
Héctor Manjarrez, Yo te conozco, Ediciones Era/UNAM, México, 2009, 175 pp.
“¿Cómo se mide la soledad de un niño? ¿Quién sabría recordar exactamente las angustias y el miedo, el pavor mismo, de un pequeño ante un simple silencio?”, se pregunta el narrador de Yo te conozco, última novela del escritor mexicano Héctor Manjarrez (ciudad de México, 1945).
En el ámbito de la memoria y la ficción, alimentadas por el testimonio y el humor de una época, Yo te conozco es ese recuerdo que se aproxima con exactitud a las angustias y los sueños de una infancia marcada por la figura ausente del padre, obligada prematuramente a “aprender el canijo y agradable oficio de vivir”. Novela de aprendizaje, de aventuras urbanas y sentimentales, es también la recreación de los años cincuenta en la ciudad de México, la crónica de sus estados de ánimo. Si un escritor ha sabido relacionarse con el pasado reciente a través de la remembranza novelada, por ejemplo en Lapsus (1971) y en Pasaban en silencio nuestros dioses (1987), éste ha sido Héctor Manjarrez.
Mediante un prodigioso ejercicio de la memoria y una fidelidad encomiable a la imaginación infantil, el narrador cuenta, en tercera persona, y con una prosa coloquial, la última infancia de los hermanos Julio César y Marco Antonio (los “Romanitos”), así como de quienes, por circunstancias de la vida, integran el universo de su familia: una madre abandonada, un padre que huyó a Praga, la tía, el tío gringo y las domésticas que inician o inhiben, según su belleza o fealdad, la calentura sensual de los niños.
Aunque no hay una trama realmente fuerte (la ligereza de los primeros diálogos puede exasperar), ni una intensidad narrativa ni temática como la que Manjarrez alcanza en esos perfectos relatos de Ya casi no tengo rostro (1996) o en su delirante novela La maldita pintura (2004), la complejidad vital con la que el autor caracteriza a los dos pequeños protagonistas otorga una extraordinaria fuerza a la novela y la exonera de convertirse en una anécdota trivial. En sus páginas hay una frecuente pugna entre la imaginación infantil que se niega a morir —exacerbada y puesta en jaque por la aparición repentina de un marciano— y la vida reprimida, artificiosa y mecánica de los adultos. Con un humor y una ironía a la que ya nos tiene acostumbrados, no sólo en el desarrollo de la historia sino en el tratamiento de sus personajes, Manjarrez confirió a los niños de esta historia una mirada cáustica, a veces desengañada, aunque infantil y emocional, sobre el mundo ridículo de los adultos. Es probable que la niñez de ayer fuese tan complicada como la de hoy, tan misteriosa como llena de curiosidad. Héctor Manjarrez lo entendió así.
Como en Las batallas en el desierto (1981) de José Emilio Pacheco, Héctor Manjarrez evoca una época, la suya, a través de un narrador —seguramente adulto— que fue testigo y protagonista de la misma —o esto sugieren expresiones como “Tu mamá”; “Tu papá”; “Tu tía”—. En Yo te conozco resurge, con toda vivacidad, el niño que fue o quiso o pudo haber sido el narrador. Unos años de fiesta, de lanzamiento del Sputnik, de avistamientos frecuentes de ovnis, de música vernácula y lloviznas de rocanrol, Cadillacs y Hudsons, así como de un priismo provinciano, autoritario e hipócrita que actuaba como censor del vicio y paralizaba la vida nocturna de la ciudad. Una época en la que se respiraba un inducido temor al comunismo y una sexualidad reprimida que se agravaba por el “¡Alto el juego!” decretado por el “regente de hierro”, Ernesto P. Uruchurtu, para cerrar burdeles, antros y casas de citas. Eran los tiempos en que la rectitud y la felicidad, como la democracia, se decretaban con base en leyes y reglamentos. México y los mexicanos eran oficialmente felices. Y creían serlo, como lo describe Manjarrez.
En la novela, sin embargo, el contraste a este patetismo ciudadano lo ofrecen las experiencias y los testimonios de los niños protagonistas que observan la tontería, la mentira, la debilidad y la vileza de los adultos y del mundo en que viven. Éste es sin duda uno de los aciertos que Héctor Manjarrez llevó a cabo en este fiel y sensible ejercicio de memoria.
Irad Nieto. Ensayista y crítico literario. Es autor de El oficio de conversar.