
Enrique Vila-Matas,
Dublinesca,
Seix Barral,
México, 2010, 327 pp.
Dublinesca: el poema de Philip Larkin que atrapa el paso doliente y a la vez carnavalesco de un cortejo femenino que acompaña el cadáver de una prostituta. Dublinesca: bajo ciertos auspicios, la reencarnación de esa puta querida en el cuerpo también putrefacto de la gran literatura. Dublinesca: una endecha en honor de James Joyce y Samuel Beckett, dublineses a su manera y, por qué no, a su pesar. Dublinesca: el gesto de despedida a una era y a una vida que se van. Estos y muchos otros significados y resonancias produce la Dublinesca, no una maroma patentada por algún futbolista educado en la alta escuela del club Barcelona sino la suma probable de los saberes narrativos de Enrique Vila-Matas.
Hay novelistas que toman algunos riesgos y hay novelistas que sólo se conciben mirando el riesgo de frente. Vila-Matas pertenece a la segunda estirpe. Ya imaginar a un editor como protagonista de una de sus historias arroja un primer diagnóstico: elevada confianza en sí mismo. Y es que los editores no acostumbran referirse generosamente a los autores que protegen y hasta lanzan al estrellato. Es más, salvo unas cuantas excepciones bendecidas por la amistad, entre unos y otros priva el recelo, la desconfianza, la propensión a cultivar el jardín propio. Un segundo diagnóstico: el Vila-Matas escritor y el Vilas-Matas lector son inseparables, una misma figura revestida de poderes distintos pero complementarios. Y un tercero: uno defiende la sospecha de que Vila-Matas procura esa doble condición y que incluso no podría mirarse al espejo sin disfrutar de su doble personalidad.
¿Cómo leer entonces Dublinesca? Digamos que como la casa vacía de Riba —el protagonista— y de todos los editores que han dedicado su talento a compilar un catálogo exquisito que al final de los días se siente amenazado por la vorágine digital. ¿Así que las páginas escritas, las de Montaigne, las de Diderot, las de Proust, bla-bla-bla, deben encaminarse a su fin como un toro que se refugia en las tablas y espera la estocada fatal? Pues sí. Riba, de hecho, es algo semejante a uno de los últimos ejemplares de una especie en peligro de extinción, la de los editores enemigos de la nueva ola gótica que arrastra hechiceros, dragones, princesas de cara blanca, enanos combativos y finales edificantes —bestsellers, cómplices de los libros vueltos productos y de los autores vueltos proveedores—, pero amigos nostálgicos de tiempos en los que aún podían incluir a Robert Walser, Claudio Magris, Hugo Claus, Italo Calvino, Martin Amis... Pobre Riba: porque está en el trance de vender su empresa editorial y porque sus riñones no dan para seguir bebiendo alcohol, el combustible que hacía posible la firma al calce de un contrato, la llave, la brújula, el espejo. Pobre Riba: tan solo y tan a merced de su soledad, tan lejos de la literatura, no la de los redactores o espontáneos, la de los que miran el riesgo de frente. Riba paradójico: pasa extenuantes jornadas navegando por internet para contrarrestar los efectos de su doble abstinencia.
Vila-Matas ha creado un personaje entrañable. A causa del azar, Riba toma el trabajo de celebrar los funerales de la era de Gutenberg en el cementerio de Dublín donde transcurre el capítulo seis del Ulises de Joyce. La novela se va en ello y en celebrar esa vida corriente en la que no pasa absolutamente nada. Que no pase nada es una elección estética y un elogio a los encantos de la vida corriente frente a las odas al heroísmo. Riba, ya lo sospechamos, es un antihéroe: abstemio, retirado, a punto de cumplir sesenta años. Parece un dinosaurio olfateando la proximidad de la glaciación definitiva. ¿Qué le queda por hacer? Apurar su muerte —como la del libro impreso, como la de una sensibilidad necesitada del silencio, como la de una civilización que creía en el papel y la pluma— volviendo al alcohol, que al menos por unas horas llena el vacío.
Uno podría creer que Dublinesca es una novela severa y errará por mucho. Es cierto: se conduce en tono apocalíptico. Pero por aquí y por allá asoma un rechazo irónico a quienes cantan “adiós a todo esto”. Vilas-Matas divierte —y también da muestras de haberse divertido en serio durante el tiempo de escritura— apelando a la erudición literaria. De pasada, como no queriendo, mientras expone el derrumbe de Riba, esparce citas, anécdotas librescas o de carne y hueso, secretos editoriales, indiscreciones para solaz del mundillo. Procede como el gran lector que es, invitándonos a recorrer o a repasar las páginas concebidas por sus autores tutelares —no sólo Joyce y Beckett sino media centena—, todos vivos por obra y gracia de la letra impresa.
El diccionario de la lengua española debería admitir un vocablo nuevo en su cuerpo. Dublinesca: dícese de una novela que algunos juzgarían exclusiva para escritores pero que en realidad ha sido imaginada para alegrar a lectores arriesgados.
Roberto Pliego. Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.