
Nueva York a la catalana
Adaptar una novela de Philip Roth a la pantalla es una necedad que siempre hace fracasar a todos los involucrados. El ejemplo más claro y más reciente fue la terrible película que hizo el director Robert Benton con La piel del deseo (The Human Stain, 2003); aunque los intentos por filmar la prosa de Roth son fallidos desde mucho antes. Hay algo en la audacia y la acidez de su obra que infunde miedo: termina por inspirar películas que —en su mejor faceta— son precisas, rara vez se arriesgan y por lo tanto siempre se equivocan.
Quizá sea la dirección de Isabel Coixet, la catalana de comprobada eficacia y brillantez, lo que coloca a La elegida en el filo de la excepción. Basada en El animal moribundo y adaptada por Nicholas Meyer (también responsable de la adaptación de La piel del deseo), La elegida adquiere una sensibilidad propia y una interpretación que sin ser siempre afortunada, es por lo menos valiente. De hecho, es exitosa en los momentos en los que Coixet se aleja de Roth; cuando vuelve a él, la anécdota pierde sentido y los personajes nos resultan al mismo tiempo contradictorios y prescindibles.
Sir Ben Kingsley, con su perfecta estampa de poder y vejez, interpreta a David Kepesh, un profesor hiperintelectualizado que al entablar una relación con una de sus alumnas encuentra en su precioso cuerpo todas las obsesiones, inseguridades y dudas que parecieran estar reservadas para la juventud. Sin ser francamente infantil, Kepesh simplemente se ha rehusado a envejecer y disfruta los arranques que su alumna le provoca con tanta agresividad como arrepentimiento. Penélope Cruz interpreta a Consuelo, la alumna en cuestión, una mujer a la que no vemos desplegar mayor virtud que su disposición a enamorarse de Kepesh, y el hecho de que entre sus comisuras guarda juventud real.
“Las mujeres hermosas son invisibles”, declara Kepesh. La directora del filme parece estar de acuerdo: no vemos de Consuelo más que la fuerza de los ojos de Penélope, la perfección del arco de su espalda y los pechos más dignos de contemplación que hayan pasado por una pantalla.
La fuerza real de la película se encuentra en sus personajes secundarios, en particular George, el viejo mejor amigo de Kepesh (interpretado con extraordinaria mesura y precisión por Dennis Hopper), en cuya relación de intimidad masculina, al mismo tiempo árida y desgarrada, se apoyan la mayor parte de las escenas afortunadas del filme. El personaje de Kepesh se redime en los matices que le otorga esta relación, así como en la que mantiene con su hijo (Peter Sarsgaard) y con su amante esporádica y de edad apropiada (Patricia Clarkson).
La elegida está construida con imágenes coherentes y sofisticadas; luces bajas y cuadros limpios forman un estilo visual definido, íntimo y elegante. Con cada una de sus películas el talento y la consistencia de Coixet se vuelven inapelables. Sin embargo, se extraña la efectividad emocional que la directora ha ido conteniendo con la maestría de su técnica. Sus primeras películas (Cosas que nunca te dije, 1996; Mi vida sin mí, 2003) tienen errores y tropiezos, pero mantienen una vitalidad cruda y terriblemente certera. La elegida tiene una madurez de estilo que es indudablemente superior y, de algún modo, menos entrañable.
Sin ser una película extraordinaria hay algo en La elegida y en el cruce de sus sensibilidades que crea una obra digna, envolvente y por momentos desgarradora. Si algo en ella no termina de encajar, habrá que culpar a la mezcla imposible que crea una directora española dirigiendo una novela de Philip Roth en Nueva York. Es un constante tirar de cuerda entre dos cosmovisiones igual de efectivas, igual de fuertes, pero absolutamente incompatibles: por un lado, las imágenes sutiles y las actuaciones tersas de una dirección profundamente femenina; por el otro, las exigencias de autodegradación y crudeza que la anécdota de Roth le imponen a esa dirección. Es un pleito entre dos idiosincrasias tan precisas, tan distintas y poderosas que a veces hasta se tocan. Aunque por momentos nos sintamos frente a un guión de Woody Allen dirigido por Pedro Almodóvar.
Catalina Aguilar. Licenciada en comunicación, guionista y directora.