra otros, estaban mal construidos, la intensidad del sismo, corrupción, dependencias del gobierno). Dos muchachos jugaban frontón entre las ruinas, tranquilos. Los rescatistas seguían sacando cadáveres, el polvo y la peste eran el paisaje. Frente a los edificios algunas mujeres rezaban el rosario, otros aplicaban el tic tic de la cámara instamatic. Sólo el café Victoria estaba abierto y los viejos entraban en él para hablar del temblor del Angel.

Rumbo a la Alameda, un organillero que trataba de recuperar sus antiguos espacios tocaba Sobre las olas. Sólo él la hizo regresar a la otra ciudad, la del domingo anterior. Entonces también estaban ahí los de la Marina, paseaban a las criaditas a caballo y presumían de gallardía, no tenían en mente vestirse de emergencia nacional el próximo domingo. En el quiosco el mariachi Guardia Nacional tocaba México lindo y querido. Los merolicos vendían medallas para la buena fortuna. Los mimos imitaban a los paseantes. Se vendían jicamas y pepinos. Los desempleados disfrutaban del sol. Y ella miraba ya con envidía a las madres que jugaban correteadas con sus hijos.

Sólo recuerdos, como si hubiera pasado ya mucho tiempo. La Alameda estaba extrañamente vacía. Los pocos visitantes, ella misma, preferían recorrer las calles en busca de lo perdido. Eran miles los muertos, costaba trabajo creerlo. Mejor aferrarse a la vida desde el vientre, sentir casi como propios a aquellos bebes rescatados con vida del hospital Juárez.

El dos de noviembre en el zócalo se compartió el dolor y ella quiso asistir. Miles de flores y veladoras se colocaron en el centro de la plaza. Una flor, una veladora por cada muerto. Pero la bandera, contra lo esperado, no estaba a media asta. Terminada la ceremonia oficial los soldados la bajaron, la guardaron en su cajita y salieron huyendo, temerosos de la gente que después de cantar el himno nacional coreaba: "Queremos los cadáveres de nuestros muertos", "Señor Presidente, su enemigo es el regente", "¿dónde está la ayuda internacional?", "expropiación con participación". Sonaron las campanas de catedral. La banda de pueblo interpretó una marcha fúnebre. Se guardó un respetuoso minuto de silencio.

Ella puso una flor amarilla en la ofrenda, justo en el centro, y quiso irse. Alguien colocó otra flor junto a la suya, le acarició el vientre y dijo que el futuro sería un muchachito.

LOOR DE LA VENTANA Y EL BALCON

· Alberto Román

De pie frente a la ventana miró el enorme anuncio blanco que iluminaba la quietud de la noche. Oyó el suave viaje del viento, la respuesta marina de las jacarandas, el zumbido de las lámparas, una fugaz querella pajarera. Le gustó sentir miedo ante las pesadas sombras de los vehículos estacionados en el taller mecánico. Pensó que todo podía ser una pintura encerrada en la superficie del vidrio, que espacio tan grande podía ser aprehendido en las reducidas dimensiones del cristal. Vio cuando un gato negro salía de su escondite de chatarra para irse a perder calle abajo. Formó una nube con vaho sobre la ventana y escribió su nombre.

Es verdad, el recuerdo miente.

Deseos del citadino impenitente: aprender de la luz la geografía de sus iluminaciones. Poco importa que los postes quieran ser todos iguales o que los focos parezcan arrojar una luz pareja. Hay tantas iluminaciones como reflejos en los objetos y en su variedad. Un altar con su veladora roja, las luces cambiantes de la discoteca que se ve desde este balcón con iluminación indirecta, los bultos de sombra en el parque, la clavadista roja de Jantzen, los faros de los vehículos en movimiento, las lámparas de los policías buscando a quién atrapar con las manos en la masa (de ella) (o de él), el anuncio naranja del rey del pollo bañando al perro que siempre atisba desde su lugar en la azotea, la majestuosidad del nacimiento de doña Beti en el fondo del garage.

Contemplarlas tiradas a un lado de lo que era porque en miniatura fue sentir lo mismo que los liliputienses ante el espectáculo de Gulliver. Ya nadie podría despertarse con el escándalo de sus alados habitantes, ni mataría el tiempo recogiendo las frutitas que algunos valientes se llevaban a la boca diciendo que eran dátiles. Tampoco nadie recordaría el gesto del hijo del jardinero que intentó subir a una de ellas para regresar la cría a su nido. Los novios no encontrarían respaldo, los perros no podrían descansar en su épica transurbana, nadie se echaría de nuevo sobre el pasto para dormir la siesta, zamparse el almuerzo o simplemente ver a la gente pasar. Las palmeras, inermes, con un enorme pañal tapándoles las raíces, esperaban lastimeramente su traslado con rumbo desconocido.

Encuentros aleccionadores: de regreso de la escuela la miró por primera vez recargada en el barandal. Se le quedó viendo mientras ella se pegaba más al barandal para que le pudiera ver con detalle las piernas. La rutina de los días siguientes comprendió un intento desesperado por darle lógica al asunto, horario y hasta un final apoteósico; tropiezos frecuentes con fallas no registradas de la acera; golpes contusos sin consecuencias físicas aparentes; intensísimas jornadas a solas con su imagen (y con la mano derecha). Luego de algunas tardes de no verla, por fin la vio, feliz (recuerda una carcajada particularmente cálida), en el bugui de los vecinos de enfrente.

De los usos del balcón. Primero: zoológico particular. Ranas, tortugas, hamster, perros, gatos, culebras de agua hallan en el balcón un hábitat a su medida. Segundo: coto de caza. Se esperan horas con una jaula abierta, migajas y el hilito en la mano hasta que el hambre de las tórtolas hace lo demás. Tercero: escuela de costumbres -depende de la hora, las circunstancias, si es o no día feriado, el humor, la paciencia y una buena vista-: Hábitos alimenticios: ingestión de atoles, jugos, tortas de tamal y pan de dulce de camino al trabajo o a la escuela, se recomiendan enfáticamente puestos a los que uno ya ha asistido. Hábitos familiares: los vecinos de al lado, preferentemente en domingo, dirimen por enésima vez sus diferencias a golpes, resalta el cabeceo magistral de la señora que hace fallar algunos de los más furiosos puñetazos lanzados por su contrincante esposo. Terapia de grupo: cierra uno la puerta del balcón y asiste el espectáculo mímico del propio lanzamiento de platos, si los gritos arrecian el espectáculo se echa a perder. Hábitos amatorios(sólo para verse en la noche y si el poste de luz falla de nuevo): primero se habla despreocupadamente, luego se levanta un poco la pierna sobre el asiento de modo que se roce con la extremidad de la acompañante, en seguida, mientras se pasa el brazo sobre los hombros, la otra mano indaga en la profundidad de la falda.

De pie frente a la ventana la abuela se volvió loca de tanto mirar las luces que pasaban. El tiró distintos objetos con mayor o menor significado. Un día soñó que podía saltar sin hacerse daño. A veces jura que lo hizo.

POEMA

· Kyra Galván

En esta época de desastre,

todos tenemos miedo.

Nuestro corazón se desquicia

con el crujir de la escalera,

con el tronar de ventanas

con el rechinar de puertas.

En la oscuridad,

somos niños aterrorizados.

LOS PAPELES AZULES

· Ricardo Yáñez

Los papeles azules seguían revolando

muchas horas después

revolando y cayendo

azules

      tamaño carta

formas

De los escritorios de los rotos anaqueles

de la distancia más propiamente que de la altura

se desprendían

        uno en uno

          dos en cuatro

desistían de un orden

        ya no exigido

Azules eran

    poco más que el cielo

en el aire

      iban

y venían

libres

       por más que acordonados.

LA CIUDAD DE LOS DEPORTES

· Carlos Chimal

He estado cerca de tres terremotos. Del primero, en 1957, no recuerdo más que rezos y trabajo; del segundo, en 1976, los friulanos nos decían a Jaime Avilés y a mí que no necesitaban nada del Estado italiano más que piedra y argamasa para reconstruir ahí, en el prealpi, sus casas. Nunca nadie mencionó la celebración de coloquios, mesas redondas, festivales, películas, novelas, poemas o basura de ese estilo. Hace semanas La Jornada tiró la teja a su rayuela con versos del de Jerez: "Yo no sé si estoy triste por el alma de mis fieles difuntos, o porque nuestros mustios corazones estarán sobre la tierra juntos". Acto seguido, zapatero a tus zapatos, para usted un fragmento de la novela Escaramuza.

Se va la luz en medio de la conversación. El periodista interrumpe y enciende un cigarro. "Cada rato, no sabes, hay corredores enteros donde no hay un sólo foco bueno... "Sí, ya te digo, los hombres de pantalón largo cambiaban cada rato, pero siempre se nos aparecieron junto a Borges, el 65, capitán de Aguilas Blancas en ese juego contra Aguilas Reales. Es el Farol. El otro es Díaz.

Faustino López era un hombre que trabajosamente rebasó el 1.60 de altura, su complexión era delgada pero poseía unos brazos y piernas nervudos, que lo colocaban como un temible adversario entre los aspirantes a corredor en el back field de la prepa 8 en su época. Su piel blanca hacía más repugnantes sus venas, que le saltaban por doquier. Era de cachetes gordos, pelo casi rojo, rebelde a cualquier cepillo. Durante aquellos años se distinguió por comandar novatadas crueles, que hicieron recordar famosas torturas públicas.

Una ocasión se le ocurrió vendar los ojos de un primerizo que lloraba porque no sabía nadar y lo llevó a la plataforma de diez metros de CU; entre burlas y veras, y antes de que la broma terminara, el muchacho sufrió un paro cardiaco. Era bronco porque no le quedaba más remedio. Si bien su casa en la colonia Santa María tenía la renta congelada, le había costado la vida a su padre, un obrero maníacodepresivo de la Compañía de Luz; además, su mamá caminaba cada vez menos y su vista era perturbada por el avance inexorable de la diabetes. Su hermana mayor y sus tres hijos, producto de dos caídas, vivían ahora con ellos y, aunque trabajaba en dos oficinas de gobierno, obteniendo su mejor ingreso gracias a las citas frecuentes con el jefe vespertino, era el Palacio de Hierro quien cosechaba sus triunfos. Finalmente, había un adolescente, que muchos dolores de cabeza le dio cuando empezó a colgarse aretes, a cantar "y la gente, y la gente, que viene y va". "Nomás eso me faltaba, se decía, "un puto en la familia". No fue así. Su hermano se las arreglaba sin su ayuda, demostrando que en el rol la vida era sabrosa si uno sabía exigir sin descobijar, atendido por una y hasta dos chavalas que lo cuidaban como si fuera su muñeco preferido.

Pero durante sus años de preparatoriano la vida también áspera, con menos responsabilidades y mayor presión del viejo, que nunca salió del hoyo. Colgado siempre a un poste, bajaba sólo a pisar las cantinas. Al anochecer Tino era el blanco favorito de una vida ahorcada por los cables que cruzaban colonia tras colonia se convirtió en obscuridad de su casa, mientras su padre reparaba los transformadores que alimentaban la luz del resto de la ciudad.

Pronto se volvió un mequetrefe, ducho en el arte de pisar primero, de voltear a tiempo, de rajar a su hora. Empezó a brillar y a envolver con su luminosidad sanguinaria los pasillos y jardines de la prepa 8. Asolados, los alumnos y señoritas violadas clamaron piedad a la dirección. Quiso la suerte que en ese momento el subdirector fuera un hombre mesurado, con ambiciones y, de alguna manera, similar a Faustino. Era un tipo que aparentaba ser un caballero pero que, a diferencia de otros universitarios, se había comportado como un gladiador romano en la cancha. Estudió ingeniería y de inmediato buscó un puesto en la administración universitaria a fin de mantenerse listo para saltar a la palestra en cuanto las condiciones fueran favorables. El ingeniero Roberto Díaz acogió a Tino y lo hizo uno de sus ayudantes, neutralizando con ello su violencia contra los alumnos, es decir, canalizándola. Cuando Castro Bustos y Falcón se divertían aterrorizando, instalados en las torres de Rectoría y Humanidades, Tino se jaló a los novatos y los puso frente a las ametralladoras que los otros portaban ostentosamente. Como no hubo disparos, entre gritos contra el estado burgués y mentadas de madre, Díaz pudo acercarse e incluso ofrecer ante la muchedumbre su intercesión para solucionar el conflicto, aunque la pareja de Luzbel no haya mencionado nada al respecto.

Tino fue civilizado conforme una nueva generación de ejecutivos lo requería: sólo debía atacar a quienes el ingeniero considerara oportuno. Y las oportunidades escasearon, sobre todo porque Díaz prefería las negociaciones a los golpes bajos, y de éstos, gustaba de los "demoledores". "Poca sangre y mucha administración" decía a sus ayudantes, sonriente, mostrando su dentadura perfecta y entornando sus ojos verdes.

Un día el padre hizo tierra y murió electrocutado en lo alto de un poste. Pero esta noticia fue opacada por otra que los labios húmedos y rosados del ingeniero dejaron fluir suavemente a sus oídos: "nos vamos a Ciudad Universitaria". Lo que para la familia era una terrible desgracia, inconsolable velada en Tangassi, para él era una fiesta interior. Inmerso en el orgullo puma, sabía que su hora había llegado. De esa manera dejó de ser una sombra de Santa María y se convirtió en el Farol de la calle.

Pronto alternó con los machines que controlaban el tráfico de las "islas", y en pocos meses disputaba su titularidad. El ingeniero desempeñaba altas funciones en la Facultad de Ingeniería, y para esa época el comercio ilegal con materiales de construcción era un negocio que dejaba, pero poco atractivo. Los progresos de ayudantes como el Farol, fieles y reservados, lo animaron a buscar nuevos horizontes.

Sve Coe

Equilibrio en una temporada que la vida matrimonial lo tenía con los nervios de punta; estabilidad en su activo fijo; el espíritu saltimbanqui de su generación, como Agustín Torres y el Gordo Alfredo; aún más, el ascendiente que llegó a adquirir entre los asiduos del Club Militar por la suavidad con que dominaba el juego de tenis, todo fue a parar a una cuenta creciente y en dólares. Cuando el Farol empezó a despegar y le pidió que le diera un título de ingeniero, en vez de eso, cosa riesgosa y estúpida, le dio una categoría, una plaza en la Universidad. En pocos años pudieron dejar CU e independizarse.

Durante su paso por el alma mater, Díaz fue un entusiasta animador del deporte de las tacleadas, destinando importantes sumas del presupuesto universitario a preparar un trabuco llamado Escorpiones. Ahí el Farol destacó como un feroz half back, sucio como pocos. Gracias a los oficios de Díaz, él y otros porros se sumaron a los Cóndores para disgusto de la comunidad, que veía con recelo a los kamikaze, como les habían apodado. Ellos hacían caso omiso de la ingratitud de que eran objeto, y coadyuvaron a ganar uno y otro campeonato, enterrando en el pasto a politécnicos y cuanto equipo de provincia se paraba enfrente. Aquellos días, ahora cosa del pasado, abrieron paso a negocios mayores y a una organización más moderna y eficiente.

DERRUMBES CON LLAVE

· Hermann Bellinghausen

Intento el sueño,

no puedo. Un lago

llamado de escombros

da luz y carne

a la desconfianza celeste.

Un polvo carga

su arena estéril.

La pinta roja y violenta

sangra en un edificio:

FUMIGADO.

Las ganas de no correr.

En cualquier dirección

el día cede terreno

conforme los meses pasan,

y los años.

Cada rostro que desfiló un día

-es un decir- por la avenida Cuahutémoc

llevaba su propio espanto

diseminado en muchos racimos de rostros

con su propio espanto.

   ¿Cuántas costumbres de familia

   se están olvidando?

   ¿Cuántos cumpleaños?

   ¿Qué llaves del llavero

   no tienen puerta que abrir?

Ya no oigo, mi sordera a los muros

es por haberlos sentido tan veloces.

Antes las paredes nos oían,

ya no oyen, su sordera a las voces...

Intento un despertar cautivo,

no llego. La salud en una grieta.

Por televisión parezco vivo.

ZONA DE DERRUMBES: PELIGRO.

En la tarde

los niños juegan una carga

de canicas incandescentes

La banqueta besa sus piedras

como a una ofrenda de manos.

Así se pasan los meses,

y los años.

RECIBO TU ALIENTO

· Jaime Reyes

Tom Wenner

Recibo tu aliento

a bocanadas voz en cara

preguntando si has bailado mucho,

si la escuela a tu casa entrará

si te has divertido,

si ha huído la lluvia de tus ojos y sordos

un carro, un amigo y una esquina

cansado de hablarte

en la azotehuela canina

camina, se detiene,

no está ni ha estado

pan para la abuela,

líquido ardor para la nochebuena

recibo, tu aliento mal en mí,

escapulario, canto, oro

en esta hora con tu cuenta de sonrisas

torpedeado por la tregua navideña

y el descarnado

que no quiero

hasta cuando comeré mi pan de muerto

en serio por cargar sobre mi espalda

metralla me la trago,

en un auto duermo

en olor de exclusiones

despido a la medianoche

tus quince años porque no habrá otra

sería necesaria ni lo pienso

de ti me callo, no tengo

no quiero tenerte, voy a la guerra,

mando a mi botón,

y termino hablando de ti como extranjera

para que no te comprendan y turben

jugando mis párpados entre los dedos

esta noche fuera

que todos tuvieran

y bebieran conmigo

y nadie se fuera:

los ves, no, los desconoces junto a ti,

sobre tu cabellera duerme y no sabe

la pelea interrumpida, el salario y el trabajo

olvidados por unos días

regresas de regalo si te desvistes y vistes

no sólo este día lejos de la pobreza, gozo

más te ayudo que una fábrica,

un expendio de gelatinas

estudien y no anden trazudos

de buenos deseos espero

en esta esfera que me venda una esquina

una rata

o cuando menos la ilustración

con su loro llama en el patio

dejo ir por el lavabo con mis periódicos

dientes de pasta y los deseos forzadura de domingo

sigo

la cañería me atora en su seno

demuestro que no

lo creo, no te has ido, no aún,

tendrá en mis vales falsificados

esta calle los actos que no hice,

que no remedié,

que no enjuicié y dejé sin castigo,

que no dirigí,

el frío que sin guerra o con ella

topo en el codo de una esclusa.

A LA CIUDAD EN RUINAS

· José Luis Rivas

I

Comejeneras deshechas sobre el maleable polvo de la tierra... 

II

Tus huellas en la plaza, arena de un reloj que ahora es nuevamente puesto de pie.

III

Cruza los puentes. Más allá de lo real, donde el deseo es amo. Las plantas de la muerte sólo viven a costa de.

IV

Diaria embriaguez: lluvia de estrellas en la espalda desnuda que se vuelve y se aleja un momento del lecho para apagar la lámpara.

V

El mundo pacta. Pero es idéntico aun en guerra. Con los mismos elementos, hacer de la vida -el poema- un afluente del sueño.

VI

Tener siempre el mundo por delante como una aventura... Bruscas trastadas, don concedido en aras de nada. Esa fuerza es salamandra entre llamas de ámbar.

VII

Fidelidad la de tu sombra. Acaso también la de tu halo, que comienza por hurtarse primero de ti que de nadie.

VIII

Una cortina se esponja al viento y hace cascabelear sus lentejuelas.... un espíritu cruza el umbral.

IX

Es sólo un ángel. Ni demonio cumplido, ni santo en vísperas.

X

Es el primer día. No lo empañan los recuerdos; no lo deslumbra el espejismo que se anticipa. Como todas las cosas ciertas, da la cara.

XI

Gota a gota, clepsidra, me recuerdas el vapor que asciende... y un vago arcoíris que acaso nada tenga que ver con nada, como esas alegrías que rezuman del fondo de ciertas soledades...

XII

Las grutas se iluminan. Lo que el deseo añejó se alínea en estalactitas relucientes. Adelantar la mano con gesto decidido (clausurando el espectáculo), puede ser una entrega a la locura de tu resuello, cuando amas la asfixia

XIII

La fuerza como una expresión de honor.

(A Elsa.)

LA SUSPENSION

· Luis Miguel Aguilar

El ojo mira por su grieta:

                          Cruz de cal seca

En el círculo quemado.

                      Baila una gota

Sobre el globo árido.

                     Dejas tus sueños,

María, no los puedes;

                     Los truenas por alarmas

Y el humo en que despierto

                          Aún dormido, y te señalo

La humedad de las mujeres

                         Andrajosas, visita

A techo abierto, cadáveres

                          De armario y sueño parco.

¿Qué dices de ellos,

                    De otros que no fuimos?

Lo excepcional fue

                  El trompo mal lanzado; el resto

Es puro asombro cotidiano.

                          Les pagamos con engrudo

De palabras pegajosas.

                      Nadie ofreció la ocurrencia

De un salario a su trabajo

                          O algo que ellos

Pudieran rechazar; algo para medir

                                  Lo inapreciable,

La distancia

            Entre un acto y lo que vale.

Pero el que impone un elogio

                            Añade sombra. Reciben

Las Palabras, la tasa de valor

                              De las palabras

-Amor, Orgullo, Esfuerzo

                        Solidario, Encomio de valor

Y Gran Etcétera-;

                 Parece un pago justo, es

Invaluable, los más que puede

                             Hacerse con Palabras,

Incluso es mejor

                Que ellos: no pueden

Rechazarlo. Mejor dos pesos

                           Que la pajosa verba

Millonaria, baratura

                    De gentes y de actos

Por la interposición de

                       Las Palabras.

En el sentido opuesto,

                      Las palabras:

Para invocar

            La continuidad de la vida

Hay que pararse en

                  La perpetuidad de la muerte.

Amor sólo me dice

                 Si dijo antes

El rencor de los vivos

                      Por los vivos

Que no tuvieron muertos.

                        Amor sólo me dice

De otro modo. Para decirme amor

                               No hay que nombrarlo, yo

Desencajaría los letreros.

                          Amor ha de ser lento

O no lo habrá. En cambio

                        El duelo

Es rápido, responde

                   A lo inmediato.

Y de mal modo,

              El duelo dice amor

De otra manera:

               Ahora que se muera

Todo México,

            Lo mismo que ella está.

La obligación porcentuada de la vida

                                    Es un reguero

De saliva polvosa, letra

                        Seca. (No soy, ni

Esto que digo es, mejor

                       Que ella.) En la pasividad

Sorteo el asedio;

                 En la inmovilidad

Cunde mi fuga;

              Quienes me vieran

Dirían que voy huyendo.

                       La incertidumbre

Es mi única fijeza;

                   Por toda conclusión,

La vida entre dos términos.

                           Cama de ai-

Re: mi amarre, los dos brazos

                             Sobre el cuerpo, par

De remos quietos,

                 Contra la feria

Mecánica de Quién,

                  El baile incompetente

De la Diosa, la torpeza

                       Del suelo en movimiento;

La subida del Perro Asma

                        Hacia los bronquios

Verdes y vegetales de mi madre

                              (y mi tía Luisa

Es su decir, ya casi

                    Heráclito:

La flexibilidad    de la guayaba

               es

De la guayaba      la resistencia.)

                                   Suspensos

Como el muérdago, evitemos

                          Hacer tierra,

Evitemos tocar y dar

                    La tierra. Ser muérdago

De savia con

            Erhebung,

Ser tierra

          Sin ser tierra.

Del ronco travesaño,

                    De una pata pender

Como el Colgado,

                Expuestos, de cabeza, contin-

Gentes. La óptica

                 Invertida, algo dirá. La cara

Con un claro que es apenas.

                           Si la boca

Se tuerce, hay que ver bien.

                            Si la boca

Se tuerce, es que

                 Sonríe. Un brillo

Por lo menos regional.

                      Es poco, irresponsable

Y transitorio. Llama

                    De piel y sal,

Inepto pan de labio.

TODOS PONEN

· Rafael Pérez Gay

LA NOCHE INAUGURAL de esta batalla Monjaraz tenía las manos ocupadas: una bajo la falda amplia que improvisó un insólito títere guiñol de flores estampadas; la otra sobre la boca, para amortiguar el lamento agudo y vencedor de Flora Villasana.

No se celebraba nada en el cuarto piso del edificio de la calle Eugenia, pero había doce o quince conocidos que casi fueron amigos diez años antes y que ahora bordeaban los peligros y ambiciones de los treinta y tantos, razón suficiente para que la reunión fuera un cuerpo hipertenso, a punto del infarto. Cualquiera habría dicho que la fiesta estaba animadísima, pero todos sabían que parecía velorio. El Pingüino empezó a necear con el tiempo pasado y los días de gloria después de la segunda cuba y puso Let's spend the night together a todo volumen. Luego, a gritos, la nostalgia desembocó en una agresiva discusión sobre el virtuosismo de Clapton en el requinto y la fortaleza excepcional de Jagger. A esa hora, Pancho pidió una de Alvaro Carrillo, Don Ramiro bajó la cortina metálica de la farmacia San Luis -que estaba en la planta baja del edificio-, los vecinos empezaron a quejarse, Monjaraz hizo una seña que quiso ser discreta pero que todos entendieron y Chabela contó algo de su guerra personal contra las lonjas.

Wolfgang Opperman

Entonces no supieron -porque todo principio amoroso tiene un aire perentorio- que los amantes caen, invariablemente, en un error de vanidad y lujuria: se sienten invisibles. Por eso despilfarraron cautelas, construyeron refugios clandestinos como si pertenecieran a la liga 23 de septiembre y, al final, la emoción los empujó a una audacia sólo natural en los imprudentes convencidos. Esta ley rigió sus actos esa noche, a las once atravesaron el pasillo hasta dar con el baño como quien encuentra un tesoro y se encerraron el tiempo necesario para que todos notaran la ausencia. A las tres de la mañana chispeaba en la calle Eugenia y la madrugada tenía una noticia, -Monjaraz y Flora son amantes-. Fueron los últimos en salir, se despidieron del Negro como si no hubieran fastidiado el sespol del lavabo donde se recargaron, diciéndole que la fiesta había estado buenísima, que a ver cuando organizaba otra igual; que la cena estuvo rica -eso lo dijo Flora-, aunque apenas la probaron porque el espagueti estaba pastoso y el pan negro rancio. Bajaron las escaleras picándose el culo entre carcajadas hasta que el vecino del 203 salió a callarlos. En la calle, frente a la farmacia San Luis, él le agarró una nalga y ella se rió como siempre que se tomaba cuatro padresquinos o deslizaba la aspereza del papel Flamingo entre sus piernas.

Monjaraz se sintió entrando por primera vez a una ciudad -transgresor, extranjero, tímido y emocionado-. No pensó en una calle con fabulosas aglomeraciones, o en una plaza con un monumento patriótico al centro, o en un parque arbolado rodeado de edificios altos y lujosos con gente que ve televisión a las seis de la tarde. Se decidió por una vía rápida, por el Viaducto y su salida de Tlalpan, por ese paso mortal que hay que repetir tantas veces y que nunca elimina su dosis de miedo, arriesgue y desesperación. Algo parecido fue Flora Villasana la noche del baño.

NADIE NECESITA más la complicidad de una ciudad que los solitarios, los desempleados y los amantes. Para estos radicales son urgentes calles, escaparates iluminados, avenidas fantásticas, secretos urbanos, caminos que terminan en cafecitos desconocidos, lugares increíbles y absurdos si se les ve con la mirada del salario fijo y la casa confortable. A los primeros les otorga carta de compañía y bullicio; a los otros, cobija y ocio; a Monjaraz y Flora, tiempo para engañar en sus matrimonios y enemigos, porque amantes sin enemigos no sirven, no hay adulterio sin perseguidores.

Y la ciudad cumplió con ellos.

El que quiera llegar al Hotel El Cid tiene que conocer una de las líneas fronterizas de Mixcoac, anclar ahí sus habilidades urbanas. Por donde venga el lujurioso, debe avanzar por avenida Revolución, aceptar el paisaje de vulcanizadoras, talleres mecánicos, zapaterías en oferta, refaccionarias. Y cuando la costumbre se adueñe de los comercios, de la arquitectura mixta de tiempos superpuestos, del cine Jalisco y la oruga del Vip's de San Antonio, verá las letras rojas en lo alto, arriba de un bloque de cemento de ocho o nuevo pisos con ventanales oscurecidos -como si todos quisieran coger y ver un eclipse-. La primera vez Monjaraz sobornó al cuidador que le negó un cuarto a la una de la mañana. La segunda, a las ocho de la noche y con la sinceridad que provocan cinco añejos, le dio una buena propina para que no preguntara apellidos. La tercera les llevó una botella de Don Pedro al tercer piso. Aquí empieza la historia de estos Invisibles; instalados en la tersura de las sábanas y el olor de los jabones Jardines de California algo hablaba entre sus dedos común y tumultuoso como los boletos del Metro o la misma avenida Revolución a las dos de la mañana -llena y caliente como ellos mismos-, que los devolvía a los deberes cotidianos y a la coartada de una cena inesperada o un asunto necio que retrasa a personas ordinarias, con jefe y horario fijo. Y aun así, no se querían, querían apenas la imposibilidad tan obvia de quererse, econtrarse en esquinas peligrosas, desafiar admoniciones y escapar los viernes. - Nos vemos en Perisur, afuera de banca Cremi,-Te espero en el Sanborn's de San Angel.

Aun con la relativa intimidad que dan los cuartos de hotel y el sueño juntos, a Monjaraz nunca dejó de asombrarle la afición de Flora por la verdad, su debilidad por las cosas derechas. Una noche antes de salir de El Cid, mientras se vestía o recogía el rimel corrido de los ojos irritados por los tragos, le dijo sin reírse que nunca podría querer a otro hombre como lo quería a él. Monjaraz se sintió aliviado, entonces supo que a ella también la seducían las enormes, colosales mentiras. Casi como la amplitud de la cama queensize -que nunca entendió porque era más grande que la king-size, y no al revés-, le atraía mágicamente su ausencia de remordimientos, la frialdad con que poseía objetos y lugares; de la misma forma en que uno es dueño de las cosas de los hoteles, provisionalmente y sin esperanza de que nos pertenezcan siempre. Por lo mismo cuando conocieron la ruta de la comunidad y los gustos algo se desajustó para siempre. De un día para otro fueron propietarios de una memoria voraz y complicada. Se agotó entonces aquello que tiene que ver con un rito universal por el que pasan todos los amantes a los que el tiempo acorrala. Esa carta común que guardan las uniones con tiempo fijo los implicó -como a los sospechosos de un robo- y los expulsó meses después, al final de la aventura.

DESPUES NO SE SABE con exactitud cómo sucedieron las cosas. Varios viernes más tarde -suficientes para saber que no eran los mismos Invisibles-, Flora despuntó una noche dando vuelta en la esquina de Insurgentes y Barranca del Muerto. Y como muchas otras veces ejerció sobre Monjaraz una fuerza centrífuga que modificó la composición del lugar. El camellón flanqueado por árboles secos que desembocan en el crucero gris y luego se interna, desigual y cansado, hacia la colonia de Las Aguilas. Todo, hasta el ejército de billeteros, limpiaparabrisas, chicleros, los mismos escaparates de boutiques y marquesinas deslumbrantes completaron un centro de gravedad que atrajo Flora a sus dominios.

Y asistió de nuevo a La Cochera del Bentley con aquellos zapatos altos que le alargaban las piernas y esa falda azul que le paraba las nalgas irresistibles. Llevaba media hora retrasada, Monjaraz leía el periódico contando los minutos, la edición de la mañana traía la cara de Jesús Silva Herzog, una explicación técnica sobre la devaluación y la fuga de capitales -que no entendió- y una fotografía de Fernando Valenzuela lanzando un escrubol inmejorable. Para su mala suerte, Flora lo descubrió viendo el reloj. Oyó su voz cuando estaba enfrente, -Perdón pero hay un tránsito imposible en Insurgentes, -Es más rápido por Barranca-, - Si, pero tampoco quería llegar demasiado temprano-, y otra vez le asombró ese gusto innecesario por las cosas ciertas y redondas.

La noche incluyó celos y confesiones -que casi siempre son lo mismo cuando se acaba una aventura-, ciertos retoques al pasado -que son perfectamente omitibles-, seis añejos con soda para Monjaraz -que fueron cinco porque tiro uno entero sobre el mantel y la falda azul de Flora-, dos blancasis para ella y un menú -sopas de cebolla y alambres de filete- del que quedó un rastro sucio mezclado con bilet rojo en la servilleta. A las doce de la noche Monjaraz pagó la cuenta diciendo que como siempre había sido un atraco -se cuidó de decir que se trataba de la cuenta, pero ella no lo notó-. Se despidieron en la puerta como si se hubieran conocido dos horas antes y no diez meses atrás, se prometieron un telefonazo improbable, lo que le quitó a la escena el tono definitivo. Nunca volvió a verla.

Se alejó por donde vino Flora, coleccionó anuncios y comercios: una casa de muebles aerodinámicos, las vidrieras de El Agora, un restorán donde cantó mucho tiempo Hugo del Carril, un espendio de helados Holanda. Recuperó mentalmente algo de la letra y trató de chiflar:

Let's spend the night together

Now I need you more than ever

Let's spend the night together now

I feel so strong that I can't disguise

No pudo, siempre fue desentonado.

PARA VER UNA CIUDAD no basta con tener los ojos abiertos. Es necesario descartar todo lo que impida verla, todas las cosas adquiridas, las imágenes preconcebidas que estorban. Esta piedra literal que pertenece a Calvino tuvo esa noche un peso mineral que la volvió entrañable e imposible. Aun así, la observación calviniana se cumplió, incidentalmente, entre propiedades usuales y baratas, entre todos los estorbos y las imágenes reiterativas sin los que la vida y la ciudad son impracticables.

Rops

DEL NATURAL

· Roberto Diego Ortega

Exhausta, desencajada y triste, magnífica ciudad:

Ceñida  por el sesgo que dibuja, sobre las hojas mórbidas

del viento,

El horizonte imaginario que se rompe

Bajo la turbulencia sin reposo de tus años.

Veteada por el ámbito de vidas y de alianzas truncas,

Sus pálidos indicios que perduran y arden

Como incensarios abrasados por el luto.

Dispersa en los jirones de tus calles..

Que sustituyen con escombros las viviendas

Abriéndose a las flamas y los ritos funerales de noviembre.

Sitiada por el vendaval de las palabras y las cifras que resuelven imposiblemente

La hondura y el compás que cubren tus lamentos y desfiguraciones;

Petrificada por el desamparo de los nómadas

Que acecha el ojo hipnótico de la resignación y el acicate de la ira;

Adormecida bajo el yugo, la insidia venenosa que llamamos esperanza

En los rumores de la multitud errante, entre los sobresaltos de su sueño

Al filo de banquetas o de parques moribundos;

Anclada todavía en los estallidos y la pesadilla del amanecer Contra la prisa temerosa del olvido, la ciega voluntad que busca

En su oratoria arrinconada y fría

Borrar con un decreto los vestigios, el duelo que corona este naufragio:

Tuya es la hiel de la memoria y el presente,

Las voces palpitantes que aún se escuchan

Por los rincones desplomados en los surcos de la adversidad.

Sólo en la voz que rememora ese latido

O en el prodigio tumultuoso de tus héroes anónimos

Que niegan los estragos de tu río de sangre y de miseria; Sólo en aquellos que han vivido tu debacle

En las esquinas inclementes y ruinosas;

Sólo por ellos y sus voces, contra todo,

Hoy sigues siendo nuestra, desencajada y triste, magnífica ciudad.



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