
David Toscana,
Los puentes de Königsberg,
Alfaguara, México, 2009, 242 pp.
Como no ocurre en la ética ni en el derecho penal, en la novela —y en las demás artes— domina el principio altivo según el cual todo está permitido. Tal principio ha hecho posibles el descubrimiento del punto de vista, las nociones de relativismo y de expresión del tiempo en términos humanos y no físicos, el automatismo, los dulces dolores de los paraísos artificiales, la apropiación del lenguaje popular… También ha dado pie a numerosas barbaridades. Pensemos tan sólo en el nouveau roman y en los productos derivados del realismo mágico. Hay tras la consigna “todo está permitido” un aviso en letras invisibles que prohíbe el paso a la mediocridad o a los falsos aventureros. Ese aviso, por supuesto, no está dirigido a David Toscana, que escribe lo que le viene en gana y como le viene en gana, y no cesa de mover la silla donde queremos permanecer tranquilamente sentados.
Si quisiéramos dictar una lección acerca de cómo las buenas novelas son aquellas en que se permite todo, a condición de que nada salte por los aires ni se descarrile a la mitad del camino, deberíamos invocar Los puentes de Königsberg, una pulcra, delirante y exquisita fantasía en la que concurren la historia, la poesía, el teatro, la épica, el mito, el periodismo. Aunque hay en ella unos cuantos materiales públicos, es conveniente mirar hacia otro lado: hacia el momento en que la escritura —mediante un giro, un pequeño sesgo, un cambio imperceptible de tono— transforma una realidad que se está viviendo aquí mismo en otra que se vive a miles de kilómetros y cientos o pocos años de distancia. Tal parece que a David Toscana los espacios y las convenciones temporales terminan por resultarle muy estrechos. Prefiere moverse entre lugares y épocas disímiles, yendo y viniendo, hasta conseguir que lo inverosímil se vuelva verosímil. En Los puentes de Königsberg lo que está ocurriendo del lado de allá también ocurre del lado de acá y lo que ya pasó vuelve a pasar ahora, con actores y escenarios distintos y a la vez iguales.
Estamos en Monterrey y también en Königsberg, que formó parte de Prusia Oriental y hoy pertenece a Rusia. Y estamos en 1944-1945. En Monterrey hay tres borrachos, una maestra, un joven y seis niñas perdidas. En Königsberg hay siete puentes cargados de leyendas —como el único puente de Praga al que Leo Perutz le rindió homenaje en su novela De noche, bajo el puente de piedra—. Pero no se vaya a creer que unos personajes habitan Monterrey y otros defienden Königsberg del avance ruso. No. En Monterrey mismo esos tres borrachos, ese joven y esa maestra encabezan la defensa de Königsberg. Todo está permitido: la ubicuidad, por ejemplo, y la simultaneidad. Un tal Floro, borracho y actor, es también el general Otto Lasch, y el canal seco de Monterrey es el río Préguel, y el joven regiomontano es Ernst Tiburzy, y el quiosco de la plaza Zaragoza es la Walter-Simon-Platz, y veinte centavos son diez peniques y la cantina Lontananza es el Blutgericht, que está en los bajos del castillo. El hermetismo renacentista pregonaba que lo que es arriba es abajo. Toscana diría que lo que ocurre en Königsberg ocurre a la vez en Monterrey o, traducido a sus términos, que ocurre de tal manera gracias a la impostura de tres borrachos, un joven, una maestra y seis niñas perdidas.
Un crítico refunfuñante podría aducir que a Toscana se le ha ido la mano. ¿Una maestra, una tal Andrea, encabeza desde la tierra del cabrito la defensa de la tierra de Kant? ¿Un joven bachiller, al pie del Cerro de la Silla, envía cartas a una joven desconocida que murió décadas, siglos atrás en Königsberg? Sí, es posible, ya que todo está permitido a condición de que nada salte por los aires ni se descarrile a mitad del camino.
Entre otras cosas, el teatro, al que Toscana rinde homenaje en su novela, nos revela el momento irrepetible en el que un hombre, una mujer de carne y hueso —actores, al fin y al cabo— viven una vida que no les pertenece como si fuera suya. Vivir vidas ajenas: eso es el teatro. ¿Y por qué no la novela? Ésa es la pregunta que David Toscana lanza desde los siete puentes de Königsberg. Y una más, agrego yo, en voz baja: qué tal si nos dejamos de particularismos y universalidades y nos permitimos escribir y leer novelas semejantes a ésta, es decir, como si fueran gritos de asombro, viejas verdades renovadas y líneas perfectas en cada página al estilo de “Los soviéticos debieron acabar con Monterrey y hacerle una reverencia a Königsberg”.
Roberto Pliego. Escritor y editor. Su libro más reciente es 101 preguntas para ser culto.