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01/04/1995
Chiapas y la guerrilla
Carlos Tello Díaz ( Ver todos sus artículos )
 
 

Carlos Tello Díaz. Escritor. Autor de El exilio. Un relato de familia.

La historia de la guerrilla chiapaneca es continuación natural de los movimientos que en los sesentas, y con la mirada puesta en la revolución cubana y su horizonte continental, armaron y fracasaron al implantar el paraíso socialista en la tierra. Una historia intrincada y no por materialista menos vinculada con las tareas del espíritu, sobre todo en su flanco religioso. Este texto forma parte del nuevo libro de Carlos Tello Díaz, La rebelión de Las Cañadas, de próxima publicación, un sólido ejercicio de historia inmediata cuya investigación ocupó más de un año a su autor.

El año de 1974 sería, por razones muy diversas, uno de los más importantes en la historia de Chiapas. En aquel año, en efecto, los indígenas de la Selva conocieron, al fin, la noticia del Decreto de la Comunidad Lacandona. Conocieron, también, los detalles del golpe contra la dirigencia de las FLN, en el municipio de Ocosingo. Las Fuerzas de Liberación Nacional habían surgido a finales de la década de los sesentas, influidas por el triunfo de la revolución en Cuba, en el contexto de la represión desatada por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Eran antisoviéticas y cubanófilas. Nunca mantuvieron relaciones con el PCM. Tampoco con los otros grupos político-militares que proliferaban en el país. Eran más bien notables por aislacionistas. Estaban dirigidas por César Yáñez y por Alfredo Zárate, a quienes sus compañeros en el movimiento identificaban con sus nombres de batalla: Pedro y Santiago. Todas eran personas más o menos bien acomodadas. Muchos estaban vinculados con las universidades más prestigiadas del país. Las FLN fueron descubiertas como resultado del tiroteo que su dirigencia, sorprendida, libró con un grupo de policías en Monterrey. Eran los inicios de los setentas. A partir de entonces limitaron al mínimo sus acciones de proselitismo. En febrero de 1974, la policía dio con una de sus casas de seguridad en el norte de México. Estaba comandada por Jaime -o sea, por Napoleón Glockner- quien al ser interrogado por sus captores proporcionó los datos necesarios para descubrir la granja de la calle de Jacarandas, en Nepantla, al sur del Estado de México. Era la base de las FLN. El 14 de febrero, en esa granja, durante la refriega que tuvo lugar contra la Policía Judicial, murieron cinco rebeldes, uno de los cuales era Santiago, el lugarteniente de Pedro. Napoleón Glockner, al parecer, pidió la rendición del resto de sus compañeros. Entre las personas que fueron aprehendidas estaba también una muchacha de dieciocho años, María Benavides, a la que llamaban Ana. Ella confesó después "que su idea principal era la de instaurar en México un gobierno socialista por la vía armada".(1)

(1) Excélsior, 21 de febrero de 1974.

La captura de la granja de Nepantla permitió que las fuerzas de la Federación asestaran, por esos días, un golpe de muerte contra la red de las FLN en la Selva Lacandona. Sus militantes promovían en esa región el Núcleo Guerrillero Emiliano Zapata. El centro de sus operaciones estaba situado cerca de El Diamante, el rancho de don Atanasio López, donde César Yáñez, comandante de las FLN, había comprado, tiempos atrás, un terreno para sembrar chiles: El Chilar. Los guerrilleros entrenaban en aquel terreno, y realizaban también, en un túnel, sus prácticas de tiro. No mantenían contacto todavía con las comunidades, ni tampoco con los sacerdotes. No lo mantenían con nadie. Estaban, en verdad, desamparados. En ese contexto tuvo lugar, a mediados de febrero, la Operación Diamante. "Al llegar los elementos de la Policía Judicial y del Ejército Federal al rancho El Diamante", informó la prensa, "los activistas opusieron ligera resistencia y se dieron a la fuga, pero dejaron abandonados archivos con documentos comprometedores y antecedentes de los aspirantes a ingresar en el grupo".(2) Los guerrilleros, además de los archivos, también abandonaron radios, armas, fotos, mapas, víveres, medicinas, planes de trabajo. Entre los que pudieron huir estaba César Yáñez (Pedro), junto con su compañera, una muchacha rubia y delgada, muy joven, Elisa Sáenz (Blanca). Algunos fueron luego sorprendidos por las autoridades en un paraje conocido con el nombre de El Chamizal. Otros fueron capturados, sin agua ni comida, en el ejido Plan de Ayutla. Blanca, delatada por los campesinos de Cintalapa, violada por sus captores, fue después asesinada por miembros del Ejército. El 17 de abril, por fin, murió también el comandante Pedro. Llevaba dos meses en fuga, alrededor de la laguna El Naranjo. Ese día, mientras preparaba su tepescuincle para comer, un campesino que servía de guía de los soldados lo mató con un tiro de su fusil. Pedro fue sepultado, según versiones de los vecinos, en una de las colinas del ejido El Censo.

(2) Excélsior, ibid.

Entre los militantes de las FLN que sobrevivieron al golpe de 1974 estaba también un hermano de Pedro. Pertenecía, como él, a la jefatura del movimiento. Fernando Yáñez acababa de cumplir treinta años en aquella primavera. Era robusto, alto, con la frente despejada. Sus padres, Margil Yáñez y Beatriz Muñoz, vivían en la ciudad de Monterrey. Tenían relaciones de amistad con don Jesús Piedra. Rosario Ibarra, su mujer, había conocido de pequeños a sus hijos. "Jugaban en el barrio, en la Calle Madero, en Monterrey".(3) Fernando, al terminar el bachillerato, inició la carrera de arquitectura en la Universidad de Nuevo León. Era miembro de la dirección del Instituto Cultural Mexicano Cubano Fray Servando Teresa de Mier-José Martí. Al final de su carrera, que dejó sin terminar, viajó por unos meses a la Unión Soviética. Más tarde, al inicio de los setentas, recibió cursos de guerra de guerrillas en las montañas de la Huasteca, por el rumbo de Santa Catarina, en Nuevo León. Era responsable de la red que tenían las FLN en Tabasco. En la primavera de 1974, durante las operaciones realizadas en Monterrey por comandos de la policía, Leo, como lo conocían sus compañeros, escapó de la casa de seguridad que conservaban en el número 2429 de la calle Fortunato Lozano. Con él también estaba Mario Sáenz, Mateo, uno de los hermanos de Blanca. Ambos huyeron hacia la Ciudad de México. Leo, al pasar el tiempo, sería conocido, en memoria de su hermano, con el nombre de Germán. Habría de regresar al cabo de diez años a la Selva Lacandona, con otros insurgentes, para coordinar en la región de Tierra y Libertad -secundado por muchachos más jóvenes, como Marcos- el núcleo de lo que sería después el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

(3) Citado por Proceso, 13 de febrero de 1995.

La captura de las FLN en el municipio de Ocosingo coincidió con la preparación del Primer Congreso Indígena de Chiapas. Este Congreso, motivado por los quinientos años del nacimiento de De Las Casas, estaba programado para comenzar el 13 de octubre de 1974 en la ciudad de San Cristóbal. El presidente Luis Echeverría, que tenía relaciones más o menos buenas con la Iglesia, sobre todo con el ala que representaba Méndez Arceo, quiso, por medio del Congreso, movilizar a las masas de Chiapas en favor del Estado. Con ese propósito, Angel Robles, a cargo de los preparativos, solicitó la colaboración del obispo de San Cristóbal. "El señor Samuel Ruiz, para aceptar, expresó la condición de que fuera un congreso de indígenas; de ninguna manera un congreso de tipo turístico, folklórico, ni mucho menos con tintes demagógicos".(4) La participación de don Samuel hizo que la conducción del Congreso, inevitablemente, saliera de las manos del gobierno de la República. Fueron elaboradas, por acuerdo de las comunidades, cuatro ponencias -tzeltales, choles, tzotziles y tojolabales- que giraban, a su vez, alrededor de cuatro temas: la tierra, la salud, la educación y, por último, el comercio. La promoción del Congreso, entre los tzeltales, estuvo a cargo de la misión de Bachajón y de la parroquia de Ocosingo. Así pues, por varios meses, colaboraron en un equipo de trabajo religiosos de la misión, como Mardonio Morales, con agentes de la parroquia, como Javier Vargas, que participarían, con el paso de los años, en corrientes muy opuestas dentro de la diócesis de don Samuel. El 13 de octubre comenzó por fin la fiesta del Congreso Indígena. Fue una fiesta de verdad, amenizada con música de flautas, tambores, guitarras, arpas y marimbas de Los Altos.

(4) Jesús Morales, "El Congreso Indígena de Chiapas", Anuario 1991, Instituto Chiapaneco de Cultura, Tuxtla, 1992.

El Congreso Indígena de Chiapas inició sus trabajos con unas palabras del gobernador del estado, un hombre de bien, don Manuel Velasco Suárez. "Ojalá que podamos ofrecerles por lo menos esto", les dijo a los indígenas. "Que sean ustedes los que escojan lo que quieren ser. Que no aparezca un congreso manipulado por nosotros, que de ninguna manera se sientan coartados en su libertad, que expresen su verdad como la viven".(5) Así sucedió -tanto que rebasó por mucho la capacidad de tolerancia del Estado. El Congreso, al final, actuó con una libertad sin fronteras en su relación con el gobierno de Velasco Suárez. La dinámica de sus reuniones, todas ellas realizadas en lengua, traducidas después al español, combinó formas de asamblea de carácter mestizo (como el orden del día) con otras de carácter indígena (como el acuerdo). Los representantes de las comunidades privilegiaron el tema de la lucha por la tierra. Al abordar ese tema, durante las discusiones sobre las estrategias a seguir, los organizadores del encuentro propusieron a su vez objetivos a corto plazo- "despertar la conciencia proletaria en nosotros"- así como también objetivos a largo plazo: "el cambio del actual sistema hacia una sociedad en que no haya propiedad privada de los medios de producción".(6) Era muy común plantear ese tipo de metas en la década de los setenta, cuando todo el mundo soñaba todavía con el paradigma de la Revolución. Así también, por esas fechas, algunos de los intelectuales más notables del país, en un libro que sería clásico, identificaron sin ambages el bienestar de la nación con "un proceso revolucionario cuya etapa esencial es la expropiación de los medios de producción por la clase trabajadora".(7)

(5) Citado por Jesús Morales, Ibid.

(6) Jesús Morales, ibid

(7) Pablo González Casanova y Enrique Florescano, México hoy, Siglo XXI, México, 1979, p.14.

En el Congreso Indígena de Chiapas surgió, por vez primera, el proyecto de fundar una organización para representar los intereses de las comunidades de la Selva. "Para hablar en una sola voz de la tierra, la salud y la educación, y la comercialización también".(8) El proyecto cristalizaría, meses después, en Quiptic Ta Lecubtesel. Los dirigentes indígenas que participaron en el Congreso, reunidos en asambleas desde fines de 1974, tenían oportunidad de conocer en ellas los problemas, no sólo de sus ejidos, sino de las comunidades en general que poblaban Las Cañadas. En esas asambleas entraron en contacto, muy pronto, con una organización que luchaba por el cambio del sistema: Unión del Pueblo. Era típica de su tiempo. La represión de finales de los sesentas, la de principios de los setentas, impune, terrible, había suscitado reacciones muy diversas entre los militantes de la izquierda. Hubo quienes respondieron a la violencia con la violencia: optaron por el paradigma de la guerrilla, en las FLN, en la Liga Comunista 23 de Septiembre. Hubo quienes, por el contrario, acabaron persuadidos de que la reforma del sistema podía ser realizada sólo desde dentro, no desde fuera: optaron por aceptar, para cambiar, las reglas del régimen, en el PCM, incluso muchas veces en el PRI. Hubo también los que, por último, sin dejar de criticar a los reformistas, cuestionaron a la vez el camino de las armas. Estos últimos resolvieron acudir a las colonias, a los ejidos, a las fábricas, para discutir, allí, las estrategias a seguir. Estaban convencidos de la necesidad de trabajar al margen de la política de las instituciones, electoral y partidista, para militar al lado de las masas. Sus cuadros, urbanos en su mayoría, bien acomodados, empezaron entonces a salir de las universidades en busca de su destino: el Pueblo. 

(8) Entrevista con santiago Pérez (abril de 1994, Ocosingo).

Unión del Pueblo formaba parte de la corriente que privilegiaba, sobre todo lo demás, el contacto con las masas, a pesar de que nunca descartó -lo pospuso nada más el expediente de la violencia. "Había mucha represión", recuerdan sus fundadores. "No había prácticamente espacios. Tuvimos que pensar en otros métodos, obviamente clandestinos y además armados".(9) Las reuniones tenían lugar en la Universidad de Chapingo, bajo la jefatura de José María Ortiz, el Gordo, un intelectual de Guatemala, con relaciones en Cuba y en Corea. En ausencia de Ortiz, que viajaba con frecuencia, el mando caía sobre los hombros de Héctor Zamudio, profesor de economía en Chapingo. Ambos representaban líneas muy distintas. En Unión del Pueblo cohabitaban, en efecto, dos tendencias que, con los años, acabarían por dividir la base del movimiento: una guevarista- lidereada por Ortiz- y otra maoísta dirigida por Zamudio. Ambas tendencias aceptaban, en principio, el recurso de las armas como parte de la lucha para la transformación de México. Así lo demuestran sus documentos. "Es necesario desarrollar las luchas que surjan del pueblo", decían, "es decir, que las luchas económicas se transformen en luchas políticas y finalmente en insurrección armada".(10) Sus diferencias, entonces, giraban en torno del peso que, desde perspectivas muy similares, le daban a las armas. Los maoístas, a diferencia de los guevaristas, pensaban que, antes que fomentar la rebelión, había que realizar trabajo de concientización entre los que serían después las bases de apoyo del movimiento. Fueron ellos quienes a final de cuentas trabajaron en alianza con la diócesis de San Cristóbal. Sus militantes llegaron a Chiapas gracias a los vínculos que mantenían con Antonio García de León, historiador y jaranero, profesor en el Seminario Marista de San Cristóbal, más tarde coordinador de los traductores que trabajaron en el Congreso Indígena. García de León los introdujo con la diócesis de San Cristóbal y la diócesis, a su vez, los introdujo con las comunidades de Las Cañadas.

(9) Entrevista con Héctor Zamudio (febrero de 1995, México) 

(10) Unión del Pueblo, Un punto de vista, México, 1972.

A lo largo de 1975 tuvo lugar en Las Cañadas una serie de reuniones "para empezar a formar la Quiptic".(11) Las reuniones eran coordinadas por el ingeniero Jaime Soto, dirigente de los maoístas que llegaron a Chiapas con Unión del Pueblo. En ellas, Soto contaba siempre con el apoyo de Javier Vargas, misionero seglar de la parroquia de Ocosingo. Era la primera vez que la diócesis tenía relaciones con grupos que luchaban por la revolución. Formaban un equipo de trabajo muy eficaz. Vargas presidía los cursos que tomaban los catequistas, a quienes coordinaba, para después introducir al ingeniero Soto. Los indígenas destinados a la dirección de Quiptic eran todos, en efecto, catequistas, como lo eran, por ejemplo, Francisco López y Santiago Lorenzo. La mayoría de las veces, las reuniones ocurrían en la casa de las autoridades de Prado Pacayal, uno de los ejidos de la cañada de Patihuitz. Era una casa muy elemental, con las paredes hechas de raja, como llamaban en aquel lugar a los trozos de pino que rajaban con el hacha. En el piso, sobre la tierra, había bancas y mesas de madera. Jaime Soto tenía que dar las clases en español para que sus palabras fueran después traducidas al tzeltal. Pocos indígenas, entonces, dominaban la castilla. En esas circunstancias, las clases duraban hasta muy entrada la noche. Todos colaboraban en algo para que tuvieran éxito. "La comunidad juntaba frijol, tortilla y pozol, y los compañeros se turnaban para hacer la comida de los maestros", recuerda Santiago Lorenzo, que sería después secretario de Quiptic.(12) El ingeniero Soto, a su vez, alto y robusto, daba cursos sobre los temas más variados: ley agraria, geografía, problemas comunitarios, salud, historia patria. Los indígenas que lo conocieron en aquellos días jamás olvidarían el apoyo que les dio. "Nos hallamos mucho con él", dicen. "Fue nuestro mejor maestro."(13)

(11) Entrevista con Santiago Lorenzo (abril de 1994, Ocosingo).

(12) Entrevista con Santiago Lorenzo (abril de 1994, Ocosingo).

(13) Entrevista con Santiago Lorenzo (abril de 1994, Ocosingo).

A fines de 1975, en una reunión presidida por Jaime Soto, los dirigentes de las comunidades aprobaron los estatutos de Quiptic Ta Lecubtesel. "Le dijimos a un licenciado que no entendía que así se iba a llamar", cuentan los dirigentes. "Que era nuestra lengua".(14) La Unión de Ejidos Quiptic Ta Lecubtesel (en tzeltal, Unidos Por Nuestra Fuerza) fue constituida, legalmente, el 14 de diciembre de 1975. Estaba formada, al principio, por dieciocho ejidos de la región de Patihuitz y San Quintin. Todos los ejidos tenían que ser católicos, por mandato de los estatutos. Algunos tenían nombres muy hermosos: Laguna del Carmen Pataté, Suchilá, La Garrucha, San Miguel, Prado, Betania, La Sultana, San Antonio las Delicias. Unos meses después, los campesinos de las otras cañadas de la Selva -en especial Amador y Avellanal- unieron sus esfuerzos con los de Quiptic. Muchos de ellos habían participado, tiempo atrás, en el Congreso Indígena de Chiapas. Allí estaban, por ejemplo, José Zaragoza, de El Guanal; Lázaro Hernández, de San Francisco; Marcelino Santis, de Laguna Santa Elena. Los tres vivían en poblados afectados por el Decreto de la Comunidad Lacandona. Las demandas que los aglutinaban eran iguales a las de Quiptic. Todos estaban a favor de la regularización de la tenencia de sus tierras; a favor de contar con una bodega, con un medio de transporte, con un sitio para descansar en Ocosingo. Todos, asimismo, estaban en contra de los impuestos que les exigían por servicios que ni siquiera tenían; en contra de las autoridades que, año con año, llegaban a multar a los campesinos por hacer su milpa, por cortar trozos de leña para cocinar. Por eso formaron Quiptic. El presidente, elegido por las comunidades, era Santiago Pérez; el secretario, que trabajaba con él, era Santiago Lorenzo.

(14) Entrevista con Santiago Pérez (abril de 1994, Ocosingo).

Santiago Pérez tenía veintiún años en el momento de ser electo presidente de Quiptic. Era bajo, delgado, amable, pensativo. Vivía con su familia, sin tierras, avecindado nada más, en las afueras del ejido San Juan. Durante su niñez, recordaba, había llegado a San Juan un comerciante de ropa de Los Altos -don Arnulfo Robelo, lo llamaban- con quien anduvo después por más de tres años en la Selva. Con él aprendió a leer, a contar, a escribir, a dominar el español. Su biografía, tan singular, era muy distinta, sin duda, a la del secretario de Quiptic, su tocayo, Santiago Lorenzo, que vivía con sus padres en el ejido San Miguel. Tenia nada más dieciséis años. En San Miguel había realizado todos sus estudios, hasta cuarto de primaria. "Me gustaba estudiar mucho", comenta. "Aprendí Las cinco vocales y los veintinueve abecedarios, aprendí a colocar letras, pero no sabía lo que decían".(15) Con el paso de los años dominó, por fin, el español, con lo que sobresalió después entre sus compañeros. Tuvo suerte. "Yo tenía un mi tío que se fue de San Miguel", dice, "y mi papá luchó para que yo heredara su derecho en el ejido".(16) Así fue como, a nombre de su comunidad, fue designado más tarde secretario de Quiptic. Los dirigentes de la organización coincidieron en la necesidad de tener, antes que nada, un lugar en Ocosingo. Con ello empezaron a sentar las bases de su autoridad. "Decidimos comprar un sitio con una cooperación de 50 centavos por familia", recuerdan, "para llegar a comprar jabón y sal, y dormir a donde no nos metan perro".(17) Eso, que parecía tan fácil, resultó muy difícil. "Nos decían comunistas, nos decían guerrilleros, pero lo único que queríamos era un sitio en Ocosingo".(18)

(15) Entrevista con Santiago Lorenzo (abril de 1994, Ocosingo).

(16) Entrevista con Santiago Lorenzo (abril de 1994, Ocosingo).

(17) Entrevista con Santiago Pérez (abril de 1994, Ocosingo)

(18) Entrevista con Santiago Pérez (abril de 1994, Ocosingo).

En Quiptic Ta Lecubtesel, al lado de Jaime Soto, trabajaba ya, a mediados de 1976, uno de los militantes más activos de Unión del Pueblo. Era también, como Soto, un cuadro formado durante la década de los sesentas en la Universidad Autónoma de Chapingo. El ingeniero René Gómez estaba por cumplir entonces treinta y un años. Era bajo, cejudo y fornido, y combinaba la inteligencia con la campechanería. Su nombre de guerra, con el que todos lo conocían, era Jacinto, en honor a Canek. Al llegar a Quiptic en 1976 no sospechaba todavía la fuerza de las ataduras que lo habrían de ligar por el resto de sus días con las comunidades de la Selva. Acaso tampoco Jaime Soto. Ambos tenían, para realizar su labor, el apoyo que les brindaba la misión de Ocosingo. Eran muy estrechos los lazos que vinculaban a la Iglesia con Quiptic. Muchos de los dirigentes de la organización eran catequistas. Algunos eran incluso tuhuneles. Los tuhuneles -o senidores- acababan de surgir por esos días como respuesta de la diócesis de San Cristóbal a peticiones hechas por las comunidades en el Congreso Indígena de Chiapas. En el Congreso, años atrás, los indígenas habían planteado la necesidad de tener un sacerdocio que les fuera propio. La diócesis, entonces, propuso la creación de los tuhuneles, quienes, sin estar ordenados, cumplían en sus poblados con funciones parecidas a las de los diáconos. En el otoño de 1976, Samuel Ruiz acabó de confirmar los cargos dados por los indígenas a treinta y cuatro servidores de Las Cañadas. Uno de ellos, uno que jugaría después un papel fundamental en el levantamiento del EZLN, era Lázaro Hernández. Tres años más tarde, Lázaro habría de recibir de las comunidades el cargo de tuhunel de tuhuneles.

La diócesis de San Cristóbal regulaba su relación con Quiptic no nada más por medio de sus cuadros -catequistas y tuhuneles- sino también por conducto de los asesores que llegaban a la Selva. Todos estaban obligados a pasar por el filtro de la diócesis. En el otoño de 1976, Samuel Ruiz conoció por azar, en Torreón, a los dirigentes de Política Popular. Los pepes, como los llamaban, tenían un origen muy similar al de los militantes de Unión del Pueblo: la represión del gobierno de México, el prestigio de la revolución en Cuba. El movimiento, en aquel año, acababa de ser desgajado por una serie de divergencias que fragmentaron a sus miembros en dos grupos: Línea de Masas, dirigida por Alberto Anaya, y Línea Proletaria, dirigida por Adolfo Orive y Hugo Andrés Araujo. Orive y Araujo trabajaban con la diócesis de Torreón en un movimiento donde participaban varios sacerdotes, encabezados por José Batarse. Uno de los sacerdotes, activo también en las comunidades de base de Torreón, habría de recordar después el encuentro con Orive. "Un día fue el padre José Batarse a Durango", dijo, "a dar una plática en la universidad, y entre los escuchas estaba Adolfo Orive, quien se entusiasmó mucho con los planteamientos de Pepe".(19) En octubre de 1976, el padre Batarse fue detenido por apoyar a los campesinos que bloquearon, en demanda de tierras, los caminos que llegaban a San Pedro las Colonias. El gobernador acordó con el obispo que los presos -eran treinta- saldrían en libertad, a condición de que Batarse dejara la diócesis de Torreón. Hubo protestas. Samuel Ruiz, quien acababa de llegar a Torreón para mediar en favor de Batarse, conoció por esos días a los cuadros de Línea Proletaria. "Vio el trabajo que estaban realizando, le gustó y los invitó a Chiapas", recordaría después un amigo de Batarse.(20) Orive tuvo que convencer, entonces, al resto de los sacerdotes que trabajaban con don Samuel. La reunión tuvo lugar el 17 de septiembre de 1977, un sábado, en la vicaría de la diócesis de San Cristóbal.

(19) Citado por Proceso, 10 de enero de 1994.

(20) Citado por Proceso, ibid

-Ustedes son unos magos para la pastoral -les dijo-. Pero sin ofender a nadie, no tienen ninguna preparación para la organización estrictamente política.

Orive subestimaba, quizás, la capacidad estrictamente política de los sacerdotes.

-Yo vengo a hacerles un ofrecimiento -les comunicó-. Ustedes encárguense de la pastoral y nosotros de la organización política.(21)

Todos acabaron cautivados con Orive. "A mí, en lo personal, me impresionó mucho por su claridad de exposición", habría de confesar uno de los jesuitas de Bachajón, el padre Mardonio Morales, en esos tiempos el hombre de confianza de don Samuel.(22) La politización del clero, iniciada con el Congreso Indígena de Chiapas, acelerada con la llegada de Línea Proletaria, terminaría por dividir en dos a la diócesis de San Cristóbal.

Unas semanas después de la reunión en la diócesis, Adolfo Orive llegó con once brigadistas a la ciudad de San Cristóbal de Las Casas. Acababa de cumplir treinta y siete años. Era hijo de quien fuera secretario de Recursos Hidráulicos en tiempos del presidente Miguel Alemán. Sus estudios de posgrado, realizados en París, le daban un toque de elegancia muy espectacular, mismo que compartía, además, con el resto de los brigadistas que llegaron con él a Chiapas. Línea Proletaria, el movimiento que dirigía, era maoísta, no leninista. Sus miembros rechazaban la tesis de Lenin de destruir para luego construir (por vía de la insurrección) y, en cambio, aceptaban la tesis de Mao de construir antes de destruir (por medio de la zona liberada). Funcionaban como línea, sin rigidez en sus estructuras, con el propósito de contrarrestar los vicios de la burocracia. Su trabajo lo lealizaban a la luz del día, fuera de la clandestinidad, en contraste con Unión del Pueblo. "La lucha ideológica en el seno del pueblo es el motor de nuestra organización", afirmaban en 1977. "Pero la pura lucha de ideas no le sirve al pueblo, es un ejercicio de intelectuales burgueses. Después de discutir hay que tomar acuerdos, hay que tomar decisiones. Esos acuerdos, esas decisiones, van trazando la línea y la van aplicando al mismo tiempo".(23) Los miembros de esta línea no eran reformistas: eran revolucionarios. Así lo dejaban ver en todos sus documentos de divulgación. "Nuestra tarea central a lo largo de todo el proceso revolucionario", decían, "es movilizar y organizar a las grandes masas a que participen en la lucha revolucionaria para derribar a la burguesía y a su gobierno mediante esta lucha y extender el movimiento revolucionario a todo México hasta lograr una patria socialista".(24) Estas eran las convicciones que movían a los intelectuales de Línea Proletaria.

(21) Citado por Proceso, 13 de septiembre de 1993.

(22) Citado por Proceso, ibid

(23) Línea Proletaria, Unidad política y lucha ideológica, México, 13 de junio de 1977.

(24) Citado por Xóchitl Leyva, Militancia político-religiosa e identidad en la Lacandona, San Cristóbal de Las Casas, 1992. Trabajo inédito.

A principios de 1978, René Gómez y Jaime Soto cortaron sus lazos con Unión del Pueblo. Estaban cercados por la facción más insurreccional del movimiento, la foquista, aquella que habría de culminar su evolución, años después, en el PROCUP. Al cortar sus lazos con Unión del Pueblo, ambos ingresaron a las filas de Línea Proletaria. Eran muchas las afinidades entre los dos movimientos. Los maoístas, unos y otros, luchaban por transformar la realidad a partir del trabajo de concientización entre quienes habían de ser los agentes del cambio: las masas. Estaban por ello convencidos de la primacía de las ideas sobre las armas, a pesar de no negar, a priori, la validez del recurso de la violencia para la revolución. En Chiapas, por lo demás, tenían entonces un apoyo con el que no contaban (todavía) sus contrincantes, el de la Iglesia. Fue para los dos, sacerdotes y maoístas, una colaboración muy provechosa. En la diócesis de San Cristóbal no había -como había, por ejemplo, en la diócesis de Cuernavaca- una red de comunidades eclesiales de base que contribuyera, con su trabajo, a solucionar los problemas de los grupos con los que convivía para leer las páginas del Evangelio. Al no contar con esa red, el discurso de los catequistas era nada más contestatario, no propositivo. Ello generaba, claro está, una dosis de frustración muy explosiva. Las organizaciones que formaron los maoístas ofrecieron entonces una solución. Ayudaron a satisfacer las demandas que los indígenas hacían suyas a partir del discurso de los catequistas, discurso que subrayaba sus derechos, la necesidad de reivindicarlos en el mundo de los caxlanes.

La politización de los sacerdotes que trabajaban al lado de Samuel Ruiz fracturó, con el tiempo, la unidad de la diócesis de San Cristóbal. En 1978 comenzaron a ser evidentes dos tendencias. "Eran dos líneas totalmente opuestas, irreconciliables", habría de confesar un misionero de la diócesis.(25) La primera concentraba sus esfuerzos en el ejercicio de la pastoral. Estaban ahí, entre otros, Mardonio Morales, Eugenio Maurer y Francisco Ornelas, todos ellos jesuitas de la parroquia de Bachajón. La segunda, por el contrario, subordinaba la pastoral a los quehaceres de la política. Estaban ahí, a su vez, José María Castillo, Javier Vargas y Jorge Santiago. Entre sus partidarios había sacerdotes de las congregaciones más diversas, apoyados en el núcleo que formaban los maristas y los dominicos. Contaban por aquel entonces con el apoyo de la misión de Bachajón, encabezada por Alejandro Buenrostro, quien tiempo después habría de renunciar a los jesuitas para contraer matrimonio con una mujer de Brasil. Contaban también con el respaldo de la misión de Ocosingo, dirigida por Gonzalo Ituarte, un dominico que por esos meses acababa de llegar a Chiapas. Los sacerdotes del ala radical estaban, así pues, en control de Las Cañadas. Tenían, además, el apoyo que les daba Samuel Ruiz. Todos los que no coincidían con su manera de pensar eran relegados a posiciones menos importantes. Así por ejemplo, Mardonio Morales, traductor del Evangelio, divulgador de la Ley de la Reforma Agraria, acabaría marginado con un puñado de jesuitas en el corredor de Santo Domingo, fuera de Chilón y Sitalá, las zonas estratégicas de la parroquia de Bachajón.

(25) Citado por Proceso, ibid.

La radicalización de los sacerdotes de la diócesis alarmó, por su magnitud, a los sectores más conservadores del estado, resueltos a no ceder un ápice de sus privilegios. Hubo pronto represalias. El padre Vincent Foestler, por ejemplo, que desde los sesenta dirigía la misión de los dominicos en Ocosingo, tuvo que salir de Chiapas, amenazado por los ganaderos que tenían intereses en Las Cañadas. A todos ellos les resultaba por demás inaceptable su relación con Javier Vargas en los quehaceres de Quiptic. Incluso les molestaba su nacionalidad. Así pues, bajo esa presión, la Provincia del Santo Nombre de California, dirigida por él, comenzó a ser sustituida por la Provincia de Santiago. Esta provincia, fundada por fray Domingo de Betanzos en el siglo XVI, agrupaba ya, por esos tiempos, a los dominicos que vivían en México. Uno de ellos, Gonzalo Ituarte, era la persona que los predicadores escogieron para encabezar la misión en Ocosingo. Ituarte tenía veintiocho años en la primavera de 1978. Era bajo de estatura, robusto, con una calvicie muy pronunciada. Había realizado sus estudios de preparatoria con los maristas del CUM, en la Ciudad de México. "Yo era de una familia conservadora, católica, tradicional".(26) Sus vínculos con el Centro Universitario Cultural, en la Facultad de Ciencias de la UNAM, lo pusieron en contacto con la orden de Predicadores. La conversión tuvo lugar de golpe. "Nadie se esperaba que yo tomara una decisión de ese tipo, ni yo mismo".(27) Al llegar a la parroquia de Ocosingo, secundado por Mary Cafferty, hermana de la Presentación, refrendó la línea de compromiso con los indígenas del padre Foestler. El centro de sus actividades eran los valles y las cañadas, no las ciudades. Ahí trabajaba la Iglesia con Línea Proletaria para fortalecer la base de Quiptic. Los sacerdotes y los maoístas llenaron, así, el espacio que los representantes del gobierno dejaron sin atender en Las Cañadas.

(26) Entrevista con Gonzalo Ituarte (agosto de 1994, San Cristóbal de Las Casas).

(27) Entrevista con Gonzalo Ituarte (agosto de 1994, San Cristóbal de Las Casas).

A lo largo de la década de los setentas, las comunidades de Las Cañadas, junto con sus asesores, religiosos y laicos, tuvieron un objetivo común en el seno de Quiptic. Estaban contra la brecha que habría de dividir en dos a la Selva, de acuerdo con el Decreto de la Comunidad Lacandona. "Fue muy fuerte el problema este de la brecha lacandona", afirma Santiago Pérez, entonces todavía presidente de Quiptic.(28) En 1978, la situación estaba peor que nunca. Acababa de ser publicado, con la firma del presidente José López Portillo, el Decreto de la Reserva Integral de la Biósfera de Montes Azules. El decreto de López Portillo, de hecho, estaba sobrepuesto al decreto firmado por Echeverría sobre la Comunidad Lacandona, el cual estaba sobrepuesto, a su vez, a los decretos firmados por Díaz Ordaz para dotar de tierras a los ejidos de Las Cañadas. Todos ellos otorgaban miles de hectáreas, las mismas, a propósitos totalmente diferentes. La reserva tenía, en el centro, un núcleo de 249,433 hectáreas que, en muchas partes, coincidía con la Comunidad Lacandona (era el caso del cordón del Chaquistero) y también, a veces, con las comunidades de la Selva (era el caso del ejido San Gregorio). Había poblaciones que fueron incluso afectadas por todos los decretos a la vez, como por ejemplo Pichucalco. Con el tiempo, los ejidos, acorralados por estas leyes, empezaron a ser víctimas de la desesperación. Algunos accedieron a ser reacomodados en nuevos centros de población, todos dentro de la Comunidad Lacandona. Así pues, el 8 de marzo de 1979, el gobierno de la República, en una resolución más, reconoció los derechos de más de mil quinientas familias choles y tzeltales, que habían sido reconcentradas en la Comunidad Lacandona. En los términos de tal resolución, los tzeltales vivirían en Palestina, los choles en Corozal y los lacandones en Lacanjá Chanzayab.

(28) Entrevista con Santiago Pérez (abril de 1994, Ocosingo).

No todos los ejidos de Las Cañadas aceptaron ser reacomodados en Corozal y Palestina. Aceptarlo significaba para ellos tener que dejar casas, milpas, potreros, acahuales, templos, cementerios -en fin, todo lo que poseían. Así pues, veintiséis poblados rechazaron las amenazas para salir a vivir en los nuevos centros de población. Uno de ellos fue La Sultana. En la primera ampliación del ejido, a fines de los setentas, radicaban alrededor de setenta y cinco familias. Llevaban más de seis años esperando, en vano, que les titularan sus tierras. Los gobernadores del estado recurrían a las maniobras más diversas para contener las protestas de los ejidos que, como La Sultana, estaban arraigados en la Comunidad Lacandona. Jorge de la Vega, por ejemplo, siempre les decía lo mismo: que sus propiedades iban a ser respetadas por el gobierno, que no temieran nada, que les daba su palabra. Nunca les firmó, sin embargo, los papeles que le solicitaban para garantizar esa palabra. Salomón González Blanco, más tarde, frustró todas sus peticiones, todos sus intentos de amparo, para después ordenar el deslinde de la Comunidad Lacandona con apoyo del Ejercito. Juan Sabines, por último, más sutil que los demás, optó por dividir para vencer. Su táctica fue la de provocar choques entre las comunidades. "Se empezó por hacer creer a los campesinos de los nuevos centros de población que nosotros éramos invasores, que por nuestra culpa no se regularizaba la tenencia de la tierra de ellos", recordarían los dirigentes de Quiptic. "Esto provocó que grupos de campesinos tzeltales de Palestina quemaran las casas y cultivos de los grupos de población nuestros más cercanos a ellos".(29)

(29) Unión de Uniones Ejidales y Grupos Campesinos Solidarios de Chiapas, ibid.

En el otoño de 1980, al calor de la disputa por las tierras de la Comunidad Lacandona, los ejidos de Las Cañadas, encabezados por Quiptic, formaron la Unión de Uniones Ejidales y Grupos Campesinos Solidarios de Chiapas. La Unión de Uniones fue constituida el 4 de septiembre en la comunidad de Bajucú, municipio de Las Margaritas. Abarcaba doce municipios más, sobre la base de tres organizaciones: la Unión de Ejidos Quiptic Ta Lecubtesel, la Unión de Ejidos Tierra y Libertad y, por último, la Unión de Ejidos Lucha Campesina. Todas las organizaciones operaban con independencia, bajo la hegemonía de Quiptic, en aquel entonces dirigida por Fidelino Lorenzo. Tenían la representación de más de doce mil familias, radicadas en alrededor de ciento ochenta comunidades, todas ellas católicas, en su mayoría localizadas en la región de Las Cañadas. Los miembros de la Unión de Uniones estaban acostumbrados a vivir en un estado de guerra con el exterior- contra las autoridades que los querían expulsar de sus tierras, contra los finqueros que les arrebataban las praderas más fértiles, incluso contra los campesinos que manipulaban a su gusto los líderes de la CNC. "La violencia era el rasgo distintivo de la política agraria en esa región".(30) Juan Sabines, el gobernador del estado, trató muchas veces de cooptar a los dirigentes de la Unión. Les ofreció dinero, camiones, solución a sus problemas, a condición de formar parte de la CNC, que no tenía poder sobre los campesinos en esa zona de Chiapas. Al no conseguirlo, entonces los acorraló. Su táctica fue, como siempre, enfrentarlos contra las comunidades. Uno de los enfrentamientos más graves tuvo lugar en enero de 1981, a raíz del saqueo de madera que promovió, allá por Espíritu Santo, un líder de la CNC, Aarón Gordillo, el mismo que, trece años más tarde, al final del Día de Gracias, habría de morir en el tiroteo que libró contra los miembros del EZLN que tomaron la plaza de Las Margaritas.

(30) Juan González Esponda, El movimiento campesino chiapaneco: 1974-1984 (vol. II), Universidad Autónoma de Chiapas, San Cristóbal de Las Casas, 1989, p. 208.

Muchos de los cuadros que formarían después el EZLN estaban ya por esas fechas en Chiapas. Acababan de participar en un curso de primeros auxilios que tuvo lugar en San Cristóbal, organizado por Rafael Guillén, alias Zacarías, uno de los dirigentes más jóvenes de las Fuerzas de Liberación Nacional. Las FLN estaban entonces apenas repuestas del golpe que sufrieron en Nepantla. Uno de sus primeros actos, después del golpe, fue saldar cuentas con los delatores. Era necesario, en la lógica de su lucha, ajusticiar a los traidores del movimiento, Napoleón Glockner y Nora Rivera. No tenían dudas sobre su traición. Conservaban documentos que la comprobaban. La compañera Ana, por lo demás, había percibido sus voces en Nepantla. Eran ellos quienes guiaron a los judiciales a la casa de seguridad. Ahora vivían juntos en la Ciudad de México. La decisión de liquidarlos fue tomada por los altos mandos de las FLN. "Nora Rivera pudo ser aprehendida y sometida", comunicaron, "y Napoleón Glockner inició una resistencia que implicó su ejecución en el lugar, procedimiento que se realizó utilizando una pistola calibre .22 a la que previamente se adaptó un silenciador".(31) El cuerpo de Napoleón apareció más tarde, con nueve impactos de bala, en la calle de Bajío. Nora, a su vez, fue conducida por sus captores en una Combi que manejaba Fernando Yáñez, el compañero Leo. "Por haber ocurrido una falla eléctrica en el sector donde se realizó la acción, se produjo un embotellamiento de vehículos en la zona, que implicó la necesidad, procediendo antes a la ejecución de Nora, de abandonar el vehículo".(32) La Combi, al cabo de las horas, fue descubierta por unos policías en la calle de Salina Cruz. Nora, en un asiento, yacía sin vida con un tiro en la cabeza. "Dos años doscientos sesenta y cinco días después", anunciaron sus ejecutores, "quienes urdieron la traición pagaron con sus vidas la fechoría".(33)

(31) FLN, Comunicado confidencial a todoss los miembros de las FLN, México, 1976.

(32) FLN, ibid

(33) FLN, ibid

Las FLN comenzaron a crecer en el país a finales de la década de los setentas, luego de finiquitar las cuentas que tenían con el pasado. A diferencia de muchas otras organizaciones de izquierda, también armadas, optaron por seguir en la clandestinidad a pesar de los cauces abiertos por José López Portillo con la promulgación de la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales. Sus células estaban activas en Nuevo León, en Veracruz, en Puebla, en Tabasco, en el Estado de México. También en Chiapas. Entre 1981 y 1982 coordinaron una serie de Proyectos -con médicos, agrónomos y talabarteros- en el municipio de San Andrés Larrainzar. Era tal vez el municipio más pobre del estado. También, sin duda, el más aguerrido. La gente del lugar conservaba muy fresca la memoria del alzamiento de tres mil indígenas que sacaron a machetazos a todos los ladinos que radicaban en el pueblo. Allí, entre los tzotziles de Los Altos, las FLN reclutaron a quienes serían, con el tiempo, sus dirigentes más antiguos, como Josué. Muchos fueron capacitados en la Escuela de Cuadros que mantenían en la Ciudad de México. Los guerrilleros, así, comenzaron a formar sus redes en Los Altos. Con el paso de los meses entablaron relaciones, también, con el grupo Slop.

Gonzalo Ituarte, entre otros, acababa de crear un grupo cuyo fin era promover la defensa de las comunidades, apoyar las tradiciones que les daban identidad en Chiapas. Lo bautizaron con el nombre de Slop (en tzeltal, raíz). El grupo formalizaba la resistencia de los indios a la figura del caxlán. Estaba dirigido por un núcleo de catequistas muy selecto, entre los que destacaban Zaragoza Méndez, Abelardo Cruz y Flaviano Alfonso, así como también, claro está, el tuhunel de tuhuneles, Lázaro Hernández. Todos ocupaban puestos en la dirección de las organizaciones de la Selva. Su colaboración, por ello, era fundamental para las FLN. La guerrilla, en aquel momento, no tenía contacto, todavía, con las organizaciones de Chiapas.

A mediados de 1982, además de la Unión de Uniones, había dos organizaciones de campesinos muy poderosas en la zona que dominaba la diócesis de San Cristóbal de Las Casas. El Congreso Indígena de Chiapas, al promover el encuentro de las comunidades, al facilitar la llegada de los asesores al estado, fue, sin duda, el catalizador más importante de las organizaciones. También lo fueron, en menor medida, los partidos. Muchos llegaron a lugares -como Las Cañadas, por ejemplo- donde no tenía presencia el PRI. Entre ellos estaban el PMT, el PRT y el PCM. También el PST, que trabajó sobre todo en los municipios de Tila, Yajalón y Sitalá, donde promovió las tomas de tierras que culminaron en la masacre de Wolonchán. Todos ellos, militantes de partidos, asesores, sacerdotes, ayudaron a formar las organizaciones que, con el tiempo, habrían de modificar el curso de la historia en Chiapas. Entre ellas destacaban sobre todo dos: la CIOAC y la OCEZ. Ambas eran, en sus ideas, en sus tácticas de lucha, sumamente radicales. La CIOAC, surgida desde fines de los setentas, activa en la Selva y en el norte, colaboraba de forma muy estrecha con los cuadros del PCM, transformado después en el PSUM. La OCEZ, en cambio, acabada de fundar por un grupo de tzotziles, activa más bien en Los Altos, trabajaba con autonomía frente a los partidos que llegaron al sureste. Ambas organizaciones, sin recurrir a la violencia, empleaban métodos más o menos extralegales en su lucha por la tierra, entre los que destacaban las huelgas de hambre, los bloqueos de carreteras, los secuestros, las invasiones de propiedades que lindaban con sus pueblos. La CIOAC y la OCEZ, con otras organizaciones más, habrían de servir después al EZLN para superar el marco de la Unión de Uniones -quiero decir, para crecer hacia fuera de Las Cañadas.

La Unión de Uniones estaba por atravesar una crisis que pudo ser mortal en el verano de 1982, una crisis que facilitó, además, la inserción de los cuadros que dirigirían más tarde la rebelión de Las Cañadas. Desde su nacimiento, siete años atrás, la organización luchaba por formar una unión de crédito para consolidar su posición en Chiapas. Había que resolver el problema del financiamiento, aumentar la productividad, mejorar el nivel de vida de las comunidades. Era necesario cambiar la relación que tenían con el medio que los rodeaba, con el fin no sólo de tener más, sino de producir mejor. Todos estaban, pues, a favor de formar la unión de crédito. La polémica que suscitó giraba, más bien, en torno de los ritmos de su formación. Había, en ese sentido, dos corrientes. Una, encabezada por Adolfo Orive, privilegiaba la creación, lo más pronto posible, de la unión de crédito; otra, identificada con René Gómez, subrayaba, todavía, la preeminencia de la lucha por la tierra. Las divergencias entre los dos llegaron a su momento más crítico con la creación, en octubre, de la Unión de Crédito Pajal Ya Kactic. La Pajal Ya Kactic (en tzotzil, Parejo Cooperamos) precipitó la ruptura de la Unión de Uniones. El 23 de enero de 1983, en el ejido Rizo de Oro, municipio de Las Margaritas, tuvo lugar la división de la liga campesina más importante de Las Cañadas. "Después de la escisión vino un reflujo bastante fuerte a nivel de organización, expresándose en desánimo y en un muy bajo nivel de participación de los campesinos", escribió uno de los promotores de la Unión.(34) Los asesores- Adolfo Orive, Marta Orantes, René Gómez- comenzaron a dejar sus puestos en la primavera de 1983. Unos abandonaron el estado; otros, no. Al final de la primavera, luego de la ruptura, apenas unos cuantos asesores permanecían en Las Cañadas. Su salida de la zona coincidió con la llegada de quienes formarían el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

(34) Martíin Rubio, Formas de organización campesina y conciencia de clase: el caso de la Unión de Ejidos Quiptic Ta Lecubtesel, Universidad Autónoma de Chapingo, Chapingo, 1985, p. 73.

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1 comentario(s) en este artículo
 
 
interesante
Anónimo - 17/05/2013 00:06:05
Esta información cronológica de la guerrilla en Chiapas y en México es muy ilustrativa para los que estamos interesados en saber como han procedido los compañeros ante la persecución del estado y como esta ahora.
 
 
 
 
 
 
 
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