“los dedos bailando por mis mejillas, un ruido que vibra con violencia y sale de mí… y las sombras; no dejaré que me derrumben nunca más, NO.
—Mel, sostenme.
Dentro soplan vientos abrasadores, crujidos y toses y —Mel.
No puedo mirar a Mel a los ojos porque su cara es un chorro puro de violetas, rojos y amarillos, y
—SOSTENMEEEEE”
Ray Robinson, Electricidad (traducción de Isabel Vericat), Sexto Piso-UNAM (Dirección de Literatura), México, 2008, 350 pp.
Hay un equilibrio que cierta ficción ha buscado: hacer inteligibles los estados de conciencia sin caer en la indeterminación ni en el didactismo. Una posibilidad ha sido el monólogo interior, ese libre discurrir confiado en una certidumbre: que el pensamiento se da con la palabra. Otra solución está en narradores que urden análisis concienciales muy hondos valiéndose de metáforas para no transcribir, sino traducir, volver visible lo que late antes del lenguaje —la asunción aquí es que pensamos con imágenes.
En su primera novela, Electricidad, el narrador británico Ray Robinson (1971) busca hacer inteligible estados rotos por la epilepsia. La protagonista hace un recuento de su vida a partir de sus 30 años, y en él se intercalan breves analepsis sobre su infancia en una familia disfuncional. Al comienzo, frente al cadáver fresco de la madre, Lily cree estar a salvo por fin de su enemiga. Pero la trama sugiere de qué forma el pasado es tan categórico que ese fantasma —la voz materna— se le ha incorporado en la psique mediante el eco de un demonio íntimo, la epilepsia. El nudo dramático de la novela no es, sin embargo, el dilema fisiológico. El desorden funciona en tanto una circunstancia, importantísima pero no determinante: Lily muestra un coraje que la lleva a Londres en busca de su hermano.
La narración no mantiene unidad de estilo, sino que fija un pie en la traducción de los arrebatos de la epilepsia, y otro en la narrativa de los sucesos corrientes. Cierto: el autor provee de una excesiva información médica a la historia. También, la cotidianidad entre los ataques se discierne lenta y abundosa en diálogos y descripciones. Parecería que la narrativa busca mimetizar los ritmos de la epilepsia; sin embargo, la solución no pasaba por narrar casi siempre en escenas, sino a través de otras formas de tempo. Estos rasgos, con todo, no menoscaban la construcción ambiciosa, nunca desdibujan a la protagonista, que es el mérito principal de la novela. Lily no se detiene en el nihilismo ni en la intelectualización insensible: entre el enojo y la ternura, entre la búsqueda de pertenencia y la conciencia de su condición difícil, se revela un personaje vigoroso. ¿…Que hay que destruir las nociones de personaje y de trama porque el cine y la televisión las han vuelto una convención? Electricidad se aleja de pruritos teóricos y, con registros diversos —de la imagen a la sequedad descriptiva—, construye, a diferencia de cierto cine y mucha televisión, no estereotipos sino un personaje contradictorio, que en su crisis y arrojo cuestiona asunciones cómodas sobre la conducta humana, en este caso, la vida después de
una discapacidad.
Una pregunta final: ¿qué quiere decir “epilepsia”? Electricidad no encubre alegorías, pero ese desorden parece referirse a la interiorización de los demonios familiares que se recolectan en la infancia. Ese propio rostro convulso, que Lily ve en las fotografías tomadas por el novio, le recuerda el de su madre. La epilepsia funcionaría —odio incurrir en conclusiones trascendentales pero no me resisto a perpetrar la siguiente— como una metáfora del pasado que vive en el presente. Esa electricidad que estremece los músculos viene de muy lejos, y es el peso de la herencia y la infancia, que hace trastabillar al individuo aunque sin condenarlo al fracaso ni a la inmovilidad. En efecto: ¿qué es narrar sino revivir, como ataques de musculosa energía, los hechos pretéritos? ¿Qué sería de la ficción sin el pasado? A diferencia de quienes buscan negar en literatura cualquier nexo con lo anterior, creo que toda narrativa es memoriosa en un sentido ineludible: cualquier relato inmiscuido en el diálogo belicoso con el presente desarrolla una conciencia inquietada sobre la fuerza del pasado —el ayer que vuelve— en cada respiro actual, en cada simple paso. Narramos porque el pasado a fuerzas y de todas formas permanece, y en el relato está la posibilidad, no de darle oxígeno a un cadáver enemigo, sino de revelar aquello que, disfrazado en el ahora, continúa transmitiendo su violencia, una epilepsia no física: memoriosa, emocional. No es la letra, al revivirlo, cómplice inconsciente del pasado; es su testimonio, pruebas para el conocimiento en torno de la identidad humana.
Geney Beltrán Félix. Editor, narrador y ensayista.
Ha publicado El biógrafo de su lector.