
Dirección: James Gray.
Guión: James Gray y Ric Menello.
Reparto: Joaquin Phoenix, Gwyneth Paltrow, Vinessa Shaw.
Duración: 110 minutos.
Un hombre cojea ligeramente y lleva consigo una prenda colgada en un gancho, envuelta por el plástico de alguna tintorería. Tras un breve titubeo, el hombre se tira al agua, se hunde. Allí, bajo el mar, lejos del mundanal ruido, el hombre sufre una visión; o bien, algo le es revelado, tanto que, ahora sí decidido, sube a la superficie, pide ayuda… y es rescatado. Pasado el trance, el hombre continúa con su recorrido, la vida recobrada y la prenda perdida.
Así comienza Two Lovers, la película más reciente de James Gray, retrato de Leonard Kraditor, hombre soltero y marginado del éxito, una suerte de despojo de la sociedad que no ha recuperado del todo la salud violentada luego de la separación de una mujer. Encarnado por el mejor Joaquin Phoenix, Leonard vive con sus padres —judíos, inmigrantes—, los ayuda con el negocio familiar —una tintorería en Brooklyn— y, preso de una vocación no consumada, toma fotografías de lugares venidos a menos —artísticas, en blanco y negro—, acaso su propio reflejo.
El estatismo de Leonard, sin embargo, sufre una estocada doble cuando conoce, primero, a Sandra, la guapa y calma hija de un socio potencial de su padre, y, luego, a Michelle, una vecina tan atribulada como hermosa y epifánicamente rubia. A pesar de su aparente disfuncionalidad para lidiar con el devenir cotidiano, Leonard posee un don para relacionarse con las mujeres: no sólo es encantador y divertido, sino transparente y, en apariencia, franco. Así las cosas, Two Lovers nos confrontará con el derrotero y la decisión última de Leonard, cuyo malabar del dúo antitético de mujeres que la vida le ofrece no podrá ser sostenido con gracia, ni por mucho tiempo.
Como muchos otros directores, Gray ha buscado en los linderos de Manhattan —la gran ciudad como fondo: el telón de utilería que, a ratos, nos distrae del escenario— la locación para el ejercicio de su arte. De pronto, Two Lovers remite a la obra temprana de Edward Burns —The Brothers McMullen (1995), su ópera prima, y She’s the One (1996)—, aunque el derrotero de Gray es el denso drama y no la candidez ligera, melodramática, de su congénere, si bien ambos autores son hábiles en el dominio del intimismo. En un paréntesis bostoniano, el aliento a la vez clásico y trágico de Two Lovers recuerda la atmósfera lograda por Clint Eastwood en Mystic River (2003), así como el tratamiento de los personajes de Martin Scorsese en The Departed (2006) y de Ben Affleck en Gone Baby Gone (2007).
Más allá de los parangones, siempre gratuitos y las más de las veces subjetivos, con el estreno de Two Lovers resulta comprensible el fiel amor de Cannes por los filmes de James Gray, que desde la aparición de su segunda película, The Yards (2000), han sido nominados a la Palma de Oro: se trata de la obra de un auteur, enaltecida por su asimilación del canon fílmico quintaesencial y su obligado desprendimiento del Hollywood contemporáneo, aunque quizá no sea tan propositivo como en su momento sí lo fuera Steven Soderbergh con Sex, lies, and videotape (1989), quien sí se llevó la presea a la primera.
En suma, más allá de la trama de Two Lovers, cuya sencillez se ve engrosada por una tensión latente y continua, el cuarto largometraje de Gray es un notable ejercicio fílmico en el que la aparente austeridad de recursos es su más grande logro. No sólo la película nos apabulla estéticamente —a pesar de suceder en la Nueva York actual, el pasado de la ciudad parece un presente conservado en ámbar—, sino que el desempeño actoral de Phoenix —de la mano de un elenco secundario que funciona como la maquinaria del más preciso de los relojes— lo muestra como un actor de gran talla, el talento por fin domeñado en lo que parece ser su canto de cisne: si le hacemos caso, Joaquin Phoenix se ha retirado de la escena y será la última vez que lo veamos en la pantalla. Y vaya que aquí vale la pena verlo.
David Miklos. Escritor. Su libro más reciente es La hermana falsa.